Amor propio herido.
Era la hora en que la tertulia vespertina de la baronesa de Carrillo
estaba en su período más brillante y animado.
No faltaba ninguna de las antiguas realistas que desde hacía muchos años
acudían puntualmente a hacerle la corte a _Fernandita_, en quien
reconocían cierta superioridad, y allí estaban todos, graves y
correctos, en aquel rejuvenecido salón, en el cual brillaba siempre por
su reconocido talento el marqués académico, mentor del Telémaco Ordóñez,
que estaba siempre entre el y la baronesa.
Doña Esperanza, a pesar de su carácter intrigante y movedizo, estaba en
un rincón afectando insignificancia y procurando, con su silencio, que
nadie se fijase en su persona, mientras ella contemplaba a todos con
curiosidad, y especialmente a María, que también formaba parte de la
tertulia.
La joven mostraba gran impaciencia.
En aquella tarde expiraba el plazo que había fijado el padre Tomás, y
ella aguardaba aquellas noticias de París tan ansiadas.
Hacía ya algunos días que el poderoso jesuíta no visitaba la casa, y
esta misma ausencia la hacía esperar que el padre Tomás no faltaría a la
reunión de la tarde, tal como lo había, prometido diez días antes.
Hablaban los tertulianos justamente de aquella ausencia del poderoso
jesuíta, cuando un criado le anunció, entrando poco después el padre
Tomás, quien dió su mano a besar a unos, estrechó las de otros y
esparció sus amables sonrisas por toda la tertulia.
Una rápida mirada que el reverendo padre dirigió a la joven dió a
entender a ésta que traía las ansiadas noticias.
María sufría una horrible incertidumbre al ver que el padre Tomás no se
apresuraba a hablarla y se enfrascaba en insustanciales conversaciones
con aquellos vejestorios de la tertulia.
Ordóñez, que se acercó a la joven para dispararla su cotidiana
declaración, fué recibido con una frialdad rayana en grosería.
Llegó la hora en que, según antigua costumbre de la casa, entraron los
criados con el tradicional chocolate, que reemplazaba al _lunch_ de la
alta sociedad montada a la moderna.
Las ricas salvillas de plata circularon de mano en mano, y entonces fué
cuando el padre Tomás, después de haber hablado algunas palabras al oído
de la baronesa, se dirigió con cautela al inmediato gabinete, indicando
a María con un ademán que podía seguirle.
Los tertulianos, animados por el soconusco, hablaban con más calor,
formando amigables grupos, y a excepción de Ordóñez y doña Esperanza, no
parecieron fijarse en aquella desaparición de María y el jesuíta.
Cuando los dos estuvieron en el gabinete, María interrogó con una ávida
mirada al padre Tomás.
--Calma, mucha calma, hija mía--dijo el jesuíta sentándose--. Las
noticias que traigo son muy graves, y es preciso que te armes de valor
para oírlas. Las jóvenes dais vuestro corazón al primero que se os
presenta y os resulta agradable; no buscáis el sano consejo de la
experiencia, y después os veis obligadas a llorar una terrible decepción
y a desconfiar de la misericordia de Dios, cometiendo con ello gravísimo
pecado.
María estaba para oír noticias y no consejos, así es que interrumpió al
jesuíta:
--¿Pero qué es lo que hay?... Hable usted pronto, padre, pues me resulta
imposible contener la impaciencia. ¡Oh!, ¡respóndame, por Dios! ¿Me ha
olvidado Juan?
El jesuíta contestó inclinando afirmativamente su cabeza y María quedó
silenciosa durante algunos minutos, como abrumada por la fatal
revelación.
--¡Oh, padre mío! Dígame usted pronto cómo ha sido eso. Necesito saber
por qué causa me ha olvidado un hombre que juraba amarme tanto.
--Recuerda, hija mía, lo que te dije de París la última vez que nos
vimos. Es la ciudad del diablo. La sentina de corrupción donde no puede
entrar un alma sin corromperse. Yo no culpo a ese joven, pues lo que le
ocurre, forzosamente había de sucederle. Educado por su tío, hombre ateo
y de reconocida impiedad, tiene la desgracia de carecer de toda clase de
sentimientos religiosos, y a esto se debe que haya caído con tanta
facilidad en el pecado, al verse rodeado por las seducciones de esa
Babilonia moderna.
--Pero, en fin, padre Tomás--dijo impaciente la joven--. ¿Qué es lo que
le ocurre a Juanito? Necesito que me lo diga usted sin más preámbulos,
pues siento una atormentadora impaciencia. No tenga miedo de hablar; soy
fuerte y sabré resistir la pena por grande que ésta sea. ¿Es que acaso
ama hoy a otra mujer?
--Tú lo has dicho--contestó con entonación bíblica el jesuíta--. Ese
ingrato te ha olvidado hasta el punto de enamorarse de la primera mujer
que ha encontrado al paso en las calles de París.
--¿Y quién es ella?--preguntó María con dolorosa curiosidad.
--Hija mía--contestó el jesuíta con pudorosa expresión y fijando su
mirada en el suelo--. Eres una señorita cristiana, bien educada y
virtuosa, y por lo tanto siento hablarte de ciertas miserias humanas que
tal vez ignores; pero es preciso que descendamos a ciertas podredumbres
de la sociedad para que comprendas mejor cuál es tu situación y la del
que fué tu novio. Juanito ama a una mujer depravada, a una perdida de
esas que venden su amor y pasan con la mayor desvergüenza de los brazos
de un hombre a los de otro. Ya ves cuan terrible es su ingratitud al
abandonarte así, repentinamente, por un pingajo de vicio.
--¿Y es hermosa?
--¡Oh!, en cuanto a eso, mis informes son muy favorables. Esa mujer
tiene una diabólica belleza, como todas las de su raza, pues has de
saber que es judía y se llama Judith, teniendo el apodo de _la Rubia_
por su blonda y espléndida cabellera. Esto hace más abominable la infame
falta de Zarzoso. ¡Ya ves tú!, abandonar a una señorita virtuosa y
católica por una perdida que, además de sus vicios, tiene la mancha de
pertenecer a una raza infame que crucificó a Nuestro Señor Jesucristo.
A María no parecía preocuparle mucho que la amante de Zarzoso fuese
hebrea y estuviese, por tanto, contaminada con la mancha del deicidio;
lo que sí excitaba su rabia era que fuese tan hermosa, la mujer que le
había robado su amor.
Quería ella tener pleno conocimiento de su infortunio; enterarse
detenidamente de aquellos amores impuros que la atormentaban, y por esto
rogó al padre Tomás que, sin más preámbulos ni preparaciones, la
relatara cuanto supiese de la vida de Zarzoso en París.
El jesuíta, haciendo uso de su extremada habilidad, habló de modo que
cada una de sus palabras fué una puñalada para María. El joven médico
no escribía porque estaba enamorado como un loco de Judith, viviendo con
ella maritalmente y supeditado por completo a su voluntad, como si fuese
un esclavo, o más bien un ser automático.
--Según eso, reverendo padre--dijo María con ansiedad--, ese hombre ya
no se acordará de mí.
--¡Ay!, hija mía, ojalá fuese así.
--¡Me asusta usted, padre mío! ¿Qué quiere usted decir con eso?
El jesuíta, silencioso e inmóvil, se gozó durante algunos instantes en
contemplar la dolorosa zozobra de la joven, y al fin dijo con lentitud:
--Ese hombre, para tu desgracia, se acuerda mucho de ti y se complace
villanamente en burlarse de tu amor y en ostentar impúdicamente, a la
vista de todos, los recuerdos más íntimos de tu pasión.
María parecía aterrada por tales noticias, y mientras tanto el jesuíta,
con mefistofélica calma, seguía relatando la historia infame que
anticipadamente se había forjado.
Le era muy penoso, según él decía, hacer tales revelaciones a una joven
pura y honrada, que tal vez no pudiese resistir tan fatal información;
pero era preciso decir la verdad, pues de lo contrario, María, al no
tener pleno conocimiento de su infortunio, podría algún día caer en la
tentación de perdonar al que tanto la había ofendido. Zarzoso, según
afirmaba el jesuíta, al enamorarse de aquella perdida, había tenido el
especial gusto de burlarse de su antiguo amor, e impúdicamente enseñaba
a su banda de amigos y amigas, gentecilla perdida del Barrio Latino,
todos cuantos recuerdos conservaba de María.
--¿No tenía él--continuó el jesuíta--, un cofrecillo de laca en el que
guardaba todas tus cartas y algunos objetos que eran como prendas de
amor? Pues bien, hija mía, me cuesta mucho el decírselo, pues sé que
esto te producirá inmenso dolor; pero todo este tesoro de cariño, ese
montón de sagrados objetos, que debía inspirar a Zarzoso una adoración
casi santa, por proceder de quien proceden, sirve de objeto de befa a
toda la gentecilla depravada que vive en el Barrio Latino. Judith, esa
perdida que tiene esclavizado a tu antiguo novio, mete sin compasión sus
impuras manos en la cajita y revuelve tus cartas, tu retrato, tus
pañuelos y una trenza de cabello, mostrando todo esto a sus impuras
amigas para que saluden tu nombre con groseras carcajadas en presencia
de ese mismo Zarzoso, que muchas veces se une al coro de indecentes
chistes y obscenos comentarios que tu recuerdo provoca. Ya ves que
conozco bien el contenido de esa cajita de laca, lo que demuestra que
mis informes no pueden ser más ciertos.
María escuchaba pálida, aterrada, con los ojos desmesuradamente
abiertos, como si no pudiera creer en aquella infamia, que por lo
inmensa, nunca había llegado a imaginar.
No era la decepción amorosa lo que la hacía sufrir en aquel momento; no
sentía el dolor de la enamorada y tierna doncella que se contempla
olvidada con desprecio; en ella se había despertado la susceptibilidad
terrible y arrolladora, aquel amor propio que caracterizaba a la familia
de Baselga, y que prefería la muerte antes que quedar en ridículo.
La joven estaba abrumada por tan terribles revelaciones, y en su
imaginación veíase ella misma desnudada por el mismo Zarzoso, expuesta a
las miradas injuriosas e insultantes de una juventud ebria y corrompida,
la cual, entre carcajadas y groseros chistes, iba arrancándole a jirones
su propia piel. Este tormento era igual, en concepto de la joven, al que
le hacía sufrir Zarzoso entregando a la publicidad sus recuerdos de
amor, y haciendo que circulasen de mano en mano, entre mujeres impuras,
aquellas prendas queridas que ella había entregado en un momento de
pasión.
Era tan enorme esta ingratitud de Zarzoso, resultaba tan inverosímil el
ser tratada así por un hombre al que no había dado el menor motivo de
queja, que María levantó con arrogancia su frente, y clavando su fija
mirada en el jesuíta, exclamó:
--¡Pero, Dios mío! No es posible tanta infamia. Aunque Zarzoso me haya
olvidado por otra, no es natural que se complazca en insultarme de un
modo tan infame. Esto sería propio de una cruel venganza y yo no he dado
a mi novio el menor motivo de queja. ¡No, no es posible lo que usted
dice! Necesito pruebas para creerlo, ¿lo oye usted, padre Tomás?
Necesito pruebas.
Y al decir esto miraba al jesuíta con recelo, como si comenzara a
adivinar que todo aquello era un miserable tejido de falsedades.
El reverendo padre sonrió con frialdad y dijo con la misma expresión que
si compadeciera a María por su ceguedad amorosa:
--¿Te convencerías de lo que te digo si te enseñara alguna de esas
prendas de amor que entregaste a Zarzoso, y que éste tenía la obligación
de guardar?
--¿Y cómo puede usted haber adquirido esa prueba?
--Ya te dije que entre los amigos de Zarzoso circulan tus recuerdos de
amor como objetos de risa. Hoy se han cansado ya de burlarse de ti, y
por esto no le ha sido difícil adquirir uno de ellos al amigo a quien yo
encargué, cediendo a tus ruegos, que se enterase de la existencia de
Zarzoso en París. Tengo en mi poder un objeto que te pertenece, y
sépaslo, desgraciada, mi amigo lo adquirió de manos de la misma Judith a
cambio de unos cuantos francos.
María, pálida, y como si la emoción no le permitiese hablar, se limitó a
hacer un gesto imperioso, indicando que quería ver cuanto antes aquella
prueba fatal.
--Antes de verla--continuó el jesuíta--, conviene que recuerdes bien,
para que así sea más completa la identificación. ¿Antes de marchar
Zarzoso a París no le entregaste tú, una mañana, en el Retiro y en
presencia de doña Esperanza, un bucle de tu cabellera envuelto en un
papel en el que habías escrito algo?
María contestó moviendo afirmativamente la cabeza.
--Pues bien, desgraciada; mira esto y verás si lo reconoces.
Y el jesuíta, introduciendo una mano en el bolsillo de su sotana, sacó
el objeto que Judith había robado a su amante.
María, apenas tuvo en su mano aquel papel, reconoció su letra, y
abriéndolo vió que era el mismo rizo que ella había cortado de su
cabellera. No cabía ya la duda, y abrumada por una infamia tan evidente,
no tuvo fuerzas ni para lanzar la dolorosa exclamación de sorpresa que
subió hasta su garganta.
--¡Oh, qué infamia! ¿Qué he hecho yo para merecer tanta maldad?--y
murmurando estas palabras con quejumbroso acento, dejóse caer en el
sillón inmediato, pugnando por ahogar el llanto que hacía agitar su
pecho con movimientos de estertor.
El jesuíta permanecía impasible, como hombre incapaz de conmoverse por
la desesperación que producían sus mentiras y tuvo especial cuidado en
aumentar el dolor de su víctima, diciendo con amable expresión:
--Aun no lo has visto todo, hija mía. Fíjate bien en ese papel, que en
él hallarás la prueba de la repugnante burla de que has sido objeto.
María volvió a fijar nuevamente sus ojos en el papel de la envoltura, y
entonces vió la frase cínica, inmunda y repugnante que Judith había
estampado con su firma al pie de la tierna dedicatoria que ella había
escrito allí al entregar su recuerdo a Juanito.
Aquellas palabras de infame indecencia la anonadaron momentáneamente, y
retorciéndose en su asiento con suprema expresión de dolor, gritó sin
cuidarse de que la podían oír en el inmediato salón.
--¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado, no se puede sufrir.
E inmediatamente experimentó una reacción propia de su carácter varonil
y su desaliento doloroso trocóse en furor e indignación.
Consideraba como un rasgo de imbecilidad el llorar y desesperarse por la
expresión infame de una mujerzuela corrompida. No, ella no lloraría; no
daría gusto a aquel canalla que estaba en París, manifestando dolor por
haber sido abandonada; lo que ella sentía era odio, inmensos deseos de
destrucción; lo que ella deseaba era vengarse de tales infames,
demostrarles que en nada la habían impresionado sus canallescas burlas.
Y manifestando estos pensamientos con entrecortadas palabras, iba de un
extremo a otro del gabinete, gesticulando como una loca y moviendo sus
crispadas manos en el vacío, como si buscara en él invisibles seres para
estrangularlos.
Aquella cara de mármol que se erguía impasible sobre el cuello de la
sotana, sonreía sin duda interiormente, y mientras tanto, con acento
paternal, aprobaba cuanto decía la joven.
--No es muy buena la venganza, hija mía; la Iglesia la prohibe; pero hay
ciertos momentos en la vida, en que conviene no recibir las ofensas con
evangélica mansedumbre. Tú puedes vengarte, hija mía; debes demostrar a
esos infames que de ti se han burlado, que no te impresionan gran cosa
sus insultos y sus injurias. Debes negar con un acto de enérgica
resolución ese amor del que se ha valido Zarzoso para ponerte en
ridículo.
Y hablando así, el jesuíta señalaba con un gesto expresivo el inmediato
salón.
María le comprendió inmediatamente. Sí, allí estaba la venganza, allí la
satisfacción del amor propio herido.
Guardó apresuradamente aquel papel que había derrumbado con rapidez el
aéreo palacio de sus ilusiones y, seguida del jesuíta, entró rápidamente
en el salón.
Los tertulianos, después de tomar su chocolate, seguían agrupados en
corrillos, conversando con animación, mientras la baronesa iba de unos a
otros, procurando ocultar la inquietud de su curiosidad, excitada por
aquella conferencia entre su sobrina y el jesuíta.
Apenas entró María en el salón, el elegante Ordóñez, como si presintiera
lo que iba a ocurrir, fué inmediatamente al encuentro de ella, que aún
mostraba en su rostro la anterior agitación.
--Señor Ordóñez--dijo María volviendo su vista a otra parte, como si
temiera que en sus ojos pudiera leerse lo que pensaba--. He tenido el
honor de que usted solicitara mi mano repetidas veces, atención que le
agradezco mucho. Entonces, no podía responder; pero hoy, por
circunstancias que no son del caso relatar, me considero libre y me
complazco en decirle que acepto. Hable usted con mi tía, a quien
considero como si fuese mi madre. Le advierto que por hoy no siento
hacia usted más que un sencillo afecto amistoso; pero tal vez con el
tiempo llegue a amarle si su conducta es como yo espero.
Ordóñez estaba asombrado más que por la resolución de María, por el modo
como se expresaba. Nunca había creído él a aquella muñeca capaz de
hablar con tanta serenidad y con un acento tan enérgico y decidido.
El joven se inclinó saludando profundamente, y mientras María se
retiraba del salón, el elegante se dirigió a la baronesa para pedirla la
mano de su sobrina, manifestando la conformidad de ésta, y añadiendo que
en caso de aceptar su demanda, iría al día siguiente su hermano mayor el
duque de Vegaverde, como jefe de la familia, a formular la petición
oficialmente.
Mientras la baronesa consultaba con una rápida mirada al padre Tomás,
los tertulianos se apercibieron de la significación de aquella escena;
así es que cesaron todas las conversaciones y aguardaron silenciosamente
la respuesta de doña Fernanda.
--Ya que la niña está conforme--dijo la baronesa--, por mí no hay
inconveniente. Creo que usted, al abandonar su vida de soltero, será un
marido virtuoso y cristiano que hará feliz a mi María.
Los tertulianos se manifestaron muy sorprendidos y contentos, por aquel
inesperado suceso que venía a turbar la monotonía de la reunión.
Menudearon los plácemes, quiso llamarse a la niña para felicitarla; pero
algunos, más considerados, se opusieron, teniendo en cuenta el rubor,
propio del caso.
El marqués académico, que era, de todos los presentes, el que se creía
con mayor competencia en asuntos de amor, charlaba por los codos, y
parándose ante cada grupo, exclamaba con la satisfacción del que dice
una gran cosa:
--¡Carape! Esto ha sido sorprendente; sí, señor, muy sorprendente. Lo
mismo que en las comedias, donde al finalizar el acto se casan los que
menos se imagina el espectador.
Mientras tanto, el héroe de la fiesta, o sea Ordóñez, había cogido al
padre Tomás de un brazo, y llevándoselo junto a un balcón, le
contemplaba admirado.
--¡Oh, reverendo padre!--le decía con acento respetuoso--; ahora estoy
más convencido que nunca de que es usted un gran hombre que alcanza
cuanto se propone. Me dijo usted que la propia María, a pesar de todos
sus desdenes, vendría a buscarme, y así a sucedido. ¿De qué misterioso
poder dispone usted, padre Tomás? Me parece que después de esto, ya
puede usted hacerle la competencia al diablo, seguro de ganarle.
El jesuíta parecía muy halagado por estas últimas palabras, que le
hacían sonreír con complacencia.
Mientras en la tertulia era todo agitación y gozo, María, encerrada en
su cuarto, daba por fin rienda suelta al tropel de lágrimas que antes
había contenido.
¡Adiós, muertas ilusiones! ¡Adiós, risueñas esperanzas de amor! Todo
había acabado para ella, y ahora marchaba rectamente a un porvenir
monótono y triste, unida a un hombre a quien no amaba y que casi le
resultaba odioso.
Sentía ya arrepentimiento por su desesperada resolución de momentos
antes; pero al convencerse de que todavía amaba a Juanito, volvía a
surgir en ella la indignación y el deseo de venganza que pedía a voces
el amor propio herido.
¿Por qué la había abandonado de un modo tan infame? No le amaría más,
aunque para ello tuviese que batallar con aquel corazón débil, que se
empeñaba en seguir considerando cariñosamente al que tanto la había
ofendido.
Su amor propio y su altivez de raza, eran incompatibles con la injusta
bondad y no la permitían desempeñar el papel de víctima resignada.
No se arrepentía de lo hecho; y si no hubiese encontrado a Ordóñez para
casarse, hubiera ofrecido su mano al primero que pasara por la calle.
Aquel papel que tenía entre sus manos, aquella inscripción insultante de
una meretriz impúdica, era suficiente para mantenerla en su furor y
hacer que, impulsada por el odio, se limpiase las lágrimas como
avergonzada de tal debilidad y se revolviera en su cuarto cual una leona
herida, derribando al paso cuantos muebles encontraba.