I
Sospechas.
Hacía más de un mes que María Quirós se mostraba triste y preocupada por
alguna oculta idea que en vano intentaba descubrir su tía, doña
Fernanda.
La baronesa, por más esfuerzos de imaginación que hacía, no lograba
adivinar la causa de aquella continua preocupación. Ella, siguiendo los
consejos del padre Tomás, se desvivía por hacer agradable la vida de su
sobrina, y a pesar de que comenzaba a cansarla aquel renacimiento de su
existencia elegante, no perdonaba fiesta alguna y asistía con María a
todos los bailes de la alta sociedad y a los estrenos en los principales
teatros.
Su sobrina se dejaba arrastrar a todas las fiestas, demostrando que eran
impotentes tales diversiones para devolverle la perdida alegría, y doña
Fernanda, con no poca sorpresa, vió varias veces en sus ojos la señal de
haber llorado cuando se encerraba en su cuarto.
Esta conducta era incomprensible para doña Fernanda, tanto más, cuanto
que habituada de antiguo al espionaje y registro, por más pesquisas que
hizo en el cuarto de María cuando ésta se hallaba ausente, no pudo
encontrar nada que pusiera en claro aquel misterio.
María era más hábil que su madre para ocultar sus cartas de amor.
La negativa con que la joven contestaba a todas las preguntas de su tía,
excitaba la curiosidad de ésta y la hacía acariciar las más absurdas
ideas.
Hubo un momento en que llegó a creer que María estaba tan triste porque
se hallaba enamorada de Ordóñez, aquel joven simpático que ahora las
visitaba tan asiduamente; pero esta suposición se desvaneció en vista de
que su sobrina acogía con el mayor despego todas las galanterías que la
dirigía el elegante.
La baronesa, viendo que la persona de confianza de María era la viuda de
López, intentó sondear a ésta; pero doña Esperanza, con una sencillez
ingenua y seráfica, le manifestó que nada sabía; entonces doña Fernanda
acudió al padre Tomás, varón tan santo como amable, que ahora era uno de
los más asiduos concurrentes a su tertulia.
El poderoso jesuíta manifestó que tampoco sabía nada, pero en gracia
siempre a aquel interés noble y generoso que le había inspirado en todas
ocasiones la familia Baselga, y que la baronesa no sabía cómo
agradecerle, prometió sondear hábilmente el ánimo de María y enterarse
de aquel oculto pesar que venía afligiéndola.
Se equivocaba la baronesa al buscar en torno de ella la causa del
anormal estado en que se hallaba su sobrina. Dicha causa no estaba en
Madrid, sino lejos, mucho más lejos; en aquel París que guardaba al
hombre amado y que permanecía silencioso sin enviar nunca la carta
esperada.
Todo lo que Zarzoso allá, en la plaza del Pantheón, sufría por entonces
a causa del silencio de su amada, lo sufría María al ver que ninguna de
sus apasionadas cartas merecía contestación.
Aquel infame aislamiento en las comunicaciones entre los dos amantes,
ideado por el diabólico padre Tomás, se había realizado hacía ya más de
un mes.
El mismo día en que se decidió el jesuíta a poner en práctica su plan,
en vista de la aprobación que había dado a éste la superioridad de Roma,
fué a buscarle en su despacho la intrigante viuda de López, llevando una
carta que acababa de recibir de Zarzoso para entregarla a María.
Doña Esperanza no se había atrevido a abrirla; pero como la llamaba la
atención lo voluminoso de su contenido, se apresuró a presentarla al
padre Tomás para que éste ordenase lo que debía hacerse con ella y salir
de tal modo de su indecisión.
El jesuíta, sin mostrar el menor escrúpulo, rompió el sobre y comenzó la
leer los ocho pliegos de que se componía la carta; pero antes de llegar
al segundo, en su cara de mármol se retrató una sorpresa inmensa, y no
pudo menos de exclamar:
--¡Diablo! Buena la hubiéramos hecho si usted llega a entregar esta
carta a María. Con ser tan grande París se han encontrado allí y trabado
relaciones de amistad los dos hombres que más fatalmente pueden influir
en el porvenir de María. Ese Zarzoso se ha hecho amigo de Esteban
Alvarez, aquel bandido republicano y ateo que tantos pesares dió a la
señora baronesa y que en su juventud tuvo amoríos con Enriqueta Baselga.
Ese mediquillo, lisa y llanamente le cuenta a su novia cuanto sabe sobre
su nacimiento, y además le asegura que su padre es el tal Alvarez.
¡Buena complicación nos hubiese traído el que María leyese esta carta,
teniendo tanta fe como tiene en las palabras de su novio! ¡Al fuego
estos papeles!; y desde hoy, doña Esperanza, sépalo usted: el servicio
de correos queda interceptado entre los dos novios.
La viuda de López obedeció ciegamente y fué rasgando cuantas cartas
recibía de París y las que María la entregaba para ponerlas en el
correo.
La situación de la joven, en vista de este silencio, era aún más
insostenible y penosa que la de Zarzoso. Este al menos podía lamentarse
sin temor a ser espiado; podía desahogar su pena, lo mismo en su cuarto
que paseando por las calles de la gran ciudad; pero María había de
fingir continuamente una serenidad que no tenía y ahogar en lo más hondo
de su pecho la zozobra que la dominaba y que la hacía concebir las más
violentas sospechas.
Siempre que tenía ocasión en su casa para hablar a doña Esperanza sin
testigos, la llevaba a un rincón, preguntándola con ansiedad:
--¿No ha llegado nada?
--Nada--contestaba imperturbable la viuda.
--Le he escrito quejándome de ese silencio incomprensible. ¿Ha tirado
usted misma la carta al correo?
--Sí, hija mía. Yo misma, pues no me gusta encargar estas comisiones a
personas extrañas.
--Pues entonces, indudablemente, dentro de pocos días tendré la
contestación. Es muy extraño lo que sucede. Antes me escribía
puntualmente, sin que sus contestaciones se retrasasen un solo día.
--¡Ay, hija mía!--contestaba doña Esperanza con sonrisa escéptica como
persona muy conocedora de las debilidades del mundo--. Acuérdate del
refrán: "cántaro nuevo, hace el agua fresca." Todos los hombres son
iguales; al principio aman hasta ser empalagosos, y después olvidan con
una facilidad que asombra. ¡Dios sabe en lo que pensará ahora ese señor
Zarzoso!
Y la viuda iba excitando hábilmente las sospechas en la joven, que
parecía aturdida por aquel silencio inexplicable.
María, deseosa de justificar en su pensamiento al hombre que tanto
amaba, imaginábase que Zarzoso se hallaba enfermo de alguna gravedad;
pero inmediatamente apresurábase la maléfica viuda a desvanecer esta
idea, que equivalía a una esperanza, asegurando que Juanito gozaba de
buena salud y escribía regularmente a su tío, el doctor Zarzoso, lo que
en el fondo era verdad.
¡Infeliz María! Cada una de las insinuaciones de aquella intrigante
jamona, producíale una nueva decepción o un aumento en su tristeza, y
sin embargo, si hubiese podido registrar los bolsillos a aquella
confidenta que tenía toda su confianza, tal vez hubiese encontrado en
ellos alguna de las cartas de Zarzoso, esperadas con tanto anhelo, y que
la viuda le ocultaba.
Llegó un momento en que la joven no quiso escribir más, en vista de que
sus cartas eran acogidas siempre con el mismo desesperante silencio, y
comenzó a apuntar en ella aquel exagerado amor propio, que era la nota
más saliente de su carácter, y que doña Esperanza procuraba excitar.
--Haces bien, hija mía--decía la intrigante viuda--, en no escribir más
a ese ingrato, indigno de ti. Eso sería rebajarte, y tú, por tu
nacimiento, por tu hermosura y por tu riqueza, estás para que los
hombres se arrastren a tus pies, solicitando una palabra de
benevolencia, y no para humillarte a un mediquillo olvidadizo, a un
chisgarabís sin importancia, que tal vez a estas horas se divierte
bailando el _cancán_ con esas perdidas de París, que se llaman
_cocottes_. No creas que esto es una exageración; yo soy ya vieja, he
visto mucho, y sé de lo que son capaces estos jóvenes de ahora, que como
no tienen religión, viven al día, y con tal de divertirse pisotean los
más sagrados e íntimos sentimientos.
La joven, cuando de este modo excitaban su amor propio, sabía resistirse
al infortunio y olvidar por algunas horas el injustificado silencio de
su novio; pero no tardaba en sobrevenir la reacción, el antiguo
apasionamiento volvía a aparecer, y María experimentaba aún con mayor
fuerza el pesar producido por aquel silencio de Zarzoso, cuyo verdadero
significado estaba muy lejos de adivinar.
Nunca se le ocurrió el tener la menor duda sobre la fidelidad de doña
Esperanza, pues ésta sabía interesarse por su dolor y fingir una
indignación sin límites al hablar de lo que ella llamaba la ingratitud
de Zarzoso.
En una de estas crisis de apasionamiento amoroso, en que reaparecía
intensamente el dolor causado por el olvido en que la tenía su novio,
fué cuando María abordó resueltamente a doña Esperanza, exponiéndola un
deseo que hasta entonces no se había atrevido a manifestarla.
--Estoy convencida--dijo--de que ese hombre me ha olvidado. Yo creo que
hasta en esto que hoy siento por él hay más odio que amor; pero
quisiera, ya que soy villanamente abandonada, convencerme de mi
desgracia en toda su extensión, y saber por qué causa ha faltado Juanito
a sus juramentos de amor. Diga usted, doña Esperanza: ¿usted que tiene
tantas amistades, no encontraría un medio para que nos enteráramos con
exactitud de lo que Juanito hace en París?
La viuda hacía ya mucho tiempo que esperaba esta petición y sobre ella
había hablado extensamente con el padre Tomás; pero, a pesar de esto,
fingió, como lo tenía por costumbre, y en el primer instante manifestó
no encontrar lo que María deseaba.
Después pareció como que vislumbrara el auxilio apetecido.
--Creo que he encontrado lo que tú deseas. Enterarse de la vida que
Zarzoso hace en París, de sus locuras y depravaciones, si es que
realmente ha caído en ellas, nadie puede hacerlo mejor que el padre
Tomás, ese santo varón que viene aquí casi todas las tardes y que tiene
en París fieles amigos que pondrán en su conocimiento todo cuanto
ocurra. Antes de diez días, si tú quieres, sabremos toda la verdad.
María intentó resistirse. Le causaba cierto temor el hablar de sus
amores a aquel sacerdote que, a pesar de su característica amabilidad,
le resultaba austero e imponente; pero doña Esperanza logró convencerla.
--No seas tonta, niña. Es fácil hablar de asuntos como éste a un padre
jesuíta. Ellos, a pesar de su santidad, se mezclan en los negocios
mundanos para bien nuestro; además, el reverendo padre, que es antiguo
amigo de tu familia, te quiere mucho y no vacilará en prestarte este
servicio. El es tu director espiritual, lo mismo que de tu tía; yo, en
tu nombre, solicitaré una conferencia, y para hacer menos penosa tu
petición, me adelantaré a decirle algo de lo que ocurre. Vamos, no seas
niña y acepta.
María acabó por decir que sí a todo cuanto la proponía doña Esperanza,
y al día siguiente por la tarde, estando la baronesa y su sobrina en el
gabinete próximo al salón, entró el padre Tomás.
Las miradas significativas que se cruzaron entre el jesuíta y la
aristocrática beata, daban a entender la inteligencia que existía entre
los dos.
Por la mañana, se habían visto la baronesa y el padre Tomás y éste había
rogado a la entusiasta penitente que en su visita de la tarde procurase
dejarle solo con su sobrina, pues creía llegado el momento de averiguar
la oculta pena que agobiaba a la joven.
Por esto, apenas se cambiaron algunas palabras entre los tres, la
baronesa, pretextando una ocupación, salió del gabinete, dejando solos
al jesuíta y a la joven.
El padre Tomás miró a la puerta con cierta alarma, pues sabía que la
baronesa era muy capaz de quedarse tras un cortinaje escuchando, y por
esto se acercó más a María, a la que comenzó a hablar con voz muy baja.
--Hija mía, sé algo de lo que te sucede y comprendo que en esta
situación angustiosa necesitas el auxilio de personas sensatas y de
sereno juicio que te aconsejen. Habla con entera franqueza, no te
intimide lo sagrado e imponente de mi ministerio. En este momento no es
el sacerdote quien te escucha, sino el antiguo amigo de tu familia, el
que te profesa un cariño tan puro como si fueses su hija. Nosotros, los
padres jesuítas, tenemos una gran ventaja sobre los demás sacerdotes. No
nos limitamos a auxiliar a la humana criatura en sus necesidades
religiosas; comprendemos que muchas veces necesita apoyo en su vida
social y por esto sacrificamos nuestro reposo hasta el punto de
intervenir en asuntos que no son de nuestro ministerio; habla, hija mía,
habla con entera franqueza. Nuestros penitentes son nuestros hijos, y
¿qué no hará un padre cuando se trata de la felicidad y del sosiego de
los que son pedazos de su alma?
Estas dulces palabras tranquilizaron a María y la hicieron tener
absoluta confianza en el poderoso jesuíta, que ya no le resultaba
austero e imponente, sino cariñoso y benigno.
La joven, tranquilizada ya, relató concisamente al jesuíta la historia
de aquellas relaciones que él conocía perfectamente desde mucho tiempo
antes, y a continuación formuló la súplica de que se interesara en
averiguar cuál era la conducta de Zarzoso en París y el por qué de aquel
silencio inexplicable que había venido a romper tan inesperadamente sus
amores.
El padre Tomás, aquel santo varón que quería a sus penitentes como si
fuesen hijos y se desvivía por su felicidad, aceptó inmediatamente el
encargo.
Sí; él lograría saber punto por punto lo que Zarzoso hacía en París, y
con entera imparcialidad se lo revelaría a María, pues en tal clase de
asuntos no le gustaba engañar ni mantener ilusiones que no eran ciertas.
Aquel mismo día escribiría a sus amigos de Francia, rogándoles, en
nombre de los intereses de su Orden, que procurasen averiguar todo lo
concerniente a la existencia actual de Zarzoso, y se comprometía a dar
respuesta a la joven en el plazo de diez días.
El jesuíta iba ya a terminar la conferencia y a llamar a la baronesa,
cuando añadió, como sabrosa postdata:
--Te advierto, hija mía, que no debes hacerte ilusiones sobre la
contestación que recibiremos. No sé por qué me anuncia el corazón que
será poco grata. Ignoro qué clase de vida hará ese señor Zarzoso; pero
París es un foco de corrupción, donde no entra un joven que deje de
perder sus más nobles cualidades. Ya ves tú, ¿qué otra cosa puede
esperarse de una ciudad republicana que inicia todas las revoluciones, y
de la cual el impío Gambetta ha expulsado a los hijos de San Ignacio,
viéndose obligados los padres de la Compañía a vivir ocultos?
María, a pesar de esta seguridad que el padre Tomás manifestaba por
adelantado sobre la corrupción de Juanito, sentía cierta esperanza y
aguardaba impaciente que transcurriese aquel plazo de diez días fijado
por el jesuíta para saber toda la verdad.
En estos días, a la incertidumbre de María vino a unirse otra
incomodidad.
El elegante Ordóñez, que era el tertuliano más asiduo de la baronesa,
aprovechaba todas las ocasiones para repetir a la joven sus
declaraciones de amor, y raro era el día en que no le hablaba de lo
feliz que se consideraría si llegaba a alcanzar su mano.
Para colmo de desdichas, la baronesa habló una tarde a su sobrina del
porvenir de la mujer: dijo que ella debía ir pensando en casarse, ya que
siempre había manifestado cierta tendencia en favor del matrimonio, y
terminó indicándola que no vería con disgusto que el pretendiente
preferido fuese el hijo del duque de Vegaverde.