_Una respuesta del doctor Zarzoso_
Apenas la mano de María fué pedida oficialmente por el duque de
Vegaverde, aquel senador sesudo que consideraba con el mayor desprecio a
su hermano el calavera, la baronesa y el novio, aconsejados por su
irreemplazable oráculo el padre Tomás, comenzaron a arreglar todos los
preparativos de la boda.
Doña Fernanda, no se sabe si por propia inspiración o por ajeno consejo,
se mostraba muy radical en todos estos preparativos.
--Yo no soy partidaria de los noviazgos largos--decía continuamente a
sus amigos--. Me gusta que lo que tenga que ser, sea pronto.
Y por esto la boda de María marchaba con gran rapidez a su desenlace.
El suceso era muy comentado en la alta sociedad, pues llamaba la
atención, tanto la respetable fortuna de María como los antecedentes del
novio, que no podían ser más públicos.
Ordóñez, tal vez porque envidiaban muchos su buena suerte, era objeto de
numerosos e irónicos comentarios.
--Ese ya ha encontrado lo que quería--decían sus amigos en el Casino--.
Una mujer millonaria y además beata y algo tonta, según aseguran los que
la conocen. Es de esperar que antes de dos años, Ordóñez se haya comido
la fortuna.
El padre Tomás había fijado la boda para dos semanas después del día en
que María aceptó la declaración de Ordóñez, y como hombre poderoso en
todos los asuntos concernientes a la Iglesia, se había encargado del
arreglo de los documentos y demás formalidades necesarias para que el
matrimonio canónico se efectuara en el plazo marcado.
María asistía como una sonámbula a todos aquellos preparativos de boda,
que parecían destinados a otra mujer, según la impasibilidad con que los
acogía.
Recibía, al lado de su tía, las visitas íntimas, acogiendo sus
felicitaciones con estúpidas sonrisas; y experimentaba alegrías de niña
mimada al ver los regalos con que la obsequiaban los numerosos amigos de
la casa y las principales familias de la nobleza, unidas a los Baselgas
con lazos de parentesco más o menos lejano.
Muchas veces, en aquella calma insensible en que parecía sumida, surgían
relampagueos de odio que la hacían recordar su exacta situación. Era
entonces cuando menos arrepentida se mostraba del matrimonio que iba a
contraer, y experimentaba una alegría amarga y punzante, pensando que
todo aquello le serviría para vengarse del hombre que tan injustamente
la había despreciado.
Abrigaba la esperanza de que Zarzoso no era capaz de olvidarla
repentinamente tan por completo y creía que el día en que tuviese
noticia de su casamiento, el joven médico sentiría renacer su antigua
pasión y experimentaría un remordimiento sin límites.
En esto cifraba María su venganza, y por ello cada vez que recibía un
regalo de bodas o su futuro esposo le dirigía una galantería amorosa,
pensaba con fruición en que si Zarzoso estuviera allí todo aquello sería
para él un motivo de terrible desesperación.
Se aproximaba el día señalado para la boda, y la baronesa mostrábase muy
complacida en arreglar las cosas con solemnidad. Quería que todo se
hiciese en grande, como correspondía a la clase social de los novios, y
además por su afición tradicional, odiaba las costumbres de la moderna
aristocracia que efectúa los casamientos con sencillez casi ocultándose,
como si se avergonzara de un acto tan solemne.
Ella quería que el matrimonio de su sobrina fuese bien público, a la luz
del día, con aparato casi regio; y en esto la apoyaba Ordóñez a quien no
le venía mal que moviese mucho ruido su boda con una millonaria, en
aquella sociedad que, aunque le halagaba, le tenía por un estafador y un
aventurero de mala ley.
El padre Tomás dispensaría a los novios el alto honor de darles su
bendición. Al acto, que se verificaría en la capilla de la casa,
acudiría lo más selecto de todo Madrid, y la misa sería amenizada por
una gran orquesta y los principales cantantes del teatro Real. En fin,
que la baronesa, ya que no había conseguido que su sobrina fuese monja,
quería al menos que su casamiento metiese ruido en el gran mundo, y no
reparaba en gastar miles de duros, aunque esto le atrajera el dictado de
cursi.
Terminada la ceremonia, los novios saldrían de Madrid para efectuar el
largo viaje que es de rúbrica y cuyo itinerario se discutió bastante;
pues María no transigía con entrar en París, aunque sólo fuera de paso.
A pesar del ansia de venganza que sentía y su vehemente deseo de
mortificar a Zarzoso, estremecíase solamente al imaginar que podía
encontrarse en los bulevares con el joven médico, yendo ella del brazo
con Ordóñez.
La proximidad de su matrimonio no evitaba que pensase en su antiguo
amor, y la víspera misma de la ceremonia fué cuando envió a París el
papel que envolvía sus cabellos, con una carta sin firma, en la que daba
cuenta de su casamiento, experimentando, al pensar lo que sufriría
Zarzoso al recibirla, la amarga complacencia del desesperado que muere
matando.
Cuando entregó la carta a doña Esperanza, que esta vez fué fiel y la
puso en el correo, experimentó cierto vacío, como si con aquella prueba
fatal que tanto excitaba su odio, desapareciera el vehemente deseo de
venganza.
Mostrábase arrepentida de su violenta resolución que la empujaba a un
matrimonio poco grato, y para hacer más doloroso su estado, la víspera
misma de la boda, doña Fernanda sufrió un accidente, que puso en
conmoción toda la casa.
No se supo si fué a consecuencia de la agitación producida por los
preparativos de la boda o por el berrinche que la causaron las
murmuraciones de ciertas amigas suyas que la criticaban por lo ostentoso
de la boda, tachándola de cursi y de persona de mal gusto; pero lo
cierto resultó que en aquella mañana doña Fernanda tuvo un ataque de
nervios, asustando a toda la servidumbre pues desde la muerte de su
hermano el padre Ricardo, no la habían visto en un estado tan alarmante.
Fueron a buscar en seguida al viejo doctor Zarzoso, y como si su
presencia ejerciera cierto influjo sobre el excitado ánimo de la
baronesa, ésta se calmó apenas el doctor estuvo algunos minutos a su
lado.
María experimentaba gran complacencia al ver en su casa, y en la víspera
de la boda, al tío del hombre odiado, v se mostraba amable en extremo,
enseñándole sus regalos de boda, y abrumándole a fuerza de atenciones,
con el loco intento de mortificarle como si el pobre señor hubiese
alguna vez tenido noticias de que Juanito era el dueño de aquella
beldad.
El doctor, como un oso domesticado a medias, refunfuñando y visiblemente
molestado, se dejaba llevar por la joven, no pudiendo comprender el
motivo de tanta amabilidad. Siempre le había llamado la atención la
inexplicable benevolencia de aquella joven sonriente, a la que él, por
otra parte, consideraba con alguna simpatía, pues en su concepto era la
única sangre algo pura que había en la familia.
Miraba con poca atención todos los valiosos objetos que le enseñaba la
joven y que para él eran chucherías sin importancia, dijes propios del
afeminamiento que existía en la sociedad; pero, en cambio, no quitaba
sus ojos del novio, de aquel Ordóñez, al que miraba con la misma
atención que el naturalista contempla a un bicho raro.
¡Vaya un tipo el de aquel elegante, enjuto, extenuado, y que con gestos
de soberano desdén ocultaba el aire de cansancio de la vida que se
notaba en su rostro! El doctor admiraba a este representante de la
degeneración aristocrática que era un tipo acabado de esa degradación
hereditaria de las altas familias, que tiene su principio en la
glotonería y en la lujuria y su fin en el raquitismo y la imbecilidad.
No pasaban inadvertidas para el doctor las señales exteriores que en
aquel mozo había dejado su anterior vida de crápula, y se fijaba con una
insistencia que no pasaba inadvertida para Ordóñez en las manchas de su
rostro, que delataban un emponzoñamiento de la sangre por la lepra del
vicio.
La mirada del viejo Zarzoso iba desde Ordóñez a aquella joven robusta,
fresca y alegre, a la que quería por no pertenecer físicamente a la raza
aristocrática y degenerada que tales censuras le merecía; y al pensar
que iban a unirse en íntimo contacto dos organismos tan distintos,
sintió tentaciones de protestar en nombre de la salud y de la
Naturaleza, amenazando, en caso contrario, con un contagio terrible que
desharía rápidamente la lozanía y el vigor de una joven tan sana, fuerte
y hermosa.
Pero el doctor se abstuvo de hablar en presencia de toda aquella gente
aristocrática, que podía considerarse aludida por sus apreciaciones, y
se despidió de todos, dando las gracias a María por su amabilidad y a la
baronesa por su invitación a que asistiera a la fiesta del día
siguiente.
Doña Fernanda, en vista de la negativa del doctor y de que ella no se
sentía aún muy segura de sus nervios, le arrancó la promesa de que al
menos al día siguiente iría a visitarla después que hubiese terminado la
ceremonia.
Cuando el viejo Zarzoso salió a la calle iba refunfuñando:
--Ese casamiento es un asesinato que se lleva a cabo en presencia de la
sociedad entera y sin que ninguna ley lo castigue. Ni al mismo diablo se
le ocurre casar una muchacha sana y robusta con un hombre que en las
venas debe tener pus en vez de sangre. ¡Bueno está el tal mocito! De
seguro que tiene la tuberculosis y no tardará en contagiar al organismo
puro de su mujer. ¡Buenos hijos producirá el tal matrimonio! Las leyes
de hoy son una farsa, pues sólo tratan de cosas que únicamente debían
ser de la competencia de los médicos alienistas, y en cambio no se
preocupan del porvenir de la humanidad. ¡Ni una sola disposición para
fomentar el vigor y la salud de las generaciones venideras! Si estos
Gobiernos tuvieran sentido común, ordenarían el examen médico antes de
todo matrimonio; así se evitarían muchas desgracias y podríamos
librarnos de que antes de un par de siglos la humanidad sea un vasto
hospital y un gigantesco manicomio.
Al día siguiente verificóse el acto del que tanto se hablaba en la alta
sociedad.
María y Ordóñez se casaron con todas las solemnidades deseadas por doña
Fernanda, y después de despedirse de aquel público brillante y
privilegiado que había asistido a la ceremonia, salieron para el
extranjero.
La baronesa se despidió de ellos en el mismo andén de la estación, y
cuando volvió a su casa, recibió al poco rato la visita del doctor
Zarzoso.
--¡Ay, querido doctor!--le dijo la baronesa--. ¡Qué sola me encuentro
desde que ha partido la niña! Parece como que la casa está deshabitada.
Y sin embargo, estoy contenta, sí, señor, muy contenta. La ceremonia del
matrimonio ha sido una fiesta solemnísima, como en muchos años no se
había visto en Madrid. Además, María será muy feliz, tendrá un esposo
modelo.
Debió traslucirse en el rostro del doctor el mal efecto que le causaban
estas palabras, por cuanto la baronesa se apresuró a añadir:
--¿No piensa usted lo mismo que yo? ¿Cree usted que este matrimonio
resultará desgraciado? Vamos a ver, hable usted con entera franqueza.
¿Qué opina usted del casamiento de mi sobrina?
El doctor saludó y dijo con su rudeza que no admitía réplica:
--Señora, opino que ese casamiento ha sido un crimen.