--Así, el señor de Alava--continuó el diplomático--, al aplicarse, con

todos los recursos de su ciencia y de su experiencia, a refinar el

plantel ganadero, prosigue y enaltece la obra de progreso iniciada por

D. Juan Martín cuando trajo a esta granja las pocas primeras vacas que

fueron el origen de su actual fortuna...

--Le advierto--interrumpió Amenábar--que la fortuna de D. Juan Martín

tiene orígenes absolutamente metropolitanos. Nuestro anfitrión, desde

que llegó a Buenos Aires, en el 78, no salió jamás de la capital.

--Entonces--dijo inquieto el diplomático, que veía deshacerse su pequeño

efecto oratorio del almuerzo--es el señor de Alava...

--Alava--repuso implacablemente Amenábar--es médico, hijo de unos

pequeños comerciantes españoles. Hasta que casó con Juana María no había

pensado nunca en dedicarse a la cría de ganado fino: pero las amistades

de Club le sugirieron eso que es ya la consecuencia obligada de todo

buen matrimonio: irse a trabajar al campo con el dinero del suegro.

Y ante un gesto de desagrado del embajador, que no respetaba la riqueza

adquirida en el comercio, cosa de judíos y de ingleses, Amenábar le

refirió la historia del encumbramiento de D. Juan Martín. Cómo había

andado por las calles con su piedra de afilar y su silbato; cómo había

tenido la audacia de uncirse él mismo al primer carro ligero de dos

ruedas que conociéramos en el país; cómo fundara una empresa de

mudanzas, y cómo ésta se convirtiera al cabo de los años en la poderosa

Compañía de transportes y encomiendas que llevaba su nombre.

--No crea usted--terminó Amenábar--que D. Juan Martín hace misterio de

sus comienzos. Por el contrario, exhibe su origen humilde y recuerda la

dura vida de su juventud con una insistencia que resulta molesta a Juana

María, sobre todo ante ciertos huéspedes. El viejo ha conservado

religiosamente la máquina de afilar, y hubo un tiempo en que la

mostraba con orgullo a todos cuantos le visitaban. Por cierto que esa

manía fué la tortura de la hija, tan distinguida y tan cuidadosa de su

prestigio mundano, porque a causa de ella recibió el mote de «la

afiladora»... ¿Usted conoce el sentido que esa palabra tiene entre

nosotros?... Eso la desesperaba... Poco a poco, a fuerza de estrategia

ha conseguido que el padre relegara a este alejado establecimiento de

campo, adonde no viene casi nunca, el molesto artefacto. Ya verá usted,

a menos que Juana María se interponga con su infinito _savoir faire_,

cómo el viejo nos lleva hasta donde está la máquina.

Amenábar bajó la voz porque iban acercándose al grupo principal. Estaban

al final de los boxes. El infante de Aragón, fatigado de interrogar

sobre cada animal y de escuchar con aire complacido las respuestas

sabias de Alava, dejó vagar la vista por la extensión esmeralda del

campo que se desplegaba más allá de la verja, pintada de bermellón. Don

Juan Martín, que había guardado silencio hasta entonces, creyó oportuno

intervenir en la conversación suspendida.

--Cuando yo llegué a Buenos Aires--comenzó a decir--y andaba...

--¡Por Dios, papá!--interrumpió rápidamente Juana María, temerosa del

inevitable desarrollo de aquellas evocaciones paternales--. ¡No es

necesario remontarse al huevo de Leda!

--¡Qué huevo, ni qué huevo! ¿Quién está hablando ahora de

huevos?--replicó severamente el padre--. Le decía al señor--continuó

indicando al príncipe--que cuando yo llegué a Buenos Aires, allá por el

año 78...

La señora de Alava sintió que las piernas le flaqueaban y que el paisaje

daba vueltas en torno suyo vertiginosamente. Una angustia indecible le

atenazaba el pecho, y el sonido de las palabras del padre le llegaba

interrumpido por el latido de la sangre que le golpeaba en los tímpanos

con el galope rítmico de un metrónomo alocado. Toda la mañana había

estado temiendo aquella catástrofe y ahora se producía allí, en las

peores condiciones, a un paso del galpón donde se guardaba la máquina

infernal.

Cuando consiguió serenarse, ya D. Juan Martín había dejado de hablar.

No fuera todo sino una falsa alarma. El anciano había observado

simplemente que el perfeccionamiento del ganado criollo era un hecho

indiscutible para él comparando sus recuerdos con lo que ahora en las

mismas calles de Buenos Aires podía advertirse.

La señora de Alava respiró profundamente e indicó la necesidad de

regresar a la casa para el almuerzo. Todos se pusieron en marcha.

Alejado el peligro, Juana María sonreía con la sonrisa tímida de los

convalecientes, pálida aún por la impresión sufrida.

En la mesa, sentada a la derecha del infante, frente a monseñor De

Filippis, que no hacía sino elogiar la mansedumbre de la existencia

campesina en aquella casa donde no faltaba ninguno de los refinamientos

de la ciudad, y junto al embajador, que aspiraba en cada momento a dar a

Su Alteza una impresión exacta del carácter porteño, la hija de Juan

Martín tuvo conciencia de que por primera vez en la vida se realizaba

plenamente su destino. El padre, el único detalle que podía entenebrecer

aquella visión triunfal, desaparecía en un extremo de la mesa, entre un

periodista español, elocuente y voluminoso, que acompañaba al infante en

la gira por América, y el oficial argentino, edecán del príncipe, al que

continuamente se le escapaban los cubiertos con un estrépito atroz.

A mediados de la comida, el embajador, que se había servido pródigamente

del borgoña blanco--un Montracher 1900--, aprovechando una coyuntura

favorable comenzó a hablar:

--Hay en esta extremosa preocupación por la ganadería, así como en la

ligera jactancia que casi todos vosotros tenéis de ser entendidos en las

faenas rurales, un explicable orgullo de los orígenes de vuestra

riqueza, tanto la colectiva como la individual. Sois un pueblo agrícola

y ganadero...

Ya lanzado en el tema, por un hábito profesional, reprodujo exactamente

lo que una hora antes le había dicho a Amenábar. Repitió todo, hasta la

alusión a las primeras vacas que fueron el punto de partida del

enriquecimiento de D. Juan Martín.

Y la rectificación fatal se impuso. Desde el extremo de la mesa el

potentado recordó su vida de trabajo, las humillaciones sufridas, las

fatigas y los desalientos sobrepujados, caminando constantemente por las

calles de la inmensa ciudad.

Juana María soportó con noble entereza el temido contratiempo. Había

advertido que, a partir del segundo plato, el infante, rojo y abotagado,

cayera en una especie de sopor que le mantenía insensible a todo lo que

no era comer y beber.

Lo que más le alarmó fué verle a Amenábar anotar algo, sonriéndose, en

la tarjeta del menú.

Adivinó una malevolencia y tuvo un ligero estremecimiento.

En la lista del menú, impreso en una cartulina transparente, que

ostentaba en relieve el escudo de armas del príncipe, el clubman, con su

letra clara e impersonal, acababa de interpolar:

_Œufs de Leda a la gaffe._

Esa visita del infante a la estancia de Alava marcó para Juana María uno

de los grandes momentos de su existencia. Aunque siempre guardó el

penoso recuerdo del mal rato pasado durante el almuerzo, adquirió la

convicción de que no se había equivocado en la conducta que venía

observando desde que por la muerte de la madre quedara como compañera

única de D. Juan Martín. No, no habían sido inútiles todas las sucesivas

concesiones que fuera arrancando al tosco trabajador: la casa propia, el

cambio de hábitos de vida, muebles lujosos, servidumbre abundante,

cultivo de relaciones sociales y, por último, la estancia para Alava,

costoso capricho de millonario.

Cada una de estas conquistas había demandado un largo asedio, constante

ejercicio de paciencia y bruscos asaltos de rebeldía filial. Y los

triunfos, lejos de allanarle el camino para otras victorias, se lo

hacían más difícil, enardeciendo el espíritu del vencido. ¡Lo que le

había costado decidirle a abandonar aquella necrópolis de la calle

Venezuela, antiguo caserón del tiempo de los virreyes, con puertas

macizas, ventanas de hierros forjados, patios con enredaderas, en que

anidaban las arañas, y un aljibe! ¡Y convencerle de que edificase un

hotelito en el Retiro, cerca del palacio de los Paz, que representaba

entonces para Juana María el tipo de la vivienda señorial! Al recuerdo

de tales luchas, la señora de Alava tenía una sonrisa fatigada. No, no

habían sido inútiles tantos esfuerzos. La visión del trozo de mesa con

el infante, el embajador y el obispo le iluminó interiormente. Pero al

mismo tiempo pensó que su victoria no sería nunca absoluta ni

definitiva. Había en su vida algo irreductible, que le amargaba los

momentos más brillantes, que la mantenía en perpetua zozobra. ¿Qué podía

ella en contra de su padre? Volvió a sentir la vergüenza de aquel

almuerzo y recordó con qué furor contenido ordenó secretamente, antes de

salir para Buenos Aires, la destrucción de la odiosa máquina de afilar.

Sólo al recibir, algunos días después, la noticia de que aquel inanimado

compañero de andanzas de su padre había sido despedazado y aventados sus

restos tuvo conciencia de cuánto y qué antiguo era su aborrecimiento.

CAPITULO V

LA VUELTA AL COLONIAL

Una tarde, pocas semanas después de la visita del príncipe, el auto de

la señora de Alava se detuvo silenciosamente ante la entrada de las

oficinas de la Empresa. Descendió de él doña Juana María, y con una

agilidad aun juvenil, subió presurosamente la escalera que conducía al

despacho de su padre, donde irrumpió, alegre y dominadora, envolviendo

al anciano en un tumulto de palabras cariñosas y un hálito de violetas.

Sorprendido, don Juan Martín no pudo menos que sonreír, a pesar de su

adustez acostumbrada.

De algunos años a aquella parte esas visitas de la hija, que le llenaban

de cierto orgullo paternal, se iban haciendo cada vez más raras. Antes,

en los primeros tiempos de la Empresa, cuando el trabajo era rudo y las

preocupaciones pesaban continuamente sobre su espíritu, D. Juan Martín

tenía, por lo menos, la compensación de esa visita vespertina, seguida

de un paseo a pie, durante el cual la joven parloteaba incansable,

descubriendo bajo la mirada socarrona del padre todas sus ambiciones,

todos sus celos femeninos. Y fué en esos paseos en los que Juana María

había ido desbastando poco a poco la inteligencia del comerciante,

reformando sus hábitos, ampliando el horizonte de su vida y

acostumbrándole a no medir con el mismo patrón de estricta economía los

gastos usuales y los expendios de carácter suntuario. Era aquel tiempo

feliz en que su hija no tenía obligación alguna; después vinieron lo que

llamaba ella sus «obligaciones», y las visitas al padre, al final de la

tarea diaria, espaciáronse largamente.

La última vez que había estado en la oficina era precisamente un año

antes, cuando don Juan Martín había tenido que acudir en auxilio de

Alava, amenazado de ruina por su mala suerte en la cabaña y en el club.

Y aun en tal ocasión Juana María, evidentemente preocupada por los

contrastes financieros de su esposo, limitara todo su filial agasajo a

una rápida vuelta por Palermo en compañía del anciano.

Le abrochó amorosamente el abrigo antes de salir. Luego bajó la escalera

a su lado, sin prestarle apoyo, segura y como orgullosa de su fuerte

ancianidad. Iba luciendo junto al padre su porte de reina, despertando

ambos en los empleados que los veían descender la visión de la dicha

completa: fortuna, belleza y amor familiar...

El auto arrancó suavemente. Ni el _chauffeur_ ni D. Juan Martín

preguntaron adónde iban. El primero, fuera de duda, tenía instrucciones

precisas, y el segundo se entregaba a su suerte, arrellanándose en los

cojines gris perla de la _limousine_ con un abandono feliz. A modo de

explicación del secuestro, Juana María dióse a elogiar el esplendor de

aquella tarde de fines de otoño. Un sol invisible había espolvoreado de

oro todo el cielo de occidente; proyectaba una luz clara sobre la

cúspide de los edificios y teñía de rojo y amarillo las últimas hojas de

los árboles, que así parecían irse consumiendo lentamente en un

misterioso incendio.

A ambos lados del coche, como en una doble cinta cinematográfica,

comenzó un sereno desfile de suntuosas viviendas. Era un espectáculo

bien conocido de la hija de Juan Martín--hacía veinte años que en las

épocas propicias y por las rutas fijadas por los demás cumplía como una

de sus «obligaciones» aquel paseo a Palermo--; pero ahora lo contemplaba

como si lo viese por vez primera, y las observaciones largamente

maduradas caían de sus labios con toda la espontaneidad de un

descubrimiento. La edificación no le gustaba: palacios horribles que

parecían destinados a una institución de beneficencia o a un ministerio

de Estado; palacetes en que se imitaban todos los estilos del

Renacimiento francés e italiano; pesadas fantasías teutónicas; hotelitos

adocenados, cuya descripción podría ella hacer en el obligado lenguaje

de los avisos de remate, sin entrar siquiera en uno. ¿Cuándo la gente de

buen gusto haría casas que nos recordasen que vivimos en Buenos Aires y

pertenecemos a una raza que tiene tradición y espíritu propios?...

Don Juan Martín, como siempre, la escuchaba en silencio, aunque con una

vislumbre irónica en los ojos, porque recordaba cuánto había deseado

ella poseer un _petit hôtel_ como los que ahora desacreditaba.

Estaban llegando al paseo de moda y el auto iba disminuyendo

insensiblemente su marcha. El _chauffeur_, retornándose, con una mirada

de inteligencia, detuvo el coche.

Descendieron, sumergiéndose en la corriente tranquila de los paseantes.

Muchas caras conocidas, saludos a distancia y algunas sonrisas en las

que Juana María creyó descubrir el asombro que causaba su insólita

exhibición de amor filial. Algo inquieta, fuése alejando con el padre

hasta un extremo del _promenoir_, como si buscase un sosiego propicio

para sus expansiones. Don Juan Martín habló entonces por primera vez:

--¿Cómo anda tu marido?

--Bien--repuso con complacencia la hija, satisfecha de no tener nada que

pedir por ese lado.

(¡Bastante trabajo le había dado la última vez!)

Y se quedaron en silencio contemplando el melancólico atardecer.

Un auto de carrera, amarillo, monstruoso, con los tubos de escape

laterales como un animal que llevase las tripas fuera, pasó con lentitud

atronando la alameda. Juana María reconoció, en un lampo de orgullo

maternal, al mayor de sus hijos, Adolfito, que iba guiando la poderosa

máquina. Se parecía al príncipe de Gales, pero era más dispendioso.

Guardóse muy bien de señalar su presencia al abuelo; D. Juan Martín

profesábale al muchacho una hosca antipatía.

No rompieron su mutismo hasta que, ya de noche, despejado el paseo de

gente, Juana María dijo levantándose, como si tuviera de pronto la

noción de la hora:

--¡Vamos, papá!

Con paso rápido llegaron al auto, y tal como vinieran se inició el

regreso: D. Juan Martín hundido regaladamente en los cojines y la hija

hablando de lo mismo; la arquitectura de la Avenida Alvear la tenía

preocupada.

Al anciano no le extrañaba esa insistencia en un tema dado. Reconocía

obscuramente en la hija su propensión a no pensar sino en una sola cosa

a la vez, a tender toda su voluntad y toda su inteligencia hacia un

objetivo único, hasta lograrlo, hasta superarlo, hasta descubrir más

allá de él nuevos incentivos, pretextos nuevos para un gran empeño.

Cerca de la casa, Juana María descubrió sus baterías. El «hotel» de la

calle Maipú, con todo su lujo pesado, su frío _confort_, su arreglo

impersonal, había comenzado a resultar inhabitable. Ella deseaba una

casa apropiada al clima de Buenos Aires, algo que recordase nuestras

costumbres y que evocara a la vez el pasado del país y el linaje de la

raza. Una casa fresca, risueña, blanca, con grandes patios de azulejos

llenos de flores y enredaderas, un frente sencillo con ventanas de

hierro forjado y un ancho portalón de macizas batientes claveteadas.

Y mientras exponía eso al padre, con un entusiasmo que coloreaba de

sangre sus mejillas, pensaba interiormente en los costosos detalles con

que completaría ese plan sencillo: los vargueños auténticos, los viejos

arcones, los cuadros de Ribera; el oratorio, que sería un pequeño museo

de arte religioso y donde a veces se haría decir misa por el obispo de

Heráclea...

Pero ¿querría el padre? No formuló la pregunta; mas envolviéndole en la

suave mirada de sus ojos azules, aguardó respetuosamente la opinión del

anciano.

--No me parece cosa difícil--comenzó a decir éste, sintiéndose

interrogado.

Juana María no le dejó proseguir.

--¡Qué bueno eres, papá!--exclamó con efusión.

E inmediatamente le colmó de halagos: comerían juntos los dos solos,

como en los buenos tiempos de su juventud; pasarían la velada juntos, y

ella escucharía, como en otras épocas, sus proyectos comerciales.

Llegados a la casa, Juana María descendió del auto con aire triunfante,

orgullosa y feliz. Midió con una mirada desdeñosa al palacete que

habitaba desde hacía quince años como si ya fuese algo ajeno, y entró

precediendo al padre.

La comida no pudo ser más íntima; Alava estaba en la estancia y Adolfito

casi nunca hacía acto de presencia en la mesa familiar. Frente a frente,

padre e hija recobraron un poco de la confianza mutua que se habían

tenido.

Hacia los postres, D. Juan Martín encendió uno de los cigarrillos

ordinarios, de que no había podido deshabituarse. La señora de Alava

consideró oportuno el momento para reanudar la conversación de la tarde.

¡Deseaba tanto abandonar aquella vivienda fría, pesada y antipática!

Insistió entonces con mayor abundancia en su sueño de la casa colonial,

con grandes patios llenos de tiestos y enredaderas, ventanas de hierro

forjado y el ancho portalón de gruesos clavos. ¡Cuándo alcanzaría a ver

eso!

--Habrá que esperar a que termine el contrato--murmuró D. Juan Martín,

continuando un monólogo interior.

--¿Qué contrato?--interrogó la señora, temiendo que el anciano no le

hubiera prestado atención.

--El de la casa de la calle Venezuela. Mientras no termine, a menos que

consientan en rescindirlo, no podremos volver a vivir en ella.

--¿Y quién piensa ir a vivir a la casa de Venezuela?--exclamó Juana

María, estupefacta.

--¿Cómo?--dijo a su vez, asombrado, don Juan Martín.

¿No había ella aludido constantemente en la conversación a la vieja casa

de la calle Venezuela, con sus grandes patios llenos de enredaderas, sus

ventanas del tiempo de los virreyes y su ancho portalón macizo?

Con la angustia de quien, creyéndose victorioso, vese de pronto envuelto

en la derrota, Juana María protestó contra semejante suposición. Ella

nunca había pensado en volver a la casa de Venezuela, una casa vieja,

llena de ratones y de arañas, en un barrio imposible, donde no vivía

nadie. Y con sollozos en la voz, ante la mirada atónita del viejo,

expuso de nuevo su sueño de una casa colonial.

Don Juan Martín había comprendido al fin. Su hija quería que le

transportase la casa de la calle Venezuela al barrio Norte. Eso de

levantar sobre un solar nuevo una casa vieja le pareció un absurdo, y

poniéndose de pie, como para terminar una entrevista comercial, dijo

sencillamente:

--¡Imposible!

Juana María, que conocía a su padre, se dió cuenta que esa palabra era

definitiva...

Una vez sola en su aposento, la señora de Alava se abandonó a su

desesperación. ¡Adiós la ilusión de la casa a la moda, de los magníficos

muebles antiguos, de los cuadros famosos, del oratorio cuajado de

tesoros artísticos! Ese ideal que durante dos horas de la noche había

pregustado como una realidad inminente desvanecíase de pronto, quizá

para siempre, en un _quid pro quo_ burlesco. La señora de Alava tuvo

vergüenza de su contraste y recordó con sonrojo el largo paseo por

Palermo y los agasajos inútiles con que abrumara al anciano al primer

signo de consentimiento. ¡Qué tarde y qué noche perdidas! Volvióle a la

imaginación la sonrisa con que algunas amigas la contemplaron en el

paseo caminando al lado de su padre y tuvo un movimiento de despecho.

No; no era, en verdad, presentable D. Juan Martín... Comenzó a recordar

las grandes humillaciones que por su causa sufriera, la inquietud en que

vivía, el vasallaje económico en que tenía a todos: a ella, a su hijo, a

su marido... Y en ese recuento de ingratos episodios domésticos fué

acumulándose toda su amargura, hasta que estalló en el deseo

inconfesable: ¡Cuándo la dejaría libre! Iba ya a cumplir cuarenta años;

le quedaban, pues, pocos de juventud, de belleza, de ansia de gozar la

vida, y veía su destino irremediablemente trunco. ¿A qué la fortuna y la

libertad cuando ya no pudiese sino vivir sobre sus recuerdos? Esta

perspectiva sarcástica le llenó de una congoja infinita, y sinceramente,

con la más pura emoción de su alma, juntando sus bellas manos largas en

el gesto de la plegaria más fervorosa, exclamó:

--¡Dios mío! ¡Cuándo me veré libre de mi padre!...

CAPITULO VI

LA MUERTE DEL HÉROE

Por fin había muerto. Su mucamo, un viejo criado, el único que tenía

derecho a violar el _sanctasantórum_ de su dormitorio, extrañado de que

siguiera durmiendo después de las ocho, entró en la habitación y le

halló arrebujado en las ropas del lecho, todo encogido, en una actitud

de momia, blanco y rígido ya.

Debía de haber muerto pocas horas antes, mientras dormía; pero por la

expresión de su fisonomía hubiérase dicho que era un cadáver muy antiguo

que perdiera desde muchos años atrás todo contacto con el mundo. La

muerte había acentuado en su mascarilla aquel aire de reserva que

tuviera durante toda su vida; la agonía le había hecho apretar aún más

sus labios, subrayando el visaje habitual con que recataba sus

sentimientos íntimos. Don Juan Martín parecía ocultar un secreto. Y en

verdad que se llevaba el secreto de sus fatigas, del heroico esfuerzo de

voluntad desplegado durante medio siglo, de los sufrimientos soportados,

de las decepciones aguantadas noblemente en silencio... ¡Todo perdido,

hundido en la nada, anegado en el misterio, como están perdidos para

nosotros los infinitos sufrimientos de las razas primitivas que en

centenares de miles de años fueron elevándose lentamente sobre el nivel

de la animalidad!

El mucamo se cercioró de la muerte. Iba a llamar, a conmover a la casa,

cuando se acordó de la señora y salió, cerrando tras sí suavemente la

puerta del aposento como para no despertar al dormido. Bajó al piso

inmediato, y después de conferenciar con dos doncellas, le hicieron

pasar al tocador. De espaldas, hablándole al espejo, Juana María le

preguntó:

--¿Qué pasa, Julián?

Julián dió la noticia:

--Señora, creo que el señor Martín está mal.

--¿Se ha levantado?

--No, señora; todavía no. Me parece que es algo grave. Si la señora

quisiera subir...

--¡Inmediatamente!--contestó Juana María poniéndose de pie.

Las doncellas se precipitaron hacia ella y con una destreza de esclavas

de harén le arreglaron rápidamente el cabello y le ajustaron su ropaje

matinal. Subió presurosa la escalera seguida del mucamo.

Al ver al padre todo blanco y encogido tuvo de inmediato la evidencia de

la verdad. Fué como si le dieran un fuerte golpe en la frente; echó la

cabeza hacia atrás y permaneció un momento atontada. Pero pronto se

sobrepuso al brutal choque. Comenzó a reflexionar: las ideas, las

imágenes, los proyectos desfilaron velozmente por su espíritu. Sentía

una especie de vértigo al pensar tan rápidamente. Se apoyó en el

respaldo de una silla y procuró fijar sus ideas. ¿Qué debía hacer? Como

siempre, cuando podía ser necesario, Alava estaba en la estancia. En el

chico no se podía confiar. Ante todo había que evitar el escándalo.

Debía prolongarse la agonía del padre...

Se volvió hacia el mucamo. Pálida, con un temblor en la voz, le dijo:

--Es un síncope.

El sonido de sus propias palabras la reanimó. Recobrando algo de su

capacidad ejecutiva, dijo luego:

--Julián, vaya usted en seguida a buscar al doctor...--vaciló entre dos

nombres, decidiéndose por el médico más anciano--; pero vaya usted

mismo, sin decir nada a nadie, para no alarmar... Yo esperaré aquí...

Tres relatos porteños Segunda edición · 第 7 / 8 段