Domingo, 12.--Me he despertado hoy a mediodía, tras haber dormido cerca

de diez y ocho horas seguidas, con un sueño profundo de niño. Después

del baño me he quedado en pijama y me hice traer los diarios de la

mañana. Ya no me acuerdo de mi aventura de días pasados y me entero de

las noticias de la huelga con toda la buena fe de un espectador

desinteresado. Imprevistamente, el corazón da un latido anunciador y

leo:

«=El asalto a la Comisaría 44.=--El primer ataque, preludio y quizá

preparación combinada de los que se produjeron al día siguiente, se

dirigió contra la Comisaría 44. El asalto se inició contra los

centinelas avanzados que se encontraban a media cuadra del local

de dicha Comisaría. A consecuencia de este ataque, se cambió un

nutrido tiroteo entre los leales defensores del orden público y los

maximalistas, que se hallaban perfectamente pertrechados y poseían

máuseres de último modelo, muchos de los cuales conservaban aún la

etiqueta de venta.

Dará una idea del armamento que poseían los ácratas el hecho de que

una barrica que se hallaba en la calle, frente a la misma

Comisaría, fué literalmente convertida en una criba por los

proyectiles que se dirigieron contra el local.

En esa refriega los defensores de las instituciones tuvieron que

hacer actos de verdadero arrojo para impedir que la turba de

agitadores se apoderara de la Comisaría, en cuyo zaguán se libró

una verdadera batalla.

Contenido el asalto por las fuerzas policiales, pudo notarse que

dentro de la Comisaría se hallaba un sujeto extraño a ella, el cual

se señaló desde el primer momento como uno de los cabecillas del

atropello. Estas sospechas pudieron confirmarse más tarde cuando

dicho sujeto, que dijo llamarse Nicolás Dilonoff, después de un

hábil interrogatorio, que contestó con evasivas, trató de desarmar

a uno de los agentes. También gritó «¡Viva el maximalismo!»,

aprovechando un momento de descuido de sus guardianes.

En vista de esto, el temible agitador, en cuyo poder se encontraron

grandes sumas de dinero, fué puesto a buen recaudo por la

autoridad, y a la mañana siguiente enviado al Departamento Central

de Policía bajo segura custodia.

Por desgracia, los compañeros de Dilonoff lograron conocer el

recorrido por donde debía pasar y atacaron a la escolta que lo

conducía no bien ésta desembocó por una de las calles adyacentes al

lugar donde se produjo el hecho. Los agentes trataron de repeler la

agresión, cambiándose entre los dos bandos más de tres mil tiros.

Aprovechando la confusión que se produjo a raíz de este ataque, el

temible agitador logró eludir la vigilancia de la policía,

ignorándose hasta este momento su paradero. Se espera, sin embargo,

detenerle de un momento a otro.

Nicolás Dilonoff, que también se hace llamar Jesús Martínez, es un

viejo conocido de nuestra policía. Ha llegado al país hace pocos

meses, y a pesar de eso habla correctamente el español. Se sabe que

en Rusia, su país de origen, ha mantenido estrechas relaciones con

Lenín y Trotsky.»

Suspendo la lectura y llamo al mucamo: ¡Mauricio! ¡Mauricio!... Mauricio

se presenta alarmado. Yo me vuelvo hacia él con una profunda congoja y

le digo: «Mauricio, estoy mal de la cabeza. Llama inmediatamente a un

médico; prepárame un sinapismo; llévate esos diarios; alcánzame la

aspirina; corre el cortinado; disponme otro baño; avísale a Perucho,

pero no le dejes entrar; no estoy para nadie; descuelga el tubo del

teléfono y arréglame las valijas, porque me voy a Montevideo...»

Mauricio supone que efectivamente estoy mal de la cabeza, y yo me vuelvo

a meter en cama...

CAPITULO XIV

DE CÓMO RECOBRO EL USO DE LA RAZÓN Y OTROS OBJETOS

Miércoles, 15.--He pasado una terrible crisis. Desde el domingo hasta

anoche he sido presa de la fiebre y del delirio. Sólo ayer, a la hora de

la comida, después de un breve sueño reparador, he vuelto a ser el

hombre normal de hace ocho días. El médico cree que aun estoy débil y ha

prohibido que se me hable de la huelga; pero, como es natural, durante

toda la noche no nos hemos ocupado de otra cosa con Perucho Salcedo y

con Amenábar, que han estado a visitarme. Les he contado todo lo que me

ocurrió desde el jueves último, a medida que me iba acordando, y ¡bien

sabe Dios si hay fallas en mi memoria!

¡Cosa singular! Se han reído hasta desternillarse. Cuando hubieron

terminado de reírse, examinamos mi situación personal. Perucho me

aconsejó que le mandase los padrinos al comisario de la 44, y Amenábar,

que fuera a reclamar el reloj, la tabaquera, las llaves y el dinero que

me habían sacado. Este último consejo me parece el más oportuno; pero

antes debo liquidar mi situación como delincuente, porque no hay que

olvidar que tengo la captura recomendada... Para la Policía soy

Dilonoff, el terrible Dilonoff, un prófugo, un conjurado, un perturbador

del orden social.

Amenábar ha prometido arreglarme el asunto en el día, pero no las tengo

todas conmigo. Si fuese un delincuente empedernido podría contar, por lo

menos, con el indulto presidencial; pero como soy inocente...

A las cuatro llega Amenábar en su soberbio «Packard». Vienen con él

Perucho, Totó Arribillaga y el mono Sánchez Oriol, que es medio pariente

del comisario de la 44. Todos quieren presenciar el efecto de mi

reaparición en la Comisaría que asalté yo solo, por mi cuenta.

Como ya me siento bien y además tengo deseos de unirme con mi reloj, no

opongo obstáculos al viaje, cuya duración no deja de preocuparme.

¡Estos jóvenes no saben dónde queda la Comisaría 44! Sin embargo, a los

veinte minutos nos detenemos ante un edificio, que reconozco vagamente.

Hemos venido en línea recta, sin la menor desviación ni el más pequeño

barquinazo. ¿Es el coche o las calles? Vuelvo a sufrir la ilusión del

damero.

Cruzamos el zaguán obscuro, en el que ya no se advierte rastro alguno de

las pasadas luchas. (La Comisaría ha seguido siendo asaltada después de

mi retiro.)

El mono Sánchez Oriol se adelanta y, después de parlamentar brevemente,

nos hace pasar al despacho del comisario.

Este nos recibe de pie con una afabilidad de gran caballero.

Presentaciones: Amenábar, Salcedo, Arribillaga. Grandes saludos. Cuando

me llega el turno, el mono dice simplemente: «¡Dilonoff!» Coro general

de carcajadas. El comisario es el que ríe con más ganas. Después de un

momento de conversación, durante el cual nos muestra un retrato de

Sarmiento destrozado por las balas (es el retrato que el sargento arrojó

sobre la barricada), procede a entregarme «mis efectos». Por una

deferencia especial no me pide recibo.

Nos despedimos; pero cuando todos han salido, el simpático comisario me

retiene para decirme con tono de dulce reproche: «Pero, amigo, ¿cómo no

me dijo usted que era socio del Jockey?...»

Al regresar vamos a toda velocidad por la anchurosa avenida con arboleda

central. Inesperadamente el mono Sánchez Oriol prorrumpe en un alarido:

«¡Viva el presidente del Soviet!» Este grito hace volver la cabeza a los

transeuntes, y creo reconocer rápidamente dos ojos garzos que me miran

con asombro, una cabellera castaña, un traje blanco suelto. ¿Es una

ilusión?... ¡Estos autos marchan tan rápido!...

EL CULTO DE LOS HEROES

CAPITULO PRIMERO

DE CÓMO DON JUAN MARTÍN IBA ACORTANDO SUS PASEOS

Al salir aquella mañana, don Juan Martín habíase dado con el mayor de

sus nietos, quien, cansado y furtivo, regresaba al domicilio familiar.

El muchacho, sorprendido, no acertó sino a decir: «Buenos días»,

cortesía trivial que el anciano retribuyó con un «Buenas noches»

cortante como el aire frío de la madrugada.

No dijo más; pero el encuentro habíale puesto de mal humor.

Por un antiguo hábito ambulatorio, don Juan Martín tenía la costumbre de

meditar sobre sus negocios mientras iba por la calle, solo y abstraído,

en medio del tumulto urbano. La primera idea de su gran empresa

ocurriérasele en esa forma, al cabo de cinco años de pasear por la

ciudad su aparejo de afilador, y otros tantos había madurado el proyecto

en sus interminables caminatas. Cinco años, durante los cuales empujó su

máquina rudimentaria con aire ausente, acariciando en su espíritu vagos

sueños de riqueza y arrancando a su silbato, de trecho en trecho, un

sonido largo y modulado como un reclamo a la fortuna.

Por cierto que ese pregón, tradicional en Buenos Aires, no tuvo poca

parte en la ulterior prosperidad de Juan Martín. A causa de él, los

robustos changadores gallegos que en muchas esquinas comentaban

indolentemente la exigua crónica telegráfica de los diarios de entonces,

a la espera de que se les mandase llamar para transportar un piano o

conducir una carta de amor, tareas desproporcionadas que realizaban con

igual indiferencia e idéntica celeridad, solían burlarse de su cuasi

conterráneo--Juan Martín era de los límites de Asturias--con toda la

pesadez de su inteligencia de atletas. En Galicia, con el mismo reclamo,

largo y modulado, anuncian su presencia en las aldeas los castradores de

cerdos. Y eran sobre ese _leit-motiv_ procaz, un número infinito de

variaciones y desarrollos que el pobre ambulante escuchaba resignado,

traduciendo únicamente su sorda irritación en el leve temblor del

silbato de níquel que colgaba siempre de su boca como una prolongación

natural del belfo. ¿Fué un efecto de su antipatía hacia aquel gremio

jocundo y holgazán la primer idea de la industria que lo enriqueció y

llegó a cambiar uno de los aspectos de la ciudad? ¿O no se debió todo

sino a la antigua hostilidad de las tribus nómadas hacia las de hábitos

sedentarios, causa de tantas luchas prehistóricas, reconocible aún, bajo

pretextos nuevos, en los conflictos de los gremios urbanos? Fuera uno u

otro sentimiento la raíz oculta de su invención, o ambas a la vez, el

hecho es que a Juan Martín se le ocurrió realizar los servicios que

llevaban a cabo sus pesados burladores con carros ligeros de dos ruedas,

y un buen día, dejando su máquina de afilar en un rincón de la pieza que

habitaba con su mujer y su hija, se lanzó a la calle arrastrando el

primer vehículo a tracción humana que se conoció en la capital. En los

años que siguieron y que marcaron un ascenso lento, pero constante, en

su pequeña industria, D. Juan Martín continuó recorriendo la ciudad al

paso flexible y silencioso de sus alpargatas, revisando en su mente

cálculos de enriquecimiento cada vez más concretos. Y a medida que se

engrandecía su negocio iba disminuyendo el radio de sus paseos y la

amplitud de sus meditaciones.

Ahora que estaba enormemente rico, que había centralizado en su empresa

casi todos los servicios de transportes y encomiendas del país, que

figuraba en el directorio del Banco Español y era uno de los mayores

propietarios de inmuebles de la ciudad, el breve trayecto entre su

lujoso hotel de la calle Maipú y el viejo edificio de las oficinas en el

Paseo de Julio, cerca del Retiro, bastábale para resolver todos sus

asuntos. Pero siempre el ritmo de su paso era el mismo de cuando iba

empujando su aparejo, y aunque algo relajado por la senectud, su belfo

se avanzaba como si aun intentara, con el silbato ausente, lanzar uno de

aquellos largos y modulados reclamos a la fortuna.

CAPITULO II

EN QUE SE MUESTRA QUE LA PIEDAD, COMO OTROS ACHAQUES DE LA VEJEZ,

LA MIOPIA, POR EJEMPLO, PUEDE CORREGIRSE CON EL USO DE CRISTALES

ADECUADOS

Esa vez, al llegar al edificio de la Empresa, D. Juan Martín advirtió

que, contra su costumbre, no había sido durante la breve caminata dueño

de sus pensamientos. Evidentemente, el encuentro con su nieto habíale

puesto de mal humor. Una sucesión lenta de ingratas escenas familiares,

un sentimiento difuso de soledad y la impresión angustiosa de que su

ausencia definitiva no sería lamentada por nadie, le dominaron durante

todo el trayecto. Así, cuando se vió ante la puerta de su despacho y

recordó que debía resolver en última instancia aquel asunto de los

terrenos de Puente Alsina, se notó desapercibido y en mal estado de

ánimo.

Don Juan Martín nunca dejaba librado al azar de una entrevista el

resultado de un negocio, pequeño o grande. Iba siempre a ella con un

plan apenas esbozado, pero llevando una decisión prolijamente madurada

en sus paseos, de la que no se apartaba un ápice.

Pero en esta ocasión estaba desorientado e indeciso. ¿Consentiría en

renovar una vez más el contrato de alquiler a los paisanos suyos, que

desde tiempo inmemorial poseían en aquellos terrenos un establecimiento

entre rural y urbano, a la vez fonda, cancha de bochas y corralón de

hacienda?

El creciente desvío de la hija, que comenzara poco después de la muerte

de la madre, le había ido acercando a sus paisanos, le hacía complacerse

en las evocaciones de la tierra natal, tan lejana en sus recuerdos, y le

convirtiera en el filántropo de que hablaban los periódicos regionales

de aquí y de allá. Por eso mantuviera hasta entonces improductivos

aquellos terrenos comprados casi por nada a fines del siglo, que había

visto, en su última visita, rodeados de amplias avenidas, calles

pavimentadas, líneas de tranvías, casas modernas y edificios

industriales. Sus dos paisanos, padre e hijo, venían disfrutando de esa

locación excepcional con la misma candorosa indiferencia con que se

habían dejado cercar por el progreso y la riqueza, sin modificar sus

hábitos rurales adquiridos treinta años antes, cuando aquel lugar era el

tránsito obligado de los arreos que iban al matadero. ¿Prolongaría esa

situación absurda, perjudicando un plan ya antiguo de ampliación de los

depósitos de la Empresa, para no alterar la dejadez crónica de los dos

acriollados asturianos?

Cuando penetró en el despacho, ya le estaban aguardando, zurdamente

acomodados en sendos sillones, sus dos inquilinos: el padre, un anciano

de barba blanca, pañuelo de seda negra al cuello, ropa obscura y botines

de elástico, y el hijo, un hombre ya maduro, fornido, con aspecto de

capataz de estancia. Don Juan Martín los saludó sin mucha espontaneidad;

ocupó su asiento tras el escritorio, y al punto entabló la conversación

con sus comprovincianos. Los dos inquilinos no conservaban el menor dejo

del acento nativo. Hablaban con la prosodia llana y el lenguaje

descuidado de los hombres del campo de Buenos Aires. En cambio, D. Juan

Martín, que nunca perdiera la ruda pronunciación regional, había

adquirido en la última época de su vida, por su frecuentación del alto

comercio español, el prurito del casticismo. Y nada más cómico, a causa

de esa diferencia idiomática, que la continua apelación a los orígenes

comunes, al deber de ayudar a los paisanos, al amor al terruño con que

los dos suplicantes procuraban ablandar al hombre de negocios.

Mientras así le hablaban, D. Juan Martín, lejos de conmoverse por las

evocaciones ingenuas de la aldea, casi desvanecida en su memoria,

pensaba en la catástrofe que significaría para aquel viejo verse

expulsado del lugar en que, por una síntesis frecuente en los

inmigrantes españoles que no han sido arrastrados por el vértigo de la

ciudad, conciliara desde su llegada al país el espíritu sedentario del

agricultor europeo con la clásica despreocupación del gaucho. En todo el

tiempo que llevaban aquí no habían ahorrado un centavo, ni acreditado su

negocio, ni conseguido aptitud alguna para abrirse camino en la vida.

Todo su capital consistía en la clientela, cada vez más escasa, que

acudía a aquel establecimiento indefinido, último representante de la ya

olvidada tradición del barrio. Contra la formidable presión del ambiente

que tendía en cien formas distintas a desplazarlos, a arrojarlos a los

nuevos suburbios, para hacerles repetir al cabo de cuarenta años los

días azarosos de la inmigración, no tenían más defensa que la buena

voluntad de su afortunado paisano.

Don Juan Martín sentía que se iba emocionando. Le impresionaba, sobre

todo, la afinidad espiritual que era posible advertir entre el padre y

el hijo, el cariño viril que se profesaban, la semejanza en la figura,

en los gestos, en la voz... Y envidiaba al pobre viejo de barba blanca

esa paternidad absoluta, acabada, tanto quizá como él suponía codiciaban

los otros su actual opulencia.

Estaba a punto de pronunciar la palabra definitiva que devolvería la

tranquilidad a sus visitantes--D. Juan Martín nunca se desdecía--cuando

alcanzó a ver sobre la mesa el estuche de los lentes. Con un gesto

maquinal los abrió, montó los cristales sobre su fuerte nariz y comenzó

a revisar el fajo de papeles que tenía ante sí. Era el anteproyecto del

inmenso depósito para la Empresa, a construirse sobre los terrenos de

Puente Alsina. La oficina técnica que los había formulado algunos años

antes y que ahora insistía en ellos con motivo de la terminación del

irrisorio contrato señalaba la necesidad, cada día más imperiosa, de

descongestionar la casa central, de tener un local adecuado para los

camiones, de alejar el tráfico de las parroquias aristocráticas. Había

que aprovechar, además, los precios transitoriamente bajos de los

materiales de construcción. Todo esto, gracias a la ampliación de los

cristales, se le aparecía con caracteres nítidos, con una acuidad de

visión que era a la vez un placer del sentido y de la mente.

En cambio, al levantar la cabeza, las siluetas de los dos hombres que,

encogidos en la penumbra, estaban aguardando la respuesta, se le

presentó borrosa, confusa, apenas perceptible.

Y sin vacilar, con un solo movimiento negativo, condenó irrevocablemente

a sus dos paisanos a la miseria.

CAPITULO III

BREVE EXCURSIÓN A TRAVÉS DE LOS APELLIDOS

«... but the last name is certainly meant,

by all logic and history, to link a man

with his human origins, habits or

habitation.»--_G. K. Chesterton._

Don Juan Martín no tenía apellido. Es decir, el nombre de Martín, que

recibiera de su padre, y éste a la vez de sus obscuros antepasados, no

había sufrido la deformación que la costumbre exige para que se le

considere un apellido. Parecía un nombre de expósito, y a esta

circunstancia, que causara la aflicción de su hija, debiérase el que,

por un homenaje inconsciente al iniciador de la industria, todas las

Empresas de mudanzas llevaran durante un tiempo en Buenos Aires nombres

de expósitos: Juan José, Pedro Juan, Luis Martín, etc.

Tal suerte de apellidos no evolucionados es relativamente numerosa y no

tiene por fuerza consecuencias nefastas para el ansia de figuración

social de sus poseedores. Basta juntarlos indisolublemente con los

apellidos maternos, con lo cual fórmase un nombre compuesto más o menos

eufónico, pero que es prenda segura de un antiguo linaje.

A la chica de Martín, cuando soltera, ni siquiera ese recurso le había

quedado. El apellido de la madre, muerta hacia fines del siglo pasado,

era un nombre imposible de exhibir a causa de lo que evocaba. Debió,

pues, limitarse al uso del simple apellido paterno hasta que por el

matrimonio lo completó con el de su marido, Alava, anteponiéndole la

obligada partícula _de_, que acentuaba el efecto, al añadirle una vaga

ilusión de aristocracia.

Doña Juana María Martín de Alava había olvidado hacía ya mucho tiempo

esa humillante preocupación de su juventud. Así, cuando advertida por el

padre de que en la semana próxima cumpliríase el vigésimoquinto

aniversario del fallecimiento de la madre, y al disponerse a redactar el

aviso de unos funerales, no es de extrañar que tuviera una ligera

vacilación: la señora de Alava no recordaba el apellido de la madre.

Largo tiempo estuvo con el extremo del lápiz de oro entre sus labios

bermejos, la mirada de sus ojos azules perdida en el vacío y el busto

inclinado tratando de recordar el otro nombre de la madre.

No sin una ligera emoción, evocó su imagen. Volvió a verla, y se vió

ella como hacía treinta años, pequeña, descalza, desarrapada, ayudándole

a torcer la ropa en el lavadero de la ribera y siguiéndola luego por la

barranca de la calle Comercio, en el camino de regreso a casa. Con un

rubor retrospectivo recordó las injurias dialectales con que solía

contestar los chicoleos atrevidos de los _cuarteadores_, a quienes

llamaban la atención sus colores de campesina y el garbo con que llevaba

en equilibrio sobre la cabeza, por la empinada cuesta, el monumental

cesto de la ropa blanca.

Doña Juana María se asombró un poco de tener tan presente ahora el lugar

de la escena. La vez pasada, con motivo de una visita a la sala del

Patronato de la Infancia, que se halla por aquellas inmediaciones,

había pasado por allí y nada recordara.

Luego, ya distraída del objeto de su esfuerzo rememorativo, pensó en

cuán pequeña fuera la parte de la madre en el destino común. Muerta

cuando apenas comenzaba a apuntar la prosperidad, su recuerdo no estaba

vinculado a ninguno de los sucesivos triunfos familiares logrados merced

a la tozudez del padre y a la habilidad de la hija.

La señora de Alava se atribuía, en efecto, un papel importante en el

encumbramiento de don Juan Martín, cuyos aciertos financieros había ella

realzado y centuplicado mediante la sucesiva elevación del plano social

en que debían desenvolverse. Por cierto que la ambiciosa señora no se

sentía muy apoyada en esa tarea de equilibrar constantemente el grado,

siempre en ascenso, de la riqueza con los gustos, la educación, los

modales y el tren del formidable trabajador.

¡El padre era tan brusco, tan limitado, tan egoísta! ¡La había dado

tantos disgustos!

Por contraste, pensó en la madre, que no la había dado ninguno; la

madre, que se había marchado discretamente de la vida antes de que su

ignorancia y su torpeza hubiesen comenzado a importunar a la hija.

De ella no quedaba sino una fotografía desvanecida y una mala ampliación

al carbón que D. Juan Martín se obstinaba en conservar en su dormitorio.

La señora retuvo, quizá por primera vez, que de ella había heredado el

color de los ojos, la frescura de la boca, el porte gentil...

Y quedóse meditando, los grandes ojos azules perdidos en el vacío, el

lápiz de oro apoyado contra los labios bermejos, con aquella expresión a

la vez hierática y desdeñosa que se había compuesto inspirándose en las

láminas mundanas del _Sketch_.

¿Llegó a recordar la señora de Alava el nombre impublicable?

Probablemente no; porque el aviso que apareció en los diarios decía así:

[Illustration: cross] MANUELA N. DE MARTIN, Q. E. P. D., FALLECIDA

el 15 de marzo de 1894...

CAPITULO IV

EL HUEVO DE LEDA

Poco interesados en aquella exhibición de un establo absolutamente

aséptico, en el que cada uno de los animales tenía a su cabecera,

prolijamente encuadrada, su ficha individual, como los enfermos de los

hospitales, Amenábar y el embajador de España habíanse quedado a la zaga

de la comitiva.

--¿Se imagina usted--observó Amenábar--qué pensarán los peones de este

establecimiento cuando se les diga que Jesucristo ha nacido en un

establo?

El embajador, que, a pesar de ser diplomático de carrera, tenía la

imaginación viva, sonrióse ante la idea de un retablo «absolutamente

aséptico», con una vaca de _pédigree_, pesebres de níquel, algodón

hidrófilo, gasas, ácido bórico pulverizado para simular la nieve, y

unos angelitos que parecieran arrancados de la portada de un libro sobre

Eugenia, extendiendo sobre el candoroso grupo de la Sagrada Familia esta

leyenda: _Salus populi suprema lex..._

Pero el hábito profesional se impuso inmediatamente a su espíritu

risueño y dijo con suavidad:

--Hay en esta extremosa preocupación por la ganadería, como en la ligera

jactancia que casi todos vosotros tenéis de ser entendidos en las faenas

rurales, un explicable orgullo de los orígenes de vuestra riqueza, así

la colectiva como la individual. Sois un pueblo agrícola y ganadero;

vuestra naciente aristocracia fúndase, más que en la tradición del

apellido, o en el capital amonedado, en las extensiones de campo que

hicieron fructificar el esfuerzo y la industria propios o de vuestros

ascendientes. Y como las aristocracias no se forman sino por la

consagración de sucesivas generaciones a una empresa común, encuentro

loable y justificadísimo el empeño que ponéis en mostraros los mejores

criadores del mundo...

Hablando así, el embajador de España preparaba la pequeña disertación

con que luego, en la mesa, procuraría ser agradable a los dueños de casa

y mostraría ante el Infante que había penetrado el espíritu del país.

Tres relatos porteños Segunda edición · 第 6 / 8 段