modestos, viejos, desparejos; la alfombra sucia; ropas en desorden. Todo
con un aspecto sórdido que sobrecogía el corazón. En una pared, el
retrato de la madre: una horrible ampliación al carbón con un grueso
marco dorado.
Esto, más que el cadáver infantilmente encogido en el lecho, la
impresionó hasta el punto de hacerle subir las lágrimas a los ojos. Fué
una impresión que, comenzada en el estómago, ascendió atenazándole la
garganta y obligándole a romper en un sollozo: «¡Dios mío! ¡Qué
miseria!»
La doncella de confianza, que, inquieta por su ausencia, subió a
ofrecerle auxilio, la halló en medio de la estancia, anonadada,
llorando silenciosamente las últimas lágrimas de vergüenza que le hacía
derramar el padre...
Cuando Julián volvió con el médico, casi no pudo reconocer la
habitación. Faltaban muchos muebles, se había mudado la alfombra y el
retrato de la madre había desaparecido.
CAPITULO VII
TRANSFIGURACIÓN
El viejo médico mundano, después de un rápido reconocimiento del
cadáver, no pudo evitar una sonrisa ante la ingenuidad de la señora, que
seguía hablando de un síncope. «Es la eterna ilusión de la piedad
filial», pensó para sí, y dando a su rostro aquella expresión bondadosa
que había sido la causa de su éxito en la carrera, comunicó a la hija su
triste comprobación.
Ante esta notificación oficial, Juana María cayó de rodillas sobre la
alfombra limpia y hundió su rostro en el lecho mortuorio, contra la
colcha recién mudada. Así, tapándose los oídos para no escuchar las
triviales frases de consuelo del médico y las súplicas amistosas de la
doncella, que llorando copiosamente le rogaba se tranquilizase, la hija
de Juan Martín permaneció largo rato zarandeada por un tumulto de
pensamientos. ¿Qué pasaría durante el día? Como siempre, cuando se
trataba de presentar o aludir a su padre ante otras gentes, se sentía
cobarde. Esta vez no podría evitarlo, y ante la perspectiva de las
miradas irónicas y de los pésames insidiosos que tendría que soportar,
un estremecimiento de rebeldía recorrió todo su cuerpo. Se resistía al
cumplimiento de ese último deber filial con la misma reacción física que
los condenados tienen frente a la guillotina. Sentíase muy desgraciada y
hundía desesperadamente la cabeza en la colcha como si quisiera escapar
a su amarga obligación fúnebre.
Doña Juana María no era mujer de dejarse abatir. Se puso de pie,
dominando su emoción; enjugóse las dos lágrimas ardientes que le corrían
por las mejillas y dió varias órdenes. Parecía una princesa regente al
pie del lecho de muerte del jefe de la dinastía, porque su primer medida
consistió en establecer la censura sobre todas las noticias que se
refirieran al fallecimiento.
Alava fué informado por medio de un telegrama de seis palabras, y el
médico, retenido en la casa hasta mediodía. Después de esa hora las
comunicaciones fueron haciéndose lentamente, de acuerdo con un orden
protocolar.
El último en advertir la novedad fué el mayor de los nietos de D. Juan
Martín, que vivía en la misma casa. Se había levantado a las cuatro de
la tarde, y envuelto en una pintoresca salida de baño estaba haciendo
flexiones, a tiempo que batía un _cock-tail_ cargado de yemas, cuando
vió en _El Diario_, que pusiera extendido sobre su cama, el retrato del
abuelo. «¡Zas! ¡El viejo!», dijo lleno de estupor, y sin dejar de batir
maquinalmente su _cock-tail_ se enteró de la noticia necrológica.
Era un suelto laudatorio, altamente laudatorio. Don Juan Martín aparecía
en él como un _pioneer_, como uno de esos hombres que son el orgullo y
la fuerza de las sociedades modernas.
Este país, sobre todo, al que había consagrado sus energías por espacio
de más de medio siglo, y donde había formado una familia modelo de
virtudes, le debía estar reconocido. Su muerte era, pues, un duelo a la
vez social y público.
Los demás periódicos de la tarde abundaban en sentimientos semejantes.
Hacían el elogio de las prendas morales del difunto e historiaban la
maravillosa formación de su fortuna, iniciada humildemente y acabada en
un esplendor de millones. Se ensalzó su actividad, se admiró su energía,
se recordó sus golpes de genio financiero. Comenzaron a circular
anécdotas sobre el hombre de negocios, y la máquina de afilar, la
célebre máquina de afilar de sus tiempos de iniciación, reapareció como
un fantasma glorioso.
En pocas horas la figura de D. Juan Martín había cobrado contornos
épicos. A través de los amigos de la casa, por medio de las visitas
oficiales de pésame, un reflejo de esa reverberación póstuma había
llegado hasta Juana María, quien, sin mucha confianza en tales
demostraciones de respeto, las aceptaba, empero, gratamente sorprendida
de que el acíbar de aquel día fúnebre no fuese tan amargo.
Poco a poco, con todo, durante la larga noche de velorio, la hija de D.
Juan Martín fué adquiriendo la convicción de que sus aprensiones de la
mañana anterior habían sido injustificadas. Nunca su papel fuera más
fácil ni jamás soportara mejor el peso del apellido de su padre. Y con
la conciencia tranquila se entregó a un sueño sereno.
Durmió por espacio de tres horas. Después, el vértigo de sus
obligaciones de principal figura del duelo la arrebató, anestesiándola:
la rápida prueba de los trajes de luto, la última visita al féretro. La
multitud, frases sin eco escuchadas al pasar, hachones encendidos,
enormes cortinados negros, dolor de cabeza, cantos en latín y un pesado
olor a incienso...
¿Cuánto había durado todo eso?...
* * * * *
Vinieron después los largos días melancólicos, de clausura; la obligada
actitud de recogimiento, las visitas de los íntimos, las conversaciones
reducidas a girar inevitablemente en torno de la figura del muerto. Esto
último, que algunas semanas antes le habría parecido un horrendo
suplicio, íbale resultando una tarea fácil y hasta entretenida. ¿Efecto
del aburrimiento de aquel interminable secuestro? La señora de Alava no
sabía a qué atribuirlo. ¿Era ella o los demás la causa del cambio? En
verdad, con respecto a ese punto capital de su vida todos habían
cambiado. Las gentes de toda suerte testimoniaban a la memoria de D.
Juan Martín un respeto y una admiración que nunca se hubiera podido
sospechar durante su vida. Ella misma, por su parte, comenzaba a
experimentar, al recuerdo del padre, una vaga emoción de ternura. Ya en
más de un momento de soledad se había sorprendido pensando en el
anciano.
Cierto día recibió un envoltorio voluminoso. Era un gran libro de
recortes, encuadernado en fino cuero negro. Se lo enviaba un amigo
modesto, protegido suyo, que con amorosa paciencia había recogido todo
cuanto se publicara a propósito del fallecimiento de D. Juan Martín.
Distraídamente, doña Juana María se puso a hojearlo. Creyó que no le
interesaría; pero al rato hundióse en la lectura de los avisos fúnebres,
de las necrologías, de los artículos biográficos, de las crónicas del
sepelio, de las notas de condolencia de Sociedades anónimas y centros
recreativos regionales, del relato de los modestos homenajes de
empleados y amigos.
El escueto telegrama con que el infante de Aragón se asociara al duelo,
desde España, aparecía en el centro de una página, rodeado de una
complicada orla dorada con atributos heráldicos y las armas del
príncipe.
A medida que pasaba las páginas iba adquiriendo como una revelación de
la grandeza del muerto. Fué un descubrimiento que le esclareció
súbitamente la evolución operada en su ánimo en las últimas semanas.
Había tenido razón; su instinto no la había engañado...
Y bruscamente, al comprender que era un sentimiento lícito, se abandonó
a su dolor con una desesperación tanto mayor cuanto más tiempo había
sido contenida.
Toda su salvaje ternura filial, retenida y ahogada durante más de veinte
años, estalló de pronto en un lamento: «¡Papá! ¡Papá!» Sin reserva
alguna, mesándose los cabellos y retorciéndose las muñecas, gritaba:
«¡Papá! ¡Papá!»... Era un clamor ronco, angustiado, desesperante.
Una hora después, casi aniquilada, postrada en el suelo, con la cabeza
apoyada en el libro de recortes, la cabellera en desorden, imploraba aún
con un gemido infantil, entrecortado por hondos suspiros: «¡Papá!
¡Papá!...»
CAPITULO VIII
LUTO LIVIANO
Tres meses después de la muerte de don Juan Martín la señora de Alava
escribía esto a una amiga, de paseo por Europa:
«Lentamente vamos reponiéndonos del doloroso golpe que nos dió el
Destino. Aunque el vacío dejado por la desaparición de papá es demasiado
grande para que pueda olvidarse, nuestro dolor se ha ido dulcificando.
Ya no es el sentimiento desgarrador de los primeros días, sino un culto
piadoso de su memoria. Le recordamos con ternura a cada momento y nos
consolamos pensando que tarde o temprano nos reuniremos a él. Como me
decía monseñor de Filippis--que no nos ha abandonado en estos tristes
días--, ese consuelo es la gran fuerza de los cristianos. ¡Dios mío!
¿Cómo harán para no morirse de desesperación los incrédulos que pierden
un ser querido? ¡Qué enorme desgracia es no tener fe! Sin embargo, aun
con la ayuda de la religión, estos meses, a mí sobre todo, que apenas
salgo de casa, me parecen interminables. Para ocuparme un poco he hecho
sacar del colegio a los dos chicos. ¡Imagínate que en el trastorno del
fallecimiento, a causa de lo enervada que me dejó la larga agonía del
pobre papá, nos olvidamos de ellos! No pudieron despedirse del abuelo,
al cual adoraban, a pesar de que en los últimos años rara vez lo veían.
¡Papá estaba siempre tan ocupado! Si hubiera sido otro habría podido
descansar, consagrarnos algún tiempo, hacer vida de familia; pero
¡cualquiera le iba a convencer a él de abandonar sus negocios en otras
manos!
»Ahora, con su ausencia, ya es otra cosa. Fernando, mi marido, está por
transformar la Empresa en una gran Compañía anónima. Ha recibido en este
sentido proposiciones muy ventajosas del barón de Erlanger. El
Directorio central se establecería en Londres, y Adolfo se reservaría el
cargo de secretario. El muchacho está encantado porque al fin entrevé
la posibilidad de realizar su ideal de vivir en Inglaterra. A mí la
solución me parece cómoda y ventajosa. Fernando podrá ocuparse con toda
libertad de su cabaña y del haras que acaba de instalar. Esto del haras
es un viejo proyecto suyo que no quiso llevar a cabo hasta ahora, para
no contrariar a papá. El pobre papá no podía tolerar que se le hablase
de caballos. Decía siempre que él no había necesitado nunca de caballo
alguno para llegar adonde había llegado. También se oponía a que
dejáramos esta casa. Se había encariñado con ella como se encariñaba con
todas las cosas. Su apego a lo que le rodeaba era tan grande que no
dejaba entrar a nadie en sus habitaciones. Por respeto a su memoria
hemos conservado su dormitorio tal cual estaba el día de la muerte.
»¡Ah! Olvidaba decirte que estamos por construir una casa en el terreno
de la calle Juncal. Desde que falta papá, este caserón, enorme y frío,
me parece insoportable. Creo que no recobraré mi tranquilidad hasta que
no me vea fuera de él. Tú no te puedes imaginar cuánto lo deseo.
Desgraciadamente, las cosas marchan despacio. Hay que hacer venir
materiales de España, porque--se lo he dicho bien claro al
arquitecto--no quiero una casa de similor. Y eso es largo... Y mientras
tanto me consumo en esta inacción forzada a que me obliga el luto...»
CAPITULO IX
EN EL CUAL LA SEÑORA DE ALAVA RECONOCE QUE EL UNIVERSO ESTÁ
PERFECTAMENTE BIEN ORGANIZADO
Un cielo límpido, de un azul de esmalte, sin una nube en toda su
extensión. Sólo allá adelante, muy lejos, sobre la masa verdinegra de un
grupo de árboles, se desvanecía un copo blanco. ¿Una nube? Bien rara,
por cierto, si lo era... Desde la ventanilla del tren, Amenábar la veía
aparecer bruscamente como un punto blanco, inflarse con torpeza e irse
confundiendo poco a poco en el azul purísimo del firmamento, para luego
resurgir como un punto blanco, cincuenta metros más arriba o más abajo,
hincharse y diluirse de nuevo. Muy atento al extraño fenómeno
meteorológico, el clubman había olvidado el objeto de su viaje cuando
oyó decir:
«Pronto llegaremos.»
Recordó entonces cómo el encuentro con Adolfito Alava Martín, llegado
tres días antes de Londres, le obligara a hacer con él ese viaje, en
tren especial, cuando tenía resuelto eludir la ceremonia enviando un
telegrama. Pero ahora, ante el encanto de una mañana como aquélla, todo
su fastidio se desvaneciera.
¿Qué importaban los discursos, el descubrimiento del busto de D. Juan
Martín, la bendición de las salas, los invitados y los miembros de la
familia, si con mirar al cielo se sentía penetrado de una paz infinita?
Abandonado a un sentimiento bucólico, seguía mirando la caprichosa nube.
A medida que se acercaban a ella se concentraba y se disolvía con mayor
rapidez. Substrayéndose por un momento a su contemplación, Amenábar
pensó con vergüenza en su ignorancia sobre los fenómenos de la
Naturaleza. «He ahí un hecho--se dijo--que debe ser sabido de toda la
gente de campo, acostumbrada a levantarse temprano, y que a mí, que
conozco todas las grandes capitales del mundo, me produce un asombro de
salvaje.»
La nube continuaba rehaciéndose y fundiéndose en el azul, sobre el grupo
de árboles, con una perseverancia encomiable. A Amenábar le pareció
advertir hacia aquel lado unos golpes sordos.
El tren disminuyó su marcha... Entonces Amenábar pudo reconocer sin
dificultad el estampido de la bomba, que cada medio minuto se deshacía
en un copo de humo blanco, sobre los árboles, anunciando la fiesta.
Por el camino de tierra, que un poco más adelante surgió de improviso al
lado de la vía, iban algunos autos, grandes coches de campaña, _fords_
de chacareros, paisanos a caballo y un destacamento de la gendarmería
provincial. Avanzando con lentitud, venía detrás un coche de ciudad
cerrado, tras cuyos cristales veíase un hábito violeta y dos sotanas
negras.
«Es el obispo», dijo alguno de los que se habían agolpado en las
ventanillas del vagón. Y con el regocijo de quien ve disiparse una
perspectiva desagradable, los que acompañaban a Adolfito Alava Martín
comenzaron a reconocer a los que iban por la ruta.
Casi todos los veraneantes del balneario vecino se habían trasladado a
la inauguración de la colonia de vacaciones.
El tren especial en que el nieto de D. Juan Martín reuniera a todos los
amigos que se hallaban en Buenos Aires entró, multiplicando las señales
de alarma, en la pequeña estación. Amenábar, deseando desentumecer las
piernas, bajó el primero. Apenas puso el pie en el andén, un operador
cinematográfico, enfrentándosele, comenzó a dar vueltas a la manivela de
su aparato.
A espaldas suyas estallaron de pronto los clarines de una banda lisa.
Era la banda de bomberos de La Plata que, de uniforme de gala, acababa
de descender de otro convoy, detenido en un desvío.
Pocos pasos adelante reconoció al gobernador de la provincia, de traje
claro y sombrero blando, acompañado por un ministro joven que parecía
muy preocupado del efecto del rocío sobre sus botines de charol. Por la
ruta que llevaba de la estación al grupo de pabellones blancos con
techado rojo, donde se aglomeraba la gente, veía desarrollarse la cinta
amarilla de una sección de _boys scouts_. Las bombas, ahora más
frecuentes, atronaban el espacio; las bocinas de los automóviles
formaban un tumulto confuso y el clamoreo de los clarines parecía querer
competir con el sol deslumbrante.
Amenábar perdió la última ilusión que le quedaba de la paz campesina.
Aturdido, después de una noche de viaje en tren, se perdió entre la
muchedumbre, que a eso llegaba la asistencia a la ceremonia.
«¿Cómo habrá hecho Juana María para reunir esta gente aquí?», pensó, no
sin asombro. Luego, con la buena fe de un espectador desinteresado,
presenció el descubrimiento del busto de D. Juan Martín en el pequeño
_hall_ del pabellón principal. La colonia de vacaciones había sido
puesta bajo la advocación de su nombre, como en homenaje a su memoria y
como un ejemplo a los que allí se asilaran de lo que pueden el trabajo y
la constancia. Descubiertos respetuosamente, los espectadores
contemplaban la efigie de mármol sobre cuya fuerte nariz cabalgaban unos
lentes de oro... ¡Aquellos lentes que durante su vida le servían para
no dejarse apiadar por la miseria, para no ser débil, ni compasivo, ni
generoso, para no ver sino lo que resueltamente le convenía!
El obispo de Heráclea pronunció el panegírico. Fué una hermosa
peroración, que consistió únicamente en el desarrollo de este
pensamiento, que monseñor de Filippis atribuyó a Veuillot: «¿Qué es una
hermosa vida? Un pensamiento de la juventud realizado en la edad
madura...»
El seguro conocimiento que evidenciaba siempre de una literatura tan
profana como la francesa era una de las causas de su prestigio mundano.
Aquella cita lo robusteció por mucho tiempo.
Mientras monseñor hablaba, Juana María, llorando de emoción al recuerdo
del padre, pensaba que esa fórmula era también aplicable a ella: había
conseguido todo cuanto se propusiera en la juventud. Lo último, lo que
más le costara, lo acababa de obtener: poseía la mejor casa de Buenos
Aires, y de ahora en adelante tendría un antepasado ilustre.
Los demás discursos, el del gobernador de la provincia, aceptando la
donación, y el del director del nuevo establecimiento no le dejaron
ninguna duda sobre el punto. El nombre de D. Juan Martín había entrado
en la gloria...
A mediodía la mayor parte de la concurrencia se dirigió a la estancia de
Alava, que quedaba allí cerca. Mucha gente, mujeres sobre todo, deseaban
contemplar a _Heraldic_, el famoso padrillo que el gran criador había
adquirido en Inglaterra, para su haras, en una suma fabulosa. Otros,
hombres serios en su mayor parte, preferían ver los mejores ejemplares
de la cabaña. Por último, un grupo pequeño de visitantes de mediana
condición social, que tenían el culto de los _self-mademan_, se dió a
buscar la célebre máquina de afilar a que se hacía referencia siempre
que se aludía a los orígenes de la fortuna de D. Juan Martín.
Esta vez la señora de Alava se puso a la cabeza de los curiosos. Los
llevó hasta un pequeño galpón, donde, cubierta por una lona, se hallaba
la máquina, con su rueda única, su pedal, la piedra gastada y el tarrito
del agua.
«¡Cómo la cuidan!», dijo con admiración uno de los del grupo. El
aparato, en verdad, no representaba tener el medio siglo que le atribuía
la leyenda. Monseñor de Filippis, que no se apartaba de la señora de
Alava, descubrió entonces que la máquina tenía la patente del año
anterior. E inmediatamente, con su fino sentido de la adulación, celebró
la piedad filial de la señora, que, como una suerte de tributo a los
manes paternales, renovaba todos los años la patente del aparejo.
«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»
Entre tanto, la hija de Juan Martín, conturbada por el detalle
inadvertido y temiendo que por otros signos se descubriese la piadosa
substitución de la reliquia desaparecida, había dejado caer de nuevo la
lona. Salieron del galpón, y mientras se alejaban iba pensando que era
ridículo que ella, que había reunido en su casa de la calle Juncal
muebles antiguos, venerables obras de arte, vinos añejos y cuadros del
Renacimiento, no hubiera podido conseguir una máquina de afilar vieja de
veinte años.
Fué el único pensamiento desagradable que tuvo aquel día.
Por la noche, sin embargo, sufrió una pesadilla atroz. Soñó que el padre
había vuelto y todo lo realizado en los tres años que estuviera ausente
se desvanecía como una pintura lavada con ácido: la Sociedad anónima, la
casa colonial, el haras, la colonia de vacaciones. Don Juan Martín era
más hosco, más intratable, más grosero que nunca. Dejaba que le
rematasen la estancia a Alava y pretendía que Adolfito fuese a trabajar
a las oficinas de la Empresa.
Y quería obligarla a ella a que le acompañase en sus paseos por la
ciudad, mientras él iba empujando la vieja máquina de afilar y llamando
la atención con su silbato.
¿No había acaso escoltado a la madre cuando iba al lavadero? Como un
conjuro infernal, surgió ante ellos la figura de la madre, zafia,
procaz, con un cesto de ropa blanca sobre la cabeza. Los tres echaron a
andar por las calles aristocráticas, por los paseos distinguidos, por
las playas de moda. Pasaban por entre filas de gente conocida que no la
reconocían. Anonadada de vergüenza, oyó al obispo de Heráclea decirle,
sacudiendo jovialmente la mitra:
«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»
Bruscamente se le despertó un odio terrible contra el espectro--¿era
verdaderamente su padre?--que la arrastraba en aquel paseo infamante.
Toda la gente había desaparecido y se encontraban en un desierto rojo.
Alzó el brazo para golpear al fantasma y se despertó sentada en la cama
en su dormitorio de la estancia. Aunque el resplandor rojizo del velador
le permitía darse cuenta de los muebles familiares, de los detalles
conocidos, de su fisonomía misma, que el psyché reproducía en un ángulo
de la habitación, permaneció largo rato con las pupilas agrandadas por
el terror, temblando y a punto de llorar de miedo. ¿Había muerto
efectivamente el padre? ¿Habían pasado de verdad tres años?
Poco a poco fué recobrando el sentido de la realidad. Reconstruyó todo
lo ocurrido en ese espacio de tiempo y se dió cuenta que había sido
víctima de una pesadilla. Pero aun así, su inquietud no desapareció por
completo. ¿Podrían volver los muertos? Se quedó pensando en esta
posibilidad, que nunca hasta entonces se le había ocurrido. Pero pronto
la desechó. Aunque la Dirección de Cementerios no ofrece ninguna
garantía al respecto, los muertos no vuelven. Eso para ella era una
prueba más de que el Universo estaba perfectamente bien organizado.
FIN
ÍNDICE
_Páginas._
PRÓLOGO 7
EL COCOBACILO DE HERRLIN 15
Capítulo primero.--Simple introducción a una historia
complicada 17
Capítulo II.--Un informe consular 20
Capítulo III.--La mancha azul 26
Capítulo IV.--Preliminares de la campaña 30
Capítulo V.--La primera vuelta 34
Capítulo VI.--La máscara de hierro 39
Capítulo VII.--Donde se entra en contacto con el
enemigo 42
Capítulo VIII.--Revista de fuerzas coloniales 48
Capítulo IX.--«Don Pepe» 58
Capítulo X.--Síntesis de tres ejercicios financieros 62
Capítulo XI.--Donde el cocobacilo de Herrlin se
apresta a entrar en acción 66
Capítulo XII.--«Don Juan» 73
Capítulo XIII.--El honor de los pueblos 79
Capítulo XIV.--La septicemia de Herrlin 84
Capítulo XV.--Una campaña electoral 89
Capítulo XVI.--The Rabbit’s March 96
Capítulo XVII.--«¡El conejo no existe!» 105
Capítulo XVIII.--Donde se revela por fin la singular
eficacia del cocobacilo de Herrlin 110
UNA SEMANA DE HOLGORIO 117
Prólogo.--Julio Narciso Dilon 119
Capítulo primero.--Desgraciado en el juego 121
Capítulo II.--...afortunado en el amor 131
Capítulo III.--El damero a media noche 135
Capítulo IV.--Asalto a una Comisaría 139
Capítulo V.--¡Alto el fuego! 142
Capítulo VI.--La luz de un nuevo día 146
Capítulo VII.--Convicto y confeso 149
Capítulo VIII.--Un interrogatorio 153
Capítulo IX.--Aramis 157
Capítulo X.--La ninfa Eco 161
Capítulo XI.--«Hands up!» 164
Capítulo XII.--La vuelta al hogar 168
Capítulo XIII.--El asalto a la Comisaría 44 170
Capítulo XIV.--De cómo recobro el uso de la razón
y otros objetos 174
EL CULTO DE LOS HÉROES 179
Capítulo primero.--De cómo D. Juan Martín iba
acortando sus paseos 181
Capítulo II.--En que se muestra que la piedad,
como otros achaques de la vejez, la miopia por
ejemplo, puede corregirse con el uso de cristales
adecuados 185
Capítulo III.--Breve excursión a través de los apellidos 191
Capítulo IV.--El huevo de Leda 196
Capítulo V.--La vuelta al Colonial 207
Capítulo VI.--La muerte del héroe 219
Capítulo VII.--Transfiguración 224
Capítulo VIII.--Luto liviano 232
Capítulo IX.--En el cual la señora de Alava reconoce
que el Universo está perfectamente bien organizado 236
[Illustration: CALPE
COMPAÑÍA ANÓNIMA DE LIBRERÍA. PUBLICACIONES Y EDICIONES]
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