De pronto suspendo el silbido, pues al final de la cuadra advierto la

silueta de un hombre. Como es la primera figura humana que se me

presenta en mi infernal recorrida, voy hacia ella alborozado. A tres

pasos de distancia reconozco a un vigilante apoyado en su máuser, con

las piernas abiertas en un ángulo obtuso y la cabeza inclinada sobre el

caño del arma, en la actitud de un sabio aplicado al lente de su

microscopio.

Esbozo un saludo en la obscuridad, le dirijo las buenas noches con una

amabilidad exquisita, y como no me contesta, le tiro suavemente de una

manga. El agente sigue ensimismado. Un tirón más fuerte casi le hace

perder el equilibrio, que, sin embargo, mantiene, pero abandonando el

máuser. Con una galantería infinita me inclino para recogerlo, cuando el

vigilante, estupefacto, retrocede tres pasos, desenfunda un revólver y

comienza a tiros contra los árboles del paseo central... A pocos metros

suenan otras detonaciones, y algo más lejos una descarga cerrada.

El vigilante ha terminado las balas de su revólver; da media vuelta y

huye velozmente calle adelante. Yo le sigo, porque tengo por sistema no

fugar nunca en dirección contraria a la de la autoridad, y además porque

debo entregar el máuser a su dueño.

Mientras corremos, las detonaciones se suceden unas a otras con una

rapidez vertiginosa. En las calles laterales se oyen disparos aislados

de máuser, y una estruendosa algarabía de ladridos alborota el barrio.

Nos acercamos al lugar donde más nutrido es el fuego... El vigilante que

me sirve de señuelo desaparece de pronto en una puerta cochera, y yo me

precipito en su seguimiento. Salvamos en una exhalación un ancho zaguán

obscuro y nos hallamos en medio de una baraúnda indescriptible: gritos,

descargas, juramentos, corridas, estrépito de cristales rotos... La luz

se enciende y se apaga varias veces, pero veo lo suficiente para darme

cuenta de que estoy en una Comisaría.

Me apelotono en un rincón del patio y aguardo a que pase la tormenta.

CAPITULO V

¡ALTO EL FUEGO!...

Poco a poco el tumulto ha ido organizándose. Desde la sala, resguardados

tras de las persianas, cuatro bomberos fusilan con toda parsimonia las

casas del frente. En la azotea la gente destacada debe de estar

contestando a un ataque aéreo, a juzgar por la elevación de los

fogonazos, que advierto desde el ángulo del patio en que estoy

refugiado. El martilleo frenético de un aparato telegráfico domina el

estruendo de las detonaciones, y su voz breve y metálica es la única

sensación de regularidad que se percibe en este desorden.

Repentinamente, de la obscuridad de un cuarto surge una silueta

voluminosa que, dirigiéndose a mí, me toma de un brazo y exclama:

--¿Qué hacen? ¡Vamos a defender la entrada!

Y luego, encarándose con un grupo de agentes que se disimulan en el

ángulo opuesto al mío, vocifera:

--¡A ver!... ¡Esos bancos! ¡Crúcenlos a la entrada!

Todos adivinamos la intención; corremos hacia los dos bancos de plaza

dispuestos fuera de las oficinas y los atravesamos volcados a la

terminación del ancho zaguán. Una mesa, un sillón de escritorio y un

retrato terminan por dar cierto carácter a la barricada. El último

elemento de trinchera, que aporta un sargento fornido y retacón, es una

pequeña barrica que, después de vacilar un momento sobre aquel _bric a

brac_, se resuelve pesadamente a ir rodando por el zaguán hasta el

centro de la calle, donde un profundo bache la obliga a dar una

voltereta, sentándose lejos de nosotros, como un perro desobediente...

Nos agazapamos detrás de la improvisada fortificación, y como la silueta

voluminosa que nos dirige nos ordena hacer fuego, disparo mi máuser

contra la desobediente barrica. El estrépito me enardece, y como al

quinto disparo noto que me faltan municiones, me pongo de pie gritando:

--¡Una cartuchera!

Inmediatamente el sargento fornido y retacón se me cuelga de los hombros

como un chimpancé, berreando con viril angustia:

--¡No sea temerario! ¡Abájese, niño!

Yo me resisto... Un oficialito, emocionado por esta escena de

fraternidad heroica, exclama muy rápidamente, con voz de tiple:

--¡Viva la patria! ¡Viva la patria! ¡Viva la patria!...

El comisario, porque esa silueta voluminosa y autoritaria es la suya,

grita a su vez: «¡Adelante! ¡Adelante!», a pesar de que nuestras propias

defensas nos impiden avanzar un solo paso... La guardia de la azotea se

asoma a ver lo que ocurre, así como los bomberos de la sala, e

inmediatamente un silencio mortal se extiende en torno nuestro.

Aguardamos un momento la respuesta del enemigo, y como no se produce, el

comisario vocifera: «¡Alto el fuego!»

¡Oh fecundidad del silencio! A los quince segundos de sosiego los siete

denodados defensores de la barricada nos convertimos en veinte, en

cuarenta, en cien. En el patio pulula una multitud heterogénea:

bomberos, oficiales, vigilantes, soldados del escuadrón y ordenanzas de

policía. Aunque nadie dispara un tiro, el comisario sigue ordenando

imperiosamente: «¡Alto el fuego!... ¡Alto el fuego!» Un trompa del

escuadrón, de soberbia apostura y altas botas granaderas, emboca el

clarín e interpreta la orden con el toque reglamentario.

Inmediatamente la guardia de la azotea hace una descarga cerrada,

comienzan a oírse disparos en toda la casa y nos hallamos envueltos en

una batahola formidable, mientras los cuatro bomberos de la sala

prorrumpen carcajadas estruendosas...

CAPITULO VI

LA LUZ DE UN NUEVO DÍA...

La luz del nuevo día viene por fin a iluminar esta escena de confusión

que puede haber durado entre diez minutos y dos horas. Yo no tengo

noción del tiempo que ha transcurrido. Sólo sé que después de un momento

el comisario ha reiterado la orden de cesar el fuego y que, al pretender

el trompa del escuadrón traducírsela melódicamente, le arrebató el

clarín con espanto como si fuese la trompeta del Juicio final. Me he

puesto de pie y le he dicho:

--Es una sabia medida, comisario; el clarín es un instrumento belicoso.

Otro toque más y nos agarramos a tiros entre nosotros. Por lo demás, el

instrumento de la policía es el pito...

Debía haber dicho el silbato, porque esta observación última ha

desagradado evidentemente al voluminoso comisario. Repara en mí con

fijeza, y bruscamente me interroga:

--¿Y usted quién es?...

--Usted no me conoce--replico sonriendo.

--Por eso se lo pregunto.

Antes de que pueda ordenar rápidamente mis recuerdos, para explicar el

encadenamiento de circunstancias que me han traído aquí, el prudente

funcionario ordena:

--¡A ver! ¡Sáquenle ese máuser!... ¡Pálpenlo de armas! ¡Pásenlo a mi

despacho!

El trompa del escuadrón me arrebata tan violentamente el arma, que estoy

a punto de perder el equilibrio. Extiendo las manos como balancín y

veinte fusiles me apuntan de frente. Quedo con los brazos extendidos,

inmovilizado por el terror, mientras el sargento fornido y retacón

procede a la operación de palparme. Según la acepción corriente, palpar

significa tocar exteriormente con las manos. En la práctica policial

consiste en meter la mano hasta el codo en los bolsillos del presunto

malhechor. Me despojan así de mi llavero, mi reloj, mi cigarrera vacía

y mi billetera casi exhausta. Luego, con una escolta digna de un

regicida, me hacen entrar en una habitación y me ponen de cara a la

pared, en un ángulo de la estancia. No puedo hablar ni darme vuelta.

Estoy de penitencia como hace veinticinco años en el colegio y tengo una

hambre también como la de entonces. Para saber lo que es apetito hay que

ser pupilo o estar preso...

CAPITULO VII

CONVICTO Y CONFESO

Entre tanto, según puedo oír, el comisario y la oficialidad se han

marchado a recorrer las inmediaciones para recoger los muertos y los

heridos y perseguir a los atacantes. Parece que yo soy el único de ellos

que ha caído prisionero.

A estar a lo que conversan en el patio, los revoltosos eran como «cuatro

mil», admirablemente armados; una barrica de cerveza que rodó hasta el

centro de la calle está atravesada de parte a parte por cuatro

balazos...

«Buena puntería--digo entre mí--, pero mal empleada; era mucho mejor que

me hubiese bebido la cerveza...» Paso la lengua por mis labios resecos y

recuerdo que hace veinte horas que no pruebo un bocado y diez que no

tomo un trago. Me siento desfallecer y las ideas se me confunden. ¡Dios

mío! ¿Por qué me he mezclado yo a los revoltosos?... Apoyo la cabeza en

el ángulo que forman las dos paredes, cierro los ojos y trato de tomar

el hilo de mis pensamientos, que se disgregan como los Estados del

Imperio ruso. Gasto mis últimas energías en ese empeño de restauración

psíquica, y luego, tras cierto tiempo, pierdo toda noción de mi

personalidad. Soy algo así como una masa astral, informe, sin voluntad

ni materialización alguna, pero con una vaga conciencia de las cosas. Me

entero sin emoción de que hace mucho tiempo que ha triunfado el

maximalismo y que la ciudad de La Plata se ha refundido con la de

Nijni-Novgorod. Un italiano viejito, que usa eternamente una galera

abollada, es el presidente del Soviet Local Bonaerense. Poco a poco he

ido cobrando mi forma corporal, y desde entonces estoy preso aquí por

orden suya. Todos los días viene a verme, y sin que yo pueda replicarle,

me dice ferozmente: «_¡Maximalista!... ¡Maximalista!... Te lo facisse

vede io lu masimalismu!_»

Hace una infinidad de tiempo que estoy sometido a esta tortura. De

pronto dictan una ley matrimonial autorizando a las muchachas a escoger

marido entre los prisioneros. Debemos someternos a su elección bajo pena

de muerte. Hay un desfile interminable de arpías, mujeres huesudas y

contrahechas, petizas esféricas con inmensos lentes de carey, patronas

atléticas y mostachudas, viejas vagabundas con la sonrisa siniestra de

las alcoholizadas. Yo tiemblo ante la idea de que una de ellas esboce un

gesto que me obligue a seguirla. Me disimulo y procuro confundirme con

el rincón de pared que habito desde hace tantos años... Imprevistamente,

una de las que forman en esa procesión me hace una señal. Me aproximo

lleno de un sudor frío y veo una jovencita de ojos garzos y pelo

castaño, con un peplo blanco y un ancho sombrero obscuro. ¡Carlota! Mi

electora me sonríe, y ante esa sonrisa la evidencia de mi felicidad es

tan grande que estrecho a la muchacha y exclamo: _¡Viva el

maximalismo!_...

El dolor de un puñetazo me hace volver en mí, y me despierto abrazado al

sargento fornido y retacón, y gritando como un energúmeno.

Generalmente yo tengo el sueño pesado; pero esta vez unos cuantos

culatazos enérgicamente aplicados me han despertado sin remisión.

Debo de tener una costilla rota. Pero lo peor es que, según el sargento,

estoy convicto y confeso...

CAPITULO VIII

UN INTERROGATORIO

Evidentemente, debo de estar convicto y confeso porque me invitan a

sentarme. Mis confesiones, como las de Rousseau, atraen el interés

general. Las autoridades de la Comisaría me rodean y un oficial me

ofrece un cigarrillo. Ante esta galantería veo el cielo abierto y

comienzo a protestar de mi inocencia. Súbitamente las caras se tornan

hoscas; el oficial no me entrega el cigarrillo y presiento que me van a

expulsar del sillón. Cambio de táctica. Hago esfuerzos por sonreír

socarronamente y digo que sólo deseo contar mi historia a los empleados

superiores. Estos, halagados en su vanidad, desalojan el despacho y, una

vez entornadas las puertas, vuelven a reunirse en torno mío. Me apodero

del cigarrillo ofrecido y solicito desenfadadamente una taza de te con

bizcochos. Sin eso no puedo hablar...

Me traen un vaso de cerveza y dos sandwichs. Mientras repongo mis

fuerzas, me pregunto cómo salir del paso. Recuerdo la conspiración de la

pólvora, la conjuración de Fiesco, el complot de Alzaga... Nada me

sirve.

Por suerte, llega el voluminoso comisario, quien se dispone a

interrogarme con toda solemnidad.

--¿Cómo se llama usted?

--Julio Narciso Dilón.

--Ese apellido no es de aquí...

--No, señor. (Es verdad, soy de origen boliviano.)

--¿Es usted catalán?

--No, señor.

--¿Ruso?

--Tampoco.

--¿Italiano? ¿Francés? ¿Alemán?

--Nada de eso.

--¿Cuál es su nacionalidad?

--Soy argentino.

--¿Hace mucho que está radicada su familia en América?

--Dos siglos.

--¿Cómo dice?

--Doscientos años.

El comisario cuchichea con los oficiales, se sonríe y me pregunta:

--Su abuelo paterno, ¿qué fué?

--Diputado al Congreso de Tucumán.

--¿Por qué provincia?

--Potosí...

Grandes carcajadas del auditorio. El comisario hace esfuerzos por

mantener la seriedad y dice:

--Potosí no es una provincia, es una calle.

Me encojo de hombros y me sonrío con una estupidez incomparable. No

estoy con ánimo para lanzarme en una disertación histórica. Que el

comisario crea lo que le parezca conveniente.

El interrogatorio prosigue. Cada vez que intento defenderme de la

terrible acusación que pesa sobre mí me quitan la palabra. El comisario

me dirige preguntas insidiosas, que no tienen respuesta. Por último,

recapitulando los debates, me dice:

--Si usted es inocente, ¿por qué se introdujo subrepticiamente en la

Comisaría? ¿Por qué profirió gritos subversivos? ¿Por qué intentó

desarmar al sargento?...

Y antes de que pueda replicar me hace conducir al calabozo.

CAPITULO IX

ARAMIS

Sábado, 11.--He pasado el día de ayer y la noche última en un estado de

inconsciencia lamentable. Durante la noche se reprodujo en dos o tres

ocasiones el tumulto que presencié la madrugada del viernes. Los agentes

se han acostumbrado al peligro, porque ahora, entre alarma y alarma,

bailan tangos y beben cerveza. ¿Dónde se han procurado ese instrumento

horrible que se llama un bandoleón?

El ritmo canallesco y monótono de nuestro baile nacional se mezcla al

silbido alterno de la bomba extractora de cerveza...

Me doy a imaginar un órgano hidráulico de inmensas proporciones,

accionado por cerveza, que no toque sino tangos: «Cara Sucia», «Mi noche

triste», «Piantá piojito...» En su torno bailan una infinidad de

vigilantes con los cascos compadronamente echados sobre los ojos.

De pronto se hace un silencio, corren unos cerrojos y oigo un grito:

--¡A ver el diputado por Potosí!...

Creo que debe de ser por mí. Me aproximo a la puerta, y de un empujón me

colocan en medio de un piquete de soldados del escuadrón, que echa a

andar con paso marcial hasta el despacho del comisario. Allí me hallo

con todo el aparato de un Consejo de guerra. La presidencia está ocupada

por un capitán del escuadrón, un mozo rubio y elegante que parece un

capitán de ulanos. Según he oído, le dicen Aramis porque tiene la

costumbre de trompearse «mano a mano» con los presos peligrosos. A su

lado se sientan dos oficiales plenamente poseídos de sus funciones. En

ambos extremos de la estancia dos centinelas velan rígidamente. Me hacen

sentar, y el capitán Aramis se pone de pie:

--Si usted no declara toda la verdad le vamos a fusilar

inmediatamente...

Con esa resignación que uno tiene en las pesadillas, cuando duran

demasiado, inclino la cabeza y quedo en silencio.

--Le damos cinco minutos para que se decida...

Evidentemente, todo esto es un sueño; cuanto antes termine será mejor;

me despertaré en mi cama.

El capitán Aramis se ha levantado, y acercándose a la puerta ha ordenado

con una sonrisa:

--¡Formen el cuadro en el segundo patio! ¡Preparen el pelotón!...

¡Tanto mejor! Quizá la impresión del fusilamiento me despierte por

completo.

Los cinco minutos han pasado. Aramis y los dos oficiales acaban de

salir. Oigo afuera órdenes imperiosas y ruido de armas. Las culatas de

los máuseres chocan contra las baldosas. El jefe del piquete me toca en

un hombro. Me levanto automáticamente, me coloco en medio de los

soldados y salimos de la estancia.

La guardia está formada. Pero en vez de dirigirnos al segundo patio

vamos hacia el zaguán. Pasamos por entre una doble fila de bomberos

rígidamente alineados, con la bayoneta calada, y nos encontramos en la

calle. Junto a la acera se halla un carrito de bomberos, y, rodeándolo,

un destacamento de soldados del escuadrón a caballo y con las tercerolas

apoyadas en el muslo. A su frente está Aramis, bello como un capitán de

ulanos. Cuando me suben al carro, se me cae el pañuelo con que me voy

secando el sudor frío que me corre por la cara, y Aramis, buen jinete y

cortés caballero, lo recoge y me lo entrega con una elegancia digna de

su héroe epónimo.

CAPITULO X

LA NINFA ECO

El carrito echa a andar y yo me tumbo de espaldas sobre las tablas. Por

un momento no escucho más que el rodar de la carretela y el trote de los

veinte caballos que me dan escolta. Luego, absorto en la contemplación

del azul del cielo, me voy quedando dormido...

Repentinamente me despierta un estampido, al que sigue un segundo

después una detonación más sonora. Mi escolta ha echado pie a tierra, y

los soldados, parapetados tras de los caballos, inician un fuego

nutrido. A poca distancia se escuchan otros disparos igualmente

nutridos, pero de un sonido más amplio. Cada descarga nuestra nos es

devuelta inmediatamente con creces.

--¡Nos están baleando sin asco!--grita el capitán Aramis.

--Es desde aquella casa alta--dice tranquilamente el bombero que maneja

el carrito y que está observando la escena con curiosidad.

Me asomo a ver. Estamos en una encrucijada; la calle perpendicular a la

que seguíamos ofrece un pronunciado declive y como cincuenta metros más

adelante tuerce bruscamente hacia la izquierda. En el fondo de esta

hondonada se alza, ocultando todo el horizonte, una inmensa casa de

departamentos, cuyas galerías de hierro y cristales le dan el aspecto de

un enorme trasatlántico. Contra esas galerías, en las que se ven algunas

plantas y macetas suspendidas, está tirando mi escolta. Los cristales

saltan en pedazos con una vibración argentina y hasta parece oírse el

ruido sordo de las balas atravesando el latón de las barandas. Llegan

hasta nosotros gritos penetrantes de mujeres y estrépito de puertas. No

advierto, sin embargo, el silbido de los proyectiles que se nos dirigen,

a pesar que desde allí cerca siguen partiendo detonaciones.

De pronto el capitán Aramis da una orden, que el trompa, mi viejo

conocido, traduce en clarín: «¡Avancen!»

¡Oh asombro! No ha terminado aún, cuando otro clarín repite fielmente en

la casa de departamentos la misma orden: «¡Avancen!»

A todo esto los caballos de mi carrito se han espantado, lanzándose

calle arriba en una carrera frenética. El bombero conductor hace

esfuerzos inútiles para aplacarlos. A las dos cuadras doblamos a la

izquierda, llevándonos por delante un buzón. Los caballos disminuyen la

marcha. Aprovecho entonces la circunstancia para tirarme del carro, y

como los caballos reanudan su fuga desenfrenada, sigo a pie en la

dirección contraria. No hay un solo vigilante en las cercanías.

Desde aquí el fenómeno del eco es bien evidente. Las detonaciones

repercuten en la casa de departamentos con una nitidez maravillosa. Y

hasta las órdenes vibrantes de Aramis son duplicadas con una manifiesta

oficiosidad.

¡Oh ninfa Eco, a quién debo mi libertad! ¡Locuaz hija de Uranos y Gea,

mi agradecimiento será eterno! En loor tuyo todos mis hijos se llamarán

Narciso y estudiarán acústica...

CAPITULO XI

«HANDS UP!»

Como no tengo deseo alguno de volver a caer en manos del capitán Aramis,

a pesar de su exquisita cortesía, me voy alejando del lugar de la

encarnizada refriega con toda la premura de que soy capaz. La libertad

me ha devuelto la reflexión; observo y me convenzo de que soy inocente,

absolutamente inocente; pero a pesar de esto no disminuyo la rapidez de

mi marcha. ¿Por qué los inocentes huyen a la Policía mucho más que los

culpables? Quizá por falta de hábito. Sin embargo, el acto de darse a la

fuga es una terrible presunción en contra de uno. «Se dió a la fuga», y

ya todos suponen que se trata de un terrible criminal. Debemos, en

consecuencia, si tenemos la conciencia tranquila, aguardar a pie firme

al empleado policial, al digno representante de la autoridad, al

benemérito guardián del orden, y sonreírle y agasajarle, y abrirle

nuestro corazón y nuestra casa... Pero por proceder así he sufrido dos

días de hambre, recibido varios culatazos y soportado todas las

angustias de un condenado a muerte. Bien hecho: ¿quién me mete a mí a

devolver un máuser? Las armas, como los libros, no se devuelven nunca.

Se devuelve un pañuelo a la señorita que lo ha perdido, una cartera

vacía al señor que acaba de bajar de la escalera, un guante de la mano

izquierda al joven que lo ha extraviado en el ascensor; pero no

corresponde detener a media noche a un individuo mal entrazado para

decirle: «Tome, señor, esta daga que se le ha caído...»

En el curso de esta meditación llego ante el Mercado de Abasto y puedo

observar desde aquí el espectáculo desacostumbrado que ofrece la calle

Corrientes. Pequeños grupos de jóvenes, con brazales bicolores, armados

de palos y carabinas, detienen a todos los individuos que llevan barba y

les obligan a levantar las manos en alto. Mientras los que usan palos

les apuntan con éstos a bocajarro, los de las carabinas les pinchan con

ellas en el vientre, y otros, desarmados, se cuelgan de las barbas del

sujeto.

Según me informan en un corro, este original procedimiento tiende a

estimular entre los barbudos el amor a la nación Argentina. Como soy

lampiño, me creo a cubierto de semejante recurso pedagógico y sigo hacia

el centro. En el camino advierto que otros grupos apedrean las casas de

comercio los nombres de cuyos propietarios abundan en consonantes. ¿Por

qué les tienen tanto odio a las consonantes? ¿Acaso las vocales solas

pueden componer un idioma?

Delante mío va un viejito canoso, de rancho de luto, alpargatas y saco

de lustrina. Camina presuroso, sin que el tumulto atraiga para nada su

atención. De pronto, un grupo estacionado en mitad de la calzada nos da

el alto imperiosamente. Yo me paro en seco; pero el viejito no detiene

su marcha. Un mocetón fornido, que ostenta el consabido brazal celeste y

blanco, corre a su encuentro revólver en mano.

--¡Párese! ¡Arriba las manos!

El viejo se cuadra y levanta en alto la mano izquierda. Esta obediencia

parcial irrita al mocetón, que le reitera la orden:

--¡Arriba las manos!

El viejo continúa con la mano izquierda en alto, mientras la derecha

desaparece completamente en el bolsillo del saco de lustrina, que

contiene a simple vista un bulto insólito. Suena un tiro, y después de

un ligero balanceo, el viejito se desploma de cara al suelo, siempre con

la mano izquierda en alto... Rápidamente, el mocetón que ha hecho fuego

se abalanza sobre el caído para sacarle el arma que indudablemente tiene

en la mano derecha, y retira del bolsillo una manga vacía que queda

extendida sobre la baldosa. El extremo sobresale del cordón de la acera

y se dobla hacia la calzada como una manguera exhausta. Por poco tiempo,

sin embargo, porque segundos después comienza a arrojar un fino hilo de

sangre sobre el pavimento.

El viejo «era» manco.

CAPITULO XII

LA VUELTA AL HOGAR

Hasta este momento yo no había visto morir a nadie. Tenía por eso la

idea de que la muerte era un espectáculo aparatoso y trascendental, que

exigía ciertas transiciones y un cuadro apropiado. Nada más sencillo,

por cierto, según el episodio que acabo de contemplar.

Sobre el asesinato, en especial, yo tenía las ideas más melodramáticas

posibles. Lo suponía algo lleno de violencia, de pasión, de ferocidad, y

se me antojaba torva y siniestra la figura del matador... Nada de eso,

sin embargo. Es el incidente más trivial que se pueda imaginar.

Usted se pone en torno del brazo izquierdo la cinta del gato de su casa

o la liga de la mucama, coge su revólver, sale a la calle y le pega un

tiro en el corazón al primer hombre humilde que le parezca sospechoso.

Con eso quizá ha dejado usted en la orfandad a media docena de

chiquilines, pero en cambio ha consolidado las instituciones y ensayado

su puntería.

Me voy acercando a casa. Al reconocer los lugares familiares experimento

una emoción incontenible, como si volviera de un largo viaje. ¡Me parece

que hace tanto tiempo que dejé mi silencioso departamento de soltero! El

mucamo me recibe en la escalera, y al observar mi aspecto demacrado y mi

aire abatido, supone que vuelvo de una fenomenal partida de poker.

Presume, además, que he perdido lo indecible y presiente un período de

estrecheces y apuros. Esta preocupación le agria el gesto, y en vez de

comunicarme las novedades que se hayan producido, se hace a un lado

austeramente...

CAPITULO XIII

EL ASALTO A LA COMISARÍA 44

Tres relatos porteños Segunda edición · 第 5 / 8 段