Simón Camilo Sánchez retornó al país cuando el doctor Vértiz se hallaba

en plena luna de miel con el bastón de Rivadavia. El ejercicio de la

presidencia, los halagos de una autoridad indiscutida sobre todos los

partidos políticos del país habían exaltado su optimismo hasta el punto

de que ya no creía posible la existencia del mal sobre la tierra. Así,

cuando Simón Camilo Sánchez fué a verle para ofrecerle personalmente,

con todo el dolor de su alma, la renuncia del cargo de director del

Departamento de Protección Agrícola, el presidente le recibió con los

brazos abiertos y le forzó a que continuase prestando sus servicios al

país. «Es cierto--le dijo--que el conejo carece de existencia ideal,

pero en cambio los empleados de la Protección Agrícola son una realidad

tangible. Yo no puedo abandonarlos a su suerte, y he pensado en utilizar

esa institución para la propaganda de optimismo renovador entre las

clases rurales.»

Después de esa, Simón Camilo Sánchez tuvo una serie de largas

conferencias con el primer magistrado, y al cabo de algunas semanas le

presentó un proyecto de reorganización del Departamento de Protección

Agrícola. La reforma estaba inspirada en el concepto de que era

necesario llevar a la mente de todos los agricultores del país la

convicción de que sin sembrar no es posible cosechar y que, en

consecuencia, debían sembrar y sembrar sin descanso. Por una ley de la

nación se instituyó el _Día de la Siembra_, solemne festividad en que

todos los niños de las escuelas de la República debieron sembrar

semillas simbólicas en las plazas, parques y lugares abiertos de las

ciudades. Para dar ejemplo, el doctor Vértiz, rodeado de todos sus

ministros, plantó unas semillas de alpiste en el _rond-point_ de la

calle Florida y Diagonal Norte y regaló al cacique Chepalofú, jefe de

una tribu de fueguinos que había venido a visitarle, una reproducción en

terracota del _Sembrador_, de Meunier.

Las macetas subieron de precio; los azadones de juguete para niño se

agotaron en plaza; la tierra extraída de las construcciones urbanas se

cotizó en la Bolsa, y un furioso delirio de sembrar de todo se apoderó

de los que no tenían tierra alguna en que sembrar.

La propaganda del Departamento de Protección Agrícola alcanzó en este

sentido el _summum_ de la perfección. No podía abrirse una caja de

fósforos sin encontrar las leyendas: _Siembre, si quiere cosechar. No

deje pasar su oportunidad de sembrar. ¿Por qué permite usted que los

cardos invadan su campo?_, etcétera, etc. El interior de los tranvías

estaba plagado de esos letreros sintéticos, y los trenes habían

reemplazado sus letreros luminosos sobre los conejos con sentencias

sobre el cultivo intenso. La oficina de cartografía del Departamento

volvió a publicar mensualmente mapas de toda la República, con la

indicación de las zonas sometidas a la benéfica acción del arado, y

todos los carteles sobre la plaga leporina se substituyeron con

_affiches_ optimistas. El presupuesto del Departamento de Protección

Agrícola subió a quince millones.

* * * * *

Augusto Herrlin fué poco a poco, gracias a los cuidados de doña

Asunción, recobrando la memoria y el apetito. Pero a medida que se le

iban presentando los recuerdos de sus cinco años de vida bonaerense se

desvanecían todas las impresiones de su existencia anterior. Y cuando

pudo reconstruir, detalle por detalle, el proceso de la actuación del

cocobacilo, notó sin melancolía que acababa de olvidarse de la última

palabra sueca. Junto con ella desaparecieron las imágenes del profesor

Hedenius y de su séptima hija y no volvieron ya nunca más a conmoverle

los vestigios de su hipóstasis europea.

De toda su aventura sólo sacó una cariñosa simpatía por _don Pepe_, que

había sido el compañero de su larga convalecencia, y un tierno afecto

por su patrona.

Cierta vez, el conejo de Flandes, revolviendo entre los trastos de la

habitación del profesor, halló un tubo de cristal cerrado en un extremo

con un tapón de madera. _Don Pepe_, asegurando el tubo con sus dos

manecitas, comenzó a roer el tapón hasta que hizo estallar el vidrio de

la embocadura. Del tubo salió un líquido espeso e incoloro que _don

Pepe_ husmeó con detención. Después, inquieto por la incorrección que

había cometido, fué a esconderse en un rincón del jardín. Allí le

acometieron al poco rato unos escalofríos, se le erizó el pelo y dió los

signos del decaimiento más desesperante.

Cuando doña Asunción, extrañada por su ausencia, salió en su busca, le

halló ya en la terrible agonía característica de la septicemia de

Herrlin. _Don Pepe_ murió a los pocos minutos en los brazos de su

patrona. Su cadáver ofrecía un aspecto tan espantoso, que el consejo de

pensionistas decidió proceder de inmediato a su inhumación. _Don Pepe_

fué enterrado en el mismo jardín que había sido durante tantos años

escenario de sus correrías y de sus gracias infantiles.

Pocos días después el profesor Herrlin depositaba sobre su tumba una

lápida que decía:

A

«DON PEPE»

PRIMERA Y UNICA

VICTIMA AMERICANA

DEL

COCOBACILO DE HERRLIN

MCMXVIII

Y para compensar de su pérdida a doña Asunción, se casó con ella.

UNA SEMANA DE HOLGORIO

He nacido en Buenos Aires.

¡Qué me importan los desaires

con que me trata la suerte!

Argentino hasta la muerte.

He nacido en Buenos Aires.

(_Trova_, de Carlos Guido Spano.)

PROLOGO

JULIO NARCISO DILÓN

Julio Narciso Dilón, el protagonista de la historia que reproducimos en

seguida, no está formado de la pasta de los héroes. Le falta para serlo

alguna imaginación y capacidad de entusiasmo. La pobreza de aquella

facultad le impide exagerar el peligro en la medida necesaria, y la

ausencia de esta última condición no le permite enardecerse para

sobrepujarlo. Por eso, aunque no es medroso, no tiene fama de _guapo_

entre sus compañeros de cabaret. Se explica así que, habiendo estado

mezclado a los episodios más impresionantes de la semana de enero, su

narración adolezca de cierto escepticismo...

Como Paul Louis Courier en la campaña de Italia, la actitud de Dilón en

los días trágicos que acaban de transcurrir difícilmente puede inspirar

sentimientos épicos.

El también, a semejanza del inquieto traductor de _Daphnis y Cloe_,

sería capaz de irse a jugar al billar después de haber participado en la

proclamación de un emperador.

Y es que, a fuerza de vivir al día, mi buen amigo ha acabado por

perderle todo respeto a la historia.

En la sucesión de momentos que componen su vida, todos le parecen

igualmente graves... o idénticamente fútiles. Su impresión presente

colorea de júbilo o de tristeza todo el pasado y todo el porvenir.

Por eso, aunque no pueda dudarse nunca de su sinceridad, resulta

discutible su autoridad de historiador.

A. C.

Buenos Aires, febrero de 1919.

CAPITULO PRIMERO

DESGRACIADO EN EL JUEGO...

Jueves, 9 de enero.--Día de reunión. Hoy he madrugado de veras; a las

doce estaba en pie, y pocos momentos después me ponía en camino para el

Hipódromo. En la esquina de casa he aguardado una media hora larga para

tomar un auto-taxi, hasta que Mauricio, el mucamo, vino a avisarme que

había huelga. Advertí entonces que la calle veíase casi desierta, que no

circulaban tranvías, carros ni automóviles de alquiler, y que muchos

negocios estaban cerrados, efectos todos que en el primer momento yo

había atribuído, impensadamente, a lo temprano de la hora. Siempre que

yo madrugo ocurre algo extraordinario.

He resuelto el problema de mi traslación subiéndome de viva fuerza a un

coche de plaza, cuyo conductor, un italiano viejito que se parece al

doctor Anadón, quiso negarse a llevarme, pretextando que debía ir a

largar. Me arrellané en el asiento y le dije en tono perentorio:

--Mirá, _gringo_: si en veinte minutos no me _dejás_ en la puerta del

Hipódromo te hago meter preso por maximalista.

Ante esta amenaza mía el hombre se resignó.

Hundióse hasta los ojos su galera abollada, requirió las riendas, que

había abandonado durante la discusión, y fustigando con violencia a los

caballos, dijo entre dientes: «_¡Maximalista! ¡Maximalista! Te lo

facisse vede io lu masimalismu._»

Esta reflexión iracunda del auriga me ha vuelto a la memoria los tiempos

que corremos. Hace días que no leo los diarios, pero, a juzgar por las

conversaciones del Club, la situación se agrava cada vez más. Perucho

Salcedo ha recibido una carta de la hermana que tiene en Suiza

diciéndole que el país está invadido por emigrados rusos que hacen

propaganda maximalista. A mí el hecho no me ha sorprendido, porque ya en

el tiempo en que Tartarín hacía alpinismo los rusos se ocupaban allí de

trabajos revolucionarios.

He llegado al Hipódromo poco antes de la una y media, con tiempo sobrado

para almorzar en el _restaurant_ del _paddock_. Al descender del coche

advertí que uno de los caballos, el de la izquierda, era blanco,

excelente presagio que recompensé con una buena propina. El cochero,

todavía de mal humor, no se dignó agradecérmela. En otra ocasión eso me

habría irritado; pero como recordé que cuando mi acierto de seis

ganadores seguidos, jugando _derecho_, había venido también en un coche

de plaza uno de cuyos caballos era blanco, la ingratitud del viejito

_maximalista_ me dejó indiferente. Le vi alejarse al paso de su tronco

menguado por la ancha avenida, con su galera abollada, y me quedé

pensando en los extraños designios de la suerte...

Almuerzo frugal en el _restaurant_ del _paddock_. Concurrencia

lamentablemente escasa. Tarde de _guigne_; confiado en el buen augurio

de mi llegada, he jugado como un cronista de _sport_ de diario grande.

A la altura de la séptima carrera me quedan seis pesos por todo

capital. Viaje de exploración por las tres tribunas: ni un amigo en

lontananza. Decido el regreso.

Al hallarme en la acera de la Avenida Vértiz y observar la ausencia

total de vehículos, fuera de unos pocos automóviles particulares,

recuerdo que estamos en huelga y me sobreviene un acceso de indignación

ante la profunda estupidez de los huelguistas. ¿Por qué se nos hace eso

a nosotros? ¿Qué tenemos que ver en los conflictos entre el capital y el

trabajo? ¿Acaso el juego no es precisamente un medio de allanar las

inevitables diferencias sociales? El juego es justiciero: eleva al pobre

y arruina al potentado; es igualatorio: procura las mismas emociones al

jornalero que arriesga su salario y al millonario que aventura sus

millones; es humanitarista: su contribución a la beneficencia social es

más crecida que la del Estado y la de todos los filántropos juntos.

Fuente inagotable de esperanza, es, por lo demás, un lubricante de las

relaciones sociales: atenúa los odios de clase, da la ilusión al pobre

de que su miseria no será eterna e infunde en los ricos la convicción de

lo instable de su fortuna. Atempera así el malestar de los desposeídos

y el egoísmo de los potentados. Dominados por él, los proletarios

olvidan todas sus reivindicaciones. ¿Qué caballo de Hipódromo ha

recibido nunca el nombre de Bakunin, Proudhon o Carlos Marx? ¿Quién ha

oído hablar jamás de movimientos obreros en Montecarlo?...

Entregado a estas reflexiones, seguí caminando en dirección al

_tatersall_, para tomar asiento en uno de los tranvías que aguardan al

final de las tribunas populares.

La huelga me reservaba otra sorpresa desagradable: el servicio de

tranvías se había suspendido por completo. Pensé en los pobres muchachos

de las tribunas populares, que debían volverse a pie hasta el límite del

municipio; en los empleados del Hipódromo, obligados, después de cinco

horas de trabajo, a un esfuerzo a que no estaban acostumbrados, y en los

modestos «canillitas», que reúnen siempre algunas monedas buscando

carruajes.

La torpeza de los huelguistas, que para vengarse de unos pocos patrones

suspenden la vida de una ciudad, perjudicando a una multitud de obreros

como ellos, me pareció inconmensurable. Poseído de una sorda irritación,

deshice el camino andado, mezclándome a la oleada de gente que salía

comentando las incidencias de la última carrera. El nombre del ganador,

el único que habría acertado si me hubiese quedado dinero, acrecentó mi

despecho.

Lleno de misantropía, cansado y sudoroso, crucé casi impensadamente bajo

el viaducto del ferrocarril y fuí a sentarme en un banco del rosedal. El

jardín estaba desierto y la soledad parecía agrandada por el silencio

dominante. La tranquilidad de este crepúsculo me sobrecogió un poco, lo

confieso, y para substraerme a esa impresión eché a andar hacia la

ciudad. A las siete, todavía con luz, llegué a la plaza Italia. Breve

descanso en un bar, gracias al cual recobro algunas fuerzas y un ligero

optimismo. Me dirijo resueltamente al centro. A los veinte minutos de

marcha adquiero en otro establecimiento nuevas fuerzas y una alegría

combativa. Sigo marcando el paso marcialmente, satisfecho de mi esfuerzo

y deseoso de mostrar mi desprecio a los huelguistas. En el camino

encuentro numerosos carros con los caballos desenganchados y un coche

con la capota tajeada. Es el que me condujo al Hipódromo. Junto a él

está el viejito de la galera abollada, teniendo de las riendas a la

yunta de caballos, uno de los cuales es blanco. ¡Excelente presagio!

Tercera estación. Renuevo mis energías, y tras una rápida conversación

con algunos parroquianos, me siento inundado de un entusiasmo belicoso.

Las noticias son graves: los huelguistas están armados hasta los

dientes; han levantado barricadas en todos los barrios de la ciudad;

incendiaron cuatro iglesias y dos asilos y se disponen a atacar las

estaciones de ferrocarril. En la plaza del Once se está combatiendo

desde las tres de la tarde. Resuelvo encaminarme a la plaza del Once.

Tomo una calle transversal, y a medida que avanzo aguzo el oído para

escuchar las detonaciones. Silencio absoluto. Sólo de vez en cuando el

repiqueteo precipitado de una campanilla de ambulancia sanitaria rompe

la tranquilidad de esta noche de verano. A pocas cuadras del lugar del

encarnizado combate la normalidad es completa. Tan completa, que la

gente se halla sentada al fresco en las aceras, los balcones están

abiertos de par en par y los chicos han tomado la calle por su cuenta.

En una esquina dos muchachas peripuestas conversan animadamente,

teniéndose de la mano con un gesto de colegialas. Una de ellas, vestida

de un traje blanco, muy suelto, casi un peplo helénico, se despide de su

compañera entre divertida y medrosa:

--¡Dios mío! Me quedan aún más de cuarenta cuadras por andar. ¡Sola y

por esos barrios todo a obscuras!

--Hija, ya te he dicho que puedes quedarte con nosotras.

--Sí, pero en casa ¡qué estarán pensando!...

--¿No tienes medios de avisarles?

--No...

Las dos muchachas se sueltan de la mano con una actitud de infinita

resignación ante el Destino, y la del peplo blanco se encamina hacia el

Oeste. Al pasar junto a mí advierto que tiene los ojos garzos, el

cabello castaño y la boca imperiosa. Instantáneamente he olvidado todas

las incidencias de la tarde; mi entusiasmo bélico se ha desvanecido, así

como mi preocupación por el orden social, y me he lanzado en

seguimiento de la jovencita. «Desgraciado en el juego, afortunado en

amor», pienso entre mí, y añado: «¡Esta es la mía!» El presagio del

caballo, que viene afortunadamente a mi memoria, da más fuerza a mi

decisión. El peplo blanco está a diez pasos; una rápida inspección a mis

zapatos, un fugaz recuento de mis fondos exiguos... y acabo de

resolverme a desandar cincuenta cuadras.

La sombra blanca no se desliza silenciosamente como las diosas del poema

homérico; hasta mí llega un taconeo ágil y menudo que tendré que superar

a largos trancos.

Consigo por fin aparejarme e inicio un soliloquio de una estupidez

incomparable. A juzgar por las lamentaciones a que me entrego, parecería

que me dispongo a pedir una limosna. Mi compañera aprieta aún más sus

labios imperiosos y redobla la agilidad de su taconeo. Caminamos así un

número indefinido de cuadras, hasta que, falto de respiración y sobrado

de audacia, la tomo de un brazo, la detengo y le relato con toda

fidelidad mis aventuras de la tarde: mi descalabro del Hipódromo, el

regreso, mi resolución de ir a luchar contra los revoltosos, el súbito

deslumbramiento que experimenté al verla...

Una amable sonrisa es la recompensa de mi sinceridad.

CAPITULO II

... AFORTUNADO EN EL AMOR

Las «cuarenta cuadras» a que aludió en su despedida a la compañera son

un eufemismo semejante al de las «pocas palabras» de los oradores

parlamentarios. Hace una hora y media que venimos caminando y todavía,

según me dice, estamos lejos de la casa. Para no dejarle sospechar mi

fatiga, he celebrado todos estos trastornos sociales que rompen un poco

la monotonía de la vida moderna y procuran el encanto de un trayecto

infinito en una compañía adorable. Hice también el elogio del amor, que

se sobrepone a todas las consideraciones de rango y de dinero, y el de

la belleza, formidable tesoro que escapa a todo impuesto sobre la

renta... Mi acompañante me agradece esta poética disertación sobre

filosofía social con una larga mirada de sus grandes ojos garzos, que

bajo el borde circular de su sombrero reflejan el azul profundo de esta

noche estival.

Hemos abandonado la amplia avenida paralela a Rivadavia que veníamos

siguiendo, y tomado por otra, más ancha aún, con un paseo central

arbolado, que aparentemente se dirige hacia el Noroeste. Nos debemos ir

aproximando a nuestro punto de destino--es decir, al de ella--, porque

mi acompañante va deteniendo el paso y trayéndome hábilmente a la

discusión de una nueva entrevista. Entramos a la vez en una callejuela

transversal y en un terreno de confidencias íntimas. Carlota, porque se

llama así, es la menor de la familia; tiene dos hermanos varones y un

padre anciano que todavía trabaja. Una cuñada gobierna la casa, en la

que falta la disciplina de la madre, muerta hace años, según se ve por

el poco apuro que la muchacha pone en regresar a ella.

Al final de la callejuela desembocamos en un lugar casi baldío que

parece un taller de reparación de carros al aire libre. Al fondo, un

ligero cobertizo alberga la maquinaria esencial, y hacia la derecha, una

serie de rudimentarias construcciones de madera, a la vez pesebres y

cocheras, dan la idea de que se trata también de un corralón.

Una jauría de perros monstruosos se abalanzan sobre nosotros; pero

reconocen a Carlota y se tranquilizan. Evidentemente, hemos llegado al

término del viaje. Mi acompañante se detiene en una especie de cerco y

se dispone a despedirme. Pero yo insisto en que aun es temprano--acaban

de dar las diez--; pretexto que al día siguiente no tendrá nada que

hacer; exijo detalles minuciosos sobre el camino de vuelta y me lamento

cómicamente sobre mi situación: estoy hambriento, cansado y perdido...

¡Si se le ocurriera darme alojamiento por lo que resta de la noche!

Porque con esta huelga, ya es el caso de practicar, en plena metrópoli,

la virtud rural de la hospitalidad. (Por lo demás, eso de «plena

metrópoli» sólo tiene un sentido político: estamos a cielo abierto. El

panorama circundante me ha hecho concebir el deseo de tumbarme en uno de

esos carros colmados de heno.)

Mis insinuaciones no parecen caer mal... Me dispongo a iniciar una

aventura deliciosa, cuando de pronto Carlota, que ha estado observando

la callejuela por que hemos venido, exclama: «¡Ahí viene papá!»

Me vuelvo y advierto la silueta ya conocida de un viejito con la galera

abollada que trae resignadamente de las riendas a una yunta lamentable

de caballos, uno de ellos blanco...

Recuerdo el incidente del mediodía: «_¡Maximalista!... ¡Maximalista!...

Te lo facisse vede io lu masimalismu_», y el espectáculo del coche casi

destrozado por culpa mía.

Antes de que la divinidad del peplo repare en mí, me he puesto a cien

pasos de ella y he seguido un sendero que va por detrás de un grupo de

casas.

Un concierto infernal de ladridos epiloga ruidosamente mi aventura

galante.

CAPITULO III

EL DAMERO A MEDIA NOCHE

Heme aquí, a media noche, en un paraje desconocido. Si no fuese hijo de

Buenos Aires, los rigores de la suerte, según la popular composición,

debían desalentarme. Solo, extraviado, a dos leguas del centro de la

ciudad, hambriento y sin dinero, era natural que me abandonase a la

desesperación. Pero soy porteño y sé que la absoluta regularidad de las

calles de la capital permite orientarse a cualquiera y que gozamos de

una profusa iluminación municipal y un excelente servicio de policía.

Por primera vez comprendo la profunda significación de aquellos versos

de Guido Spano; celebro el genio profético del vate, que los escribió

antes de que existieran las obras de salubridad y se hubiese producido

la intendencia de D. Torcuato de Alvear, y entonando la quintilla

célebre para darme aliento, me lanzo denodadamente en busca de una

desembocadura de calle, a fin de penetrar por ella y orientarme según el

simple trazado del damero municipal.

Mientras enfilo una calle sin pavimentar, envuelta en tinieblas, medito

en las innumerables ventajas de la disposición rectangular urbana. Las

ciudades así construídas son armoniosas, ordenadas y democráticas...

Al final de la calle que he seguido, me hallo de nuevo en un potrero.

Rehago el camino y tomo por una calle transversal que, según mis

cálculos, debe conducirme a un lugar más densamente poblado. A los diez

minutos desemboco en un horno de ladrillos... Vuelvo hacia atrás y me

encamino en una dirección opuesta a las dos que he seguido

anteriormente. Esta vez debo de estar en la buena ruta, porque a medida

que avanzo la edificación va en aumento y se notan ciertos indicios de

separación entre la calzada y las aceras. Dos cuadras más adelante doy,

de pronto, con una calle hecha y derecha, bien empedrada, con veredas

arboladas y con faroles. Estos están apagados, pero no por eso dejan de

ser un signo de civilización, que saludo con simpatía. Ya estoy en pleno

damero; ahora, con seguir obstinadamente hacia el Este, el problema está

resuelto. Continúo alegremente hacia el Oriente, aunque se me han

acabado los cigarrillos. Pero a medida que avanzo hago una observación

que me llena de inquietud: la hermosa calle no corta perpendicularmente

a las demás. Es una diagonal; pero en materia de diagonales yo no

conozco sino las dos que han arruinado al Municipio.

Sigo la marcha en línea recta hasta que veo desaparecer el pavimento y

los faroles, señal indudable de que la calle va a lanzarse campo afuera.

Como esto no me conviene, doblo por la primer vía transversal en

dirección hacia donde supongo debe quedar el centro. Es una calle

cortada; al cabo de ella hay un terreno baldío que parece un taller de

reparación de carros... Me hallo de nuevo frente a la jauría de perros

monstruosos; pero esta vez no disfruto de la protección de Carlota y

debo batirme prudentemente en retirada.

Ya no parezco un hijo de Buenos Aires, según la clásica composición de

Guido. Los desaires de la suerte, que después de una caminata de dos

horas me ha vuelto al punto de partida, me han amilanado por completo.

Deshecho de fatiga, hambriento y desalentado, las doce de la noche me

han sorprendido a punto de dormirme en el hueco de una puerta...

CAPITULO IV

ASALTO A UNA COMISARIA

Viernes, 10.--¿Cuántas horas he dormido así?... Lo ignoro, pues se me

acabaron los fósforos, no uso reloj con esfera luminosa, los faroles de

la calle están apagados y no hay luna. Es todavía noche alta; pero antes

de exponerme a que el sol o la muchacha del peplo me encuentren

durmiendo en la calle, prefiero seguir caminando. Con la casa de Carlota

a la vista, guiándome por mis recuerdos, creo poder reconstruir el

camino que hemos hecho juntos. Ahora estoy en la buena senda: llego por

fin a la ancha avenida con un paseo central arbolado, que hace pocas

horas recorrimos amorosamente... Redoblo el paso con alegría y por

primera vez en la noche inicio un silbido de circunstancias: _It’s a

long way to Tipperary..._

Tres relatos porteños Segunda edición · 第 4 / 8 段