no le oyese y aprobase su plan. Tuvo, pues, que aguardar a que se
constituyese, redactase su reglamento, eligiese presidente al doctor
Gaona, nombrase dos secretarios rentados y discutiese durante varias
semanas el local en que celebraría definitivamente sus sesiones.
Por fin cierto día pudo exponer ante la Junta en pleno, y en presencia
del ministro de Agricultura, las virtudes de su cocobacilo. Su
disertación fué escuchada en medio de un silencio impresionante. El
_privat docent_, después de explicar minuciosamente los detalles que
diferencian el género bacteria (_bacterium_) del bacilo (_bacillus_),
confundidos con frecuencia por el vulgo, señaló todas las excepciones
conocidas de esa clasificación en dos géneros, y terminó estableciendo
la regla llamada «principio de Hedenius», según la cual los bacilos
pueden ostentar todos los caracteres de las bacterias y las bacterias
todos los caracteres de los bacilos. El cocobacilo Herrlin encuadraba,
como todos sus congéneres, en el principio de su sabio maestro de
Upsala, y excepción hecha de la rapidez de su multiplicación y la
resistencia de sus esporos, no ofrecía ningún rasgo extraordinario. Era
el agente de la septicemia cuniculosa de Herrlin, que no debía
confundirse con la septicemia experimental de Koch ni con la espontánea
de Alfort. Inoculado a un conejo, el cocobacilo determinaba su muerte en
menos de veinte horas. Apenas recibían en sus tejidos al terrible
huésped, los pobres roedores se mostraban abatidos, con signos de
decaimiento moral, faltos de apetito, y con las orejas gachas y el pelo
erizado se apelotonaban en el fondo de sus cuevas.
Allí, después de una serie de trastornos intestinales, iba a
sorprenderles irremediablemente la muerte.
Pero lo maravilloso de los estudios del profesor sueco residía en el
grado de domesticación a que había llevado su cocobacilo. Este le
obedecía con la docilidad de un perro, y así, a su arbitrio, aumentando
o disminuyendo su virulencia, podía fulminar a los conejos en menos de
dos horas o prolongar su agonía durante muchos meses, atacar únicamente
a las hembras o exterminar sólo a los machos y hacerlo mortífero en
verano e inocuo en invierno o viceversa. Además, mediante un régimen
especial, podía convertir a ciertos conejos en agentes propagadores del
bacilo. Los animales preparados para esas funciones derrotistas
adquirían una vitalidad a toda prueba y una extraña afición por la
sociedad de sus semejantes. Sin respetos por las castas sociales ni por
los usos venerables del mundo cunicular, se introducían audaz y
afablemente en las cuevas ajenas, se hacían de la familia, infectaban a
todos sus miembros, y apenas recogían el último suspiro del último
representante de la tribu corrían a la cueva más próxima, donde se
instalaban con el desenfado de los conejos habituados al trato mundano.
Y la descripción que hacía el profesor sueco de la afabilidad, el buen
humor y el don de gentes de esos individuos consagrados a llevar la
desolación y la muerte a los hogares era realmente siniestra.
«¡Qué formidables _jettatores_!», pensó entre sí el doctor Gaona, que
era supersticioso.
Simón Camilo Sánchez, burócrata por excelencia, meditó con melancolía en
el porvenir del Departamento cuando ya no existiesen conejos a quien
vigilar. En cambio, el ministro oía con avidez a Herrlin, soñando
voluptuosamente en aplastar a la diputación socialista bajo una montaña
de pestilentes cadáveres de conejos.
CAPITULO XV
UNA CAMPAÑA ELECTORAL
A tiempo que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía expedirse respecto
al informe del profesor Herrlin, las elecciones de renovación
presidencial comenzaban a preocupar a las gentes. Al principio, como no
se conocían aún las candidaturas definitivas, la agitación pública se
manifestaba ardorosa, pero confusamente. Las fuerzas opositoras habían
librado ya en torno del presupuesto de la Protección Agrícola su primer
combate con las del Gobierno, y la propaganda partidista había
convertido aquel organismo burocrático en el emblema del oficialismo
ignaro y corruptor. Algunas elecciones provinciales, preludio del gran
acto comicial, fueron ganadas por los elementos de Delfín Acuña,
empleados todos de los Comisariatos locales, y esta derrota enardeció a
las oposiciones. El Departamento de Protección Agrícola fué calificado
de «máquina electoral puesta al servicio del Gobierno y alimentada con
los dineros del pueblo» y estigmatizada en mil manifiestos.
Y cuando la Convención del partido oficial designó su candidato al
doctor Aníbal Gaona, presidente de la Junta Fiscalizadora Honoraria de
los trabajos en contra del conejo, los grupos de opositores arreciaron
en su campaña. El descaro del oficialismo llegaba hasta el extremo de
levantar la candidatura de un empleado de la Protección Agrícola.
En contra de Gaona, la coalición opositora alzó el nombre del doctor
Juan Carlos Vértiz, que había sido intendente de San Luis durante la
revolución del año 96, que, como se sabe, duró tres horas y cuarenta y
cinco minutos.
Entre ambos candidatos, de méritos tan equilibrados, el triunfo era
indeciso. Sus programas respectivos no iban ciertamente a dividir la
opinión: el del doctor Gaona proclamaba «libertad de sufragio, reducción
del presupuesto, fomento del comercio y las industrias», y el de su
antagonista enunciaba «pureza electoral, disminución de los gastos,
propulsión de las industrias y el comercio».
Pero el doctor Gaona pertenecía al Departamento oprobioso, mientras que
el doctor Vértiz no había ocupado jamás un cargo público, y por esta
sola señal el electorado debió decidirse entre ambos. La zarandeada
institución vino así a convertirse en el centro de la contienda.
Ya desde los preliminares de la campaña electoral los grupos opositores
tomaron la costumbre de ir a silbar ante el edificio del Departamento y
a denostar a los pocos empleados que se asomaban a las ventanas del
viejo caserón.
Durante toda la campaña electoral el doctor Vértiz no abandonó su quinta
de Morón. Su austeridad cívica le vedaba salir a solicitar el voto de
los electores. No pronunció tampoco una sola palabra, ni escribió una
línea, y a partir del día de la proclamación negóse terminantemente a
recibir a los caudillos opositores que trabajaban por el triunfo de su
candidatura. La única vez que se le oyó decir algo fué en el velorio de
un ex revolucionario del 96. El doctor Vértiz, ante el ataúd de su
compañero de armas, repitió hasta tres veces en voz baja: «El conejo no
existe, el conejo no existe, el conejo no existe.»
Esa sentencia, recogida por oídos fieles, fué la fórmula mágica de la
campaña electoral. Desde aquella noche los opositores diéronse a afirmar
resueltamente: «El conejo no existe... El conejo es una invención del
régimen oprobioso...»
Con toda la gravedad de un espíritu jurista, el doctor Gaona preparaba
mientras tanto el informe que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía
presentar sobre el método del profesor Herrlin y la eficacia de su
cocobacilo. A mediados de la campaña electoral, la parte ya redactada
alcanzaba a 2.480 páginas en papel de oficio. El candidato gubernamental
había extractado todas las Memorias y publicaciones del Departamento de
Protección Agrícola y había solicitado además infinidad de informes al
sabio sueco. Junto con los tres voluminosos tomos en que el doctor Gaona
creía poder concretar los varios aspectos de la cuestión, debía
aparecer un _Atlas_ con la colección de todos los mapas sobre
repartición de la plaga de conejos dados a luz en los últimos cinco
años. Esa prueba gráfica y documental iba dirigida directamente contra
el optimismo práctico de su antagonista, al que aludía cuando hablaba
del «optimismo del avestruz, que, escondiendo la cabeza bajo el ala, se
niega a reconocer el peligro».
El _Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en
contra del conejo_, en tres tomos y un atlas, apareció editado por la
imprenta Coni y llevando por nombre de autor el del doctor Aníbal Gaona
con todos los títulos que había alcanzado en toda su larga vida pública.
Los cuatro volúmenes eran de unas dimensiones impresionantes, y ante
ellos nadie se habría sentido capaz de negar la existencia del conejo.
Así, los partidarios del doctor Vértiz a la aparición del libro
sufrieron un profundo desconcierto. Era inútil que los más fanáticos
exclamasen: «¡El conejo no existe!... _Avanti!_» Sus correligionarios
contemplaban la mole enorme del _Informe_ y movían la cabeza con
desconsuelo: la obra del doctor Gaona era inexpugnable. ¡Cualquiera se
atrevía con las 4.375 páginas de texto!
Sin embargo, la reacción no tardó en producirse. Los opositores
eludieron referirse al _Informe_; pero atacaron con más acritud si cabe
al Departamento. A la vuelta de un gran mitin, una columna nutrida de
manifestantes verticistas quiso llegar hasta el edificio del
Departamento, pero fué duramente rechazada por la Policía. Exacerbados
por esta derrota, un grupo de afiliados a un Comité de la Floresta
apedreó al anochecer el Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola. A
esa hora sólo se hallaban en el establecimiento Herrlin y un sirviente.
El profesor estaba ocupado en el trasvase de unos cultivos de cocobacilo
cuando oyó los gritos de los asaltantes y el estrépito de los cristales,
que saltaban en mil pedazos. Corrió a la puerta de entrada y desde allí
procuró descubrir en las sombras el origen del tumulto. A su aparición,
los gritos arreciaron en la calle, así como la lluvia de piedras que se
estrellaban contra el frente de la casa. Un cascote que zumbó más
vigorosamente que los otros alcanzó en una sien al estupefacto Herrlin.
Este sintió el choque; advirtió en seguida la tibieza de la sangre, que
le corría por la cara, y asiéndose al pasamano de la puerta, fué
doblándose lentamente hasta que quedó sin fuerzas en el suelo. Los
gritos de los revoltosos le parecieron mezclarse con el sordo borboteo
de la sangre, y poco a poco fué perdiendo dulcemente la noción de todo,
como cuando se quedaba dormido, frente a la estufa de su cuarto de
estudiante, en Upsala.
CAPITULO XVI
THE RABBIT’S MARCH
Cuando el profesor Herrlin volvió en sí se halló en una habitación de
hospital, toda blanca e inundada de luz. Por una ventana divisó una
extensión de parque, y a lo lejos, la atmósfera fuliginosa de un barrio
fabril. Tres o cuatro personas conversaban animadamente en un extremo de
la estancia. Herrlin creyó reconocer las voces, pero no entendió lo que
decían. A un movimiento suyo, los interlocutores se acercaron al lecho,
y viéndole con los ojos abiertos y la expresión lúcida, comenzaron a
arengarle en una lengua rotunda y armoniosa. El _privat docent_ se
incorporó en el lecho, y después de mirar con angustia a sus
interpelantes, murmuró unas palabras en sueco. Augusto Herrlin se había
olvidado del castellano...
Había olvidado asimismo todo cuanto le aconteciera desde su embarco en
Estocolmo. Las gentes que esos días se acercaron a su lecho no le
parecían extrañas, y las palabras incomprensibles que le dirigieron
sonaban en sus oídos como algo muy conocido; pero ni unas ni otras
evocaron recuerdo alguno en su espíritu. Toda su vida mental se reducía
a sus hábitos e impresiones de Upsala. A veces el paso lento del
practicante de guardia le hacía creer que el profesor Hedenius se
aproximaba para arrancarle de la extraña pesadilla en que estaba
postrado, y otras un vocerío lejano le daba la ilusión de que los
estudiantes abandonaban el _aula magna borealis_ de su vieja
Universidad.
Ese confinamiento en el pasado hacía de él una persona dócil e inerte.
Seguro de que era presa de las ilusiones de un delirio, se entregaba sin
resistencia a todas las sugestiones de los que le rodeaban. Una visita
que le hizo el ministro sueco no le ilustró sobre su situación.
El diplomático, para no comprometerse, no hizo la menor alusión al
cascotazo, y le dirigió esas vagas preguntas y frases consoladoras que
se aplican lo mismo a un enfermo del cólera morbo que al clausurado en
su casa por un resfrío. Como a la semana de su vuelta a la vida Herrlin
fué conducido a casa de doña Asunción. La patrona, que ya le había
visitado en el hospital, le recibió llorando, y esta demostración de
sentimiento arrancó por un instante al _privat docent_ de la
inconsciencia a que se había abandonado.
Satisfecho de darse en el mundo de los sueños con un ente compasivo, le
alargó la mano y la saludó afablemente en sueco. Doña Asunción redobló
el llanto, y en medio de su desconsuelo apuntó el orgullo femenino:
«¡Pobrecito, me ha reconocido!...»
Este estado del director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola
no era conocido sino por unas cuantas personas. Todo el mundo se había
enterado de su salida del hospital y se le suponía ya sano y fuerte.
Era lo mejor que podía ocurrir; el asalto al Instituto despertó una
emoción tan violenta, que de alimentarse con cualquier otra noticia se
comprometería el orden público.
Toda la Prensa condenó enérgicamente el vergonzoso atentado y encareció
el prestigio mundial de la víctima. Sólo _El León de Castilla_ se
permitió insinuar que, de haber sido Herrlin un argentino o un
castellano, los asaltantes no habrían salido tan bien librados. Las
acciones de la candidatura Vértiz sufrieron una merma considerable.
Aunque las fracciones opositoras se asociaron a la protesta pública, no
pudieron eludir cierta responsabilidad. El Comité universitario de la
candidatura Gaona, en un vibrante manifiesto, había acusado del crimen
de lesa ciencia al doctor Vértiz, «instigador directo del ominoso hecho,
que es una página de vergüenza en el infolio inmaculado de la
civilización argentina».
Delfín Acuña, que se constituyera en _manager_ de la candidatura
oficial, tuvo la idea de ofrecer un banquete de desagravio al profesor
Herrlin: era el golpe de gracia a la campaña opositora. Apenas se lanzó
la iniciativa comenzaron a llover adhesiones de las Asociaciones
universitarias, centros científicos, institutos de cultura y Sociedades
pedagógicas; de las sesenta Cooperativas constituídas por los empleados
del Departamento de Protección Agrícola; de los cientos de Comités
gaonistas; de los clubs atléticos escandinavos y de mil organizaciones
de todo carácter. La lista de comensales llegó a una cifra fabulosa, y
la Comisión organizadora se vió en la necesidad de cerrar la inscripción
cuatro días antes del banquete. Para compensar a los miles de ciudadanos
que no pudieron conseguir cubierto, Delfín Acuña imaginó organizar una
manifestación de antorchas que iría a saludar al _privat docent_ a la
salida del teatro donde se tendería la mesa.
Llegó la noche del banquete. El anonadamiento en que vivía el profesor
sueco no preocupó a los directores del homenaje; Acuña había prometido
remediar a todo, y eso les tranquilizaba. El activo provinciano se
presentó al anochecer en casa de doña Asunción, y a fuerza de mímica y
con la ayuda de la patrona vistió al sabio de frac, le pintó con tintura
de yodo la cicatriz, apenas visible, del ominoso cascotazo, y metiéndole
en un automóvil lo llevó al Coliseo. En el vestíbulo aguardaba al sabio
la Comisión organizadora del homenaje. Forzado por su compañero, el
pobre autómata dió la mano a todos, y al penetrar en el inmenso recinto
agradeció con gestos mecánicos la estruendosa aclamación que saludó su
llegada. Sostenido siempre por Delfín Acuña, se llegó como un sonámbulo
hasta la cabecera del banquete y ocupó el lugar de honor. A su lado tomó
ubicación Delfín Acuña. Los mil doscientos comensales se sentaron a lo
largo de las mesas, que parecían perderse en el horizonte, y por un
momento no se oyó más que el ruido de los cubiertos y el rumor de los
dos mil cuatrocientos maxilares. Junto con la memoria, el _privat
docent_ había perdido el apetito; puso los codos sobre la mesa, y con la
cara oculta entre las manos se entregó a sus recuerdos de Upsala. Delfín
Acuña, para explicar esta compostura, dijo a su vecino de la derecha:
--El profesor está mamado....
Y a los pocos segundos esta simple observación, pasando de boca en boca,
había llegado al extremo de la mesa. De aquí saltó el mantel, pasó a la
mesa próxima y corrió por las filas interminables de comensales como un
hilo de agua por las hendeduras de un embaldosado: «¡El profesor está
mamado!... ¡El profesor está mamado!...»
Y los comensales se sonrieron, conmovidos por ese rasgo de hombría, que
ellos consideraban incompatible con el cultivo de las Ciencias
naturales. Sólo en la mesa ocupada por los miembros más espectables de
la colectividad sueca se notaron algunos gestos de disgusto.
Como una delicada atención a las funciones del profesor Herrlin, el menú
del banquete se componía todo de platos alusivos: _Salpicon de p’tit
lapin_, _Soupe de lièvre_, _Oreilles de lapin a la Hindenburg_, _Civet
de lièvre_, _Queue de p’tit lapin a la Sainte Menehould_,
_Welsh-Rabbit_, etc., etcétera. Delfín Acuña había contratado con
destino a la comida la provisión de 4.000 conejos, cuyas pieles, después
de sacrificados, fueron distribuídas a los elementos de los Comités
gaonistas que debían formar en la manifestación de antorchas.
El doctor Gaona ofreció la demostración. Cuando al retirarse el último
plato de conejo se puso de pie, estalló en la sala una ovación
ensordecedora. El candidato a la presidencia se inclinó conmovido, y
encarándose con el _privat docent_ le expuso cuánta admiración tenía
por su talento, cuánto respeto por sus nobles condiciones personales y
cuánta gratitud por los servicios incalculables que había prestado al
país... Y mientras desarrollaba extensamente estos tres tópicos, el
aludido paseaba la mirada distraída de sus ojos azules por el plafón del
teatro. En el preciso instante en que terminó la peroración del
candidato, Delfín Acuña aplicó al _privat docent_ un puñetazo en el
estómago, que le obligó a doblarse sobre la mesa, en señal de
agradecimiento, y antes de que se repusiese del golpe, el doctor Gaona
lo estrechó cordialmente en sus brazos. En ese momento, en medio de las
ovaciones delirantes que suscitó el discurso y la escena del abrazo, la
banda del maestro Malvagni atacó los primeros compases de _The Rabbit’s
March_ (La marcha del conejo), que había venido a ser el himno oficial
de los _gaonistas_. ¡Qué entusiasmo entonces! ¡Con qué profunda unción
se elevaron las primeras palabras de la canción partidista!:
Combatimos al conejo
Desde el norte del Bermejo
Hasta el cabo Santa Cruz (_bis_)
* * * * *
El eco de la canción llegó hasta la multitud, que con las antorchas
encendidas y tremolando 4.000 pieles de conejo daba un aspecto
fantástico a la plaza Libertad. Y 10.000 voces, trémulas de cívica
emoción, entonaron el himno augusto:
Combatimos al conejo
Desde el norte del Bermejo
Hasta el cabo Santa Cruz (_bis_)
* * * * *
Los soldados del escuadrón hicieron la venia...
CAPITULO XVII
«¡EL CONEJO NO EXISTE!»
El doctor Gaona triunfaba. La publicación del _Informe_ había inclinado
la opinión en favor suyo, y el desfile subsecuente al banquete del
Coliseo puso la victoria de su parte. La exhibición de las 4.000 pieles
de conejos, que llenaron de pelusa todo el norte de la ciudad,
impresionó a los electores, que desde esa noche acotaron con leyendas
sarcásticas e injuriosas las proclamas de los verticistas: _¡El conejo
no existe...!_
A dos meses de las elecciones, el candidato oficial podía considerarse
ungido presidente de la República. En el Departamento de Protección
Agrícola reinaba un júbilo extraordinario: Delfín Acuña preparaba una
enorme lista de ascensos y aumentos de sueldos, y Simón Camilo Sánchez
estaba estudiando la posibilidad de contratar un empréstito de cien
millones de pesos para llevar adelante la campaña.
Convencidos de su derrota irremediable, los opositores dejaron de dar
señales de vida. Sólo los diputados socialistas velaban. De acuerdo con
su táctica, habían repartido la lectura de los tres tomos del _Informe
de la Junta Fiscalizadora Honoraria_ entre los veinte secretarios de los
Comités de la capital, reservándose ellos el trabajo de coordinar los
informes y hacer el resumen de toda la labor. A los noventa días de
acometer esa empresa ciclópea, los quince legisladores conocían al
dedillo la vida y milagros del cocobacilo de Herrlin y sabían el té que
se había gastado en la primera semana del primer año en el
Subcomisariato de los Quirquinchos. Pero su asombro no tuvo límite
cuando advirtieron que los mapas reproducidos en el formidable _Atlas_
eran falsos. Todas las cartas levantadas mensualmente durante cinco años
por la Sección de Cartografía del Departamento señalando la repartición
de la plaga leporina habían sido construídas de cabo a rabo con datos
absolutamente inventados. En veinte puntos del territorio no se habían
conocido nunca otros conejos que los reproducidos en los carteles de
propaganda de la Protección Agrícola, y a pesar de eso desaparecían en
los mapas bajo enormes borrones de azul de Prusia. La mistificación
alcanzaba proporciones de epopeya en los mapas de la región de Cuyo,
trazados bajo la dirección de Delfín Acuña; las dos provincias
vitivinícolas parecían un mar inmenso; ¡tan uniforme y constante el añil
que las cubría!
Es de imaginarse el escándalo que en torno de este asunto promovió la
diputación socialista. Las revelaciones que agregaron respecto al manejo
de los fondos de la Protección Agrícola y sobre la inercia criminal que
había reinado en las gestiones para la aplicación del cocobacilo
produjeron en todo el país una sensación de estupor.
El presidente de la República declaró que ayudaría con todo su poder al
esclarecimiento del _affaire_, y dió, en efecto, órdenes al jefe de
Policía para que se pusiera al servicio de la Comisión investigadora
parlamentaria.
Esta inició la instrucción del sumario en medio de la mayor expectativa
pública; los taquígrafos de la Prensa asistían a las sesiones, y a cada
reunión los diarios opositores anunciaban con bombas de estruendo la
aparición de los boletines especiales. Se tomó declaración al ministro
de Agricultura, a Simón Camilo Sánchez, al doctor Gaona y, en fin, a
todos los que habían tenido alguna participación en la campaña contra el
conejo. Cuando le llegó el turno a Delfín Acuña se anunció que acababa
de partir para Montevideo, y en su lugar la Comisión investigadora hizo
traer a su seno al profesor Herrlin. Los taquígrafos de la Prensa no
pudieron recoger ni una sola palabra de las pocas pronunciadas en sueco
por el sabio. Después de una serie de tentativas para entender al
_privat docent_, la Comisión dictaminó que ese individuo no podía ser el
autor de los brillantes trabajos que figuraban en el _Informe_, y que
éstos, con toda seguridad, eran fraguados como los mapas. Augusto
Herrlin fué devuelto a casa de doña Asunción y exonerado en el día por
el superior Gobierno. Los diarios opositores menudearon las bombas y los
boletines, y en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Tucumán y Mendoza se
organizaron espontáneamente grandes manifestaciones populares. El
doctor Gaona declinó su candidatura a la presidencia, y el ministro de
Agricultura presentó su dimisión, que le fué aceptada. En cuanto a Simón
Camilo Sánchez, emprendió discretamente un viaje al Brasil con la
intención de renunciar a la vuelta.
El doctor Juan Carlos Vértiz fué elegido presidente sin oposición. El
día de su asunción del mando, después de prestar juramento ante el
Congreso, se encaminó a su quinta de Morón para meditar sobre los
hombres que debían compartir con él la pesada carga del gobierno.
Al salir fué aclamado por la multitud y llevado en andas desde la plaza
del Congreso hasta la estación del Once, donde le esperaba, para
conducirle a su retiro, un vagón de segunda acoplado a un tren de carga,
pues el doctor Vértiz era muy demócrata. En su entusiasmo, el pueblo
llegó hasta querer desenganchar la locomotora y arrastrar a pulso el
vagón de su ídolo. Pero la fe, que levanta montañas, es incapaz de mover
un vagón de ferrocarril...
CAPITULO XVIII
DONDE SE REVELA POR FIN LA SINGULAR EFICACIA DEL COCOBACILO DE HERRLIN