Su indecisión fué tan evidente que la patrona se resolvió a obrar por su

propia cuenta. En un gesto que le pareció al sabio sueco el de una madre

espartana encerrándose para morir junto con el enemigo de su patria,

dejó el fardo de coliflores en el umbral y empujó las dos batientes de

la puerta. Luego, adelantándose hasta la cama, se arrodilló y comenzó a

dirigirle a _don Pepe_ denuestos y expresiones de cariño, todo sin

resultado.

El hosco intruso debía de haberse dormido en su obscuro refugio.

Alentado por esta idea, Herrlin se bajó de nuevo, esta vez sin recelo, y

pudo ver, como a un metro de los pies torneados del lecho, con las

orejas replegadas a lo largo del cuerpo, en posición de reposo, un

soberbio conejo macho, de pelaje gris claro, de la variedad conocida con

el nombre de «gigante de Flandes» (_Lepus cuniculus giganteus_).

Este descubrimiento despertó los ímpetus belicosos del profesor.

Repentinamente se acordó del estoque oculto entre sus mantas de viaje;

hallólo en un santiamén, desenvainó, se echó de bruces sobre el camión

de alfombra y dirigió la afilada lámina de acero contra el pecho del

conejo.

Doña Asunción, que proseguía de rodillas su canto alterno, al ver el

relampagueo del arma lanzó un grito penetrante.

Se puso de pie, y sujetando a Herrlin de los hombros rompió a sollozar:

--¡Por favor, míster!... ¡No me lo mate!... ¡Animalito de Dios! ¡¡Si es

inocente!!

El profesor, volviendo la cabeza, accedió a las súplicas de su patrona.

Comprendió que _don Pepe_ era el animal tutelar de la casa y que había

estado a punto de cometer un sacrilegio. Envainó el estoque y pidió

disculpas a doña Asunción.

Fué así cómo, contratado para matar conejos, el profesor Herrlin, a los

pocos meses de estar en Buenos Aires, faltó al convenio por ser grato a

una mujer.

CAPITULO X

SÍNTESIS DE TRES EJERCICIOS FINANCIEROS

Desde que el ministro de Agricultura obtuvo aquel triunfo parlamentario,

a base de los informes de Johan van der Elst, hasta que en el Instituto

de Bacteriología pudo abrirse a una vida efímera el primer esporo de un

cocobacilo de Herrlin pasaron muchos meses. Las estaciones se sucedieron

unas a otras; las vides brotaron sus pámpanos, las cañas se hincharon de

savia y los campos se cubrieron varias veces de avena, cebada, maíz y

alfalfa. El presupuesto del Departamento de Protección Agrícola alcanzó

sucesivamente las cifras de 2, 4 y 6 millones; las oficinas

metropolitanas rebosaron de empleados; los Comisariatos se multiplicaron

en todo el país, y el servicio de propaganda, que seguía siendo el

predilecto de Simón Camilo Sánchez, llegó a formas insuperables. Todos

los trenes que cruzaban el territorio llevaban avisos luminosos, y en

las noches serenas de la Pampa, las lechuzas, doctas y noctámbulas,

veían ya sin asombro correr por entre la empalizada de los postes

telegráficos esta fúlgida leyenda: «El conejo es el peor enemigo de la

agricultura.»

Indiferentes a esta continua detractación, los conejos crecían y se

multiplicaban sin descanso.

Ramoneando los pámpanos de las vides; royendo las cañas de azúcar

tiernas; devorando, antes que alcanzaran sazón, las espigas de avena y

de cebada; talando los campos de alfalfa; descortezando en las granjas

próximas a los pueblos las sandías y los melones; desenterrando y

devorando las patatas; tronchando los maizales en flor; atiborrándose de

zanahorias, nabos y arvejas; desayunándose con coles, lechugas y

escarolas; horadando y revolviendo la tierra en su infatigable tarea de

zapadores, los cientos de millares de conejos mostrábanse, sin embargo,

menos diligentes que los tres mil empleados del Departamento de

Protección Agrícola. A pesar de su extraordinaria actividad nutritiva,

aquéllos dejaban siempre algo con lo que el colono podía sembrar para la

próxima cosecha.

En cambio, no hay recuerdo de que la cuenta anual del Departamento de

Protección Agrícola se haya cerrado nunca sin déficit. Rara vez los

millones acordados por el Congreso alcanzaron más allá del mes de

octubre. Semejante insuficiencia crónica de recursos hizo imposible la

creación del Instituto de Bacteriología en que debía prepararse el

bacilo aniquilador de la plaga. Herrlin, sin embargo, fué ocupado algún

tiempo en la formulación de un nuevo plan de campaña, hasta que se

incorporó a la repartición en calidad de asesor técnico. Por espacio de

muchos meses el _privat docent_ debió redactar, sobre la base de los

partes hebdomadarios de los Comisariatos, un largo informe, que nadie se

tomaba el trabajo de leer. La conclusión invariable de todos esos

documentos consistía en aconsejar la propagación inmediata del

cocobacilo, de acuerdo con el plan que había formulado. Cuando Herrlin

llegó a advertir que sus informes se archivaban sin ser tomados en

consideración, dió en la costumbre de leer sus conclusiones a Simón

Camilo Sánchez y de enviar por su cuenta una copia al ministro. Y como a

pesar de todos los desaires siguió obstinándose en leer a todo el mundo

las conclusiones, siempre idénticas, de su informe, fué adquiriendo poco

a poco la reputación de un maniático. Los altos funcionarios del

Departamento no hablaron de él sin mover la cabeza compasivamente; los

empleados no pudieron aludirle sin sonreirse, y los ordenanzas no le

vieron pasar con su abultada cartera sin entregarse a esos silenciosos

accesos de hilaridad propios de los negros.

CAPITULO XI

DONDE EL COCOBACILO DE HERRLIN SE APRESTA A ENTRAR EN ACCIÓN

Ese año, el cuarto que pasaba en Buenos Aires Augusto Herrlin, el

presupuesto del Departamento de Protección Agrícola fué acerbamente

combatido por la diputación socialista.

«¡Que se nos muestre el cadáver de un solo conejo! ¡Que se nos informe

sobre los resultados del cocobacilo!», gritaban los energúmenos a cada

nuevo pedido de fondos.

Ante tales simplistas argumentos, toda elocuencia era vana, y el

ministro tuvo que confesar que, por escasez de recursos, aun no se había

hecho uso del cocobacilo. Todo el mundo lo sabía; pero todo el mundo

creyó necesario asombrarse.

Fué así como ese año se acordaron ocho millones de pesos para la

prosecución de la lucha contra el conejo y se incluyó en la ley de

Presupuesto un artículo mandando iniciar los trabajos para la difusión

del germen fatal.

Convertido en hombre de confianza del ministro, que había puesto a un

lado a Simón Camilo Sánchez por no haber tenido éste la previsión de

organizar una exposición de cadáveres de conejos, Herrlin terminó en

pocas semanas la instalación de un modesto laboratorio bacteriológico.

La nueva dependencia del Departamento de Protección Agrícola ocupó una

amplia casa-quinta en la Floresta.

Se inauguró un día a fines del invierno. El sol tibio, el cielo de un

celeste esplendoroso, los árboles ostentando el verde claro de las hojas

nuevas y el vaho leve de polen que venía del jardín anunciaban la

primavera.

El profesor Herrlin también la anunciaba por la verbosidad con que

acogía a todos los invitados, por el brillo inusitado de su levita

académica, por el optimismo con que consideraba el futuro, por su ansia

incontenible de consagrarse a la preparación de caldos de cultivo y a

ensayos de la virulencia de sus bacilos, por la impaciencia con que

esperaba la iniciación de la ceremonia inaugural.

A su alrededor todo parecía también anunciar la primavera: las letras de

oro del frente del edificio, que refulgían al sol; las banderas, que una

brisa suave desplegaba amorosamente; los vistosos tocados de las mujeres

que discurrían por el jardín... A pesar de las prevenciones de sus

maestros contra la ilusión antropocéntrica, Herrlin vinculaba ese

esplendor de la naturaleza a la buena fortuna de su cocobacilo

(_Cocobacillus cuniculosum_), que iba por fin a poder expandirse

libremente por el territorio de la República.

Herrlin había invitado a la fiesta a su patrona y a sus compañeros de

pensión. Doña Asunción, de gran gala, acompañada por D. José María de

Inclán-Zavaleta, visitó detenidamente las dependencias del local; los

dos estudiantes de medicina, que tomaban por primera vez en serio las

funciones oficiales del profesor, le ayudaron en sus atenciones

sociales, y el empleado de Lutz y Schulz, que faltaba por primera vez a

su trabajo en un día ordinario, pasó la tarde presa de graves

remordimientos.

La inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola había

sido fijada para las dos de la tarde. A las tres el ministro telefoneaba

que se disponía a salir junto con el presidente; a las cuatro mandaba

anunciar que se ponía en camino, y a las cinco, envuelta en las sombras

del crepúsculo, la comitiva oficial hacía su entrada en la quinta.

Después de las presentaciones de rigor, Herrlin mostró al presidente

todas las dependencias del local, y tras esta recorrida, los

funcionarios fueron a ocupar el estrado que se había construído en el

parque frente a las conejeras aún vacías. Allí, sin defección alguna, se

llevó a cabo el programa concertado por Simón Camilo Sánchez, que

constaba de las siguientes partes:

1.º Himno nacional.

2.º Discurso de su excelencia el señor ministro de Agricultura.

3.º Discurso del presidente de la Comisión de Agricultura de la H.

Cámara de Diputados.

4.º Discurso del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura.

5.º Discurso del presidente de la Sociedad Rural.

6.º Discurso del profesor doctor Augusto Herrlin, director del Instituto

Modelo de Bacteriología Agrícola.

7.º _Lunch._

La concurrencia se agolpó en torno del estrado y aguantó a pie firme el

formidable chubasco oratorio. Según la opinión de D. José María de

Inclán-Zavaleta, los cuatro discursos que precedieron al de su amigo

Herrlin no valían la pena de oírse; eran la reedición de todo cuanto

venía diciéndose sobre el conejo desde que este animalito entrara en el

círculo de las preocupaciones gubernamentales. Y más que nada eran

ponderaciones infinitas sobre su voracidad. El apetito de los conejos

arrancaba a los oradores elocuentes expresiones de reprobativa

admiración.

En cambio, la breve peroración del profesor sueco suscitó el entusiasmo

de D. José María de Inclán-Zavaleta.

Herrlin, abandonando la bacteriología, se entró por el terreno de las

ciencias históricas e hizo la síntesis de la lucha constantemente

renovada entre la humanidad y el conejo. Apelando al testimonio de

Strabon, recordó que en tiempos de Augusto los habitantes de las islas

Baleares y de Lípari y los de la Península Ibérica impetraron el auxilio

de las invictas legiones romanas para combatir la plaga leporina, y que

los tenaces roedores habían derribado, socavando sus cimientos, las

murallas ciclópeas de Tarragona.

Además señaló con ironía el hecho singular de que esta fecunda y

extendida especie animal había conseguido dar su nombre a la nación más

caballeresca de la historia.

Los filólogos afirman, en efecto, que la palabra España significa

conejo, porque este animal se llamaba «Saphan» en hebreo, término que

los fenicios convirtieron en Sphania y los latinos en Hispania, España.

«Tengamos presente asimismo--agregó--que Cátulo llama a España

«cuniculosa» (conejera) y que dos medallas acuñadas bajo el reino de

Adriano representan a esta nación en figura de mujer teniendo a sus pies

un conejo pequeño.»

El profesor continuó describiendo las diversas formas de persecución al

conejo a través de las edades, y remató encarándose con el presidente

de la República y dirigiéndole las mismas palabras que el «maire» de una

población rural dedicó a Napoleón III: «Señor: Disponed la inmediata

destrucción de todos los conejos y habréis realizado el acto más grande

del reinado de V. M.»

Una salva de aplausos acogió esta elocuente incitación final; el

presidente hizo a la vez un ademán de aquiescencia y de agradecimiento

(Herrlin le había dado el tratamiento de Vuestra Majestad), y la

concurrencia, fatigada por cuatro horas de plantón, se precipitó

desenfrenadamente hacia la sala del _lunch_.

Las ponderaciones de los oradores sobre el apetito formidable de los

conejos debían haber despertado en el público una noble emulación. Sólo

quien haya arrojado a la madrugada en una conejera populosa un brazado

de frescas hojas de escarola puede formarse una pálida imagen de cómo

desaparecieron las pirámides de dulces, frutas secas y _sándwichs_ que

cubrían de un extremo a otro la amplia mesa de operaciones del

Instituto.

CAPITULO XII

«DON JUAN»

Al día siguiente, en la casa de doña Asunción se festejaba con un

almuerzo excepcional la inauguración del Instituto.

La patrona se había propuesto celebrar el acontecimiento con una comida

el día mismo de su feliz realización; pero hubo que postergarla porque

el profesor Herrlin recibió, por primera vez desde su llegada a Buenos

Aires, una invitación de Simón Camilo Sánchez, e Inclán-Zavaleta, de su

lado, se había comprometido a asistir a la lectura de un drama histórico

del doctor David Peña.

De vuelta de la ceremonia, doña Asunción se sentó a la mesa para la

comida de la noche, pero no probó bocado. Tenía de comensal único al

silencioso empleado de la casa de óptica, gracias a lo cual pudo

reflexionar con detención. Las tareas domésticas no le dejaban, por lo

general, tiempo para hacerlo, y no advirtió así, hasta aquella noche, el

lugar que el ilustre profesor sueco había llegado a ocupar en su casa y

en su corazón.

Contemplando el asiento vacío del ausente, se dió a pensar en lo

desiertos que serían sus días cuando el profesor, concluída su misión,

retornara a su país. No tendría ya la preocupación cotidiana de que

estuvieran listos a las ocho en punto el tazón de café con leche y

crema, las tostadas con mermelada y la copa de Oporto que componían su

desayuno ordinario. No debería ya vigilar para que a las once y media se

sirviera el almuerzo y para que a las tres de la tarde se le enviase el

te con leche, las rebanadas de pan negro con manteca y de pan candeal

con miel, junto con la copita de coñac a que estaba habituado.

Recordaría en vano que a las cinco y media volvía a tomar te solo con

bizcochos y que exigía regularmente la última comida a las ocho de la

noche. Y hasta llegaría a olvidar que las veladas de invierno, en torno

de la estufa, se distinguen de las sobremesas estivales porque en un

caso el ponche debe estar bien caliente, y en el otro, la cerveza bien

helada...

Don Augusto--como había acabado la patrona por llamarle--sabía apreciar

la delicadeza de la vida doméstica. Cuando ella misma arreglaba su

habitación, limpiaba el polvo de los libros y ponía un búcaro de flores

sobre la estantería, el sabio, aunque hubiera estado ausente, reconocía

su mano y le daba las gracias con una efusión infantil.

No; no era como esos ogros de medicina, que llenaban los cajones de las

mesas de luz con trozos de cadáveres, ni como el historiador

Inclán-Zavaleta, que colgaba las medias de las perillas de la cama.

Y absorta en tales reflexiones melancólicas, doña Asunción se quedó

hasta muy tarde sentada ante la mesa.

Sin embargo, al día siguiente no eran todavía las siete de la mañana

cuando la diligente patrona andaba ya revolviendo entre los trastos de

la cocina y traía al trote a la cocinera y a la sirvienta. El

zafarrancho culinario duró hasta media hora antes de la señalada para

el almuerzo, en que doña Asunción, habiendo dejado todo dispuesto, se

sentó a descansar en el jardín.

_Don Pepe_, que andaba retozando por allí, fué a tenderse a sus pies.

Así, toda encendida aún por el resplandor de los fogones, con la

arrogante expresión de una dueña de casa que acaba de imponerse,

humillándola, a una cocinera levantisca; la _matinée_, que señalaba, sin

destacarlas, sus líneas opulentas, y el conejo extendido a sus plantas,

le pareció al _privat docent_ la figura, acuñada en medallas bajo el

reinado de Adriano, que representaba, como se sabe, la Hesperia de los

latinos. Augusto Herrlin estuvo por llamarla «madre de pueblos» y «genio

de una raza voluptuosa y marcial»; pero recordó que era soltera y temió

ofender su pudor.

Nuestro buen profesor no era locuaz; pero estaba dominado aún por la

excitación del día anterior y necesitaba desahogarla en palabras. Así

que, fijándose en el animal, comenzó a decir:

--Este conejo, de la variedad «gigantea», apellidado vulgarmente

«gigante de Flandes», por su nombre científico _Lepus cuniculus

giganteus_, y que se distingue de las otras especies monstruosas por sus

orejas más pequeñas y erectas, no debía llamarse _don Pepe_, sino _don

Juan_.

--¿Por qué, don Augusto?--preguntó suavemente la patrona.

--Las funciones esenciales de estos seres--continuó el profesor--son, en

efecto, la nutrición y el amor, y por ellas debiera caracterizárseles.

Es cierto que ambas son necesidades primordiales de todas las especies y

que el hambre y la pasión sexual (doña Asunción se ruborizó) son los

instintos primarios del hombre; pero en pocos animales alcanzan la

intensidad que en el conejo, la liebre y el lepórido. Los antiguos

romanos habían consagrado la liebre a Venus y tenían su carne por un

manjar afrodisíaco...

Y el _privat docent_ de Upsala siguió ensartando con su ingenuidad de

sabio una serie de detalles procaces sobre las fornicaciones y el

régimen poligámico de los conejos y los románticos torneos amatorios de

las liebres.

Doña Asunción, que escuchaba en silencio el escabroso relato, mientras

acariciaba con mano trémula las sedosas orejas de su protegido, se

levantó precipitadamente al oír el aviso para el almuerzo. _Don Pepe_ o

_don Juan_, como se quiera llamarlo, la siguió a grandes trancos,

moviendo cómicamente las orejas y el rabo, convencido de que aun podía

agradar a su dueña con sus morisquetas y sus gracias infantiles.

Pero desde la sabia disertación del jardín, _don Pepe_ fué para la

opulenta patrona la bestia disoluta, el macho cruel y egoísta, el

incestuoso y filicida, el amante insaciable y seductor satánico que los

poetas han idealizado en el retrato de Don Juan. No volvió jamás a

acariciarle en público; sólo unas pocas veces, a escondidas, lo estrechó

contra su pecho, y besándole nerviosamente, le dijo: «¡Monstruo!...»

CAPITULO XIII

EL HONOR DE LOS PUEBLOS

El almuerzo preparado por doña Asunción en homenaje del sabio

bacteriólogo debía ser su obra maestra; pero, como tantas otras obras

maestras, quedó inconclusa.

A mediados de la comida dos personas reclamaron insistentemente

entrevistarse sin retardo con el profesor. Herrlin abandonó su asiento

de honor y se encerró con los dos visitantes.

--Deben de ser periodistas--dijo la patrona para explicarse la

inoportunidad de su arribo.

Eran, efectivamente, dos periodistas de la Redacción de _El León de

Castilla_, que venían, en nombre de su director, D. Cástulo Z. Pérez de

Manara, a retar a duelo al profesor doctor Augusto Herrlin por las

expresiones denigrantes con que en su discurso de la víspera habíase

referido a la madre patria. Pérez de Manara, que continuaba con honor y

provecho la tradición combativa del periodismo español en el Río de la

Plata, creía que la substitución del león heráldico, emblema de la

nobleza y el valor castellanos, por el conejo de las medallas de la

época de Adriano, y el calificativo de «conejera» (cuniculosa) dado a la

hidalga nación eran afrentas que sólo podían lavarse con la sangre del

profesor sueco.

--Pero, señores, si no hay ofensa alguna...

--No es usted el indicado para pronunciarse a ese respecto--replicó

severamente uno de los padrinos.

--Si no he hecho mas que recoger todos esos datos en las fuentes

históricas...

--Aunque los hubiese bebido usted en la Cibeles--repuso airadamente el

otro padrino--. ¿Cree usted que cuadra a los héroes de Somorrostro el

pedir socorro a las legiones garibaldinas para defenderse de una plaga

de gazapos? Paparruchas, hombre, paparruchas. Ni aunque lo dijesen Ramón

y Cajal y Menéndez y Pelayo...

--No conozco a esos cuatro señores--contestó pacíficamente el sabio--;

pero puedo mostrarles ahora mismo el pasaje del libro III de la

_Geográfica_, de Strabon, en que se refiere el hecho. Tengo a mano la

edición de Kramer, Berlín, 1844-47, ejecutada sobre el _Códice de

París_, 1393, que si ustedes quieren pueden confrontar con la traducción

francesa de M. Amédée Tardieu, París, 1867-94. Pongo esos libros a la

disposición del señor Pérez de Manara...

--Nosotros, señor profesor, hemos venido a desafiar a un hombre, no a

una biblioteca...

Indiferente a los arrebatos de los dos representantes, el _privat

docent_ intentó entrar en una larga disertación para demostrar que el

reconocimiento de la veracidad histórica es compatible con el respeto a

las naciones. Pero a cada argumento ambos padrinos dábanse sendos golpes

en el pecho y exclamaban a coro:

--¡Somos castellanos!...

--¡Y yo soy sueco!--dijo al final, ya amoscado, el profesor de Upsala.

--No sólo lo es usted, sino que se lo hace--enunció el primer padrino.

Por el tono, Herrlin advirtió que esa frase tenía un sentido injurioso.

Cortó resueltamente la conferencia, y rogándoles a los enviados de Pérez

de Manara que aguardasen un instante, se dirigió al comedor con las

facciones demudadas por la ira. Llamó aparte a don José María de

Inclán-Zavaleta y al mayor de los estudiantes de Medicina, y poniéndolos

rápidamente al corriente del asunto, les designó como representantes

suyos. Los dos aceptaron, trasladándose a la sala, donde el cuarteto de

padrinos comenzó a deliberar.

Encerrado mientras tanto en su habitación, Herrlin se entregó a un

desordenado paseo, y terminó arrugando de un puñetazo el primer volumen

de la _Geográfica_, de Strabon, en la correcta edición de Kramer,

Berlín, 1844.

«¡Que doce mil quinientos diablos los utilicen para calentarse los pies

en pleno rigor del estío infernal!», dijo, refiriéndose a las ciencias

históricas y geográficas.

E hizo el voto de no transgredir jamás los límites de la bacteriología.

Aunque las tramitaciones se prolongaron varios días e intervinieron en

ellas el canciller, el ministro de Agricultura, Simón Camilo Sánchez y

el jefe de Policía, además de los cuatro padrinos, Augusto Herrlin salió

bien librado. No le dejaron batirse, y tuvo que contentarse con firmar

una declaración pública en la que enunciaba su afectuoso respeto por la

madre patria, y en la que Strabon, Plinio y Cátulo aparecían como tres

panfletistas que hubiesen escrito bajo las pasiones de la guerra de la

independencia americana. A despecho de los usos caballerescos, el

profesor sueco consintió en entregar él mismo aquella nota a los

padrinos de su adversario.

Estos fueron a recogerla al Instituto en momentos en que Herrlin, con un

ojo aplicado al tubo de un microscopio, veía abrirse un esporo de su

cocobacilo con el regocijo del que advierte la primera sonrisa de su

primogénito.

Uno de los redactores de _El León de Castilla_, indignado por los

arteros recursos del profesor sueco para vencer a los conejos, le dijo a

modo de despedida:

--¡Nosotros los castellanos, señor profesor, matamos los conejos frente

a frente!

CAPITULO XIV

LA SEPTICEMIA DE HERRLIN

A la inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola siguió,

pocas semanas después, la creación de la Junta Fiscalizadora Honoraria

de los trabajos en contra del conejo, que debía informar sobre las

investigaciones científicas del profesor Herrlin. Componían esa Junta el

indispensable Simón Camilo Sánchez, varios altos funcionarios y el

doctor Aníbal Gaona, ex magistrado, ex ministro, ex vocal del Consejo de

Educación, ex embajador, etcétera, etc.

El doctor Gaona era la persona de mayor prestigio del país. Su

reputación de integridad no podía ser igualada por nadie, porque nadie

como él había firmado siempre en disidencia en los acuerdos de las

Cámaras de apelaciones, ni había renunciado tantos ministerios a los

pocos días de aceptarlos como una solución nacional, ni había sufrido un

número mayor de injustas derrotas en los comicios. Su designación fué

acogida con aplauso por todo el mundo y señalada como un indicio de que

el Gobierno estaba irrevocablemente resuelto a llevar adelante la

campaña leporicida.

Tres relatos porteños Segunda edición · 第 2 / 8 段