Cuando llegó al Ministerio de Agricultura comenzaban a aflui

[Illustration]

ARTURO CANCELA

TRES RELATOS

PORTEÑOS

EL COCOBACILO DE HERRLIN

UNA SEMANA DE HOLGORIO

EL CULTO DE LOS HEROES

(SEGUNDA EDICIÓN)

[Illustration]

COLECCIÓN CONTEMPORANEA · CALPE

TRES RELATOS PORTEÑOS

ES PROPIEDAD

COPYRIGHT BY CALPE, MADRID, 1923

Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA

Talleres "Calpe", Ríos Rosas, 24.--MADRID

PRÓLOGO

Men walk as prophecies of the

next age.--EMERSON.

_El autor de_ TRES RELATOS PORTEÑOS _nació en 1892. Le quedan muchos

años por vivir. Vió la luz en Buenos Aires. La vida intensa de estos

hormigueros y caravanseras que ha socavado y llevado la civilización en

la tenue y quebradiza costra del planeta no tiene para él secretos

ningunos. Estudió en el Colegio Nacional. Tiene ganado en brava lucha su

título de bachiller. Asistió más tarde a las aulas de la Escuela de

Medicina, con el propósito de conocer al hombre, mas no con el de

aliviarle sus dolencias por medio de las drogas o el bisturí, porque, a

poco andar, ya había plantado sus reales en el Instituto Pedagógico, si

hemos de creer a sus biógrafos más desinteresados. Su curiosidad de las

cosas humanas le hizo abandonar estas disciplinas para entrar en 1910 a

ser preparador experimental del Laboratorio Psicológico. A todas partes

le llevaba el deseo de conocer al hombre, de escudriñarle las entrañas y

disecarle el pensamiento. Satisfecha su curiosidad en el Laboratorio,

puso la mira en la Prensa diaria, documento humano de una riqueza

fascinadora y de una extensión suficiente para colmar el apetito de los

más insaciables investigadores del corazón humano. Allí se aposentó,

allí parece haber hecho mansión definitiva, y en voceros de la opinión

argentina empezó a darle al mundo el resultado de su experiencia y de

sus estudios personales. No es Cancela un mero escritor imaginativo. Ha

vertido sobre las cosas y los hombres la luz del conocimiento antes de

ponerse a describirlas o desenmascararlos. Es una manera de probidad que

no abunda en los escritores juveniles. Tal hay que escribe novelas sobre

las costumbres de los mayas sin haber visitado la América Central ni

leído siquiera lo poco que de esas tribus ha llegado hasta nosotros._

_Cancela recibió de la Naturaleza el don de ver, el don de penetrar y el

don de describir. Hay quienes describen sin haber visto y deslumbran

como deslumbra el cohete, derramando luces inconexas en la obscuridad.

Hay quienes ven la superficie y producen con sus descripciones la

impresión de lo vacuo, porque la Naturaleza les ha negado la facultad de

profundizar en la observación hasta descubrir el alma de las cosas y las

intenciones de los hombres. Es tan penetrante la visión interior de

Cancela, que suele cautivar a sus lectores pintando con minuciosidad

extrema la vida interior de los necios y, lo que es aún más difícil, la

de las necias._

_Se ha colocado, en presencia de la vida, en una actitud de observador

compadecido de las flaquezas, de la estulticia humana. No se indigna:

sonríe. Ni siquiera condesciende en reírse. Parece como si temiera que

la carcajada interrumpiese la benévola eficacia del pensamiento. Una

actitud parecida a ésta ha debido de asumir Sócrates y sin duda la tuvo

Cervantes en presencia del conflicto vital. Corregir es inepto. La burla

resulta inadecuada. Sonreír es lo más honesto y en ocasiones lo más

elegante, porque si el chiste reverbera y el sarcasmo punza y provoca la

reacción del espíritu vulnerado, la reverberación y el encono pasan

pronto y a veces pasa con ellos el mérito literario de la obra que los

ha producido._

_Del verdadero escritor humorista se dice que vive la vida de su tiempo

y la de los años por venir. Este libro de Cancela tiene con la vida

contemporánea nexos indestructibles. Acaso no estuvo en el ánimo de su

autor, pero estos tres bocetos se rozan con los más graves problemas de

la hora presente. Acaso sean también una premonición para los hombres

del porvenir. La historia del doctor Herrlin se roza con esta especie de

religión nacida, a última hora, de la fe ciega que los hombres han

puesto en la técnica y en los expertos. La credulidad humana es cosa tan

tenaz y tan falta de lógica que, a pesar de la guerra de 1914, el

fracaso más estruendoso de la técnica, de los peritos militares y de los

expertos en materia de finanzas, aquella religión no ha quemado sus

ídolos ni derribado sus templos. La psicología comparada, que había

pronosticado la decadencia de franceses, ingleses e italianos y su fácil

vencimiento por las tribus septentrionales, continúa iluminando el

cerebro de los profesores. Los hombres que le increpaban a Alemania su

incapacidad de entender a otros pueblos han resultado igualmente

limitados para escudriñar el alma de los alemanes. Los peritos, los

técnicos, parecen empeñados en destruir la civilización, que, según

todas las probabilidades, ha sido la obra de la casualidad y del

esfuerzo intercadente de algunos pueblos amantes de la gracia y de la

comodidad. Cancela ha visto que en América la religión de la técnica se

ha complicado con la superstición del extranjero. Allá basta que un

hombre atormente la sintaxis castellana y tenga una pronunciación

rocallosa para que le sea fácil abordar el interior de los templos en

que se celebra el rito de la técnica._

_Otro de nuestros males presentes es la lucha de clases: mal tempestuoso

que está privando por dondequiera a la especie humana de sus más

excelsas cumbres. Un día cae Canalejas; otro, Jaurès. Una mano obscura

cercenaba la vida de Kurt Eisner, acaso la misma mano que más tarde

señalaba el fin de la inteligencia fastuosa de Rathenau. El mundo se

disuelve comenzando por la desaparición de los grandes hombres. Un

vértigo como éste, de envidia incomprimida, trajo, según Burckhardt, el

ocaso de la cultura griega. En_ Una semana de holgorio _está de bulto

la ceguedad del odio de clases._

_Por fin, Cancela ha puesto su cauterio sobre los bordes cárdenos de

otra llaga social. La úlcera maligna de los nuevos ricos obra con menos

vehemencia en este empeño destructor, pero no con menos eficacia. El

nuevo rico, ahora como en tiempos de la Roma decadente, contribuye a la

tarea disolvente rebajando el nivel de los grandes valores vitales. El

no destruye, pero degrada. La fortuna, que pone a su alcance la flor de

los valores de cultura, no le ha dado ni la inteligencia para

comprenderlos ni la capacidad de refinar su espíritu gozando de ellos.

Para ponerlos a su alcance tiene por fuerza que traerlos a un plano

inferior, donde se degradan o se invierten. Triste fenómeno social

estudiado en_ El culto de los héroes.

_Todo esto lo ha visto la inteligencia de Cancela. Pero demasiado

discreto para hacer el pedagogo, ha querido pasar por un mero relator de

sucesos contemporáneos. Es, en efecto, un narrador de altas dotes. Su

frase es pura y tersa como la corriente de un arroyo que serpentea por

el valle después de haber golpeado el cristal de sus ondas contra las

rocas de la alta sierra. La fuerza representativa, el humor predominante

en su concepto de la vida, la gracia elusiva de su estilo, su actitud

impersonal ante las miserias que describe, hacen de Cancela un hombre de

esos a quienes se refiere Emerson cuando dice que son las profecías

ambulantes del mundo que ha de venir._ Adveniat regnum tuum.

_No quiero terminar estos apuntes sin felicitar sinceramente a «Calpe»

por el acierto con que ha escogido este libro para dar a los españoles

una idea de la literatura americana contemporánea de lengua castellana.

El libro favorece a las letras americanas, pero es un digno exponente de

ellas. En la obra mecánica la fuerza se mide en las partes más flacas.

La resistencia de una cadena la da rigurosamente el más débil de sus

eslabones. No es así en las obras del pensamiento. La literatura de los

pueblos se mide por la altura de las cumbres más excelsas: Dante,

Shakespeare, Cervantes, Goethe, Tolstoi. La lista se agota pronto. Lo

demás es documento con que los eruditos suelen llenar sus fichas._

B. SANÍN CANO.

EL COCOBACILO DE HERRLIN

CAPITULO PRIMERO

SIMPLE INTRODUCCIÓN A UNA HISTORIA COMPLICADA

Cuando Augusto Herrlin, _privat docent_ de la Facultad de Upsala,

publicó su «Informe sobre algunas observaciones hechas acerca de una

nueva enfermedad infecciosa del conejo silvestre (_Lepus cuniculus

vulgaris_)» era todavía lo que en los círculos científicos de la vieja

ciudad universitaria suele llamarse un joven de porvenir. Acababa de

entrar en los cuarenta años; hacía justamente ocho que estaba de novio

con la séptima hija del profesor Hedenius, titular de su materia, y

tenía abiertas ante sí, en todo sentido, perspectivas envidiables. Su

reputación profesional comenzaba a apuntar, y a no ser por el agrado con

que seguía la práctica de los deportes de invierno en las revistas

ilustradas de Estocolmo, habríasele supuesto en condiciones de

substituir en la cátedra a su futuro padre político.

La publicación del informe--cuyo texto era ya conocido, pues había

figurado, a modo de artículo, en la _Revista del Instituto de

Bacteriología_ de Lund, se hallaba incluído en los _Anales de la Real

Academia de Upsala_ y fuera divulgado en uno de los últimos números de

los _Cuadernos bimensuales de la Sociedad Escandinava de Agricultura

científica_--no obedecía, como podría creerse, a un ansia de

popularidad. Augusto Herrlin desdeñaba las reputaciones demasiado

ruidosas que trascienden los medios académicos y llegan hasta los

libreros y los alumnos del Gimnasio Real de la localidad. La edición, en

folleto, de su interesante trabajo debíase, por consiguiente, a

sentimientos de otro género.

En la primera semana de mayo se cumplía el octavo aniversario de su

compromiso con la séptima hija del profesor Hedenius. ¿Qué mejor

testimonio de la constancia de su afecto que ofrecerle en esa ocasión el

fruto de sus labores juveniles?

Herrlin había encargado, pues, al impresor de la Universidad una edición

reducida del «Informe», que ostentaba en su anteportada la siguiente

dedicatoria:

A MI PROMETIDA

HAROLDA HEDENIUS

QUE UNE

A SU VIRTUD Y BELLEZA

UN NOMBRE ILUSTRE

EN LAS

CONQUISTAS DE LA FLORA MICROSCÓPICA

CAPITULO II

UN INFORME CONSULAR

Hasta hace algún tiempo, el único argentino establecido en Estocolmo era

M. Johann van der Elst, un holandés naturalizado que acostumbraba a

residir en Rotterdam, lo cual no le impedía desempeñar con celo y

contracción ejemplares las funciones de vicecónsul de la República en la

capital sueca.

La información que enviaba mensualmente al Ministerio de Relaciones

Exteriores era un índice preciso y minucioso del intercambio comercial

sueco argentino, aumentado, a menudo, con abundantes noticias sobre las

invenciones, descubrimientos y nuevos métodos científicos e industriales

que pudiesen interesar a la agropecuaria sudamericana. Esa contribución

de van der Elst al progreso de nuestras industrias madres era difundida

en todo el país por el _Boletín del Ministerio de Relaciones

Exteriores_, que adquiría en tales circunstancias un volumen

considerable.

A veces, el Ministerio de Agricultura reproducía en sus publicaciones

parte de la correspondencia del vicecónsul en Estocolmo, y hasta en

cierta oportunidad repartió 10.000 folletos de propaganda sobre un nuevo

procedimiento para la producción de quesos frescos, transmitido por van

der Elst.

Pero el informe suyo que tuvo mayor fortuna fué el referente al empleo

del marlo del maíz en la fabricación de pasta de papel. Llegado al país

en momentos en que mayor era la escasez de este producto, fué publicado

en el _Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores_, reproducido en

los _Anales del Ministerio de Agricultura_, insertado en síntesis en los

grandes diarios de la capital y del Rosario, incluído en la _Revista de

la Universidad de Buenos Aires_ como nota de un artículo del doctor

Ernesto Quesada, y transcrito, por último, en el _Diario de Sesiones_ de

la Cámara de Diputados, acompañando el proyecto de ley por el cual se

mandaba iniciar los estudios necesarios para el establecimiento de la

nueva industria. Así, por una paradoja frecuente en la terapéutica

social, el primer efecto del salvador informe de van der Elst consistió

en la agudización de la crisis papelera.

No es, pues, nada extraño que, al recibirse en Buenos Aires una

correspondencia del Viceconsulado en Estocolmo dando cuenta de que el

profesor Herrlin, de la Universidad de Upsala, había descubierto un

bacilo que determinaba una epizootia fatal entre los conejos silvestres,

la noticia se difundiese rápidamente. El relato de esa brillante

conquista científica y las consideraciones de van der Elst sobre las

consecuencias de su aplicación a la lucha contra el conejo y la liebre,

enemigos naturales de la agricultura, fueron pronto familiares a los

espíritus porteños.

Este último informe llegaba en momentos en que el apetito de algunos

millares de conejos se satisfacía a costa de los campos del Sur, y muy

pronto el cocobacilo de Herrlin fué bendecido por muchos corazones como

el ángel salvador de los sembrados.

Por aquellos días, al discutirse el presupuesto, un diputado reprochó a

la cancillería no reservara exclusivamente a los ciudadanos nativos el

desempeño de los cargos consulares. Y para justificar su observación

leyó una lista de los extranjeros y ciudadanos naturalizados que tenían

la representación de nuestros intereses comerciales en el exterior, en

la que figuraba, naturalmente, el vicecónsul en Estocolmo.

¡Nunca lo hubiera hecho! A la sola mención del activo colaborador del

_Boletín_ de su ministerio, el canciller se agitó en su banca y pidió la

palabra con voz trémula. Se la concedieron de inmediato, y comenzó su

discurso en medió de la expectativa de la Cámara. Recogió el último

nombre leído por el diputado, el de Johann van der Elst, como ejemplo de

los errores e injusticias a que pueden conducir los defectos de

información y la precipitación en los juicios. No quería fatigar a la

Cámara; mas para llevar a todos el convencimiento de que la vigilancia

de nuestros intereses comerciales en el exterior se hallaba en buenas

manos, él iba a ceder la palabra a su colega de Agricultura, quien

diría en qué forma los agentes consulares contribuían al desarrollo de

las industrias «cardinales» de la nación...

A tres bancas de distancia del canciller, en el semicírculo ministerial,

el secretario de Agricultura comenzó a hablar. Con los ojos fijos en el

reloj que corona el estrado de la presidencia, habló y habló, enumerando

todos los beneficios que la agricultura y la ganadería podrían retirar

de las informaciones transmitidas por el Viceconsulado en Estocolmo. Se

refirió especialmente al nuevo procedimiento para la obtención de quesos

frescos, que había sido dado a conocer en 10.000 folletos de propaganda,

y recordó el informe respecto a la fabricación de pasta de papel con el

marlo de maíz, que había sido materia de un proyecto de ley. Pero el

momento en que el orador obtuvo efectos de elocuencia fué al entrar en

el comentario de la última comunicación de van der Elst. Los estragos de

los conejos que devoraban las cosechas, trastornaban la topografía de

los campos del Sur y arruinaban a los colonos, determinando, en

consecuencia, el depreciamiento de la propiedad rural y la alteración de

nuestro régimen económico, fueron descritos con trazos pavorosos, para

mostrar en seguida al cocobacilo de Herrlin restituyendo los campos a su

prístina feracidad, devolviendo la tranquilidad y el bienestar a los

colonos, provocando la valorización de las tierras, el acrecentamiento

de la riqueza nacional y la restauración de nuestro crédito exterior...

Ante esa síntesis grandiosa de las consecuencias de una victoria

completa sobre los conejos, la Cámara, poniéndose de pie, aclamó al

ministro de Agricultura.

CAPITULO III

LA MANCHA AZUL

Antes de la sesión en que tan bien sentado dejó el prestigio de Johann

van der Elst, el ministro de Agricultura no había reflexionado

seriamente en la realidad de la plaga leporina. Naturalmente escéptico,

no se le había ocurrido hasta entonces que esos animalitos tímidos que

veía en las vidrieras de los bazares, siempre en disposición de tocar el

tambor, pudiesen destrozar las viñas y devorar los sembrados. Fué

necesario que el fuego de la elocuencia le poseyera para que en una

súbita revelación alcanzase, al propio tiempo que la comunicaba a su

auditorio, la clara visión del peligro. Y al reflexionar en la soledad

sobre su triunfo oratorio advirtió que había sido el intérprete

inconsciente de una gran aspiración del alma nacional: la guerra al

conejo...

Esta comprobación le llevó de inmediato a planear la campaña decisiva

contra la plaga, campaña que constituía, según dijera él mismo, «una

improrrogable e imperiosa urgencia nacional».

Quedó así resuelta la contratación del sabio sueco por el Gobierno

argentino para dirigir la campaña en contra del conejo.

Al mismo tiempo el ministro encargó al doctor Simón Camilo Sánchez el

proyecto de la Oficina que se haría cargo de los trabajos para combatir

la plaga y llevaría a la práctica las combinaciones científicas del

profesor sueco.

El candidato no podía ser mejor elegido. El doctor Simón Camilo Sánchez

era director general de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, y

catedrático de Derecho internacional, Procedimiento consular, Historia

americana, de Economía política y Filosofía del derecho.

Este personaje enciclopédico sometió al ministro a los pocos días el

plan completo de la nueva repartición, que se llamaría «Departamento de

Protección agrícola». Por ese proyecto, el territorio de la República

se dividía en veinte zonas, cada una de las cuales se entregaba a la

vigilancia de un Comisariato, que debía informar semanalmente sobre los

destrozos ocasionados por los conejos y los lugares y circunstancias en

que se hubiese visto rondar a los merodeadores de largas orejas. Una

oficina central organizaría todos esos datos, a fin de publicar un mapa

en que se evidenciara la repartición geográfica de la plaga. Cuando las

gestiones para el contrato del sabio sueco llegasen a su término, éste

hallaría listos todos los elementos para la aplicación del cocobacilo.

El ministro aceptó el plan en todos sus detalles y lo incluyó en el

presupuesto para el año entrante, destinándole una suma global de medio

millón de pesos. Entre tanto creó, por simple decreto, el Departamento

de Protección Agrícola, y constituyó, con 250 empleados, los cuadros del

futuro personal de la repartición.

Esta comenzó a funcionar al poco tiempo bajo la dirección del ubicuo y

omnisciente Simón Camilo Sánchez. Los veinte comisariatos iniciaron su

acción con mucho empuje: desde todos los puntos de la República llegaron

telegramas, notas, informes y comunicaciones, señalando los puntos en

que los conejos ejercitaban su voracidad y haciendo notar la rapidez de

movimientos y el carácter tímido de los perjudiciales roedores. Con

tales datos, el Departamento de Protección Agrícola dibujó un mapa, en

el que se representaba con una mancha azul el radio de acción de los

conejos. La ingeniosa carta, que fué reproducida por todos los diarios,

llevó la alarma a los espíritus más indiferentes: la mancha azul lo

cubría todo... Parecía que sobre el territorio de la República se

hubiera volcado un frasco de tinta Stephens.

CAPITULO IV

PRELIMINARES DE LA CAMPAÑA

Los Comisariatos de la Protección Agrícola no tuvieron al comienzo

función ofensiva alguna. Su labor consistió en vigilar al enemigo,

descubrir sus puntos de concentración, sus hábitos de vida, el forraje

que prefería y las horas que destinaba al reposo. Esas tareas, justo es

reconocerlo, fueron admirablemente cumplidas por las veinte secciones.

A los cuatro meses de su creación pudo asegurarse oficialmente que los

conejos eran animales cuadrúpedos, mamíferos, de unos 45 centímetros de

largo, muy veloces y extraordinariamente fecundos. Apenas agotados tales

reconocimientos comenzaron a llegar atentas observaciones de algunos

comisariatos respecto a la exigüidad del personal que se les había

atribuído. «Para informar a esa Dirección sobre el desarrollo y las

proporciones de la plaga en toda la provincia--decía, en una nota,

Delfín Acuña, el jefe del Comisariato de Mendoza--no bastan los diez

empleados que tengo a mis órdenes. Si el señor ministro quiere que

nuestro resumen hebdomadario se refiera a toda la zona cultivada es

preciso decuplicar, por lo menos, ese personal». Y Delfín Acuña entraba

en el detalle de la distribución estratégica que daría a esos cien

empleados.

Simón Camilo Sánchez, al informar al ministro sobre estas notas, sostuvo

el aumento del presupuesto; pero como la situación económica no lo

permitía, las comunicaciones fueron archivadas.

Delfín Acuña no era hombre de hacer una observación en balde. Se había

venido junto con la nota a la capital y había tenido aquí largas

conferencias con los diputados de su provincia.

Así, la primera vez que el ministro concurrió a la reunión de la

Comisión de Presupuesto se vió forzado a convenir que el personal de los

Comisariatos era efectivamente escaso. La Comisión propuso en seguida

un aumento considerable en los empleados afectados a la extinción del

conejo, aumento que se distribuiría según la importancia de cada

provincia y el grado de extensión de la plaga. Se instituyeron de ese

modo Comisariatos de primera, de segunda, de tercera, etc., etc. En

total, 1.200 ciudadanos recibieron emolumentos oficiales gracias a la

maravillosa eficacia del cocobacilo de Herrlin.

Semejante acrecentamiento del personal hizo necesaria la ampliación del

organismo administrativo central. Se crearon, fuera de presupuesto, las

oficinas de «Dirección del personal», «Estadística» y «Propaganda»: 300

nuevos ciudadanos cobraron sueldos del Estado.

La oficina de «Propaganda» era debida a una ingeniosa idea de Simón

Camilo Sánchez. El director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura,

considerando que para la completa realización de los fines de la

Protección Agrícola era imprescindible la buena voluntad de los

agricultores, se propuso ganarla mediante una intensa campaña de

vulgarización científica.

Constituyó, pues, esa Sección, que comenzó a expedir millares de

folletos conteniendo la descripción del conejo (tamaño, movilidad,

fecundidad) y la enumeración de sus hábitos nocivos. Además inundó el

país de carteles con sintéticas leyendas, de grabados ilustrativos, de

mapas de la República horriblemente manchados de azul...

La propaganda de la Protección Agrícola llegó hasta el punto de que un

colono del lugar más apartado de la Pampa no podía recorrer su campo,

revuelto y horadado por los conejos, sin encontrar sobre el camino un

cartelón que anunciaba:

«El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»

CAPITULO V

LA PRIMERA VUELTA

Tres meses después de la ratificación de su contrato, Herrlin desembarcó

en Buenos Aires. Desde que publicara el «Informe», en el octavo

aniversario de su compromiso matrimonial, habían pasado casi dos años, y

a no ser porque creyó de corta duración la nueva empresa, antes de

venirse habría entrado en la familia de su viejo maestro.

Herrlin llegó, pues, soltero, lleno de ilusiones y con las mejores ideas

sobre nuestro país, que había recogido en su estudio del castellano y de

la historia y geografía argentinas.

Se alojó en un hotel del Retiro, vistió su buen traje de levita, ajustó

en la cabeza rasurada el lustroso cilindro de ceremonia, y con el

paraguas al brazo echó a andar, a pasos firmes y sonoros, por la calle

Florida en dirección al centro. El _privat docent_ advirtió que, tras su

paso, la gente, sobre todo las mujeres, se volvían como para leer algo

en su espalda. Supuso que observaban el corte de su levita, proveniente

de la Sastrería Académica de Upsala, fundada el mismo año que la

Universidad, en 1476, y anotó esa curiosidad como un síntoma favorable a

sí mismo y al país.

Cuando llegó al Ministerio de Agricultura comenzaban a afluir los

empleados. Frente a la pequeña sala de espera, en que se hallaba junto a

un afable postulante, el profesor sueco vió pasar cientos y cientos de

hombres jóvenes, alegres y elegantes, idénticos a los que acababa de ver

discurriendo por las aceras y conversando en los cafés. Admirado del

interminable desfile, Herrlin exclamó:

--¡Cuántos empleados!

--Esto no es nada--repuso el postulante--; los otros son muchos más...

--¿Los de otro turno?

--No; los que no vienen nunca...

Esta respuesta dió a Herrlin la prueba de que su conocimiento del

castellano era todavía deficiente; no se explicó el sentido de las

palabras del postulante ni la sonrisa irónica con que las acompañó.

Desconcertado por su primera dificultad idiomática, el _privat docent_

guardó silencio hasta que, ya bien entrada la tarde, pudo ver al

secretario del ministro.

Evidentemente, al exponer sus títulos, la misión que se había empeñado

en conferirle el Gobierno argentino y el objeto de su primera visita

debió de expresarse inapropiadamente, a juzgar por el estupor que denotó

el secretario.

«¡El profesor Herrlin! ¡El profesor Herrlin!», repetía con pavor,

mirando para todos lados, como si quisiese descubrir un lugar donde

ocultarlo...

Herrlin llegaba, efectivamente, en el momento más inoportuno. El

Departamento de Protección Agrícola, por su monstruoso crecimiento de

los últimos meses, había venido a constituir un peligro para el

Gobierno. Los diputados socialistas, apoyados por muchos representantes

del litoral, hallaban desproporcionada la suma de 1.500.000 pesos que se

le asignaba en el presupuesto para el año entrante. Su oposición fué

irreductible, al punto que el ministro se vió obligado a admitir la

disminución de esa partida a 1.450.000 pesos, aunque no sin prevenir

elocuentemente que el Departamento no podría cumplir sus fines y estaría

forzado a limitar sus publicaciones de propaganda. Y como su posición en

el Gabinete no era muy segura, indicó a Simón Camilo Sánchez la

necesidad de que, para evitar la reanudación de los ataques, el

Departamento diese pocas señales de vida. Además resolvió introducir

economías en la repartición, y a ese objeto dejó sin proveer una vacante

de escribiente que acababa de producirse en el Comisariato de tercera de

la Rioja.

El secretario tenía, pues, razón al pretender ocultar al profesor

Herrlin. La llegada del sabio volvía a poner en evidencia al

Departamento, que quién sabe si podría resistir el fuego cruzado de

editoriales y discursos que soportara recientemente sin mucha gallardía.

No atreviéndose a llevar esta mala noticia al malhumorado ministro, el

secretario creyó conveniente aplazar el asunto.

Después de recomendarle mucha reserva sobre su arribo y la misión que

traía hasta tanto recibiera órdenes, le dijo en forma de despedida:

--Vea, doctor... Dése una vuelta...

Y se quedó meditando sobre el día conveniente para una entrevista con el

ministro.

Pero Herrlin, entendiendo la frase en su sentido directo, creyó que el

secretario deseaba admirar el corte de su levita académica, y con el

cuerpo rígido, en posición militar, dió en cuatro tiempos una vuelta

completa.

Fué la primera y la más simple que le hizo ejecutar nuestro mecanismo

administrativo. De allí en adelante siguió dando vueltas de órbitas cada

vez más complicadas e inútiles, girando y girando en torno de la

excelencia ministerial, como un satélite condenado a presentar siempre

al centro del sistema una faz de eterno postulante...

CAPITULO VI

LA MÁSCARA DE HIERRO

En los días que siguieron, Herrlin dió repetidas vueltas por el

Ministerio de Agricultura, y todas las veces salió asombrado del mucho

interés que se concedía a su levita y del ninguno que se dedicaba a su

misión científica.

El secretario le atendía amablemente, le ofrecía té, cigarros y licores;

le iniciaba en la vida fácil y el lenguaje reducido y pintoresco de

nuestros elegantes, pero no se atrevía a ponerle en contacto con el

ministro, ni mucho menos a hacerle adelanto alguno respecto a sus

funciones leporicidas. Se arriesgaba, todo lo más, a recomendarle mucha

discreción, a prevenirle no dejase sospechar su existencia a los

periodistas, y a ser cauto en sus opiniones sobre la extinción del

conejo. Herrlin había llegado en un momento crítico, y una palabra suya

podía comprometer la suerte del ministro y provocar el aniquilamiento

del Departamento de Protección Agrícola. Era preciso aguardar a que la

situación política se despejase, y entonces ya podría recobrar el tiempo

perdido. Entre tanto debía resignarse a permanecer ignorado e inactivo y

a cobrar todos los meses en Secretaría la asignación mensual fijada por

contrato.

Herrlin no tuvo más remedio que conformarse. Inició entonces una vida de

ocio y misterio, que llegó a pesarle como un manto de plomo. Lejos de

sus libros, de su mesa de trabajo en el modesto laboratorio de Upsala,

de las amables tertulias familiares en la vieja casa del profesor

Hedenius, los días crudamente luminosos de Buenos Aires le parecían

inmensos, y las noches, interminables. El incógnito que recataba su

persona creaba en torno suyo una zona infranqueable, y para no

traicionarse, debía, muy a pesar suyo, mostrarse hosco y receloso en

esta ciudad de gentes de fácil trato. Cuando no iba al Ministerio,

consagraba la tarde a interminables caminatas por la ciudad, y la noche

a solitarias libaciones en cualquier bar del centro. Este era el único

momento tranquilo de su existencia; se sentía aligerado de su secreto,

rico de esperanzas y lleno de impulsos belicosos. Soñaba en vengarse

sobre los conejos de la inacción a que le obligaban las complicaciones

políticas del país y en alfombrar su cuarto con las pieles de los

vencidos, como los crueles guerreros de Asiria.

Pero al día siguiente la dura realidad volvía a dominarlo, y tenía

entonces conciencia de ser una especie de Hombre de la Máscara de

Hierro, libre pero incomunicado, que paseaba por la ciudad un formidable

e insólito secreto de Estado acerca de los conejos.

CAPITULO VII

DONDE SE ENTRA EN CONTACTO CON EL ENEMIGO

Augusto Herrlin no pudo soportar mucho tiempo la vida de hotel.

Convencido de que la situación política de la República le obligaría a

permanecer aquí mucho más de lo que había calculado, escribió a Upsala

recomendando paciencia a la hija del profesor Hedenius y tomó

alojamiento en una casa de pensión.

Este cambio le fué beneficioso. Gracias al simulacro de vida de hogar

que imperaba en el reducido establecimiento de doña Asunción Fragoso, el

_privat docent_ recuperó la alegría y el sosiego que perdiera desde su

arribo a Buenos Aires. Allí encontró, aparte de los hábitos ordenados y

modestos que eran los suyos, una sociedad grata a su espíritu. Vivían en

casa de doña Asunción dos estudiantes de Medicina, un viejo empleado de

una casa de óptica y don José María de Inclán-Zavaleta, apasionado

cultor de la historia patria.

El profesor sueco intimó prontamente con sus compañeros de pensión. En

torno de la mesa familiar, discurrió sobre bacteriología con los

estudiantes de Medicina, habló con el óptico de microscopios y aparatos

de investigación, y escuchó atentamente las disquisiciones de

Inclán-Zavaleta.

Exento de vanidad y de picardía, Herrlin fué estimado por todos a los

pocos días como un viejo amigo.

Doña Asunción, en especial, le cobró un profundo cariño, admirando

juntamente en él la universalidad de su saber y de su apetito.

En ese ambiente de afable vida doméstica, una noche en que la sobremesa

se prolongó más de lo de costumbre, porque doña Asunción había entablado

una larga controversia con los estudiantes sobre los horrores de la

vivisección, el profesor Herrlin estableció su primer contacto con el

enemigo.

Sentado al extremo de la mesa, próximo a una puerta que se abría sobre

el jardín, el profesor escuchaba el alegato de la patrona, cuando el

rumor de un roce sobre la alfombra, a los pies suyos, atrajo su

atención. Fuera del círculo de luz que una pantalla verde arrojaba sobre

la mesa, todo el comedor se hallaba sumergido en las tinieblas. A

Herrlin le costó discernir el sentido de la forma blancuzca que se

gitaba a sus plantas. Reconoció poco a poco un par de largas orejas

velludas, un hocico movible, dos largos bigotes y un labio hendido

perpendicularmente... Era un conejo de la variedad «gigantea» (_Lepus

cuniculus giganteus_), un hermoso ejemplar de macho, de cabeza larga y

fuerte y de robustas extremidades posteriores.

Sorprendido por semejante aparición, Herrlin quedó inmóvil en su

asiento. El conejo, después de husmear desenfadadamente los botines del

profesor, retrocedió unos pasos, se enderezó sobre las patas, y con las

manos juntas sobre el pecho, levantó el hocico al aire. Como en esa

posición las orejas tensas continuaban la línea del cuerpo, el extraño

visitante alcanzaba así casi un metro de altura y llegaba hasta el borde

de la mesa. Con sus ojos redondos, en que se reflejaba el resplandor

verde de la pantalla, el conejo miró fijamente a su antagonista. Bajo la

fascinación de esa mirada, encendida de una verde transparencia, el

sabio creyó habérselas con un genio maléfico, y esperó verle crecer

desmesuradamente hasta tocar con las orejas en el techo. Debía de ser un

genio modesto, porque no quiso pasar del nivel de la mesa. Se limitó a

sonreír sardónicamente, corriendo para atrás las guías de los bigotes, y

recobrando la horizontalidad, se volvió bruscamente. Sus orejas se

agitaron desdeñosamente; el rabo, ridículamente trunco, osciló de

izquierda a derecha como la aguja del velocímetro de un automóvil que se

pone en marcha; alcanzó en tres zancadas la puerta del jardín, y se

perdió en las sombras de la noche...

La controversia de doña Asunción con los estudiantes no se había

interrumpido; Herrlin advirtió por ello que, como Mácbeth en el banquete

en que se la aparece la sombra de Banquo, él fuera el único que se diera

cuenta de la presencia del extraño visitante. Renunció, pues, a admitir

la realidad de la escena, y creyéndose víctima de una alucinación, se

prometió suprimir desde el día siguiente la ración de ponche con que

animaba la sobremesa. Esa noche, a causa de la prolongación de la

charla, había bebido con exceso. Era preciso imponerse un período de

abstinencia, y para confirmarse en su resolución se sirvió otro vaso. A

ese siguió otro, en recuerdo de su poción favorita, y otro más como

despedida a la reunión.

Después, emocionado por sus recuerdos de Upsala y enternecido ante la

imagen de la hija del profesor Hedenius, que se presentó patente a su

espíritu, solicitó una nueva vuelta e improvisó un brindis en honor de

la mujer argentina y otro en homenaje a doña Asunción. Luego, en una

natural gradación de ideas, levantó su copa por el ministro de

Agricultura y el Gobierno de la República, comprometidos en una

siniestra conjuración de conejos, audaces conspiradores que llegaban en

su insolencia hasta penetrar en las casas a la hora sagrada de la comida

familiar... Por último, entonó una serie de canciones báquicas

escandinavas y el tradicional «Gaudeamus igitur» de los estudiantes

suecos, y pidió que se llenase de nuevo la ponchera para aclarar la

voz.

Desde hacía tiempo doña Asunción y el empleado de Lutz y Schulz se

habían retirado a descansar.

A las tres de la mañana, el profesor Herrlin, puesto en cuatro patas,

buscaba debajo de la mesa el reloj, que por descuido había guardado en

un bolsillo del pantalón.

En esa recorrida cuadrúpeda encontró sobre la alfombra, cerca de su

silla, una media docena de bolitas obscuras, suaves al tacto, que no

tardó en identificar relacionándolas con la extraña aparición del

conejo.

Nuestro bacteriólogo disfrutaba por lo general de un sueño tranquilo.

Sin embargo, aquella madrugada soñó que, a medida que iba avanzando por

un interminable camino solitario, de los matorrales vecinos salían a

cada paso conejos de desmesuradas proporciones, que después de husmearlo

de pies a cabeza partían veloces como patrullas avanzadas de caballería

que acaban de establecer contacto con el enemigo.

CAPITULO VIII

REVISTA DE FUERZAS COLONIALES

Simón Camilo Sánchez había experimentado una profunda amargura ante los

primeros ataques dirigidos a su Departamento. Su conciencia de patriota,

para la cual la extinción del conejo venía a ser el complemento

necesario de la conquista del desierto, sufría a causa del terreno

exclusivamente económico en que se había planteado el debate. Ordenado y

nada derrochador en su vida privada, el director de Agricultura,

Ganadería y Piscicultura no creía aplicable al manejo de los caudales

públicos las reglas del ahorro individual. Por lo menos así lo

proclamaba en esa ocasión, citando a cada paso como ejemplo de buena

contabilidad las cuentas del Gran Capitán: «Por palas, picos y

azadones...» Y esa enumeración de instrumentos de cultivo a precios

fabulosos le producía la envidia que causa a los bibliófilos la reseña

de las ventas del Hotel Drouot. Simón Camilo Sánchez ansiaba poder

presentar a la Contaduría de la nación unas cuentas por el estilo.

La amputación del presupuesto del Departamento le hirió así en sus

sentimientos y en sus convicciones. Su melancólico desaliento tornóse en

hosca pesadumbre cuando el ministro le indicó la conveniencia de

restringir los signos de actividad de la Protección Agrícola, y adoptó

entonces la actitud de todos los grandes hombres en desgracia: se

desterró.

Aceptando una invitación de la Universidad de Río, partió para el

Brasil. Por espacio de tres meses disertó en las instituciones

jurídicas, científicas, agrícolas y literarias de la capital carioca de

San Paulo, y el eco de sus palabras llegó a Buenos Aires, agrandado por

el entusiasmo de nuestros vecinos y ennoblecido por la distancia.

Su alejamiento se dejó sentir muy pronto en las oficinas centrales de la

Protección Agrícola. Era la primera vez que faltaba a su puesto desde la

creación del formidable organismo, y esta ausencia, junto con la

decapitación realizada por la Cámara de Diputados, llevó el desconsuelo

a todos los enrolados en el ejército leporicida. El primero en desertar

fué el subdirector; a poco de haber partido el jefe, pidió una licencia

y se refugió en la estancia de un amigo. Los directores de las diversas

Secciones de personal, estadística, cartografía, propaganda, etc., etc.,

siguieron ese ejemplo, y tras una breve despedida se marcharon con la

impresión del que abandona un enfermo desahuciado. Luego los secretarios

de Sección, prosecretario, jefes de oficina, segundos jefes, auxiliares

y escribientes de todas categorías fueron yéndose en progresión

creciente y riguroso orden jerárquico, hasta que todo el personal se

dispersó en la urbe inmensa, como un cargamento de naranjas en el

océano.

El antiguo edificio del Correo, que se había destinado para las oficinas

de la Protección Agrícola, quedó desierto.

A veces un empleado iba a escribir una carta o a pedir prestados algunos

pesos al mayordomo, el negro Liborio, para salir de un apuro. Algunos

escribientes que seguían estudios universitarios se reunían allí para

preparar sus exámenes. En las salas vacías, tapizadas de avisos, máximas

y prevenciones sobre los conejos, resonaba entonces el eco de las

sentencias augustas del Derecho romano, enunciadas en el latín pausado y

cantante de los naturales de nuestras provincias mediterráneas.

Pero ese último vestigio de civilización acabó también por desaparecer,

y finalmente las huestes de ordenanzas, capitaneadas por Liborio,

quedaron dueñas absolutas del campo.

* * * * *

Un tiempo después inicióse en el vasto edificio un período de singular

actividad. El estrépito ininterrumpido de cincuenta máquinas de escribir

llenó las salas antes silenciosas; las campanillas de los quince

teléfonos y el repiqueteo de los timbres internos matizó alegre y

nerviosamente ese rumor, y el ruido confuso de puertas, pasos y voces

trajo una impresión reconfortante de vida tumultuosa. Al anochecer

salían regueros de luz de todas las ventanas, y esa iluminación se

prolongaba muchas veces hasta las primeras horas de la madrugada.

Probablemente el servicio de ordenanzas constaba de varios turnos, que

se renovaban por fracciones, porque durante toda la noche no era sino un

constante entrar y salir de sirvientes negros por la puerta principal,

que tenía sus batientes entornadas. En cambio, los empleados debían de

estar sometidos a un régimen monstruoso de trabajo; nunca se les veía

salir a las horas acostumbradas.

Tal demostración de sobrehumana actividad sorprendía, naturalmente, a

todos los noctámbulos que pasaban por Corrientes y Reconquista. Entre

los periodistas y los _clubmen_ fué así abriéndose paso la idea de la

injusticia de los ataques dirigidos a la meritoria repartición. Algunos

diputados que se cruzaron a las tres de la mañana con un grupo de

ordenanzas negros provenientes del Departamento de Protección Agrícola

se reprocharon en su fuero interno haber votado por la reducción de la

partida.

Poco a poco esas impresiones favorables a la joven institución fueron

ganando otras clases del pueblo, y cuando Simón Camilo Sánchez regresó

del Brasil, cargado de gloria y engrandecido por los elogios del

extranjero, la opinión pública estaba ya de parte suya. Con la vuelta

del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura tales sentimientos

se robustecieron, y gracias a las enérgicas gestiones que Delfín Acuña

emprendió cerca de los representantes de su provincia pudieron

traducirse en hechos que vinieron a sacar de su marasmo al profesor

Herrlin.

Pero antes de historiar el esplendor del Departamento de Protección

Agrícola debemos relatar la primera visita que el _privat docent_ hizo a

sus oficinas centrales cuando aquéllas causaban el estupor de las gentes

con su frenética y misteriosa actividad nocturna.

Cierto atardecer, al retorno de una de sus habituales visitas al

secretario del ministro, el profesor, que ya comenzaba a perder su

timidez y su paciencia, sintió deseos de visitar de incógnito las

oficinas destinadas a cuartel general de la campaña contra el conejo.

Herrlin se deslizó al través de la puerta principal, como siempre

entornada, y no hallando a nadie, aguardó en el primer rellano de la

escalera a que apareciese algún portero. La espera fué inútil; Herrlin

no divisó a ningún ser viviente. Sin embargo, toda la casa estaba llena

del estrépito de las máquinas de escribir, del repiqueteo de los timbres

internos y de las nerviosas llamadas de las campanillas telefónicas. A

todo esto se unía el eco de voces y pasos humanos, y se hubiera dicho

que en alguna parte del edificio una banda numerosa ejecutaba un

lánguido vals vienés... Después de un largo momento de espera, Herrlin

se lanzó resueltamente escaleras arriba, y guiándose por el bullicio de

las máquinas de escribir, empujó una puerta. En una vasta estancia, con

el aspecto de un salón de ventas de artículos norteamericanos de

escritorio, cincuenta jóvenes dactilógrafas se hallaban sentadas ante

sus respectivas máquinas, de espaldas a la puerta, y dominando el

tumulto, se oía una voz que declamaba: «El cuelpo, señolitas, debe

pelmanecel natulalmente elguido....»

Al ruido de la puerta las cincuenta jóvenes dactilógrafas volvieron

simultáneamente la cabeza, mostrando al profesor cincuenta rostros de

ébano lustroso en que sólo se advertía el blanco de la esclerótica y la

roja pulpa de los labios carnosos. Y ante el gigante rubio, de ojos

azules, que las miraba asombrado, las cincuenta señoritas exclamaron a

un tiempo, mostrando cincuenta dobles hileras de dientes no menos

blancos que el blanco de sus ojos: «¡Qué holol!»

La oportuna llegada de Liborio puso fin a esta escena. Herrlin le

explicó que era un arquitecto extranjero y que deseaba, para formarse

una idea del sistema argentino de construcción, conocer la distribución

del edificio. (El _privat docent_ se ruborizó al enunciar esta inocente

superchería.)

Seguro de que el visitante no investía carácter oficial alguno, el

mayordomo se prestó de buen grado a hacerle los honores del caserón.

Recorrieron todas las salas, y Herrlin pudo admirar en ellas la

profusión de avisos, máximas y sentencias sobre el conejo, que ocultaban

el papel de las paredes. Se detuvo ante un cuadro sinóptico que

representaba compendiosamente la evolución de su cocobacilo y concibió

una idea muy favorable de los trabajos de la Sección de propaganda. Pero

no comprendió en qué se ocupaban los grupos de negros de regocijada

fisonomía y aire indolente que sorprendía recostados en los sillones y

sentados sobre las mesas. No se explicó tampoco el sentido de la única

alusión que pudo recoger a su paso por un corrillo estacionado en la

biblioteca, en que se hablaba de «la pula tladition de Isabelino Díaz».

Al llamado del teléfono, uno del corro, que fué a atenderlo, dijo

autoritariamente: «En la cualta, métale todo delecho a Cocobacilo...»

Durante su recorrido le persiguió obstinadamente el eco del vals vienés

ejecutado con toda verosimilitud por un robusto gramófono, y hasta le

pareció advertir a través de una puerta entreabierta varias parejas que

giraban voluptuosamente.

Terminada la visita, Liborio le acompañaba cortésmente hasta la salida,

cuando volvieron a pasar por frente a la oficina en que trabajaban las

cincuenta obscuras dactilógrafas. A la puerta estaba una joven que le

dirigió una sonrisa impresionante. Liborio explicó: «Mi soblina Alba,

plofesola de datiloglafía.»

Una vez en la calle, el profesor Herrlin echó a andar sin rumbo,

indescriptiblemente estupefacto de la uniformidad étnica del personal de

la Protección Agrícola y de las extrañas maniobras a que se entregaba.

Caminó y caminó según su costumbre, hasta que pudo plantear en

hipótesis la solución del enigma. He aquí las proposiciones que llegó a

formularse:

«El empleo exclusivo de negros se impone, probablemente, por las

condiciones climatéricas de los lugares en que debe desarrollarse la

campaña en contra del conejo.

»Los ataques al Departamento de Protección Agrícola no son, en

consecuencia, sino un episodio de la lucha de razas en este país.»

Y habiendo devuelto la tranquilidad a su espíritu con estas

explicaciones, el _privat docent_ se encaminó alegremente a la casa de

doña Asunción.

CAPITULO IX

«DON PEPE»

Herrlin llegó aquella vez ya entrada la noche a la casa de su patrona.

Al dirigirse a su pieza para anotar en su libro de memorias las

circunstancias más curiosas de la visita que acababa de realizar, vió a

doña Asunción que corría hacia él llevando apretado contra el seno un

brazado de hojas de coliflor.

--Míster Herrlin--le avisó--, entre con cuidado; _don Pepe_ se ha metido

en su pieza y no quiere salir...

El profesor creyó que _don Pepe_ era algún borracho, y se dispuso a

hacerle comprender duramente que el domicilio de un súbdito sueco es

inviolable. Penetró en la habitación; dió luz, pero no vió a nadie.

--Mire debajo de la cama, míster--indicó la patrona, que había ocupado

el vano de la puerta, siempre con el manojo de hojas de coliflor

amorosamente apretado contra el pecho suntuoso.

Aunque no sin recelo, el profesor siguió el consejo de doña Asunción: se

inclinó junto al vasto lecho que ocupaba, y a pesar de que no divisó

nada, creyó necesario darle a entender al intruso que lo había

descubierto, porque le dijo con severidad:

--¡Salga de ahí, señor!...

A modo de contestación, se oyó debajo de la cama un redoble fuerte y

sonoro como el de un revólver que se golpease contra el piso, y al

propio tiempo un ronquido nada amable. El profesor Herrlin se enderezó

súbitamente y miró con desconcierto a la patrona.

--Tírele de las orejas--insinuó ésta amablemente.

Herrlin admiró la despreocupación con que le impulsaba a la peligrosa

empresa de irritar a un hombre armado y en pleno delirio alcohólico;

pero no cedió a esa sugestión femenina que hace los héroes. Las

incidencias de un pugilato le parecieron impropias de un profesor

universitario.

Tres relatos porteños Segunda edición · 第 1 / 8 段