En el Niágara.
La excursión obligada.--El palace-car.--La compañera de
viaje.--Costumbres americanas.--Una opinión yanqui.--Niágara
Fall's.--La catarata.--Al pie de la cascada.--La profanación del
Niágara.--El Niágara y el Tequendama.--Regreso.--El
Hudson.--Conclusión.
No me era posible pensar en excursiones; el tiempo me faltaba. Pero hay
una que se impone moralmente a todo el que pisa el suelo de los Estados
Unidos; la visita al Niágara. Tenía indudablemente vivos deseos de
contemplar la inmensa catarata, pero una mezcla de cansancio físico y de
lasitud moral, me quitaban el entusiasmo que en otros tiempos me hacía
andar centenares de de leguas por gozar de un nuevo aspecto de la
naturaleza. Además, el raudal del Tequendama vivía en mi memoria, y mi
alma le era fiel. Me parecía imposible que la impresión grabada se
desvaneciese ante ninguna otra. El Niágara, por otra parte, con su
notoriedad, con su fácil acceso, con la consagración universal de su
belleza tiene algo de esos _lieux communs_ de las literaturas clásicas,
que, admirados por los hombres de todos los tiempos, concluyen por
convertirse en estribillos. En fin, estaba a una noche de distancia y
tenía aún por delante cinco o seis días; me puse en camino. Resolví irme
por la línea del Erye que va a Búffalo y a Niágara Fall's, correr las
fronteras del Canadá hasta Albany, y luego de allí descender a Nueva
York por el Hudson.
A las siete y media de la noche entré en uno de esos soberbios
_palace-car_, que sólo se encuentran en las líneas americanas y tomé
posesión del compartimento reservado de antemano. Los _sleeping-car_
americanos, arreglados con más lujo que los europeos, son
incontestablemente más cómodos. Un corredor al centro, y a ambos lados,
pequeñas divisiones que se aíslan fácilmente por medio de cortinas y
tabiques ligeros; las camas están colocadas en el sentido del vagón.
Anchas, limpias y abrigadas. En cada compartimento hay dos, una abajo y
otra arriba; pero mientras no se tienden, los dos sofás, vis-a-vis,
pueden contener cuatro personas. Yo había retenido el lecho de abajo;
así, me llamó la atención, al llegar a la división que me correspondía,
ver instaladas ya dos personas. Eran un hombre de barba blanca, de unos
60 años de edad, y una niña de 20, esbelta, de facciones agradables y
finas. Faltaba aún un cuarto de hora para la partida del tren, y yo
empezaba a alarmarme por la noche que me esperaba en caso de que hubiera
habido error en la asignación de las piezas.
--Perdón, señor--dije en mi mal inglés;--en este compartimento no hay
más que dos camas, y yo tengo el billete de una de ellas. Como calculo
que habrá error, sería bueno corregirlo antes de que el tren se ponga en
marcha.
--No, señor--me contestó el yanqui;--yo desciendo. Mi hija va sola hasta
Utica.
Me incliné en silencio, ligeramente intrigado. Padre e hija continuaron
conversando, sin cuidarse de mi presencia, sobre asuntos del hogar,
recomendaciones para la salud, recuerdos de familia, etc. Un hombre que
ha corrido un poco el mundo se engaña difícilmente: aquella criatura era
pura y honesta. Dos fuertes besos, un largo abrazo, un saludo para mí, y
el padre descendió, mientras el tren se ponía en movimiento, tomando
pronto aquella marcha vertiginosa que sólo en las líneas americanas se
ve. La noche había caído y cada una de las veinte o treinta personas que
ocupaban el _sleeping_, comenzó a hacer lentamente sus preparativos. Sin
poder leer, me puse naturalmente a contemplar a la que tan íntimamente
iba a ser mi compañera de viaje. Era indudablemente bonita, grandes ojos
pardos, pelo castaño, un cuerpo modelado y un pie fino y bien calzado
asomaba la puntita por debajo del vestido. No pude vencer mi curiosidad;
en Europa me habría abstenido de dirigirle la palabra; extranjero y en
América... ¡bah!
Su itinerario cayó; el pretexto estaba encontrado. Aquí de mi inglés, me
dije, y comencé:
--Señorita, según lo que he oído al caballero que acaba de bajar, y creo
que es su padre de usted, usted tiene el billete de una de las dos camas
de esta división. Ahora bien, como yo tengo el de la de abajo, que por
muchos motivos es la más cómoda, suplico a usted quiera permitirme que
le proponga un cambio. En el momento en que usted desee recogerse, me
retiraré, y le prometo--añadí sonriendo--incomodarla lo menos posible.
--Mil gracias, señor. El conductor ha prometido a mi padre darme un _low
bed_, si queda alguno vacante. En caso contrario, acepto agradecida su
amable invitación. Tengo el sueño plácido y podrá usted dormir
tranquilo.
Declaro que, a pesar de toda mi buena voluntad, no pude encontrar un
átomo de malicia en la expresión con que fue dicha la frase. Pero tenía
ya bastante para llegar a mi objeto, y proseguí:
--Mi deplorable acento le habrá hecho comprender hace rato que soy
extranjero. Con ese título, ¿me permite usted que le haga una pregunta y
que hablemos como dos buenos amigos para matar una o dos horas?
--_With pleasure, Sir._
--Conozco un poco las costumbres americanas; pero no puedo habituarme a
ellas, porque me parecen, en ciertos casos, contrarias a la naturaleza.
¿No se encuentra usted incómoda entre toda esta gente desconocida, que
puede ser educada o grosera al azar, en este dormitorio común, en el que
cada uno se conduce según sus hábitos más o menos discretos? En una
palabra, ¿no tiene usted miedo?
--¿Miedo? ¿Y de qué?
--De viajar sola, expuesta a que algún individuo ordinario le falte al
respeto.
--¿Sola? (Y sonreía mirándome con asombro). ¿Qué haría usted si uno de
esos caballeros me dijera algo impertinente? ¿No tomaría usted mi
defensa?
--Naturalmente.
--Esté usted seguro que, si yo diese una voz, todas las personas que
ocupan el vagón, se lanzarían a un tiempo y harían pasar un mal rato al
cobarde que pretendiese insultar a una mujer.
--Perfectamente; pero lo que me admira es ese triunfo admirable de la
razón sobre el instinto. Las mujeres son miedosas, pusilánimes por
naturaleza. Si razonaran, serían tan bravas como nosotros, que a veces
afrontamos peligros serios únicamente sostenidos por la voluntad.
--La educación lo hace todo. Ustedes los europeos (me creía español),
educan mal a las mujeres. Las costumbres americanas...
Y aquí todos los argumentos conocidos en favor de la emancipación social
de la mujer, expuestos con un orden que revelaba la frecuencia de ese
género de disertaciones. Luego, empezó a hacerme preguntas sobre la
Europa, hasta que el conductor vino a decirle que la cama baja del
compartimento frente al mío, separado simplemente por el corredor de una
vara, estaba a su disposición.
Le deseé buena noche y me fui a recorrer el tren de un extremo a otro.
Nada más cómodo que esa facilidad que permite estirar las piernas y
distraerse con el cambio de aspectos. ¡Cómo volaba aquel monstruo para
cuya carrera la tierra parecía ser pequeña! Vista desde el último vagón,
la vía daba vértigo. La claridad de la noche permitía ver las llanuras
cultivadas, los bosques y colinas, los canales que rayaban el paisaje
con sus líneas blancas y caprichosas. Fume un cigarro, me puse a «echar
globos», como llaman en Bogotá al fantaseo indefinido del espíritu, y
volví en busca de mi cama.
Mi vecina acababa de desaparecer tras las cortinas de la suya; al sentir
mis pasos, sacó la cabecita y me largó un _good evening, sir!_ que esta
vez no me pareció del todo exento de picardía. ¿Qué mujer no tiene un
grano de malicia, a veces inconsciente, esparcido en la sangre?
Yo creí que se recostaría simplemente, vestida como estaba. Me había
engañado, porque, a poco rato, la cortina se entreabrió de nuevo, y una
mano apareció sosteniendo dos botines largos y delgados, que dejó caer
sobre el piso. Luego, una o dos vueltas, la inmovilidad y el respirar
sereno e igual. Buenas noches.
Más tarde contaba en Nueva York la aventura a un amigo mío, americano, y
el buen yanqui movía tristemente la cabeza.
--No tengo la menor duda--me decía,--que su compañera era una mujer
honesta. Pero, para ella, era usted un hombre cualquiera, un
desconocido. Figúrese que un muchacho audaz que hubiese sabido encontrar
el camino de su corazón, se hubiera arreglado de manera para
reservarse... su sitio de usted. ¿Cree usted que las cosas habrían
pasado de la misma manera? Es necesario tener siempre en cuenta la
materia de que somos formados y la poca influencia que tienen sobre
ella, en momentos especiales, los hábitos y convenciones nacionales.
Nuestras costumbres de independencia femenil eran perfectamente
aceptables hace cincuenta años; pero, créame, la vida europea que
conquista terreno diariamente entre nosotros, los espectáculos teatrales
que enseñan más de lo que se cree, las novelas francesas, leídas hoy
con avidez, las gacetas de los tribunales, las revistas de policía con
sus ilustraciones iconográficas, han abierto nuevos rumbos en el
espíritu de las mujeres americanas. No creo que hoy sea un timbre de
honor para las costumbres de nuestro país esa independencia social de la
mujer, sino una causa de decadencia en el nivel moral. Es muy cómodo
convenir en que nunca se abusa; pero la realidad empieza a desalentar a
los más obstinados sostenedores de tal régimen.
Más de un hombre piensa hoy como mi amigo yanqui en los Estados Unidos.
Por mi parte, no he tenido pruebas... personales.
Sea porque largo tiempo hacía que no viajaba en ferrocarril, sea porque
el ir y venir de los compañeros de vagón me incomodaba, sea, en fin,
porque la lucha eterna entre el sentido común y el sentido... a secas,
hubiera convertido mi cabeza en un campo de batalla, el hecho es que el
sueño huyó de mí. Me envolví en mi manta, vestido, corrí las cortinas
que cubrían los cristales, la luna inundó mi cuartujo, y en compañía de
un punch organizado a la ligera y de una serie de cigarros, esperé
tranquilo la mañana.
A las 5 a. m. mi vecina se levantó, humedeció una esponja diminuta, se
refrescó la cara, sacó el reloj, consultó su itinerario, arregló sus
maletas, y como yo hiciera mi aparición en ese momento, me tendió la
mano, dándome un gracioso _good morning_. Nos salimos a la plataforma;
media hora después (el día empezaba a clarear), el tren se detenía en
Utica; mi compañera me daba el último adiós, en la vida tal vez, y
descendía en una estación solitaria, con un paso tan firme y sereno como
si fuese acompañada por toda su familia. Cuando el tren se puso en
marcha nuevamente, volvió la cabeza y me hizo un saludo con la mano. Me
volví al vagón de mal humor.
Niágara Fall's es una aldea que vivo exclusivamente de la atracción del
torrente. Eternamente mecida por el ruido atronador de la cascada,
paréceme que, si una mano omnipotente detuviera un instante las aguas en
su caída, el silencio haría levantar hasta los muertos de sus tumbas.
Desde la llegada, se oye a lo lejos el rumor inmenso, como un eco de la
catástrofe suprema, que sin cesar se reproduce en el despeñadero
salvaje. En el estado de mi espíritu hubiera dado un mundo por poder
entregarme a mí mismo, llegar a la catarata sin más guía que su gemido
cesante, y solo, en medio de la naturaleza, detenerme de pronto frente a
frente y entregarme sinceramente a la impresión... ¡Veinte, cuarenta
ómnibus, estaban alineados en la estación, y otros tantos individuos
gritaban a voz en cuello el nombre de sus hoteles, encomiando sus golpes
de vista, la maravilla de sus panoramas exclusivos, la baratura de sus
precios! Cinco o seis empleados me pedían el boleto de mi equipaje,
otros me metían tarjetas de casas de comercio, aquél me incitaba a no
olvidar el Burning Spring, éste los rápidos, etc. Aquí y allí, una
chimenea, la fatigosa actividad de una fábrica, tráfico por todas
partes, mercerías, bar-rooms, tiendas, la calle moderna, con sus enormes
anuncios, sus letreros, sus reclamos, un inmenso cuadro de madera _Take
the Erye Railroad!_, el hormiguero humano en el afán del lucro... ¡y el
Niágara bramando a lo lejos!
¡O mi soberbio Tequendama, dónde estás, con tu acceso difícil, tus
bosques vírgenes, tus sendas abruptas, tus rocas salvajes!
Heme instalado en un hotel trivial, el más próximo a la caída. Consulto
mis instrucciones y recuerdos y hago mi plan. Me echo a la calle,
contrato un carruaje para dentro de una hora, por verme libre del asedio
de los cocheros, me guío por el estruendo, y de improviso, heme frente a
la catarata.
¿Quedé absorto? No, no comprendí. Aquello es inmenso, inaudito. Todo el
esfuerzo de la imaginación no alcanza a dar una imagen de la realidad,
una vez que la serena y lenta contemplación ha dado tiempo a que el
espíritu se sature de la belleza del cuadro.
En centenares de grutas y en millares de libros corre la descripción del
Niágara: su formación, su origen, su destino, el volumen de sus aguas,
su bifurcación en el momento de la caída, etc. No intentaré, ni es mi
propósito, rehacerla; cuento mi impresión y basta. Si en el Tequendama
he sido más prolijo, es porque el gran salto, perdido en las entrañas de
la América, es casi desconocido por las dificultades que hay para llegar
hasta él.
Cada segundo, cada momento de contemplación aumenta en mí el asombro, la
fascinación irresistible. Como grandeza, no hay nada igual. Aquella masa
de agua colosal que se arrastra rugiendo por un plano ligeramente
inclinado, que confluye en dos raudales anchos y profundos, para caer de
pronto, con indecible majestad, en el cauce inferior, produce la
impresión de un dislocamiento general del orden creado. No es la altura
de la caída (80 a 100 pies) lo que impone; es el volumen de las aguas,
el espesor titánico de la curva enorme que se forma al borde de la
catarata. Del lado del Canadá--pues el río determina la línea divisoria
con los Estados Unidos,--la caída se extiende a todo el ancho del curso,
formando una herradura cuya parte cóncava queda al centro; en tierra de
la Unión, el brazo es mucho más angosto, y la caída, sin la imponente
solemnidad de la canadiense, tiene cierta gracia esbelta, una armonía de
formas que seduce la mirada.
He dicho que las aguas, al precipitarse, proyectan una curva que se
quiebra en el plano horizontal, unido y espeso, especie de cortina que
cubre eternamente el corte vertical de la roca. Uno de los aspectos
recomendados es al pie de la catarata, en el abismo de fragor y
tinieblas que existe entre la base de la roca y la columna de agua que
cae rugiendo.
Preferiría mil veces el aspecto grandioso y soberbio de la cascada,
desenvolviendo su fuerza salvaje bajo los cielos. Pero es necesario
verlo todo, y así, sin entusiasmo, sin convicción, tomé el ferrocarril
hidráulico que conduce al pie de la catarata, del lado de la Unión.
Excusado es decir que ya había pagado al entrar en el parque general que
rodea al Niágara, que a cada paso que daba para mirar de un lado a otro,
se me aparecían empleados con sus _tiskets_ y talones, etc. ¡Con cuánto
placer habría dado una suma redonda, superior al monto de las pequeñas y
sucesivas contribuciones con que me incomodaban sin cesar!
Una vez en el fondo, a orillas del río que se forma después de la caída
y cuyas aguas tranquilas parecen aún absortas de la catástrofe reciente,
manifesté mi deseo, me indicaron un cuarto y procedieron a envolverme,
pies, cuerpo y cabeza, en zapatos, traje y sombrero de, caoutchout, con
el objeto de preservarme de una mojadura. Sofocaba allí dentro, y estaba
a punto de desistir, cuando mi compañero desconocido, pues el guía toma
dos personas, una de cada mano, salió de su cuarto vestido con un
ligerísimo traje de baño. Su idea me sedujo y a mi vez me coloqué en
condiciones de desear el agua en vez de temerla. Nos hicimos un saludo
cordial y nos lanzamos.
Para llegar al pie de la roca, detrás de la espléndida tapicería líquida
que en ese instante brillaba bajo el sol con mil reflejos irisados que
jamás alcanzaron las más ricas telas de Persia o la China, era necesario
marchar paso a paso, saltando de piedra en piedra o pasando por pequeños
puentes de madera que se deshacen con frecuencia. Estamos aún a un
centenar de varas de la caída, y las espumas nos azotan el rostro,
mientras el ruido nos aturde. El guía nos habla a gritos, pero yo me
limitaba a aferrarme firmemente a su mano. A cada paso, la marcha se
hacía más difícil; pero en los momentos en que el vapor de agua, los
torbellinos de espuma y los cambiantes prismáticos, sucediéndose con una
rapidez eléctrica, no nos enceguecían, el cuadro que teníamos por
delante, el reventar de la mole inmensa contra la roca, el torbellino
níveo que se levantaba, el fragor de ese trueno constante, eran
compensaciones más que suficientes a las angustias de la marcha. Un
instante nos concertamos con el compañero, un joven alemán, para
detenernos; nos bastó un minuto de reposo dando la espalda al torrente y
con el corazón inquieto seguimos avanzando. Henos detrás de las aguas.
Un ruido infernal atruena mis oídos, algo así como cien mil cañones
disparados a un tiempo y sin discontinuar, y una honda y densa oscuridad
me rodea. El alemán repite a cada instante el clásico _Donnerwetter!_
con voz apagada, y otras interjecciones que empiezan o terminan con el
_teufel_! Yo procuro entreabrir los ojos, hago un esfuerzo y veo un
momento, un décimo de segundo, la profunda pared líquida, veteada por
fugitivos rayos de luz. Un instante más, y nos asfixiábamos. ¡Con qué
delicia respiramos a la salida! Teníamos las caras rojas, candescentes y
los ojos saltados. Nos tendimos con deleite entre las mansas ondas del
río, dejando reposar el cuerpo y teniendo por delante el más estupendo
cuadro de la naturaleza.
He visto al Niágara, desde todos sus aspectos oficiales, he descendido a
los rápidos, allí donde el capitán Webb, ese suicida sublime, con un
corazón digno de la tumba que encierra, acaba de caer vencido en su
lucha insensata con el gigante americano. Lo repito: a cada instante la
impresión crece. Se opera en el espíritu un fenómeno análogo al que
produce la contemplación de las bóvedas de San Pedro, que van creciendo
lentamente a medida que la mirada se habitúa a la percepción de la
inmensidad. Pero los americanos han echado a perder esa maravilla que la
naturaleza arrojó en su suelo. Arrancad de la capilla Sixtina la figura
de Isaías y ponedle un marco esculpido por Doré, pequeños Amores
trepando gozosos por la viña ensortijada, faunos diminutos persiguiendo
a ninfas cocottes y tendréis una idea del efecto que produce ese Niágara
inmenso, severo, rugiendo como un titán enfurecido, y rodeado de
pequeñas villas coquetas, chalets suizos en ladrillo rojo, surcado por
puentes de ferrocarril, rodeado de molinos, bar-rooms, albergues
cubiertos de anuncios de Lanmann y Kemp, de la Marfilina, de la
Almohadilla de Parry, ultrajado, profanado, como el Coliseo romano por
las lápidas de mármol blanco y letras doradas que pretenden consagrar
glorias efímeras y raquíticas.
Otra vez, ¿dónde está mi Tequendama? El volumen de sus aguas es
infinitamente inferior al del Niágara, pero se precipita de una altura
ocho veces mayor. Su voz poderosa reina solitaria y altiva entre las
gargantas de la montaña, sin confundirse con el rechinar de las máquinas
a vapor o con el crujir de las ruedas de molino. En el Salto, el
espíritu ve palpitante una escena de la formación primitiva del mundo, y
la visión, por largo tiempo, reproduce el vértigo. Su acceso está
defendido vigorosamente por la naturaleza, y la transición de la flora
de las cumbres a la lujuria tropical del hondo valle no tiene igual
sobre la tierra. El Niágara es mil veces más grande, más imponente; para
mí, la palma de la belleza queda al Tequendama.
¿Qué sería el Niágara cuando por primera vez lo contemplaron los ojos
atónitos de los conquistadores? La leyenda dice que los grandes jefes
indios, después de la batalla suprema en que caía la tribu entera, se
echaban en sus canoas que abandonaban al rápido correr del río, y, fijos
los ojos en el sol, desaparecían en el abismo. ¡Los primeros europeos
que hayan contemplado ese cuadro necesitan haber tenido el corazón de
acero para no caer fulminados por la violencia de la impresión!
Quedé sólo un día en el Niágara. A la noche tomé el ferrocarril y
amanecí en Albany, de donde descendí el Hudson hasta medio camino de
Nueva York, haciendo el resto de la ruta en un _drawingcar_, en el
delicioso ferrocarril que corro sobre las aguas mismas del río. El
Hudson tiene un aspecto especial; sin el encanto poderoso de los grandes
ríos americanos de orillas desiertas, sin la belleza melancólica que la
historia da al Rhin, cómo cubriéndolo de un encaje de recuerdos, los
panoramas del Hudson, en la estación estival, tienen una gracia fresca y
suave que serena la mirada. Pero los palacios, las villas y chalets que
cubren sus bordes, no tienen carácter alguno... y no hay cuadro que
resista cuando hacen su aparición esos comodísimos y horribles vapores,
blancos y cuadrados, tortugas rápidas, símbolo del arte americano.
En Nueva York permanecí aún una semana, y por fin, a bordo del Labrador,
después de un viaje agradable, llegué al Havre, pisando tierra europea,
justo un año después de haberme embarcado en Saint-Nazaire con rumbo a
las costas septentrionales del continente sudamericano.
En mi larga narración he tenido que describir países, costumbres y
aspectos sociales. Desde el punto de vista literario, la crítica me dirá
el mérito de mi trabajo; pero, en lo que se refiere a la veracidad de
los hechos, afirmo una vez más que no he tenido otro guía fijo y
constante en mi relato. La descripción característica de mi viaje por
Colombia habría sido sumamente difícil tratándose de otro pueblo; pero
la inteligencia clara y elevada de los granadinos sabrá apreciar el
conjunto de mi impresión, la más grata que haya sentido hasta hoy en
tierra extranjera.
Cierro estas páginas saludando con gratitud a aquel que hasta aquí me
haya acompañado. ¿Quién sabe si aun no haremos otro viaje juntos? Mi
destino, por mil combinaciones diversas, parece imponerme el movimiento
continuo; y mi pasión por la pluma es incorregible.
Tall. Gráf. L. J. Rosso y Cia.
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