CAPITULO XX

En Nueva York.

El Alene.--El Turpial.--El práctico.--El puerto de Nueva

York.--Primera impresión.--Los reyes de Nueva York.--Las

mujeres.--Los hombres.--El prurito aristocrático.--La Industria y

el arte.--Un mundo "sui generis".--Mrs. X...--La prensa.--Hoffmann

House.--Los teatros.--Los hoteles.--El lujo.--La calle.--Tipos.--La

vida galante.--Una tumba.--Confesión.

Era el Alene un pequeño vapor construido en Glasgow, fuerte, sólido y

marinero. Encontré a su bordo algunas familias colombianas que se

dirigían a Nueva York, así como numerosos americanos e ingleses

procedentes de California o de los puertos del Pacífico sudamericano.

Cruzamos a la vista de la isla de Cuba, enfrentamos las Bahamas y nos

detuvimos a tomar carbón en una de las islas Barbadas: tales fueron

todos los accidentes del viaje. Mi único entretenimiento a bordo era

cuidar un _turpial_ que traía una niña de Colombia. El ave melodiosa me

pagaba sus atenciones con su silbo de una dulzura melancólica y

profunda. La garganta del turpial no posee esa _virtuosité_

extraordinario del ruiseñor o del canario; la agilidad le es

desconocida. Pero su canto, igual y monótono, es como esos trozos

delicados de música que siempre despiertan sensaciones nuevas... Concluí

por tomar verdadero cariño al turpial, lo que fue para mí una fuente de

amargura. Cuando fondeamos, un marinero a quien la jaula incomodaba para

alguna maniobra, la colocó impensadamente sobre la parte de la caldera

que sobresalía en la cubierta. En el momento de bajar a tierra, la pobre

niña, con la alegría expansiva de la llegada, vino corriendo, tomada de

mi mano a buscar el turpial... El pobre animal agonizaba; medio asado

por el calor de la caldera, había tenido el instinto de refugiarse

dentro del receptáculo del agua que todas las mañanas se le colocaba en

la jaula. Desde dos médicos que venían a bordo, basta el último

pasajero, todos ideamos veinte remedios diferentes sin resultado. El

pobre pájaro murió un instante después. La niñita lloraba sin consuelo y

no podía desprenderse del turpial, que tenía apretado contra el seno,

como queriendo darle su vida... Yo me paseaba como un imbécil en el

puente, renegando contra mí mismo y mi estúpido sentimentalismo que me

hacía pasar un mal rato por la muerte de un turpial, cuando anualmente

me absorbía un sinnúmero de aves, muertas para mi uso particular, con la

más perfecta tranquilidad de conciencia. Hago una salvedad, sin embargo,

aunque no se refiere a una ave. Hace cerca de dos años que no como

tortuga. He aquí por qué: una mañana, remontando el Magdalena, los bogas

habían cogido una tortuga inmensa, cuya concha, a lo largo, no tendría

menos de medio metro. Por una casualidad había descendido a la cocina,

cuando me encontré a uno de los ayudantes en vía de matar a la tortuga;

pero aquel bárbaro, a fuerza de hacha y machete, trataba de separar el

cuerpo de su cáscara sin pensar en matar previamente al pobre animal,

cuya cabeza pendía y cuyos ojos se entrecerraban a cada golpe de

hacha... ¡Se la quité de entre las manos, lo obligué a matarla en el

acto, pero no he vuelto a probar tortuga!

* * * * *

En la mañana del octavo día, vimos, lejos aun, cinco o seis pequeñas

velas al norte y al oeste. Eran los prácticos, en sus pequeños y veloces

yates, con los que se aventuran a veces hasta dos y trescientas millas

de Nueva York, corriendo un verdadero _steeple-chase_ en busca de navíos

que conducir al puerto. Hay dos compañías rivales, felizmente, lo que

explica esa solicitud. En realidad, el puerto de Nueva York es tan

conocido y está tan bien balizado, que los capitanes no necesitan del

auxilio del piloto para entrar con seguridad. Pero, como en caso de un

contraste, siempre posible, las compañías de seguros no pagan si no se

han tomado todas las precauciones, el personaje se hace indispensable.

Como el viento les era contrario, pasamos un buen rato observando las

habilísimas maniobras, las maravillosas bordadas que hacían para ganar

terreno, aproximándose al vapor. Por fin, uno de los yates, cuando su

rival estaba sólo a veinte brazas, logró coger una amarra que se le echó

por babor; el otro viró de bordo en el acto, sin hacer la menor

observación y puso la proa a un punto negro que se divisaba en el

horizonte, algún buque sin duda que seguía nuestra ruta. Un hombre, con

toda la barba, pero sin bigote, de levita y sombrero alto, grave y

solemne, apareció en la cubierta del yate, con un diario en la mano. Es

el último número del _New York Herald_ que han tomado antes de partir,

para obsequiar al capitán. El que olvida ese requisito está seguro de

ser evitado por el capitán en el próximo viaje, por medio de una simple

maniobra, si el número de su yate (pintado en la vela), se ve entre los

candidatos probables.

La llegada del práctico es siempre un acontecimiento a bordo; parece

tener un aire de ciudad, cierto aspecto de tierra que alegra el

espíritu. Viene de entre los vivos, sabe lo que ha pasado en el mundo,

es la encarnación de esa esperanza de la llegada que en los últimos días

se hace áspera y violenta... Estábamos todos apiñados en la escalera. El

práctico saludó gravemente «¿Qué hay de nuevo?»--preguntó alguno.

«_Garibaldi is died_». Así tuve la primer noticia de la muerte del héroe

de San Antonio. No sé qué me hizo más impresión, si la noticia en sí

misma o la manera cómo la recibí. En 1870, al subir a bordo el práctico

que debía introducirnos en el puerto de Southampton, nos dijo, al ser

interrogado sobre las novedades: «Carlos Dickens ha muerto». A mi

regreso, en 1871, supe también por un práctico, en un puerto de

tránsito, la muerte de Alejandro Dumas. Estas curiosas coincidencias me

impresionaron de una manera inexplicable, y desde entonces miro a los

prácticos como aves de mal agüero.

Ahora bien, ¿quién obtendría el _New York Herald_, después del capitán?

Cuestión grave. El lobo se encerró en su cuarto, y creo que, no sólo

leyó hasta los avisos el muy miserable, sino que corrigió hasta las

faltas tipográficas. Cuando lo conseguimos, no encontramos nada capaz de

satisfacer nuestra curiosidad. Parece mentira que las cosas humanas

marchen de una manera tan monótona, que haya tan pocos choques de

ferrocarriles, dada la extensión de líneas férreas y tan raros crímenes

horribles, dadas las condiciones de nuestra amable especie.

He ahí, por fin, el famoso puerto de Nueva York. Indudablemente, esa

ensenada profunda, bordeada por colinas caprichosas, salpicadas de

montes, chalets relucientes, aldeas y castillos modernos, presenta un

aspecto encantador. Pero no, no es la bahía de Río de Janeiro, ese

orgullo de la zona tropical, con su cielo de un azul intenso como sus

aguas, sus montañas, sus palmares y cocoteros, sus islas sonrientes. No

es tampoco la calma poética y serena del golfo de Nápoles, reflejo del

alma de Virgilio, que se impregnó de ese cuadro de celeste tranquilidad.

Pero, a la verdad, la bahía de Nueva York sorprende gratamente al que

pisa el suelo de la gran nación americana con el espíritu dispuesto sólo

a la contemplación del lado positivo de la vida humana, a los

espectáculos estupendos de la industria, y no a las bellezas

naturales...

Todo nuevo, todo fresco y rozagante. Los techos y las paredes de los

elegantes chalets relucen como si los limpiaran cada mañana. En las

construcciones de piedra, imitando lo antiguo, el tono gris oscuro de la

pintura que pugna por ser vetusta, no consigue engañar la mirada, como

las artistas jóvenes que creen hacerse viejas en las tablas

blanqueándose el cabello y conservando la lozanía del cutis, no alcanza

a producirnos la ilusión buscada... A lo lejos, en el confuso dibujo de

la ciudad, algo inmenso que se extiende entre dos pilares colosales,

casi perdidos en la bruma, es el puente de Brooklin. Pero el ojo ávido

no descubre una torre de forma arcaica, un monumento, una columna, algo

que hable del pasado... Es que ese pueblo ha confundido en una las tres

edades históricas; no busquemos el arte en esas costas, sino lo que en

ellas, hay...

Pero, lo repito, la bahía es realmente bella. Mil vapores la cruzan en

todas direcciones, ostentando sus formas poco esbeltas de palacios

flotantes que traen a mi memoria el triste recuerdo de la «América» y la

catástrofe en que sucumbió.

Los primeros elementos del juicio que formé de Nueva York, después de

una corta permanencia, al calificar la inmensa ciudad de «paraíso de las

mujeres y de los niños», fueron recogidos en la mañana de mi desembarco.

Mandé mi equipaje anticipadamente al hotel, es decir, lo entregué a una

de esas agencias comodísimas que reemplazan en todo lo que es molesto la

acción individual, y me eché a vagar por las calles. Eran las 8 de la

mañana de un espléndido día de julio. El sol iluminaba las anchas

avenidas, y ya numerosos grupos de hombres fatigados buscaban reposo a

la sombra de los árboles corpulentos que bordan las aceras y pueblan los

squares. Por todas partes, mujeres y niños, solos, tranquilos, con su

cartera de colegiales a la espalda, rosados, rozagantes de vigor.

Marchan con el paso firme de soberanos. Al llegar a una esquina, donde

la afluencia del tráfico hace imposible el tránsito, se detienen y miran

simplemente al policemán, que de pie en medio de la calle, con la

gravedad de una estatua, vigila con ojo activo cuanto pasa a su

alrededor. El policemán espera la reunión de cinco o seis criaturas,

toma la más pequeñita sobre su brazo izquierdo, y rodeado de la

bulliciosa tribu, se lanza al piélago, levantando en la diestra el

bastón, símbolo de la autoridad. Tranvías, carros, fiacres, carruajes de

lujo, todo vehículo se detiene en el acto y los niños atraviesan

tranquilos y sin peligro la calzada, guiados por el amor del pueblo,

representado en ese momento por el correcto funcionario. Llegados a buen

puerto, el policemán deposita en tierra su graciosa carga, sonríe a sus

diminutos clientes que se despiden de él como de un amigo y rehace el

camino andado al frente de una expedición análoga.

Más de una vez me he detenido por largo rato a contemplar ese cuadro. Es

la única ciudad del mundo en que he visto esa vigilante tutela de la

autoridad sobre los débiles y los enfermos. ¿Quién no recuerda las

angustias de las madres, teniendo a sus hijos convulsivamente de la mano

y tratando de salvar estos torrentes de Oxford-Street, de la City, de

los bulevares, de la plaza de la Opera o de la avenida de los Campos

Elíseos? A cada instante, los diarios de Londres, París o Viena,

anuncian desgracias ocurridas a niños derribados por vehículos. En Nueva

York la infancia es sagrada. Para ella los parques dilatados, cubiertos

de árboles, tapizados de césped, no de simple ornamentación, sino para

que el niño corra sobre él sin peligro, pruebe sus fuerzas y las

desenvuelva. Para él un square en cada esquina, donde las niñeras se

instalan con el alegre escuadrón, armado de palos, picos y azadas, para

remover la arena, hacer fosos y murallas, cubrirse de tierra hasta los

ojos, moverse, agitarse, jugar, en una palabra, que es la vida de los

niños, como el vuelo es la vida de los pájaros.

¡Cuántas veces, al atravesar Madison Square o los espacios sin fin del

Central-Park, al verme rodeado de innumerables criaturas rubias,

rosadas, respirando a pleno pulmón ese aire vivificante, encarnizadas en

todos los juegos infantiles conocidos, he pensado en nuestros hijos,

metidos entre los cuatro muros de la casa, creciendo sin color, como

flores de invernáculo, sin más recurso que ir a sentarse sobre un triste

banco de plaza, para ser retado por el gendarme apenas su piececito

travieso pisa el césped amarillo y sediento! ¡Cuántas veces he envidiado

esa educación física, desenvuelta a favor de las garantías y seguridad

que arraigan la conciencia del derecho y comunican la confianza en la

propia fuerza! Es ese, indudablemente, el principal secreto de la

fabulosa prosperidad americana; el cuerpo se desarrolla en toda la

intensidad de que es susceptible, el espíritu toma el aplomo y

equilibrio característico de los yanquis, y cuando llegan a la

virilidad, hace luego largo tiempo que son hombres.

En cuanto a la mujer, no hay parte alguna del mundo en que sea más

respetada. Esas costumbres de independencia femenil, que nos asombran a

los latinos y que en los últimos tiempos han empezado a ser fuente de

preocupación para los mismos yanquis, han dado por resultado la

confianza tranquila que sostiene a las mujeres en todos los sitios

públicos. La moral neoyorquina no es ni más severa ni menos lata que la

de cualquier centro europeo; pero es un hecho, que cualquier extranjero

habrá podido observar, que, ni aun en las horas de la noche, en el seno

de las grandes corrientes de Broadway o de la calle 18 o de la Tercera

Avenida, se notan esas solicitaciones repugnantes que hacen imposible a

las familias el acceso a los bulevares de París o de ciertas calles de

Londres. La _tenue_ de las mujeres, aun en aquellas que un no sé qué

vago revela a ojos experimentados pertenecer al gremio tan

característicamente llamado en Francia de las horizontales, es siempre

correcta y digna. La máscara caerá al pisar la puerta de calle; pero

todo hombre puede pasearse con su mujer o sus hijas sin temor de

presenciar escenas escandalosas.

Nada más brillante que los puntos de reunión en las calles de Nueva York

a las horas de tono. La belleza de las mujeres asombra; las correctas

líneas británicas, templadas por una gracia indecible, la elegancia de

los trajes, el aire suelto y fácil con que son llevados, hacen de la

neoyorquina un tipo especial. Dicen los que han vivido mucho tiempo en

el seno de esa sociedad, que la atracción invencible del exterior nada

es al lado de los encantos del espíritu y de la dulzura exquisita del

corazón. No lo sé, ave de paso, extranjero, he pasado más de una hora en

la intersección de la Quinta Avenida y Broadway, con ese aire imbécil

que tiene un huésped instalado en la puerta del hotel que habita,

saciando mis ojos con el cuadro encantador que se renovaba sin cesar. No

puedo decir que los hombres me hayan seducido tan francamente; el tipo

general es de una vulgaridad aplastadora. Parece faltarles el pulimento

final de la educación, las formas cultas que sólo se adquieren por un

largo comercio con ideas ajenas a la preocupación de la vida positiva.

No critico ni exalto el modo de civilización yanqui; me limito a hacer

constar que, fuera de las mujeres, se puede recorrer la gran ciudad en

todo sentido sin encontrar nada que despierte las ideas altas que el

aspecto del arte suscita. Calles espaciosas, cómodas, muy bellas

algunas, como Broadway o la Tercera Avenida, parques suntuosos, iglesias

monumentales, de todos los estilos conocidos, pero nuevecitas, en hoja,

acabadas de salir de la caja, edificios soberbios, regulares, todos los

progresos de la edilidad moderna, teatros pequeños pero elegantes,

ferrocarriles y tranvías en todas direcciones... pero jamás aquellas

encrucijadas de París, de Viena y de las ciudades italianas, en las que

un viejo balcón saliente detiene la mirada, o un mármol ennegrecido por

el tiempo serena el espíritu con la armonía de sus líneas.

¿Puede haber nada más abominable que ese ferrocarril elevado que corre

sobre un puente tendido en todo el ancho de la calle, de tercer piso a

tercer piso? Debajo, un crepúsculo constante, la falda eterna del sol.

¡Ay de los infelices que allí viven! ¡¡Pero se va más ligero!! Ninguna

policía europea permitiría el embarco de los pasajeros en el tren

elevado de la manera que se hace; pero aquí cada uno se cuida a sí

mismo, y si hay alguna desgracia, las compañías pagan. Transporte

democrático, símbolo perfecto de la igualdad, convencido. Entretanto, en

la aristocrática Tercera Avenida no hay elevado, ni tranvías, y al

Central Park no entran los humildes fiacres que estamos habituados a ver

en el Bois de Boulogne. No critico la medida, pero hago constar la falta

de lógica. Puedo asegurar que no hay pueblo sobre la tierra que apegue

más importancia a las preocupaciones humanas que radican en la vanidad.

En eso, todas nuestras repúblicas se parecen, pero ninguna ultrapasa la

de los buenos yanquis. El prurito de la aristocracia es curioso entre

ellos. No hablo del Sur, donde se conserva aún la tradición de la

aristocracia de raza; me refiero al Norte, a ese mundo de financistas,

industriales y comerciantes. Es curiosa la influencia que tiene entre

ellos un título nobiliario; en el centenario de Yorkstown los miembros

de la comisión francesa, casi todos titulados, eran objeto de un estudio

detenido para todo el mundo. Una cinta, una decoración, un botón

multicolor con que hacer florecer el ojal de la levita, es su sueño

constante. Hay algo de ingenua puerilidad en eso. ¡Ay, mis amigos! ¡Si

aristocracia quiere decir distinción, delicadeza, tacto exquisito,

preparación intelectual para apreciar los tintes vagos en las

relaciones de la vida, fuerza moral para elevarse sobre el utilitarismo,

pasarán aún muchos siglos antes que la correcta huésped descienda sobre

el suelo americano! Contentáos con el lote conquistado, con ese

admirable sentido práctico que os distingue entre los hombres;

multiplicad los productos de Chicago y las balas de algodón; vivid

libres y felices bajo el amparo de la Constitución que os rige; poblad,

edificad, trazad rutas nuevas; pero no olvidéis nunca a aquel general

romano que amenazaba a los encargados de llevar una estatua de Fidias,

de Atenas a Roma, con hacérsela rehacer si llegaban a destruirla. La

concepción de la vida, tal cual los americanos del Norte la comprenden,

puede proporcionar quizá la mayor suma de bienestar material sobre la

tierra. Pero las naciones son como los hombres: para brillar

incomparablemente en la historia, necesitan desgarrarse el seno en una

gestación dolorosa; para crear el arte, es indispensable esa actividad

intelectual, lírica, fantástica, reñida con la práctica, que trae las

fatales confusiones entre el sueño y la realidad, que determinan la

guerra del Peloponeso, él torbellino italiano del siglo XVI o la

monstruosa sacudida del 89. Rousseau no ha sido ni es posible en los

Estados Unidos; ese pueblo seguirá a un hombre que le muestre el becerro

de oro como la meta suprema; jamás el estilo, la teoría, el calor del

sentimiento, el arte en sus formas más elevadas, estremecerán esa masa

flemática, embotada por una educación tradicional.

Mi permanencia en Norte América fue muy corta; circunstancias especiales

me hicieron abreviar el tiempo que pensé consagrar a la gran república.

No me es, pues, posible hablar con detalle de un país que he visitado

tan rápidamente. La impresión predominante es que uno se encuentra en un

mundo nuevo, extraño, diferente a aquel en que estamos acostumbrados a

vivir. Juzgo que para un latino cuya vida ha pasado en el seno de

sociedades cultas y educadas, será difícil connaturalizarse con el modo

de ser yanqui, áspero y egoísta en sus formas. La preocupación del

dinero predomina sobre todas; el público sabe casi diariamente, por la

publicidad de los periódicos, el estado de fortuna de un Vanderbilt o de

un Stewart, lo que gastan en su mesa, la materia de que se componen los

utensilios más insignificantes o característicos del hogar. Aquéllos que

gimen sobre los abusos de la prensa en Sud América o en Francia, podrían

difícilmente citarnos el ejemplo de los Estados Unidos. No he visto

jamás una injuria más sangrienta lanzada a la faz de una sociedad

entera, que una caricatura que se me mostró. Hay un espléndido palacio

en la Tercera Avenida, que es el Faubourg Saint-Germain de Nueva York,

que fue construido por una famosa partera, cuya habilidad y discreción

le habían valido esa opulenta clientela. Las malas lenguas aseguran que

los procedimientos secretos de Missis X. han impedido de una manera

notable el aumento de la población neoyorquina. Muerta la dama, un

diario de caricaturas publicó un dibujo representando la Tercera Avenida

llena de niños, que corrían de un lado a otro jugueteando. Al pie, esta

leyenda: «La Tercera Avenida, dos años después de la muerte de Missis

X.». Paréceme que en cualquier otro país del mundo las costillas del

caricaturista no habrían quedado intactas.

Si en alguna parte el aforismo de Girardin sobre la impotencia de la

prensa tiene aplicación, es en Norte América. Los diarios se tiran a

centenares de millares y constituyen uno de los géneros de empresa

industrial que reportan más beneficio. Pero es el anuncio y la

información lo que les da vida y no la opinión política. ¿Qué le importa

a un yanqui lo que piensa un diario? Lo compra, lee los telegramas y

luego los avisos.

La verdad es que en el día la prensa universal tiende a tomar ese

carácter. El valor e importancia del _Times_ consiste en su preocupación

incesante de reflejar la opinión, con todas sus aberraciones y cambios,

en vez de pretender dirigirla.

Uno de los establecimientos más característicamente yanquis que he

visto, es el opulento bar-room llamado Hoffmann House y situado frente a

Madisson Square. Se me ha asegurado que su propietario pasó diez años en

una penitenciaría por haber dado muerte a un hombre en un momento de

celos. Tiempo tuvo para madurar su idea, que en realidad le salió

excelente. Debe haber empleado sumas enormes en construir aquellos

lujosísimos salones, cuyas paredes están tapizadas de obras maestras de

la pintura moderna. Sólo «Las ninfas sorprendidas por faunos», de

Bouguereau, le ha costado diez mil dólares, y poco menos la «Visión de

Fausto» y otras telas de un mérito igualmente excepcional. Estatuas,

bustos, autómatas, todo lo que puede atraer la mirada humana. Salas de

lectura, de correspondencia, posta, telégrafo, y en un vestíbulo

especial, tres aparatos de ese maravilloso telégrafo automático que va

desenvolviendo constantemente la cinta de papel en que están

consignadas, minuto por minuto, las noticias políticas, el movimiento

de la Bolsa, y la oscilación en el precio de los cereales, algodones,

etc. En el fondo del bar-room, un inmenso mostrador, cubierto de todo lo

que un buen gastrónomo puede apetecer para hacer un lunch delicado y

suculento. Entráis allí como en una plaza pública, leéis los diarios,

los telegramas, escribís vuestra correspondencia, y si os sentís con

apetito, elegís lo que se os antoje, que os es servido inmediatamente

con toda civilidad. Todo, absolutamente gratuito. ¿Pero dónde está el

negocio, diréis? Simplemente en las bebidas. No es obligatorio pedirlas,

ni son más caras que en otras partes. Pero es tal la cantidad de gente

que se sucede sin cesar, que el pequeño beneficio de cada whisky

cocktail o de cada vaso de cerveza, no sólo cubre los gastos de las

vituallas que se dan gratis, sino que al fin del día dejan una ganancia

considerable. Preguntando a uno de los directores del establecimiento

cómo se explicaba que el bajo pueblo no hiciese irrupción y se instalase

a almorzar, comer y cenar diariamente y de balde, me contestó que M.

Hoffmann conocía mucho el corazón humano, que sabía que en los centros

lujosos y brillantes sólo se encuentra cómoda la gente de las clases

elevadas, aquella que, si pellizcaba, un sandwich, se cree moralmente

obligada a tomarse tres cocktails, sacrificio a que se resigna con

bastante facilidad.

Estuve en dos o tres teatros. Son de estilo inglés, generalmente

pequeños y bonitos. En uno de ellos vi la famosa opereta _Patience_,

crítica acerba de la última plaga de la literatura inglesa, el

estetismo; esto es, la lánguida aspiración al ideal, traducida en

maneras vaporosas, en posturas de virgen rosácea, en grupos de un

helenismo rococó. La música es trivial y agradable, pero como comedia,

la pieza se arrastra de una manera matadora. El jefe de la escuela

estética viajaba entonces en los Estados Unidos, contratado por un

empresario como un simple tenor y obligado a producir frases estéticas

bien limadas, en sitios como Mount-Vernon, el Niágara, el Capitolio,

etc. Su presencia en el suelo americano daba sabor de actualidad a la

crítica.

En otro teatro la eterna _Mascotte_, en inglés, arreglada, como hacen

los directores en Londres, al gusto británico. Aquí era al gusto yanqui.

Los calembours, los coq-à-l'âne, se referían siempre a incidentes

locales. Naturalmente, Lorenzo XVII y Rocco se convierten en irlandeses

en el último acto y hablan con el rudo acento de los hijos de la verde

Erin, según la designación que ha prevalecido, como si la Inglaterra

fuera amarilla y la Escocia violeta. Un gigante de seis pies que hacía

el papel de Pippo, había tomado la cosa a lo serio, y en el balido del

gracioso dúo creía oír el estentóreo aullar de un cuadrúpedo

antidiluviano. En farsas americanas, prefiero las dislocaciones y el

bango de los minstrels a todas las imitaciones francesas.

Oí también una vez al célebre trágico Edwin Booth, de la familia del

asesino de Lincoln; más tarde tuve ocasión de seguir sus

interpretaciones de Shakespeare en Berlín, donde trabajaba con una

compañía que le daba la réplica en alemán. La analogía de idiomas

evitaba aquel defecto deplorable que desgarraba los oídos de mi querido

Rossi, cuando en Londres daba el _Hamlet_ en italiano con una compañía

inglesa. Encuentro a Booth inferior a Rossi y a Salvini en sus grandes

papeles saquesperianos. Su cuerpo se presta admirablemente para el

_Hamlet_, pero el estetismo lo preocupa demasiado, ¡y yo venía de ver

«Patience»!

Viajeros latinos, no descendáis jamás en Nueva York en un hotel de los

llamados de plan americano, esto es, en los que es obligatorio pagar la

comida junto con el departamento. Se está bien, los cuartos son cómodos,

limpios; el agua sale, en todos los tonos de la temperatura, de un

sinnúmero de bitoques; hay profusión de campanillas eléctricas... pero

la mesa es deplorable. Salmón cocido y rosbeef crudo; he ahí el _menú_.

Si queréis un cambio, tomad primero el rosbeef y luego el salmón, si es

que no preferís principiar por la eterna compota que cierra la marcha y

que hasta ahora no he podido averiguar si pertenece a la familia de las

sopas o a la de los postres. En cambio, tenéis el restaurant Delmónico o

el Brunswich que no le ceden en nada a Bignon, al London House de Niza o

al Bristol de Londres. Delmónico está lleno siempre y sus precios son

exorbitantes. Quisieron los propietarios disminuirlos, pero la clientela

yanqui declaró que el día que un cotelette valiera menos de un dólar, o

una botella de Mumm _extra dry_ menos de diez fuertes, abandonarían la

casa. Obligados por la ley a sufrir la presencia de la gente de color en

los tranvías y paseos, no tienen más valla que oponer a la invasión

democrática que el bolsillo. Y lo emplean largamente. Hay que hacer

justicia, y plena, a los yanquis a este respecto. No hay un punto de la

tierra más gastador, más generoso, más abierto. El oro rueda a rodos;

para ellos, lo más caro de la Europa: sus vinos más exquisitos, sus

joyas, sus brillantes, sus artistas más aplaudidos. El lujo es inaudito;

en ninguna parte del mundo la impresión de la pobreza se siente con más

intensidad. Pero un hombre de gusto, con la mirada habituada a la

percepción de las delicadezas europeas, nota al instante cierto tinte

especial: el sello del advenedizo, que no ha tenido tiempo de completar

esa dificilísima educación del hombre de mundo de nuestro tiempo, capaz

de distinguir, al golpe de vista, un bronco japonés de uno chino, un

Sévres de un Saxe; una vieja tapicería de una moderna. Hay un

inexplicable _rococó_ aun en los centros mejor frecuentados. Un francés

del buen mundo, con treinta mil francos de renta, hace maravillas, a las

que un yanqui con doscientos mil no alcanzaría.

La calle, un museo de artes incoherentes. ¡Qué tipos maravillosos

exhibiéndose con una tranquilidad y un aplomo inconcebibles! ¡Qué

sombreros piramidales, vastos como necrópolis, unos invisibles, otros

izados a lo alto de un cráneo puntiagudo por un milagro de equilibrio!

¡Qué corbatas! El pueblo que usa esas corbatas no producirá jamás un

colorista de genio. Debe haber un daltonismo hereditario en la masa. Es

imposible que vean el rojo con el mismo tinte que se nos ofrece. El

verde los seduce; es necesario haber vivido un año entre cotorras para

habituarse a aquellos _plastrons_ imposibles. En cambio, el grupo de los

_swell_ se viste con una elegancia sólo comparable a la alta clase

inglesa. Los dandys de Broadway no les ceden en nada a los de Hyde Park

Corner... Pero de pronto pasa un pantalón al tobillo, a cuadros habana,

con un jacquet invisible, a manera de cornisa, que os arroja en la más

profunda desolación. En general, los hombres parecen de viaje, camino de

la estación, con cierto temor vago de perder el tren. Cada uno lleva lo

que ha comprado: un cacho de bananas, un conejo, un salmón, una canasta

de frutas, un cuadro o un baño de asiento. El _beg your pardon_ es menos

común aun que en Inglaterra. No piden ni dan cuartel; os pisan y empujan

con la misma calma que sufren la recíproca. No se levantan para ceder su

asiento a una señora, porque sostienen que una señora no debe entrar en

un tranvía donde no hay asiento. Pero que un hombre insulte a una mujer,

que un niño pida auxilio, y veréis toda esa indiferencia desaparecer en

el acto. Poco político, si queréis, pero, una vez amigos podéis contar

con ellos como un inglés que os ha estrechado la mano.

¿Morales? Ni más ni menos que el común de los mortales. La vida galante

de Nueva York no es por cierto lo que ofrece menos encantos en este

triste mundo donde ese culto tiene tantos adeptos. En general, los

países donde se bebe mucho champaña dejan bastante que desear desde el

punto de vista de la austeridad de costumbres. Ahora bien, en ninguna

parte se bebe más champaña que en Norte América. La Francia entera,

desde Cherbourgo a Mentón, y desde Bayona a Belfort, cubierta de viñas,

no bastaría para el consumo de un año. Así, fuera, naturalmente, de los

grandes centros, nada más fantástico que las bebidas que allí se

expenden bajo el nombre de champaña.

Sí, les gustan las mujeres, como les gustan a los ingleses, aún los

domingos. Cerrado el escritorio, preparado el espíritu para una pequeña

sesión, suelen armar algunas... al lado de las que las explosiones

latinas son idilios. Es que también, para un hombre joven y aficionado,

el teatro no puede ser más agradable. La contribución a la flora

neoyorkina es universal, desde los productos franceses de

_serre-chaude_, hasta esas rosas robustas que sólo brotan en la tierra

de los madgiares.

En el alto mundo, el _flirt_, el abominable, el odioso _flirt_,

inventado por alguna americana sin temperamento, la vanidad disfrazada

de Cupido, el ridículo en vez del placer, la vanagloria en vez de la

pasión, el _flirt_, mezcla del viejo _patitismo_ italiano y del _cant_

británico, gimnasia del cretinismo social, obliteración de la

naturaleza, traducción grotesca de un canto divino. La única

justificación del _flirt_, como la del Dios de Stendhal, es que en

general no existe. Empiezan las cosas por ahí, porque de algún modo hay

que empezar; pero pronto la naturaleza hace oír su voz, y la mano, que

atrae furtivamente la mano, el pie que roza el zapato de raso... semejan

esas flores que brotan en los árboles, precediendo en la vida a la fruta

que las reemplaza.

Son yanquis, pero son hombres.

Las obras de ante, maravillosas; High Bridge recuerda los trabajos

romanos y el puente suspendido de Brooklyn parece una fantasía de cuento

árabe. El cementerio de Brooklyn es la necrópolis más lujosa que he

visto en mi vida. No vale el de Pisa como arte, ni los muertos surgen a

vuestro paso con todo su cortejo de gloria como en el Père-Lachaise. Sin

embargo, un simple monumento, levantado por una suscripción pública, me

hizo latir el corazón más aprisa que el aspecto de todas las grandes

tumbas de la tierra. Es el de un bombero; ni aún su nombre recuerdo,

pero en su alma brilló un instante la única chispa que puede llamarse un

reflejo divino. En un incendio terrible, un niño de cuatro años, hijo de

obreros, había quedado solo en una pieza del cuarto piso. Las llamas

rodeaban el edificio entero; el bombero toma una escalera y después de

esfuerzos inauditos, medio abrasado, alcanza la ventana desde la que el

niño, enloquecido por el terror, pedía auxilio. Pero el fuego consumió

la escala. El bombero tomó al niño en sus brazos y lanzó una mirada

ansiosa a todos lados; las llamas entraban ya por la ventana. Entonces,

delante de una muchedumbre que presenciaba la horrible escena con el

corazón apretado, algo como una luz divina inundó el alma de aquel

hombre, grande en ese instante como la del Cristo en la cruz. Besó al

niño en la frente, lo levantó en alto en sus brazos, se puso de pie

sobre el borde de la ventana y se dejó caer de una altura de cuarenta

metros. Su cuerpo se estrelló contra las piedras; el niño, sostenido en

sus brazos, no había tocado el suelo, cuando fue recogido por los

asistentes. No conozco una muerte más bella en los anales de la historia

humana, ni una tumba que merezca descubrirse ante ella con más profunda

veneración.

No cerraré estas líneas trenzadas a la ligera, sin hacer una confesión

que no se refiere sólo a Nueva York, sino al mundo americano todo que he

conocido: mi impresión ha quedado más abajo de la ilusión formada por el

dato recogido. Mirado de cerca, el organismo norteamericano presenta los

mismos síntomas de enfermedad que el de las más viejas sociedades

europeas. Su régimen político ha sido fuente de progreso,

indudablemente; pero las ideas republicanas están lejos de practicarse

con la pureza que generalmente se les atribuye. La corrupción

administrativa es mayor que la de cualquier país europeo y aun

sudamericano, medianamente organizado. El fraude electoral se practica

en una escala que asombraría a la misma Inglaterra y de la que no hay

remotos rasgos en Francia, único país en el mundo actual donde el

sufragio universal se aproxime a la verdad.

El espíritu de secta, la anarquía religiosa, si bien se ejerce fuera de

los límites del gobierno, no produce menos serias perturbaciones

sociales.

En una palabra, si yo buscara en el mundo un ideal político, correría

aún tras él.

Cincuenta millones de hombres en el afán de la producción, son una masa

tan imponente, que puede ser batida sin peligro por los vicios de una

organización incorrecta. Pero los Estados Unidos tienen sólo un poco más

de un siglo de existencia, y eso es un instante en la vida de las

naciones. ¿Qué guarda el porvenir? Tal vez una potencia monstruo, pero

no espero una luz que esparza sus raudales de claridad sobre la

humanidad entera.

Una fragmentación del imperio americano es probable en época no lejana,

o las leyes históricas fallarán. Será el momento de prueba; en cuanto a

la libertad, formando hoy la base de la concepción humana de la vida, no

peligrará la desaparición del modo yanqui. Si un faro hay, persiste aún

bajo las bóvedas de Westminster y el egoísmo inglés es su mejor

guardián.

En viaje (1881-1882) · 第 63 / 65 题