CAPITULO XIX

El Canal de Panamá.

Corinto, Suez y Panamá.--Las viejas rutas.--Importancia geográfica

de Panamá.--Resultados económicos del canal.--Dificultades de su

ejecución.--La mortalidad.--El clima.--Europeos, chinos y

nativos.--Fuerzas mecánicas.--¿Se hará el Canal?--La oposición

norteamericana.--M. Blaine.--¿Qué representa?--El tratado

Clayton-Bulwer.--La cuestión de la garantía.--Opinión de

Colombia.--La doctrina Monroe.--Qué significa en la

actualidad.--Las ideas de la Europa.--Cuál debe ser la política

sudamericana.--Eficacia de las garantías.--La garantía colectiva de

la América.--Nuestro interés.--Conclusión.--El principal comercio

de Panamá.--Los plátanos.--Cifra enorme.--El porvenir.

Una simple mirada a la carta geográfica de la tierra ha hecho nacer en

el espíritu de los hombres la idea de corregir ciertos caprichos de la

naturaleza en el momento de la formación geológica del mundo. Los Istmos

de Corinto, de Suez y de Panamá, han sido sucesivamente, en el tiempo y

en el espacio, objeto de preocupación para todos aquellos que buscaban

los medios de aumentar el bienestar de la raza humana. Los griegos, con

sus ideas religiosas que los impulsaban a la personificación de todos

los elementos, consideraban un sacrilegio el solo intento de modificar

los aspectos del mundo conocido, y Esquilo atribuye el desastre de

Jerjes a la venganza divina, por la altiva manera con que el monarca

persa trató al Helesponto. Los romanos, poco navegadores, ni aun fijaron

su mirada en el Istmo de Suez, porque sus legiones estaban habituadas a

recorrer la tierra entera con su paso marcial.

Ha sido necesario el portentoso desenvolvimiento comercial del mundo de

Occidente, para que el sueño de abrir rutas marítimas nuevas y

económicas se convirtiese en realidad. La vieja vía terrestre que

conducía al Oriente, fue abandonada cuando Vasco de Gama dobló el Cabo

de las Tempestades, y a su vez el itinerario del ilustre portugués

cedió el paso al que trazó el ingenio moderno tan admirablemente

personificado en el «Gran Francés», como se ha llamado a M. de Lesseps.

Lo que impone respeto en la obra de este hombre, no es la concepción de

la idea, que corría hacía ya muchos años en el campo intelectual. Es la

perseverancia para habituar el espíritu público a encarar una empresa de

tal magnitud con serenidad, con las vistas positivas de un negocio fácil

y rápido; es la tenacidad de su lucha contra Inglaterra, que cree ver en

ella comprometidos sus intereses. ¡La experiencia de Suez se ha embotado

contra la implacable resistencia británica, y dentro de diez años se

leerá con indecible asombra el libro que acaba de publicarse, en el que

los hombres más notables de Inglaterra declaran un peligro para su

independencia la perforación del túnel de la Mancha! ¡Tal así, vemos hoy

el artículo sarcástico del _Times_, burlándose de Stephenson que

pretendía recorrer con su locomotora una distancia de veinte millas por

hora!

El Istmo de Panamá es uno de esos puntos geográficos que, como

Constantinopla, están llamados a una importancia de todos los tiempos.

Punto céntrico de dos continentes, paso obligado para el comercio de

Europa con cinco o seis naciones americanas, natural es que haya llamado

la atención del gran perforador. Los americanos, construyendo el

ferrocarril que lo atraviesa y estableciendo las tarifas más leoninas

que se conocen en la tierra[28], creyeron innecesaria la excavación del

canal, que, dignos hijos de los ingleses, nunca miraron con buenos ojos.

La perseverancia de Lesseps triunfó una vez más, y la nueva ruta recibió

su trazo elemental[29].

¿Cuál será el resultado económico del Canal de Panamá? Desde luego, la

aproximación, por la baratura del transporte, de todas las tierras que

baña el Pacífico, desde el Estrecho de Behring hasta Chile mismo, con

los grandes centros europeos. La ruta de Magallanes será abandonada por

la misma e idéntica causa que se abandonó la de Vasco de Gama, y la

importancia comercial de ese estrecho que ha estado a punto de encender

la guerra en el extremo Sur de la América, habrá desaparecido por

completo.

Aun en el día, el comercio entero del Perú y el movimiento de pasajeros,

se hace por Panamá, a pesar de las incomodidades y retardos del

trasbordo y la enormidad del flete del ferrocarril istmeño. Los chilenos

mismos suelen preferir esa vía, que les evita los rudos mares del Sur y

el cansancio de esa navegación monótona, mientras la ruta del norte

presenta mares tranquilos y las frecuentes escalas que aligeran la

pesadez del viaje. Una vez abierto el canal, raro será, pues, el buque

que vaya a buscar el Estrecho de Magallanes para entrar en el Pacífico.

Para los chilenos, y tal vez para los peruanos, sólo un camino luchará

con ventaja contra la vía de Panamá; será el ferrocarril que una a

Buenos Aires con Chile. Esa será la ruta obligada de la mayor parte de

los americanos del Pacífico, en tránsito para Europa, porque será más

corta, más rápida y más agradable.

Ahora bien, ¿se hará el canal, con el presupuesto sancionado y en el

tiempo indicado en el programa de M. de Lesseps? Avanzo con profunda

convicción mi opinión negativa. No se trata aquí, y M. de Lesseps

empieza a comprenderlo ya, de una obra como la de Suez. Falta el

Khedive, faltan los centenares de miles de _fellahs_, que morían en la

tarea, como sus antepasados de ahora cuarenta siglos en la construcción

de las pirámides que quedan fijas sobre las arenas, como monumentos de

esas insensatas hecatombes humanas.

El pasajero que hoy cruza el Canal de Suez, bostezando ante el monótono

paisaje de arenas y palos de telégrafo, no piensa nunca--y hace bien,

porque no hay motivo para agitarse la sangre en un sentimentalismo

retrospectivo--en los cadáveres que quedaron tendidos a lo largo de esos

áridos malecones. Eran _fellahs_, esclavos sin voz ni derecho, y nadie

habló de ellos.

Pero en Panamá no hay khedives ni fellahs y las condiciones generales de

salubridad son aún inferiores a las de Suez. Basta conocer el nombre de

algunos puntos del trayecto del Istmo, nombres que vienen de la

conquista, como el de «Mata cristianos», para darse cuenta del ameno

clima de esas localidades. No resiste el europeo a ese sol abrasador que

inflama el cráneo, no puede luchar contra la emanación que exhala la

tierra removida, tierra húmeda, pantanosa, lacustre. ¿Cuántos han muerto

hasta hoy de los que fueron contratados, desde el comienzo de la

empresa? No busquéis en las estadísticas oficiales, que ocultan esas

cosas, sin duda para no turbar la digestión de los accionistas europeos.

Buscadlos en las cruces de los cementerios, en las fosas comunes

repletas, y formaos una idea del número de bajas en ese pequeño ejército

de trabajadores, recordando que muchos ingenieros, con el principal a la

cabeza, gente toda cuya higiene personal les servía de preservativo, han

sido de los primeros en caer bajo las fiebres del Istmo.

Se ha detenido ya la corriente de europeos, y un momento se ha pensado

en los chinos. Pero, como éstos son más hábiles que fuertes, y como, a

pesar de chinos, son mortales, creo que se ha desistido de ese proyecto.

Hay además una razón económica, en todas esas grandes empresas: el

dinero de los peones, en sus tres cuartas partes, reingresa en la caja,

por conducto de las cantinas numerosas y provisiones de todo género que

se establecen sobre el terreno. Los chinos no consumen nada, lo que no

los hace por cierto muy simpáticos a la empresa.

Por fin, se ha echado mano de los nativos, eso es, de los que, estando

habituados al clima, podrían resistirlo, y se ha contratado un gran

número de panameños, samarios, cartageneros, costarriquenses, buscando

reclutas hasta en las Antillas próximas. Pero toda esa gente sin

necesidades, habituada a vivir un día con un plátano, no es ni fuerte,

ni laboriosa, ni se somete a la disciplina militar indispensable en

compañías de esa magnitud.

Falto de hombres, M. de Lesseps apeló a la industria y contrató la

construcción en Estados Unidos de enormes máquinas de excavación, cuyos

dientes de hierro debían reemplazar el brazo humano. Es necesario ver

trabajar esos monstruos para saber hasta dónde puede llegar la potencia

mecánica. El ingeniero constructor del motor fijo que daba movimiento a

las infinitas poleas de la Exposición Universal de Filadelfia, decía

que, si tuviera un punto fuera del mundo para colocar su máquina,

sacaría a la Tierra de su órbita.

Tenía razón, como la tenía Arquimedes.

Pero no hay máquina que pueda luchar contra las lluvias torrenciales que

en Panamá se suceden casi sin interrupción durante nueve meses del año.

Abierto un foso, en cualquier punto de la línea, cavado hasta tres y

cuatro metros de profundidad, viene un aguacero, lo colma y derrumba

dentro la tierra laboriosamente extraída un momento antes.

Es inútil pensar en agotarlo, porque cinco minutos después estará de

nuevo lleno. Viene el sol al día siguiente, abrasador, inflamado, se

remueve el barro para continuar los trabajos, y los miasmas deletéreos

infeccionan la atmósfera.

¿Se hará el canal? Sin duda alguna, porque no es una obra imposible y

los recursos con que hoy cuenta la industria humana son inagotables.

Pero, en vista de las dificultades que he apuntado y que me es permitido

creer no se tuvieran en vista al plantear los lineamientos generales de

la obra, me es lícito pensar, de acuerdo con todas las personas que han

visitado los trabajos, observando imparcialmente, que el canal no estará

abierto al comercio universal antes de 10 años y después de haber

consumido algo más del doble de la suma presupuesta (seiscientos

millones de francos).

No veo sino a M. de Lesseps capaz de llevar a cabo la empresa que tan

dignamente coronará su vida. ¡Quiera el cielo prolongar los días del

ilustre anciano para su gloria propia y para el beneficio del mundo

entero!

Son conocidas las dificultades suscitadas por los Estados Unidos a la

empresa del Canal de Panamá, los ardientes debates a que esta cuestión

dio origen en el Congreso de Wáshington y la idea, un momento

acariciada, de proteger con todo el poder de la gran nación, el proyecto

rival de practicar el canal interoceánico a través de Nicaragua. La

entereza y tenacidad de M. de Lesseps triunfaron una vez más contra el

nuevo inconveniente; pero los Estados Unidos, lejos de declararse

vencidos, reanimaron la cuestión bajo la forma diplomática, tocando el

papel primordial en el memorable debate que en el momento de escribir

estas líneas aun no se ha agotado, a M. Blaine, cuyo rápido paso por el

Gobierno de la Unión ha marcado una huella tan profunda, y cuya

reputación, después de la caída, ha sido desgarrada tan sin piedad por

sus adversarios. Para éstos, M. Blaine no ha sido sino un político

aventurero e impuro, que ha pretendido variar la corriente de vida

internacional que durante un siglo había conducido sin tropiezo la nave

de la Unión. Los asuntos del Pacífico; el engaño inexcusable de un

pueblo en agonía que tiende sus brazos desesperados a una promesa falaz;

los misterios de la Peruvian Guano Company; la palinodia vergonzosa de

los señores Trescott y Blaine en Santiago de Chile, han suministrado no

escasos elementos de acusación contra el primer ministro del presidente

Garfield. Paréceme, sin embargo, que si un extranjero imparcial estudia

un poco el pueblo americano actual, encontrará que es muy posible que el

juicio del momento sobre M. Blaine no sea corroborado por la opinión

pública dentro de diez años. Es innegable que hay hoy en Estados Unidos

una corriente de poderosa reacción contra la política de aislamiento,

que ha sido la base del sistema americano y tal vez de su prosperidad.

Sueños y ambiciones patrióticas de un lado, vistas profundas sobre el

porvenir, del otro, y en el centro, la ponderación, siempre grave, de

intereses mezquinos, de lucro rápido y fácil, han determinado la

iniciación de la propaganda de que M. Blaine se hizo eco en el Gobierno.

Una nación compacta de más de cincuenta millones de almas, con elementos

de riqueza, ingenio, cultura, iguales por lo menos a las primeras

naciones de Europa, no puede ni debe, dicen, permanecer indiferente a la

política europea.

Por de pronto, los asuntos todos de la América deben ser de su exclusivo

resorte, ejerciendo la legítima hegemonía a que su importancia le da

derecho. Desde el Cabo de Hornos a los límites del Canadá no debe

existir otra influencia que la de los Estados Unidos, ni escucharse otra

voz que la que se levante en Wáshington.

Tal es la idea fundamental, que pronto dará vida y servirá de lábaro a

un partido, a cuyo frente no dudo ver aún a M. Blaine, a pesar del

estruendo de su caída. Y tal es la influencia que ejerce sobre el

espíritu colectivo, que a ella se debe el último recrudecimiento de la

doctrina de Monroe, que en estos momentos sostiene M. Frelinghysen con

igual perseverancia que su antecesor. El debate iniciado entre lord

Grenwille y M. Blaine se continúa en el día, sin que se vea hasta ahora

probabilidades de que ninguna de las dos partes ceda.

No historiaré el tratado Clayton-Bulwer, conocido por todos los que en

estas cuestiones se interesan; recordaré solamente que fue una

transacción, un _modus vivendi_ mejor dicho, que permitiese extenderse

las influencias inglesa y americana en las Antillas y las costas de

Centro América, de una manera paralela que no diese lugar a conflictos.

Pero, si los americanos encontraban cómodo el tratado cuando se trataba

de factorías insignificantes o islotes diminutos, no juzgaron lo mismo

respecto al futuro Canal de Panamá y denunciaron listamente el tratado,

reclamando la garantía exclusiva de la libre navegación y neutralidad

del Istmo, para sí mismos. Los ingleses, como es natural, rechazaron la

denuncia y propusieron, en vez de esa garantía exclusiva, la de todas

las potencias de Europa, en unión con los Estados Unidos. Tal es la

cuestión; volúmenes de notas se han cambiado, sin que aun se vea un paso

positivo.

Entretanto, ¿cuál es la opinión de Colombia, que al fin y al cabo,

teniendo la soberanía territorial y la jurisdicción directa, paréceme

que puede reclamar algún derecho a ser oída? Desde luego, es bueno

recordar que Colombia ha tenido más de una vez que interponer

reclamaciones serias contra los avances de los Estados Unidos en las

costas atlánticas del Istmo. A veces ha necesitado gritar muy fuerte

para ser oída en Europa, y sólo así, los americanos han largado la presa

de que perentoriamente, con el derecho del león, se habían apoderado,

saltando sobre el tratado Clayton-Bulwer mismo. Pero un ministro

colombiano, de paso para Europa, pues ni aun en Wáshington estaba

acreditado, tuvo la ocurrencia de firmar con el Gabinete americano, un

protocolo, por el cual Colombia declaraba satisfacerse y preferir la

garantía exclusiva de los Estados Unidos. Esa convención fue

solemnemente desaprobada en Bogotá; pero Colombia, comprendiendo, a mi

juicio bien, sus conveniencias, _tira son épingle du jeu_, y dejó frente

a frente a la Inglaterra y a la Unión, manifestando, por lo demás,

merced a la voz de su prensa y a la palabra de sus oradores en el

Congreso, sus simpatías indudables por la garantía unida, propuesta por

la Inglaterra.

En el fondo, la doctrina Monroe no es sino una opinión, un

_desideratum_, el anhelo de un pueblo, que formula así sus intereses

generales. Pero de ahí a convertir esa opinión en un principio de

derecho público, hay distancia y mucha. Además de que los principios de

derecho, no sólo en nuestro siglo, sino en todos los tiempos, han

influido muy débilmente en la solución de las cuestiones de hecho, los

americanos ni aun pueden pretender que la doctrina Monroe sea admitida

por el consenso universal. Lejos de eso; desde el presidente que le dio

su nombre hasta el actual, ninguno la ha formulado con sus variantes en

el tiempo, sin que la Inglaterra, y en muchos casos la Europa, haya

dejado de protestar. ¡El pobre Monroe ha hecho muchas veces el papel del

lobo! ¡el lobo! de la fábula; pero, como los americanos jamás mostraron

la garra, ni cuando la expedición de Méjico, ni cuando el bombardeo de

Valparaíso, en el que las balas españolas pasaban casi sobre buques que

llevaban la bandera estrellada, nadie cree ya en eso espantajo.

La Inglaterra contesta que, teniendo indiscutibles intereses en el

Pacífico, y siendo el Canal de Panamá una ruta para la India, es natural

que quiera tomar parte en la garantía. Entonces reclamo mi parte

también, contestan los Estados Unidos, en la garantía del canal de Suez.

La Inglaterra sonríe... e insiste.

Es seguro que la intención de M. Blaine, al convocar el Congreso

americano, que debía reunirse en Wáshington en noviembre de 1882, con el

pretexto de buscar medios para evitar la guerra entre las naciones

americanas (_sic_), era simplemente echar sobre el tapete la cuestión de

la garantía del Istmo, y tal vez, ante la perseverancia de la

Inglaterra, que no cede, proponer, en lugar de su garantía exclusiva, la

de todos los Estados que componen ambas Américas. ¿Qué actitud

aconsejaba a éstas la inteligencia clara de sus intereses? ¿Qué habría

dicho la Europa a semejante proposición?

Vamos por partes. Noto que salgo por un momento del tono general de este

libro de impresiones, en el que sólo he querido consignar lo que he

visto y sentido en países casi desconocidos para nosotros. Pero como la

cuestión en primer lugar, refiriéndose a Colombia, entra en mi cuadro, y

toca por otra parte, no ya a un interés del momento, sino a la marcha

constante de la política americana, no creo inoportuno consignar aquí

las ideas que un estudio detenido me permite considerar como las más

sanas y convenientes para todos.

«América para los americanos»; he ahí la fórmula precisa y clara de

Monroe. Si por ella se entiende que la Europa debe renunciar para

siempre a todo predominio político en las regiones que se emanciparon de

las coronas británica, española y portuguesa, respetando eternamente, no

sólo la fe de los tratados públicos, sino también la voluntad libremente

manifestada de los pueblos americanos; si ese alcance de la doctrina,

estamos perfectamente de acuerdo, y ningún hombre nacido en nuestro

mundo dejará de repetir con igual convicción que Monroe: _America for

the americans_. Pero... ¿se trata de eso? ¿Piensa hoy seriamente algún

gobierno europeo en reivindicar sus viejos títulos coloniales; pasa por

la imaginación de algún estadista español, por más visionario que sea,

la reconstrucción de los antiguos virreinatos y capitanías generales de

la América?

¿Puede la Gran Bretaña acariciar la idea de volver a atraer las colonias

emancipadas en 1776? Portugal, un pigmeo, ¿absorbe al Brasil, gigante a

su lado? Seamos sinceros y prácticos reposando en la convicción de que

no sólo la independencia americana es un hecho y un derecho, sino que

nadie tiene la idea de atentar contra las cosas consumadas. España se

reorganiza y aún tiene mucho que hacer para recuperar una sombra de su

importancia en el siglo XVI. La Francia, desgarrada, fijos sus ojos en

el Rhin, mantiene a duras penas sus posesiones del África... y sus

mismos límites europeos. La Inglaterra mira crecer con zozobra la India,

desenvolverse el Canadá, y avanzar sordamente la democracia, que

considera una amenaza de disolución. La Alemania se forma, endurece sus

cimientos, trata de homogeneizarse mientras el Austria, perdido su viejo

prestigio europeo, comprende, bajo la experiencia de la desgracia, que

la verdadera ruta de su grandeza es hacia Oriente, a la cabecera del

«hombre enfermo». ¡El Portugal!... Seamos serios, lo repito; nadie

atenta contra la independencia de América, y para los más desatinados

aventureros o ilusos está vivo aún el recuerdo de Maximiliano, que pagó

con su vida una concepción absurda y un negocio indigno, ignorado de su

espíritu caballeroso. Puede la América inflamarse en una guerra

continental, comprometiendo graves intereses europeos como los que tanto

han sufrido en la inacabable guerra del Pacífico; la Europa no

desprenderá un soldado de sus cuadros ni un buque de su reserva. Pasaron

los tiempos de la intervención anglofrancesa en el Plata o en Méjico, y

la Europa podía, y esta vez con razón, variar la fórmula de Monroe

repitiendo: _Europe for the europeans_!

¿Qué significado actual, real, positivo, tiene hoy, pues, la famosa

doctrina? Simplemente éste: la influencia norteamericana en vez de la

influencia europea, el comercio americano en vez del europeo, la

industria americana en vez de la de Europa. ¿Es ese un deseo legítimo?

Indudablemente, pero es una simple aspiración nacional, egoísta en su

patriotismo, exclusiva en su ambición, pero que no está revestida, como

antes dije, de los caracteres de un principio de justicia, de derecho

natural, que sea capaz de imponerse a la América entera. Que dentro de

cinco años el desenvolvimiento pasmoso de la República Argentina, su

industria desbordante, los inagotables recursos de su suelo, inspiren a

nuestros hombres de Estado la resurrección de la doctrina Monroe en

beneficio del pueblo argentino, nada más natural. Pero ¿qué contestarán

entonces las nacionalidades americanas que no hayan alcanzado su grado

de progreso, más aún, que la geografía coloque fuera de la órbita de

influencia argentina? Precisamente lo que debemos contestar hoy a los

Estados Unidos franca y abiertamente, sea en la mesa de un Congreso

americano, sea por la discreta voz de las cancillerías, y eso no sólo

nosotros, sino todos los países desde Panamá a Buenos Aires: «No

debemos, no queremos, no nos conviene romper con la Europa en beneficio

de una teoría sin sentido político en el momento actual; de la Europa

nos vienen la vida intelectual y la vida material. Ella y sólo ella

puebla nuestros desiertos, compra y consume nuestros productos,

reemplaza las deficiencias de nuestra industria, nos presta su dinero,

su genio y su ciencia; es, en una palabra, el artífice de nuestro

progreso. En cambio, ¿qué recibimos de ustedes, señores? La

jurisprudencia institucional, que en medio de sus ventajas, nos trae la

fuente de todos nuestros conflictos institucionales, porque imitamos sin

discernimiento, y el mal resultado, que allí se pierde bajo la imponente

ponderación de la masa, nos desequilibra y nos arroja en sendas

funestas. ¿Respecto a industria? Maderas de pino y balas de algodón.

Venid a comprar nuestras lanas y nuestros cueros; vendemos, a precios

más bajos que la Europa, tejidos y artefactos; abridnos vuestros

mercados monetarios; ayudadnos a hacer ferrocarriles y canales;

estableced, en una palabra, el intercambio comercial e intelectual que

hoy mantenemos con el Viejo Mundo, desbancadlo, ¡qué diablos! bajo las

leyes que rigen la economía de las naciones, y entonces... ¡oh!

entonces no tendríamos, ni ustedes ni nosotros, necesidad de

desgañitarnos gritando: _America for the americans_, sino que la fórmula

sería un hecho indestructible por la fuerza misma de las cosas. Tales

son las ideas que impone la más ligera observación de nuestro estado

actual; la más leve desviación sólo podría ser momentánea, y el retorno

a la inicua Vía costará tal vez a nuestros hermanos de Méjico (vecinos,

sin embargo), no pocos sacrificios.

Ahora bien, ¿cuál debe ser nuestra actitud sudamericana respecto a la

cuestión de la garantía del Canal de Panamá? Se desprende claramente de

las premisas anteriores: la preferencia indiscutible de la garantía

colectiva de la Europa y la América sobre la garantía exclusiva de la

Unión. Debo declarar, sin merecer a mi juicio el reproche de escéptico,

que fundo hoy poca importancia en esta cuestión de garantías, tratados

que se lleva el viento cuando hincha la vela de los intereses[30]. Y en

ese rumbo de positivismo marcha hoy el espíritu humano; los publicistas

gritan, pero la Europa se encoge de hombros cuando Wolseley echa mano

del Canal de Suez, y en obsequio de una operación militar interrumpe el

tránsito, no a la bandera insurreccional de Arabí, sino al comercio

universal. Echar mano y luego cambiar notas, he ahí toda la política.

¿Es la buena, es la moral, es la justa? No lo sé, pero es la única que

da resultados, y por lo tanto, todo hombre de Estado, gimiendo por la

depravación de las ideas, la seguirá siempre que ame a su patria, tenga

el corazón bien puesto y vea un poco claro.

Con todas las garantías de la tierra o con la suya propia, los Estados

Unidos, en el momento preciso, han de apoderarse del Canal de Panamá. Lo

devolverán sin duda; sí, después de la paz y de mucho cambio de notas.

La importancia de la cuestión para los países sudamericanos radica, por

consiguiente, en rechazar indirectamente, por medio de su adhesión a la

garantía colectiva, toda solidaridad con la doctrina de Monroe, tal cual

la entienden y la practican los americanos. No habría razón, ni

justicia, ni sentido común, en seguir estúpidamente a los Estados

Unidos, que pretenden dictar una nueva bula de Alejandro VI, dividiendo

los dos mundos en provecho propio. Nuestro porvenir está en Europa y con

ella debemos estrechar cada día nuestras relaciones, confundir, si es

posible, nuestra vida con la suya, más aún, aspirar sus ideas de orden,

de conservación, de pureza administrativa, que han de fecundar nuestra

democracia vigorosa...

Me he preguntado qué contestaría la Inglaterra si los Estados Unidos le

propusieran la substitución de su garantía exclusiva por la garantía

colectiva de todos los países de ambas Américas. Se reiría simplemente;

¿qué podríamos hacer nosotros en el caso probable de que a nuestro

enorme aliado se le ocurriese hacer lo que se le diera la gana?

La verdadera política sudamericana, pues, en el caso de la convocación

del Congreso proyectado por los Estados Unidos, o en toda ocasión

propicia, es manifestar firmemente sus deseos de no apartarse de la

Europa, tratando al mismo tiempo de insinuarse en el concierto general,

reclamando un modesto asiento en toda conferencia en que de intereses

americanos se trate. El conde de Cavour metió 15.000 hombres por una

rendija en Crimea, y luego los maniobró tan bien, que hizo la unidad

italiana. Nuestros nacientes países no tienen hoy un propósito tan vital

que perseguir; pero los resultados de una aproximación general y las

ventajas de marchar en la misma línea de las grandes naciones, tan sólo

sea una vez, pueden ser de incalculable importancia...

Pido ahora perdón por estas últimas páginas; pero, como el fin de la

jornada se acerca y pronto vamos a separarnos, cuento con que serán

leídas con aquella paciencia, llena de vagas esperanzas, con que se oye

el último párrafo de un fastidioso que tiene el sombrero en una mano y

la otra en el picaporte.

* * * * *

Cuando me dirigí al Alene, que debía partir a la mañana siguiente,

encontré un sinnúmero de hombres y mujeres descargando cerca de

cincuenta vagones que una locomotora acababa de dejar al costado del

vapor, al que transbordaban el contenido. ¿Sabéis lo que era? ¡Plátanos!

Jamás he visto una cantidad semejante de bananas. Millares, millones de

racimos se apilaban en las vastas bodegas de tres vapores que cargaban

simultáneamente. Ha tomado tal desenvolvimiento esa industria en el

Istmo, que se han fundado compañías de vapores exclusivamente

destinadas al transporte de plátanos. Más tarde, en Nueva York, me

expliqué ese consumo extraordinario. Las calles están plagadas de

vendedores de frutas, y raro es el yanqui que al pasar no compra un par

de bananas, que pela bravamente con los dientes y engulle sin disminuir

su paso gimnástico. Ha llegado hasta tal punto la cosa que ha sido

necesario un edicto de policía penando con una fuerte multa a los que

arrojan cáscaras de banana en la calle, suministrando así ocasión a más

de un desgraciado para romperse la crisma.

Ahora, ¿sabéis a cuánto ha ascendido el valor de la exportación de

plátanos por el puerto de Colón en el año 1881? A un millón doscientos

mil pesos inertes, esto es, seis millones de francos o sea treinta

millones de pesos moneda corriente (Buenos Aires). Doy la cifra en

varios tipos monetarios para que su enormidad no se atribuya a un

error[31].

¿Os figuráis la pirámide de racimos de plátanos que se necesita, pagados

a ínfimo precio, para alcanzar esa suma? Y, sin embargo, uno de los más

fuertes exportadores, el iniciador de la idea, cuenta doblar la

exportación en dos años más, habituando a la banana a toda la región

central de los Estados Unidos que aun no ha mordido la blanda fruta. Es

bueno advertir que el plátano de Panamá, que es el mejor del mundo, se

da todo el año. Poro, como al principio las plantas existentes estaban

lejos de bastar a las necesidades de la exportación, los propietarios

han contratado inmensos plantíos, y en el día no se ven sino bananeros

repletos de fruta a lo largo del ferrocarril de Colón a Panamá. El

plátano se embarca verde, empieza a dorarse a los cuatro o cinco días, y

llega en completa sazón a Nueva York, donde pronto desaparece ante el

formidable consumo.

Si, como se espera, los cincuenta millones de habitantes de los Estados

Unidos se habitúan a comer bananas en la proporción que hoy lo hacen los

neoyorquinos y en general la gente del litoral, el porvenir de Panamá

está asegurado. Dejando a la savia tropical trepar gozosa a la palma e

hinchar el dorado fruto, puede convertirse ese Estado en el más rico de

Colombia.

En viaje (1881-1882) · 第 62 / 65 题