Aguas abajo.--Colón

El álbum de Consuelo.--Una ruda jornada.--Los patitos del

sabanero.--El "Confianza".--La bajada del Magdalena.--Otra vez los

cuadros soberbios.--Los caimanes.--Las tardes.--La música en la

noche.--En Barranquilla.--Cambio de itinerario.--La Ville de

París.--La travesía.--Colón.--Un puerto franco.--Bar-rooms y

hoteles.--Un día ingrato.--Aspectos por la noche.--El juego al aire

libre.--Bacanal.--Resolución.

Me detuve un instante a almorzar en Consuelo, volví a ver el famoso

cuarto en que habíamos pasado la noche a la venida, con los Mounsey y la

numerosa y heterogénea compañía de que hablé. En el mismo sitio, la mesa

a cuyo pie habían atado el gallo del panameño en su clavo invariable, la

alpargata no menos renombrada, instrumento de suplicio de grillos y

chicharras. ¡Oh vanidad humana, idéntica en la cumbre de los desiertos

cerros de América como en lo alto de los campanarios de Italia! En

Consuelo se me presentó... ¡un álbum! para que consignase un recuerdo o

por lo menos dejase mi nombre. Había composiciones de seis páginas.

¡Para lo que cuesta a un colombiano hacer versos una vez que tiene la

pluma en la mano! No era aquello por cierto un manual de trozos

selectos, y en más de un ditirambo a la _Montaña_, o al _Magdalena_, la

ortografía se cubría el rostro en su abandono, cuando no era el sentido

común... Pero el dueño de _Consuelo_ no se fija en esas pequeñeces;

tiene su álbum y eso le basta.

El trayecto entre Consuelo y Bodegas me fue tan duro como los peores

momentos de la subida. El calor era sofocante, y el sol, brillando

insoportable, me recordaba la exclamación de aquel pobre oficial

prisionero que hacía tres días marchaba amarrado a una mula y que en un

momento desesperado miró al sol y dijo con un acento indefinible:

¡Parece que lo espabilan! Algo le hacía, de seguro, la mano oculta que

alimentaba las lámparas de los cielos, porque, a medida que me alejaba

de él, puesto que descendía, redoblaba su fuerza penetrante. No es

posible formarse idea de esos calores sin haberlos sufrido; las rocas

parecen inflamadas, la tierra enrojecida calienta el aire que abrasa la

cara, irrita los ojos, turba el cerebro. Se siente una sed desesperada

que nada aplaca, y se avanza, se avanza viendo el Magdalena a los pies,

casi al alcance de la mano, alejarse indefinidamente entre las vueltas y

revueltas del camino. Mi cabalgadura no podía más, la rapidez de la

marcha y la atmósfera sofocante la habían agotado. Por fin, a las tres

de la tarde, deshecho, llegué a una de las casuchas de Bodegas, me dejé

caer, abandonando la bestia a su destino y pedí agua, más agua. La

pulpera me obligó a tomar panela, que me pareció, por primera y última

vez, una bebida deliciosa. Frente a mí, con la cara roja como una

amapola, con los ojos alzados, estaba una inglesa, algo como una nodriza

o sirvienta de alguna familia inglesa de Bogotá; trabó en el acto

conversación conmigo, y aunque yo, fastidiado, irritado en ese instante,

no le contestaba una palabra, encontró medio de contarme que había hecho

sola todo el camino de Bogotá a Bodegas porque, como los peones que la

acompañaban lo causaban más aprensión que confianza, les daba plata para

que se fueran a beber chicha o guarapo en todas las botillerías de la

ruta, sistema cuyo resultado fue que quedasen tendidos en el camino.

Un tanto reposado, pasé a la orilla del río para ver qué vapores había;

¿sabéis cual fue mi primer encuentro? Mi tuerto sabanero, sentado

melancólicamente en una piedra, con mi maleta terciada a la espalda, al

rayo del sol y entregado a la plácida tarea de hacer patitos en el agua

con guijarros que elegía cuidadosamente.

¡Oh, santa paciencia! Tú haces trepar a los hombres la áspera ruta de la

vida, tú apartas el obstáculo, tú acercas el éxito, tú sostienes en la

lucha y haces fecunda la victoria, tú consuelas en la caída... ¡y tú

salvas la vida a los tuertos sabaneros que hacen patitos a orillas de

los ríos caudalosos!

¿Qué decir a aquel desgraciado que me contaba cómo, a media noche y con

la mula casi en hombros, pues ni aún cabestrear quería, había llegado a

Bodegas? La vista de mi maleta, abierta por mi descuido y de la que no

faltaba ni un papel ni un peso, me predispuso, por otra parte, a la

clemencia.

Sólo a la tarde llegaron la familia Tanco y los señores Cuervo. Las

niñas no habían podido resistir aquel sol de fuego y se habían refugiado

varias horas bajo un árbol. ¡Con qué desaliento profundo se dejaron

caer de la mula! ¡Cuántas impresiones gratas les debía la Europa para

indemnizarlas de esas horas de martirio! Además, el dulce nido no estaba

allá, tras los mares, entre el estruendo de París, sino a la espalda, en

la tendida sabana, al pie del Monserrat.

El Confianza, el más rápido de los vapores del Magdalena, partía a la

mañana siguiente. Esa misma tarde nos instalamos todos a bordo. Éramos

veinte o treinta pasajeros, la mayor parte conocidos, gente fina, culta,

que prometía un viaje delicioso.

Bajar el Magdalena es una bendición en comparación a la subida; el

descenso, sobre todo en el Confianza y con la cantidad de agua que tenía

el río, no dura más que cuatro días, mientras yo había empleado quince o

diez y seis a la venida. Esa misma rapidez de la marcha establece una

corriente de aire cuya frescura suaviza los rigores de aquella

temperatura de hoguera. Los bogas, que vuelven a Barranquilla, su

cuartel general, están alegres, redoblan la actividad y la leña se

embarca en un instante. Si bien aguas abajo las consecuencias de una

varadura son más graves que a la subida, no temíamos tal aventura en ese

momento, porque la creciente era extraordinaria. Además, y para colmo de

contento, como sólo dos noches pasaríamos amarrados a la orilla, los

mosquitos no tendrían sino la última para entrar en campaña. Y al fin

del río, no nos esperaba ya la mula, sino un cómodo transatlántico y más

allá... ¡la Europa! Vamos, la situación era llevadera.

Así, las caras estaban alegres en la mañana siguiente, cuando, soltando

los cables, el vapor se puso en movimiento. Sólo unos ojos, llenos de

lágrimas, seguían la marcha oblicua de una pequeña canoa que acababa de

separarse del Confianza y en la que iba un hombre joven, con el corazón

no más sereno que aquel que asomaba a los llorosos ojos y se difundía en

la última mirada...

No repetiré la narración del viaje, tan diferente, sin embargo, del

primero. ¡Cómo bajábamos aquellos chorros temidos, Perico, Mezuno,

Guarinó, que tantas dificultades presentaron a la subida! El Confianza

se deslizaba como una exhalación por la rápida pendiente; la rueda

apenas batía las aguas y volábamos sobre ellas; mientras allá arriba, en

la casucha del timonel, seis manos robustas mantenían la dirección del

barco. Un aire fresco y grato nos batía el rostro, y el espíritu, ligero

bajo el ayuno (la comida es la misma), se entregaba con delicia a gozar

de aquellos cuadros estupendos del Magdalena, que a la venida había

entrevisto bajo el prisma ingrato de los sufrimientos físicos.

¡De nuevo ante mis ojos el incomparable espectáculo de los bosques

vírgenes, con sus árboles inmaculados de la herida del hacha, sus

flotantes cabelleras de bejucos, sus lianas mecedoras, llevando el ritmo

de la sinfonía profunda de la selva, perfumando sus fibras con la savia

de la tierra generosa o aspirando la fresca humedad en el vaso de un

cactus que vive en la altura, guardando como un tesoro en su seno el

rocío fecundo de las noches tropicales!

De nuevo los enhiestos cocoteros, lisos en su tronco coronado por la

diadema de apiñados frutos; el banano, cuyas ramas ceden al grave peso

del racimo; el frondoso caracolí, cubriendo con su ramaje dilatado, el

mundo anónimo que crece a sus pies, se ampara de él y duerme tranquilo a

su sombra, como las humildes aldeas bajo la guarda del castillo feudal

que clava la garra de sus cimientos en la roca y resiste inmutable al

empujo de los hombres y al embate del huracán!

De nuevo, por fin, las pintadas aves que cubren los cielos, tendiendo en

el espacio sin nubes sus rojas alas fulgurantes bajo el sol, o agitando

el prismático penacho con que la naturaleza las dotó. Y de rama en rama,

con sus caras de ingenua malicia, sus pequeños ojos brillantes y

curiosos, suspendidos de la cola mientras devoran, aun en la fuga, el

sabroso y amarillo mango que la mano tenaz no suelta, millares de micos,

monos, macacos, titís, que desaparecen en las profundidades del bosque,

para mostrarse de nuevo en el primer clareo de la espesura.

Duermen los caimanes a lo largo de la playa, sobre las blancas arenas

doradas por el sol, tendidos, las fauces abiertas, inmutables como

aquellos que ahora quince mil años reinaban, seres divinos, sobre la

crédula imaginación de los egipcios. Son el reflejo vivo del arte

primitivo del pueblo del Nilo; ¡he ahí la inmovilidad de las cariátides,

el aplomo bestial de la esfinge, la línea grosera del cuerpo, la escama

saliente y áspera de la piel, la garra tendida, fija, cimiento del grave

peso que soporta, el ojo entrecerrado como si el alma que palpita dentro

de la inmunda mole, estuviera embargada por la visión del más allá! No

me explico ese constante fenómeno de mi espíritu; pero un buitre, con

las alas abiertas, cerniéndose sobre el pico de un peñasco, hace

siempre surgir en mi memoria el mito soberbio de Prometeo, como un

caimán durmiendo en las arenas rehace para mí el mundo faraónico...

Cae la tarde; la cumbre del firmamento empieza a oscurecerse, mientras

las nubes errantes que se han inclinado al horizonte, franjan su

contorno en el iris rosado del adiós del día, cubren el disco solar en

su descenso majestuoso y quedan impregnadas de su reflejo soberano

cuando, concluida su tarea, se hunde tras la línea de la tierra que los

ojos alcanzan, para ser fiel a la eterna cita de los que en el otro

hemisferio lo esperan como al alto dispensador de la vida. Nada, nada se

sobrepone a esa sensación poderosa a que el cuerpo cede en la dulce

quietud de la tarde y que el espíritu sigue anhelante, porque le abre

las regiones indefinibles de la fantasía, donde la personalidad se

agiganta en el sueño de todas las grandezas y en la concepción de

destinos maravillosos superiores a toda realidad.

¡Suaves y bellísimas tardes! ¡La selva contigua, inmensa arpa eólica

cuyas cuerdas bate el viento con ternura, arrancando esa melodía

profunda e indecisa, con sus notas ásperas de lucha y sus murientes

cadencias de amor, que se levanta ante el oído del alma como una nube

armoniosa; la selva íntima se extiendo a nuestro lado, mientras todos, a

bordo, desde el que deja la patria atrás o marcha hacia ella, hasta el

boga que vive en la indiferencia suprema de la bestia que gime en el

bosque, todos caen bajo la influencia invencible de la hora solemne en

que las agrias cuitas del día callan, para dar paso al cortejo celeste

de los recuerdos!

No olvidaré nunca la primera noche que pasamos, amarrado el buque a la

costa. Aún no habíamos llegado a la región del Magdalena, donde, bajo un

calor insoportable, los mosquitos hacen su temida aparición. Una fresca

brisa, en la que creíamos sentir ya tenuamente las emanaciones del

Océano, corría sobre las aguas del río, rozando su superficie, que

jugueteaba bajo el blanco clarear de la luna. La suave corriente sin

rumor arrastraba enormes troncos de árboles, que avanzaban en silencio,

mecidos por el imperceptible oleaje, atravesaban rápidamente la faja

luminosa, sobre la placa del río e iban a perderse de nuevo en la

oscuridad, viajeros errantes que nos precedían en la ruta. Nos habíamos

reunido sobre la tolda; hablábamos todos en voz baja, coma si

temiéramos romper el prisma delicioso tras el que veíamos la naturaleza

y las cosas al espíritu. Así, uno de nosotros, casi murmurándola, recitó

la melodía de Fallon a la Luna, que en ese instante se levantaba bajo un

cielo de incomparable pureza. Jamás los versos del dulce poeta fueron a

herir corazones más abiertos e indefensos contra el encanto de la

poesía. Al concluir, ni una palabra de comentario, sino el tímido

estremecimiento de un acorde musical, y pronto, a dos voces delicadas,

imperceptibles en su exquisita dulzura, los recuerdos de la patria que

atrás quedaba, en un bambuco que también traía para mi alma la nota de

la errante música de mis pampas argentinas. Y otro, y diez más, y las

melodías de los grandes maestros más cariñosos al oído, y por fin, el

vagar poético de una mano de artista sobre las tristes cuerdas de una

guitarra, que responden a la caricia acariciando... Y la noche avanzaba,

el silencio del bosque se hacía más profundo, las estrellas palidecían,

sin que nos diésemos cuenta del rápido correr de las horas... ¿Dónde,

dónde encontrar en esta vida sin reposo, ni aun en las cumbres del arte

humano, algo que iguale la impresión soberana de la naturaleza, en los

instantes en que se entreabre y deja, como la Diana griega, caer sus

velos a sus pies y se muestra en toda su belleza?...

Empleamos sólo cuatro días entre Honda y Barranquilla; en los dos

últimos, el calor se hizo sumamente intenso, aunque no como a la subida,

porque la rapidez misma de la marcha avivaba la corriente de aire que

venía fresca aún de su contacto con el mar.

¡Con qué indecible placer, al llegar a la costa, regalé magnánimamente a

uno de los muchachos de a bordo mi petate, mi almohada y mi mosquitero!

Pero en la misma lona encerada en que había hecho envolver mi traje de

viaje de la montaña, conservo religiosamente el suaza, la ruana y los

zamarros que me acompañaron en la dura travesía. No olvidaré la cara de

un joven diplomático que vino a verme en Viena, habiendo sido nombrado

en Bogotá, y a quien mostraba esos pertrechos indispensables en los

Andes colombianos. Clavaba su _lorgnon_ en los zamarros, sobre todo,

como si tuviera delante una momia frescamente salida de su hipogea. Se

los puso y no podía dar un paso; trabajo me costó hacerle comprender su

utilidad, una vez a caballo. _Oui mais vous êtes américain!_, me

contestaba, tal vez con razón, en el fondo.

Era mi proyecto tomar en Barranquilla un vapor español del marqués de

Campo, pasar a la Habana y de allí a Nueva York. Pero lo avanzado de la

estación, que me auguraba días terribles en Cuba y el deseo de visitar

el istmo de Panamá, me hicieron desistir. Además, habiendo llegado a la

tarde, supe que a la mañana siguiente salía el transatlántico francés La

Ville de Paris, de Salgar para Colón y resolví embarcarme en él. Me

despedí de los compañeros a quienes más tarde encontraría en Europa, y

heme en viaje para Salgar, acompañado del excelente cónsul argentino en

Barranquilla, señor Conn. Pronto estuvimos en Salgar, y a poco a bordo,

llegando precisamente en el momento en que desembarcaba un nuevo obispo

para Cartagena. Saludé respetuosamente al prelado, que venía del fondo

del Asia, como a un colega en peregrinación, y en breve el barco,

bastante malo por cierto, surcaba las aguas del mar Caribe, siguiendo el

derrotero tantas veces cruzado por las naves españolas en los tiempos en

que las costas del Pacífico despoblaban a España, atrayendo a sus hijos

con el imán del oro.

Pocos pasajeros a bordo, signo constante de buena comida. No puedo

ocultar la viva satisfacción con que me senté delante del blanco mantel,

cubierto de los mil _hors-d'oeuvre_ que nadie toma, pero que la

culinaria francesa califica con razón de aperitivos plásticos.

Comerciantes en viaje para Guayaquil y Costa Rica, _commis-voyageurs_, y

sobre todo, empleados para los trabajos del Canal de Panamá: he ahí el

mundo de a bordo. Tres o cuatro francesas, unidas morganáticamente a

subinspectores e ingenieros de séptima clase, que iban al Istmo a tentar

bravamente la fortuna, porque sabían que probablemente sólo encontrarían

la muerte. Miraba a esas mujeres alegres, cantando todo el día,

apasionadas en el baccará de la noche, con un sentimiento de real

compasión simpática. No iban al infierno de Panamá, arrastrados por la

sed del oro, porque, si sus amantes hubieran tenido dinero, no habrían

por cierto dejado la Francia; no ignoraban los peligros que corrían,

porque M. Blanchet, el ingeniero en jefe del canal, acababa de morir.

Las guiaba el cariño por sus hombres, que a veces las trataban con una

rudeza que tal vez explique el afecto que inspiraban a esas pobres

criaturas. Más de una ha de dormir hoy el sueño eterno en el poblado

cementerio de la compañía del canal; pero ¡bah!, entre morir a los

veinticinco años en el delirio de la fiebre, o sobre un colchón de

hospital a los cuarenta, ¿qué es preferible?...

Empleamos treinta y seis horas entre Salgar y Colón, pero cuando

llegamos, era ya tan entrada la noche, que nos vimos obligados a esperar

a la mañana siguiente para el desembarco.

En efecto, al otro día, poco después de las diez, pisé la tierra del

Istmo, o para ser más exacto, el barro del Istmo.

¿Os habéis alguna vez forjado la idea de lo que debieron ser aquellas

ciudades de Levante en el siglo XVI, donde se aglomeraba el comercio de

dos mundos? ¿Os figuráis el aspecto de los bajos barrios de Shanghai en

el día? Algo confuso, las razas de los cuatro vientos aglomeradas,

multitud de idiomas que se entrechocan en sus términos más soeces, los

vicios de oriente codeando a los de occidente y asombrándose tal vez de

su analogía, la vida brutal del que quiere indemnizarse en diez días del

largo secuestro de la travesía, las innobles mujeres, únicas capaces de

sonreír a los hombres que allí vienen a caer de todos los rumbos, como

en un profundo _égout_... He ahí la impresión que me hizo Colón.

Los americanos y los ingleses designan este punto en sus cartas y obras

geográficas con el nombre de Aspinwall, como si el vulgar yanqui que

construyó la línea férrea a través del Istmo, fuera capaz de oscurecer

el nombre del ilustre genovés y tuviera más título a la gloria póstuma.

Colón es un hacinamiento de casas sin orden ni plan; su simple aspecto

acusa su naturaleza de ciudad transitoria, plantada allí por una

necesidad geográfica, pero sin porvenir propio de ningún género. El

clima es mortífero para el europeo, que escapa difícilmente a las

fiebres palúdicas formadas por las emanaciones continuas que un sol de

fuego hace brotar de las aguas estancadas en todo el trayecto de Colón a

Panamá. La villa se formó durante la construcción del camino de hierro

que atraviesa el Istmo; los yanquis derramaron el oro en grande, pero,

como los franceses de hoy, poblaron también los cementerios. Al primer

golpe de vista se ve la intención de sus habitantes, el deseo de lucro

rápido, flotar ante los ojos. Toda esa gente vive allí en la condena de

la necesidad, sin apego al suelo, detenida, en su mayor parte por el

hábito que embota y es capaz de ligar al hombre hasta con la prisión.

Colón, como Panamá, son puertos francos, a la manera de Hamburgo o

Trieste. Por allí pasa el inmenso comercio de tránsito que se dirige a

las costas occidentales de Colombia: al Perú, al Ecuador, a Chile, a

California y a numerosas islas del Pacífico. Por allí pasan también los

retornos, los minerales de Chile y California, los azúcares, guanos y

salitres del Perú, las taguas del Ecuador, los escasos productos

colombianos que encuentran salida por Buenaventura. De uno y otro lado

del Istmo hay una selva de mástiles; los buques, apiñados, se estrechan,

se chocan; sus tripulaciones venidas de los cuatro ángulos del mundo, se

miran con antagonismo en el primer momento, las cuchillas de a bordo

relucen con frecuencia y por fin se amalgaman en la baja e inmunda vida

colectiva.

Mi impresión, al descender a tierra, solo, sin conocer a nadie, en medio

de aquella atmósfera pestilencial, fue la más desagradable que he

sentido en todos mis viajes. A los diez minutos tuve el ímpetu de

volverme a bordo, instalarme de nuevo en mi cabina y seguir a los pocos

días viaje para Europa. Reaccioné recordando el deber de estudiar de

cerca el Canal de Panamá para informar a quien correspondía, y seguí

adelante. Una sola calle habitable; a cada dos pasos, un bar-room

americano, los mostradores de estaño, las llaves de cerveza, botellas,

vasos de toda forma, manojos de canutos pajizos y la lista interminable

de las bebidas heladas inventadas por los yanquis. Todas esas casas,

cuajadas de marineros ebrios, soeces, tambaleándose. Aquí, un hotel;

entro y a los pocos instantes salgo a la calle asfixiado.

Adelante; he ahí el mejor de Colón. Entro en el bar-room que ocupa toda

la sala baja; hay dos billares donde juegan marineros en mangas de

camisa y mascando tabaco. Me dirijo al mulatillo de cara canalla que

está fabricando un whysky-coktail y le pregunto con quién me entiendo

para obtener cuarto. El infame zambo, sin quitarse el pucho de la jeta,

me contesta, en inglés, a pesar de ser panameño, que arriba está la

dueña y que con ella me entenderé. Fue en vano buscarla: una negra

vieja, inmunda, casi desnuda, que me parecía esperar ansiosa la noche

para enorquetársele al palo de escoba, tuvo compasión de mí y me llevó a

un cuarto... ¡Qué cuarto aquél! La única ventana daba a un pantano

pestífero; la cerré. La cama tenía esas sábanas crudas, frías, húmedas,

que dan un asco supremo. A los cinco minutos de entrar sentía ya una

picazón, un malestar nervioso insoportables... Vamos, coraje. _Tu l'as

voulu_, Georges Dandín! En peores me he visto y sabe el cielo si en

peores no me veré aún. Almorcemos. Paso sobre el _menú_ por decoro. ¿Y

ahora? Son las 12 del día, ¿qué hacer? El distinguido señor Céspedes,

cónsul argentino en Colón, que está allí labrando su fortuna con un

heroísmo incomparable, se encuentra, por mi desgracia, en cama. ¿Qué

hacer? ¿Visitar la ciudad? Veinte minutos y _c'est fait_. Barro y casas

de madera; nada. Ponerme a leer... ¿en mi cuarto? ¡Prefiero la muerte! Y

aquí me tienen ustedes, tal como lo oyen, instalado en una mesa del

bar-room de mi hotel, con un cocktail _pro_ forma, por delante,

estudiando, durante seis horas consecutivas, a los marineros que jugaban

al billar y a los numerosos parroquianos del mostrador. Uno de ellos, un

capitán mercante yanqui, entró a la una, ligeramente punteado y se

absorbió medio vaso de una bebida que tenía que rodear los bordes de

azúcar quemada para evitar el contacto de los labios. Durante cuatro

horas, el yanqui entró regularmente cada veinte minutos y se ingurgitó

una dosis de idénticas proporciones. Bajo el insoportable calor del día

y en la lucha con los vapores internos que estaban a punto de hacerle

estallar, los ojos del yanqui saltaban rojos... A las cuatro de la tardo

cayó ebrio, muerto; dos marineros lo arrastraron a un rincón y allí

quedó.

En una de las esquinas de la pieza, ocupando a lo sumo un espacio de

metro y medio cuadrado, un joven suizo había instalado su vidriera y su

mesita de relojero. Lo tenía frente a mí; durante media hora frotó con

una gamuza un resorte de reloj; luego dejó caer la cabeza entre las

manos, y cuando al final del día lo observé (¡no había llegado un solo

cliente!) vi correr dos grandes lágrimas por sus mejillas. Más de una

vez tuve el impulso de ir a conversar con el pobre relojero; pero a mi

vez, estaba tan nervioso e irascible, que acabé por fastidiarme hasta

del infeliz que tenía delante.

Los que no han viajado o los que sólo lo han hecho en los grandes

centros europeos, no pueden darse cuenta exacta de una situación de

ánimo como aquella en que me encontraba. El espíritu se forma la quimera

de que es imposible salir de ella, que ese martirio se va a prolongar

indefinidamente. A cada instante, y para cobrar valor, es necesario

echar mano a la cartera (nunca la he cuidado como allí), decirse que hay

medios para partir en cualquier momento, que los vapores esperan, y en

fin, que, si uno se encuentra en ese centro, es por un acto libro y

premeditado de la voluntad.

Por fin vino la noche, y cuando la recuerdo, declaro que siento una viva

satisfacción por haber contemplado ese cuadro único y característico. He

dicho ya que Colón se compone casi en su totalidad de una sola calle,

pero he olvidado mencionar que a lo largo de la misma corre una especie

de recoba para proteger las entradas contra las lluvias frecuentes. Me

paseaba bajo ella al caer las primeras sombras y me llamó la atención

que delante de cada hotel, de cada bar-room, de cada puerta, un

individuo sacaba una pequeña mesa de tijera, se instalaba ante ella,

encendía un farol, arreglaba en un semicírculo artístico algunas docenas

de pesos fuertes en plata, y comenzaba a batir con estruendo un enorme

cuerno provisto de dados. De los buques amarrados a la orilla, una vez

que dieron las siete, empezó a salir una nube de marineros y oficiales,

contramaestres, etc., que pronto obstruyeron la vía, formando grupos

compactos delante de cada mesa. Como si un soplo hubiera animado el

barro y formado con él cuerpos de mujeres, brotaron del suelo en un

instante centenares de negras, mulatas, cuarteronas lívidas, descalzas

en su mayor parte, ebrias, inmundas, que a su vez, atraídas por la

fascinación del juego, se agolpaban alrededor de las mesas, rechinaban

los dientes cuando perdían y saltaban a los marineros tambaleantes,

pidiéndoles, en un idioma que no era inglés ni francés, ni español, ni

nada conocido, una de esas monedas de a real que los americanos llaman

_a dime_.

Los bar-rooms estaban llenos; no se oía más que la voz ronca y gutural

de los negros de Jamaica, la eterna blasfemia del marinero inglés y el

hablar soez de algunos gaditanos. Salían y en la primera mesa arrojaban

una moneda, luego otra y, una vez exhaustos, la emprendían con el

vecino, las navajas relucían y sólo con esfuerzo era posible separarlos.

Uno rodaba en el barro, dos o tres mujeres ebrias bailaban al son de un

órgano en el que un italiano con cara de mártir, tocaba un cancán

desenfrenado. Un calor sofocante y una atmósfera insoportable, como el

ruido, las maldiciones, el sarcasmo, la eterna pelea con el banquero que

iba más aprisa a medida que veía a sus parroquianos más en punto... y yo

reclinado en mi pilar, preguntándome qué hacía entre aquel mundo,

verdadero _sabat_ moderno y tanteándome para persuadirme que no soñaba.

He ahí Colón; una licencia, una libertad absoluta para todos los vicios

y las degradaciones humanas. El que paga un pequeño impuesto tiene el

derecho de establecer su tapete al aire libre, ¡y qué tapete! La

explotación, el robo más escandaloso al marinero ignorante como una

bestia y que, bajo los vapores del aguardiente, se deja despojar del

premio de un año de labor, jugando su vida en las tormentas. ¡Esas

mujeres, sobre todo, esas mujeres, asquerosas arpías, negras y

angulosas, esparciendo a su alrededor la mezcla de su olor ingénito y de

un pacholí que hace dar vuelta al estómago!... _Pouah_!...

Llegado a mi cuarto, sofocándome, sin poderme desnudar por asco a la

cama, me senté en un sillón y me llamé a cuentas. Había resuelto pasar

diez días en el Istmo y ese mismo día había casi retenido mi pasaje en

el City of Para, que salía para Nueva York en el término indicado. Allí

mismo, con toda solemnidad, me impuse el juramento de dejar Colón,

renunciando a Panamá, al canal, al mundo entero, en el primer barco que

zarpase, sin importarme para dónde. Cómo pasé esa noche, ¿a qué decirlo?

Al alba estaba en pie, me ponía en campaña y sabía que dos días después

partía para Nueva York el vapor Alene, de la compañía Atlas. Tomé en el

acto mi billete e hice transportar a bordo mi equipaje, felicitándome de

tener el tiempo suficiente para ir a una de las próximas estaciones del

canal y poder apreciar por mis ojos la marcha de las obras y el porvenir

de la empresa. Pagué mi cuenta al infame mulatillo, y cuando me encontré

a bordo, en un vapor pequeño e incómodo, creí que entraba solemnemente

en el paraíso.

En viaje (1881-1882) · 第 61 / 65 题