CAPITULO XIV

La sociedad.

Cordialidad.--La primer comida.--La juventud.--Su corte

intelectual.--El "cachaco" bogotano.--Las casas por fuera y por

dentro.--La vida social.--Un "asalto".--Las mujeres

americanas.--Las bogotanas.--"Donde" el Sr. Suárez.--La

Música.--Las señoritas, de Caicedo Rojas y de Tanco.--El

"bambuco".--Carácter del pueblo.--El duelo en América.--Encuentros

a mano armada.--Lances de muerte.--Virilidad.--Ricardo Becerra y

Carlos Holguín.--Una respuesta de Holguín.--Resumen.

Para el viajero en general, nada es más difícil que vivir la vida de la

sociedad en cuyo seno se encuentra. ¡Cuántos de nosotros hemos visitado

la Europa entera (no hablo de aquellos a quienes una posición

excepcional facilita todo) sin conocer, de los países que recorríamos,

más que los teatros, los hoteles y el mundo equívoco de las calles! Así

son también las ideas que se forman. Algunas veces son los escritores

del país mismo los encargados de pintar la sociedad con los colores más

repugnantes. ¿Quién se resolvería a llevar su familia a Francia, si los

cuadros sociales del Pot-Bouille de Zola fueran exactos, si la

_bourgeoisie_ francesa fuera el modelo de podredumbre que pinta

vilipendiando y calumniando a su patria?

En América se abren las puertas con más facilidad.

A los dos o tres días de mi llegada, después de haber sido visitado por

un gran número de caballeros y cuando volvía de la afectuosa recepción

oficial, donde se me había ensanchado el corazón ante la manifestación

de viva simpatía por mi país, me encontré con una atenta invitación a

comer del Sr. D. Carlos Sáenz. Fue en esa primera e inolvidable comida

donde empecé a conocer lo que era la sociedad bogotana. Pocos momentos

más difíciles y más gratos al mismo tiempo. La reunión era selecta, y

cada uno, en su amabilidad y alegría, se esforzaba en darme la

bienvenida. Estaba allí bien representada la juventud de Colombia en

aquellos hombres cultos, de una corrección social perfecta, de maneras

sueltas y elegantes.

El corte intelectual del bogotano joven es característico. Desde luego,

una viveza de inteligencia sorprendente, eléctrica en su rapidez de

percepción. Además, sólidamente ilustrados, sobre todo con aquel barniz

incomparable que dan el cultivo de las letras y el amor a las artes.

Flotando siempre en las ideas extremas del partido a que pertenecen,

nada más curioso que las discusiones humorísticas que se traban entre

ellos sobre política. Las divisiones de partido, terribles, salvajes

durante la lucha, se disipan al día siguiente y no salvan nunca los

límites de la vida social. ¡Y las cosas que se dicen y la manera cómo un

conservador me presentaba a un radical, su amigo íntimo, que le oía

plácidamente decir iniquidades para, a su vez, pintarme a los godos a

través de sus pasiones! El _esprit_ chispea en la conversación; una mesa

es un fuego de artificio constante; el chiste, la ocurrencia, la

observación fina, la cuarteta improvisada, la décima escrita al dorso

del _menú_, el aplastamiento de un tipo en una frase, la maravillosa

facilidad de palabra... no tienen igual en ninguna otra agrupación

americana. El bogotano es esencialmente escéptico; capaz de todos los

entusiasmos, tiene cierto desdén de hombre de mundo por la declamación

patriotera de media calle. A un colombiano _pur sang_ se le crispan los

nervios cuando se traba ante él una discusión sobre próceres, sobre si

Bolívar hizo ésto o Santander aquéllo, si Racaurte en San Mateo, etc.,

cuando se cae, en fin, en el eterno dado americano, de la independencia,

del yugo español. Tiene sobre eso frases excelentes. Una noche, después

de una cena en un baile, acompañé a una señora que no había tenido

inactivo el tenedor, a su asiento, donde se acomodó con voluptuosidad,

saboreando una exquisita taza de café. «¿Se encuentra usted bien,

señora?--Perfectamente; ¡para eso pelearon nuestros padres!». La

república es bogotana pura.

El fondo de escepticismo abraza también las cuestiones religiosas; raro

es el bogotano del buen mundo que se lance, en una declamación contra

los frailes, etc. Tienen la epidermis intelectual nerviosa y cualquier

rasgo de mal gusto los irrita. Pero al mismo tiempo, hiperbólicos,

exagerados, extremosos en todo. ¿Tienen una antipatía? El infeliz que a

veces no sospechaba haberla inspirado, es un «pillo, un canalla, un

ladrón, un asesino, un...» el diccionario entero de denuestos. «Ya sé lo

que quiere decir, habría dicho P. L. Courrier: es que tenemos opiniones

diferentes».

Lo que los españoles y nosotros llamamos calavera, se llama cachaco en

Bogotá. El cachaco es el calavera de buen tono, alegre, decidor, con

entusiasmo comunicativo, capaz de hacer bailar una ronda infernal a diez

esfinges egipcias, organizador de las cuadrillas de a caballo en la

plaza el día nacional, dispuesto a hacer trepar su caballo a un balcón

para alcanzar una sonrisa, jugador de altura, dejando hasta el último

peso en una mesa de juego a propósito de una rifa, pronto a tomarse a

tiros con el que lo busque, bravo hasta la temeridad... y que concluye

generalmente, después de uno o dos viajes a Europa, desencantando de la

vida, en alguna hacienda de la sabana, de donde sólo hace raras

apariciones en Bogotá. El cachaco es el tipo simpático, popular, bien

nacido (como en todas las repúblicas, hay allí mucha preocupación de

casta), con su ligero tinte de soberbia, mano y corazón abiertos. Pero

el cachaco se va; ya los de la generación actual reconocen estar muy

lejos de la cachaquería clásica del tiempo de sus padres, pero se

consuelan pensando en que las generaciones que vienen tras ellos, valen

mucho menos.

La vida social no es muy activa respecto a fiestas. Viene por ráfagas.

De pronto, sin razón ostensible, cinco o seis familias fijan su día de

recepción, donde se baila, se conversa, se pasan noches deliciosas. De

tiempo en tiempo, un gran baile, tan lujoso y brillante como en

cualquiera capital europea, o entre nosotros. Mis primeras impresiones

al aceptar invitaciones de ese género o pagar visitas, fueron realmente

curiosas. Llegaba al frente de una casa, de pobre y triste aspecto, en

una calle mal empedrada, por cuyo centro corre el eterno caño; salvado

el umbral, ¡qué transformación! Miraba aquel mobiliario lujoso, los

espesos tapices, el piano de cola de Erhard o Chickering, y sobre todo,

los inmensos espejos, de lujosos marcos dorados, que tapizaban las

paredes, y pensaba en el camino de Honda a Bogotá, en los indios

portadores, en la carga abandonada en la montaña, bajo la intemperie y

la lluvia, en los golpes a que estaban expuestos todos esos objetos tan

frágiles. En Bogotá, para obtener un espejo, si bien se pide un marco,

hay que encargar cuatro lunas, de las que sólo una llega sana. Se

comprende hasta cómo deben haberse devuelto las necesidades de

comodidad por la cultura social, para que las familias se resuelvan a

los sacrificios que instalaciones semejantes imponen.

En las reuniones, una cordialidad, una _aisance_ de buen tono,

inimitables. Se baila bien, con esa gracia de las mujeres americanas que

no tiene igual en el mundo; las mujeres bailan mejor que los hombres. Me

recordaban la limeña flexible como una palmera, con sus ojos

resplandecientes y su ondulación enloquecedora. Cuando la reunión es

íntima, una linda criatura toma un tiple (especie de guitarra, pero más

penetrante), tres o cuatro la rodean para hacer la segunda voz, y como

un murmullo impregnado de quejidos se levanta la triste melodía de un

bambuco.

Se comprende fácilmente que los jóvenes se resistan a conformarse con la

privación de esas fiestas tan gratas. Cuando llega una época de calma

(que viene y se va sin saber por qué, puesto que las estaciones del año

se suceden insensiblemente, sin variación notable en la temperatura),

¡qué combinaciones de genio para determinar a un patricio reacio a abrir

sus salones! La intriga se arma en la calle Florián, preguntando a éste

y a aquél, si están invitados a la tertulia en casa de X... y cuando

llega la hora del Altozano, toda la cachaquería no habla de otra cosa.

Al fin, la especie llega a oídos de la víctima elegida, que, si es

hombre de buen gusto, sonríe e invita.

Cuando la maquinaria no da resultado, entra a funcionar la gruesa

artillería y se organiza un asalto. Se elige una casa de confianza, se

pasa la voz entre diez o doce familias, y todo el mundo cae de visita, a

la misma hora, por casualidad. Mientras la dueña de casa se toma la

cabeza entre las manos, éste ha abierto el piano, aquéllos han apartado

la mesa del centro, uno, trepado en una silla, se ocupa de encender las

velas de la araña superior, bien pronto suena un vals, la animación

cunde, y cuando el dueño de casa vuelve de su partida de tresillo en lo

de Silva o el Jockey, se le sale al encuentro agradeciéndole la amable

fiesta que ha dado sin saberlo. En los últimos tiempos se ha introducido

una ligera reforma al sistema de asaltos: se avisa un par de horas antes

al propietario o a la señora de la casa designada, no para darle tiempo

de defenderse, sino por pura cuestión de sibaritismo: es para que el

champagne esté helado y los sandwichs frescos.

¡Cómo comprendo hoy que el extranjero se enloquezca con nuestras

mujeres americanas, del Caribe al Plata! Es un ser distinto a la mujer

europea; lo reúnen todo: el aire elegante y distinguido de la francesa,

el cuerpo modelado a la griega de la hija de Nueva York o de Viena, la

gracia española, el vigor de alma italiano, las líneas correctas de una

fisonomía inglesa... ¡Pero tienen la indecible movilidad de espíritu que

les es propia, esa música en la voz que embriaga, los acentos profundos

inspirados por la pasión, y cuando aman, se dan, se dan con el olvido

del pasado, con la _non curanza_ suprema del porvenir, absorbidas,

confundidas en el amor soberbio que las exalta! ¡Qué agitación

misteriosa, intensa, debo hacer latir como una ola el corazón del alemán

que se siente entrelazado por dos brazos que hablan en su presión suave,

en su contacto tibio y estremecido! ¡Todo lo que ha soñado bajo la

influencia de un _lieder_ de Heine, cuando ha podido vislumbrar en el

mundo delicioso que crea la imaginación, bañada el alma de una melodía

de Mendelssohn lo ve palpitante ante sus ojos, irradiando la santa

voluptuosidad que atrae los cuerpos en la tierra, bajo la ley constante

del amor!...

Estas condiciones que nos distinguen entre la raza humana, y que el día

en que la América ocupe su sitio definitivo en la tierra, brillarán ante

el mundo, la altivez, el desprendimiento, el valor, la planta firme para

alcanzar la abnegación, el desprecio profundo por las cosas bajas y

rastreras, todo nos viene de la mujer americana, todo nos lo ha dado en

germen la madre, todo lo desarrolla la mujer querida con la pureza

serena de su mirada. No le habléis de dinero, no pretendáis ofuscarla

con el brillo vano de la posición; buscad el camino del alma, si queréis

llegar a ella; sed digno, generoso y bravo... ¡Sólo así se llega a la

puerta del templo, pero cuando ésta se abre, cerrad los ojos y pedir la

muerte en ese instante, porque habéis respirado una atmósfera

sobrehumana, porque todo lo demás que la vida os guarde, será raquítico

ante ese recuerdo!...

Las mujeres bogotanas no desmerecen, por cierto, de sus hermanas de

América. Son generalmente pequeñas, muy bien formadas, atrayentes por la

pureza de su color, y sobre todo, para uno de nosotros, por el encanto

irresistible de la manera de hablar. Tienen una música cadenciosa en la

voz, menos pronunciada que la que se observa en nuestras provincias del

Norte. El idioma, por otra parte, tan distinto del nuestro en sus giros

y locuciones, produce en aquellos labios frescos una impresión

indecible. Hay entre ellas tipos de belleza completos, pero en la

colectividad, es la gracia la condición primordial, el suave fuego de

los ojos, la elegante ondulación de la cabeza, el movimiento, el

_entrain_ continuo, lo que convierte una pequeña sala en un foco de vida

y animación.

Casi todas las familias principales han viajado, y al entrar en un salón

y contemplar las toilettes que parecen salidas la víspera del reputado

taller de una modista de París, nadie creería que se encontraba en la

cumbre de un cerro perdido en las entrañas de la América.

No me olvidaré nunca de aquellas deliciosas comidas en casa de D. Diego

Suárez, cuyo hogar hospitalario me fue abierto con tanto cariño. Nunca

éramos menos de quince o veinte, y desde el primer plato, la mesa era

una arena para el espíritu de los concurrentes. ¡Qué animación! ¡Cómo se

cruzaban las ocurrencias más originales e inesperadas! También, ¡cómo

esperar que en Bogotá encontraría una obra maestra como la bodega del

Sr. Suárez! Los vinos, elegidos por él en Europa, habían triplicado de

valor en su larga travesía, y cuando los degustábamos, sentíamos que

aquel chisporroteo de espíritus nos impedía entregarnos a esa grave

tarea con la seriedad necesaria. Poro, ¿cómo hacer? Los postres

servidos, todo el mundo saltaba por dejar la mesa. Cuando llegábamos al

salón, una joven estaba ya sentada al piano (¿cuál de ellas no es

música?), los balcones abiertos nos invitaban a gozar de la caída de una

de esas tardes frescas y serenas de la sabana, los grupos se

organizaban, llegaba el momento de las charlitas íntimas y deliciosas, y

cuando las sombras venían, comenzaba la _sauterie_ improvisada, el

bambuco en coro, la buena música, todos los encantos sociales, en una

atmósfera delicada de cordialidad y buen tono.

¡Y los recibos donde[14] Vengoechea, Restrepo, Tanco, Koppel, Soffia,

Mier, Samper!, etc.

He dicho ya la afición inmensa que hay en Bogotá por la música. No hay

casi una niña que no toque bien el piano, y recuerdo entre ellas a dos

de la naturaleza más profundamente artística que he encontrado en mi

vida. En cualquier parte del mundo habrían llamado la atención. Una de

ellas, la señorita de Caicedo Rojas, tiene la intuición maravillosa de

los grandes maestros.

La intuición, porgue nunca ha salido de Bogotá y no ha podido, por

consiguiente, asimilarse la tradición de los conservatorios europeos

respecto a la interpretación de los clásicos. Es indudable: se necesita

nacer con un organismo musical para distinguir en los tintes del estilo

las obras de los poetas clásicos del sonido. ¡Con qué solemne majestad

traducía a Beethoven! ¡Qué ligereza elegante y delicada adquiría su mano

para bordar sobre el teclado uno de esos tejidos aéreos de Mozart, tan

tenues como los hilos invisibles con que dirigía su carro la reina Mah!

Solloza con Schubert, canta y sueña con Mendelssohn, brilla y gime con

Chopín, vibra y arrebata con Rubinstein, conservando siempre, arriba de

todo, el carácter expresivo de su personalidad. ¿Me perdonará estas

líneas la suave y modesta criatura, a quien debo un momento inolvidable?

¿Me perdonará la Sta. Teresa Tanco, mi simpática compañera del

Magdalena, si le repito en estas páginas lo que tantas veces leyó en mis

ojos, esto es, que tienen razón los bogotanos de estar orgullosos de

ella por su espíritu, la altura de su carácter y su talento musical

incomparable? Sentada al piano, moviendo el arco de su violín, haciendo

gemir un oboe o las cuerdas del arpa o el tiple, cantando «bambucos» con

su voz delicada y justa, componiendo trozos como el _Alba_, que es una

perla, siempre está en la región superior del arte.

No conoce la poesía sencilla e íntima de nuestra naturaleza americana

aquel que no ha oído cantar a dúo un «bambuco» colombiano a las Stas.

Tanco.

El «bambuco» es el _triste_ de nuestra campaña, pero más musical, más

artístico. La misma melodía primitiva, el mismo acento de tristeza y

queja, porque la música, en todas las regiones sociales, es el eterno

consolador de las amarguras humanas. A ella acuden las sociedades cultas

para alcanzar un reflejo de ese ideal que va muriendo bajo el pie de

hierro del positivismo actual, a ella, el habitante de los campos y de

las montañas para traducir las penas que turban su corazón simple, pero

corazón de hombre.

Transcribo aquí dos «bambucos»[15]. Como se verá, el verso en sí mismo

no vale nada; es la música que lo acompaña, la expresión con que se

dice, lo que constituye todo su mérito. Tal _triste_, oído una noche en

un pobre rancho de nuestros campos con profunda emoción, no resiste a la

tentativa de trasladarlo a una orquesta como motivo de sinfonía.

Los ensayos que se han hecho en ese sentido, no han dado nunca

resultado...

Flor la más bella

De entre mis flores,

Lucero hermoso

De un cielo azul,

Precioso emblema

De mis amores,

Nuncio querido

De horas mejores...

Esa eres tú

Ave que gime

Lejos del nido,

Lejos del bosque

Donde nació,

Pájaro errante

Que sorprendido

Por las tinieblas

Vaga perdido...

Ese soy yo...

Cruzo la senda

Sola y oscura,

Dame un destello

De tu alba luz.

Soy árbol mustio,

Quiero frescura,

Soy desgraciado,

Quiero ventura...

Dámela tú.

Como se ve, son simples cantares populares, ecos melancólicos y tristes,

como si ese tinte del espíritu fuera el único rasgo que identifica a la

especie humana bajo todos los climas y en todas las latitudes. Repito,

una vez más, que el encanto está en la música y en la suavidad de la

expresión al cantarla.

Es muy frecuente, por las noches, oír, en los sitios de los suburbios

donde el pueblo se reúne, bambucos en coro, cantados con voces toscas,

pero con un acento de tristeza que hace soñar. Si no fuera la influencia

terrible de la chicha, que ya he mencionado, el pueblo colombiano--hablo

de la masa proletaria y errante,--con su maravillosa predisposición

artística, se elevaría rápidamente en la escala de la civilización. Como

raza indígena, la considero superior, no sólo a la nuestra, que es la

primera en barbarie y atrofía intelectual[16], sino también a la del

Perú, que no tiene los instintos de dignidad que caracterizan a la

colombiana. El valor de los indios de Colombia, sobre todo de aquéllos

que viven en regiones montañosas--pues el clima terrible de la

tierra caliente enerva a los que nacen y se forman dentro de esa

atmósfera de fuego,--es hoy tradicional en aquella parte de América. En

la guerra de la independencia, como en las largas y cruentas luchas

civiles que se han sucedido hasta 1876, cada batalla ha sido una

hecatombe. En una de las últimas, después de un día entero de batallar,

con las mortíferas armas modernas, la victoria quedó indecisa y perdió

cada uno de los ejércitos más del 50 % de su efectivo.

[imagen: partitura de Casta Paloma—

Casta paloma tranquila fuente de mis amores rayo de luz.

Grato perfume de rico ambiente.

Bianca azucena, niña inocente.

Esa eres tú.

Ave que gime lejos del nido, lejos del bosque donde nació

pájaro errante que sorprendido.

Por las tinieblas vaga perdido.

Ese soy yo,

Ese soy yo.

La que corriendo en el llano

saltando por las peñas.

Trepaba sobre las breñas tendiendo

su blanca mano para llamarme por señas.

La

que viendo me a sus pies robó la

calma a mi mecho no tiene nigún derecho para olvidarme después.

La

que viendo me a sus pies robó la

calma a mi mecho no tiene nigún derecho para olvidarme después.]

Tengo la seguridad de que, si alguna vez la independencia de Colombia es

amenazada o su honor ultrajado, podrá contar para defenderse con un

ejército de más de 100.000 hombres, bravo, paciente y entusiasta.

De todos los países de la América del Sur, sólo en las regiones que baña

el Plata se ha desenvuelto y reina soberana la institución social del

duelo. En Chile y el Perú son tan raros los encuentros individuales, que

se citan y recuerdan los pocos que han tenido lugar. ¿Es la influencia

de la sociabilidad francesa la que, haciéndose sentir entre nosotros por

medio de su literatura corriente, ha hecho persistir en nuestros hábitos

la manía del duelo? ¿Responde acaso esa práctica a una vaga presión

etnográfica, si puedo expresarme así, puesto que la vemos imperar en

nuestros campos, convertida en una ley ineludible para el gaucho?

Tenemos, es cierto, la sangre ardiente, el punto de honor de una

susceptibilidad a veces excesiva, la vanidad del valor llevada a la

altura de la pasión; pero sería ridículo pretender que esos caracteres

no distinguían también a los demás pueblos americanos.

En Colombia, el duelo, aunque más frecuente que en Chile y el Perú, no

es común. En cambio, reina desgraciadamente una costumbre que los mismos

colombianos califican de salvaje. A pesar de toda mi simpatía y cariño

por ellos, no puedo desmentirlos.

Un hombre insultado en su honor o en su reputación, hace lealmente decir

a su enemigo que se arme, porque lo atacará donde lo encuentre. Ahora

bien, en Bogotá, la gente de cierta clase social (porque es

desgraciadamente entre el alto mundo donde tienen lugar esas escenas

deplorables), sólo se encuentra durante el día en las calles Florián o

Real, y por la mañana y a la tarde en el Altozano. Yo mismo he

presenciado, en la primera de las calles mencionadas, a las cuatro de la

tarde, hora en que se agrupa allí una numerosa concurrencia, un

encuentro de ese género entre dos hombres pertenecientes a la más alta

sociedad bogotana. Revólver en mano, separados sólo por el caño, se

atacaron con violencia, disparando uno sobre el otro casi todas las

balas de su arma. ¿Cómo no se hirieron? La excitación natural, el

movimiento recíproco lo explican suficientemente. Lo que me llamó la

atención, fue que ninguno de los circunstantes (la mayor parte de los

cuales, la verdad sea dicha, tomaron una prudente y precipitada

retirada), no saliera con un balazo en el cuerpo. Los proyectiles se

habían enterrado a la altura de un hombre en las dos paredes opuestas a

los combatientes que concluyeron por venirse a las manos, siendo

entonces separados por algunas personas.

Por desgracia, raro es el incidente de ese género que se termina de una

manera tan feliz. Más de un joven brillante, más de un hombre de mérito

han muerto en uno de esos combates, leales, es cierto, porque no hay

jamás traición ni sorpresa, pero, lo repito, no por eso menos salvajes.

No citaré ninguno de esos casos; pero, ¿quién no recuerda en Bogotá la

historia terrible de aquel anciano que habiendo ofendido

involuntariamente a un hombre joven y de pasiones profundas, le pidió

públicamente perdón, se arrodilló a los pies del arzobispo para que éste

evitara el encuentro a que su adversario lo incitaba de una manera

implacable; hizo, en una palabra, cuanto es dado hacer a un hombre para

aplacar a otro? Todo fue inútil y un día el anciano se vio atacado bajo

el portal de una iglesia; marchó recto a su enemigo, sufriendo el fuego

continuo de su revólver, llegó junto a él, lo tendió de un balazo, y

luego le enterró una daga en el corazón hasta la empuñadura.... ¡No

lancéis la primera piedra contra ese hombre de cabellos blancos, débil,

creyente y devoto, que se había humillado, hundido la frente entre el

polvo a los pies de su adversario y que había vivido la vida amarga y

angustiosa del peligro a todas horas y en todos los momentos! Ese

anciano vive aún, legítimamente rodeado del respeto colectivo, pero sus

labios no han vuelto a sonreír.

¿Y aquel joven deslumbrante, que en un encuentro, tal vez suscitado por

él, muere entre los brazos de una mujer abnegada, que quiere defenderlo

con su cuerpo contra los golpes de su matador implacable?... Y el

matador, poco después, cae en una plaza pública, bajo las primeras balas

de un motín insignificante....

Sí, bárbara, esa tradición de otros tiempos, persistiendo como un

fenómeno en nuestros días, dentro de la cultura de nuestra atmósfera

social; bárbara, pero que revela la virilidad de ese pueblo. Nada más

vulgar y común que el valor necesario para un duelo; pero esa

expectativa de todos los instantes, esa sobreexcitación continua de los

sentidos, olfateando, como la bestia, un peligro en cada sombra, un

enemigo en cada hombre que avanza, requiere una firmeza moral

inquebrantable.

Hay también los duelos famosos, entre otros el de Ricardo Becerra y

Carlos Holguín, dos de las cabezas más brillantes y dos de los corazones

más generosos que tiene Colombia; la política los llevó al terreno, la

sangre corrió... pero el rencor no penetró en las almas tan hechas para

comprenderse, Holguín, jefe de una de las secciones más importantes del

partido conservador, acaba de representar a su país en varias cortes

europeas, con dignidad, brillo y talento. Será siempre un timbre de

honor para el gobierno del doctor Núñez haber destruido la barrera de la

intransigencia política, llamando a los altos puestos diplomáticos a

conservadores de la talla de Holguín... Verdad es, y esto sea dicho aquí

entre nosotros, que Holguín fue uno de los cachacos más queridos de

Bogotá, que le ha conservado siempre el viejo cariño. Tiene un espíritu

y una sangre fría incomparables. Después de la revolución de 1876, los

conservadores, cuyas propiedades habían soportado todo el peso de la

dura ley de la guerra, quedaron vencidos, agobiados, más aún, achatados.

Una tarde, Holguín se paseaba melancólicamente en Bogotá, cuando del

seno de un grupo liberal, salió el grito de: «¡Abajo los

conservadores!». Holguín se dio vuelta tranquilamente y encarándose con

el gritón, le dijo con su acento más culto: «¿Tendría usted la bondad de

indicarme cómo es posible colocarnos más abajo aun de lo que estamos?»

Los _rieurs_ se pusieron de su lado y siguió plácidamente su camino.

Resumiendo, una sociedad culta, inteligente, instruida y característica.

He dicho antes que Colombia se ha refugiado en las alturas, huyendo de

la penosa vida de las costas, indemnizándose, por una cultura

intelectual incomparable, de la falta completa de progresos materiales.

Es, por cierto, curioso llegar sobre una mula, por sendas primitivas en

la montaña, durmiendo en posadas de la Edad Media, a una ciudad de

refinado gusto literario, de exquisita civilidad social y donde se habla

de los últimos progresos de la ciencia como en el seno de una academia

europea. No se figuran por cierto en España, cuando sus hombres de

letras más distinguidos aplauden sin reserva los grandes trabajos de un

Caro o de un Cuervo, que sus autores viven en la región del cóndor, en

las entrañas de la América; a veces, y por largos días, sin comunicación

con el mundo civilizado...

El extranjero vive mal en Bogotá, sobre todo, cuando su permanencia es

transitoria. Los hoteles son deplorables y no pueden ser de otra manera.

Bogotá no es punto de tránsito para ninguna parte. El que llega allí, es

porque viene a Bogotá, y los que a Bogotá van, no son tan numerosos que

puedan sostener un buen establecimiento de ese género.

Pero, ¡cómo se allanan las dificultades materiales de la vida en el seno

de aquella cultura simpática y hospitalaria! ¡Cómo os abren los brazos y

el corazón aquellos hombres inteligentes, varoniles y despreocupados! He

pasado seis meses en Bogotá; no sé si una vez más volveré a remontar el

Magdalena y a cruzar los Andes al monótono paso de la mula; ¡pero, si el

destino me reserva esa nueva peregrinación, siempre veré con júbilo los

puntos de la ruta que conduce a la ciudad querida, cuyo recuerdo está

iluminado por la gratitud de mi alma!

En viaje (1881-1882) · 第 54 / 65 题