Bogotá.
Primera impresión.--La plazuela de San Victorino.--El mercado de
Bogotá.--La España de Cervantes.--El caño.--La higiene.--Las
literas.--Las serenatas.--Las plazas.--Población.--La
elefantíasis.--El Dr. Vargas.--Las iglesias.--Un cura
colorista.--El Capitolio.--El pueblo es religioso.--Las
procesiones.--El Altozano.--Los políticos.--Algunos nombres.--La
crónica social.--La nostalgia del Altozano.
La primera impresión que recibí de la ciudad de Bogotá, fue más curiosa
que desagradable. Naturalmente, no me era permitida la esperanza de
encontrar en aquellas alturas, a centenares de leguas del mar, un centro
humano de primer orden. Iba con el ánimo hecho a todos los contrastes, a
todas las aberraciones imaginables, y con la decidida voluntad de
sobrellevar con energía los inconvenientes que se me presentasen en mi
nueva vida. Por una evolución curiosa de mi espíritu, mi primer
pensamiento, cuando el carruaje comenzó a rodar en las calles de la
ciudad, fue para el regreso. ¡Qué lejos me encontraba de todo lo mío!
Atrás quedaban las duras jornadas de mula, los sofocantes días del
Magdalena y la pasada travesía en el mar. ¡Habría que rehacer esa larga
ruta nuevamente! Confieso que esa idea me hacía desfallecer.
La calle por donde el carruaje avanzaba con dificultad, estaba
materialmente cuajada de indios. Acababa de cruzar la plazuela de San
Victorino, donde había encontrado un cuadro que no se me borrará nunca.
En el centro, una fuente tosca, arrojando el agua por numerosos
conductos colocados circularmente. Sobre una grada, un gran número de
mujeres del pueblo, armadas de una caña hueca, en cuya punta había un
trozo de cuerno que ajustaban al pico del agua que corría por el caño
así formado, siendo recogida en una ánfora tosca de tierra cocida. Todas
esas mujeres tenían el tipo indio marcado en la fisonomía; su traje era
una camisa, dejando libres el tostado seno y los brazos, y una saya de
un paño burdo y oscuro. En la cabeza un pequeño sombrero de paja; todas
descalzas.
Los indios, que impedían el tránsito del carruaje, tal era su número,
presentaban el mismo aspecto. Mirar uno, es mirar a todos. El eterno
sombrero de paja, el poncho corto, hasta la cintura, pantalones anchos,
a media pierna y descalzos. Algunos, con el par de alpargatas nuevas ya
mencionado, cruzado a la cintura. Una inmensa cantidad de pequeños
burros cargados de frutas y legumbres... y una atmósfera pesada y de
equívoco perfume.
Los bogotanos se reían más tarde cuando les narraba la impresión de mi
entrada y me explicaban la razón. Había llegado en viernes, que es día
de mercado. Aunque éste está abierto toda la semana, es en los jueves y
viernes cuando los indios agricultores de la sabana, de la tierra
caliente y de los pequeños valles allende la montaña que abriga a
Bogotá, vienen con sus productos a la capital. El mercado de Bogotá, por
donde paso en este momento y del que diré algunas palabras para no
ocuparme más de él, es seguramente único en el mundo, por la variedad de
los productos que allí se encuentran todo el año. Figuran al lado de las
frutas de las zonas templadas, la naranja, el melocotón, la manzana, la
pera, uvas, melones, sandías, albaricoques, toda la infinita variedad de
las frutas tropicales, la guanábana, el mango, el aguacate, la
chirimoya, la gramilla, el plátano... y doscientos más cuyo nombre no me
es posible recordar. Las primeras crecen en las sabanas y en los valles
elevados, cuya temperatura constante (de 13 a 15 grados centigrados) es
análoga a la de Europa y a la nuestra. Las segundas brotan en la tierra
caliente, para llegar a la cual no hay más que descender de la sabana
unas pocas horas. Así todas las frutas de la tierra ofrecidas
simultáneamente, todas frescas, deliciosas y casi sin valor nominal. ¿No
es un fenómeno único en el mundo? Un indio de la sabana puede darse en
su comida el lujo a que sólo alcanzan los más poderosos magnates rusos a
costa de sumas inmensas, y más completo aún...
Al fin llego a las piezas que me han sido retenidas en el Jockey Club y
tomo posesión de aquella sala desnuda, a la que me ligan hoy tantos
recuerdos y que no entreveo en mi memoria sin una emoción de cariño y
gratitud por los que me hicieron tan grata la vida en el suelo
colombiano.
La ciudad... Me está saltando la pluma en la mano por hacer un cuadro
engañador, mentir a boca llena y decir después a los que no me crean:
_allez y voir_! Pero es necesario vencer el afecto que conservo a Bogotá
y decir todo lo malo, sobre todo, lo curioso que tiene.
En los primeros días me creí transportado a la España del tiempo de
Cervantes. Las calles, estrechas y rectas como las de todas las ciudades
americanas, por lo demás; las casas bajas y de tejas, con aquellos
balcones de madera que aún se ven en nuestra Córdoba, salientes, como
excrecencias del muro, pero muchos labrados primorosamente, como los de
la casa solariega de los marqueses de Torretagle, en Lima; las puertas,
enormes, de madera tosca, cerradas por adentro en virtud de un
mecanismo, en el que, una piedra atada al extremo de una cuerda, hace el
primer papel; el pavimento de las calles, de piedra no pulida, y por
fin, el arroyo que corre por el centro, que viene de la montaña y cruza
la ciudad con su eterno ruido monótono, triste y adormecedor. Más de un
momento de melancolía debo al caño desolado, que parece murmurar una
queja constante; es algo como el rumor del aire en los meandros de un
caracol aplicado al oído.
Aunque de poca profundidad, el caño basta para dificultar en extremo el
uso de los carruajes en las calles de Bogotá. Al mismo tiempo, comparte
con los chulos (los gallinazos del Perú) las importantes funciones de
limpieza e higiene pública, que la Municipalidad le entrega con un
desprendimiento deplorable. El día que, por una obstrucción momentánea
(y son desgraciadamente frecuentes), el caño cesa de correr en una
calle, la alarma cunde en las familias que la habitan, porque todos los
residuos domésticos que las aguas generosas arrastraban, se aglomeran,
se descomponen bajo la acción del sol, sin que su plácida fermentación
sea interrumpida por la acción municipal, deslumbrante en su eterna
ausencia. El vecino de Bogotá, como todos los vecinos de las ciudades
americanas y de algunas europeas, paga un fuerte impuesto de limpieza,
que en su totalidad no da menos de 150.000 pesos fuertes, cantidad que
bastaría para mantener a Bogotá en inmejorable condición higiénica.
Pero, ¿desde cuándo acá los impuestos municipales se emplean entre
nosotros, nobles hijos de los españoles, en el objeto que determina su
percepción? ¿Cuánto pagaba hasta hace poco un honrado vecino de los
suburbios de Buenos Aires por impuesto de empedrado, luz y seguridad,
para tener el derecho de llegar a su casa sin un peso en el bolsillo,
tropezando en las tinieblas y con el barro a la rodilla?
Sí, la España del siglo XVII... En las esquinas, de lado a lado, la
cuerda que sujeta, por la noche, el farol de luz mortecina, que una
piedra reemplaza durante el día. Al caer la tarde, el sereno lo
enciende, y con pausado brazo lo eleva hasta su triste posición de
ahorcado. ¡Cuántas veces, cuando las sombras cubrían el suelo, me he
echado a vagar por las calles! Un silencio absoluto, algo como la
apagada calma veneciana, sin el grito natural y monótono de los
gondoleros que se dan la voz de alerta. A veces, a lo lejos, un farol
cuyo reflejo va dibujando caprichosos arabescos en el suelo, alumbra y
precede... una silla de manos, que oscila cadenciosa al andar de los
hombros que la llevan. Es una señora que va a una fiesta. Me detengo y
busco en mi ilusión los pajes con antorchas o el escudero armado que
cierra la marcha. Ha pasado; mis ojos siguen inconscientes al farol que
se va alejando; su incierto resplandor oscila aún, disminuye, se
disipa... Una sombra, algo que no he oído llegar, pasa a mi lado,
pegándose a la pared y produciendo el ruido especial de las plantas
desnudas batiendo temerosas la vereda; si la detenéis, os dirá siempre
que va muy apurada a la botica, porque la señora o la prima está
enferma... Esas aves que cruzan a la sombra y que uno mira con atención
para descubrir si van montadas en un palo de escoba, rumbo al _sabbat_,
llevan en Bogotá el característico nombre de nocheras. El _nochiero_
llama el Dante al sombrío pasante de las almas perdidas... Siento un
rumor lejano, un apagado murmurar, el tenue choque de maderas contra las
piedras. Avancemos; al doblar una esquina, aparecen unos quince o veinte
hombres, ocupados en colocar los atriles de una orquesta frente a los
balcones desiertos de una casa envuelta en la oscuridad. Hablan quedo;
un hombre cuya juventud vibra en su andar firme y erguido, da sus
últimas instrucciones en voz baja y va a perderse en la sombra de un
portal, frente al balcón que devora con los ojos. Lo imito y observo.
¡Qué efecto profundo y penetrante el de los primeros acordes, y cómo
esas notas han de ir dulcemente a acariciar a la virgen que duerme y que
despierta continuando el sueño en que creía oír una voz impregnada de
ternura, hablándole con el acento de los cielos, de los amores de la
tierra!
¿Qué tocan? ¡Oh, el bogotano es hombre de buen gusto y conoce a los
maestros divinos que han trazado las rutas más seguras para llegar al
corazón de la mujer! Es el _Adiós_ o la _Serenata_ de Schubert, el
preludio de la _Traviata_, que, surgiendo en el silencio con su acento
tenue y vago, produce un efecto admirable; son, sobre todo, los tristes,
los desolados bambucos colombianos, con toda la poesía de la música
errante de nuestras pampas. Luego, al concluir, un vals brillante de
Strauss, para recordar sin duda algún momento pasado, cuando, los
cuerpos unidos y los brazos entrelazados en el rápido girar, el labio
derramó al oído la primera palabra del poema que la música está
interpretando... Al principio, la casa duerme; cuando empieza la segunda
pieza, un postigo se entreabre de una manera casi invisible en el balcón
desierto, y un rayo imperceptible de luz, brotando de la oscura fachada,
anuncia discretamente que hay un oído atento y un pecho agitado. Luego,
nada más. Los músicos han partido, los pocos transeúntes atraídos se
alejan, el silencio y las sombras recuperan su dominio y sólo queda allí
el guardián de noche que ha gozado de la serenata, pensando tal vez en
su nido calentito.
¿No es la España del pasado, lo repito? ¡Id a dar una serenata en Buenos
Aires, bajo la luz eléctrica, en medio de un millar de transeúntes y en
combinación con las cornetas de los tranvías!
Uno de mis amigos de Bogotá, queriendo organizar una serenata para la
noche siguiente, llamó a un director de orquesta especialista y le pidió
su presupuesto. Este indicó un precio respetable, algo como cien pesos
fuertes; mi amigo le observó que era muy caro, que así no podría
repetirlas. El artista, con la convicción de un zapatero de bulevar,
diciendo al cliente reacio: «Fíjese en la suela», contestó
imperturbable:
--¡Oh!, ¡de las que yo doy, con una basta!
A diferencia de Caracas, que ostenta su Calvario y su linda plaza
Bolívar, Bogotá no tiene paseos de ningún género. La plaza principal es
un cuadrado de una manzana, sin un árbol, sin bancos, frío y desierto,
algo como nuestra antigua plaza Once de Septiembre. En el centro se
levanta una pequeña estatua del Libertador, de pie, de un mérito
artístico excepcional en esa clase de monumentos. Fue regalada al
Congreso de Colombia por el general París, que la encargó a uno de los
artistas italianos más famosos de la época.
Hay el pequeño _square_ Santander, muy bien cuidado, lleno de árboles y
en cuyo centro se encuentra la estatua del célebre general, pero que, en
valor artístico, está muy por debajo de la de su ilustre amigo y jefe.
Desgraciadamente, ese punto, que podría ser un agradable sitio de
reunión, está generalmente desierto, como sucede con la ancha calle de
las Nieves y plazuela de San Diego, que en lo futuro serán un desahogo
para Bogotá, cuya población aumenta sin cesar, sin que la edificación
progrese en la misma relación.
Los libros en general dan 60.000 almas a Bogotá. Puedo afirmar que hoy
la capital de Colombia tiene seguramente más de 100.000. Me ha bastado
ver las enormes masas de gente aglomerada con motivo de festividades
religiosas o civiles, para fijar el número que avanzo como mínimum.
Pero, como he dicho, la ciudad no se extiende a medida que la población
acrece, lo que empeora gravemente las condiciones higiénicas. Así, la
gente baja vive de una manera deplorable. Hay cuartos estrechos en que
duermen cinco o seis personas por tierra; la bondad de aquel clima,
fuerte y sano, salva sólo a la ciudad de una epidemia. Colombia tiene,
sin embargo, su azote terrible, cuyo rápido desenvolvimiento en los
últimos tiempos ha hecho que muchos hombres generosos hayan dado la voz
de alerta, obligando a los poderes públicos a ocuparse de tan grave
asunto. Es la espantosa elefantíasis de los griegos, cuya marcha fatal
nada detiene; la lepra temida, que aísla al hombre de la sociedad, lo
convierte en un espectáculo de horror aun para los suyos y pesa sobre
ciertas familias como una maldición bíblica. Los Estados de Boyacá y
Santander son los más azotados, pero el mal, favorecido por la ausencia
absoluta de limpieza en el indio, comienza a propagarse en la sabana. No
es sólo en las clases miserables donde se ceba; más de una familia
distinguida tiene la herencia terrible, sin que jamás las pobres
criaturas que la componen conozcan los goces del hogar, porque el hombre
que quiere formarlo se aleja con horror de su umbral. ¡Qué fuerza de
voluntad se necesita para luchar contra el mal! En algunas páginas que
producen una emoción profunda, el doctor Vargas, que hoy ha dedicado su
vida al alivio de esa desventura, ha contado cómo fue atacado por el mal
en plena juventud, al terminar sus estudios de medicina. Abandonó la
vida social, la ciudad, y solo, errante en los cálidos valles de
Tocaima, o cerca de las riberas del Magdalena, él combatió al enemigo,
hora por hora, sin un momento de desaliento. El cielo le sonrió y
encontró una mujer generosa que quiso compartir su miseria. Al leer ese
relato, que parece una página arrancada al _Infierno_, de Dante, la
mano busca inconsciente el puño de un revólver. ¡Oh! es ahí donde
Schopenhauer habría podido maldecir la voluntad persistente y obstinada
de vivir, que amarra al hombre a tales miserias. La energía indomable
del doctor Vargas lo salvó; pero, cuando salió de la lucha, la juventud
había pasado, y sólo quedaba en el alma un cariño inmenso por los que
sufrían lo que él había sufrido.
Siempre he mirado con un supremo respeto al distinguido escritor
colombiano que tiene, como Prometeo, la cadena que lo aferra y el buitre
que lo devora, sin que su espíritu decaiga un instante. En su soledad,
vive la vida intelectual del mundo entero, y con el cuerpo marchitado
para siempre, conserva la frescura de la inteligencia. ¡Benditas sean
las lepras que así suavizan los dolores de la existencia!
El gobierno de Colombia, como lo he dicho, se preocupa seriamente de ese
mal que amenaza comprometer el porvenir del país. Es de esperar que sus
progresos serán detenidos y que al fin cederá a los esfuerzos
perseverantes de la ciencia.
De las capitales sudamericanas que conozco (y la única que me falta es
Quito), Buenos Aires es la menos bien dotada respecto a la arquitectura
de los templos, que datan de la dominación española. San Francisco y
Santo Domingo son deplorables, y nuestra Catedral, a pesar de sus
reformas modernas, me hace el efecto de un galpón de ferrocarril al que
se hubiera puesto un frontispicio pseudogriego. Nunca he podido
comprender tampoco por qué las iglesias que se construyen actualmente,
se hacen pesadas, sin majestad y sin gracia, cuando se tienen modelos
como esa maravillosa iglesia Votiva de Viena, a la que el desgraciado
Maximiliano ha vinculado su nombre.
Las iglesias de Bogotá son superiores a las nuestras de la misma época,
si no en tamaño, seguramente en arquitectura. La Catedral es severa y
elegante; pero, a mi juicio, se lleva la palma el frente de la pequeña
capilla que tiene al lado, sencillo, desnudo casi, con sus dos pequeños
campanarios en la altura, que acentúan la inimitable armonía del
conjunto. En el camino a las Nieves hay una iglesia, cuyo nombre no
recuerdo, totalmente cubierta al interior de madera labrada. Se cree
entrar en la Catedral de Burgos, donde el Berruguete ha prodigado los
tesoros de su cincel maravilloso, filigranando el tosco palo y dándole
la expresión y la vida del mármor o del bronce. Sólo una vez fui allí y
salí indignado, jurando no volver. ¡Figuraos que han pintado de azul el
admirable artesonado del techo! Un hombre con alma de artista ha pasado
muchos años tallando esas maderas, el tiempo cariñoso ha venido a
contemplar su obra, comunicándoles el tinte opaco y lustroso, el aspecto
de vetusto que las hace inimitables... ¡para que un cura imbécil y
colorista arroje sobre ellas un tarro de añil diluido, encontrado en un
rincón de la sacristía!
Otro de los monumentos de Bogotá, el más importante por su tamaño, es el
Capitolio, o Palacio Federal. Fue empezado hace diez años, ha tragado ya
cerca de un millón de pesos fuertes, y no sólo no está concluido, sino
que creo no se concluirá jamás. El autor del plano debe haber tenido por
ideal un dado gigantesco. Algo cuadrado, informe, plantado allí como un
monolito de la época de los cataclismos siderales. A la entrada, pero
dentro de la línea de edificación, una docena de enormes columnas que
concluyen truncas... en el vacío. No sostienen nada, no tienen misión de
sostener nada, no sostendrán jamás nada. Mi amigo Rafael Pombo, uno de
los primeros poetas del habla española, pasa su vida mirando al
Capitolio y haciendo proyectos de reformas. Los ministros le tiemblan
cuando lo ven aparecer en el despacho con su rollo bajo el brazo. Pombo
quiere sacar las columnas a la calle, hacer un peristilo, algo razonable
y elegante. Un joven arquitecto, italiano, que el gobierno ha contratado
para concluir la obra, se ha comido ya todas las uñas y el bigote
mirando la esfinge. Mi humilde opinión es que ha llegado el momento de
llamar al homeópata, para satisfacción de la familia, porque el
Capitolio está muy enfermo y no le veo mejoría posible.
Puesto que de iglesias he hablado antes, diré que el pueblo de Bogotá es
sumamente religioso y practicante. El clero, cuyos bienes han sido
secularizados, vive bien, como en los Estados Unidos, con los subsidios
de los creyentes. ¡Cuántas y cuán serias ventajas ofrece ese sistema
sobre el de la subvención oficial! La Iglesia adquiere mayor autoridad
moral, realzada por la espontaneidad de la ofrenda, y no se viola el
principio de justicia que exige el empleo del impuesto común, en
beneficio común. Las señoras, aunque pertenezcan a familias radicales
acérrimas, son de una devoción ejemplar y hacen a veces la religión
amable para los más indiferentes. Recuerdo haber hecho, bajo una lluvia
torrencial, un gran número de estaciones un Viernes Santo, en adorable
compañía; el paraguas era una farsa, el viento nos azotaba la cara...
pero ¡con qué delicia hundía mi pie en los numerosos charcos de la
vereda! Jamás adquirí un resfrío con más títulos a mi respeto y
consideración.
No es raro saber en Bogotá que tal caballero, liberal exaltado, ateo y
casi anarquista, tiene sus hijos en la escuela de Carrasquilla o en la
de Mallarino, dos conservadores marca Felipe II. «¡Qué quiere usted!
¡Las mujeres!...», dicen. Y un poquito ellos mismos, agregaré; siempre
es bueno tener amigos que estén bien con el cielo, porque... ¿si por
casualidad todas esas paparruchas fueran ciertas? ¡Se han visto tantas
cosas en este pícaro mundo!
El bajo pueblo es fanático; los días de las grandes fiestas la puerta de
la Catedral está sitiada por grupos inmensos, que ondean impacientes.
Por fin la puerta se abre y es entonces una de hombreo y codo para ganar
los buenos sitios, que permite a los más robustos ponerse al alcance de
la voz del predicador. Aunque de algún tiempo a esta parte se han
suprimido muchísimos detalles grotescos de las antiguas procesiones, aún
he visto figurar la representación plástica de las escenas de _La
Pasión_, el Señor bajo la cruz, las santas doloridas... y el judío, el
pícaro judío, vestido a la romana, de nariz encorvada, frente estrecha,
gran abundancia de pelo y ojos torvos, a quien el pueblo enseña el puño
y que pasaría por cierto un mal rato, si los guardianes, vestidos como
los penitentes de la Santa Hermandad, con el sombrero de pico y el
rostro cubierto, no estuvieran prontos a la defensa.
Pero, me diréis, ¿los bogotanos no pasean, no tienen un punto de
reunión, un club, una calle predilecta, algo como los bulevares, nuestra
calle Florida, el Ring de Viena, el Unter den Linden de Berlín, el Corso
de Roma, el Broadway de Nueva York o el Park-Corner de Londres? Sí, pero
todo en uno: tienen el Altozano. Altozano es una palabra bogotana para
designar simplemente el atrio de la Catedral, que ocupa todo un lado de
la plaza Bolívar, colocado sobre cinco o seis gradas y de un ancho de
diez a quince metros. Allí, por la mañana, tomando el sol, cuyo ardor
mitiga la fresca atmósfera de la altura; por la tarde, de las 6 a las 7
después de comer (el bogotano come a las 4), todo cuanto la ciudad tiene
de notable, en política en letras o en posición, se reune diariamente.
La prensa, que es periódica, tiene poco alimento para el reportaje en la
vida regular y monótona de Bogotá; con frecuencia el Magdalena se ha
rezagado con exceso, los vapores que traen la correspondencia se varan y
se pasan dos o tres semanas sin tener noticias del mundo. ¿Dónde ir a
tomar la nota del momento, el chisme corriente, la probable evolución
política, el comentario de la sesión del Senado donde el «macho» Alvarez
ha dicho incendios contra el Presidente Núñez, que Becerra ha defendido
con valor y elocuencia? ¿Dónde ir a saber si Restrepo está en Antioquía
de buena fe con los independientes, o lo que Wilches piensa hacer en
Santander? Al Altozano. Todo el mundo se pasea de lado a lado. Allí un
grupo de políticos discutiendo inflamados. El comité de salud pública
(una asociación política de tinte radical) se ha reunido por la tarde,
ha habido discursos incendiarios, Felipe Zapata prepara un folleto
formidable contra el último empréstito enajenando las rentas del
ferrocarril de Panamá; ¿es acaso posible que Núñez se vindique? Parece
que en Popayán no están contentos con el gobierno, lo que ha
determinado, por antagonismo, la adhesión de Call; ¿qué hay de
Cipaquirá? Dicen que los peones de las salinas se están moviendo...
Pasemos. ¿Quién es ese hombre que cruza el Altozano, apurado, mirando
eternamente el reloj, con el sombrero alto a la nuca, delgado, moreno,
con unos ojos brillantes como carbunclos, saludando a todo el mundo y
por todos saludado con cariño? Lo sigo con mirada afectuosa y llena de
respeto, porque en ese cráneo se anida una de las fuerzas poéticas más
vigorosas que han brotado en el suelo americano... Es Diego Fallon[13],
el inimitable cantor de la luna vaga y misteriosa, de quien más adelante
hablaré. Va a dar una lección de inglés; hay que comer y el tiempo es
oro. ¿Quién tiene la palabra, o más bien dicho, quién continúa con la
palabra en el seno de aquel grupo? Es José María Samper, que está
hablando un volumen, lo que no impide que escriba otro apenas entre en
su casa. Allí viene un cuerpo enjuto, una cara que no deja ver sino un
bigote rubio, una perilla y un par de anteojos... Es un hombre que ha
hecho soñar a todas las mujeres americanas con unas cuantas cuartetas
vibrantes como la queja de Safo... es Rafael Pombo, y Camacho Roldán y
Zapata, Manuel A. Caro y Silva, Carrasquilla y Marroquín, Salgar y
Trujillo, Esguerra y Escobar... todo cuanto la ciudad encierra de
ilustraciones en la política, las letras y las armas. Más allá, un grupo
de jóvenes, la crème de la crème, según la expresión vienesa que han
adoptado. ¿Hay programa para esta noche? Y los mil comentarios de la
vida social, los últimos ecos de lo que se ha dicho o hecho durante el
día en la calle Florián o en la calle Real, cómo están los papeles, si
es cierto que se vende tal hato en la sabana, que Fulano ha vuelto de
Fusugasugá, donde estaba veraneando, que Zutano se va mañana a pasar un
mes en Tocaima, y por qué será, y que a Pedro lo han partido con la hoja
suelta que le han echado; se la atribuyen a Diego; mañana hay rifa en
tal parte; ¡qué buena la última caricatura de Alberto Urdaneta! ¿Cuándo
acabará de escribir X. vidas de próceres? Se está organizando un paseo
al Salto, de ambos sexos. ¿Quién lo da? ¿Saben la descrestada de
Fulano?...
Una bolsa, un círculo literario, un areópago, una _coteríe_, un salón de
solterones, una _coulisse_ de teatro, un _forum_, toda la actividad de
Bogotá en un centenar de metros cuadrados: tal es el Altozano. Si los
muros silenciosos de esa iglesia pudieran hablar, ¡qué bien contarían la
historia de Colombia, desde las luchas de precedencia y etiqueta de los
oidores y obispos de la colonia, desde las crónicas del _Carnero_
bogotano, hasta las últimas conspiraciones y levantamientos! Más de una
vez también la sangre ha manchado esas losas, más de una vez han sido
teatro de luchas salvajes. El bogotano tiene apego a su Altozano, por la
atmósfera intelectual que allí se respira, porque allí encuentra mil
oídos capaces de saborear una ocurrencia espiritual y de darle curso a
los cuatro vientos. Ma. de Staël en Coppet, suspirando por el sucio
arroyo de la rue du Bac o Frou-frou en Venecia, soñando con el bulevar,
no son más desgraciados que el bogotano que la suerte aleja de su ciudad
natal y sobre todo... del Altozano.