CAPITULO XV

El Salto de Tequendama.

La partida.--Los compañeros.--Los caballos de la sabana.--El traje

de viaje.--Rosa.--Soacha.--La hacienda de San Benito.--Una noche

toledana.--La leyenda del Tequendama.--El mito

chiboha.--Humboldt.--El brazo de Neuquetheba.--El río

Funza.--Formación del Salto.--La hacienda de Cincha.--Paisajes.--La

cascada vista de frente.--Impresión serena.--En busca de otro

aspecto.--Cara a cara con el Salto.--El torrente.--Impresión

violenta.--La muerte bajo esa faz.--La hazaña de Bolívar.--La

altura del Salto.--Una opinión de Humboldt.--Discusión.--El Salto

al pie.--El Dr. Cuervo.--Regreso.

Al fin llegó el día tan deseado del paseo clásico de Colombia, la visita

al Salto de Tequendama, la maravilla natural más estupenda que es

posible encontrar en la corteza de la tierra. Desde que he puesto el pie

en la altiplanicie andina, sueño con la catarata, y cuando, al cansado

paso de mi mula, llegué a aquel punto admirable que se llama el Alto de

Robe, desde el cual vi desenvolverse a mis ojos atónitos, la inmensa

sabana, pareciome oír ya «del Tequendama el retemblar profundo».

Ha llegado el momento de ponernos en marcha; el día está claro y sereno,

lo que nos promete una atmósfera transparente al borde del Salto. A las

tres de la tarde, la caravana se pone en movimiento. Somos ocho amigos,

sanos, contentos, jóvenes y respirando alegremente el aire de los

campos, viendo la vida en esos momentos color de rosa, bajo la impresión

de la profunda cordialidad que impera y ante la perspectiva de las

hondas emociones del día siguiente. Son Emilio Pardo, tan culto, tan

alegre y simpático; Eugenio Umaña, el señor feudal del Tequendama, en

una de cuyas haciendas vamos a dormir, caballeroso, con todos los

refinamientos de la vida europea por la que suspira sin cesar, músico

consumado; Emilio del Perojo, Encargado de Negocios de España, jinete,

decididor, pronto para toda empresa, con un cuerpo de hierro contra el

que se embota la fatiga; Roberto Suárez, varonil, utópico, trepado

eternamente en los extremos, exagerado, pintoresco en sus arranques,

incapaz de concebir la vida bajo su chata y positiva monotonía,

apasionado, inteligente e instruido; Carlos Sáenz, poeta de una galanura

exquisita y de una facilidad vertiginosa, chispeante, sereno, igual en

el carácter a un cielo sin nubes; Julio Mallarino, hijo del dignísimo

hombre de Estado que fue presidente de Colombia, espiritual, hábil,

emprendedor, literato en sus ratos perdidos; Martín García Mérou,

meditando su oda obligada al Salto, y por fin, yo, en uno de los mejores

instantes de mi espíritu, nadando en la conciencia de un bienestar

profundo, con buenas cartas de mi tierra recibidas en el momento de

partir y con la tranquilidad que comunican los pequeños éxitos de la

vida.

Volábamos sobre la tendida sabana, gozando de aquella indecible fruición

física que se siente cuando se corre por los campos sobre un caballo de

fuego y sangre, estremeciéndose al menor ademán que adivina en el

jinete, la boca llena de espuma, el cuello encorvado y pidiendo

libertad, para correr, volar, saltar en el espacio como un pájaro.

No he montado en mi vida un animal más noble y generoso que aquel bayo

soberbio que mi amigo J. M. de Francisco tuvo la amabilidad de enviarme

a la puerta de mi casa, aparejado a la orejón, como si dijéramos a la

gaucha. Verdad que el caballo de la sabana de Bogotá es una

especialidad; todos ellos son de paseo, y es imposible formarse una idea

de la comodidad de aquel andar sereno, cuya suavidad de movimientos no

se pierde, ni aun en los instantes de mayor agitación del animal. No

tienen aquel ridículo braceo de los caballos chilenos, tan contrarios a

la naturaleza; pero su brío elegante es incomparable. Encorvan la

cabeza, levantan el pecho, pisan con sus férreos cascos con una firmeza

que parte la piedra y fatigan el brazo del jinete que tiene que

llevarlos con la rienda rígida. La espuela o el látigo son inútiles;

basta una ligera inclinación del cuerpo para que el animal salte, y como

dicen nuestros paisanos, pida rienda. Y así marchan días enteros;

después de un violento viaje de diez y seis leguas, con sus carreras,

saltos, etc. He entrado en Bogotá con los brazos muertos y casi sin

poder contener mi caballo, que, embriagándose con el resonar de sus

cascos herrados sobre las piedras, aumentaba su brío, saltaba el arroyo

como en un circo y daba muestras inequívocas de tener veleidades de

treparse a los balcones. Todos los animales que montábamos, eran por el

estilo; en el camino llano que va a Soacha, sólo una nube de polvo

revelaba nuestra presencia. Volábamos por él, y los caballos,

excitándose mutuamente, tascaban frenéticos los frenos, y cuando algún

jinete los precipitaba contra una pared baja de adobes o contra un foso,

salvaban el obstáculo con indecible elegancia.

El traje que llevábamos es también digno de mención, porque era el que

usa todo colombiano en viaje. En la cabeza, el enorme sombrero suaza, de

paja, de anchas alas que protegen contra el sol, y de elevada copa que

mantienen fresco el cráneo. Al cuello, un amplio pañuelo de seda que

abriga la garganta contra la fría atmósfera de la sabana al caer la

noche; luego, nuestro poncho, la ruana colombiana, de paño azul e

impermeable, corta, llegando por ambos lados sólo basta la cintura. Por

fin, los zamarros nacionales, indispensables, sin los cuales nadie

monta, que yo creía, antes de ensayarlos, el aparato más inútil que los

hombres hubieran inventado para mortificación propia, opinión sobre la

que, más tarde, hice enmienda honorable. Los zamarros son dos piernas de

calzón, de media vara de ancho, cerradas a lo largo, pero abiertas en su

punto de unión, de manera que sólo protegen las extremidades. Cayendo

sobre el pie metido en el estribo morisco que semeja un escarpín, dan al

jinete un aire elegante y seguro sobre la silla. Son generalmente de

caoutchouc, pero los orejones verdaderos, la gente de campo, los usan de

cuero de vaca con pelo, simplemente sobados[17]. Si se tiene en cuenta

que en aquellas regiones los aguaceros torrenciales persisten las tres

cuartas partes del año, se comprenderá que estas precauciones son

indispensables para los viajeros en la montaña, en climas donde una

mojadura puede costar la vida.

Pronto estuvimos en Bosa, distrito del departamento de Bogotá,

antiquísimo pueblo chibcha, que fue el cuartel general de Gonzalo

Jiménez de Quesada, antes de la fundación de Bogotá, y lugar de recreo

del virrey Solís, que podía allí dar rienda suelta a su pasión por la

caza de patos.

Una hora más tarde cruzábamos bulliciosamente las muertas calles de la

triste aldea de Soacha, de dos mil quinientos habitantes y con un metro

de elevación sobre el nivel del mar por habitante. En las inmediaciones

de Soacha, y a 2660 metros de elevación, dice Humboldt que encontró

huesos de mastodonte. ¡Deben esos restos de un mundo desvanecido haber

reposado allí muchos millares de años antes de ser hollados por la

planta del viajero alemán!

Los visitantes comunes del Salto hacen noche en Soacha, para madrugar al

día siguiente y llegar a la catarata antes que las nieblas la hagan

invisible. Pero nosotros íbamos con el señor de la comarca, pues la

región del Tequendama, pertenece a la familia Umaña, por concesión del

rey de España, otorgada hace doscientos y tantos años. Nos dirigíamos a

una de las numerosas haciendas en que está subdividida, la de San

Benito, a la que llegamos cuando la noche caía y el viento fresco de la

sabana abierta empezaba a hacernos bendecir los zamarros y la ruana

cariñosa. Allí nos esperaba una verdadera sorpresa, en la mesa luculiana

que nos presentó el anfitrión, con un _menú_ digno del Café Anglais, y

unos vinos, especialmente un Oporto feudal, que habría hecho honor a las

bodegas de Rothschild.

Allí pasamos la noche, es decir, allí la pasaron los que, como Pardo,

Perojo y yo, tuvimos la buena idea de dar un largo paseo después de

comer. Mientras, tendidos en el declive de una parva, hablábamos de la

patria ausente y contemplábamos la sabana, débilmente iluminada por la

claridad de la noche y las cimas caprichosas de las pequeñas montañas

que la limitan, llegaban a nuestros oídos ruidos confusos desde el

interior de la casa, rumor de duro batallar, gritos de victoria,

imprecaciones, himnos. Cuando, dos horas más tarde, entramos en demanda

de nuestros lechos, los campos de la Moskowa, de Eylau o de Sedán, eran

idilios al lado del cuadro que se nos ofreció a la vista. Aún recuerdo

una almohada que era un poema. Como aquellos sables que en el furor del

combate se convierten en tirabuzones, la almohada, abierta de par en

par, dejaba escapar la lana por las anchas heridas, mientras que un

débil pedazo de funda procuraba retenerla en su forma pristina. Mesas

derribadas, sillas desvencijadas, botines solitarios en medio del cuarto

y en los rincones, sobre los revueltos lechos, los combatientes inertes,

exhaustos. El cuarto diplomático había sido respetado, y ganamos

nuestras camas con la sensación deliciosa del peligro evitado.

Como al amanecer debemos ponernos en camino del Salto, ha llegado el

momento de explicar su formación, buscando previamente su fe de

bautismo, su filiación en la teogonía chibcha. La imaginación de los

americanos primitivos, que ha creado las leyendas originarias del Méjico

y del Perú, tiene que brillar también en estas alturas, donde la

proximidad de los cielos debe haberle comunicado mayor intensidad y

esplendor.

No fatigaré exponiendo aquí toda la mitología chibcha, raza principal de

las que poblaban las alturas de lo que hoy se llama Colombia, cuando en

1535 llegaban por tres rumbos distintos los conquistadores españoles.

Entre éstos, Quesada, el más notable, recogió las principales leyendas,

y aunque desgraciadamente su manuscrito se perdió, los historiadores

primitivos del nuevo reino de Granada las han conservado salvándolas del

olvido.

Humboldt, refiriéndose a las tradiciones religiosas de los indios

respecto al origen del Salto de Tequendama, dice así:

«Según ellas, en los más remotos tiempos, antes que la Luna acompañase a

la Tierra, los habitantes de la meseta de Bogotá vivían como bárbaros,

desnudos y sin agricultura, ni leyes, ni culto alguno, según la

mitología de los indios muíscas o moscas. De improviso se aparece entre

ellos un anciano que venía de las llanuras situadas al este de la

Cordillera de Chingasa, cuya barba, larga y espesa, le hacía de raza

distinta de la de los indígenas. Conocíase a este anciano por los tres

nombres de Bochica, Neuquetheba y Zuhé, y asemejábase a Manco Capac.

Enseñó a los hombres el modo de vestirse, a construir cabañas, a

cultivar la tierra y reunirse en sociedad; acompañábalo una mujer a

quien también la tradición da tres nombres: Chia, Yubecahiguava y

Huitaca. De rara belleza, aunque de una excesiva malignidad, contrarió

esta mujer a su esposo en cuanto él emprendía para favorecer la dicha de

los hombres. A su arte mágico se debe el crecimiento del río Funza,

cuyas aguas inundaron todo el valle de Bogotá, pereciendo en este

diluvio la mayoría de los habitantes, de los que se salvaron unos pocos

sobre la cima de las montañas cercanas. Irritado el anciano, arrojó a la

hermosa Huitaca lejos de la Tierra; convirtiose en Luna entonces,

comenzando a iluminar nuestro planeta durante la noche. Bochica,

después, movido a piedad de la situación de los hombres dispersos por

las montañas, rompió con mano potente las rocas que cerraban el valle

por el lado de Canoas y Tequendama, haciendo que por esta abertura

corrieran las aguas del lago de Funza, reuniendo nuevamente a los

pueblos en el valle de Bogotá. Construyó ciudades, introdujo el culto

del Sol y nombró dos jefes a quienes confirió el poder eclesiástico y

secular, retirándose luego, bajo el nombre de Idacanzas, al valle Santo

de Iraca, cerca de Tunja, donde vivió en los ejercicios de la más

austera penitencia, por espacio de 2000 años».

Es necesario haber visto aquella solución de la montaña por donde el

Funza penetra bullicioso y violento, aquellas rocas enormes, suspendidas

sobre el camino, como si hubieran sido demasiado pesadas para el brazo

de los titanes en su lucha con los dioses, para apreciar el mito chibcha

en todo su valor. Hay allí algo como el rastro de una voluntad

inteligente y de la tutela eterna y profunda de la naturaleza sobre el

hombre, tiene que haber sido personificada por el indio cándido en la

fuerza sobrehumana de uno de esos personajes que aparecen en el albor de

las teogonías indígenas como emanaciones directas de la divinidad.

La mañana estaba bellísima, y el aire fresco y puro de los campos exalta

la energía de los animales que nos llevan a escape por la sabana. Pronto

llegamos a la hacienda de Tequendama, situada al pie del cerro, en una

posición sumamente pintoresca. Pasamos sin detenernos, entramos en las

gargantas y pronto costeamos el Funza, que como el hilo de la virgen

griega, nos guía por entre aquel laberinto de rocas, piedras sueltas

ciclópeas, desfiladeros y riscos.

El río Funza o Bogotá se forma en la sabana del mismo nombre de las

vertientes de las montañas, y toma pronto caudal con la infinidad de

afluentes que arrojan en él sus aguas. Después de haber atravesado las

aldeas de Fontibon y Cipaquirá, tiene, al acercarse a Canoas, una

anchura de 44 metros. Pero, a medida que se aproxima al Salto se va

encajonando y, por lo tanto, su ancho se reduce hasta 12 y 10 metros.

Desde que abandona la sabana, corre por un violento plano inclinado,

estrellándose contra las rocas y guijarros que le salen al paso como

para detenerlo y advertirle que a cierta distancia está el temido

despeñadero. El río parece enfurecerse, aumenta su rapidez, brama, bate

las riberas, y de pronto la inmensa mole se enrosca sobre sí misma y se

precipita furiosa en el vacío, cayendo a la profundidad de un llano que

se extiende a lo lejos, a 200 metros[18] del cauce primitivo. Tal es la

formación de Salto de Tequendama.

Luego de haber seguido el río por espacio de media hora, gozando de los

panoramas más variados y grandiosos que pueden soñarse, nos apartamos de

la senda y comenzamos a trepar la montaña. El ruido de la cascada, que

empezábamos ya a oír distintamente, se fue debilitando poco a poco. No

había duda que nos alejábamos del Salto. Era simplemente una nueva

galantería de Umaña que quería mostrarnos la maravilla, primero, bajo su

aspecto puramente artístico, idealmente bello, para más tarde llevarnos

al punto donde ese sentimiento de suave armonía que despierta el cuadro

incomparable, cediera el paso a la profunda impresión de terror y que

invade el alma, la sacude, se fija allí y persiste por largo tiempo.

¡Oh!, ¡por largo tiempo! Han pasado algunos meses desde que mis ojos y

mi espíritu contemplaron aquel espectáculo estupendo, y aún, durante la

noche, suelo despertarme sobresaltado con la sensación del vértigo,

creyéndome despeñado al profundo abismo...

De improviso apareció, en una altura, la poética hacienda de Cincha,

desde la que se distingue una vista hermosísima. A la izquierda, la

curiosa altiplanicie llamada la Mesa, que se levanta sobre la tierra

caliente. A la derecha, Canoas, con las faldas de sus cerros, verdes y

lisas, donde se corre el venado, soberbio y abundante allí. Abajo, San

Antonio de Tena, medio perdido entre las sombras de la llanura y las

luminosas ondas solares. Todo esto, contemplado por entre la abertura de

un bosque y al borde de un precipicio, donde el caballo se detiene

estremecido, prepara el alma dignamente para las poderosas sensaciones

que le esperan.

Empezamos el descenso por sendas imposibles y en medio de la vigorosa

vegetación de la tierra fría, pues respiramos una atmósfera de 13 grados

centigrados. Pronto dejamos los caballos y continuarnos a pie, guiados

por entre la maleza, las lianas y los parásitos que obstruyen el paso,

por dos o tres muchachos de la hacienda que van saltando sobre las rocas

gregarias y los troncos enormes tendidos en el suelo, con tanta soltura

y elegancia como las cabras del Tyrol.

Así marchamos un cuarto de hora, conmovidos ya por un ruido profundo,

solemne, imponente, que suena a la distancia. Es un himno grave y

monótono, algo como el coro de titanes impotentes al pie de la roca de

Prometeo, levantando sus cantos de dolor para consolar el alma del

vencido...

--¡Preparad el alma, amigo!

Quedamos estáticos, inmóviles, y la palabra humilde ante la idea, se

refugió en el silencio. Silencio imprescindible, fecundo, porque a su

amparo el espíritu tiende sus alas calladas y vuela, vuela, lejos de la

tierra, lejos de los mundos, a esas regiones vagas y desconocidas, que

se atraviesan sin conciencia y de las que se retorna sin recuerdo.

¿Cómo pintar el cuadro que teníamos delante?

¿Cómo dar la sensación de aquella grandeza sin igual sobre la tierra?

¡Oh! ¡cuántas veces he estado a punto de romper estas pálidas y frías

páginas, en las que no puedo, en las que no sé traducir este mundo de

sentimientos levantados bajo la evocación de ese espectáculo a que los

hombres no estamos habituados!

Figuraos un inmenso semicírculo casi completo, cuyos dos lados reposan

sobre la cuerda formada por la línea de la cascada. Nos encontrábamos en

el vértice opuesto, a mucha distancia, por consiguiente. Las paredes

graníticas, de una altura de 180 metros, están cortadas a pico y

ostentan mil colores diferentes, por la variedad de capas que el ojo

descubre a la simple vista. De sus intersticios a la par que brotan

chorros de agua formados por vertientes naturales y por la condensación

de la enorme masa de vapores que se desprenden del Salto, arrancan

árboles de diversas clases, creciendo sobre el abismo con tranquila

serenidad. En la altura, pinos y robles, las plantas todas de la región

andina: en el fondo, allá en el valle que se descubre entre el vértigo,

la lujosa vegetación de los trópicos, la savia generosa de la tierra

caliente, la palmera, la caña, y revoloteando en los aires que miramos

desde lo alto, como el águila las nubes, bandadas de loros y guacamayos

que juguetean entre los vapores irisados, salen, desaparecen y dan la

nota de las regiones cálidas al que los mira desde las regiones frías.

Figuraos que desde la cumbre del Mont-Blanc tendéis la mirada buscando

la eterna mar de hielo, como un sudario de las aguas muertas y que veis

de pronto surgir un valle tropical, riente, lujoso, lascivo, frente a

frente a aquella naturaleza severa, rígida e imperturbable.

Quitad de allí el Salto si queréis, suprimid el mito, dejad en reposo el

brazo potente de Neuquetheba: siempre aquellas murallas profundas y

rectas, aquel abismo abierto, insaciable en el vértigo que causa,

siempre aquella llanura que la mirada contempla y que el espíritu

persiste en creer una ficción, siempre ese espectáculo será uno de los

más bellos creados por Dios sobre la cáscara de la tierra.

Ahora, apartad los ojos de cuanto os rodea: y mirad al frente, con

fuerza, con avidez, para grabar esa visión y poder evocarla en lo

futuro. La mañana, clara y luminosa, nos ha sido propicia y el sol,

elevándose soberano en un cielo sin nubes, derrama sus capas de oro

sobre la región de los que en otro tiempo lo adoraron. Las temibles

nieblas del Salto se disipan ante él y las brumas cándidas se tornasolan

en los infinitos cambiantes de un iris vívido y esplendoroso. Las aguas

del Salto caen a lo lejos, desde la altura en que nos encontramos, hasta

el valle que se extiende en la profundidad, en una ancha cinta de una

blancura inmaculada, impalpable. Todo es vapor y espuma, nítida, nívea.

Hay una armonía celeste en la pureza del color, en la elegancia suprema

de los copos que juguetean un instante ante los reflejos dorados del sol

y se disuelven luego en un vapor tenue, transparente, que se eleva en

los aires, acoge el iris en su seno y se disipa como un sueño en las

alturas. Por fin, de la nube que se forma al chocar las espuman en el

fondo, se ve salir, alegre y sonriente, como gozoso de la aventura, el

río que empieza a fecundar, en su paso caprichoso, tierras para él

desconocidas, en medio de la templada atmósfera que suaviza la crudeza

de sus aguas.

Nada de espanto ni de ese profundo sobrecogimiento que causan los

espectáculos de una grave intensidad; nada de bullicio en el alma

tampoco, como el que se levanta ante un cuadro de las llanuras

lombardas. Una sensación armoniosa, la impresión de la belleza pura. No

es posible apartar los ojos de la blanca franja que lleva disueltos los

mil colores del prisma; una calma deliciosa; una quieta suavidad que

aferra, al punto que lo hace olvidar de todo. La óptica produce aquí un

fenómeno puramente musical, la atracción, el olvido de las cosas

inmediatas de la vida, el tenue empuje hacia las fantasías

interminables. El ruido mismo, sordo y sereno, acompaña, con su nota

profunda y velada, el himno interior. Es entonces cuando se aman la luz,

los cielos, los campos, los aspectos todos de la naturaleza. Y por una

reacción generosa e inconsciente, se piensa en aquellos que viven en la

eterna sombra, sin más poesía en el alma que la que allí se condensa en

el sueño íntimo, sin esos momentos que serenan, sin esos cuadros que

ensanchan la inteligencia, y al pasar fugitivos en su grandeza, ante el

espíritu tendido y ávido, le comunican algo de su esencia.

Así permanecimos largo rato sin cambiar más palabras que las necesarias

para indicarnos un nuevo aspecto del paisaje, cuando sonó la voz

tranquila de Umaña, invitándonos a desprendernos del cuadro, porque el

día avanzaba y nos faltaba aún ver el Salto.

--Pero no es posible, amigo, encontrar un punto de mira más propio que

éste--le dije con el acento suave del que pide un instante más.

--Usted ha visto un panorama maravilloso; pero le falta aún la visita

íntima, cara a cara con el torrente, la visita que hicieron Bolívar,

Humboldt, Gros, Zea, Caldas, uno de los Napoleones, y en el remoto

pasado, Gonzalo Jiménez de Quesada y los conquistadores, atónitos.

Nos pusimos en marcha, trepando a pie la misma senda que con tanta

dificultad habíamos descendido. Una vez montados, recorrimos de nuevo el

camino hecho, pero en vez de subir a Cincha, bajamos nuevamente por una

senda más abrupta aún que la anterior. La vegetación era formidable,

como la de todo el suelo que se avecina al Salto, fecundado eternamente

por la enorme cantidad de vapores que se desprenden de la cascada, se

condensan en el aire y caen en formas de finísima e impalpable lluvia.

El ruido era atronador; la nota grave y solemne de que he hablado antes,

había desaparecido en las vibraciones de un alarido salvaje y profundo,

el quejido de las aguas atormentadas, el chocar violento contra las

peñas y el grito de angustia al abandonar el álveo y precipitarse en el

vacío. Marchábamos con el corazón agitado, abriéndonos paso por entre

los troncos tendidos, verdaderas barreras de un metro de altura que nos

era forzoso trepar. No habituado aún el oído al rumor colosal, las

palabras cambiadas eran perdidas.

De improviso caímos en una pequeña explanada y dimos un grito: las aguas

del Salto nos salpicaban el rostro. Estábamos al lado de la caída, en

su seno mismo, envueltos en los leves vapores que subían del abismo,

frente a frente al río tumultuoso que rugía. La apertura de la cascada,

formando la cuerda que uniría los dos extremos de la inmensa herradura o

semicírculo de que antes hablé, tienen una extensión de 20 metros. Las

aguas del río se encajonan, en su mayor parte, en un canal de cuatro o

cinco metros, practicado en el centro, y por él se precipitan sobre un

escalón de todo el ancho de la catarata, a cinco o seis metros más

abajo, donde rebotan con una violencia indecible y caen al abismo

profundo con un fragor horrible.

Sobre el Salto mismo existe una piedra pulida e inclinada, que uno trepa

con facilidad, y dejando todo el cuerpo reposado en su declive, asoma la

cabeza por el borde. Así, dominábamos el río, el Salto, gran parte de la

proyección de la masa de agua, el hondo valle inferior y de nuevo el

Funza, serpeando entre las palmas, en las felices regiones de la tierra

templada.

Aquel que penetra en los inmensos y silenciosos claustros de San Pedro

de Roma, en uno de esos tristes días sin luz en los cielos y sin

movimiento en la tierra, siente que se infiltra lentamente en su alma un

sentimiento nuevo, por lo menos en su intensidad. El de la nada, el de

la pequeñez humana, al lado de la idea grandiosa que aquellos muros

colosales, esas cúpulas que parecen contener el espacio, representan

sobre el mundo. Puedo hoy asegurar que no hay templo, no hay salida de

manos de los hombres, ideada por aquellos cerebros que honran la

especie, que pueda compararse a uno de estos espectáculos de la

naturaleza. Para aquéllos que viviendo tristemente alejados del

beneficio inefable de la fe, nos refugiamos, en las horas amargas, en el

seno de ese sentimiento vago de religiosidad, que en todos nosotros

duerme o sueña, estas sensaciones profundas toman los caracteres de la

oración.

¡Qué estupor inmenso! ¡Qué agitación creciente en el fondo del ser

moral, mientras el cuerpo se estremece, tiembla y aspira, mudo y

angustioso, a separarse de la fascinación del abismo!

Las aguas toman vida; aquel que una vez tan sólo las ha visto venir

rugiendo por el declive violento del río, enroscarse sobre sí mismas,

caer atormentadas y frenéticas al peldaño gigante, y de allí lanzarse al

abismo, en medio del estertor que resuena en la montaña y va a herir el

oído del viajero que cruza silencioso las cumbres, aquel que ha visto

ese cuadro, no lo olvida jamás, aunque vuelva a habitar las llanuras

serenas, los campos sonrientes o las vegas llenas de flores.

Las olas se precipitan unas sobre otras, blancas y vaporosas ya: al caer

al vacío, la transformación es completa. Una nube tenue, impalpable, se

levanta, el iris la esmalta, brilla un segundo, y de nuevo otra nube de

diversa forma, caprichosa, cubriendo como un velo los tormentos de la

caída, la reemplaza para desaparecer a su vez un instante después.

¡Qué triste palidez en mi palabra! ¡Qué desaliento el de aquel que

siente y no alcanza a expresar! Veo el cuadro entero, vivo, palpitante,

ahí, delante de mis ojos; retorno con el alma a la sensación del

momento, al terror vago que me invadió, a aquel grito de amenaza y ruego

con que hice retirar a un niño que se inclinaba curioso a mirar el

abismo y que quedó absorto contemplándome sin comprender ni mi angustia

ni su peligro; veo el hondo, hondo valle allá abajo, llega aún a mis

oídos el romper de las aguas contra las rocas de la llanura, escena

terrible que se desenvuelve misteriosa, sin que el ojo humano jamás la

observe, envuelta en la nube diáfana de los vapores irisados: veo las

ciclópeas murallas de granito, severas en su inmovilidad, sus

florescencias gigantescas, el agua que parece brotar de sus entrañas

pletóricas de savia en chorros violentos, como la sangre saltando de una

ancha herida... ¡y me revuelvo en la impotencia para pintar ese

espectáculo sin igual en esta ínfima porción de lo creado que nos fue

dado conocer!

Cuando nos dejamos deslizar por la suave pendiente de la piedra y nos

reunimos alrededor del almuerzo que estaba ya preparado allí mismo, nos

notamos los rostros pálidos y el respirar fatigoso. Una grave pesadez

nos invadía, un deseo imperioso de dejarnos caer al suelo y dormir,

dormir largas horas. Es el fenómeno constante después de toda emoción

profunda, consejo instintivo de la naturaleza, que exige la reparación

de la enorme cantidad de fuerza gastada.

El almuerzo fue sereno, casi severo; la alegría había desaparecido en su

forma bulliciosa, y algo como una solemnidad inquieta reinaba en los

espíritus. Por momentos, alguno de los compañeros bebía una copa de

vino, se levantaba en silencio e iba de nuevo a tenderse sobre la peña y

hundirse en la muda contemplación. Así quedé largo rato; las voces

humanas que sonaban a mi espalda, apartaban de mí la sensación de

soledad que habría sido terrible en ese momento. Creo que pocos hombres

sobre la tierra tendrán una atrofia tan absoluta del sistema nervioso,

un dominio tan completo sobre su imaginación y una firmeza tal de

cabeza, que les permita pasar impasibles una noche, sólo, al lado del

Salto. Por mi parte, declaro con toda sinceridad que, si tal cosa me

pasara, habría un loco más sobre el mundo a la mañana siguiente...

--Desde que los conquistadores pisaron la sabana de Bogotá hasta la

fecha, decía Roberto Suárez con voz grave, se habrán suicidado en estas

inmediaciones no menos de diez mil personas. Entre ese número infinito

de causas que hacen la vida imposible, ¡cuántas, radicando en la

imaginación, la exaltan, la enloquecen! Y, sin embargo, hasta hoy, no se

sabe de un solo hombre, que dando un grito de orgullo satánico, se haya

arrojado desde esa peña al abismo. ¡Al fin, morir así o partido el

cráneo de un balazo, todo es morir!

Pero cuando se está frente al Salto, viviendo en su atmósfera,

contemplando su grandeza soberbia, se comprende que la cantidad de valor

necesaria para pegarse un tiro o hundirse un puñal en el corazón, es un

átomo insignificante, al lado de la resolución soberbia e impasible que

animaba a Manfredo en la cumbre del Jung-Frau y que se desvanecía ante

la grandiosa serenidad de la muerte bajo esa forma. Sólo en aquel

momento pude comprender la verdad profunda del poema de Byron; el

cazador que detiene a Manfredo cuando tiene ya un pie en el vacío, es el

instinto miserable del cuerpo, es la debilidad ingénita de nuestra

naturaleza, que nos aferra al lodo de la tierra en el instante en que el

alma, bajo una inspección alta y vigorosa, quiere mostrar que en vano

pretende una patria celeste...

No habría a mis ojos héroe mayor en el tiempo, en el espacio que aquel

que, sereno y consciente, de pie en el borde del abismo mirara un

instante sin vértigo el vacío extendido a sus pies, y luego...

--¿Cuál de ustedes renovaría la hazaña de Bolívar, mis amigos?--dijo una

voz.

El Libertador, en una de sus visitas al Salto, encontrándose con

numerosa comitiva, precisamente frente a frente del punto en que nos

hallábamos, del lado opuesto del torrente, oyó que uno de los

circunstantes decía: «¿Dónde iría, general, si vinieran los

españoles?»--¡Aquí!--dijo Bolívar,--y antes de que pudieran detenerlo,

ni aun lanzar un grito, dio un salto y quedó de pie, a pico sobre el

abismo, sobre una piedra de dos metros cuadrados, por cuyo costado

pasaba, vertiginoso y fascinante, el enorme caudal de agua que, medio

segundo después, cae al vacío.

La piedra se encuentra aún en su mismo sitio; dar un salto hasta ella,

desde la orilla opuesta, no requiere por cierto un esfuerzo

extraordinario; cualquier hombre que trace sobre una llanura una senda

de un pie de ancho, caminaría por ella sin dificultad; pero colocad una

tabla de idéntica dimensión a cien metros de altura, y os ruego que

ensayéis...

Después de una leve discusión, quedamos todos sinceramente de acuerdo en

que, para llevar a cabo ese rasgo, se requiere una organización

especial, una ausencia de nervios o un dominio sobre la materia, de que

ninguno de los humildes presentes estábamos dotados[19].

Nos consolamos pensando en que los Bolívar son raros, y en que, si

ninguno de nosotros lo era, no había motivos plausibles para imponernos

la responsabilidad de esa omisión.

La cuestión de la altura del Salto no está aún definitivamente resuelta,

tal es la dificultad que hay en medir la distancia que separa el valle

inferior del punto en que las aguas abandonan el lecho del río y tal

también la autoridad de los hombres de ciencia que han dado cada uno una

cifra arbitraria.

La primera dimensión que encuentro consignada, es la del buen obispo

Piedrahita, que, después de narrar la leyenda del Bochica, que ya he

transcripto, según Humboldt, agrega con aquel acento de sinceridad que

hace inimitable a nuestro Barco de Centenera, el M. Prud'homme de la

Conquista:

«...El Salto de Tequendama, tan celebrado por una de las maravillas del

mundo, que lo hace el río Funza cayendo de la canal que se forma entre

dos peñascos de más de media legua de alto, hasta lo profundo de otras

peñas que lo reciben con tan violento curso, que el ruido del golpe se

oye a siete leguas de distancia»[20].

¡Cuánta razón tenía Voltaire para criticar en el Eldorado las funestas

exageraciones de los viajeros de América que abultaban desde las

cascadas hasta los yacimientos de oro, produciendo aquellas decepciones

que se traducían en crueldades de todo género sobre el pobre indio! No

hay tal media legua de altura, lo que no permitiría la formación del río

inferior por la evaporación completa de las aguas. No hay tal ruido que

se perciba desde siete leguas, porque, en ese caso, la proximidad

inmediata del Salto haría estallar todo tímpano humano.

Humboldt, que es necesario citar siempre que uno lo encuentre en su

camino, dice que el río se precipita a 175 metros de profundidad,

agregando, al terminar su descripción:

«Acaban de dejarse campos labrados y abundantes en trigo y cebada;

míranse por todos lados aralia, alstonia theoformis, begonia y cinchona

cordifolia y también encinas y álamos y multitud de plantas que

recuerdan por su parte la vegetación europea, y de repente se descubre,

desde un sitio elevado, a los pies puede decirse, un hermoso país donde

crecen la palmera, el plátano y la caña de azúcar. Y como el abismo en

que se arroja el río Bogotá, comunica con las llanuras de la tierra

caliente, alguna palmera se adelanta hasta la cascada misma;

circunstancia que permite decir a los habitantes de Santa Fe que la

cascada de Tequendama es tan alta, que el agua salta de la tierra fría a

la caliente. Compréndese fácilmente que una diferencia de altura de 175

metros no es suficiente para influir de una manera sensible en la

temperatura del aire».

He ahí precisamente lo que no comprendo, ni aun fácilmente, con la

aserción del ilustre viajero. El mismo hace constar la presencia de

palmeras, plátanos y caña de azúcar en el valle inferior, y afirma que

una que otra palmera avanza hasta el pie del abismo. ¿No son acaso esas

plantas esencialmente características de la tierra caliente? ¿No

necesitan para crecer, como los loros y guacamayos que revolotean a su

alrededor, para vivir, de una temperatura superior a 25 grados

centigrados? Indudablemente que 175 metros de diferencia en la altura,

no bastan para determinar esta variación de clima; pero encontrándose el

hecho brutal, indiscutible y patente, no hay más recurso que creer en

algún error por parte del señor barón en la operación que le dio por

resultado la cifra indicada. Pido perdón por esta audacia, tratándose de

una opinión del más grande de los naturalistas; pero el sentido común

tiene exigencias y es necesario satisfacerlas.

El ingeniero D. Domingo Esquiaqui, citado por el señor Ortiz, midió la

catarata con la sondalesa y el barómetro, y halló que su altura, desde

el nivel del río hasta las piedras que sirven de recipiente a sus aguas,

es de 264 varas castellanas o 792 pies. Tenemos ya una opinión

científica que aumenta en un tercio la cifra de Humboldt.

El señor Esguerra[21] da la cifra de 139 metros de altura perpendicular.

El señor Pérez (Felipe)[22] da 146. Ninguno de ellos cita su autoridad.

Se asegura que, descendiendo de la sabana y buscando por San Antonio de

Tena la entrada al valle por donde corre el Funza, después de su

derrumbamiento, es posible llegar al pie de la cascada y contemplarla

como ciertos pedazos del Niágara o de Pissenvache, en Suiza, detrás de

la enorme cortina de agua. Formamos el proyecto de hacer esa excursión

penosa, pero mucha gente conocedora de la localidad nos hizo desistir de

la idea, persuadiéndonos de que aquella enorme masa de vapores

desprendidos del choque, hacía la tierra tan sumamente permeable y

pantanosa, que corríamos riesgo de hundirnos, o en todo caso, de no

llegar al punto deseado.

Entre las tradiciones del Salto se cuenta aquel rasgo de maravillosa

sangre fría del doctor Cuervo, que, atado al extremo de un cable, se

hizo descender al abismo por medio de un torno, dice que depositó una

botella con un documento a unos sesenta metros más abajo del nivel de la

catarata, y luego de gozar largo rato el espectáculo soberano de las

aguas en medio de su caída, volvió a subir, llegando a la altura sano y

salvo. Cuando, a orillas del mismo Salto, me narraron la hazaña, cerré

los ojos bajo un secreto terror y sentí algo como antipatía por dicho

señor Cuervo, a quien no reconozco el derecho de humillar de esa manera

a sus semejantes.

Llegó el momento del regreso y emprendimos la vuelta con un cansancio

extremo. Las sensaciones intensas que nos habían dominado por algunas

horas, el profundo asombro que aún estremecía el alma por instantes, nos

dieron una laxitud tal, que al llegar a la hacienda de Tequendama, nos

desmontamos, y encontrando en un corredor algunas pieles, nos tendimos

sobre ellas, quedándonos casi instantáneamente dormidos.

Un tanto reposados, nos pusimos en camino, entrando en Bogotá al caer la

tarde. Durante muchos días tuve en el espíritu el cuadro soberano que

acababa de contemplar, tan bello, como creo no me será dado ver otro

sobre la tierra.

En viaje (1881-1882) · 第 55 / 65 题