CAPITULO IV

Las Antillas francesas.

Adiós a París.--La Vendée.--Saint-Nazaire.--"La ville de

Brest".--Las Islas Azores.--El bautismo en los trópicos.--La

Guadalupe.--Pointe-à-Pitre.--Las frutas tropicales.--Basse-Terre y

Saint-Pierre.--La Martinica.--Fort-de-France.--Una fiesta en la

Sabane.--Las negras.--Las hurís de ébano.--El embarque del

carbón.--El tambor alentador.--La "bamboula" a la luz

eléctrica.--La danza lasciva.--El azote de la Martinica.--Una

opinión cruda.--El antagonismo de raza.--Triste porvenir.

Pasé unos pocos días en París preparándome para la larga travesía y

despidiéndome de las comodidades de aquella vida que, una vez que se ha

probado, con todas sus delicadezas intelectuales y con todo su confort

material, aparece como la única existencia lógica para el hombre sobre

la tierra. ¡Qué error, qué triste error el de aquellos que no ven a

París sino bajo el prisma de sus placeres brutales y enervantes! Lo que

tiene precisamente de irresistible ese centro, es su atmósfera elevada y

purísima, donde el espíritu respira el aire vigoroso de las alturas. La

ciencia, las artes, las letras, tienen allí sus más nobles

representantes, y una hora en la Sorbona, en el colegio de Francia o en

la Escuela Normal, hacen más por nuestra educación intelectual que un

mes de lectura...

Volamos sobre los campos de la Vendée, la patria de Larochefoucauld y

d'Elbée, de Cadoudal y Stofflet, la tierra de los _chouans_, donde

Marceau hizo sus primeras armas, donde Hoche se cubrió de gloria. Se nos

ha hecho cambiar de tren dos o tres veces, lo que nos pone de un humor

infernal, y en la mañana llegábamos a Nantes, que el tren atraviesa a

lento paso. He ahí las paisanas bretonas con sus características tocas

blancas, con sus talles espesos; he ahí el río famoso, teatro de las

_noyades_ de Carrier, recuerdo bárbaro que horroriza a través del

tiempo. Somos aves de paso, y por mi parte, lamento no tener un par de

días que dedicar a Nantes; pero, como no he hecho sino cruzarlo, desisto

de ir a pedir fastidiosos datos a una guía cualquiera y me apresuro a

llegar al antipático puerto de St.-Nazaire, la Guayra francesa, como le

llamó el secretario cuando hubo conocido el símil en las costas del mar

Caribe. En la línea de Orleans, habríamos llegado a las cinco de la

mañana; en la del Oeste, después de un fastidiosísimo viaje, llegamos a

las diez. Perdimos más de dos horas en obtener nuestros equipajes, y por

fin, todo en regla, nos trasladamos al vapor Villa de Brest, que

esperaba, amarrado al Dock y con las calderas calientes, el momento de

la partida.

Siento placer aún en recordar aquel mundo de a bordo, tan heterogéneo,

tan complejo y tan diferente del que estaba habituado a encontrar en los

mares que bañan la parte oriental de la América.

La travesía es larga, pues de St.-Nazaire a la Point-à-Pitre, en la

Guadalupe, no se emplean menos de quince días. Pero durante esas dos

semanas la animación no desmayó un momento en el Ville de Brest, y el

buen humor supo convertir en motivo de broma hasta la detestable comida

que se nos daba.

He ahí las Azores, últimas perlas vacilantes en la antigua y espléndida

corona portuguesa. El capitán, por una galantería, se aparta ligeramente

de la ruta y lanza el buque entre dos islas, cuyo aspecto verde, alegre,

rompiendo la matadora monotonía del Océano, encanta la mirada y levanta

el corazón. Ambas están cultivadas prolijamente, y el esfuerzo humano se

ostenta en todas las faldas de la montaña. Aspiramos un momento con

delicia la atmósfera cargada de emanaciones vegetales, y luego el grupo

de islas empieza a perderse en el horizonte, desvaneciéndose como una

ilusión.

Estamos en los trópicos; el calor comienza a ser sofocante y las largas

horas que se extienden del almuerzo a la comida, son realmente

insoportables. La mayor parte de los pasajeros, aun el nuevo gobernador

de la Martinica, cruzan el mar por primera vez, y la tripulación, con el

permiso del comandante, organiza la clásica función del bautismo

tropical.

No he podido averiguar de dónde viene esa fiesta característica; algunos

suponen que fue un recurso empleado por Colón para distraer el

conturbado espíritu de sus compañeros. El hecho es que alegra el ánimo

decaído por la monotonía de la navegación.

Relatarla sería muy largo, desde el momento en que, trepado en lo alto

del cordaje, un mensajero del padre Trópico dirige sus preguntas al

comandante, hasta el día siguiente en que la función se desenvuelve y

aparece el mencionado personaje cabalgando en dos marineros encorvados,

cubiertos con una piel de toro, que se mantienen en esa actitud durante

horas enteras. Los discursos son originales y chispean de la gruesa sal

gala; luego viene el bautismo que consiste en recibir sobre la cabeza

una poca de agua sacada de una enorme pila de goma y sufrir un simulacro

de afeite. Pero en seguida la cubierta se convierte en la azotea de

nuestros antiguos cantones de carnaval. El agua corre a torrentes, los

golpes se suceden, la algazara llega a su colmo. En mi calidad de viejo

marino, me abstuve por completo y di mis poderes al abate Mazdel, que,

en un traje ligerísimo y con unos enormes bigotes pintados con betún, se

debatía denodadamente contra los infinitos agresores que lo cubrían de

agua y harina. El comandante no puede recuperar el mando del buque hasta

el momento en que hace dar la campana la señal de haber terminado la

fiesta. Como por encanto todo desaparece y «le père Tropique», «le père

Neptune» y demás personajes fabulosos, despojados de sus atributos

fantásticos, se dedican con resignación a lavar el puente y frotar los

bronces...

Después de una larga travesía de quince días, avistamos las pintorescas

costas de la Guadalupe y el vapor arroja el ancla en la bahía de la

Pointe-à-Pitre. El efecto óptico es admirable; la lujuriosa vegetación

de los trópicos, tan característica siempre, se ostenta ante los ojos

extáticos de los europeos, que contemplan en silenciosa admiración los

elegantes cocoteros con sus frutos apiñados en la altura y los bananos

de anchas y perezosas ramas, lentamente mecidas por el viento.

El calor es violento y todos anhelamos saltar a tierra, cuando se nos

anuncia que la Pointe-à-Pitre está en cuarentena porque hace allí

estragos la fiebre amarilla. Para nosotros no habría inconveniente en

descender, por cuanto en los puertos de la costa del Caribe, a donde nos

dirigimos, habita con tanta frecuencia ese huésped temible, que lo

consideran ya como de la casa. Pero, como de la Guadalupe sale el anexo

que debe conducir a sus destinos a los pasajeros para Cayena y en este

punto serían sujetados a cuarentena, se evita el contacto en su

obsequio. Este aislamiento no impide--lo que me hace sonreír sobre la

eficacia de las cuarentenas en todas partes del mundo--que nos proveamos

de víveres en abundancia, especialmente de frutas. Vuelvo a ver el

sabroso aguacate, que los franceses llaman avocat, los peruanos palta,

que varía de denominación en cada estado de Colombia y que Humboldt

llamó tan exactamente manteca vegetal. Aparece la chirimoya, el clásico

fruto tropical, con su gusto a pomada, y el mango indigesto, que

trasciende desde lejos a esencia de trementina. Los miramos con ojos

ávidos, porque el calor incita, pero la prudencia vence y

absteniéndonos, nos evitamos una fiebre segura.

Por la tarde levamos anclas nuevamente, y dos horas después nos

detenemos en Basse-Terre, en el costado opuesto de la isla. El aspecto

es menos brillante que el de la Pointe-à-Pitre, y tampoco nos es posible

bajar a tierra. Al caer la noche continuamos viaje, y al alba tocamos

por breves momentos en Saint-Pierre, la capital comercial de la

Martinica, como Fort-de-France es su capital política. Apenas clareaba,

seguimos la marcha, de manera que me sería imposible dar la menor idea

de ese puerto, que aseguran ofrece un bellísimo cuadro a la mirada.

Por fin, henos en Fort-de-France, el antiguo Port-Royal, el teatro de

tantas y tenaces luchas entre ingleses y franceses, la patria de la

dulce Josefina Beauharnais, cuya estatua, en el lascivo traje del

Directorio, se levanta en la plaza; he ahí el punto donde pasó su

juventud aquella mademoiselle d'Aubigné, que debía casarse en primeras

nupcias con un rimador paralítico y mendicante y en segundas con un

señor Borbón, que reinó sesenta años en Francia bajo el nombre de Luis

XIV.

De un lado de la bahía, el viejo fuerte Real, grave aun con el equívoco

reflejo de su importancia pasada, pues rara vez consiguió detener los

desembarcos ingleses. Del otro, inmensos depósitos de carbón. Atrás,

montañas áridas y tristes. Es del otro lado de la isla, en la tierra

alta, donde se vuelven a ver los extensos cafetales y las llanuras

verdeadas por la robusta caña de azúcar. Allí la naturaleza es tan bella

como fecunda y sustenta la reputación admirable de la soberbia Antilla

francesa.

Los pasajeros para las Guayanas nos han dejado ya, y estamos en completa

libertad para bajar o no a tierra. Preguntamos si hay fiebre, deseando

secretamente una respuesta negativa; pero, a pesar de cerciorarnos de

que la enfermedad fatal reina en Fort-de-France, nos resolvemos a

descender, persuadidos de que el buque, inmóvil y pegado a tierra, bajo

un calor de 37°, no es el refugio más seguro para evitar el contagio. El

nuevo gobernador ha bajado pomposamente hace dos horas.

No olvidaré nunca el aspecto de la plaza, la _sabane_, como allí le

llaman, en el momento que penetramos en ella, después de ascender una

ligera cuesta. Toda la población baja, el soberano pueblo, está reunido,

con motivo de la recepción del gobernador, que en ese momento pasaba en

un landó, vestido de toda etiqueta, con un funcionario negro como las

penas a su lado, y otro no más rubio al frente. ¡Cómo comprendí aquella

mirada que me dirigió, aquel saludo cortés, pero tan impregnado de

profunda desolación! Me saqué el sombrero y saludé con respeto a aquel

mártir, que salía de los salones de París, para ir a reinar sobre la

isla tropical.

Las fantasías más atrevidas de Goya, las audacias coloristas de Fortuny

o de Díaz, no podrían dar una idea de aquel curiosísimo cuadro. El joven

pintor venezolano, que iba conmigo, se cubría con frecuencia los ojos y

me sostenía que no podría recuperar por mucho tiempo la percepción _dei

rapporti_, esto es, de las medias tintas y las gradaciones insensibles

de la luz, por el deslumbramiento de aquella brutal crudeza. Había en la

plaza unas quinientas negras, casi todas jóvenes, vestidas con trajes de

percal de los colores más chillones: rojos, rosados, blancos. Todas

escotadas y con los robustos brazos al aire; los talles, fijados debajo

del áxila y oprimiendo el saliente pecho, recordaban el aspecto de las

_merveilleuses_ del Directorio. La cabeza cubierta con un pañuelo de

seda, cuyas dos puntas, traídas sobre la frente, formaban como dos

pequeños cuernos. Esos pañuelos eran precisamente los que herían los

ojos; todos eran de diversos colores, pero predominando siempre aquel

rojo lacre ardiente, más intenso aún que el llamado en Europa lava del

Vesubio; luego, un amarillo rugiente, un violeta tornasolado, ¡qué sé

yo! En las orejas, unas gruesas arracadas de oro, en forma de tubos de

órgano, que caen hasta la mitad de la mejilla. Los vestidos de larga

cola y cortos por delante, dejando ver los pies... siempre desnudos.

Puedo asegurar que, a pesar de la distancia que separa ese tipo de

nuestro ideal estético, no podía menos de detenerme por momentos a

contemplar la elegancia nativa, el andar gracioso y salvaje de las

negras martiniqueñas. Pero cuando esas condiciones sobresalen realmente,

es cuando se las ve despojadas de sus lujos y cubiertas con el corto y

sucio traje del trabajo, balancearse sobre la tabla que une al buque con

la tierra, bajo el peso de la enorme canasta de carbón que traen en la

cabeza... Una noche de las que permanecimos en Fort-de-France, encontré

mi lecho en el hotel tan inhabitable o tan habitado, que me vestí en

silencio, gané la calle, y a riesgo de perderme, me puse en camino hacia

el vapor. Declaro que hay que resistir menos asaltos desde la porte

Saint-Martin hasta la Avenida de la Opera, a las 11 de la noche en los

bulevares de París, o de 11 a 12 en la vereda del Critérium en Londres,

que en aquella marcha incierta bajo una noche oscura. Las hurís

africanas se suceden unas a otras y en un francés imposible, grotesco,

os invitan a pasar el puente del Sirat; basta, para no sucumbir,

recordar el procedimiento de Ulises y taparse, no ya los oídos, sino las

narices, lo que es más eficaz. Pululan, salen de todas partes, hasta que

es necesario apartarlas con violencia. Por fin llegué a bordo, guiado

por una luz eléctrica, colocada sobre el puente... Así que subí, el

oficial de guardia me llamó y me mostró el cuadro más original que es

posible concebir. Al pie del buque y sobre la ribera, hormigueaba una

muchedumbre confusa y negra, iluminada por las ondas del fanal

eléctrico. Eran mujeres que traían carbón a bordo, trepando sobre una

plancha inclinada las que venían cargadas, mientras las que habían

depositado su carga, descendían por otra tabla contigua, haciendo el

efecto de esas interminables filas de hormigas que se cruzan en

silencio. Pero aquí todas cantaban el mismo canto plañidero, áspero, de

melodía entrecortada. En tierra, sentado sobre un trozo de carbón, un

negro viejo, sobre cuyo rostro en éxtasis caía un rayo de luz, movía la

cabeza, como en un deleite indecible, mientras batía, con ambas manos y

de una manera vertiginosa, el parche de un tambor que oprimía entre las

piernas colocadas horizontalmente. Era un redoble permanente, monótono,

idéntico, a cuyo compás se trabajaba. Aquel hombre, retorciéndose de

placer, insensible al cansancio, me pareció loco. «Es simplemente un

empleado de la compañía, a sueldo como cualquiera de nosotros;--me dijo

el joven oficial--hace cuatro horas que está tocando y tocará hasta el

alba con brevísimos momentos de reposo. Una vez quisimos suprimirlo;

pero cuando llegó el día, no se había hecho la mitad de la faena de

costumbre. Por otra parte, usted mismo ya a advertirlo». Llamó a un

marinero, le dio una orden, y éste descendió en dirección al negro del

tambor. «¿Ve usted el movimiento, el entusiasmo con que todas esas

negras trabajan? Mire aquella especialmente; tiene 18 años y pasa, no

sólo por una de las más bellas, sino de las más altivas y pendencieras.

Véala usted mecer las caderas lascivamente mientras sube; ha bebido un

poco de _cacholí_, pero lo que más la embriaga es su propio canto, al

compás del eterno redoblar». En esto se hizo el silencio; las negras

todas se miraron unas a otras, los cantos empezaron a morir en sus

labios; algunas se detenían, colocaban el canasto en tierra, se sentaban

sobre él y cruzando sus piernas, inclinaban la cabeza como perdidas en

una melancolía nostálgica. Las hormigas que viajaban sobre las tablas se

hacían raras; el movimiento cesaba en tierra, cuando por uno de los

boquetes de la cubierta apareció la cara sudorosa y ennegrecida de uno

de los contramaestres, quien, levantando en alto un candil, gritó con

voz de trueno: «¡Du charbon, sang-Dieu! Et toi, cré nom d'un fainéant,

fais donc rouler ton machin!» El oficial sonrió, el tambor se hizo oír

de nuevo y el trabajo empezó a recuperar su animación anterior.

Un momento después se dio la señal de reposo que debía durar media hora.

Por indicación del oficial, tiré una moneda al negro del tambor y grité

recio: «¡Vamos, muchachas, una _bamboula_ endemoniada!» Me será difícil

olvidar el cuadro característico de aquel montón informe de negros

cubiertos de carbón, harapientos, sudorosos, bailando con un entusiasmo

febril bajo los rayos de la luz eléctrica. El tambor ha cambiado

ligeramente el ritmo y bajo él, los presentes que no bailan entonan una

melopea lasciva. Las mujeres se colocan frente a los hombres y cada

pareja empieza a hacer contorsiones lúbricas, movimientos ondeantes, en

los que la cabeza queda inmóvil; culebrean sin cesar. La música y la

propia animación los embriaga; el negro del tambor se agita como bajo un

paroxismo más intenso aún y las mujeres, enloquecidas, pierden todo

pudor. Cada oscilación es una invitación a la sensualidad, que aparece

allí bajo la forma más brutal que he visto en mi vida; se acercan al

compañero, se estrechan, se refriegan contra él, y el negro, como los

animales enardecidos, levanta la cabeza al aire y mira echándola a la

espalda, muestra su doble fila de dientes blancos y agudos. No hay

cansancio; parece increíble que esas mujeres lleven diez horas de un

rudo trabajo. La _bamboula_ las ha transfigurado. Gritan, gruñen, se

estremecen y por momentos se cree que esas fieras van a tomarse a

mordiscos. Es la bacanal más bestial que es posible idear, porque falta

aquel elemento que purificaba hasta las más inmundas orgías de las

fiestas griegas: la belleza. No he visto nada más feo, más repulsivo,

que esos negros sudorosos; me daban la idea de orangutanes bramando de

lascivia...

Por fin, a un nuevo grito del contramaestre, el baile cesó,

restableciéndose el silencio como por encanto, y las hormigas

volvieron, un momento después, a trepar laboriosamente las tablas,

cargadas con sus pesados canastos y proyectando, bajo las ondas de luz,

las negras figuras de sus cuerpos sobre la vaga sombra que cubría el

suelo.

* * * * *

¡Los negros!, he ahí el mal terrible de la Martinica. Explotada por los

valerosos plantadores del pasado, no tardó, como todas las Antillas,

como las dos Américas, en ser uno de los principales mercados para el

comercio de ébano animal; las costas de la Senegambia, de la Guinea y

del Cabo, suministraban esclavos en abundancia a los atrevidos corsarios

de las interminables guerras de los siglos XVI, XVII y XVIII. Estos,

cuando las presas faltaban, ponían rumbo al África y volvían con las

bodegas repletas de la negra mercancía... Recuerdo que una noche, a

bordo del Ville-de-Brest, conversaba con un médico que se dirigía a

Panamá, contratado para el servicio sanitario de los trabajos del canal.

Era un escéptico absoluto, un hombre de teorías hechas e intransigentes.

Hablamos de la esclavitud, y sin ascender a la región suprema de la

moral, manifesté simplemente la repugnancia estética que me causaba la

explotación del hombre por el hombre. Su réplica fue característica:

comenzó declarándome que, si juzgaba la cuestión desde el punto de vista

de la filosofía religiosa, nada tendría que objetarme, porque todo sería

inútil. Pero que, si por el contrario, era yo un positivista convencido,

creyendo en la evolución constante y por lo tanto en el encadenamiento

de los seres organizados, tendría que ser lógico admitiendo que el

negro, como el caballo, como el toro o las aves se encontraba a un nivel

bien inferior al nuestro y podíamos, en consecuencia, utilizarlo

legítimamente en la satisfacción de nuestras necesidades--¡Pero a eso

paso, usted aceptaría hasta la práctica de comernos a los negros!--¡No,

porque la carne de vaca es mejor y las vacas no pueden cortar la caña ni

recoger el tabaco!--¡Aquel hombre era un socialista en absoluto y no

caían de sus labios sino planes de reforma con vistas a la felicidad

humana sobre la tierra!...

Fue en 1848, a favor de la revolución de febrero y por los esfuerzos de

M. Schelder, director de colonias entonces y actual senador inamovible,

cuando los negros de la Martinica y de la Guadalupe se emanciparon. Pero

el verdadero antagonismo, la lucha terrible entre los blancos,

reducidos a un número insignificante, y la gente de color, estalló en

1870, cuando la revolución del 4 de septiembre fijó el sufragio

universal como base del nuevo organismo político de la Francia. Los

blancos, descendientes de los señores feudales del pasado, dueños de las

capitales, de la fuerza inicial, de la cultura, pretendieron dirigir la

masa oscura y tratarla, poco más o menos, como en nuestras pampas trata

el estanciero a los gauchos, en todo lo que a política se refiere. Pero

fue entonces cuando apareció el gremio terrible de los mulatos, zambos y

cuarterones, herederos de los malos instintos de las dos razas que

representan, y habiendo bebido en las escuelas el barniz de ilustración

necesaria para fundar periódicos incendiarios y proclamar en las plazas

públicas, delante de un auditorio imbécil y fanático, el exterminio de

los antiguos señores. En la actualidad, todos los diputados a las

cámaras francesas por la Martinica, Guadalupe y la Guayana, son mulatos;

pero la lucha social se ha circunscrito a la Martinica. Es a muerte: el

blanco no tiene más garantías que la guarnición militar, enviada de la

metrópoli, y su valor personal, que lo hace respetable. Hace diez años

que los blancos, únicos propietarios territoriales, únicos industriales,

únicos hombres de progreso en la isla, no se acercan a las urnas. No

tienen voz ni voto, como durante veinte años no lo tuvieron los hombres

honrados en la circunscripción de Nueva York. Se vengan con su altivez,

con su orgullo desmedido. El jefe de uno de los buques de estación naval

en las Antillas, era un completo caballero, estimado, inteligente y

bravo, pero hombre de color; jamás pisó un salón de Fort-de-France o de

Saint-Pierre. Ese mismo oficial francés, encontrándose en la Habana, fue

expulsado, en un café, del punto destinado exclusivamente a los blancos.

Sus oficiales hicieron propia la causa y estuvo a punto de estallar un

deplorable conflicto...

Ese antagonismo entre los hombres de progreso y la raza, que no ha

hecho, no hace, ni podrá hacer jamás nada en ese sentido, es la

principal causa de la decadencia actual de la Martinica. Como se ha

agitado en las cámaras francesas la idea de imponer el servicio militar

obligatorio a las colonias, pues estaban exentas hasta ahora, los

blancos de la Martinica temen que los contingentes que allí se levanten,

se empleen en la guarnición de la isla, en cuyo caso perderán la última

garantía que les quedaba en los soldados europeos. Ahora bien; no hay

negro que no sea comunista, como no hay canónigo que no sea

conservador. El día que suceda lo que se teme, habrá una invasión a las

propiedades de los blancos que, reprimida o no, traerá seguramente la

ruina.

En esa expectativa, los grandes propietarios de los ingenios han tomado

la determinación de deshacerse de los mismos, organizando en Francia

sociedades anónimas con un capital tres o cuatro veces mayor que aquel

que representaba el ingenio para su propietario primitivo. Por lo tanto,

debiendo la finca rendir un interés triple al anterior, no sólo los

salarios disminuyen en relación, sino también la riqueza pública.

Tal es la situación de esa antigua y rica colonia; los hombres de estado

empiezan a preocuparse seriamente de ella; pero, dada la naturaleza de

las causas que determinan el malestar, es bien difícil encontrar el

remedio sin ir contra las ideas absolutas de igualdad que hoy imperan en

Francia.

En viaje (1881-1882) · 第 42 / 65 题