CAPITULO III

Quince días en Londres.

De París a Londres.--Merry England.--La llegada.--Impresiones en

Covent-Garden.--El foyer.--Mi vecina.--Westminster.--La Cámara de

los Comunes.--Las sombras del pasado.--El último romano.--Gladstone

orador.--Una ojeada al British Museum.--El Brown en Greendy.

¡Oh, portentosa comodidad de la vida europea! Luego al hotel, paso un

momento al salón de lectura, tomo el _Times_ para buscar si hay

telegramas de Buenos Aires, leo la buena noticia de la organización

definitiva de la compañía del ferrocarril Andino y me pongo de buen

humor, pensando que en breve, la dulce y querida Mendoza estará ligada

al Plata por la arteria de hierro. Antes de dejar el diario, echo una

mirada a los anuncios de teatro: Covent-Garden: sábado, última

representación del _Demonio_, de Rubinstein, con la Albani, Lasalle,

etc.; lunes, _Don Juan_; miércoles, _Dinorah_; viernes, _Etoile du

Nord_, por la Patti. Dispongo de quince días libres antes de tomar el

vapor de América; he leído el anuncio el viernes a la tarde; tengo

hambre de música; París está insoportable... Un telegrama a Londres a un

amigo para que me retenga localidades y a la mañana siguiente, heme

volando en el tren del Norte en dirección a Calais. Mis únicos

compañeros de vagón son dos jóvenes franceses de Marsella, recién

casados, que van a pasar una semana en Londres, como viaje de boda. No

hablan palabra de inglés, no tienen la menor idea de lo que es Londres,

ni dónde irán a parar, ni qué harán. Victimas predestinadas del guía, su

porvenir me horroriza. Henos en Calais; aquel mar infame, que en 1870,

en una larga travesía entre Dover y Ostende, me hizo conocer por primera

y última vez el mareo, parece un lago de la Suiza. Piloteo a mis amigos

del tren, atravesamos el canal en hora y tres cuartos, sobre un soberbio

vapor, y tomamos de nuevo el tren en Dover. Bellísimas las campiñas de

aquel suelo que en los buenos tiempos del pasado, aún en medio de la

salvaje tragedia de las dos Rosas, se llamó _Merry England_, tiempo de

que los alegres cuentos de Chaucer dan un reflejo brillante y que

desaparecieron para siempre bajo la atmósfera glacial de los puritanos.

Los alrededores de Chatham son admirables, y la ciudad, coquetamente

tendida sobre las márgenes del río, levanta su fresca cabeza sobre los

raudales de esmeralda que la rodean. Todos los campos cultivados;

bosques, colinas, canales. Un verde más claro que en las campiñas de la

Normandía que acabo de atravesar. Estaciones a cada paso, que adivinamos

por el ruido al cruzar como el rayo su frente, sin distinguir más que

una masa informe. El tren ondea y a favor de la curva, vemos a lo lejos

una mole inmensa, coronada de humo opaco. Empezamos a entrar en Londres,

estamos ya en ella y la máquina no disminuye su velocidad; a nuestros

pies, millares de casas, idénticas, rojizas; vemos venir un tren contra

nosotros; pasa rugiendo bajo el viaducto, sobre el que corremos. Otro

cruza encima de nuestras cabezas, todos con inmensa velocidad. Y

andamos, cruzamos un río, nos detenemos un momento en una estación,

volvemos a ponernos en camino, atravesamos de nuevo el mismo río sobre

otro puente. La francesita, atónita, se estrecha contra el marido, que a

su vez tiene la fisonomía inquieta y preocupada. Es la inevitable y

primera sensación que causa Londres; la inmensidad, el ruido, el

tumulto, producen los efectos del desierto; uno se siente solo,

abandonado, en aquel momento adusto y de un aspecto severo...

¡Charing-Cross! Al fin; me despido de los compañeros, un abrazo al amigo

que espera en la estación, un salto al cab, que sale como una saeta,

cruzamos doscientas calles serpeando entre millares de carruajes, saludo

al pasar Waterloo Place y compruebo que el pobre Nelson tiene aún, en lo

alto de su columna, aquel deplorable rollo de cuerda, que hace tan

equívoca la ocupación a que se entrega; enfilamos Regent's Street, veo

el eterno Morning-House de Oxford Corner, que me orienta, y un momento

después me detengo en la puerta del Langham-Hotel. Son las seis y media

de la tarde; a las siete y media se alza el telón en Covent-Garden.

Covent-Garden, en los grandes días de la _season_, tiene un aspecto

especial. El mundo que allí se reune pertenece a las clases elevadas de

la sociedad, por su nombre, su talento o su riqueza. Dos mil personas

elegidas entre los cuatro millones de habitantes de Londres, un centenar

de extranjeros distinguidos, venidos de todos los puntos de la tierra:

he ahí la concurrencia. Se nota una comodidad incomparable; la animación

discreta del gran mundo, temperada aún por la corrección nativa del

carácter inglés; una civilidad serena, sin las bulliciosas

manifestaciones de los latinos; la tranquila conciencia de estar _in the

right place_... Corren por la sala, más que los nombres, rápidas miradas

que indican la presencia de una persona que ocupa las alturas de la

vida; en aquel palco a la derecha, se ve a la princesa de Gales con su

fisonomía fina y pensativa; aquí y allí, los grandes nombres de

Inglaterra, que al sonar en el oído, despiertan recuerdos de glorias

pasadas, generaciones de hombres famosos en las luchas de la

inteligencia y de la acción. No hay un murmullo más fuerte que otro; los

aplausos son sinceros, pero amortiguados por el buen gusto. El aspecto

de la platea es admirable: más de la mitad está ocupada por señoras

cuyos trajes de colores rompen aquella desesperante monotonía del frac

negro en los teatros del continente. Pero lo que arrastra mis ojos y los

detienen, son aquellas deliciosas cabezas de mujeres; no hablo aún de

los rostros, que pueden ser bellos e irregulares. Me refiero a la

cabeza, levantándose, suelta, desprendida, el pelo partido al medio,

cayendo en dos hondas tupidas que se recogen sobre la nuca, jamás lisa,

como en aquellos largos pescuezos de las vírgenes alemanas. El cabello,

rubio, castaño, negro, tiene reflejos encantadores; pueden contarse sus

hilos uno a uno, y la sencillez severa y elegante del peinado, saliendo

de la rueda trivial y caprichosa, que cambia a cada instante, hace

pensar que el dominio del arte no tiene límites en lo creado.

Henos en el foyer. Qué vale más, ¿este espactáculo de media hora o el

encanto de la música, intenso y soberano bajo una interpretación

maravillosa? Quedémonos en este rincón y veamos desfilar todas esas

mujeres de una belleza sorprendente. Marchan con firmeza; la estatura

elevada, el aire de una distinción suprema, los trajes de un gusto

exquisito y simple. Pero sobre todo, ¡qué color incomparable en aquellos

rostros, en cuyo cutis parece haberse «disuelto la luz del día»; con qué

tranquilidad pasan mostrando los hombros torneados, el seno firme, los

brazos de un tejido blanco y unido, la mirada serena, los labios

rosados, la frescura de una boca húmeda y un tanto altiva!... Tengo a mi

lado, en el _stall_ contiguo, una señora que no me deja oír la música

con el recogimiento necesario. Debe tener treinta años y el correcto

gentleman que la acompaña es indudablemente su marido. Han cambiado

pocas, pero afectuosas palabras durante la noche. Por mi parte, tengo

clavado el anteojo en la escena... pero los ojos en las manos de mi

vecina, largas, blancas, transparentes, de uñas arqueadas y color de

rosa. Sostiene sobre sus rodillas una pequeña partitura de _Don Juan_,

deliciosamente encuadernada. La lee sin cesar, y sus pestañas negras y

largas proyectan una sombra impalpable sobre el párpado inferior. El

pelo es de aquel rubio oscuro con reflejos de caoba que tiene perfumes

para la mirada... La Patti acaba de cantar su dúo con Mazzetto;

aplaudimos todos, incluso mi vecina, que deja caer su _Don Juan_. Al

inclinarme a tomarlo, al mismo tiempo que ella, rozó casi con mis labios

su cabello... Recojo el libro, se lo entrego y obtengo en premio una

sonrisa silenciosa. Cotogni está cantando con inefable dulzura la

serenata, mientras en la orquesta los violines ríen a _mezza voce_, como

_les lutins_ en la sombra de los bosques... ¡Pero el inglés que acompaña

a mi vecina, debe ser un hombre feliz!

De nuevo en el foyer; he ahí el lado bello e incomparable de la

aristocracia, cuando es sinónimo de suprema distinción, de belleza y de

cultura, cuando crea esta atmósfera delicada, en la que el espíritu y la

forma se armonizan de una manera perfecta. La tradición de raza, la

selección secular, la conciencia de una alta posición social que es

necesario mantener irreprochable, la fortuna que aleja de las pequeñas

miserias que marchitan el cuerpo y el alma, he ahí los elementos que se

combinan para producir las mujeres que pasan ante mis ojos y aquellos

hombres fuertes, esbeltos, correctos, que admiraba ayer en Hyde Park

Corner. La aristocracia, bajo ese prisma, es una elegancia de la

naturaleza.

El sentimiento predominante en el viajero que penetra en las ruinas de

los templos védicos de la India, pasea sus ojos por las soberbias

reliquias de Saqqarah o de Boulaq, más aún que visita los restos del

Coliseo de Roma; es una mezcla de recogimiento y de asombro, una

sensación puramente objetiva, si puedo expresarme así. Nuestra

naturaleza moral no está comprometida en la impresión, porque los mundos

aquellos se han desvanecido por completo y su influencia es

imperceptible en los modos humanos del presente. No así cuando se marcha

bajo las bóvedas de Westminster; no así cuando se asciende

silenciosamente a ocupar un sitio en la barra de aquella Cámara de los

Comunes cuyas paredes conservan el eco de los acentos más generosos y

más altos que hayan salido de boca de los hombres en beneficio de la

especie entera. En vano advierto el espíritu, alarmado por la emoción

intensa, que la memoria despierta en el corazón ofuscando el juicio; en

vano advierte que la historia inglesa no es sino el desenvolvimiento del

egoísmo inglés, que esas libertades públicas, tan caramente

conquistadas, eran sólo para el pueblo inglés, que por siglos enteros

vivieron amuralladas en la isla británica, sin influencia ninguna sobre

los destinos de la Europa y del mundo. El pensamiento se levanta sobre

ese criterio estrecho y aparta con resolución el detalle para contemplar

el conjunto. Entonces se ve claro que la lenta elaboración de las

instituciones libres se ha efectuado en aquel recinto y que la palabra

de luz ha salido de su seno, en el momento preciso, para iluminar a

todos los hombres...

Penetra la claridad por el techo de cristal; la sala es pequeña e

incómoda, con cierto aire de templo y de colegio. Los diputados se

sientan en largos bancos estrechos, sin divisiones ni mesas por delante.

El speaker está metido en un nicho análogo a aquellos en cuyo fondo

brilla una divinidad mongólica. A su derecha, en el primer banco, los

ministros... Miro con profunda atención eso escaño humilde. ¡Cuántos

hombres grandes lo han ocupado en lodos los tiempos! ¡Cuántos espíritus

poderosos, inquietos, sutiles, hábiles, han brillado desde allí! Me

parece ver la sonrisa sardónica de Walpole, mirando con sus ojos

maliciosos a aquel mundo que domina degradándolo; el aire elegante de

Bolingbroke, la majestad teatral de Chatham, la inquietud, la

insuficiencia de Addington, la indiferencia de gran tono de North, la

cara pensativa y fatigada de Pitt, la noble fisonomía de Fox, la rigidez

de un Perceval o de un Castlereagh, la viril figura de Canning, la

honesta y grave de Peel, el rostro fino y audaz de Palmerston, la astuta

cara de Disraeli, y tantos, tantos otros cuyos nombres vienen a

millares, cada uno con su séquito propio. En eso otro banco estaba

sentado Burke, el día sombrío para Fox, en que el huracán de la

Revolución Francesa, salvando el estrecho, rompió para siempre los

vínculos de amistad sagrada que unían a los dos tribunos. Allí caía

Sheridan, rendido, con la mirada opaca, el rostro lívido por los excesos

de la orgía, y allí se levantaba para gritar a Pitt, para azotarle el

rostro con esta frase que cimbra como un látigo: «¡Sí, no ha corrido

sangre inglesa en Quiberon, pero el honor inglés ha corrido por todos

los poros!» Allí Wilberforce, más allá Mackintosch... ¿Cómo recordar a

todos? Pero ahí están: su espíritu flota sobre esa reunión de hombres, y

el extranjero que no tiene el hábito de ese espectáculo, cree verlos,

cree oírlos aún con sus voces humanas. En el banco de los ministros,

Gladstone, Bright, Forster... Pero el último romano domina a todos. En

él concluye por el momento la larga serie de los grandes hombres de

estado en Inglaterra. La herencia de Beaconsfield está aún vacante entre

los tories: ¿cuál es el whig que va a cubrirse con la armadura del

anciano Gladstone, que se inclina ya sobre la tumba? ¿Cuál es el brazo

que va a mover esa espada abrumadora? No lo hay en el suelo británico,

como no hay en la casa de Brunswick un príncipe capaz de levantar el

escudo de un Plantagenet. La Inglaterra lo sabe y sigue con pasión los

últimos años, los últimos relámpagos de ese espíritu de incomparable

intensidad, los últimos esfuerzos de esa inteligencia extraordinaria que

ha salvado los límites marcados por la naturaleza. Helo ahí: ha

trabajado en su despacho 12 horas consecutivas, en las finanzas, en la

política externa, teniendo los ojos fijos en el interior del Asia, donde

el protegido de la Inglaterra cede en este momento el campo a un rival

afortunado; en el extremo austral del África, donde los toscos paisanos

holandeses desafían de nuevo el poder inglés; una hora para comer, y en

seguida a la Cámara. Su cabeza de águila está reclinada sobre el pecho.

¿Reposa? ¿Medita? No; escucha al adversario que impugna su obra magna,

su testamento político, ese «bill de Irlanda» con él que ha querido

contrarrestar el torrente enriquecido por tres siglos de dolores y

amarguras, el bill con que quiere modificar en un día un régimen

petrificado ya, como el generoso Turgot quería modificar el antiguo

régimen en Francia, con sus «asambleas provinciales»... De pronto, un

estremecimiento agita su cuerpo; levanta la cabeza, mira a todos lados,

y al fin, inclina el cuerpo, para ponerse rápidamente de pie, así que el

impugnador haya concluido. Un soplo nervioso corre por la asamblea.

_Hear, hear_! _Gladstone_! M. Gladstone, dice a su vez el speaker. El

primer ministro toma el primer sombrero que tiene a mano, pues nadie

puede hablar descubierto y se pone de pie. ¡Cómo se apiñan los

irlandeses en su escaso grupo de la izquierda! La pequeña figura de

Biggar, una especie de Pope, se hace notar por su movilidad. Parnell

está allí; ha hablado ya. Si la herencia política de O'Connell es

pesada, la tradición de su elocuencia es abrumadora... Oigamos a

Gladstone: ante todo, la autoridad moral, incontrastable de aquel hombre

sobre la asamblea. Liberales, conservadores, radicales, independientes,

irlandeses, todo el mundo le escucha con respeto. Habla claro y alto: su

exordio tiene corte griego y el sarcasmo va envuelto en la amargura

sombría de haber vivido tantos años para alcanzar los tiempos en que

bajo las bóvedas de Westminster se oyen las palabras que acaban de herir

dolorosamente su oído. Poco a poco, su tono va descendiendo, y por fin

toma cuerpo a cuerpo a su adversario, lo estrecha, lo hostiliza, lo

modela entre sus manos, y dándole una figura deforme y raquítica, lo

presenta a la burla de la Cámara, como Gulliver a un liliputiense. La

víctima lucha; interrumpe con un sarcasmo acerado; Gladstone, en señal

de acceder a la interrupción, toma asiento rápidamente; pero, al ver

caer el dardo a sus pies, como si hubiese sido arrojado por la mano

cansada del viejo Priamo, lo toma a su vez, y, con el brazo de Aquiles,

lo lanza contra aquel que deja clavado e inmóvil por muchas horas. ¡Oh!

¡la palabra! Sublime manifestación de la fuerza humana, único elemento

capaz de sacudir, guiar, enloquecer, los rebaños de hombres sobre el

polvo de la tierra! Tiene la armonía del verso, la influencia penetrante

del ritmo musical, la forma de los mármoles artísticos, el color de los

lienzos divinos. ¡Y entre los raudales de su luz, las olas de melodía,

las formas armoniosas como el metro griego, van el sarcasmo de Juvenal,

la flecha de Marcial, la punta incisiva de Swift, o el golpe contundente

de Junius el sublime anónimo!...

Hay más profunda diferencia entre la vida social y los aspectos urbanos

de París y Londres, que entre Lima y Teheran. Parece increíble que baste

una hora y media de navegación, el espacio que un hombre atraviesa a

nado, para operar una transformación tan completa. Salir de una calle de

París para entrar diez horas después en una de Londres, observar el

aspecto, la fisonomía moral del Támesis, después de haber pasado un par

de horas estudiando el movimiento del Sena, da la sensación de haberse

transportado en el hipógrifo de Ariosto a la región de los antípodas.

Nunca me ha fatigado la _flânerie_ en las calles de Londres; no hay

libro más elocuente e instructivo sobre la organización política y

social del pueblo inglés. No intento hacer una descripción de lo que en

ellas he visto, sentido, porque las páginas se suceden a medida que los

recuerdos se agolpan, y tengo ya prisa por dejar la Europa y hundirme en

las regiones lejanas de los trópicos.

Pero aún tengo presente aquella rápida recorrida del British Museum, en

que empleamos tres o cuatro horas con Emilio Mitre, cuya ilustración

excepcional e inteligencia elevada, hacen de él un compañero admirable

para excursiones. ¡Qué lucha aquella, de uno contra otro, pero casi

siempre de ambos contra nosotros mismos! Metidos en Nínive y Babilonia,

el tiempo corría insensible, mientras el Egipto, a dos pasos, nos miraba

gravemente con los grandes ojos de sus esfinges de piedra o nos parecía

oír piafar los caballos del Parthenón en los mármoles de lord Elguin...

¡Qué impresión causan, no ya la inscripción grandiosa que conserva en

pomposo estilo la memoria de los gloriosos hechos de un Rhamsés o de un

Sennachérib, sino esos simples ladrillos rojizos, donde, ahora quince o

veinte mil años, un asirio humilde consignó en caracteres cuneiformes

las cláusulas de un oscuro contrato de venta o la escritura de una

hipoteca! Los detalles de la vida humana en aquellos tiempos en que los

hombres tenían hasta una configuración de cráneo distinta a la nuestra,

y por lo tanto, movían su espíritu dentro de diversa atmósfera, nos

llamaban más la atención que las narraciones del diluvio, que los sabios

han desterrado de los viejos muros de Nínive con gritos de entusiasmo.

Luego, la Grecia inimitable, y en ella, el inimitable Fidias. Abajo, los

soberanos trozos del Parthenón; arriba, las aéreas figurinas de

terracotta encontradas en Tanagra. No tienen más que diez o doce

centímetros de altura; pero ¡qué perfección, qué delicadeza exquisita!

¡Cómo, bajo aquellos velos que las cubren como mantos de vestal, se ve,

se siente el movimiento armónico del cuerpo! Unas encogidas, otras en

marcha y aquéllas... ¿recuerdas, Emilio, la ráfaga criolla que nos

envolvió?... ¡jugando a la taba! Sí; encorvada, una deliciosa estatuíta

sigue con avidez los giros del pequeño hueso, mientras su partner espera

paciente el turno. Miramos con atención y pudimos comprobar que la taba

había _echado_ lo contrario a suerte. ¿Y los autógrafos? ¿Cómo

desprenderse de las vidrieras que los contienen, cómo arrancar los ojos

de ese vivo retrato de los grandes hombres, cuya mano parece palpitar

aún en el trozo de esas líneas incorrectas pero firmes?... ¡Y todo ese

museo portentoso, centro, núcleo, panorama, del espíritu humano en el

tiempo y el espacio! No hay una fuente de sensación más pura, más alta,

que la contemplación de esas riquezas artísticas y científicas; penetra

en el alma, es cierto, un hondo desconsuelo, cuando la deficiencia de la

preparación intelectual hace que un mármol sea mudo para nosotros; pero,

sin duda alguna, los horizontes de la inteligencia se ensanchan en cada

visita a un mundo semejante.

Una visita al Brown, que se mece gallardamente en las aguas del Támesis,

a la altura de Greenyde. Uno de los objetos de mi viaje a Inglaterra ha

sido ver la gran nave argentina. El pabellón flotando en la popa me

llenó de indecible emoción, que se aumentó por la cordial acogida que

recibí de la oficialidad argentina, con su digno comodoro a la cabeza.

Visitamos el buque en todas las direcciones, se me explican sus

maravillas, se me narra la curiosidad europea que ha despertado por su

nueva construcción y mientras contemplo sus cañones poderosos, sus

flancos de acero, su lanzatorpedos, sus ametralladoras, todos esos

bárbaros elementos de destrucción, recuerdo con alegría que, hace ya

muchos años, buques de guerra argentinos surcan los mares, sin que la

paz, que es nuestra aspiración y nuestra riqueza, haya sido turbada.

¡Sea igual el destino del Brown; que sus cañones no truenen sino los

días de ejercicio, que su bandera respetada y amada por todos los

pueblos de la tierra, no se ize jamás a su mástil en son de guerra, y si

la agresión la hace inevitable, que el pecho de los hombres que lo

dirijan sea tan fuerte como sus escamas de hierro, que lo sepulten en el

Océano antes de arriar el pabellón blanco y celeste!

En viaje (1881-1882) · 第 41 / 65 题