CAPITULO V

En Venezuela.

La despedida.--Costa-Firme.--La Guayra.--Detención forzosa.--La

cara de Venezuela.--De la Guayra a Caracas.--La Montaña.--Una

necesidad suprema.--Ojeada sobre Venezuela.--Su situación y

productos.--El coloniaje.--La guerra de la independencia.--El

decreto de Trujillo.--La anarquía.--¡Gente de paz!--La lección del

pasado.--La ciudad de Caracas.--Los temblores.--El Calvario.--La

plaza de toros.--El pueblo soberano.--La cultura venezolana.

Pasamos tres días en la Martinica dándonos el inefable placer de pisar

tierra y respirar otra atmósfera que la de a bordo. La fiebre amarilla

reinaba, aunque no con violencia, y debo declarar que se condujo con

nosotros de una manera bastante decorosa, pues, despreciando los sanos

consejos de la experiencia, no sólo tomamos algunas frutas, sino que

pasamos los tres días bebiendo licores y refrescos helados.

Por fin, al caer la tarde del 21 de agosto, levamos anclas, y después de

despedirnos a cañonazos del gobernador, que desde la linda eminencia en

que está situada su casa, agitaba el pabellón, nos pusimos en viaje,

rumbo a Costa Firme. Navegamos esa noche, todo el día siguiente y en la

mañana del tercero apareció la lista negruzca de la tierra. Pronto

fondeamos frente al puerto de La Guayra, pequeña ciudad recostada sobre

los últimos tramos de la montaña y que, a lo lejos, con sus cocoteros y

palmas variadas, presenta un aspecto simpático a la mirada.

Allí nos despedíamos de aquellos que habían concluido su viaje, cuando

un viejo amigo de Buenos Aires, el Dr. Dubreil, se me presentó a bordo,

junto con el cónsul general de la República Argentina en Venezuela, D.

Carlos R. Rohl, uno de los jóvenes más simpáticos que es posible

encontrar.

Es difícil formarse una idea del placer con que se ve una cara conocida

en regiones de cuya vida social no se puede formar concepto. Una sola

fisonomía es una evocación de una multitud de recuerdos...

Les comuniqué mi proyecto de continuar viaje hasta Sabanilla, en las

costas de Colombia, remontar el Magdalena y luego dirigirme a Bogotá,

por donde debía dar principio a mi misión. A una voz me informaron que

ese plan era irrealizable, por cuanto el río Magdalena no tenía agua en

ese momento. Si seguía viaje, o me veía obligado a retroceder desde

Barranquilla, en la boca del río, o si persistía en remontarlo, corría

riesgo de quedar varado en él, sabe Dios qué tiempo, bajo un calor

infernal y una plaga de mosquitos capaz de dar fiebre en cinco minutos.

Resolví, en consecuencia, descender en La Guayra y comenzar mi tarea por

Caracas.

El mar estaba como una balsa de aceite, lo que llamaba la atención de

los venezolanos, poco habituados a esa mansedumbre, tan insólita en

aquella rada de detestable reputación. Bajamos, pues, y una vez en

tierra, todo el encanto fantasmagórico de la ciudad, vista desde el mar,

se desvaneció para dar lugar a una impresión penosa. «Venezuela tiene la

cara muy fea», me decía un caraqueño, aludiendo al aspecto sombrío,

desaseado, triste, mortal, de aquel hacinamiento de casas en

estrechísimas calles que parecen oprimidas entre la montaña y el mar.

El calor era insoportable; La Guayra semeja una marmita dentro de la

cual cayeran, derretidos, los rayos del sol. Nos sofocábamos

materialmente dentro de aquel infame hotel Neptuno, en el que, en época

no lejana, debía pasar tan atroces tormentos. Contengo mi indignación

para entonces y prometo no escasearla, en la seguridad de que todos los

venezolanos han de unir su voz a la mía en un coro expresivo.

A las dos de la tarde tomamos un carruaje, pasamos por la aldea de

Maiquetia, situada a pocas cuadras de La Guayra, a orillas del mar, y

comenzamos la ascensión de la montaña. El camino, en el que se emplean

seis horas, es realmente pintoresco. El eterno aspecto de la montaña,

pero realzado aquí por la vegetación, los cafetales cubriendo las

laderas, y aquellas gigantescas escalinatas talladas en el cerro a fin

de obtener planos para la cultura, que recuerdan los curiosos sistemas

de los indios peruanos bajo la monarquía incásica. Se sube, se baja, se

vuelve a subir, y a cada momento una nueva perspectiva se presenta a la

mirada. Todo ese camino de La Guayra a Caracas está regado por sangre

venezolana, derramada alguna en la larga lucha de la independencia, pero

la más en las terribles guerras civiles que han asolado ese hermoso

país, impidiéndole tomar el puesto que corresponde a la extraordinaria

riqueza de su suelo.

Nada más delicioso que el cambio de temperatura a medida que se

asciende. Desde la línea tropical venimos respirando una atmósfera

abrasadora que se ha hecho en La Guayra casi candescente. En la montaña,

el aire puro refresca a cada instante y los pulmones, no habituados a

esa sensación exquisita, respiran acelerados, con la misma alegría con

que los pájaros baten las alas en la mañana.

El viaje en coche es pesado y mortificante, por las continuas sacudidas

del camino que está destruido constantemente por las lluvias y la

frecuencia del tránsito. Miro al porvenir con envidia observando los

trabajos que se hacen, en medio de tantas dificultades, para trazar una

línea férrea. ¿Se llevará ésta a cabo? Por lo menos, me consta que es

una aspiración colectiva en Venezuela, porque de ella, como de algunas

otras no muy extensas, depende la transformación de aquel país[5].

A las ocho y media de la noche llegamos por fin a aquel valle delicioso

tantas veces regado por sangre y en cuyo seno se ostenta Caracas, la

noble ciudad que fue cuna y que es tumba de Bolívar.

Antes de pasar adelante, conviene arrojar una mirada de conjunto sobre

el maravilloso país que acabo de pisar, asombrado por las mil

circunstancias especiales que hacen de él una de las regiones más

favorecidas del suelo americano. El Océano baña las costas de Venezuela

en una extensión inmensa y sus entrañas están regadas por ríos colosales

como el Orinoco, el Meta y demás afluentes, que cruzan territorios que,

como el de la Guayana, tienen aún más oro en su seno que el que buscaban

los conquistadores en las vetas fabulosas del Eldorado...

¿Qué productos de aquellos que la necesidad humana ha hecho precisos no

brotan abundantes de esa tierra fecundada por el sol de los trópicos? El

café, el cacao, el añil, el tabaco, la vainilla, cereales de toda clase,

y en los dilatados llanos ganados en tanta abundancia como en nuestras

pampas. Añadid su proximidad providencial de los Estados Unidos y de

Europa, los dos últimos focos en la evolución del progreso humano sobre

la tierra, puertos naturales, estupendos, como el de Puerto Cabello y el

futuro de Carenero, y miraréis con el asombro del viajero la postración

actual de ese país, no comprendiendo cómo la obra de los hombres ha

podido contrarrestar hasta tal punto la acción vigorosa de las fuerzas

naturales.

Una vez más tenemos los argentinos que bendecir la aridez aparente de

nuestras llanuras, el abandono colonial en que se nos dejó, el

aislamiento completo en que vivimos durante siglos y que dio lugar a la

formación de una sociedad democrática, pobre pero activa, humilde pero

laboriosa. Entre todos los pueblos sudamericanos, somos el único que ha

tenido remotas afinidades con las colonias del Norte, fundadas por los

puritanos del siglo XVII. Tampoco había oro allí y la vida se obtenía

por la labor diaria y constante. Entretanto el Perú, cuya jurisdicción

alcanzaba hasta las provincias septentrionales de la Argentina, Quito,

el virreinato de Santa Fe, la capitanía general de Venezuela, eran

teatro de las horribles escenas suscitadas por la codicia gigante de los

reyes de España, tan ferozmente secundada por sus agentes.

La suerte de Venezuela fue más triste aun que la del Perú; vendida esa

región por Carlos V, en un apuro de dinero, a una compañía alemana,

viéronse aparecer sobre el suelo americano aquellos bárbaros germanos

que se llamaron Alfinger, Seyler, Spira, Federmann, Urre; y que no

encontrando oro a montones, según soñaban, vendían a los indios como

esclavos para Cuba y Costa Rica, llegando Alfinger hasta alimentar a sus

soldados con la carne del infeliz indígena. En aquellas bárbaras

correrías que duraban cuatro y cinco años, desde las orillas del mar

Caribe a las más altas mesetas andinas, la marcha de los conquistadores

quedaba grabada por huellas de incendio y de sangre. Fue en una de esas

excursiones gigantescas que el viajero moderno, recorriendo las mismas

regiones con todos los elementos necesarios, apenas alcanza a

comprender, dónde Federmann, partiendo de Maracaibo y recorriendo las

llanuras de Cúcuta y Casanare, mortales aun en el día, apareció en lo

alto de la sabana de Bogotá, a 2.700 metros sobre el nivel del mar, al

tiempo que Benalcázar, salido de Quito, plantaba sus reales en la parte

opuesta de la planicie, formando simultáneamente el triángulo Quesada

que, después de remontar el Magdalena, había trepado, con un puñado de

hombres, las tres gradas gigantes que se levantan entre el río y la

altiplanicie. ¡Cómo tenderían ávidos los ojos los tres conquistadores

sobre la sabana maravillosa donde pululan millares de chipchas,

entregados a la agricultura, tan desarrollada como en el Perú!...

Fue en Venezuela, en aquella costa de Cumaná, de horrible memoria, donde

se levantó la voz de Las Casas, llena de sentimiento de humanidad más

profundo. El que haya leído el libro del sublime fraile, que es el

comentario más noble del Evangelio que se haya hecho sobre la tierra,

sabe que ningún pueblo de la América ha sufrido como aquél.

Más tarde, la independencia, pero la independencia a la manera del Alto

Perú, con sus desolaciones intermitentes, con sus Goyeneche, con su

Cochabamba, con los cadalsos de Padilla, de Warnes, etc.

Es aquí donde la lucha tomó sus caracteres más sombríos y salvajes; es

aquí donde Monteverde, Boves, el asombroso Boves, aquella mezcla de

valor indomable, de tenacidad de hierro y de inaudita crueldad, Morales,

y al fin Murillo, el émulo de Bolívar, arrasaban, como en las escenas

bíblicas, los pueblos y los campos y pasaban al filo de la espada

hombres, mujeres, niños y ancianos. Es aquí donde el Libertador lanzó el

decreto de Trujillo, la guerra a muerte, sin piedad, sin cuartel, sin

ley. Leer esa historia es un vértigo; cada batalla, en que brilla la

lanza de Páez, de Piar, Cedeño y mil otros, es un canto de Homero; cada

entrada de ciudad es una página de Moisés. Caracas es saqueada varias

veces, y en medio de la lucha se derrumba sobre sí misma, al golpe del

terremoto de 1812. Sus hijos más selectos están en los ejércitos o en la

tumba; pocos de los que se inmortalizaron en la cumbre de San Mateo,

alcanzaron a ver el día glorioso de Carabobo.

Si alguna vez ha podido decirse con razón que la lucha de la

independencia fue una guerra civil, es refiriéndose a Venezuela y

Colombia. De llaneros se componían las hordas de Boves y Morales, así

como las de Péez y Saraza. El empuje es igual, idéntica la resistencia.

La disciplina, los elementos bélicos, están del lado de España; pero los

americanos tienen, además de su entusiasmo, además de los hábitos de

vida dura, jefes como Bolívar, Piar, Urdaneta, Páez y más tarde Sucre,

Santander, etc. ¿Crueldad? Idéntica también, pese a nosotros. Al

degüello respondía el degüello, a la piedad, rara, rara vez la piedad.

El batallar continuo, la vista de la sangre, la irritación por el

hermano muerto, inerme, exaltaban esos organismos morales hasta la

locura. Bolívar hace sus tres campañas fabulosas y a lomo de mula

recorre Venezuela en todas direcciones, hace varias veces el viaje de

Caracas a Bogotá, de Bogotá a Quito, al Perú, ¡a los confines de

Bolivia! Veinte veces ha visto la muerte ya en la batalla, ya en el

brazo de un asesino. Páez combate como combatía Páez, en primera fila,

enrojecida la lanza hasta la cuja, en ¡ciento trece batallas! ¿Qué

soldado de César o de Napoleón podría decir otro tanto?...

* * * * *

Como resultado de una guerra semejante, la destrucción de todas las

instituciones coloniales, más o menos completas, pero instituciones al

fin, el abandono absoluto de la industria agrícola y ganadera, el

enrarecimiento de la población, la ruina de los archivos públicos, la

desaparición de las fortunas particulares, la debilitación profunda de

todas las fuerzas sociales. Recuérdese nuestra lucha de la

independencia; jamás un ejército español pasó al sur de Tucumán; jamás

en nuestros campos reclutaron hombres los realistas. Más aún: en medio

de la lucha se observaban las leyes de la guerra, y después de nuestros

desastres, como después de nuestros triunfos, el respeto por la vida del

vencido era una ley sagrada. Ni las matanzas de Monteverde y Boves se

han visto en tierra argentina, ni sobre ella ha lanzado sus fúnebres

resplandores el decreto de Trujillo.

Después... la triste noche de la anarquía cayó sobre nosotros. La guerra

civil con todos sus horrores, Artigas, Carreras, Ramírez, López; más

tarde, Quiroga, Rosas, Oribe, acabaron de postrarnos. Pero Venezuela

tomó también su parte en ese amargo lote de los pueblos que se

emancipan. Nuestros dolores terminaron en 1852 y pudimos aprovechar la

mitad de este siglo de movimiento y de vida para ingresar con energía en

la línea de marcha de las naciones civilizadas. Hasta 1870 Venezuela ha

sido presa de las discordias intestinas. ¡Y qué guerras! La lucha de la

independencia hizo escuela; en las contiendas fratricidas, el partidario

vivió sobre el bien del enemigo, y al fin, la riqueza pública entera

desapareció en la vorágine de sangre y fuego. Llegad a una habitación de

las campañas venezolanas y llamad: en la voz que os responde, notáis aún

el ligero temblor de la inquietud vaga y secreta, y sólo gira la puerta

para daros entrada, cuando habéis contestado con tranquilo acento:

«¡Gente de paz!»[6].

¡Gente de paz! He ahí la necesidad suprema de Venezuela. El sueño está

virgen aún: sus montañas repletas de oro, sus valles húmedos de savia

vigorosa, las faldas de sus cerros ostentan al pie el plátano y el

cocotero, el rubio maíz en sus declives y el robusto café en las

cumbres.

¡Gente de paz! El pueblo es laborioso, manso, dócil, honrado

proverbialmente. ¡Dejadle trabajar, no lo cercenéis con el cañón o con

la espada, hacedlo simpático a la Europa, para que la emigración venga

espontáneamente a mezclarse con él, a enseñarle la industria y vigorizar

su sangre!

¡Gente de paz para los pueblos de América! Aquellos tiempos pasaron:

pasó la conquista, pasó la independencia, y la América y la España se

tienden hoy los brazos a través de los mares, porque ambas marchan por

la misma senda, en pos de la libertad y del progreso. Tomo dos frases en

los _Opúsculos_, de Bello, la primera sobre la conquista, la segunda

sobre la independencia, que, en mi opinión, concretan y formulan el

juicio definitivo de los americanos que piensan y meditan sobre esos dos

graves acontecimientos:

«No tenemos la menor inclinación a vituperar la conquista. Atroz o no

atroz, a ella debemos el origen de nuestros derechos y de nuestra

existencia, y mediante ella vino a nuestro suelo Aquella parte de la

civilización europea que pudo pasar por el tamiz de las preocupaciones y

de la tiranía de España»[7].

«Jamás un pueblo profundamente envilecido ha sido capaz de ejecutar los

grandes hechos que ilustraron las campañas de los patriotas. El que

observe con ojos filosóficos la historia de nuestra lucha con la

metrópoli, reconocerá sin dificultad que lo que nos ha hecho prevalecer

en ella, es cabalmente el elemento ibérico. Los capitanes y las legiones

veteranas de la Iberia transatlántica fueron vencidos por los caudillos

y los ejércitos improvisados de otra Iberia joven que, abjurando el

nombre, conserva el aliento indomable de la antigua. La constancia

española se ha estrellado contra sí misma»[8].

He ahí cómo debemos pensar respecto a la España, abandonando los temas

retóricos, las declamaciones ampulosas sobre la tiranía de la metrópoli,

sobre su absurdo sistema comercial, que le fue más perjudicial que a

nosotros mismos, y recordando sólo que la historia humana gravita sobre

la solidaridad humana. El pasado es una lección y no una fuente de

eterno encono.

La ciudad de Caracas está situada en el valle que lleva su nombre y que

es uno de los más bellos que se encuentran en aquellas regiones. Bajo un

clima templado y suave, la naturaleza toma un aire tal de lozanía, que

el viajero que despunta por la cumbre de Avila, cree siempre hallarse en

el seno de una eterna primavera. El verde ondulante de los vastos

plantíos de caña, claro y luminoso, contrasta con los reflejos intensos

de los cafetales que crecen en la altura. Dos o tres imperceptibles

hilos de agua cruzan la estrecha llanura, y aunque el corte de los

cerros sobre el horizonte es algo monótono, hay tal profusión de árboles

en sus declives, la baja vegetación es tan espesa y compacta, que la

mirada encuentra siempre nuevas y agradables sensaciones ante el cuadro.

La ciudad, como todas las americanas fundadas por los españoles, es de

calles estrechas y rectangulares. Sería en vano buscar en ellas los

suntuosos edificios de Buenos Aires o Santiago de Chile; al mismo tiempo

que las conmociones humanas han impedido el desarrollo material, los

sacudimientos intermitentes de la tierra, temblando a cada borrasca que

agita las venas de la montaña, hacen imposibles las construcciones

vastas y sólidas. Todo es allí ligero, como en Lima, y el aspecto

interior de las casas, sus paredes delgadas, sus tabiques tenues,

revelan constantemente la temida expectativa de un terremoto. Durante mi

permanencia en Caracas tuve ocasión de observar uno de esos fenómenos a

los que el hombre no puede nunca habituarse y que hacen temblar los

corazones mejor puestos. Leía, tendido en un sofá de mi escritorio y en

el momento en que García Mérou se inclinaba a mostrarme un pasaje del

libro que recorría; se lo vi vacilar entre las manos, mientras sentía

en todo mi cuerpo un estremecimiento curioso. Nos miramos un momento,

sin comprender, el tiempo suficiente para que los techos, cayendo sobre

nosotros, nos hubieran reducido a una forma meramente superficial.

Cuando notamos que la tierra temblaba, corrimos, primero al jardín; pero

venciendo la curiosidad, salimos a la calle y observamos a todo el mundo

en las puertas de sus casas; caras llenas de espanto, gente que corría,

mujeres arrodilladas, un pavor desatentado vibrando en la atmósfera. Una

o dos paredes de nuestra casa se rajaron, y aunque sin peligro para

nosotros, no así para aquellos que la habiten en el momento de la

repetición del fenómeno.

La ciudad, en sí misma, tiene un aspecto sumamente triste, sobre todo

para aquellos que hemos nacido en las llanuras y que no podemos

habituarnos a vivir rodeados de montañas que limitan el horizonte en

todos sentidos y parecen enrarecer el aire. Hay, sin embargo, dos puntos

que podrían figurar con honor en cualquier ciudad europea: la plaza

Bolívar, perfectamente enlosada, con la estatua del Libertador en el

centro, llena de árboles corpulentos, limpia, bien tenida, delicioso

sitio de recreo para pasar un par de horas oyendo la música de la

retreta, y el Calvario.

El Calvario es un cerro pintoresco y poco elevado, a cuyo pie se

extiende Caracas. En todas las guerras civiles pasadas, la fracción que

ha conseguido hacerse dueña del Calvario, lo ha sido inmediatamente de

la ciudad. De allí se domina Caracas por completo, y ni un pájaro podría

jactarse de contemplarla más cómodamente que el que se encuentra en el

lindo cerro.

Se sube en carruaje o a pie, por numerosos caminos en zigzags, muy bien

tenidos, rodeados de árboles y plantas tropicales, hasta llegar a la

meseta de la altura, donde, en el centro de un jardín frondoso, se

levanta la estatua del general Guzmán Blanco, actual presidente de los

Estados Unidos de Venezuela. Se nota en todos los trabajos del Calvario

la ausencia completa de un plan preconcebido; parece que se han ido

trazando caminos a medida que las desigualdades del terreno lo

permitían. Aquí una fuente, más adelante un banco cubierto de bambús

rumorosos, allí una gruta, y por todas partes flores, agua corriendo con

ruido apagado, silencio delicioso, vistas admirables y un ambiente

fresco y perfumado. A pesar del cansancio de la subida, pocos han sido

los días que he dejado de hacer mi paseo al pintoresco cerro. Siempre

solo, como el Santa Lucía en Santiago de Chile, como la Exposición en

Lima, como el Botánico en Río, como el Prado en Montevideo, como Palermo

en Buenos Aires. Sólo los domingos, los atroces y antipáticos domingos,

se llenaba aquello de gente, paqueta, prendida con cuatro alfileres,

oliendo a pomada y suspirando por la hora de volver a casa y sacarse el

botín ajustado. Nunca fui un domingo; pero las tardes serenas de entre

semana, la quieta y callada soledad, el sol tras el Avila, sonriente en

la promesa del retorno, las mujeres del pueblo trepando lentamente a

buscar el agua pura de la fuente, para bajar más tarde con el cántaro en

la cabeza como las hijas del país de Canaán, los pájaros armoniosos,

buscando a prisa sus nidos al caer la noche, el camino de la Guayra,

esto es, la senda por donde se va a la luz y al amor, a Europa y a la

patria, perdiéndose en la montaña, cruzada por la silenciosa y paciente

recua cuya marcha glacial, indiferente, parece ser un reproche contra

las vagas agitaciones del alma humana; todo ese cuadro delicado persiste

en mi memoria en el marco cariñoso de los recuerdos simpáticos.

La ciudad tiene algunos edificios notables, como el teatro, el palacio

federal del Capitolio, etc.

Me llamó mucho la atención la limpieza de la gente del pueblo bajo, cuya

elegancia dominguera consiste en vestirse de blanco irreprochable. Es

humilde, respetuoso y honesto. En Venezuela es proverbial la seguridad

de las campiñas, por las que transitan frecuentemente arrias conductoras

de fuertes sumas de dinero, sin que haya noticia de haber sido jamás

asaltadas.

La diversión característica del pueblo de Caracas es la plaza de toros,

que funciona todos los domingos. El pobre caraqueño (me refiero al

_lowpeople_), que no tiene los reales suficientes para pagar la función,

se considera más desgraciado que si le faltara que comer. Mis

sirvientes, haraganes y perezosos, adquirían cierta actividad a contar

del viernes--y cuando quería hacerles andar listos en un mandado, me

bastaba anunciarles que a la primera tardanza no habría toros, para

verlos volar.

En la plaza, que no es mala, se aglomeran, gritan, patean, juegan los

golpes, hacen espíritu, gozan como los españoles en idéntico caso,

atestiguando su filiación más con su algarabía que con su idioma. Pero

las corridas de toros en Venezuela se diferencia en dos puntos

esenciales de las de España. En el primer punto, el toro, de mala raza,

medio atontado por los golpes con que lo martirizan una hora en el

toril, antes de entrar a la plaza, trae los dos cuernos despuntados.

Toda la lucha consiste en capearlo y ponerle banderillas, de fuego para

los poltrones, sencillas para los bravos. Una vez que el bicho ha

cumplido más o menos bien su deber, sea pegando serios sustos a los

toreadores, sea huyendo sin cesar con el aire imbécil, se abre un portón

y es arrojado a un potrero contiguo. En cuanto a los «artistas» que tuve

ocasión de ver, todos ellos criollos, eran, aunque de valor

extraordinario, deplorablemente chambones. Cada vez que el toro se

fastidiaba y arremetía a uno de ellos, era seguro ver al pobre capeador

por los aires o hecho tortilla contra las barandas, lo que no causa

mucho placer que digamos. Cuando el toro es bravo y el hombre hábil y

valeroso, las simpatías se inclinan siempre al hombre; a mí me sucedía

lo contrario.

La verdadera diversión consiste, pues, en la observación del público

ingenuo, alegre, bullicioso como los niños de un colegio en la hora de

recreo. Venía de Londres, donde, aun en las más grandes aglomeraciones

de pueblo, se nota ese aire acompasado, frío, metódico, del carácter

inglés; la tumultuosa espontaneidad de los caraqueños contrastaban

curiosamente con ese recuerdo, pintando la raza de una manera enérgica,

así como la varonil arrogancia de los muchachos corriendo con sus

diminutas _ruanas_ el novillo de postre.

Fuera de los toros, no hay otra diversión pública en Caracas, salvo los

meses de ópera, al alcance sólo de las altas clases. Pero el pueblo no

pide más, y si no escaseara tanto el _panem_, sería completamente feliz

con el _circenses_.

Desde la época colonial Caracas fue renombrada por su cultura

intelectual y citada como uno de los centros sociales más brillantes de

la América Española. Su universidad famosa ha producido más de un

ilustre ingenio cuya acción ha salvado los límites de Venezuela. Aún en

el día posee distinguidos hombres de letras, historiadores, poetas y

jurisconsultos, algunos de los cuales, arrastrados desgraciadamente por

la vorágine política, han vivido alejados de su país, privándolo así de

la gloria que sus trabajos le hubieran reportado.

El tono general de la cultura venezolana es de una delicadeza exquisita.

Nunca olvidaré la generosa hospitalidad recibida en el seno de algunas

familias que conservan la vieja y honrosa tradición de la sociedad

caraqueña. Pago aquí mi deuda de agradecimiento, no sólo personal, sino

también como argentino. El nombre de mi patria, querido y respetado, fue

el origen de la viva simpatía con que se me recibió. Nada impone más la

gratitud que el afecto y consideración manifestados por la patria

lejana.

En viaje (1881-1882) · 第 43 / 65 题