CAPITULO II

En París.

En viaje para París.--De Bolivia a Río de Janeiro en mula.--La

Turena.--En París.--El Louvre y el Luxemburgo.--Cómo debe visitarse

un museo.--La Cámara de Diputados: Gambetta.--El Senado: Simon y

Pelletán.--El 14 de Julio en París.--La revista militar: M.

Grévy.--Las plazas y las calles por la noche.--La Marsellesa.--La

sesión anual del Instituto.--M. Renán.

A mi vez, pero con toda tranquilidad, tomo el tren una linda mañana, y

empezamos a correr por aquellos campos admirables. Los viajeros

americanos conocemos ya la Francia, París y una que otra gran ciudad del

litoral. La vida de la campiña nos es completamente desconocida. Es uno

de los inconvenientes del ferrocarril, cuya rapidez y comodidad ha

destruido para siempre el carácter pintoresco de las travesías. Mi padre

viajó todo el Mediodía de la Francia y la Italia entera en una pequeña

calesa, proveyéndose de caballos en las postas. Sólo de esa manera se

hace conocimiento íntimo con el país que se recorre, se pueden estudiar

sus costumbres y encontrar curiosidades a cada paso. Pero entre los

extremos, el romanticismo no puedo llegar nunca a preferir una mula a un

_express_. Uno de mis tíos, el coronel don Antonio Cané, después de la

muerte del general Lavalle, en Jujuy, acompañó el cuerpo de su general

hasta la frontera de Bolivia, junto con los Ramos Mexía, Madero, Frías,

etc. Quedó enfermo en uno de los pueblos fronterizos, y cuando sus

compañeros se dispersaron, unos para tomar servicio en el ejército

boliviano, otros en dirección a Chile o Montevideo, él tomó una mula y

se dirigió al Brasil, que atravesó de oeste a este, llegando a Río de

Janeiro después de seis u ocho meses, habiendo recorrido no menos de 600

leguas. Más tarde, su cuñado don Florencio Varela, le interrogaba sin

cesar, deplorando que la educación y los gustos del viajero no le

hubieran permitido anotar sus impresiones. Cané había realizado ese

viaje estupendo, deteniéndose en todos los puntos en que encontraba

buena acogida... y buenas mozas. Pasado el capricho, volvía a montar su

mula, y así, de etapa en etapa, fue a parar a las costas del Atlántico.

Admiro, pero prefiero la línea de Orleans, sobre la que volamos en este

momento, desenvolviéndose a ambos lados del camino los campos luminosos

de la Turena, admirablemente cultivados y revelando, en su solo aspecto,

el secreto de la prosperidad extraordinaria de la Francia. Los canales

de irrigación, caprichosos y alegres como arroyos naturales, se suceden

sin interrupción. De pronto caemos a un valle profundo, que serpea entre

dos elevadas colinas cubiertas de bosques; por entre los árboles,

aparece en la altura un castillo feudal, de toscas piedras grises, cuya

vetustez característica contrasta con la blancura del humilde _hameau_

que duerme a su sombra; las perspectivas cambian constantemente, y los

nombres que van llegando al oído, Angulema, Bois, Amboise,

Chatellerault, Poitiers, etc., hacen revivir los cuadros soberbios de la

vieja historia de Francia...

Ya las aldeas y villorrios aumentan a cada instante, se aglomeran y

precipitan, con sus calles estrechas y limpias, sus casas de ladrillo

quemado, sus techos de pizarra y teja. Los caminos carreteros son

anchos, y el pavimento duro y compacto, resuena al paso de la pesada

carreta, tirada por el majestuoso percherón, que arrastra sin esfuerzo

cuatro grandes piedras de construcción, con sus números rojizos. Luego,

túneles, puentes, viaductos, calles anchas, aereadas, multitud de

obreros, movimiento y vida. Estamos en París.

* * * * *

A mediodía, una visita a los viejos amigos queridos, que esperan dulce y

pacientemente y que, para recibiros, toman la sonrisa de la Joconda, se

envuelven en los tules luminosos de la Concepción, o despojándose de sus

ropas, ostentan las carnes deslumbrantes de Rubens. Al Louvre, al

Luxemburgo; un día el mármol, otro el color, un día a la Grecia, otro al

Renacimiento, otro a nuestro siglo soberbio. Pero lentamente, mis

amigos; no como un condenado, que empieza con la «Balsa de la Medusa» y

acaba con los «Monjes» de Lesueur y sale del Museo con la retina

fatigada, sin saber a punto fijo si el Españoleto pintaba Vírgenes;

Murillo, batallas; Rafael, paisajes, o Miguel Ángel, pastorales. Dulce,

suavemente; ¿te gusta un cuadro? Nadie te apura; gozarás más

confundiendo voluptuosamente tus ojos en sus líneas y color, que en la

frenética y bulliciosa carrera que te impone el guía de una sala a otra.

El catálogo en la mano, pero cerrado; camina lentamente por el centro de

los salones: de pronto una cara angélica te sonríe. La miras despacio;

tiene cabellos de oro y cuyo perfume parece sentirse; los ojos, claros

y profundos, dejan ver en el fondo los latidos tranquilos de una alma

armoniosa. Si te retiene, quédate; piensa en el autor, en el estado de

su espíritu cuando pintó esa figura celeste, en el ideal flotante de su

época, y luego, vuelve los ojos a lo íntimo de tu propio ser, anima los

recuerdos tímidos que al amparo de una vaga semejanza asoman sus

cabecitas y temiendo ser importunos, no se yerguen por entero. Luego,

olvídate del cuadro, del arte, y mientras la mirada se pasea

inconsciente por la tela, cruza los mares, remonta el tiempo, da rienda

suelta a la fantasía, sueña con la riqueza, la gloria o el poder, siente

en tus labios la vibración del último beso, habla con fantasmas. Sólo

así puede producir la pintura la sensación profunda de la música; sólo

así, las líneas esculturales, ondeando en la gradación inimitable de las

formas humanas, en el esbozo de un cuello de mujer, en las curvas

purísimas, y entre los griegos castas, del seno; en los hombros

contorneados de una virgen de mármol o en el vigor armónico de un efebo;

sólo así, da la piedra el placer del ritmo y la melodía. Naturalmente,

la materialidad de la causa limita el campo; una cabeza del Ticiano, una

bacanal de Rubens, un interior de Rembrandt, un monje de Zurbarán, darán

una serie de impresiones definidas, vinculadas al asunto de la tela. He

ahí por qué el mármol y el lienzo son inferiores a la música, que abre

horizontes infinitos, dibuja catedrales medioevales, envuelve en nubes

de blanca luz sideral, lleva en sus ondas invisibles mujeres de una

belleza soñada, os convierte en héroes, trae lágrimas a los ojos,

pensamientos serenos al cerebro, recorre, en fin, la gama entera e

infinita de la imaginación...

A las dos de la tarde, a la Cámara o al Senado. En la primera preside

Gambetta, con su eterno espíritu chispeante, levantando un debate de los

bajos fondos del fastidio como una palabra que trae sonrisas hasta a los

labios legitimistas. Un ruido infernal, una democracia viva y

palpitante, un movimiento extraordinario; en la tribuna, elocuencia de

mala ley, verbosa y vacía unas veces, metódica y abrumadora otras. He

ahí que la trepa una nueva edición de los ministros de guerra

argentinos, de antes de la expedición al Río Negro; oigámosle: «La razón

por la cual no ha sido posible batir hasta ahora a Alboumena, es

simplemente la falta de caballos. El árabe, veloz, ligero, sin los

útiles que la vida civilizada hace indispensables al soldado francés,

vuela sobre las llanuras, mientras el pesado jinete europeo lo persigue

inútilmente». Conozco, conozco el refrán. He aquí un comunista melenudo

que acaba de despeñarse desde la cúspide de la extrema izquierda para

tomar la tribuna por asalto, donde gesticula y vocifera pidiendo la

abolición del presupuesto de cultos. Las izquierdas aplauden; el centro

escribe, lee, conversa, se pasea, perfectamente indiferente; la derecha

atruena el aire con interrupciones. Un hombre delgado reemplaza al

fanático y lo sucede con la misma intemperancia, intransigencia,

procacidad vulgar: es el obispo de Angers. Las izquierdas ríen a

carcajadas, el centro sonríe, la derecha protesta, aplaude con frenesí.

Gambetta lee tranquilamente, de tiempo en tiempo, sin apartar los ojos

del libro, estira la mano y busca a tanteo la campanilla y la hace

vibrar: «_Silence, Messieurs, s'il vous plait!_»--repiten cuatro

ujieres, con voz desde soprano hasta bajo subterráneo. Nadie hace caso;

el ruido aumenta, se hace tormenta, luego el caos. El orador se detiene

y la ausencia de su letanía llama a la vida real a Gambetta, que levanta

la cabeza, ve las olas alborotadas, destroza una regla contra la mesa,

da un campanilleo de cinco minutos, adopta un aire furibundo, se pone de

pie y grita: «_Mais c'est intolérable! Veuillez écouter, Messieurs!_»

Luego, toma el anteojo de teatro, recorre las tribunas pobladas de

señoras, hace sus saludos con la mano, recibe veinte cartas, habla con

cuarenta diputados que suben a su asiento para apretarle la mano; y

mientras lee, mira, habla, escribe o bosteza, agita sin reposo la

incansable regla contra la mesa, y repite, de rato en rato, como para

satisfacción de conciencia, su eterno «_Veuillez écouter, Messieurs!_»,

que los ujieres, como un eco, propagan por los cuatro ámbitos del

semicírculo.

Entretanto, abajo se desenvuelven escenas de un cómico acabado; el

intransigente Raspail da de tiempo en tiempo un grito y Gambetta lo

invita a acercarse a la tribuna a fin de poder ser oído en sus

interrupciones sin sacrificio de su garganta. Baudry-d'Asson, un nulo de

la derecha, cuyo faldón izquierdo está en manos del obispo de Angers,

lanza improperios a cada instante, a pesar de los reiterados tirones de

su mentor; a despecho del orador, se traban diálogos particulares

insoportables; los ministros, en los bancos centrales, conversan con

animación, mientras son vehemente y personalmente interpelados en la

tribuna, y sobre toda aquella vocería, movimiento, exasperaciones,

risas, gritos y denuestos, las tribunas silenciosas, graves, inmóviles

en su perfecto decoro.

En el Senado, el ideal de Sarmiento. Desde las altas tribunas, la Cámara

parece un campo de nieve. Cabezas blancas por todas partes. Preside León

Say, con su insoportable voz de tiple, gangosa y nasal. Ancianos que

entran apoyándose en sus bastones y cuyos nombres vuelan por la barra.

Son las viejas ilustraciones de la Francia, en las letras, en las artes,

en la industria, en la ciencia y en la política. Bulliciosos también los

viejecitos; los años no les pueden hacer olvidar que son franceses. La

regla y la campanilla del presidente están en continuo movimiento. El

espectador tiene gana de exclamar: «_Fi donc, Messieurs; a votre âge!_»

Nadie escucha al orador, hasta que la orden del día llama a la discusión

de la ley de imprenta, en revisión de la Cámara de Diputados. Por un

artículo se impone a los funcionarios públicos la acusación de calumnia.

Julio Simon se dirige a la tribuna; distinguidísima figura de anciano,

cara inteligente, voz débil y una habilidad parlamentaria portentosa.

Protesta contra el espíritu del artículo; a su juicio, los funcionarios

tienen el derecho de ser calumniados; su única acción, la única defensa

a que deben acudir, es su conducta, irreprochable, sin sombras. En

cuestiones de prensa quiere la libertad hasta la licencia. Se le oye con

atención y respeto; pero los republicanos de la situación creen que el

propósito del adversario de Gambetta es destruir la bondad de la ley,

llevando las concesiones hasta los últimos límites y haciéndola odiosa a

las clases conservadoras. Simon está en pleno triunfo; hace pocos días,

con motivo de la ley de educación, ha conseguido introducir por asalto

el nombre de Dios en la cola de un artículo. Por el momento, desenvuelve

una lógica de hierro, y ocupando audazmente el terreno de sus

contrarios, hace flamear con más vigor su propio estandarte. La derecha

aplaude y vota con él. Un hombre de fisonomía adusta, entrecano, voz

fuerte, sucede en la tribuna al eminente filósofo. Es Pelletán, el

riguroso contendor del imperio, el compañero de Simon en el Cuerpo

Legislativo, el autor de aquellos panfletos candescentes de _La

profesión de fe del siglo XIX_, el _Mundo marcha_, etc. No habla,

pontifica; no arguye, declama. Se agita como sobre un trípode y sus

palabras se arrastran o retumban con acentos proféticos. Destruye, no

obstante, la sofística de Simon, y sin injuriarlo por su intención, hace

ver el caos que sobrevendría a la prensa sin ningún género de moderador.

El voto le da el triunfo.

Luego, la sesión se arrastra, levántome y tomo mi sombrero para

trasladarme al Palacio Borbón. En el Senado encuentro siempre vacía la

tribuna diplomática; en la Cámara tengo que llegar temprano, para

obtener un buen sitio. Es que aquí, Gambetta por sí solo, es un

espectáculo, y todos los extranjeros de distinción que llegan a París,

obtienen tarjetas de sus ministros respectivos, se instalan en la

tribuna diplomática y se hacen insoportables por sus preguntas en

inglés, alemán, turco, italiano o griego, sobre quién es el que habla,

si Gambetta hablará, cuál es Paul de Cassagnac, cuál Clemenceau, dónde

está Ferry, por qué se ríen, cuál es la derecha, etc., etc.

Estaba en París el 14 de julio y presencié la fiesta nacional. La

revista militar en Longchamps fue pequeña: 15.000 hombres a lo sumo.

He ahí los altos dignatarios del Estado. El aspecto de M. Grévy me trae

a la memoria un pensamiento de La Bruyère, que él sin duda ha meditado:

«Los franceses aman la seriedad en sus príncipes». Aquel rostro es de

piedra; las facciones tienen una inmovilidad de ídolo, los ojos no

expresan nada y miran siempre a lo lejos, los labios no tienen color ni

expresión. Movimientos de una cultura glacial, de una rigidez

automática, aunque sin afectación. Es el tipo de la severa seriedad

republicana, como Luis XIV lo fue de la pomposa seriedad monárquica. El

director Posadas decía en 1814: «No conseguiremos vivir tranquilamente y

en orden mientras seamos gobernados por personas con quienes nos

familiaricemos». Es una verdad profunda que puede aplicarse a todos los

pueblos; el poder requiere formas exteriores, graves, serenas, y el que

lo ejerce debo rodearse, no ya de la majestad deslumbradora de una corte

real, pero sí de cierto decoro que imponga a las masas. M. Grévy, no

sólo es querido y respetado hoy por todos los republicanos franceses,

sino que los partidos extremos, hasta las irascibles duquesas del viejo

régimen, tienen por él alta consideración.

Gambetta, casi obeso, rubicundo, entrecano, lo acompaña, así como León

Say y los ministros. Todos los anteojos se clavan en el grupo, pero la

primera mirada es para Gambetta. El prestigio del poder atrae y fascina.

¡Qué fuertes son los hombres que consiguen sobreponerse a esa atmósfera

de embriaguez en que viene envuelta la popularidad!...

Llega la noche; la circulación de carruajes se ha prohibido en las

arterias principales. Por calles traviesas me hago conducir hasta la

altura del Arco de Triunfo, echo pie a tierra, enciendo un buen

cigarro, trabajo por la moral pública ocultando mi reloj para evitar

tentaciones a los patriotas extranjeros y heme al pie del monumento,

teniendo por delante la Avenida de los Campos Elíseos, con su bellísima

ondulación, literalmente cuajada de gente e iluminada _a giorno_ por

millares de picos de gas y haces de luz eléctrica. Me pongo en marcha

entre el tumulto. Del lado del bosque, el cielo está cubierto de

miriadas de luces de colores, cohetes, bombas que estallan en las

alturas y caen en lluvias chispeantes, violetas, rojizas, azules,

blancas, anaranjadas. Al frente, en el extremo, sobre la multitud que

culebrea en la Avenida, la plaza de la Concordia parece un incendio. A

mi lado, por delante, hacia atrás, el grupo constante, eternamente

reproducido, aquel grupo admirable de Gautier en su monografía del

_bourgeois_ parisiense, el padre, empeñoso y lleno de empuje, remolcando

a su legítima con un brazo, mientras del otro pende el heredero cuyos

pies tocan en el suela de tarde en tarde. La mamá arrastra otro como una

fragata a un bote. Se extasían, abren la boca, riñen a los muchachos,

alejan con ceño adusto al _marchand de coco_, al de _pain d'épices_, que

pasa su mercancía por las narices infantiles tentándolas

desesperadamente. Un movimiento se hace al frente; un cordón de obreros,

blusa azul, _casquette_ sobre la oreja, se ha formado de lado a lado de

la Avenida. Avanzan en columna cerrada cantando en coro la Marsellesa.

Algunos llevan banderas nacionales en la gorra o en la mano. Chocan con

un grupo de soldados, éstos, más circunspectos, pero cantando la

Marsellesa. Una colisión es inevitable; espero ver trompadas, bastonazos

y _coups de savate_. Por el contrario, fraternizan, se abrazan, _Vive la

République!_ y vuelta a la Marsellesa. Más adelante, un grupo de

obreros, blusa blanca, del brazo, dos a dos, cantas la Marsellesa y

pasan sin fraternizar junto a los de blusa azul. Algunos ómnibus y

carruajes desembocan por las calles laterales; el cochero, que no trae

bandera, es interpelado, saludado con los epítetos de _mauvais citoyen_,

de _réac_, etc. Me detengo con fruición debajo de un árbol, porque

espero que aquel cochero va a ser triturado, lo que será para mi un

espectáculo de incomparable dulzura, una venganza ligera contra toda la

especie infame de los cocheros de París. Pero aquél es un _engueuleur_

de primera fuerza. Habla al pueblo con acento vinoso, dice mil gracejos

insolentes, en el _argot_ más puro del _voyou_ más canalla, y por

fin... canta la Marsellesa. La muchedumbre se hace más compacta a cada

momento y empiezo a respirar con dificultad. Llegamos a la plaza de la

Concordia: el cuadro es maravilloso. Al frente, la rue Royale,

deslumbrando y bañada por las ondas de un poderoso foco de luz eléctrica

que irradia desde la esquina de la Magdalena. A la derecha, los jardines

de las Tullerías, claros como en medio del día, con sus juegos de agua y

las estatuas con animación vital bajo el reflejo. Un muchacho se me

acerca: _Pour un sou, Monsieur, la Marseillaise, avec des nouveaux

couplets_. Compro el papel, leo la primer copla de circunstancias y lo

arrojo con asco. Más tarde, otro y otro. Todos tienen versos obscenos.

_Achetez le Boulevardier, vingt centimes!_ Compro el _Boulevardier_; las

aventuras de _ces dames_ de Mabille y del Bosque, con sus nombres y

apellidos, sus calles y números, sobre todo, los actos y gestos de la

Barronne d'Ange... ¡Indigno, innoble! Entro un instante en el jardín;

¡imposible caminar! Regreso, y, paso a paso, consigo tomar la línea de

los boulevares. La misma animación, el mismo gentío, con más bullicio,

porque los cafés han extendido sus mesas hasta el medio de la calle. La

Marsellesa atruena el aire. ¡Adiós, mi pasión por ese canto de guerra

palpitante de entusiasmo, símbolo de la más profunda sacudida del rebaño

humano! ¡Me persigue, me aturde, me penetra, me desespera! Tomo la

primer calle lateral y marcho durante diez minutos con rapidez. El ruido

se va alejando, la calma vuelve, hay un calor sofocante, pero respiro

libremente bajo el silencio. Dejo pasar una hora, porque me sería

imposible dormir: ¡mi cuarto da sobre el bulevar! Al fin me decido y

vuelvo al bullicio: las 12 de la noche han sonado y no queda ya en las

anchas veredas, desde el bulevar Montmartre hasta la plaza de la Opera,

sino uno que otro grupo de retardatarios, y aquellas sombras lívidas,

flacas y míseras, que corren a lo largo del muro y os detienen con la

falsa sonrisa que inspira una piedad profunda... Todo ha pasado, el

pueblo se ha divertido y M. Prud'homme, calándose el gorro de noche,

dice a su esposa: _Madame Prud'homme, on a beau dire: nous sommes dans

la décadence. Sous Sa Majesté Louis-Philippe!_

Otro aspecto de ese mundo infinito de París, en el que se confunden

todas las grandezas y miserias de la vida, desde las alturas

intelectuales que los hombres veneran, hasta los ínfimos fondos de

corrupción cuyos miasmas se esparcen por la superficie entera de la

tierra, es la sesión anual del Instituto para la distribución de

premios. Renán, no sólo debe presidir, lo que es ya un atractivo

inmenso, sino que pronunciará el discurso sobre el premio Monthyon,

destinado a recompensar la virtud.

El pequeño semicírculo está rebosando de gente; pero la concurrencia no

es selecta. Falta el atractivo picante de una recepción; sólo se ven las

familias de aquellos que la Academia ha sido bastante indiscreta para

designar a la opinión como los futuros laureados. Pero reina en aquel

recinto un aire tal de serenidad, se respira una atmósfera intelectual

tan suave y tranquila, que es necesario hacer un esfuerzo para

persuadirse de que se está en pleno París y en la sala de sesiones del

cuerpo que agita al mundo con sus ideas y progresos. Los ujieres son

políticos, afables, hablan gramaticalmente, como corresponde a cerebros

académicos, y cuando el extranjero les pregunta el nombre de alguno de

los inmortales cuya fisonomía le ha llamado la atención, responden con

suma familiaridad, como si se tratara de un amigo íntimo; _Mais c'est

Simon, Monsieur!--Pardon; et celui-là?--Ah! celui-là, c'est Labiche:

drôle de tête, hein?_

A las dos en punto de la tarde, las bancas se llenan y los miembros del

Instituto llegan con trabajo a sus asientos, invadidos por las señoras,

que obstruyen los pasadizos con sus colas y crinolinas. M. Renán ocupa

la presidencia, teniendo a su derecha a M. Gaston Boissier, y a su

izquierda a M. Camille Doucet, uno que agitará poco la posteridad. Los

tres ostentan la clásica casaca de palmas verdes, que les da cierto

aspecto de loros, aquella casaca tan anhelada por de Vigny, que el día

de su recepción, encontrando en los corredores de la Academia a

Spontini, con palmas hasta en la franja del pantalón, se echó en sus

brazos exclamando: _Ah! mon cher Spontini, l'uniforme est dans la

nature!_

Dejemos pasar un largo y correcto discurso de M. Doncet, que el anciano

lee en voz tan baja, que es penoso alcanzarla. Un gran movimiento se

hace, el silencio se restablece y una voz fuerte, ligeramente áspera,

empieza así: «Hay un día en el año, señores, en que la virtud es

recompensada». Es M. Renán quien habla.

Un vago enjambre de recuerdos vienen a mi memoria y agitan mi corazón.

La influencia de aquel hombre sobre mis ideas juveniles, la

transformación completa operada en mi ideal de arte literario por sus

libros maravillosos, la música inefable de su prosa serena y radiante,

aquella _Vida de Jesús_, libro demoledor que envuelve más poesía

cristiana que los _Mártires_, de Chateaubriand, libro de panegírico; sus

narraciones de historia, sus fantasías, sus discursos filosóficos, toda

su labor gigante, había forjado en mi imaginación un tipo físico

característico. Ese hombre tan odiado, contra el cual truena la voz de

millares de frailes, desde millares de púlpitos, debía tener algo del

aspecto satánico de Dante cruzando solitario y sombrío las calles de

Ravena; alto, delgado, grave y severo, con ojos de mirar intenso, cuerpo

consumido por la constante excitación intelectual... ¡Era un prior de

convento del siglo XV el que hablaba! Su ancha silla no podía contener

aquellos miembros voluminosos, repletos; un tronco obeso y prosaico, un

vientre enorme, pantagruélico... y la risa rabelesiana, franca, sonora,

que sacude todo el cuerpo. La cara ancha, sin barba, reposando sobre un

cuello robusto, con una triple papada, la mirada viva y maliciosa, los

ademanes sueltos y cómodos. ¡Qué espíritu, qué chispa! Habló dos horas

sobre la virtud, sencilla y alegremente, con elevación, con irresistible

elocuencia por momentos. Pero cada diez minutos asomaba su cabeza

juguetona _le mot pour rire_; él daba el ejemplo, dejaba el manuscrito,

comenzaba por sonreír, miraba a Julio Simon, que se retorcía a

carcajadas en un banco próximo, sobre todo cuando el _trait_ había

rozado de cerca la política y todo el voluminoso cuerpo de Renán se

agitaba como si Momo le hiciese cosquillas. Reíamos todos a la par y los

ujieres mismos se unían al gozoso coro. Cuando concluyó, dándonos las

gracias por haber ido a oírlo bajo aquella temperatura, lo que

constituía un acto de verdadera virtud, cuando se disipó la triple salva

de nutridos aplausos y me encontré en la calle tenía todavía en el oído

la voz jocosa y en los ojos las ondulaciones tumultuosas de aquel

vientre que se agitaba con el último soplo de la risa, gala del cura de

Meudon, más franca y comunicativa que el inextinguible reír de los

dioses de Homero.

En viaje (1881-1882) · 第 40 / 65 题