En París.
En viaje para París.--De Bolivia a Río de Janeiro en mula.--La
Turena.--En París.--El Louvre y el Luxemburgo.--Cómo debe visitarse
un museo.--La Cámara de Diputados: Gambetta.--El Senado: Simon y
Pelletán.--El 14 de Julio en París.--La revista militar: M.
Grévy.--Las plazas y las calles por la noche.--La Marsellesa.--La
sesión anual del Instituto.--M. Renán.
A mi vez, pero con toda tranquilidad, tomo el tren una linda mañana, y
empezamos a correr por aquellos campos admirables. Los viajeros
americanos conocemos ya la Francia, París y una que otra gran ciudad del
litoral. La vida de la campiña nos es completamente desconocida. Es uno
de los inconvenientes del ferrocarril, cuya rapidez y comodidad ha
destruido para siempre el carácter pintoresco de las travesías. Mi padre
viajó todo el Mediodía de la Francia y la Italia entera en una pequeña
calesa, proveyéndose de caballos en las postas. Sólo de esa manera se
hace conocimiento íntimo con el país que se recorre, se pueden estudiar
sus costumbres y encontrar curiosidades a cada paso. Pero entre los
extremos, el romanticismo no puedo llegar nunca a preferir una mula a un
_express_. Uno de mis tíos, el coronel don Antonio Cané, después de la
muerte del general Lavalle, en Jujuy, acompañó el cuerpo de su general
hasta la frontera de Bolivia, junto con los Ramos Mexía, Madero, Frías,
etc. Quedó enfermo en uno de los pueblos fronterizos, y cuando sus
compañeros se dispersaron, unos para tomar servicio en el ejército
boliviano, otros en dirección a Chile o Montevideo, él tomó una mula y
se dirigió al Brasil, que atravesó de oeste a este, llegando a Río de
Janeiro después de seis u ocho meses, habiendo recorrido no menos de 600
leguas. Más tarde, su cuñado don Florencio Varela, le interrogaba sin
cesar, deplorando que la educación y los gustos del viajero no le
hubieran permitido anotar sus impresiones. Cané había realizado ese
viaje estupendo, deteniéndose en todos los puntos en que encontraba
buena acogida... y buenas mozas. Pasado el capricho, volvía a montar su
mula, y así, de etapa en etapa, fue a parar a las costas del Atlántico.
Admiro, pero prefiero la línea de Orleans, sobre la que volamos en este
momento, desenvolviéndose a ambos lados del camino los campos luminosos
de la Turena, admirablemente cultivados y revelando, en su solo aspecto,
el secreto de la prosperidad extraordinaria de la Francia. Los canales
de irrigación, caprichosos y alegres como arroyos naturales, se suceden
sin interrupción. De pronto caemos a un valle profundo, que serpea entre
dos elevadas colinas cubiertas de bosques; por entre los árboles,
aparece en la altura un castillo feudal, de toscas piedras grises, cuya
vetustez característica contrasta con la blancura del humilde _hameau_
que duerme a su sombra; las perspectivas cambian constantemente, y los
nombres que van llegando al oído, Angulema, Bois, Amboise,
Chatellerault, Poitiers, etc., hacen revivir los cuadros soberbios de la
vieja historia de Francia...
Ya las aldeas y villorrios aumentan a cada instante, se aglomeran y
precipitan, con sus calles estrechas y limpias, sus casas de ladrillo
quemado, sus techos de pizarra y teja. Los caminos carreteros son
anchos, y el pavimento duro y compacto, resuena al paso de la pesada
carreta, tirada por el majestuoso percherón, que arrastra sin esfuerzo
cuatro grandes piedras de construcción, con sus números rojizos. Luego,
túneles, puentes, viaductos, calles anchas, aereadas, multitud de
obreros, movimiento y vida. Estamos en París.
* * * * *
A mediodía, una visita a los viejos amigos queridos, que esperan dulce y
pacientemente y que, para recibiros, toman la sonrisa de la Joconda, se
envuelven en los tules luminosos de la Concepción, o despojándose de sus
ropas, ostentan las carnes deslumbrantes de Rubens. Al Louvre, al
Luxemburgo; un día el mármol, otro el color, un día a la Grecia, otro al
Renacimiento, otro a nuestro siglo soberbio. Pero lentamente, mis
amigos; no como un condenado, que empieza con la «Balsa de la Medusa» y
acaba con los «Monjes» de Lesueur y sale del Museo con la retina
fatigada, sin saber a punto fijo si el Españoleto pintaba Vírgenes;
Murillo, batallas; Rafael, paisajes, o Miguel Ángel, pastorales. Dulce,
suavemente; ¿te gusta un cuadro? Nadie te apura; gozarás más
confundiendo voluptuosamente tus ojos en sus líneas y color, que en la
frenética y bulliciosa carrera que te impone el guía de una sala a otra.
El catálogo en la mano, pero cerrado; camina lentamente por el centro de
los salones: de pronto una cara angélica te sonríe. La miras despacio;
tiene cabellos de oro y cuyo perfume parece sentirse; los ojos, claros
y profundos, dejan ver en el fondo los latidos tranquilos de una alma
armoniosa. Si te retiene, quédate; piensa en el autor, en el estado de
su espíritu cuando pintó esa figura celeste, en el ideal flotante de su
época, y luego, vuelve los ojos a lo íntimo de tu propio ser, anima los
recuerdos tímidos que al amparo de una vaga semejanza asoman sus
cabecitas y temiendo ser importunos, no se yerguen por entero. Luego,
olvídate del cuadro, del arte, y mientras la mirada se pasea
inconsciente por la tela, cruza los mares, remonta el tiempo, da rienda
suelta a la fantasía, sueña con la riqueza, la gloria o el poder, siente
en tus labios la vibración del último beso, habla con fantasmas. Sólo
así puede producir la pintura la sensación profunda de la música; sólo
así, las líneas esculturales, ondeando en la gradación inimitable de las
formas humanas, en el esbozo de un cuello de mujer, en las curvas
purísimas, y entre los griegos castas, del seno; en los hombros
contorneados de una virgen de mármol o en el vigor armónico de un efebo;
sólo así, da la piedra el placer del ritmo y la melodía. Naturalmente,
la materialidad de la causa limita el campo; una cabeza del Ticiano, una
bacanal de Rubens, un interior de Rembrandt, un monje de Zurbarán, darán
una serie de impresiones definidas, vinculadas al asunto de la tela. He
ahí por qué el mármol y el lienzo son inferiores a la música, que abre
horizontes infinitos, dibuja catedrales medioevales, envuelve en nubes
de blanca luz sideral, lleva en sus ondas invisibles mujeres de una
belleza soñada, os convierte en héroes, trae lágrimas a los ojos,
pensamientos serenos al cerebro, recorre, en fin, la gama entera e
infinita de la imaginación...
A las dos de la tarde, a la Cámara o al Senado. En la primera preside
Gambetta, con su eterno espíritu chispeante, levantando un debate de los
bajos fondos del fastidio como una palabra que trae sonrisas hasta a los
labios legitimistas. Un ruido infernal, una democracia viva y
palpitante, un movimiento extraordinario; en la tribuna, elocuencia de
mala ley, verbosa y vacía unas veces, metódica y abrumadora otras. He
ahí que la trepa una nueva edición de los ministros de guerra
argentinos, de antes de la expedición al Río Negro; oigámosle: «La razón
por la cual no ha sido posible batir hasta ahora a Alboumena, es
simplemente la falta de caballos. El árabe, veloz, ligero, sin los
útiles que la vida civilizada hace indispensables al soldado francés,
vuela sobre las llanuras, mientras el pesado jinete europeo lo persigue
inútilmente». Conozco, conozco el refrán. He aquí un comunista melenudo
que acaba de despeñarse desde la cúspide de la extrema izquierda para
tomar la tribuna por asalto, donde gesticula y vocifera pidiendo la
abolición del presupuesto de cultos. Las izquierdas aplauden; el centro
escribe, lee, conversa, se pasea, perfectamente indiferente; la derecha
atruena el aire con interrupciones. Un hombre delgado reemplaza al
fanático y lo sucede con la misma intemperancia, intransigencia,
procacidad vulgar: es el obispo de Angers. Las izquierdas ríen a
carcajadas, el centro sonríe, la derecha protesta, aplaude con frenesí.
Gambetta lee tranquilamente, de tiempo en tiempo, sin apartar los ojos
del libro, estira la mano y busca a tanteo la campanilla y la hace
vibrar: «_Silence, Messieurs, s'il vous plait!_»--repiten cuatro
ujieres, con voz desde soprano hasta bajo subterráneo. Nadie hace caso;
el ruido aumenta, se hace tormenta, luego el caos. El orador se detiene
y la ausencia de su letanía llama a la vida real a Gambetta, que levanta
la cabeza, ve las olas alborotadas, destroza una regla contra la mesa,
da un campanilleo de cinco minutos, adopta un aire furibundo, se pone de
pie y grita: «_Mais c'est intolérable! Veuillez écouter, Messieurs!_»
Luego, toma el anteojo de teatro, recorre las tribunas pobladas de
señoras, hace sus saludos con la mano, recibe veinte cartas, habla con
cuarenta diputados que suben a su asiento para apretarle la mano; y
mientras lee, mira, habla, escribe o bosteza, agita sin reposo la
incansable regla contra la mesa, y repite, de rato en rato, como para
satisfacción de conciencia, su eterno «_Veuillez écouter, Messieurs!_»,
que los ujieres, como un eco, propagan por los cuatro ámbitos del
semicírculo.
Entretanto, abajo se desenvuelven escenas de un cómico acabado; el
intransigente Raspail da de tiempo en tiempo un grito y Gambetta lo
invita a acercarse a la tribuna a fin de poder ser oído en sus
interrupciones sin sacrificio de su garganta. Baudry-d'Asson, un nulo de
la derecha, cuyo faldón izquierdo está en manos del obispo de Angers,
lanza improperios a cada instante, a pesar de los reiterados tirones de
su mentor; a despecho del orador, se traban diálogos particulares
insoportables; los ministros, en los bancos centrales, conversan con
animación, mientras son vehemente y personalmente interpelados en la
tribuna, y sobre toda aquella vocería, movimiento, exasperaciones,
risas, gritos y denuestos, las tribunas silenciosas, graves, inmóviles
en su perfecto decoro.
En el Senado, el ideal de Sarmiento. Desde las altas tribunas, la Cámara
parece un campo de nieve. Cabezas blancas por todas partes. Preside León
Say, con su insoportable voz de tiple, gangosa y nasal. Ancianos que
entran apoyándose en sus bastones y cuyos nombres vuelan por la barra.
Son las viejas ilustraciones de la Francia, en las letras, en las artes,
en la industria, en la ciencia y en la política. Bulliciosos también los
viejecitos; los años no les pueden hacer olvidar que son franceses. La
regla y la campanilla del presidente están en continuo movimiento. El
espectador tiene gana de exclamar: «_Fi donc, Messieurs; a votre âge!_»
Nadie escucha al orador, hasta que la orden del día llama a la discusión
de la ley de imprenta, en revisión de la Cámara de Diputados. Por un
artículo se impone a los funcionarios públicos la acusación de calumnia.
Julio Simon se dirige a la tribuna; distinguidísima figura de anciano,
cara inteligente, voz débil y una habilidad parlamentaria portentosa.
Protesta contra el espíritu del artículo; a su juicio, los funcionarios
tienen el derecho de ser calumniados; su única acción, la única defensa
a que deben acudir, es su conducta, irreprochable, sin sombras. En
cuestiones de prensa quiere la libertad hasta la licencia. Se le oye con
atención y respeto; pero los republicanos de la situación creen que el
propósito del adversario de Gambetta es destruir la bondad de la ley,
llevando las concesiones hasta los últimos límites y haciéndola odiosa a
las clases conservadoras. Simon está en pleno triunfo; hace pocos días,
con motivo de la ley de educación, ha conseguido introducir por asalto
el nombre de Dios en la cola de un artículo. Por el momento, desenvuelve
una lógica de hierro, y ocupando audazmente el terreno de sus
contrarios, hace flamear con más vigor su propio estandarte. La derecha
aplaude y vota con él. Un hombre de fisonomía adusta, entrecano, voz
fuerte, sucede en la tribuna al eminente filósofo. Es Pelletán, el
riguroso contendor del imperio, el compañero de Simon en el Cuerpo
Legislativo, el autor de aquellos panfletos candescentes de _La
profesión de fe del siglo XIX_, el _Mundo marcha_, etc. No habla,
pontifica; no arguye, declama. Se agita como sobre un trípode y sus
palabras se arrastran o retumban con acentos proféticos. Destruye, no
obstante, la sofística de Simon, y sin injuriarlo por su intención, hace
ver el caos que sobrevendría a la prensa sin ningún género de moderador.
El voto le da el triunfo.
Luego, la sesión se arrastra, levántome y tomo mi sombrero para
trasladarme al Palacio Borbón. En el Senado encuentro siempre vacía la
tribuna diplomática; en la Cámara tengo que llegar temprano, para
obtener un buen sitio. Es que aquí, Gambetta por sí solo, es un
espectáculo, y todos los extranjeros de distinción que llegan a París,
obtienen tarjetas de sus ministros respectivos, se instalan en la
tribuna diplomática y se hacen insoportables por sus preguntas en
inglés, alemán, turco, italiano o griego, sobre quién es el que habla,
si Gambetta hablará, cuál es Paul de Cassagnac, cuál Clemenceau, dónde
está Ferry, por qué se ríen, cuál es la derecha, etc., etc.
Estaba en París el 14 de julio y presencié la fiesta nacional. La
revista militar en Longchamps fue pequeña: 15.000 hombres a lo sumo.
He ahí los altos dignatarios del Estado. El aspecto de M. Grévy me trae
a la memoria un pensamiento de La Bruyère, que él sin duda ha meditado:
«Los franceses aman la seriedad en sus príncipes». Aquel rostro es de
piedra; las facciones tienen una inmovilidad de ídolo, los ojos no
expresan nada y miran siempre a lo lejos, los labios no tienen color ni
expresión. Movimientos de una cultura glacial, de una rigidez
automática, aunque sin afectación. Es el tipo de la severa seriedad
republicana, como Luis XIV lo fue de la pomposa seriedad monárquica. El
director Posadas decía en 1814: «No conseguiremos vivir tranquilamente y
en orden mientras seamos gobernados por personas con quienes nos
familiaricemos». Es una verdad profunda que puede aplicarse a todos los
pueblos; el poder requiere formas exteriores, graves, serenas, y el que
lo ejerce debo rodearse, no ya de la majestad deslumbradora de una corte
real, pero sí de cierto decoro que imponga a las masas. M. Grévy, no
sólo es querido y respetado hoy por todos los republicanos franceses,
sino que los partidos extremos, hasta las irascibles duquesas del viejo
régimen, tienen por él alta consideración.
Gambetta, casi obeso, rubicundo, entrecano, lo acompaña, así como León
Say y los ministros. Todos los anteojos se clavan en el grupo, pero la
primera mirada es para Gambetta. El prestigio del poder atrae y fascina.
¡Qué fuertes son los hombres que consiguen sobreponerse a esa atmósfera
de embriaguez en que viene envuelta la popularidad!...
Llega la noche; la circulación de carruajes se ha prohibido en las
arterias principales. Por calles traviesas me hago conducir hasta la
altura del Arco de Triunfo, echo pie a tierra, enciendo un buen
cigarro, trabajo por la moral pública ocultando mi reloj para evitar
tentaciones a los patriotas extranjeros y heme al pie del monumento,
teniendo por delante la Avenida de los Campos Elíseos, con su bellísima
ondulación, literalmente cuajada de gente e iluminada _a giorno_ por
millares de picos de gas y haces de luz eléctrica. Me pongo en marcha
entre el tumulto. Del lado del bosque, el cielo está cubierto de
miriadas de luces de colores, cohetes, bombas que estallan en las
alturas y caen en lluvias chispeantes, violetas, rojizas, azules,
blancas, anaranjadas. Al frente, en el extremo, sobre la multitud que
culebrea en la Avenida, la plaza de la Concordia parece un incendio. A
mi lado, por delante, hacia atrás, el grupo constante, eternamente
reproducido, aquel grupo admirable de Gautier en su monografía del
_bourgeois_ parisiense, el padre, empeñoso y lleno de empuje, remolcando
a su legítima con un brazo, mientras del otro pende el heredero cuyos
pies tocan en el suela de tarde en tarde. La mamá arrastra otro como una
fragata a un bote. Se extasían, abren la boca, riñen a los muchachos,
alejan con ceño adusto al _marchand de coco_, al de _pain d'épices_, que
pasa su mercancía por las narices infantiles tentándolas
desesperadamente. Un movimiento se hace al frente; un cordón de obreros,
blusa azul, _casquette_ sobre la oreja, se ha formado de lado a lado de
la Avenida. Avanzan en columna cerrada cantando en coro la Marsellesa.
Algunos llevan banderas nacionales en la gorra o en la mano. Chocan con
un grupo de soldados, éstos, más circunspectos, pero cantando la
Marsellesa. Una colisión es inevitable; espero ver trompadas, bastonazos
y _coups de savate_. Por el contrario, fraternizan, se abrazan, _Vive la
République!_ y vuelta a la Marsellesa. Más adelante, un grupo de
obreros, blusa blanca, del brazo, dos a dos, cantas la Marsellesa y
pasan sin fraternizar junto a los de blusa azul. Algunos ómnibus y
carruajes desembocan por las calles laterales; el cochero, que no trae
bandera, es interpelado, saludado con los epítetos de _mauvais citoyen_,
de _réac_, etc. Me detengo con fruición debajo de un árbol, porque
espero que aquel cochero va a ser triturado, lo que será para mi un
espectáculo de incomparable dulzura, una venganza ligera contra toda la
especie infame de los cocheros de París. Pero aquél es un _engueuleur_
de primera fuerza. Habla al pueblo con acento vinoso, dice mil gracejos
insolentes, en el _argot_ más puro del _voyou_ más canalla, y por
fin... canta la Marsellesa. La muchedumbre se hace más compacta a cada
momento y empiezo a respirar con dificultad. Llegamos a la plaza de la
Concordia: el cuadro es maravilloso. Al frente, la rue Royale,
deslumbrando y bañada por las ondas de un poderoso foco de luz eléctrica
que irradia desde la esquina de la Magdalena. A la derecha, los jardines
de las Tullerías, claros como en medio del día, con sus juegos de agua y
las estatuas con animación vital bajo el reflejo. Un muchacho se me
acerca: _Pour un sou, Monsieur, la Marseillaise, avec des nouveaux
couplets_. Compro el papel, leo la primer copla de circunstancias y lo
arrojo con asco. Más tarde, otro y otro. Todos tienen versos obscenos.
_Achetez le Boulevardier, vingt centimes!_ Compro el _Boulevardier_; las
aventuras de _ces dames_ de Mabille y del Bosque, con sus nombres y
apellidos, sus calles y números, sobre todo, los actos y gestos de la
Barronne d'Ange... ¡Indigno, innoble! Entro un instante en el jardín;
¡imposible caminar! Regreso, y, paso a paso, consigo tomar la línea de
los boulevares. La misma animación, el mismo gentío, con más bullicio,
porque los cafés han extendido sus mesas hasta el medio de la calle. La
Marsellesa atruena el aire. ¡Adiós, mi pasión por ese canto de guerra
palpitante de entusiasmo, símbolo de la más profunda sacudida del rebaño
humano! ¡Me persigue, me aturde, me penetra, me desespera! Tomo la
primer calle lateral y marcho durante diez minutos con rapidez. El ruido
se va alejando, la calma vuelve, hay un calor sofocante, pero respiro
libremente bajo el silencio. Dejo pasar una hora, porque me sería
imposible dormir: ¡mi cuarto da sobre el bulevar! Al fin me decido y
vuelvo al bullicio: las 12 de la noche han sonado y no queda ya en las
anchas veredas, desde el bulevar Montmartre hasta la plaza de la Opera,
sino uno que otro grupo de retardatarios, y aquellas sombras lívidas,
flacas y míseras, que corren a lo largo del muro y os detienen con la
falsa sonrisa que inspira una piedad profunda... Todo ha pasado, el
pueblo se ha divertido y M. Prud'homme, calándose el gorro de noche,
dice a su esposa: _Madame Prud'homme, on a beau dire: nous sommes dans
la décadence. Sous Sa Majesté Louis-Philippe!_
Otro aspecto de ese mundo infinito de París, en el que se confunden
todas las grandezas y miserias de la vida, desde las alturas
intelectuales que los hombres veneran, hasta los ínfimos fondos de
corrupción cuyos miasmas se esparcen por la superficie entera de la
tierra, es la sesión anual del Instituto para la distribución de
premios. Renán, no sólo debe presidir, lo que es ya un atractivo
inmenso, sino que pronunciará el discurso sobre el premio Monthyon,
destinado a recompensar la virtud.
El pequeño semicírculo está rebosando de gente; pero la concurrencia no
es selecta. Falta el atractivo picante de una recepción; sólo se ven las
familias de aquellos que la Academia ha sido bastante indiscreta para
designar a la opinión como los futuros laureados. Pero reina en aquel
recinto un aire tal de serenidad, se respira una atmósfera intelectual
tan suave y tranquila, que es necesario hacer un esfuerzo para
persuadirse de que se está en pleno París y en la sala de sesiones del
cuerpo que agita al mundo con sus ideas y progresos. Los ujieres son
políticos, afables, hablan gramaticalmente, como corresponde a cerebros
académicos, y cuando el extranjero les pregunta el nombre de alguno de
los inmortales cuya fisonomía le ha llamado la atención, responden con
suma familiaridad, como si se tratara de un amigo íntimo; _Mais c'est
Simon, Monsieur!--Pardon; et celui-là?--Ah! celui-là, c'est Labiche:
drôle de tête, hein?_
A las dos en punto de la tarde, las bancas se llenan y los miembros del
Instituto llegan con trabajo a sus asientos, invadidos por las señoras,
que obstruyen los pasadizos con sus colas y crinolinas. M. Renán ocupa
la presidencia, teniendo a su derecha a M. Gaston Boissier, y a su
izquierda a M. Camille Doucet, uno que agitará poco la posteridad. Los
tres ostentan la clásica casaca de palmas verdes, que les da cierto
aspecto de loros, aquella casaca tan anhelada por de Vigny, que el día
de su recepción, encontrando en los corredores de la Academia a
Spontini, con palmas hasta en la franja del pantalón, se echó en sus
brazos exclamando: _Ah! mon cher Spontini, l'uniforme est dans la
nature!_
Dejemos pasar un largo y correcto discurso de M. Doncet, que el anciano
lee en voz tan baja, que es penoso alcanzarla. Un gran movimiento se
hace, el silencio se restablece y una voz fuerte, ligeramente áspera,
empieza así: «Hay un día en el año, señores, en que la virtud es
recompensada». Es M. Renán quien habla.
Un vago enjambre de recuerdos vienen a mi memoria y agitan mi corazón.
La influencia de aquel hombre sobre mis ideas juveniles, la
transformación completa operada en mi ideal de arte literario por sus
libros maravillosos, la música inefable de su prosa serena y radiante,
aquella _Vida de Jesús_, libro demoledor que envuelve más poesía
cristiana que los _Mártires_, de Chateaubriand, libro de panegírico; sus
narraciones de historia, sus fantasías, sus discursos filosóficos, toda
su labor gigante, había forjado en mi imaginación un tipo físico
característico. Ese hombre tan odiado, contra el cual truena la voz de
millares de frailes, desde millares de púlpitos, debía tener algo del
aspecto satánico de Dante cruzando solitario y sombrío las calles de
Ravena; alto, delgado, grave y severo, con ojos de mirar intenso, cuerpo
consumido por la constante excitación intelectual... ¡Era un prior de
convento del siglo XV el que hablaba! Su ancha silla no podía contener
aquellos miembros voluminosos, repletos; un tronco obeso y prosaico, un
vientre enorme, pantagruélico... y la risa rabelesiana, franca, sonora,
que sacude todo el cuerpo. La cara ancha, sin barba, reposando sobre un
cuello robusto, con una triple papada, la mirada viva y maliciosa, los
ademanes sueltos y cómodos. ¡Qué espíritu, qué chispa! Habló dos horas
sobre la virtud, sencilla y alegremente, con elevación, con irresistible
elocuencia por momentos. Pero cada diez minutos asomaba su cabeza
juguetona _le mot pour rire_; él daba el ejemplo, dejaba el manuscrito,
comenzaba por sonreír, miraba a Julio Simon, que se retorcía a
carcajadas en un banco próximo, sobre todo cuando el _trait_ había
rozado de cerca la política y todo el voluminoso cuerpo de Renán se
agitaba como si Momo le hiciese cosquillas. Reíamos todos a la par y los
ujieres mismos se unían al gozoso coro. Cuando concluyó, dándonos las
gracias por haber ido a oírlo bajo aquella temperatura, lo que
constituía un acto de verdadera virtud, cuando se disipó la triple salva
de nutridos aplausos y me encontré en la calle tenía todavía en el oído
la voz jocosa y en los ojos las ondulaciones tumultuosas de aquel
vientre que se agitaba con el último soplo de la risa, gala del cura de
Meudon, más franca y comunicativa que el inextinguible reír de los
dioses de Homero.