De Buenos Aires a Burdeos.
De nuevo en el mar.--La bahía de Río de Janeiro.--La rada y la
ciudad.--Tijuca.--Las costas de África.--La hermana de caridad.--El
Tajo.--La cuarentena en el Gironde.--Burdeos.
_Once more upon the waters;_ _Yet once more!_
(BYRON, Ch. II. III.)
* * * * *
¡Eternamente bello ese arco triunfal del suelo americano! Parece que el
mar hubiera sido atraído a aquella ensenada por un canto irresistible y
que, al besar el pie de esas montañas cubiertas de bosques, al reflejar
en sus aguas los árboles del trópico y los elegantes contornos de los
cerros, cuyas almas dibujan sobre un cielo profundo y puro, líneas de
una delicadeza exquisita, el mismo océano hubiera sonreído desarmado,
perdiendo su ceño adusto, para caer adormecido en el seno de la armonía
que lo rodeaba. Jamás se contempla sin emoción ese cuadro, y no se
concibe cómo los hombres que viven constantemente con ese espectáculo al
frente, no tengan el espíritu modelado para expresar en altas ideas
todas las cosas grandes del cielo y de la tierra. Tal así, la naturaleza
helénica, con sus montañas armoniosas y serenas, como la marcha de un
astro, su cielo azul y transparente, las aguas generosas de sus golfos,
que revelan los secretos todos de su seno, arrojó en el alma de los
griegos ese sentimiento inefable del ideal, esa concepción sin igual de
la belleza, que respira en las estrofas de sus poetas y se estremece en
las líneas de sus mármoles esculpidos. Pero el suelo de la Grecia está
envuelto, como en un manto cariñoso, por una atmósfera templada y sana,
que excita las fuerzas físicas y da actividad al cerebro. Sobre las
costas que baña la bahía de Río de Janeiro, el sol cae a plomo en capas
de fuego, el aire corre abrasado, los despojos de una vegetación
lujuriosa fermentan sin reposo y la savia de la vida se empobrece en el
organismo animal.
Así, bajad del barco que se mece en las aguas de la bahía; habéis visto
en la tierra los cocoteros y las palmeras, los bananos y los dátiles,
toda esa flora característica de los trópicos, que hace entrar por los
ojos la sensación de un mundo nuevo; creéis encontrar en la ciudad una
atmósfera de flores y perfumes, algo como lo que se siente al
aproximarse a Tucumán, por entre bosques de laureles y naranjales, o al
pisar el suelo de la bendecida isla de Tahití... Y bien, ¡quedáos
siempre en el puerto! ¡Saciad vuestras miradas con ese cuadro
incomparable y no bajéis a perder la ilusión en la aglomeración confusa
de casas raquíticas, calles estrechas y sucias, olores nauseabundos y
atmósfera de plomo!... Pronto, cruzad el lago, trepad los cerros y a
Petrópolis. Si no, a Tijuca. Petrópolis es más grandiosa y los cuadros
que se desenvuelven en la magnífica ascención no tienen igual en la
Suiza o en los Pirineos. Pero prefiero aquel punto perdido en el declive
de dos montañas que se recuestan perezosamente una en brazos de la otra,
prefiero Tijuca con su silencio delicioso, sus brisas frescas, sus
cascadas cantando entre los árboles y aquellos rápidos golpes de vista
que de pronto surgen entre la solución de los cerros, en los que pasa
rápidamente, como en un diorama gigantesco, la bahía entera con sus
ondas de un azul intenso, la cadena caprichosa de la ribera izquierda,
las islas verdes y elegantes, la ciudad entera, bellísima desde la
altura. No llega allí ruido humano, y esa calma callada hace que el
corazón busque instintivamente algo que allí falta: el espíritu
simpático que goce a la par nuestra, la voz que acaricie el oído con su
timbre delicado, la cabeza querida que busque en nuestro seno un refugio
contra la melancolía íntima de la soledad...
¡Proa al Norte, proa al Norte!
Una que otra, bella noche de luna a la altura de los trópicos. El mar
tranquilo arrastra con pereza sus olas pequeñas y numerosas; los
horizontes se ensanchan bajo un cielo sereno. La soledad por todas
partes y un silencio grande y solemne, que interrumpe sólo la eterna
hélice o el fatigado respirar de la máquina. A proa, cantan los
marineros; a popa, aislados, algunos hombres que piensan, sufren y
recuerdan, hablando con la noche, fijos los ojos en el espacio abierto,
y siguiendo sin conciencia el arco maravilloso de un meteoro de
incomparable brillo que, a lo lejos, parece sumergirse en las calladas
aguas del Océano. Abajo, en el comedor, el rechinar de un piano agrio y
destemplado, la sonora y brutal carcajada de un jugador de órdago, el
ruido de botellas que se destapan, la vocería insípida de un juego de
prendas. Sobre el puente, el joven oficial de guardia, inmóvil,
recostado sobre la baranda, meciéndose en los infinitos sueños del
marino y reposando en la calma segura de los vientos dormidos. De
pronto, cuatro pipas encendidas como hogueras, aparecen seguidas de sus
propietarios. Hablan todos a la vez: cueros, lanas, géneros o aceites...
El encanto está roto; en vano la luna los baña cariñosa, los envuelve en
su encaje, como pidiéndoles decoro ante la simple majestad de su
belleza. Hay que dar un adiós al fantaseo solitario e ir a hundirse en
la infame prisión del camarote...
He aquí las costas de África, Goroa, con su vulgar aspecto europeo;
Dakar, con sus arenales de un brillo insoportable, sus palmas
raquíticas, su aire de miseria y tristeza infinita, sus negrillos en sus
piraguas primitivas o nadando alrededor del buque como cetáceos. La
falange de a bordo se aumenta; todos esos «pioneers» del África vienen
quebrantados, macilentos, exhaustos. Las mujeres transparentes,
deshechas, y aun las más jóvenes, con el sello de la muerte prematura.
Así subió en 1874 aquella dulce y triste criatura, aquella hermana de
caridad de 20 años, que volvía a Francia después de haber cumplido su
tiempo en los hospitales del Senegal. Silenciosa y tímida, quiso marchar
sola al pisar la cubierta; sus fuerzas flaquearon, vaciló y todas las
señoras que a bordo se encontraban, corrieron a sostenerla. Todos los
días era conducida al puente, para respirar y absorber el aire
vivificante del Océano: los niños la rodeaban, se echaban a sus pies y
permanecían quietecitos, mientras ella les hablaba con voz débil como un
soplo e impregnada de ese eco íntimo y profundo que anuncia ya la
liberación. ¡Jamás mujer alguna me ha inspirado un sentimiento más
complejo que esa joven desgraciada; mezcla de lástima, respeto, cariño,
irritación por los que la lanzaron a esa vía de dolor, indignación
contra ese destino miserable! Parecía confundida por los cuidados que le
prodigaban; hablaba, con los ojos húmedos, de los seres queridos que iba
a volver a ver, si Dios lo permitía... A la caída de una tarde serena se
abrió ante nuestras miradas ávidas el bello cuadro de la Gironde,
rodeado de encantos por las sensaciones de la llegada. La alegría
reinaba a bordo; se cambiaban apretones de manos, había sonrisas hasta
para los indiferentes. Cuando salvamos la barra y aparecieron las
risueñas riberas de Paulliac, con sus castillos bañados por el último
rayo de sol, sus viñedos trepando alegres colinas... la hermana de
caridad llevaba sus dos manos al pecho, oprimía la cruz y levantando los
ojos al cielo, rendía la vida en una suprema y muda oración... Cuando la
noticia, que corrió a bordo apagando todos los ruidos y extinguiendo
todas las alegrías, llegó a mis oídos, sentí el corazón oprimido, y mis
ojos cayeron sobre estas palabras de un libro de Dickens, que, por una
coincidencia admirable, acababa de leer en ese mismo instante: «No es
sobre el suelo donde concluye la justicia del cielo. Pensad en lo que es
la tierra, comparada al mundo hacia el cual esa alma angelical acaba de
remontar su vuelo prematuro, y decidme, si os fuere posible, por el
ardor de un voto solemne, pronunciado sobre ese cadáver, llamarlo de
nuevo a la vida, decidme si alguno de vosotros se atrevería a hacerlo
oír»...
¡Salud al Tajo _mezzo-cuale_! ¡Qué orillas encantadas! Es una
perspectiva como la de esos juguetes de Nuremberg, con sus campos verdes
y cultivados, sus casillas caprichosas en las cimas y los millares de
molinos de viento que, agitando sus brazos ingenuos, dan movimiento y
vida al paisaje. He ahí la torre de Belén, que saludo por quinta vez.
¿Cómo es posible filigranar la piedra a la par del oro y la plata? ¿De
dónde sacaban los algarbes el ideal de esa arquitectura esbelta,
transparente, impalpable? Hemos perdido el secreto; el espíritu moderno
va a la utilidad y la obra maestra es hoy el cubo macizo y pesado de
Regent's Street o de la Avenida de la Opera. Un albañil árabe ideaba y
construía un corredor de la Alhambra o del Generalife, con sus pilares
invisibles, sus arcos calados; todos los ingenieros de Francia se reúnen
en concurso, y el triunfador, el representante del arte moderno,
construye el teatro de la Opera, esto es, ¡un aerolito pesado, informe,
dorado en todas las costuras!
El ancla cae; una lancha se aproxima, dentro de la cual hay dos o tres
hombres éticos y sórdidos; se les alargan unos papeles en la punta de
una tenaza. Apruebo la tenaza, que garantiza la salud de a bordo,
probablemente comprometida con el contacto de aquellos caballeros.
Estamos en cuarentena. Los viajeros flamantes se irritan y blasfeman;
los veteranos nos limitamos a citarles el caso de aquel barco de vela
salido de San Francisco de California con patente limpia y llegado a
Lisboa, habiendo doblado el Cabo Hornos y después de nueve meses de
navegación, sin hacer una sola escala y que fue puesto gravemente en
cuarentena, a causa de haber arribado en mala estación. Porque es
necesario saber que en Lisboa la cuarentena se impone durante los
primeros nueve meses del año y se abre el puerto en los últimos tres,
haya o no epidemias en los puntos de donde vinieron los buques que
arriban a esa rada hospitalaria. Esta suspensión de hostilidades tiene
por objeto sacar a licitación la empresa del lazareto, fuente principal
de las rentas de Portugal. ¿Estamos?
Bajan veinte personas; cada una pagará en el lazareto dos pesos fuertes
diarios, es decir, todas, en diez días, dos mil francos. Venimos a bordo
más de 300 pasajeros, que descenderíamos todos si no hubiese cuarentena,
pasaríamos medio día y una noche en Lisboa, gastando cada uno, término
medio, en hotel, teatro, carruaje, compras, etc., 15 pesos fuertes;
total, unos 20.000 francos, aproximadamente, de los que cinco o seis
entrarían por derechos, impuestos, alcabalas, patentes y demás, en las
arcas fiscales. Economía portuguesa.
¡Qué rápida y curiosa decadencia la de Portugal! La naturaleza parece
haber designado a Lisboa para ser la puerta de todo el comercio europeo
con la América. Su suelo es admirablemente fértil y sus productos
buscados por el mundo entero. En los grandes días, tuvo el sol
constantemente sobre sus posesiones. Sus hazañas en Asia fueron útiles a
la Inglaterra. Vasco dobló el cabo para los ingleses, y los esfuerzos
para colonizar las costas africanas tuvieron igual resultado. La
independencia del Brasil fue el golpe de gracia, y en el día... ¡nadie
lee a Camöens!
El golfo de Vizcaya nos ha recibido bien y la Gironde agita sus flancos,
cruje, vuela, para echar su ancla frente a Pauillac antes de anochecer.
A lo lejos, entre las márgenes del río que empiezan a borrarse envueltas
en la sombra, vemos venir dos lanchas a vapor. Desde hace dos horas, la
mitad de los pasajeros están con su saco en la mano y cubiertos con el
sombrero alto, al que un mes de licencia ha hecho recuperar la forma
circular y que, al volver al servicio, deja en la frente aquella raya
cruel, rojiza, que el famoso capitán Cutler, de Dombey and Son,
ostentaba eternamente. Una lancha, es la de la agencia. Pero, ¿la otra?
Para nosotros, oh, infelices, que hemos hecho un telegrama a Lisboa,
pidiéndola, a fin de proporcionarnos dos placeres inefables; primero,
evitar ir con todos ustedes, sus baúles enormes, sus loros, sus pipas,
etc., y segundo, para pisar tierra veinte horas antes que el común de
los mortales. El patrón del vaporcito lanza un nombre; respondo, reúno
los compañeros, me acerco a algunas señoras para ofrecerles un sitio en
mi nave, que rehúsan pesarosas; un apretón de manos a algunos oficiales
de la Gironde que han hecho grata la travesía, y en viaje.
Es un sensualismo animal, si se quiere, pero no vivo en las alturas
etéreas de la inmaterialidad y aquella cama ancha, vasta, las sábanas de
un hilo suave y fresco, el silencio de las calles, el suelo inmóvil, me
dan una sensación delicada. Al abrir los ojos a la mañana, entra mi
secretario. Conoce Burdeos al revés y al derecho; ha visto el teatro,
los Quinquonces, ha trepado a las torres, ha bajado a las criptas y
visitado las momias, ha estado en la aduana y sabe qué función se da esa
noche en todos los teatros. Y entretanto, ¡yo dormía! El no lo concibe,
pero yo sí. A la tarde, le anuncio que me quedaré a reposar un par de
días en Burdeos y una nube cubre su cara juvenil. Tiene la obsesión de
París; le parece que lo van a sacar de donde está, que va a llegar
tarde, que es mentira, un sueño de convención, ajustado entre los
nombres para dar vuelta la cabeza a media humanidad... Así, ¡qué brillo
en aquellos ojos, cuando le propongo que se vaya a París esa misma
noche, con algunos compañeros, y que me espere allí! Titubea un momento;
yendo de noche, no verá las campiñas de la Turena, Angulema, Poitiers,
Blois, ¡pero París! ¡Y vibrante, ardoroso como un pájaro a quien dan la
libertad, se embarca con el alma rebosando llena de himnos!