Creo poder asegurar que el número total de argentinos que han llegado a
la ciudad de Bogotá desde el siglo XVI hasta la fecha, no excederá de
diez, inclusive el personal de la legación que iba por primera vez en
1881 a saludar al pueblo en cuyo seno se desenvolvió la acción de
Bolívar. Ese aislamiento terrible, consecuencia de las dificultades de
comunicación y causa principal, tal vez, de los tristes días por que ha
pasado la América española antes de su organización definitiva, no ha
sido tenido en cuenta por la Europa al formular sobre nuestro
desgraciado continente el juicio severo que aún no ha cesado de pesar
sobre nosotros. Nos ha faltado la solidaridad, la gravitación recíproca,
que une a los pueblos europeos en una responsabilidad colectiva, que los
mantiene en un diapasón político casi uniforme, y que alienta y sostiene
de una manera indirecta, en los momentos de prueba, al que flaquea en la
ruta. Las leyes históricas que presiden la formación de las sociedades,
se han desenvuelto en todo su rigor en nuestras vastas comarcas. El
esfuerzo del grupo intelectual se ha estrellado estérilmente durante
largos años contra la masa bárbara, representando el número y la fuerza.
La anarquía, esa cáscara amarga que envuelve la semilla fecunda de la
libertad, ha reinado de una manera uniforme en toda la América y por
procedimientos análogos en cada uno de los pueblos que la componen,
porque las causas originarias eran las mismas. Para algunos países
americanos, esos años sombríos son hoy un mal sueño, una pesadilla que
no volverá, porque ha desaparecido el estado enfermizo que la producía.
¿Qué extranjero podrá creer, al encontrarse en el seno de la culta
Buenos Aires, en medio de la actividad febril del comercio y de todos
los halagos del arte, que en 1820 los caudillos semibárbaros ataban sus
potros en las rejas de la plaza de Mayo, o que en 1840 nuestras madres
eran vilmente insultadas al salir de las iglesias? Si el camino material
que hemos hecho es enorme, nuestra marcha moral es inaudita. A mis ojos,
el progreso en las ideas de la sociedad argentina es uno de los
fenómenos intelectuales más curiosos de nuestro siglo. Y al hablar de
las ideas argentinas, me refiero a las de toda la América, aunque el
fenómeno, por causas que responden a la situación geográfica, a la
naturaleza del suelo y a la poderosa corriente de emigración europea, no
presenta en ninguna parte el grado de intensidad que en el Plata.
Los americanos del Norte recibieron por herencia un mundo moral hecho de
todas piezas: el más perfecto que la inteligencia humana haya creado. En
religión, el libre examen; en política, el parlamentarismo; en
organización municipal, la comuna; en legislación, el _habeas corpus_ y
el jurado; en ciencias, en industria, en comercio... el genio inglés. En
el Sur, la herencia fatal para cuyo repudio hemos necesitado medio
siglo, fue la teología de Felipe II, con sus aplicaciones temporales, la
política de Carlos V y aquel curioso sistema comercial que, dejando
inerte el fecundo suelo americano, trajo la decadencia de la España, ese
descenso sin ejemplo que puede encerrarse en dos nombres: de Pavía al
Trocadero. Así, cuando en 1810 la América se levantaba, no ya tan sólo
contra la dominación española, sino contra el absurdo, contra la
inmovilidad cadavérica impuesta por un régimen cuya primer víctima fue
la madre patria misma, se encontró sin tradiciones, sin esa conciencia
latente de las cosas de gobierno que fueron el lote feliz de los pueblos
que la habían precedido en la ruta de la emancipación. De los americanos
del Norte hemos hablado ya; hicieron una revolución «inglesa», fundados
en el derecho inglés. Por menos de las vejaciones sufridas, Carlos I
murió en el cadalso y Guillermo III subió al trono en 1688. Los
habitantes de los Países Bajos, al emprender su revolución gigantesca
contra la España absolutista y claustral, al trazar en la historia del
mundo la página que honra más tal vez a la especie humana, tenían
precedentes, se apoyaban en tradiciones, en la «Joyeuse Entrée», en las
viejas cartas de Borgoña. La Francia, en 89 tenía mil años de existencia
nacional, y si bien destruyó un régimen político absurdo, conservaba los
cimientos del organismo social--93 fue un momento de fiebre;--vuelta la
calma, la libertad conquistada se apoyó en el orden tradicional.
Nosotros, ¿qué sabíamos? Difícil es hoy al espíritu darse cuenta de la
situación intelectual de una sociedad sudamericana hasta principios de
nuestro siglo. No teníamos la tradición monárquica, que implica por lo
menos un ideal, un respeto, algo arriba de la controversia minadora de
la vida real. Jamás un rey de España pisó el suelo de la América para
mostrar en su persona el símbolo, la forma encarnada del derecho divino.
¡Virreyes ridículos, ávidos, sin valor a veces para ponerse al frente de
pueblos entusiastas por la dinastía, acabaron de borrar en la conciencia
americana el último vestigio de la veneración por el personaje fabuloso
que reinaba más allá de los mares desconocidos, que pedía siempre oro y
que negaba hasta la libertad del trabajo!
No sabíamos nada, ni cómo se gobierna un pueblo, ni cómo se organiza la
libertad; más aún, la masa popular concebía la libertad como una vuelta
al estado natural, como la cesación del impuesto, la abolición de la
cultura intelectual, el campo abierto a la satisfacción de todos los
apetitos, sin más límites que la fuerza del que marcha al lado, esto es,
del antagonista.
La revolución americana fue hecha por el grupo de hombres que habían
conseguido levantarse sobre el nivel de profunda ignorancia de sus
compatriotas. Las masas los siguieron para destruir, y en el impulso
recibido pasaron todos los límites. Al día siguiente de la revolución,
nada quedó en pie y los hombres de pensamiento que habían procedido a la
acción, fueron quedando tendidos a lo largo del camino, impotentes para
detener el huracán que habían desencadenado en su generoso impulso.
Entonces aparecieron el gobierno primitivo, la fuerza, el prestigio, la
audacia, reivindicando todos los derechos. ¿Formas, tradiciones,
respetos humanos? La lanza de Quiroga, la influencia del comandante de
campaña, la astucia gaucha de Rosas. Y así, con simples diferencias de
estilo e intensidad, del Plata al Caribe. Recibimos un mundo nuevo,
bárbaro, despoblado, sin el menor síntoma de organización racional[4]:
¡mírese la América de hoy, cuéntense los centenares de millares de
extranjeros que viven felices en su suelo, nuestra industria, la
explotación de nuestras riquezas, el refinamiento de nuestros gustos,
las formas definitivas de nuestro organismo político, y dígasenos qué
pedazo del mundo ha hecho una evolución semejante en medio siglo!
¿Quiere esto decir que todo está hecho? ¡Ah! no. Comenzamos. Pero las
conquistas alcanzadas no son de carácter transitorio, porque determinan
modos humanos, cuya excelencia, aprobada por la razón y sustentada por
el bienestar común, tiende a hacerlos perpetuos.
El primer escollo ha sido para nosotros, no ya la forma de gobierno, que
fue fatalmente determinada por la historia y las ideas predominantes de
la revolución, sino la naturaleza del gobierno republicano, su
aplicación práctica. La absurda concepción de la libertad en los
primeros tiempos originó la constitución de gobiernos débiles, sin
medios legales para defenderse contra las explosiones de pueblos sin
educación política, habituados a ver la autoridad bajo el prisma
exclusivo del gendarme. Esa debilidad produjo la anarquía, hasta que la
reacción contra ideas falsas y disolventes, ayudada por el cansancio de
las eternas luchas intestinas, trajo por consecuencia inmediata los
gobiernos fuertes, esto es, las dictaduras. Y así han vivido la mayor
parte de los pueblos americanos, de la dictadura a la anarquía, de la
agitación incesante al marasmo sombrío. Es hoy tan sólo, cuando empieza
a incrustarse en la conciencia popular la concepción exacta del
gobierno, que se dota a los poderes organizados de todos los medios de
hacer imposible la anarquía, conservando en manos del pueblo las
garantías necesarias para alejar todo temor de dictadura. En ese
sentido, la América ha dado ya pasos definitivos en una vía
inmejorable, abandonando tanto el viejo gusto por los prestigios
personales, como por las utopías generosas pero efímeras de una
organización política basada en teorías seductoras al espíritu, pero en
completa oposición con las exigencias positivas de la naturaleza humana.
Sólo así podremos salvarnos y asegurar el progreso en el orden político.
Soñar con la implantación de una edad de oro desconocida en la historia,
consagrar en las instituciones el ideal de los poetas y de los filósofos
publicistas de la escuela de Clarke, que escribía en su gabinete una
constitución para un pueblo que no conocía, es simplemente pretender
substraernos a la ley que determina la acción constante de nuestro
organismo moral, idéntico en Europa y en América. Reformar, lentamente,
evitar las sacudidas de las innovaciones bruscas e impremeditadas
conservar todo lo que no sea incompatible con las exigencias del
espíritu moderno; he ahí el único programa posible para, los americanos.
Puede hoy decirse con razón que el triste empleo de intendente de
finanzas, en las viejas monarquías, se ha convertido en el primer cargo
del gobierno en nuestras jóvenes sociedades. El estudio de las
necesidades del comercio, la solicitud previsora que ayuda al desarrollo
de la industria, la economía y la pureza administrativas, son hoy las
fuentes vivas de la política de un país. «Hacedme buena política y yo os
haré buenas finanzas», decía el barón Louis a Napoleón. En el mundo
actual, una inversión de la frase debiera constituir el verdadero
catecismo gubernamental.
En cuanto a la situación de la América en el momento en que escribo
estas líneas, puede decirse en general que, salvo algunos países como la
República Argentina y Méjico, que marchan abiertamente en la vía del
progreso, está pasando por una crisis seria, cuyas consecuencias tendrán
indiscutible influencia sobre sus destinos. Una guerra deplorable, por
un lado, cuyo término no se entrevó aún, ha llevado la desolación a las
costas del Pacífico hasta el Ecuador. La patria de Olmedo es hoy el
teatro de una de esas interminables guerras civiles cuya responsabilidad
solidaria arroja el espíritu europeo sobre la América entera.
La guerra del Pacífico fue el primero de los graves errores cometidos
por Chile en los últimos cuatro años. No es este el momento, ni entra en
mi propósito estudiar las causas que la originaron ni establecer las
responsabilidades respectivas; pero no cabe duda que la influencia
irresistible de Chile, la lenta invasión de su comercio y de su
industria a lo largo de las costas del Océano, desde Antofagasta a
Panamá, se habría ejercido de una manera fatal, dando por resultado la
prosperidad chilena, más seguramente que por la victoria alcanzada. En
1879 el que estas líneas escribe visitó los países que habían iniciado
ya la larga contienda. Recorriendo mis apuntes de esa época, algunos de
los que han sido publicados, veo que los acontecimientos han justificado
mis previsiones, cuando auguraba la victoria de Chile y no veía más
medio de poner término a la lucha que la interposición amistosa de los
países que se encontraban en situación de ser oídos por los
beligerantes.
Chile, por la gravedad de sus exigencias, perdió dos ocasiones
admirables de arribar a la paz: después de la toma de Arica y después de
la ocupación de Lima. La victoria no había podido ser más completa;
Bolivia, en el hecho, se había retirado de la lucha, y el Perú estaba
exánime a sus pies, desquiciado, sin formas orgánicas, sin gobierno. La
desmembración exigida, el vilipendio de un vasallaje disfrazado, la dura
actitud del vencedor, hicieron imposible la formación de un gobierno
capaz de aceptar tales imposiciones. Actitudes semejantes traen
obligaciones gravísimas; se necesita, para hacerlas fecundas, una
rapidez de acción y una cantidad de elementos de que Chile no podía
disponer. Después de Chorrillos, era necesario marchar, sobre Arequipa,
ocupar firmemente el Perú entero, esto es, proceder a la prusiana. Chile
se ha estrellado contra esa imposibilidad material; sólo es dueño de la
tierra que pisan sus soldados, pero sus soldados no son numerosos y en
cada encuentro, aunque la victoria le quede fiel, sus filas clarean y no
es ya posible reemplazar las bajas. Si se piensa que Chile no tiene
inmigración que trabaje, mientras sus hijos se baten, se comprenderá la
penosa situación de la agricultura y de la minería, los dos principales
ramos de la industria chilena. Luego, la creación de un elemento
militar, cuyos males están aún sin conocerse por Chile, el
desenvolvimiento de una inmensa burocracia por las necesidades de la
ocupación, los gastos enormes que ésta importa, la corrupción, que es
una consecuencia fatal de tales situaciones, el decaimiento del
comercio, son razones más que suficientes para preocupar a los chilenos
que aman a su país y miran al porvenir.
Chile, inspirado por un orgullo nacional mal entendido, ha dificultado
la acción de los gobiernos que en nombre de sentimientos de humanidad y
alta política hubieran deseado ofrecer sus buenos oficios para preparar
una solución. Fue un error cuyas consecuencias sufre en este momento.
En cuanto al Perú, su situación es tan deplorable, que no se concibe que
la prolongación de la lucha pueda empeorarla. Rara vez se ha visto en la
historia la desaparición más completa de un país, en sus formas
ostensibles. Pero esta larga y terrible crisis ha puesto de manifiesto
la profunda debilidad de su organización y los vicios que la minaban.
Cuando la paz se haga, y algún día se hará, el Perú saldrá lentamente de
su tumba, pensando en hacer vida nueva, en la paz, en el orden y el
trabajo. Maldecirá los raudales de oro del guano y el salitre, y sólo se
ocupará de cultivar su suelo admirable. La lección ha sido sangrienta;
pero la vida de los pueblos no es de un día, y pronto las amargas horas
pasadas aparecerán a los peruanos como el punto de partida de una época
de prosperidad.
En las páginas que van a leerse, dedicadas en su mayor parte a Colombia
y Venezuela, se verá cuál es la situación de ambos países. He sido
relativamente parco en mi apreciación de la actualidad de Venezuela,
porque se encuentra en un momento de plena evolución. El hombre que hoy
la gobierna, el general Guzmán Blanco, representa sin duda un régimen al
que los argentinos tenemos el derecho histórico de negar nuestras
simpatías. Pero sería una torpeza confundirlo con los vulgares
dictadores que han ensangrentado el suelo de la América. El progreso
material de Venezuela bajo su gobierno es indiscutible, y la paz, que ha
sabido conservar en un país donde la guerra hasta ahora diez años era el
estado normal, le será contada como uno de sus mejores títulos por el
juicio de la posteridad. Pero, lo repito, no es este el momento de
formular una opinión sobre Venezuela; ensaya sus nuevas instituciones,
tantea la adaptación de nuevas industrias a su suelo maravilloso y
pasarán algunos años antes que su reciente organización tome caracteres
definitivos.
Los países americanos situados sobre el Atlántico han sentido más rápida
e intensamente la acción de la Europa, fuente indudable de todo
progreso, y han conseguido emanciparse más pronto de la rémora
colonial. Es con legítimo orgullo cómo un argentino puede hablar hoy de
su país, porque no hay espectáculo que levante y consuele más el corazón
de un hombre, que el de un pueblo laborioso, inteligente y ávido de
desenvolvimiento, marchando con firmeza, al amparo del orden y de la
libertad, en el camino de sus grandes destinos. El ejemplo de prudencia
admirable que en sus relaciones internacionales ha dado la República
Argentina, no será infecundo para la América. Con tradiciones guerreras,
con un pueblo habituado a la lucha constante, para el que los combates,
como para los viejos germanos, tienen atractivos irresistibles,
sosteniendo causas consagradas por un derecho palmario, hemos sabido
acallar los enérgicos ímpetus del patriotismo entusiasta, para
encerrarnos y perseverar en una política correcta y prudente que al fin,
honorablemente, nos ha dada la más grande de las victorias que puede
alcanzar un pueblo americano: la paz.
Erigido el principio de arbitraje en invariable línea de conducta,
resolvimos por ese medio las cuestiones que había suscitado la guerra
con el Paraguay, a la que tan bárbaramente se nos provocó en 1865. Más
tarde, la larga controversia de límites con Chile fue resuelta por una
transacción directa que, no sólo satisfizo el honor de ambas naciones,
sino que aseguró al comercio universal la libre navegación y la
neutralidad del Estrecho de Magallanes. Sólo tenemos pendiente en el día
de la fijación definitiva de nuestras fronteras con el Brasil. En
documentos que han visto la luz pública, el gobierno argentino ha
propuesto ya al gabinete de San Cristóbal la adopción del arbitraje. Sea
por este medio, sea por transacción directa, hay el derecho de esperar
que la cuestión será resuelta sin necesidad de apelar a la guerra, cuyos
resultados serían fatales seguramente a aquel de los dos pueblos cuya
obstinación la haga imprescindible.
La era de las discordias civiles se ha cerrado también en el suelo
argentino, porque las causas que la producían han cesado, con la
organización definitiva de la nación. Desde los extremos de la Patagonia
a los límites con Bolivia, desde los márgenes del Plata al pie de los
Andes, no se oye hoy sino el ruido alentador de la industria humana, no
se ven sino movimientos de tierra, colocación de rieles, canalizaciones,
instalaciones de máquinas, cambios diorámicos de suelos vírgenes en
campos labrados. Las ciudades se transforman ante los ojos de sus
propios hijos que miran absortos el fenómeno; las rentas públicas se
duplican; el oro europeo acude a raudales, para convertirse en obras de
progreso; el crédito se extiende y se afirma; la emigración aumenta.
Tenemos motivos de pura satisfacción, pero al mismo tiempo graves
responsabilidades. Es necesario conservar la paz interna a todo trance y
hacer una verdad constante de nuestras instituciones; en una palabra:
seguir la ruta en que marchamos.
Si hay algún país americano en estos momentos cuya situación requiera
calma, prudencia sabia, en una palabra, es indudablemente el Brasil;
gobernado por un príncipe que ha sabido conquistar el cariño de sus
súbditos y el respeto del mundo, tiene elementos en su seno para
conjurar los graves peligros que lo amenazan. Su situación financiera no
es tranquilizadora; el aumento de los gastos sin una progresión análoga
en los ingresos, los empréstitos sucesivos en vista de la adquisición de
elementos de guerra y las deficiencias dolorosamente comprobadas en el
sistema administrativo: he ahí las causas principales de una crisis que
no tardará en tomar proporciones alarmantes. Por otro lado, pronto
desaparecerá--y para siempre--de la constitución brasileña la triste
sombra de la esclavitud. Sea falta de previsión en el gobierno, sea
enceguecimiento sistemático de los propietarios rurales, el hecho es
que, si bien esa liberación será un honor para el Brasil, su industria
va a pasar por un momento angustioso cuando sea necesario acudir al
trabajo libre para reemplazar al trabajo esclavo. La aparición de la
cuestión de salarios, de las huelgas, la escasez de brazos por la
insignificante inmigración, la difícil vigilancia policial sobre el
millón y medio de negros que de la noche a la mañana van a recuperar su
libertad, muchos de ellos lleno el corazón de odios, todas las
dificultados de un cambio radical van a constituir una crisis económica
formidable.
Por otro lado, la situación política amenaza perturbaciones, el espíritu
democrático gana camino cada día, así como los síntomas de segregación
en un porvenir no lejano. Falta homogeneidad en ese vasto y despoblado
territorio; las aspiraciones de los tres grupos del Norte, Centro y Sur,
no siguen rutas paralelas. Una agitación sorda trabaja las provincias
del Imperio, y la dinastía, personificada en absoluto en el Emperador
dignísimo que rige los destinos de este pueblo, corre grandes riesgos de
desaparecer el día, que Dios aleje, de la muerte de Don Pedro II.
Pueden fácilmente adivinarse el resultado y las consecuencias para el
Brasil, si su mala estrella lo lleva en las actuales circunstancias a
suscitar una guerra americana. Hay, indudablemente, un partido que la
desea, sea guiado por sentimientos de un egoísmo antipatriótico, sea en
la esperanza de romper el nudo de dificultades por el sistema de
Alejandro. Bueno es no olvidar que el instrumento indispensable para esa
operación es, ante todo, la espada del héroe macedonio.
El Brasil, lo repito, puede conjurar sus peligros con una política
internacional franca y pacífica, con reformas radicales en su sistema
financiero, y con una aplicación más práctica y verdadera del régimen
parlamentario. De él, exclusivamente de él, depende vivir en paz con
todos los pueblos de América, que aplaudirían sus progresos, pero que
opondrían una muralla de acero a lodo acto inspirado por ambición de
engrandecimiento territorial.
El Uruguay no ha salido aún de la época difícil; el militarismo impera
allí y el elemento inteligente ha sido diezmado en el esfuerzo generoso
por implantar la libertad. Los destinos de ese pedazo de tierra
maravillosamente dotado, constituyen hoy uno de los problemas más graves
de la América. Antigua provincia del virreinato del Río de la Plata, el
pueblo oriental tiene la misma sangre, las mismas tradiciones, el mismo
idioma, que el que a su lado marcha al progreso a pasos de gigante. Las
leyes históricas de atracción parecen dibujar una solución mirada con
ojos simpáticos a ambas márgenes del inmenso estuario común, pero que
ningún gobierno argentino provocará por medios violentos. El día que los
orientales pidan, por la voz de un congreso, volver a ocupar su puesto
en el seno de la gran familia, serán recibidos con los brazos abiertos y
ocuparán un sitio de honor en la marcha del progreso, como lo ocuparon
siempre en las batallas donde corrió mezclada su sangre con la
argentina. Entretanto, el que atribuya al gabinete de Buenos Aires
propósitos anexionistas, se engaña por completo. En primer lugar,
nuestro sistema federal no permite sino incorporaciones de Estados
federativos, y en segundo término, la política argentina tiene por base
inmutable el respeto a la voluntad popular. Jamás, por la violencia, se
aumentará en un palmo el territorio argentino.
Amo mi buena tierra americana sobre todas las regiones de la tierra. ¿Es
porque en ella se extienden los campos de mi patria, de la que mi alma
vive cerca, aunque de lejos mi cerebro se consuma por ella en el anhelo
ardiente de servirla? ¿Es porque en la colectividad moral de los hombres
que la habitan, veo brillar la altura del carácter, la abnegación de la
vida, la lealtad y el honor? No lo sé; pero en mis momentos de duda
amarga, cuando mis faros simpáticos se oscurecen, cuando la corrupción
yanqui me subleva el corazón o la demagogia de media calle me enluta el
espíritu en París, reposo en una confianza serena y me dejo adormecer
por la suave visión del porvenir de la América del Sur; ¡paréceme que
allí brillará de nuevo el genio latino rejuvenecido, el que recogió la
herencia del arte en Grecia, del gobierno en Roma, del que tantas cosas
grandes ha hecho en el mundo, que ha fatigado la historia!
Si es una ilusión, perseveremos en ella y hagámonos dignos de que nos
visite con frecuencia; sólo pensando en cosas grandes se prepara el alma
a ejecutarlas. Que un americano descienda a lo más íntimo de su ser,
donde palpita un átomo del alma de su pueblo, que la consulte, y luego
de comprobadas sus pulsaciones vigorosas, se atreva a negar que está
pronto a todas las evoluciones que puedan llevar a la cumbre. Los
hombres no son nada, las ideas lo son todo. Las rencillas locales son
ínfimas miserias que enferman y esterilizan el espíritu de aquel que de
ellas se ocupa; hay algo más arriba, es el porvenir, es la suerte de
nuestros hijos, es el honor de nuestra raza. Al trabajo, pues; el tiempo
vuela y a su amparo las transformaciones se operan como si la mano de
Dios las produjera.
Septiembre, 1883.