prometió dejar algún dinero en pago, y quedó resuelto. Descolgáronse
hasta el pesebre por uno de los agujeros que había sobre él. Las vacas,
al ver aquellos intrusos bajar apoyando los pies cerca de sus cuernos,
sacudieron con susto las cadenas que las sujetaban. El establo se
hallaba bastante oscuro; sólo por las grietas de la puerta y por un
ventanillo que la pared tenía penetraban algunos delgados hilos de luz,
en los cuales bailaba el polvo.
Andrés no sabía ordeñar; Rosa sí, y desde luego se dispuso a hacerlo.
Mas se ofreció una dificultad: no tenían vasija. Buscaron y rebuscaron
por todos los rincones del establo, y al fin dieron, allá sobre la viga,
con una muy tosca de madera. Rosa soltó una de las crías, que fue
derechamente a meterse entre las patas de la madre, y comenzó a mamar
con ansia, dándole frecuentes cabezadas para que la leche bajase. Los
jóvenes contempláronla risueños. Al cabo de un rato, Rosa la arrancó a
viva fuerza de allí, y volvió a sujetarla al pesebre: después se puso a
ordeñar, dándose muy buena traza. Cuando hubo mediado el jarro de
madera, se lo ofreció a Andrés, pero éste negose a aceptarlo
galantemente si antes ella no bebía. La leche caliente y espumosa dejó
en los labios de Rosa un cerco blanco a modo de bigote. Andrés se lo
quitó, riendo, con un beso. En seguida bebió lo que restaba. Aquel
desayuno campestre les infundió alegría: sin saber por qué, reían al
mirarse. El joven cortesano sacó una moneda de plata y la echó en la
vasija. A la aldeana le pareció un despilfarro escandaloso: la leche
que habían tomado valía muy poco; quiso metérsela de nuevo en el
bolsillo; pero Andrés persistió en dejarla, y la dejó. Después subieron
nuevamente al pajar, y convinieron en que Rosa permaneciese inmóvil y
bien oculta entre la yerba por si José venía, mientras el joven bajaba
al pueblo y avisaba a la prima Máxima para que le subiese ropa.
Saltó desde la ventana al suelo sin apoyarse en nada, y se dispuso a
descender a la aldea, que estaba a poco trecho de allí, asentada en la
falda de la colina. La mañana era espléndida y fresca. El sol, que
relucía vivo y hermoso en el azul del cielo, no bastaba a templar la
brisa fina que llegaba de las montañas, donde algún día que otro
comenzaba ya a cuajar la nieve. El valle de Marín era más estrecho que
el de Riofrío, pero no menos risueño y ameno. Ofrecía, por la estación
en que nos hallamos, un tono amarillo que los rayos del sol tornaban
brillante y dorado. Los castañares y los bosques de hayas, con su
follaje gualdo y verde, semejaban grandes telas de brocado extendidas
sobre los collados y las montañas. Los blancos caseríos colgados aquí y
allá, unos enfrente de otros, se enviaban un saludo matinal. En torno de
la aldea había un círculo de árboles que apenas le daban sombra ya. Allá
en el fondo brillaba como un cristal el río, entre el follaje marchito
de las plantas acuáticas.
Andrés se sintió alegre y satisfecho, a pesar de los cuidados que le
imponía la situación original en que se había colocado. Con la salud le
había venido la fuerza para afrontar los reveses de la vida. El sosiego
del campo, obrando como un calmante sobre su excitado organismo, había
logrado darle confianza en sí mismo y aplomo. En aquel instante gozaba
como nunca de la plenitud de la vida: su corazón latía firme y
acompasado: la alegría que rebosaba del cielo y de la tierra penetraba
en su ser como un bálsamo fortificante. Bajó a paso vivo por la húmeda
pradera, después saltó a un camino que iba en dirección a la aldea. La
tierra, cubierta de escarcha dura y seca, sonaba bajo sus pies. Llegó a
la vista del pueblo y lo atravesó por el medio. Era más chico que
Riofrío, y no llano como éste, sino pendiente: las casas pequeñas y
desiguales, con toscos corredores de madera, de los cuales pendían
largas ristras de mazorcas de maíz que amarilleaban al sol como
preciosos tapices de tisú de oro. En aquel instante todo era animación y
bullicio por las calles. No sólo los vecinos, sino mucha gente llegada
la víspera, discurría por ellas alegremente, hablando en alta voz,
riendo y llamándose a gritos. Debajo de los hórreos, descansando sobre
tableros improvisados, había grandes zaques de vino bien repletos que no
tardarían en deshincharse. Atados a las rejas de las ventanas estaban
muchos rocines enjaezados de los romeros que acababan de llegar. Los
chicos, aspados dentro de los trajes nuevos que estrenaban, formaban
numeroso grupo que giraba anhelante y respetuoso en torno del cohetero.
Por encima de las doradas mazorcas asomaban la cabeza, adornada ya con
pañuelos de colores chillones, las jóvenes aldeanas. Algunos galanes, de
calzón corto de pana y chaqueta verde o amarilla, platicaban con ellas
desde abajo, con la montera terciada sobre una oreja para más presumir.
Algún que otro borracho matutino excitaba la risa de la gente que andaba
cerca con sus groseras ocurrencias.
Andrés pasó por el pueblo despertando curiosidad, no sorpresa, porque
solían acudir a la fiesta, muy celebrada en los contornos, algunos
señoritos de Lada. Rosa le había dicho que la casa de la tía Eugenia
estaba hacia la salida. Cuando se vio cerca preguntó por Máxima a una
joven que se peinaba a la puerta de casa, delante de un espejillo roto.
--Allí la tiene usted... ¿No ve aquella moza del pañuelo blanco que
limpia la ropa a un chico?... Esa es.
El joven se dirigió a ella, y un poco avergonzado le contó cómo su prima
Rosa había huido de casa, a consecuencia de una paliza que el padre la
había dado, y que se hallaba escondida en el establo del tío Indalecio
esperando que la subiesen alguna ropa, pues estaba medio desnuda. La
prima mostrose complaciente y dispuesta a llevarle lo que le hiciese
falta en seguida. Andrés le suplicó que guardase el secreto y lo
prometió. Quedaron convenidos en que mientras ella subía al establo en
busca de Rosa, él se quedaría en el pueblo para disimular. Y, en efecto,
comenzó a pasear por la calle, al intento de que le viesen. Al cabo
tropezó con dos paisanos de Riofrío, y entró debajo de un hórreo con
ellos a beber una copa. Cuando le pareció que Rosa y Máxima tenían ya
tiempo para estar de vuelta, despidiose y se dirigió a casa de la tía
Eugenia. Recibiole ésta, que ya estaba en el secreto, con la
satisfacción hipócrita y el servilismo que despliega la gente del campo
ante los señores. Rosa se estaba arreglando en el cuarto de su prima. La
vieja se dolió de los malos tratos que el padre la daba, y refirió al
joven la historia de todos los disgustos que con su cuñado había tenido,
achacándolos al carácter díscolo y egoísta de éste: habló con
enternecimiento de su difunta hermana, que había sido muy desgraciada:
no se dio por entendida de la escapatoria ni de la clase de interés que
su sobrina podía inspirar al joven cortesano. Al fin, presentose Rosa.
Llegaba vestida de nuevo con saya negra de estameña que dejaba ver
medias blancas y finas, delantal bordado de flores, dengue de pana,
corales a la garganta, y ceñida la cabeza con un pañuelo colorado de
seda cuyos flecos le caían graciosamente sobre las sienes. Máxima había
sacado, por vanidad, el fondo del baúl para vestirla. Presentose
sonriente y roja como una amapola. Nunca le pareció tan linda a Andrés.
El pañuelo bermejo, por debajo del cual asomaban los rizos de un cabello
negro y brillante como el ébano, hacía resaltar su rostro trigueño,
iluminado ahora por una sonrisa y encendido por el rubor. Clavó sus ojos
en ella con expresión de gozo y de sincero afecto, como si hallase a una
prenda del corazón a quien no hubiese visto en mucho tiempo, como si
Rosa fuera ya un ser que le perteneciese. Esta mirada llegó hasta el
fondo del alma de la aldeana. No supieron qué decirse. Por fin, Andrés
pronunció algunas palabras incoherentes sobre lo bien que le sentaba el
traje de su prima. La tía Eugenia y Máxima los contemplaban sonriendo
maliciosamente.
A las once se celebraba la misa solemne de la parroquia, y como ya
habían repicado la segunda vez, todos en la casa se dispusieron a salir
para oírla. La tía Eugenia, Andrés, Rosa, Máxima y un sobrinito que
tenían consigo se echaron fuera de casa, dejándola cerrada. La gente que
circulaba por la calle comenzó a moverse también en dirección a la
iglesia. Andrés marchaba delante, con Rosa y Máxima. La tía Eugenia los
escoltaba dando la mano al pequeño. Por el camino, que era quebrado y
ameno y muy sombreado de árboles, como casi todos los de la montaña,
Rosa y Andrés no cesaron de hablarse con los ojos tiernamente, mientras
los labios articulaban palabras insignificantes acerca de la fiesta, del
tiempo o de la hoguera de la noche anterior. Cuando Máxima sorprendía
entre ellos alguna mirada cariñosa, bajaba la vista, sonriendo con
malicia: mostrábase complaciente con exceso; les tiraba de la lengua
para que se dijesen amores en su presencia; daba leves empujones a Rosa
para que se aproximase más al joven; les hacía preguntas un tantico
impertinentes que los ruborizaba; adoptaba, en fin, una actitud
protectora, que Andrés encontraba muy chistosa. En aquel momento, el
joven cortesano lo encontraba todo bello. Sus labios iban constantemente
plegados con una sonrisa feliz.
La iglesia era más gallarda que la de Riofrío, muy bien enjalbegadita.
Estaba asentada sobre un descanso que hacía la falda de la montaña:
detrás tenía por escolta un vasto y hermoso castañar en declive. Como
era tanta la gente que acudía a oír la misa solemne, ésta se celebraba
al aire libre en un altar erigido en la trasera de la iglesia. Los
fieles la oían esparcidos debajo de los castaños. Debajo de los castaños
había también una tribuna para los cantores formada con cuatro bancos.
El altar estaba protegido por un dosel o toldo formado con colchas: a la
izquierda habían colocado un púlpito para el predicador.
Andrés, Rosa, la tía Eugenia y Máxima se sentaron a la sombra de un
castaño, aguardando la misa. Los contornos de la iglesia ofrecían grata
perspectiva. Los romeros hormigueaban por todas partes con mucha
algazara. Algunos clérigos, con sobrepelliz, se movían aceleradamente
entre el concurso, arreglando los preparativos. El gaitero y tamborilero
ocupaban su sitio de honor en la tribuna, y el cohetero, rodeado siempre
de un enjambre de chicos, se mantenía en lugar apartado con un haz de
cohetes en la una mano y una mecha encendida en la otra, grave, inmóvil,
silencioso, bien persuadido de su alto y principalísimo destino.
Salió por fin el clérigo oficiante, seguido del diácono y subdiácano. La
casulla y las capas pluviales brillaron al sol despidiendo vivos
reflejos. La muchedumbre se acomodó para asistir al oficio divino con
grave y prolongado rumor, que fue poco a poco apagándose. Soltaron la
voz los clérigos y aficionados de la tribuna. Detrás de los clérigos que
celebraban, a guisa de ayudante, vestido también con sobrepelliz,
manejando un enorme incensario, vio Andrés a Celesto. Su nariz relucía a
la luz del sol como una guindilla.
La misa era larga y pesada. Andrés no lo advirtió. Mientras el sacerdote
oficiaba y la muchedumbre atendía prosternada, sus ojos apenas se
apartaban de los de Rosa, que muy a menudo los volvía también hacia él,
húmedos y extáticos. El sitio que ocupaban era muy agradable.
Descubríase desde allí todo el hermoso valle de Marín. Corría un
fresquecillo ligero y sano que agitaba los árboles. Las hojas marchitas
se desprendían, giraban un momento y caían después como lluvia sobre el
césped. Cuando el sacerdote elevó la Hostia, la gaita y el tambor
tocaron con brío la marcha real, el hombre de los cohetes disparó
profusión de ellos en un instante; la muchedumbre se inclinó aún más,
hasta tocar casi con la frente en el suelo. Andrés sintió un
enternecimiento singular, y antes de levantarse, buscó a tientas la mano
de Rosa y la apretó suavemente.
Cerca de terminarse la misa, Celesto comenzó a hender trabajosamente la
muchedumbre arrodillada, dando a besar un escapulario. Cuando tropezó
con Andrés y le vio al lado de Rosa, no pudo reprimir un movimiento de
sorpresa; pero al instante se recobró y les tendió el escapulario, que
ellos besaron devotamente.
Cuando todo hubo concluido, Andrés, que conocía la avaricia de los
paisanos en general y de los parientes de Rosa en particular, en vez de
aceptar los ofrecimientos de la tía Eugenia, la invitó a comer en alguna
taberna, juntamente con Máxima, Celesto y D. José el excusador, que
había cantado en la misa. Por indicación del seminarista, muy versado en
estos asuntos, bajaron al lagar de don Pedro, situado en el fondo del
valle, a unos trescientos pasos del pueblo. Era un edificio rústico, que
por un lado miraba a la pomarada y por otro a un vasto campo de regadío,
en el cual, por ser el único sitio llano y despejado que había cerca,
celebrábase la romería, con permiso de su propietario. Como había ya
alguna gente dentro del lagar, Andrés preguntó a la tabernera si les
podían servir la comida en la pomarada. Respondió que sí, y acto
continuo se colaron de rondón en ella. Mientras la recorrían de un cabo
a otro para hacer tiempo, Celesto, llamando aparte a Andrés, quiso
sonsacarle y enterarse del motivo de estar allí Rosa. El joven replicó
que, no pudiendo marcharse aquel día por estar descalzo el caballo de su
tío, había venido a la fiesta de Marín, donde se había tropezado
casualmente con Rosa. Mirole el seminarista como diciéndole: ¡a mí con
esas! pero se calló respetuosamente.
Sentáronse para comer debajo de un manzano, cuyas ramas, pendientes
hasta tocar con las puntas en el suelo, formaban una glorieta natural.
Andrés se tendió al lado de Rosa como amante rendido, aprovechando todas
las coyunturas para decirle al oído palabras azucaradas. La joven
escuchábalas aturdida, embelesada, los ojos húmedos, las mejillas
encendidas: gustaba con delicia aquella miel, percibiendo, no obstante,
un dejo amargo en el fondo, por el vago presentimiento de las desgracias
que la amenazaban.
La tabernera les sirvió una fuente enorme de jamón con tomate. Todos la
atacaron ardorosamente. Andrés, después de hacer plato a Rosa, se
sirvió también con mano larga.
--¿Se acuerda usted, amigo Celesto--dijo metiendo un buen pedazo en la
boca,--de cuando usted me compadecía por no poder comerme un plato de
jamón con tomate?
--Hombre, es verdad--repuso el seminarista levantando los ojos con
admiración.--¡Parece mentira lo que usted ha cambiado, D. Andrés!
Todos le felicitaron. Comieron alegremente; corrió bastante el jarro del
vino; Andrés bebía sidra embotellada: cambiáronse muchas pullas entre
Celesto, Máxima, Andrés y el excusador. El follaje amarillento del pomar
quebraba los rayos del sol. La brisa de la montaña los templaba.
Respirábase un ambiente embalsamado por el aroma de la yerba y de las
manzanas apiladas. La alegría se apoderó de todos. Rosa, que había
sonreído melancólicamente hasta entonces, recobró su carácter
bullicioso. Cuando terminaron, ella, Máxima y Andrés se pusieron a
retozar entre los árboles, persiguiéndose con gritos. Sentábanse a
descansar breves instantes formando grupo debajo de algún árbol y en
seguida tornaban al juego con más ardor.
Habían entrado en la finca algunos paisanos de los que bebían en el
lagar, para seguir haciéndolo en compañía del excusador y Celesto. La
tía Eugenia charlaba con la tabernera algo más lejos. Al cabo de un rato
había estallado ya fuerte disputa metafísica entre don José y el
seminarista, que los aldeanos escuchaban boquiabiertos. Versaba sobre la
diferencia que existe entre la _sustancia_ y el _atributo_, las cosas
que existen _per sé_ y las que sólo existen con relación a otras. Los
campeones sostenían encendidos, encolerizados, sus opiniones, tomando
como ejemplo para la defensa los objetos tangibles que tenían delante,
el jarro, los vasos, los tenedores. Tanto se fue enredando la disputa y
tan altas fueron las voces, que Andrés y sus amigos se acercaron. Y
pasando de lo abstracto a lo concreto, llegaron a proferirse de la una y
la otra parte palabras insultantes y feas. Por último, sonó una
bofetada. Hubo datos al instante para creer que quien la había recibido
era la mejilla izquierda de Celesto; el cual, lejos de presentar la
derecha, como aconseja el Evangelio, se fue sobre el diminuto
eclesiástico, iracundo y encrespado, y seguramente le hubiera causado
algún grave desperfecto con sus manos sacrílegas a no haberle tenido
Andrés y los paisanos. Con todo, mientras hacía inútiles esfuerzos por
desasirse, anunciaba verbalmente su intención irrevocable de cortar las
orejas al excusador. Éste, muy pálido, parecía manifestar por lo bajo,
con frases cortadas, que no consideraba suficiente la corrección
infligida, antes bien juzgaba de absoluta necesidad un razonable
suplemento de puñadas que completase la obra comenzada.
Sin embargo, los anuncios pavorosos de Celesto no tuvieron inmediato
cumplimiento, gracias a la intervención de los bebedores. Al cabo de un
rato, el seminarista y el excusador eran los mejores amigos del mundo, y
se abrazaban y besaban tiernamente vertiendo lágrimas. Andrés se alejó
del grupo riendo, y se puso de nuevo a jugar con Rosa y Máxima.
El sol había traspuesto ya bastante el mediodía. Máxima propuso que
saliesen a dar una vuelta por la romería. Andrés y Rosa accedieron
gustosos. El campo estaba animado sobre todo encomio: aquí danza, allí
fandango, en otro lado merienda. La muchedumbre bullía por todas partes
con ruidosa algazara. Nuestros jóvenes cruzaron por el medio lentamente,
parándose a contemplar las danzas o las mesas de confites, donde Andrés
convidaba a sus compañeras. La gente los miraba con curiosidad. Andrés,
que se había despojado del gabán, vestía chaqueta corta y ceñida,
pantalón estrecho y sombrero hongo. De suerte que, con un ñudoso garrote
en la mano, más parecía jándalo recién llegado de Jerez que el poeta
delicado de los salones cortesanos, y formaba con Rosa muy linda y
concertada pareja. Aquélla marchaba a su lado con inocente orgullo,
risueña y feliz, como una novia que viene de la iglesia mostrando a su
esposo. Él también iba justamente pagado de ella: no veía en todo el
campo moza más agraciada ni de más alegre gusto.
Pero, sin saber quién la trajera, ya había corrido la voz por la romería
de que Rosa se había escapado de casa con el señorito que la acompañaba.
Y esto fue causa de que tanto los mirasen y tanta sonrisa maliciosa
advirtiesen en los rostros entornados hacia ellos, que, enojados y
molestos al cabo, determinaron volverse a la pomarada. Máxima arrastró
consigo a algunas de sus amigas y a varios mozos con ellas. Llamaron
después a un ciego que tocaba el violín, y debajo de los pomares, sin
ser vistos de la gente, armaron un animado baile cerca del grupo de
bebedores, donde Celesto y el excusador aún seguían dándose mutuas
satisfacciones. Nuestro joven, tocado de la común alegría, alborotó y
enredó más que ninguno; bailó con Rosa el fandango, lo cual hizo reír no
poco, pues echaba las piernas al aire de modo harto original. Rosa
experimentó también la embriaguez del bullicio y mostrose en su
verdadero ser, risueña, graciosa, picaresca. De vez en cuando, no
obstante, cruzaba por su rostro una sombra: poníase de repente seria y
pálida, y clavaba los ojos con obstinación en cualquier objeto. Andrés,
en cuanto lo advertía, procuraba distraerla.
En uno de los ratos en que juntos se sentaron sobre el césped a
descansar, vieron llegar muy de prisa y demudada a la tabernera, que
cuchicheó un instante con Celesto. Éste se vino acto continuo hacia
Andrés y, llamándole aparte, le dijo:
--D. Andrés, es necesario que usted se escape en seguidita... Están ahí
los guardias...
--¿A prenderme?
--Me parece que sí, señor.
--Pues yo no me escapo--replicó el joven con resolución.--No he cometido
ningún delito.
--D. Andrés, por los clavos de Cristo, se esconda... Mire usted que no
sabe a lo que se expone. Estos paisanos son muy ladinos y le van a armar
una trampa.
--Nada, nada; no me escapo.
A todo esto, Rosa se había acercado, sospechando de lo que se trataba, y
con voz anhelante y temblorosa comenzó a decirle:
--Escóndase, D. Andrés, escóndase... ¡Por la Virgen Santísima se
esconda!...
Detrás vinieron algunos paisanos y, enterados del caso, le rogaron lo
mismo. Uno de ellos llegó a decirle:
--Véngase conmigo, D. Andrés; saltaremos a ese prado, y yo le llevaré a
un sitio donde esos perros pachones no den con usted... Por la noche se
puede ir adonde guste.
Pero todas las instancias fueron inútiles. El joven se obstinó en no
moverse del sitio. Al cabo, los tricornios charolados de los guardias
brillaron allá en la puerta del lagar y avanzaron por entre los árboles.
Andrés no pudo impedir que su corazón latiese más de prisa. Detrás de
los guardias venía Tomás, que se fue quedando rezagado. El joven se
adelantó y preguntó a un guardia:
--Vienen ustedes a prenderme, ¿verdad?
--¿Es usted el Sr. D. Andrés Heredia?
--Servidor.
--Pues sí, señor; traemos orden de detenerle y de entregar a su padre la
joven que se ha escapado con usted.
--Bien; estoy a su disposición.
Y dirigiéndose a Rosa, que sollozaba perdidamente en brazos de Máxima,
le dijo en tono afectuoso:
--No tengas cuidado, Rosita; nos volveremos a ver pronto.
Los guardias hablaron un instante con Tomás para indicarle, sin duda,
que podía disponer de su hija. Después se dirigieron a Andrés muy finos.
--Cuando usted guste, caballero.
--Vamos allá... Adiós, D José... Celesto, hágame el favor de avisar a mi
tío... Hasta la vista, señores.
Los circunstantes le vieron marchar con asombro y tristeza. Antes de
entrar en el lagar tropezó con Tomás. El paisano bajó la vista ante la
mirada fija y provocativa del joven.
En la romería la gente estaba ya enterada del suceso; así que todos
suspendieron los bailes y danzas para verle pasar. Andrés marchaba
charlando con los guardias, afectando indiferencia. Cuando hubo pasado
por delante de una danza, a una aldeana se le ocurrió entonar cierta
copla de un antiguo canto de aquella comarca:
Si me llevan prisionero,
No me llevan por ladrón:
Me llevan porque he robado
A una niña el corazón.
Andrés no pudo menos de sonreír, y volviendo el rostro hacia aquel sitio
hizo un saludo con la mano. Los civiles también sonrieron.
Después que salieron de la romería, caminaron la vuelta de Lada por
distintos parajes de los que el joven conocía, salvando un collado y
marchando después a campo traviesa buen trecho. Lada, sin embargo,
estaba por allí más cerca de lo que él presumía. Llegaron en el momento
mismo que anochecía. Durante el viaje los guardias tratáronle muy
cortésmente, dejando traslucir que no concedían importancia alguna a su
delito, y que sospechaban que todo se quedaría en agua de cerrajas; pero
no consiguió hacerles decir si Tomás había estado en Lada a denunciarlo.
Dejáronlo en la cárcel, alojado en el mejor cuarto, que era todavía muy
sucio y destartalado. El alcaide le trató con respeto y amabilidad,
sabiendo, como los guardias, que el detenido no era ningún criminal.
Como estaba rendido de la noche precedente y de las emociones del día,
se acostó vestido sobre el catre que le dieron, y durmió unas cuantas
horas profundamente. Por la mañana muy temprano ya estaba allí su tío,
que había salido de Riofrío antes del amanecer.
--¡Pero hombre!... ¡pero hombre!
El joven no supo qué contestar y bajó la cabeza. Afortunadamente no
fueron más allá las recriminaciones del cura. Inmediatamente comenzó a
hablar de los medios de sacarle de la cárcel. Tenía su plan formado: ir
a ver al juez y decirle quién era el reo y todo lo que había pasado. Y
en efecto, así lo hizo. Entonces supo que el tío Tomás era quien había
denunciado a Andrés como raptor de su hija Rosa. El juez, en cuanto
averiguó que el joven detenido era hijo de un antiguo ministro del
Tribunal Supremo, a quien conocía de nombre, escritor público y
hacendado, se apresuró a venir a tomarle declaración. Después, mediante
fianza, decretó la excarcelación.
--Ea, ya estás libre--le dijo su tío llevándole a almorzar a una
posada.--Lo que importa ahora, demonio de muchacho, es que te marches
cuanto antes... Lo demás, me entiende usted, corre de mi cuenta... Yo me
encargo de probar que no ha habido tal robo ni tales calabazas...
Así se hizo. Aquella misma tarde Andrés subió de nuevo a un coche del
ferrocarril minero, pernoctó en la capital de la provincia, y con
veinticuatro horas más de viaje se plantó en Madrid.
XVII