se ha puesto usted de esa manera?
Por donde quiera que iba, llegado a la corte, escuchaba estas o
semejantes exclamaciones. Los amigos le abrazaban con efusión; las
amigas admiraban su porte varonil, aunque no faltó quien dijo que venía
más ordinario; porque los gustos son muy varios.
No hay para qué asegurar que las tales exclamaciones le sonaban bien.
Durante algunos días gozó de la sorpresa de sus amigos y conocidos,
paseando como en triunfo su rostro atezado por las tertulias y teatros.
Entró de nuevo, y con gusto, en la vida animada de Madrid. Como traía
provisión de salud, acudió presto a todos los parajes donde se rinde
culto al placer, anudó antiguas relaciones, tornó a escribir en los
periódicos y a leer poesías en los salones.
Pasados los primeros momentos, en que apuró todas las emociones
placenteras que la corte le ofrecía, después de su voluntario
apartamiento; cuando estas emociones se gastaron y el espíritu quedó en
reposo, acudiole más a menudo el recuerdo de Riofrío y de su devaneo con
Rosa. Al principio procuró ahogarlo, aturdiéndose con ocupaciones y
recreos; y lo consiguió: después ya no pudo. La imagen de Rosa se le
representaba triste y dolorida, padeciendo las crueldades de su padre,
que, después de lo pasado, serían, a no dudarlo, mucho mayores. Y
comenzó a punzarle el remordimiento, particularmente en ciertos
momentos, cuando se quedaba solo en casa o la vista de los árboles y las
flores le traía a la memoria la hermosa campiña de las Brañas. Había
escrito a su tío para que le enterase de lo que allí acaecía en su
ausencia, y no acababa de recibir contestación. Cierta mañana, por fin,
almorzando solo en el comedor de la fonda, le trajo el camarero una
carta. En cuanto vio el sobre se apresuró a abrirla con mano trémula. Su
tío le decía que el proceso seguido contra él no tendría consecuencias;
que Tomás había hecho cuanto pudo por enredarle y comprometerle, pero no
lo había logrado, porque Rosa declaró repetidas veces que se había huido
de casa por miedo de sus castigos, no por instigación de Andrés. Estas
declaraciones encendieron de tal modo la ira del molinero, que un día
faltó poco para matarla a golpes. El pueblo estaba indignado: algunos
vecinos se lo habían recriminado duramente, pero no hacía caso. Por
último, el asunto estaba zanjado, porque Tomás, viendo que no sacaría
nada en limpio, se vino a las buenas y se apartó de la querella mediante
5.000 reales que el cura le entregó. Todo quedaba, pues, sosegado por
entonces. Podía vivir sin temor. Lo que había hecho, sin embargo, era
una calaverada de mal género: había destruido la paz de una familia. D.
Fermín, al final de su carta, le reprendía severamente y con muy justas
razones.
Cuando nuestro joven terminó de leerla, quedó más tranquilo. En cuanto
salió de casa se fue derechamente a la de un banquero y giró, a la orden
de su tío, el dinero del proceso. Después hizo lo posible por olvidar
aquellos sucesos en el bullicio de la vida madrileña; pero no lo
consiguió en muchos días. Al cabo de algún tiempo, sin embargo, el
recuerdo punzante de sus amores idílicos se fue suavizando, haciéndose
más dulce y melancólico; se transformó en un sueño poético, que solía
acariciarle en los instantes de mal humor.
A los tres meses de su regreso había caído ya en la misma vida perezosa,
estéril y antihigiénica que antes de irse a las Brañas. Despierto,
paraba muy poco en casa: en cambio dormía un número crecido de horas, lo
cual le ocasionaba frecuentes disgustos con el cocinero y criado del
comedor. Los almuerzos duraban desde las nueve hasta las doce. Nunca
pudo cumplir con este precepto del reglamento interior de la casa.
Almorzaba a la una, a las dos y algunas veces hasta las tres de la
tarde. El sueño le embargaba por la mañana, el letargo más bien, porque
era un verdadero letargo el que sentía, un cansancio incomprensible que
le privaba de todas las fuerzas. Cuando por las instancias del criado
conseguía levantarse, todavía le duraba largo rato esta languidez:
apenas podía tenerse en pie; bostezaba a menudo y daría cualquier cosa
por tornar nuevamente a la cama.
Poco a poco se fueron disipando los colores de sus mejillas, por más que
el organismo no parecía resentirse. No obstante, pasados algunos otros
meses, comenzó de nuevo a sentir alguna molestia en el estómago:
empalideció aún más y enflaqueció. Achacolo al desarreglo de las horas
de dormir y comer. No le dio importancia: siguió haciendo la misma vida.
Por este tiempo recibió carta de su tío en que le noticiaba cómo Rosa se
había escapado nuevamente de casa por no poder sufrir los malos tratos
constantes de su padre, quien la achacaba la ruina y la miseria en que
había caído. Se había marchado a Lada y estaba sirviendo en casa de unos
señores ricos. Andrés se conmovió con aquella carta. Acudieron de golpe
a su imaginación las impresiones de los seis meses de vida campestre;
sintió algo parecido a la nostalgia, deseos vehementes de renovar los
sencillos placeres que había disfrutado y anhelo de ver a Rosa. ¡Pobre
Rosa! Por espacio de dos días su imagen le persiguió sin cesar: después,
las ocupaciones y placeres a que estaba entregado con alma y vida la
fueron alejando poco a poco de su imaginación.
Pasó el verano en Madrid, porque no osaba ir otra vez a Riofrío. Los
calores no le probaron bien. En el invierno se recrudeció un poco su
enfermedad del estómago; además, le acometió un catarro pertinaz que le
hacía toser bastante por las noches. Y como se sintiese cada día peor,
tomó el acuerdo de irse en la primavera con un amigo, que le brindó a
pasar dos o tres meses en una finca de recreo que tenía en la montaña de
Cataluña.
Recobrose del estómago con la vida activa del campo; pero la tos siguió
molestándole bastante. Para hacerla desaparecer, por consejo de los
médicos, se fue a tomar las aguas de Panticosa. No consiguió aliviarse
notablemente. Volvió en mediano estado a Madrid en el mes de Setiembre.
Desde esta época ya no gozó un día de salud; cada día peor, más flaco y
más pálido. En Noviembre le sorprendió un fuerte vómito de sangre que le
hizo comprender lo grave de su dolencia. Todavía anduvo cerca de un mes
por la calle; pero habiéndole repetido con más fuerza, se vio necesitado
a quedarse en casa. Y no volvió a salir. En uno de los últimos días del
mes de Enero expiraba en brazos de dos amigos que le acompañaron
fielmente en aquellos últimos y angustiosos momentos.
FIN
NOVELAS DEL MISMO AUTOR
PESETAS
El Señorito Octavio, un tomo. (Agotada) 3
Marta y María (ilustrada por Pellicer),
un tomo. (Agotada) 3
El Idilio de un enfermo, un tomo 4
Aguas fuertes (novelas y cuadros), un tomo 4
José, un tomo 3,50
Riverita, dos tomos 6
Maximina (segunda parte de Riverita),
dos tomos 6
El Cuarto poder, dos tomos 6
La Hermana San Sulpicio, dos tomos 6
La Espuma (ilustrada por Alcázar y Cuchy),
dos tomos 8
La Fe, un tomo 4
El Maestrante, un tomo 4
PUBLICADA EN INGLÉS
(Próxima a publicarse en español)
EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO
Los pedidos a D. VICTORIANO SUÁREZ
PRECIADOS, 48
End of Project Gutenberg's El idilio de un enfermo, by Armando Palacio Valdés