La noche estaba fresca, como todas las de otoño en aquel país; el cielo

despejado y cubierto de estrellas; la luna aún no había salido. Al poner

el pie fuera de casa, el sosiego del campo le refrescó como un baño y

calmó su febril impaciencia. Bajó lentamente la calzada de la rectoral,

atravesó el pueblo dormido y entró en la oscura cañada. Allí, a pesar de

lo diáfano del ambiente, caminó casi en tinieblas. El ruido monótono del

arroyo que corría a su lado y la oscuridad le infundieron melancolía. No

pudo menos de pensar que era la última vez que atravesaba aquel camino,

tantas veces trillado y con tal alegría durante algunos meses. Al ver

entre el follaje marchito de los árboles blanquear la casa de Rosa, se

sintió aún peor impresionado. Acercose cautelosamente a ella, se

escondió detrás de un árbol, y metiendo los dedos en la boca lanzó un

silbido agudo y prolongado. A silbar de este modo le había enseñado su

amigo Celesto en las correrías nocturnas que hicieran allá en la

primavera. Esperó buen rato, fija la vista en la puerta y el oído

atento; pero nada vio ni oyó. Lanzó segundo silbido y tornó a esperar.

El alma se le desmayó viendo que la casa guardaba su paz de sepulcro.

Tornó a silbar con más fuerza. Entonces imaginó que oía un leve y vago

rumor dentro del edificio. Todo fue ilusión; la puerta siguió cerrada.

«Vaya, murmuró con ira, abrochándose el gabán, ese granuja no ha dado el

recado;» y luego, con tristeza: «Adiós, Rosita, ya no volveré a verte.»

Y muy a su pesar, después de aguardar todavía un rato, comenzó a

alejarse lentamente de aquellos sitios, caviloso y con el corazón

apretado.

Al dar otra vez sobre el pueblo, fue cuando salió de su meditación. En

vez de continuar hasta la rectoral, se sentó sobre un madero que había

delante de las primeras casas. Sacó el reloj y vio que no eran más de

las diez; y no encontrándose aún con deseos de acostarse, determinó de

gozar un rato de la hermosura y serenidad de la noche. El fresco era

demasiado vivo para estar quieto mucho tiempo. Se puso a dar vueltas por

los contornos del lugar.

No supo cómo fue; pero a las once menos cuarto estaba de nuevo delante

de la casa de Rosa, con los dedos en la boca y lanzando un silbido que

vibró agudo y penetrante en la estrecha cañada. Esperemos. No se oye

nada. Nada. ¡Qué fastidio! Me parece... Sí; un rumor casi

imperceptible. Algo mayor. ¡Oh dicha, abren la puerta!

--¿Eres tú, Rosa?

--Chiiiis, no hable alto, D. Andrés...

--¿Puedo entrar?--dijo de suerte que no lo oyó más que ella y el cuello

de la camisa.

--Sí; muy despacito... ¡cuidado con hacer ruido!... Aguarde; déjeme

cerrar la puerta... Va a tropezar con algo. Deme usted la mano; yo le

llevaré hasta el escaño.

Quedaron efectivamente en completas tinieblas. Rosa hablaba en falsete,

tan bajito que sus palabras salían de la boca como levísimo soplo. Cogió

de la mano a Andrés y le guió suavemente hasta el escaño que había

delante del hogar, donde tantas veces habían formado tertulia en las

tardes de lluvia. Se sentó, y tirando de la mano al joven le obligó a

sentarse también.

--Pensé que Rafael no te había dado mi recado. Hace una hora estuve

silbando ahí delante--dijo él en falsete y sin soltar la mano de su

amiga.

--Bien le oí, bien le oí; pero estaba Ángela despierta y no podía

bajar... Por cierto que me hizo reír cuando me dijo: «¿Oyes, Rosa? Ahí

está Juan el de la tía María silbando. Querrá que le abra... Pues ya

puede aguardar sentado...--Sí, si, dije yo para mí, no está mal Juan de

la tía María el que silba.» Me hacía la dormida sin chistar, a ver si

ella se dormía también; pero nada; ese pecado parecía tener ortigas

debajo hoy. No cesaba de dar vueltas y vueltas...

--Pues por un poco me marcho sin despedirme.

--¿Cómo sin despedirse?--preguntó ella vivamente, dejando el falsete.

--¿Pero no te dijo nada Rafael?

--No me dijo más que usted vendría esta noche a hablar conmigo, y que

silbaría para que yo bajase... Nada más.

--Pues yo le dije bien claro que me iba mañana para Madrid y que...

Advirtió un estremecimiento en la mano que tenía cogida y se detuvo.

Rosa no dijo una palabra. Él guardó silencio también, y se arrepintió de

haberle dado la noticia así tan de repente. El temblor súbito de

aquella mano halagó su amor propio y le enterneció. Después de largo

rato de silencio dijo ella con voz apagada, como si le faltase el

aliento:

--Siento haberle conocido, D. Andrés.

Este, pensando que era una recriminación, se apresuró a contestar:

--Yo no pensé que tu padre llevase las cosas a tal extremo... Me han

dicho que por poco te mata ayer...

--No haga caso: me pegó algo más que otras veces.--Y después de una

pausa añadió con amargura:--¡Ojalá me hubiese matado!

--¿Quisieras morir?--preguntó él conmovido.

--Sí--repuso ella firmemente.

--¡Pobre Rosa!--exclamó acariciando la mano de la aldeana.--Te he

causado mucho daño... perdóname...

--¿Por qué?... Usted no ha tenido ninguna culpa, D. Andrés: he sido yo.

¿Quién me mandaba hacer caso de usted? ¿No sabía demasiado que usted no

podía ser para mí? Yo soy una pobre aldeana y usted un señorito... Bien

sabe que yo no le escuché al principio; pero usted siguió tan humildito

y tan bueno que necesitaba ser de piedra para no quererle... cuanto

más--añadió bajando la voz--que usted siempre me gustó mucho.

--No creas que me voy para siempre: el año que viene, Dios mediante, he

de volver.

Una voz que sonó arriba los dejó helados de espanto. Era la voz de

Ángela que llamaba a Rosa:

--¡Rosa, Rosa, Rosaaa!

Iba gradualmente alzando el tono. Después, como la casa era muy chica y

había gran silencio, la oyeron decir por lo bajo:

--¡Madre mía, si no está en la cama!

Y después gritar con toda la fuerza de sus pulmones:

--¡Padre, padre! Levántese, padre; Rosa no esta aquí, Rosa no está aquí,

padre...

Oyeron en seguida el golpe de los talones del aldeano al echarse fuera

de la cama. Rosa, que apretaba convulsivamente la mano de Andrés

conteniendo el aliento, al sentirlo se estremeció fuertemente y exclamó

con angustiada voz:

--¡Madre del alma, que va a ser de mí!

Y ambos por un movimiento súbito se levantaron del escaño y dieron

algunos pasos hacia la puerta. Al mismo tiempo escucharon arriba rumor

de pasos y una voz áspera que dejaba escapar terribles interjecciones y

amenazas. Cuando los pasos tomaron la dirección de la escalera, Rosa

exclamó acongojada:

--¡Que me mata mi padre, D. Andrés; que me mata mi padre!

Y con rápido movimiento se echó fuera de casa, arrastrando consigo al

joven.

No tuvieron tiempo más que para salvar corriendo la distancia que les

separaba de un recodo que el camino hacía. Tomás apareció en seguida con

el candil en la mano vomitando injurias.

--¡Ah perra, perra! ¿Te has escapado con tu señorito, eh? ¡Ya volverás y

nos veremos las caras!

Y se entró otra vez en la cocina, sin hacer caso de Ángela que le

instaba con muchas lágrimas y gemidos para que fuesen en busca de su

hermana.

XV

Corrieron buen espacio desalados, creyendo que los seguían. El que

primero se cansó fue Andrés.

--Es inútil correr--dijo poniendo una mano en el hombro de Rosa para

detenerla.--Nadie nos sigue.

Volvió la aldeana hacia atrás el rostro, donde aún se pintaban el terror

y la zozobra, escuchó con atención un rato, y cerciorándose de que su

padre no la perseguía, respiró libremente y se fue serenando. Mas al

tropezar sus ojos con los de Andrés, turbose de nuevo y se llevó

rápidamente las manos al pecho para subir el pañolón que se había

echado al bajar a la cocina. No traía más que la camisa y una enagua. Al

verse en aquella figura delante del joven sintió gran vergüenza. Ambos

quedaron confusos un instante, sin saber qué hacer ni decir. Ella fue la

que primero rompió el silencio con voz temblorosa.

--Yo me vuelvo a casa, D. Andrés... aunque mi padre me mate.

--¡Eso sí que no!--contestó él reteniéndola por el brazo.--Ahora no

puedes volver de ningún modo. Es necesario que antes se temple tu padre

un poco... Si esta noche pudieras dormir en otra casa, mañana le

echaríamos algunos amigos... y tal vez le calmaríamos...

--Pero ¿dónde voy a dormir?

--¿No tienes ningún pariente en el pueblo?

--A mi tío Jaime nada más.

--¡Bribón!--murmuró el joven con rabia.

Volvieron a quedar meditabundos. Rosa levantó la cabeza con alegría:

tenía una idea.

--Mi tía Eugenia vive en Marín. Hace tiempo que no nos hablamos. Mi

padre ha reñido con ella... pero ¿qué importa?

--¿Y dónde está Marín?

--A una legua de aquí, camino de Lada.

--Vamos a allá--repuso el joven resueltamente.

Y echaron a andar a buen paso por el angosto camino de la cañada.

La noche estaba más clara. El disco de la luna asomaba grande, rojo,

inflamado, por encima de las montañas. El ambiente era diáfano. Corría

una brisa fina y helada, encajonada entre las paredes de la garganta.

Los fugitivos marcharon un rato en silencio. Andrés, aturdido por la

situación singularísima en que se había puesto, no estaba, sin embargo,

disgustado. De vez en cuando miraba con el rabillo del ojo a su amiga,

admirando la bravura de aquella chica, que en lance tan apurado marchaba

serena, confiándose en él, y segura de sí misma.

No se oía más ruido que el que ellos hacían al pisar las hojas secas

sembradas por el camino y el murmullo lánguido del riachuelo. A veces

un soplo más fuerte de la brisa levantaba sordo rumor entre las ramas

medio desnudas de los árboles. El arroyo estaba cubierto de una bruma

blanca y espesa, por encima de la cual asomaban sus puntas los juncos y

arbustos que crecían en las orillas. A la luz de la luna este manto de

bruma resplandecía tan blanco como la nieve.

Andrés observó, en una de sus frecuentes ojeadas, que Rosa iba descalza,

y detuvo el paso.

--No había reparado en que vas descalza, Rosa.

--Tampoco yo--repuso ella mirándose tranquilamente a los pies.--Cuando

chica andaba mucho así: no se me hace novedad.

--No, no puedes seguir de ese modo: te vas a hacer daño. ¿Quieres

ponerte mis zapatos?

La joven soltó una carcajada.

--¿Sabe que tendría gracia, D. Andrés, que usted fuese descalzo?

--No será más que hasta la rectoral. Cuando pasemos por allí entraré y

sacare mis borceguíes de caza... Vaya, póntelos, que me das gusto en

ello...

La aldeana se resistió mucho tiempo, en broma primero, en serió después:

le parecía un absurdo. Andrés insistía con afán, acometido de impulso

caballeroso y galante: mas no pudo vencer su obstinación. Entonces se

detuvo y dijo resueltamente:

--No doy un paso más si no aceptas.

Ella le miró sorprendida; pero viendo que, en efecto, no se movía, tomó

el partido de aceptar. El joven cortesano se despojó rápidamente de sus

zapatos, la hizo sentarse sobre la paredilla del camino, arrodillose

delante y la calzó delicadamente, gozoso de dar una prueba de estimación

a aquella gentil criatura, que tantas le había dado de constante afecto.

Ella la recibió sonriendo, ruborizada y enternecida. Como Andrés tenía

el pie chico, los zapatos le ajustaron regularmente.

Se pusieron en marcha de nuevo. Rosa protestaba a cada paso de aquel

cambio tan extravagante; se dolía, con frases que revelaban sincera

pena, de que Andrés fuese de aquel modo indecoroso, exponiéndose a

coger una enfermedad. Pero éste reía y marchaba dando brincos para

convencerla de la fortaleza de sus pies, vestidos solamente de un fino

calcetín. Al fin ella calló. En vez de proferir palabras, miraba a su

amigo de vez en cuando con ternura y admiración. Andrés, que sentía

sobre sí estas miradas, las evitaba. Llegaron al pueblo, y en vez de

cruzar por él, lo rodearon; no fuese que algún vecino anduviera todavía

por la calle. Subieron después el camino de la rectoral. Al llegar a

ella, el joven se entró con cautela, sacó sus borceguíes y dejó otra vez

la puerta entornada, sin echar la llave. Algo más lejos se sentó sobre

una piedra y se calzó.

--Ahora ya te puedo decir, Rosita, que me iba haciendo un daño terrible.

--¡Si es más testarudo!--repuso ella con una mueca de enfado.

Emprendieron otra vez el camino con brío. Subieron otro poco más,

traspusieron la colina que cerraba por aquella parte el vallecito de

Riofrío, y bajaron la cuesta hasta que dieron sobre el río. El camino,

que era el mismo por donde meses antes Andrés había venido de Lada, fue

llano desde entonces. El joven cortesano preguntó a su compañera dónde

estaba Marín.

--Allá, después de un trecho, dejaremos el camino y tomaremos la cuesta.

Marín está detrás de aquel monte que ve a mano izquierda--dijo apuntando

con el dedo.

El paisaje estaba bañado de luz. Los árboles resaltaban como en pleno

día. Como aquel valle era más abierto, la brisa de la noche no había

dejado reposar la bruma sobre el río: manteníala en las orillas formando

dos blancas murallas gaseosas, por medio de las cuales el agua se

deslizaba suavemente, despidiendo reflejos plateados. Por encima se

extendían los pardos castañares, arraigados en las faldas de las

colinas. Allá, a lo lejos, cerca de la luna, alzábanse las cimas

dentadas de las montañas, envueltas en finísimo cendal blanquecino. El

sosiego y la hermosura de tal espectáculo despertaron en el alma de

Andrés emoción suave. El mágico atractivo de aquella noche poética le

produjo una sacudida de gozo: cruzó por su ser un soplo blando y

voluptuoso, que le embargó algunos instantes, y en su corazón palpitaron

ansias inefables, indefinibles. Volvió los ojos a Rosa y la halló

hermosa y serena como el paisaje que tenía delante. Y acometido de

súbita ternura hacia ella, la tomó una mano y la estrechó delicadamente.

La joven volvió también el rostro. Sus ojos se encontraron y sonrieron.

Después, cogidos por los dedos, caminaron en silencio.

Poco a poco iban acortando el paso. Al cruzar por delante de un caserío,

les salió al encuentro un perro ladrando. Bastó que Andrés se bajara a

coger una piedra para que el can se alejase. Este suceso les sirvió de

tema para charlar algunos momentos. Andrés habló de un perro de caza muy

hermoso que le habían robado en Madrid. A Rosa le gustaban mucho los

perros, pero no los quería en casa porque su padre, cuando eran viejos y

no servían, los colgaba de una cuerda y los mataba a palos.

--¿Y por qué los mata de ese modo?--preguntaba Andrés.

--Para aprovechar el pellejo: todos hacen lo mismo--respondió

ella.--¡Qué corazón tienen los hombres!

Algo más lejos oyeron pisadas de caballos, y se detuvieron. Venían hacia

ellos. Apartáronse un poco del camino y se escondieron entre los

arbustos de las márgenes del río. No tardó en aparecer una recua de

mulos: el arriero montado sobre uno de ellos.

--Es el tío Pedro, el mantequero--dijo Rosa al oído de Andrés.--¡Fortuna

que no nos haya visto!

Cuando la recua se alejó, salieron de su escondite y siguieron la

marcha. Andrés quiso informarse de la familia que Rosa tenía en Marín.

Ésta le contó mil pormenores referentes a ella. La tía Eugenia era

hermana de su difunta madre: estaba casada, pero el marido andaba por

Sevilla ganándose la vida: tenía una hija de la edad de Ángela, llamada

Máxima, y un hijo ya mozo también, que era quien llevaba el peso de la

labranza: estaban bien de intereses; pero eran muy avaros todos,

particularmente su tía: decían que el marido se había marchado por no

sufrir su miseria: por cosa de pocos reales en una cuenta de maíz, había

reñido para siempre con su padre. Ni a nosotros siquiera nos saluda

cuando nos ve en el mercado... Así que tengo miedo que no me admita en

su casa--terminó diciendo tristemente. Andrés la tranquilizó acerca de

este punto. Si eran tan avaros, con dinero se arreglaría.

Llegaron al paraje en que era forzoso dejar el camino llano y tomar el

de la montaña. Dejáronlo, en efecto, y comenzaron a subir por un sendero

trazado en zig-zag entre los castaños. Dentro del castañar la sombra era

espesa. Como llegaban del camino alumbrado por la luna, apenas veían. La

oscuridad les infundió respeto, y guardaron silencio.

Rosa comenzó a marchar más de prisa, dejando atrás a su amigo. Éste a su

vez, impresionado dulcemente por el misterio profundo del bosque y la

agitación silenciosa de los pájaros e insectos que pululaban por el

suelo y el follaje, aflojó el paso.

Al levantar la cabeza se encontró solo.

--Rosa, Rosa, aguarda.

--Vamos, D. Andrés, camine un poco más.

La voz de la aldeana hizo correr de repente por su cuerpo un

estremecimiento amoroso. Cuando se juntó a ella y le dio otra vez la

mano, Rosa la sintió tan ardiente y temblorosa que separó bruscamente la

suya. No intentó de nuevo tomarla, y procuró refrenar el tierno y vago

deseo que comenzaba a embargarle. Desde este momento hubo menos

confianza entre ellos.

Salieron al cabo de los castañares, y se dispusieron a doblar la colina

que les separaba de Marín. Hacia la cumbre estaba desembarazada de

árboles. El terreno era más árido. La luna les alumbró nuevamente.

Rosa tornó a ser comunicativa y se aproximó a su protector risueña y

confiada. Pero un rumor que creyó advertir detrás la hizo ponerse seria

de pronto y detener el paso.

--¿No oyó usted, D. Andrés? Parece que viene gente...

--No oí nada.

Ambos quedaron atentos, silenciosos, sin pestañear siquiera. Después de

un rato, los dos percibieron, en efecto, confuso rumor de voces allá

abajo, entre los castañares.

--Vienen a buscarnos--dijo la joven empalideciendo.

--Lo peor es--repuso Andrés, echando una mirada ansiosa a todas

partes--que aquí no hay donde esconderse. ¡Está tan desnudo esto!

--A la mano de allá, en cuanto se baja un poco, hay un establo...

--Pues vamos a la carrera, a ver si logramos doblar el monte antes de

que nos vean.

Corrieron briosamente hasta quedar embazados. Al fin consiguieron

trasponer la colina, y deteniéndose un punto a tomar aliento, bajaron

otra vez de corrida hacia el establo, que no distaba mucho de la cumbre.

La puerta estaba cerrada con llave. Los fugitivos se miraron

acongojados, sin saber qué hacer. En mucho trecho a la redonda no había

nada donde guarecerse. Oíase ya formidable rumor de voces hacia la

cumbre que acababan de doblar. Rosa señaló con mano trémula al pajar.

Andrés escaló la pared prontamente, apoyándose en las estacas que para

subir había clavadas: tiró de la portilla enrejada de madera que lo

cerraba, y la abrió sin dificultad. Desde adentro extendió las manos a

Rosa, que ya subía, y haciendo un gran esfuerzo consiguió suspenderla y

colocarla junto a sí.

El pajar estaba mediado de yerba. Subieron por ella ayudándose con pies

y manos hasta ponerse en lo más alto, y se dejaron caer exánimes de

fatiga sobre el rústico diván, que crujió y se hundió suavemente bajo su

peso. Andrés apartó las yerbas que le cubrían la cara y miró por la

ventana. Rosa hizo lo mismo. Esperaron.

Al través de las toscas rejas veíase la vasta pradera, en declive, que

habían recorrido, iluminada por la luz nocturna. Abajo estaba limitada

por algunos árboles, cuyas copas oscuras contrastaban con el césped

bañado de resplandor. Allá, a lo lejos, blanqueaba la cima de una

montaña en el vapor luminoso. Desde lo alto del cielo, la luna inmóvil

dejaba caer sosegadamente sobre el paisaje la onda tibia de su luz.

Fuéronse acercando las voces. El corazón de los jóvenes palpitaba

fuertemente. Grande fue su pasmo y alegría cuando vieron cruzar por

delante de la ventana un tropel de hombres riendo y gritando. Rosa los

reconoció en seguida: era una partida de mozos de Riofrío: entre ellos

iba Celesto, gesticulando alegremente, con el descomunal sombrero de

fieltro en el cogote.

Los amantes dejaron escapar un suspiro de placer y se miraron risueños.

--Ya no me acordaba--dijo Rosa--de que mañana es la fiesta de Santa

Teresa en Marín. Estos mozos van a la hoguera. ¿No vio qué alborotado

iba Celesto, don Andrés?

Y al recordar la grotesca figura del seminarista rió con toda su alma.

Andrés, por contagio, también se dejó arrastrar hacia la risa. Cuando

los ímpetus se iban calmando, Rosa tornaba a despertarlos contrahaciendo

los ademanes ridículos del aprendiz de cura; y para mejor fingirlos

quitó el sombrero a su amigo y se lo encasquetó en la parte posterior de

la cabeza. Así estuvieron algunos momentos, entregados a una alegría

infantil, completamente olvidados de la singular y comprometida

situación en que se hallaban. Sosegadas al cabo aquellas avenidas,

quedaron silenciosos y embarazados, no sabiendo qué decirse. Andrés fue

el primero que habló.

--Si hay hoguera en Marín, no puedes bajar en esa traza, Rosa...

Ella no contestó. Ambos meditaron. El joven tornó a decir:

--¿Sabes lo mejor que podíamos hacer?... Pasar aquí la noche... Mañana

temprano, yo bajaría al pueblo y avisaría a tu tía para que te subiesen

ropa...

Tampoco respondió la aldeana. Sentada sobre la yerba, con la cabeza

baja, los ojos extáticos y mordiendo una brizna de paja, parecía

abstraída en grave meditación.

Andrés se aventuró al fin a preguntar tímidamente:

--¿Qué dices, Rosa?

La zagala alzó los hombros, y con los labios hizo una mueca expresiva

que significaba indiferencia y dolor al mismo tiempo. Andrés la

comprendió, y apoderándose de una de sus manos, dijo cariñosamente.

--No te pongas triste... Verás cómo mañana lo arreglo yo todo.

La joven siguió muda. Al cabo de un instante, Andrés observó que por sus

mejillas resbalaban algunas lágrimas.

--¡No llores, Rosa, no llores!--profirió con acento conmovido; y rozando

con los labios su oído, le preguntó:--¿Es verdad que me quieres?

--¿Pues si no le quisiera--repuso ella, apartándole dulcemente--estaría

aquí a estas horas?

Al escuchar su voz, volvió a sentir el joven cortesano el mismo

estremecimiento amoroso que le había acometido algunos minutos antes en

el castañar. Una emoción deliciosa, una esperanza tentadora de placer

sacudió su cuerpo de los pies a la cabeza, arrollando y confundiendo

como ola poderosa todos los restantes sentimientos. No quedó más que un

deseo. Y sin acertar a reprimirse, estrechó a la joven entre sus brazos

brutalmente, aplicó los labios ardorosos a su mejilla y con voz trémula

le dijo:

--Dame una prueba de que me quieres... dame una prueba.

Rosa hizo esfuerzos desesperados para desasirse. Al cabo lo consiguió

arrojándole, con un empellón, de espaldas sobre la yerba, inerte, sin

aliento. Después le miró fijamente, con expresión tan triste y dolorida

que el joven se sintió conmovido. Alzose en cuanto pudo, y de nuevo se

sentó a su lado con semblante risueño, aunque un poco avergonzado.

Dejó los medios de fuerza, que con una aldeana son inútiles; pero

inquieto, febril, espoleado por un deseo omnipotente, comenzó a ensayar

con ella todos los recursos de su experiencia amorosa, los mil

artificios delicados que había aprendido en el comercio de las damas

cortesanas. La tributó, uno tras otro, los homenajes y acatamientos que

saben rendir los amantes finos, las caricias apasionadas, el testimonio

de un amor respetuoso en la apariencia, en realidad libre y

desvergonzado.

La pobre Rosa, que había rechazado con denuedo las acometidas bruscas y

groseras, no tuvo fuerzas para resistir este género de ataque tan

diferente, tan nuevo para ella. Su naturaleza rústica y perezosa fue

despertando, y al cabo se rindió. Se rindió, aturdida por aquella huida

de la casa paterna, conmovida por las súplicas y los halagos tiernos del

joven cortesano, embriagada por el aroma fresco del heno y el vaho

espeso y caliente que subía del establo por los agujeros abiertos sobre

el pesebre. Los copos de yerba crujientes y delicados, que rodeaban el

nido abierto por sus cuerpos, fueron los cortinajes de su lecho nupcial.

La luna, inmóvil en el espacio, que se veía por la ventana, su lámpara

veladora.

XVI

El sol había sucedido a la luna en el firmamento cuando los fugitivos

despertaron. La luz entraba a torrentes por la ventana del pajar.

Andrés se incorporó el primero sobre su mullido lecho. Rosa, al abrir

los ojos, se encontró con los del joven fijos en ella, y por un

movimiento instintivo de vergüenza se tapó la cara con las manos. Él se

las apartó suavemente, y le dio un tierno y prolongado beso de gratitud

en los labios.

Ella se incorporó a su vez, y con semblante asustado dijo:

--Vámonos, vámonos... puede venir de un momento a otro José...

--¿Qué José?

--El hijo del tío Indalecio... el amo del establo.

--¿Y a qué ha de venir ahora?

--A ordeñar las vacas y echarlas fuera.

Andrés quedó un instante pensativo.

--¿Sabes, Rosa--dijo al fin sonriendo--que tengo hambre?... Con lo que

me has dicho, me viene deseo de tomar leche... ¿Quieres que le ganemos

por la mano a José?

El idilio de un enfermo · 第 10 / 12 段