Andrés espiaba con afán las salidas de Rosa, se emboscaba detrás de los

árboles, y en cuanto la veía sola, ¡allá voy! corría a emparejarse con

ella. Y estas entrevistas al aire libre, que el temor de ser observados

hacía breves y melancólicas, eran, sin embargo, para ambos más gratas

todavía que las tardes serenas del molino. Nunca se cruzaron entre ellos

palabras tan cariñosas ni miradas tan suaves y tiernas como entonces.

Rosa, que acogía siempre los requiebros del joven cortesano con risa y

desconfianza, poco a poco se fue haciendo más grave y sosegada; se ponía

encendida al verle; le miraba fijamente mientras él tenía los ojos en

otra parte, y cuando llegaba el momento de separarse, en la inflexión

temblorosa y enternecida de la voz se adivinaba la emoción que embargaba

su alma.

XIII

Transcurrieron algunos días. El enojo de D. Jaime por el desaire

recibido fue creciendo. En su interior no daba toda la culpa a Rosa;

hacia partícipe a su hermano por haber tolerado el galanteo de Andrés

una porción de meses con señales de no disgustarle. Después, pensaba que

Tomás no había hecho lo bastante por complacerle, no había obrado con

suficiente energía para rendir a Rosa a recibirle por esposo. Porque si

bien era verdad que la castigaba, y a veces cruelmente, estos castigos

quedaban desvirtuados por el efecto de consentirla pasar tardes enteras

con su amante en el molino; y aunque últimamente habían cesado estas

visitas, todavía no usaba con ella de la debida vigilancia, porque en

todas partes y a todas horas se veían y se hablaban, de lo cual era

testigo el pueblo. Él mismo los sorprendió más de una vez en las

encrucijadas de los caminos o a la orilla del río, y se había vuelto por

no tropezar con ellos.

De todo esto formaba el indiano un capítulo de agravios contra su

hermano. Empezó a mirarle de mal ojo, y a bullir en su cabeza la idea de

que aquél, so capa de protegerle, tenía la mira puesta en el señorito de

Madrid, trabajaba astutamente por encenderle con la contrariedad y

hacerle caer en una trampa de donde saliese comprometido y obligado por

las leyes divinas y humanas a casarse con su hija.

Con esto dejó de ir al Molino, se mostró seco con Tomás cuando le

hablaba; por último, un día le negó el saludo. Al mismo tiempo no se

ocultó para decir en confianza por el pueblo lo que en el Molino

ocurría: las entrevistas de Andrés con su sobrina, de las cuales sacaba

partido para calificar a aquel de disoluto y a su hermano de necio; la

presunción de la chica desde que un señorito la requebraba; la fingida

oposición del padre, etc., todo adobado con la baba del odio y el

despecho.

No pararon aquí las cosas. Resolvió vengarse de las supuestas

ingratitudes y ofensas de su hermano. El mejor medio era reclamarle al

punto los catorce mil reales que le debía y sacarle a subasta pública

los bienes, en el caso seguro de que no pudiese devolverlos. Esta idea

le produjo vivo deleite. Mas, después de meditar un poco sobre ella,

comprendió que había de causar malísimo efecto en el pueblo, porque al

cabo era su familia. Arrojarse él en persona a perseguirla judicialmente

y arruinarla iba a parecer un acto de crueldad inusitado, y le haría

desmerecer en el concepto de los vecinos.

Entonces imaginó una gran bellaquería. Fue cierta tarde a ver a D. Félix

el escribano, y pretextando que necesitaba fondos con urgencia para

remitir a América, le propuso el traspaso de la deuda, mediante un

razonable descuento. Aceptó D. Félix el negocio, porque era bueno: Tomás

poseía bastante ganado, y además una finquita adquirida tiempo atrás de

la subasta de los mansos de la parroquia, que bien valía ella sola los

catorce mil reales.

No se pasaron veinticuatro horas sin que el escribano le requiriese

verbalmente al pago. Tomás quedó sorprendido y aterrado. Nunca había

pensado que su hermano pudiera hacerle tal ruindad. Desde luego contestó

que no disponía de ese dinero, y pidió prórroga. D. Félix, con reparos y

palabras ambiguas, llegó a prometérsela, o tal creyó el desgraciado al

menos. Mas, a los dos días, se vio citado de conciliación ante el juez

municipal. Se le presentó el recibo, reconoció la firma y volvió a

declarar que por el momento no le era posible pagar aquella deuda; que

pagaría los réditos vencidos y firmaría nueva obligación,

comprometiéndose a saldarla en el término de seis meses. Don Félix no

admitió este arreglo, quedó disuelto el acto, y a instancia suya fue

expedido por el juzgado de primera instancia de Lada despacho de

ejecución contra el molinero, por valor de los catorce mil reales.

Y una mañana, cuando la familia se disponía a comer, entró por la puerta

el escribano (D. Félix, no, que era parte; otro) acompañado de dos

alguaciles, para ejecutar el embargo. Detrás de ellos, algunos curiosos

que les habían visto cruzar por el pueblo, los cuales se mantuvieron un

trecho separados de la casa esperando ver en lo que paraba aquello.

Tomás los recibió extrañamente inmutado, como si le viniesen a notificar

su sentencia de muerte.

--¡No hay que apurarse, hombre, no hay que apurarse!--le dijo el

escribano con semblante risueño.--Las cosas hay que tomarlas como

vienen; cachaza y mucho pecho.

Después le preguntaron dónde tenía el ganado. Parte estaba en los prados

y parte en el establo. Era necesario juntarlo todo. El infeliz se vio

obligado a acompañarles hasta el prado, para traer al establo lo que le

faltaba. Iba más muerto que vivo, pálido, silencioso; se le había

concluido la vena jocosa de que tanto abusaba. A la vuelta no pudo

resistir; se metió en la huerta de casa y se arrojó de bruces debajo de

un árbol, mesándose los cabellos sin articular palabra.

Sacaron el ganado del establo y lo juntaron todo delante de casa. Ángela

y Rosa, en el corredor, sollozaban fuertemente. Rafael daba vueltas en

torno de los alguaciles, agitado y tembloroso, con la faz demudada y

reventando por llorar. Cuando aquéllos sacaron las cuerdas que traían

enrolladas y se dispusieron a amarrar las vacas, estalló en gemidos

lastimeros.

--¡Agapito... Agapito... por Dios, no me las lleve!... ¡Agapito!...

¡señor escribano!... por Dios no me las lleve... por su madre... no me

las lleve... ¡por Dios no me las lleve! Y deshecho en llanto, corría de

uno a otro lado con las manos plegadas pidiéndoles misericordia.

Los alguaciles ataban en silencio, con la cabeza baja, sin atreverse a

mirarle. El escribano, con la misma cara de risa, le dijo:

--Eh, tonto, no grites: ya te las volveremos.

Cuando terminaron y se prepararon a marchar, los alaridos del chico

fueron terribles. Los curiosos allí congregados trataban de consolarle

en vano. Según pasaban por delante de sus ojos las vacas, llamábalas a

gritos por sus nombres.

--_¡Parda!... ¡Garbosa!... ¡Salia!..._ ¡No me llevéis la _Salia_!...

Agapito, por tu madre... ¡no me lleves la _Salia_!

Pero cuando vio marchar una hermosa novilla, que era su favorita, no

pudo contenerse. Corrió a ella y se agarró con todas sus fuerzas a los

cuernos.

Los alguaciles quisieron en vano separarle; cuanto más tiraban de él,

con más rabioso esfuerzo asía de los cuernos y del cuello del animal,

que a su vez se arremolinaba y sacudía la cabeza para zafarse de unos y

otros. Algunos de los que presenciaban la escena reían; otros la

contemplaban con lástima.

Al fin consiguieron arrancarle la presa. El chico volvió a gritar:

--_¡Cereza! ¡Cereza!..._ Por Dios, me dejéis la _Cereza_... Señor

escribano, déjeme la _Cereza_...

Pero viendo que se alejaban sin hacer caso, dejó de suplicar. Se puso a

recoger piedras del suelo y a arrojárselas lleno de ira.

--¡Ladrones! ¡ladrones!... ladrones de vacas... ¡Déjame la Cereza,

ladrón!... ¡Deja esa vaca, ladrón!

Y tanto menudeaba las pedradas y con tal furia, que un alguacil se vio

obligado a volverse para castigarle. El muchacho se puso en salvo

corriendo. A los dos minutos ya estaba allí otra vez apedreándoles y

gritando:

--¡Deja esa vaca, ladrón!... ¡deja esa vaca, ladrón!

Y de esta suerte, huyendo cuando venían a cogerle y tornando en seguida

a tirarles piedras, les fue dando por más de media legua una muy pesada

escolta.

Los curiosos se habían diseminado. Reinaba completo silencio en el

Molino. Ángela y Rosa permanecían en el corredor, cada cual en un

rincón, con la cabeza entre las manos.

De pronto oyeron en la escalera los pasos de su padre, torpes y

vacilantes, como los de un beodo. Rosa se estremeció. Quiso ocultarse en

su cuarto; pero antes de que pudiese hacerlo, ya el bárbaro molinero

había caído sobre ella, mudo y rabioso como un tigre. La arrojó al suelo

y empezó a darle tremendos golpes con una gruesa vara de fresno. A los

pocos segundos la desdichada sangraba por todas partes, pero no exhalaba

una queja. En cambio, Ángela gemía pidiendo compasión, sin atreverse a

intervenir para defenderla.

La vara se quebró al medio. Con los cachos aún estuvo aporreándola buen

espacio. Cuando se cansó, asiola por los cabellos y la arrastró hasta el

cuarto, donde la dejó exánime y ensangrentada. Después, volviéndose

hacia Ángela, le dijo con voz temblorosa aún por la cólera:

--Ve a abajo y trae un pedazo de borona y un jarro de agua.

Ángela se apresuró a cumplir la orden. El padre fue otra vez al cuarto y

colocó uno y otro en el suelo, exclamando:

--¡Ahí tienes lo que has de comer y beber mientras seas tan perra!...

¡Yo te bajaré los humos!...

Después cerró la puerta y se guardó la llave, y, encarándose con Ángela,

le dijo con acento amenazador:

--¡Si tratas de darle una migaja más por la rendija, cuenta conmigo!

Bajó de nuevo la escalera. Ángela se fue a un rincón a llorar. El Molino

volvió a quedar en silencio.

XIV

Por la noche supo Andrés en la taberna lo acaecido en el Molino. Celesto

le refirió la escena con pelos y señales. Tan triste y abatido le dejó

el relato, que para confortarse un poco bebió contra su costumbre, y le

hizo daño. Entre el excusador y Celesto le llevaron a casa. Por la

mañana al despertarse no recordaba nada de lo que había pasado en la

taberna. Pero sí recordó con terrible claridad la situación en que sus

imprudentes galanteos habían colocado a la pobre Rosa. Después de

recapacitar un poco entre sábanas acerca del mejor partido que podía

tomar para redimir a la chica de tanto cuidado y dolor, no vio más

adecuada salida que partirse cuanto antes de Riofrío: lo mismo que venía

pensando hacía ya bastante tiempo sin ponerlo por obra. Su partida

restablecería la calma en aquella familia. Tomás y su hermano, no viendo

cerca el obstáculo capital para el logro de sus propósitos, apelarían a

medios más suaves. La misma Rosa, pasado algún tiempo (y esto era lo que

más trabajo costaba imaginar a su amor propio) le iría echando en olvido

y se acomodaría a la postre a ser la esposa rica y sumisa de su tío el

indiano. Y sin poner los pies fuera del lecho quedó resuelto de modo

irrevocable que al día siguiente muy tempranito montaría a caballo para

tomar en Lada el tren de la mañana.

Lo primero que hizo después de levantarse fue buscar a su tío para

comunicarle aquel designio. Hallolo en la huerta totalmente abstraído en

la contemplación melancólica de un pie de berza en que las orugas se

habían ensañado. Andrés no anduvo con rodeos. Se lo anunció de golpe y

porrazo.

--Tío, mañana me voy.

El pie de berza se sintió abandonado súbitamente.

--¿Cómo... cómo... cómo?

--Que mañana me marcho.

--¡Pero así, tan de repente! ¿Qué mosca te ha picado, chico?

--Demasiado sabe usted, tío, cuál es la mosca que me pica--profirió

Andrés con acento triste.--Por mi culpa están padeciendo algunos... No

quiero ser más tiempo causa de disgustos...

El pie de berza volvió a ser instantáneamente objeto de la más profunda

atención. Un buen rato se estuvo el cura devorándole con los ojos en

silencio. Al cabo, sin dejar de examinarle con particular cuidado,

articuló por lo bajo:

--Tienes razón, Andrés... En conciencia no puedo retenerte aquí...

Andrés guardó silencio y concentró también lúgubremente su atención

sobre la maltrecha planta. El cura fue el primero en levantar la cabeza.

--¿Pero cómo diablo te has metido en esos enredijos?... Mucho me

sorprende...

No encontrando explicación que pudiese dejar satisfecho a su tío,

Andrés prefirió no dar ninguna. Ambos, pues, se mantuvieron callados. Al

cabo, nuestro joven se fue otra vez tristemente hacia la casa y se puso

a arreglar el baúl.

Mientras las manos trabajaban poniendo en orden los bártulos, el cerebro

tampoco descansaba, saltando por encima de los sucesos del verano, o lo

que es igual, por los varios y poéticos lances de su amoroso devaneo. Y

observó con cierta sorpresa que su corazón estaba más ligado de lo que

presumía a la hermosa y sencilla aldeana. ¡Cosa más rara! No podía

pensar en que iba a dejar de verla para siempre sin sentir un frío

particular hacia la región izquierda del pecho... ¡Pobre Rosa, tan

sencilla, tan buena! ¡dejarla en poder de aquellos bárbaros! (Al meditar

esto, volvía unos pantalones del revés y los doblaba con cuidado.) La

verdad era que Dios había sido injusto con él: le daba la salud en pago

de haber robado la paz y la dicha a una inocente niña. ¿No se cansaría a

la postre de sus mercedes y le castigaría de algún modo, que le doliese

mucho? (Envolvía unas botas en papeles y las metía en un rincón del

cofre.) El que tenía la culpa de todo era aquel asqueroso indiano que se

había interpuesto tan inoportunamente entre ellos... No, no; quien tenía

la culpa de todo era él; no debía forjarse ilusiones. ¿Quién le había

metido a decir amores a una chica con la que sabía de cierto que no

había de casarse?... ¿Pero en qué había de pasar el tiempo de otra

suerte? La conversación de su tío le cansaba; la de los paisanos más;

Celesto le hacía recalar siempre a la taberna. Luego, ¡Rosa era tan

linda! ¡tenía tantísima gracia! Era digna por todo de ser una

señorita... (Colocaba cuidadosamente una camisa con el cuello hacia

abajo para que no se arrugara.) ¿Qué pensaría de él luego que supiese su

partida? Por todas partes que se mirase era acción innoble el irse sin

decirle siquiera una palabra de consuelo; algo que justificase su

conducta. Le causaba fuerte pesadumbre aparecer a los ojos de Rosa como

un ser odioso, sin entrañas. Si pudiese tener una entrevista con ella

antes de marchar, quizá lograse convencerla de que la separación era el

mejor partido que podían tomar: acaso con algunas vivas protestas de

cariño y ciertas vagas esperanzas de volverse a ver con el tiempo

endulzaría la amarga píldora que le iba a propinar. Pero ¿cómo

arreglarse para ello, estando encerrada por el cafre de su padre?

(Aprensaba la ropa con ambas manos porque el baúl no quería cerrar.) En

vano dio vueltas a la imaginación larguísimo rato para buscar un medio.

No parecía.

Mucho tiempo después de haber arreglado el equipaje, todavía seguía la

pista de alguna traza que le pusiera en comunicación con Rosa, aunque no

fuese más que por breves instantes. Después de comer, saliose a dar un

paseo solitario, a ver si el fresco de los campos despertaba en su

cerebro alguna buena idea. Nada; no veía ningún punto luminoso. Allá,

hacia la tarde, acordose de que comenzaba en la iglesia la novena de San

Rafael, patrono del pueblo. Su tío le había anunciado que predicaría D.

José, el excusador:--«el mejor orador del concejo, un pico de

oro»--tales habían sido las palabras del párroco para encarecer las

dotes de su coadjutor. Paso entre paso, deshizo lo andado y se encaminó

hacia la iglesia, triste siempre y caviloso.

Había comenzado ya la novena. El pico de oro estaba en el púlpito

diciéndola por un libro. El monaguillo le alumbraba con un trozo de

cirio, porque la iglesia empezaba a quedarse oscura. Buen número de

mujerucas repetían, arrodilladas sobre el pavimento de tierra apisonada,

las palabras del exiguo eclesiástico, que salían arrastradas y gangosas

de su boca, como es de rigor en casos tales. Un enjambre de chicos

rodeaba el altar portátil de San Rafael, que parecía un ascua de oro;

otros se mantenían derechos por los contornos del presbiterio, bajo la

vigilancia del cura, que no cesaba de dar vueltas, administrando

equitativas correcciones con su muleta al que no se estaba quieto. A la

puerta de la sacristía tropezó nuestro joven con Celesto, de rodillas,

con las manos plegadas, los ojos en blanco, en éxtasis completo; tan

arrobado que no le vio. Conservaba todavía en la mejilla izquierda

señales de una reyerta que había tenido en la taberna la tarde

anterior.

Arrimose Andrés al arca de la vestimenta, debajo del Cristo

ensangrentado, y sin atender poco ni mucho a lo que se celebraba, siguió

dando rienda a su pensamiento. Según se iba aproximando la hora de

partir, el recuerdo de Rosa le hacía más cosquillas en el alma. Fue a la

puerta otra vez y echó una intensa mirada a la iglesia, a ver si por

casualidad la veía entre las mujeres; pero fue en vano. Ni a Rosa ni a

Ángela logró echar la vista encima. A quien vio únicamente entre la

gente menuda fue a Rafael, el cual, sin saber por qué, le pareció más

simpático que otras veces. La remota semejanza con Rosa quizá fuese

parte a ello.

Después que D. José y todos los fieles a coro dijeron buena porción de

oraciones, que a nuestro joven le parecieron una misma, o por lo

abstraído que estaba, o porque en realidad no discrepasen mucho unas de

otras, rompió el excusador a cantar alto y tendido un villancico a la

Virgen sin acompañamiento de órgano, porque no lo había, ni de

instrumento musical alguno. Así la voz del clérigo, engolada y espesa y

muy celebrada en la comarca, se ostentaba más pura. Casi todas las

mujerucas contestaron entonando un estribillo, que por cantarse en todas

las festividades religiosas de la parroquia sabían de memoria hasta los

más duros de oído. Volvió el excusador a cantar otra letra y tornaron

las mujerucas a responderle con el mismo estribillo: y así por varias

veces. Terminado el canto, bajó D. José del púlpito y se hincó de

rodillas ante el altar de San Rafael para pedirle que le inspirase el

sermón que tenía escrito y aprendido hacía más de quince días.

Reinó grave silencio en la iglesia. Nadie osaba turbar, ni aun los

mismos chicos, la edificante oración del coadjutor. En aquel momento fue

cuando a Andrés le acudió la idea de servirse de Rafael para hablar con

Rosa por última vez. ¡Si el muchacho se aviniese a llevarle un

recado!... Lo intentaría. Y con la esperanza de dar una tierna despedida

a la joven aldeana y justificar su proceder, le bailó el corazón de

alegría. Cuando el excusador subió al púlpito, terminada su plegaria, no

pudo reprimir un gesto de impaciencia.

Mientras D. José, en lo alto de la sagrada cátedra, se sonaba con un

pañuelo de yerbas y se limpiaba las narices repetidas veces de un modo

mesurado e imponente, propio para ejercer saludable fascinación en el

ánimo de aquellos sencillos campesinos, el cura de Riofrío, transformado

en _hostiario_, ordenaba el concurso de suerte que todos pudiesen oír

cómodamente al orador. Y para vigilar toda la iglesia y tener cuenta que

ningún muchacho se excediese, abrió con la muleta un pasillo por el

centro y comenzó a pasear por él gravemente desde la puerta hasta el

altar mayor y viceversa, apercibido a moler los cascos al primero que se

desmandase.

El excusador principió en tono muy bajito, muy bajito, para mayor

solemnidad. Después fue gradualmente levantando el gallo hasta retumbar

en la iglesia como un trueno. Parecía obra de milagro que tal estentórea

voz saliese de aquel corpúsculo liliputiense. Aunque es verdad que el

calor de sus convicciones teológicas debía ser parte muy principal a

fortalecerlo. A Andrés, que se dispuso a escucharle por recurso, le

pareció muy bien el exordio del sermón, elegante, atildado. Los párrafos

que le siguieron desdecían muchísimo de él. Más adelante volvió a soltar

otro período majestuoso y grandilocuente, que a nuestro joven le agradó

sobremanera; pero luego se despeñó en un fárrago de vulgaridades y

chocarrerías, de las que no menos quedó asombrado, «¡Vaya un hombre

original!» dijo para sí. Otro período de superior calidad; otro en

seguida necio y arrastrado. Finalmente, Andrés, por medio de cierta

sentencia original que le pareció haber leído, se puso sobre la pista y

vino a comprender lo que aquel revoltijo de cosas buenas y malas

significaba. D. José estaba triturando un precioso sermón de Bordalue.

El paño era superior, pero el zurcido detestable.

No le parecía así al párroco, que seguía paseando sosegadamente por el

centro de la iglesia, puestos sus ojos terribles en todos los rincones,

dispuesto a reprimir cualquier irreverencia. No pasaba una vez por

delante del púlpito que no asintiese con la cabeza a lo que su coadjutor

estaba pregonando. Alguna vez llegaba hasta decir en voz alta: «Muy

bien, don José, muy bien.» Con esto el excusador se animaba hasta querer

echar las entrañas por la boca a puros gritos. Pero cuando la aprobación

del cura se convirtió en entusiasmo y se manifestó más ostensiblemente

fue cuando D. José comenzó a trazar la pintura de un animal monstruoso y

hediendo: el rostro peludo como el de un mico, el hocico apuntado como

la hiena, los ojos hundidos y atravesados, los labios colgantes, las

garras como los ogros... El cura no comprendió al pronto. En pie,

delante del púlpito, seguía con gran curiosidad las palabras del

excusador, haciendo inútiles esfuerzos por adivinar a quién se refería.

Al cabo vino a averiguarlo, cuando el excusador puso a su monstruo un

gorro frigio sobre la cabeza.

--¡Ah, sí, Garibaldi--exclamó lleno de alegría!...--Muy bien, muy

bien... ¡Duro en él, D. José, duro en él; duro en ese pillo!...

Y emprendió de nuevo su paseo murmurando injurias contra el enemigo del

Papa. D. José siguió también dándole duro, como le aconsejaban, por un

buen rato. Después pasó a otro asunto y por fin terminó deseando la

gloria eterna a todos los presentes.

Cuando la gente salió de la iglesia era ya anochecido. Andrés se emboscó

por las cercanías, y cuando atisbó a Rafael abocole con las debidas

precauciones para no ser notado. El chico se mostró acortado y como

descontento de aquella conferencia. Hacía ya tiempo que no oía a su

padre más que maldecir del señorito madrileño. Además, él había sido la

causa de que le subastasen las vacas. Así que cuando Andrés le propuso

llevar un recado a su hermana, dijo resueltamente que no se encargaba de

nada y trató de apartarse.

--Espera un poco, Rafael... Yo me voy mañana para Madrid y no volveré

más por esta tierra... Pero antes de marcharme quisiera decir adiós a tu

hermana... ¿A tí que te perjudica eso ni a tu padre tampoco?... Yo lo

hago, porque la pobre no crea que la desprecio... En cuanto me vaya

quedaréis en paz. Tu tío se desenfadará y os dará dinero otra vez para

comprar las vacas y se casará con tu hermana...

El chico guardó silencio. Andrés comprendió que dudaba de su partida.

--Si piensas que no me marcho puedes preguntárselo al criado de mi tío,

que bajó hoy el caballo del monte...

Y como viese que vacilaba sacó del bolsillo una moneda de plata y se la

puso en la mano.

--¿Qué quiere que le diga a Rosa?

--Que cuando oiga silbar esta noche en la calle, baje a la cocina y me

abra la puerta.

--¿Pero no ve que duerme Ángela con ella?

--Ya lo sé... puede salir del cuarto cuando todos estén durmiendo, sin

hacer ruido... Ángela tiene el sueño pesado...

--Bien; yo se lo diré... y luego ella que haga lo que le parezca.

--Eso es: muchas gracias, Rafael.

El chico se alejó sin contestar.

Andrés entró en la rectoral, dio la última mano a su equipaje, fue a la

cuadra a ver cómo había bajado el caballo, y cuando llegó la hora se

puso a cenar con su tío. Mientras duró la cena hablaron poco. Andrés

estaba preocupado e impaciente; su tío mostrábase triste, y viendo que

el sobrino lo estaba también, callaba, agradeciéndole esta tristeza, que

creía originada por la marcha. Poco después ambos se retiraron a sus

cuartos. El cura le dijo:

--Puedes dormir a pierna suelta, Andrés. Yo me encargo de llamarte a la

hora.

En vez de hacer lo que su tío le encargaba, salió sigilosamente de casa

cuando presumió que todos estaban dormidos, y enderezó los pasos hacia

el Molino.

El idilio de un enfermo · 第 9 / 12 段