Gran rumor en la iglesia a la aparición del sacerdote: las mujeres se

arrodillan, la mayor parte de los hombres también. En la sacristía se

opera un movimiento de concentración hacia la puerta. Don Fermín, dentro

del presbiterio, inclinado profundamente, comienza a recitar con voz

hueca y oscura las preces de la misa; un niño que tiene al lado le

contesta. El maestro, el escribano y Celesto abren un enorme misal de

letras coloradas, lo colocan sobre el arca de la vestimenta, y con voz

destemplada principian a cantar. Imposible que se diera algo más

inarmónico y endiablado. Andrés, después de haberlos contemplado un rato

con espanto, se refugió en la puerta y desde allí comenzó a explorar los

rincones de la iglesia. Estaba enteramente ocupada por la gente de la

aldea, todos labradores; las mujeres delante, vestidas la mayor parte de

tela de estameña negra, pañuelos de color a la garganta y la cabeza

cubierta con mantilla de franela; los hombres detrás, con chaqueta de

bayeta verde o amarilla, calzón corto de pana, medias blancas de lana

sujetas por ligas de color. Todos asistían con profunda devoción y

recogimiento a la misa.

El joven cortesano, no muy fervoroso, paseó una y otra vez su mirada

distraída por el concurso, ahora fijándose en una mujer que pellizcaba a

su hijo para que se estuviese atento, después en un anciano que rezaba

con los brazos en cruz, más tarde en unos niños que se entretenían en

meter la cabeza por el enrejado del altar. Había algunos rostros

bastante agradables entre las mujeres, frescos y sonrosados, los cuales,

por más que aparentasen mucha atención y recogimiento, no dejaban de

volverse a menudo, y con visible curiosidad, hacia el forastero pálido

que se apoyaba en el quicio de la puerta de la sacristía. Había,

particularmente, uno moreno, gracioso, de nariz levemente aguileña, boca

chiquita y fresca, ojos no muy grandes tampoco, pero negros y vivos,

frente estrecha y adornada con rizos de pelo negro, que consiguió

llamarle la atención.--¡Vaya una chica salada!--pensó, devorándola al

mismo tiempo con los ojos. A la joven aldeana también debió de

extrañarle Andrés, porque le miró larga y fijamente un buen espacio, sin

importarle nada de la insistente curiosidad de éste. Después que le hubo

examinado a su sabor, hizo una levísima mueca con los labios y entornó

de nuevo los ojos al altar. El forastero, con la percepción clara y fina

del hombre culto, adivinó por esta mueca que no había gustado. El rostro

trigueño no volvió a inclinarse hacia su lado en todo el tiempo que

duró la misa. En cambio, Andrés, por una especie de atracción magnética,

apenas pudo quitarle ojo. Al mudar el misal para leer el Evangelio, la

joven se levantó, tomó un hacha de cera que tenía delante, colocada

sobre unos palitroques, y fue a encenderla en uno de los dos cirios que

ardían al pie de la verja del altar. Entonces nuestro héroe pudo

contemplar una figura más alta que baja, esbelta y airosa, un pecho

subido y pronunciado que, digámoslo en menoscabo de su pureza, no fue lo

que menos impresión le causó desde el principio.

Al llegar al Ofertorio, el cura se dispuso a predicar a sus feligreses.

Algunos de éstos, los más próximos a la puerta, se salieron; las mujeres

se sentaron; en la sacristía, el escribano también se sentó en un banco,

sacó el bote de plata con tabaco y se puso a liar un cigarro: no

tardaron en acompañarle algunos otros. Andrés, el maestro y D. Jaime

permanecieron en la puerta.

--«Tengo que deciros una cosa--comenzó el cura en el tono más cavernoso

que pudo adoptar.--Tengo que deciros que sois unos verdaderos fariseos,

porque aparentáis cumplir con los preceptos de Nuestro Señor Jesucristo

y de Nuestra Santa Madre la Iglesia, y hacéis, me entiende usted, befa

de ellos en secreto. Venís a misa, rezáis el rosario, asistís a las

procesiones; pero es porque no os cuesta ningún trabajo. En cambio, si a

mano viene, no os importa trabajar en día festivo, faltando a uno de los

primeros mandamientos de la ley de Dios, que dice «santificar las

fiestas...» Lo que hacen mis feligreses en tiempo de yerba, como ahora,

es un verdadero escándalo, y está dando que decir, me entiende usted, a

todas las personas piadosas del concejo. Con la mayor frescura levantan

la yerba los domingos, la cargan y marchan con su carro chillando por el

medio del pueblo, como si Dios no los mirase, como si no clavasen con su

pecado una espina más en la cabeza de nuestro Redentor. Esto no está

bien, no está bien, y espero que os corrijáis, si no queréis ser los

sepulcros blanqueados de que nos habla el Evangelio, llenos de

podredumbre, me entiende usted, y de inmundicia por dentro, y limpios

por fuera... eso es...

»Pero alguno me dirá: ¿De modo que, bajo ningún pretexto, se puede

trabajar los domingos?... Yo le contestaré: Distingo... Si Juan, Pedro o

Diego, pongo por caso, tienen la yerba tendida en la heredad y temen que

se les pierda de no meterla cuanto antes en la tinada, bien porque el

día amenaza nublado y amanece a llover, o bien, me entiende usted,

porque ya esté seca de algunos días o por cualquier otra causa; si

aprovechan la mañana del domingo para meterla, y efectivamente la meten,

procurando no dar escándalo... no pecan... Pero si Juan, Pedro o Diego

se ponen a revolver la yerba o a meterla un domingo por estar más

desocupados el lunes, o porque, me entiende usted, quieren concluir

cuanto más antes esta labor para comenzar otra, o por decir que la

tienen en la tinada antes que los demás vecinos, o por cualquier otra

causa que no sea legítima... entonces pecan mortalmente.

»Por consiguiente, ya lo sabéis... No se puede trabajar los días

festivos sin causa; que lo oigan bien esos que están a la puerta...

¡sin causa legítima!... Los que trabajen pecan mortalmente y están

condenados, si no se limpian en el sagrado tribunal de la Penitencia, a

las penas eternas del infierno.

»Por consiguiente, ya lo sabéis... El tercer mandamiento de la ley de

Dios es «santificar las fiestas.» Todos estamos obligados, me entiende

usted, a guardar los días de precepto, no sólo para bien de nuestra

alma, sino por el ejemplo que con nuestra buena conducta damos a los

otros. Los que falten a este sagrado precepto sin necesidad, cometen un

grave pecado. Dios ha descansado el séptimo día cuando hizo el Universo,

y quiere que nosotros descansemos también...

»Por consiguiente, ya lo sabéis...»

Todavía siguió el cura buen rato arrastrando con esfuerzo el carro de la

palabra, repitiendo los mismos conceptos, a veces con las mismas

palabras, buscando en los nudillos de los dedos, que frotaba suavemente,

nuevas ideas y argumentos. La voz era profunda, particularmente al

terminar los períodos: al principiarlos, más gangosa que profunda.

Los rostros de los feligreses expresaban aburrimiento resignado. Las

mujeres, sentadas en el suelo, miraban cara a cara al cura con ojos

distraídos. Los hombres de la puerta bostezaban, abriendo la boca hasta

descoyuntarse las mandíbulas. Andrés, el maestro y D. Jaime, fatigados

de escuchar, se replegaron también hacia el banco donde estaba el

escribano. Se empeñó una conversación animada acerca de lo que podía

recaudarse entre los vecinos para la fiesta parroquial, que no estaba

muy lejos. El escribano, D. Jaime y otro de los que allí se hallaban

sostenían la causa de los vecinos y se oponían a que se les gravase,

alegando que la fábrica aún tenía algunos fondos: el maestro y Celesto

defendían la del cura.

Al fin terminó éste su plática, y prosiguió la misa. Todos volvieron a

sus primitivos puestos. Los cantantes apenas tuvieron ya que decir en

adelante más que _amén_ y _et cum spiritu tuo_, respondiendo al cura.

Cuando éste, después de cantar solemnemente el _ite misa est_, echó la

bendición al pueblo, los circunstantes se volvieron unos a otros,

diciendo un «buenos días» amical y apresurándose a recoger los

sombreros. Algunos se marcharon; otros, entre ellos Andrés, esperaron al

cura, que entró en la sacristía mascullando latines, los ojos bajos y

las manos juntas. Después que se despojó de la casulla, saludó con

expansión a sus amigos.

Cuando nuestro joven salió de la iglesia, las campanas repicaban

alegremente. El sol bañaba ya enteramente el valle. Mozos y mozas

formaban pintorescos grupos dentro y fuera del pórtico, que empezaban a

moverse en dirección al pueblo. En uno de ellos atisbó a la morenita que

le había llamado la atención.

--Oiga usted, Celesto, ¿quién es aquella chica morena que está a la

izquierda del hombre de la boina?

--¿Cuál, la del pañuelo azul?

--No, la del pañuelo negro y corales en la garganta... la que ahora se

despide, mire usted.

--¡Ah, sí!... la hija de Tomás el molinero... No piense usted en ella,

D. Andrés... (bajando la voz y en tono confidencial). Yo le daré a

conocer otras mucho más amables en cuanto usted se mejore un poco... Ésa

es una yegua.

VIII

Al mes de hallarse en las Brañas, Andrés había mejorado notablemente.

Sin otras medicinas que el andar constantemente al aire libre, montar a

veces el caballejo de su tío, salir otras con Celesto a cazar (en

realidad a espantar pájaros), jugar a los bolos, acostarse y levantarse

temprano, acudió el apetito y desapareció la extremada debilidad que le

inquietaba. El color siempre pálido, pero se iba tostando un poco.

Bajaba a menudo al pueblo, compuesto de unas cuantas docenas de casas,

blancas unas, pardas otras, todas pequeñas y de un solo piso,

diseminadas sin orden por el espacio de tierra llana que el río dejaba

en su margen derecha. Las grandes huertas, que algunas de ellas tenían

detrás o a los lados, ensanchaban bastante el perímetro de la aldea. En

el centro, o hacia el centro, estaba lo que pudiera llamarse plaza, o

sea un pedazo de tierra cercado a trozos por casas, a trozos por

árboles, surcado por la acequia de un molino, que se salvaba por medio

de un pontón de madera. Tal pedazo de tierra sin cultivar servía de

desahogo al pueblo. En el medio había una columna de madera, carcomida

por la intemperie, a cuyo extremo se hallaba sujeta una campana que se

hacía sonar con cadena. Servía para convocar a los vecinos en caso de

necesidad, y también la utilizaba el cura para rezar el _Angelus_ cuando

las horas del mediodía o el oscurecer le sorprendían entre sus

feligreses. Los que anduviesen cerca se agrupaban en torno, la cabeza

descubierta, los ojos bajos: el cura, de pie en la escalerilla que

servía de pedestal, dominándolos a todos, rezaba en alta voz, dando con

lentitud tres campanadas antes de cada Ave María. En una cierta mañana

en que Andrés bajó al pueblo, halló gran número de hombres reunidos al

pie de la columna. Se introdujo en el grupo para saber de lo que se

trataba. Un vecino sostenía con calor (con el calor relativo que emplean

los paisanos hasta en los negocios más importantes de la vida) que el

toro del concejo no servía, que era demasiado corpulento y que había

causado graves daños a sus vacas y a las de otros. Los perjudicados

apoyaron los argumentos del preopinante, y después de breve discusión,

en que sólo sostuvo la causa del toro el vecino encargado de mantenerlo

(por haberse encariñado con él, según se aseguraba por lo bajo),

decretose, de acuerdo general, que fuese vendido en el primer mercado, y

se comprase otro de menor tamaño.

Solía por las tardes ir a dormir la siesta a la Mata, debajo de una gran

acacia, y se placía extremadamente en escuchar horas enteras los gorjeos

de los pájaros, los rumores de los árboles, el canto de los insectos.

Tendido boca arriba en el césped, contemplaba sin pestañear el

firmamento, sumergiendo la mirada en sus profundos senos azules,

pensando algunas veces descubrir detrás de ellos algún inefable

misterio. Aquella posición le mareaba al cabo. Entonces solía ver el

cielo como inmenso mar de cuyas aguas salían formando bosques de algas

las copas de los árboles: los pájaros eran las naves que lo surcaban.

Cuando el viento azotaba las hojas y removía la tenue gasa azul que las

envolvía, corría gozo extraño por todo su cuerpo, acometíanle locos

deseos de volar por aquellas diáfanas regiones, imaginábase en medio de

ellas solo, perdido, árbitro de surcar la inmensidad en todas

direcciones, sentíase envuelto y acariciado por las olas sutiles del

éter; la vista entonces se le ofuscaba; el vértigo se apoderaba de su

cabeza. Quedaba algunos instantes con los ojos abiertos sin ver, con el

pensamiento despierto sin pensar. Era, no obstante, un mareo tan

delicioso, un bienestar tan grande, que hubiera querido que durase

eternamente.

En la aldea comenzaban a tratarle con familiaridad: le llamaban D.

Andrés el sobrino del señor cura, y le instaban para que entrase en las

casas, y le agasajaban mucho cuando le tenían dentro. Se había corrido

la voz de que era rico y que «escribía en los papeles.» No había

necesidad de más para que el pueblo entero le respetase y se interesase

por su salud. Ningún vecino había que, al tropezarle por los caminos, no

le preguntase si tenía más ganas de comer. El apetito de Andrés fue por

una temporada la cuestión palpitante en Riofrío.

Cuando se hubo repuesto un poco, Celesto se atrevió a proponerle una

salida nocturna a caza de aventuras galantes por los caseríos

comarcanos: el cura no se enteraría de nada: tampoco D.ª Rita: después

que todos se hubiesen retirado, él colocaría una escalera de mano debajo

de la ventana, y por ella bajaría y subiría sin que alma alguna lo

advirtiese. Pero no aceptó la proposición. Se encontraba en uno de esos

períodos de la vida en que las mujeres interesan poco, en que lo

femenino no basta a llenar el alma embargada por otra clase de

sentimientos. De un lado, la admiración y las sorpresas que diariamente

le proporcionaba aquella rica naturaleza; de otro, la necesidad

imprescindible de restaurar su organismo, de renovarse, de asegurar su

vida expirante.

Sin embargo, en este sosiego físico y espiritual que disfrutaba todavía

su temperamento, excesivamente impresionable, se alarmaba alguna vez.

Eran leves y periódicas sacudidas que, por fortuna, duraban poco. Los

domingos, cuando iba a misa, solía contemplar a aquella muchacha morena

del primer día arrodillada en el mismo sitio y ejecutando a la lectura

del Evangelio la misma operación de levantarse y encender su hacha.

Desde la puerta de la sacristía se la veía admirablemente. Y como no

hubiese por allí cerca otro objeto más interesante en que fijarse (salvo

la misa), la verdad es que Andrés se fijaba en ella más de la cuenta.

Esto se iba murmurando, por lo menos, en un grupo de mujeres cierto

domingo al salir de la iglesia. Mas no se crea que a nuestro joven se le

daba un ardite de la morenita. La prueba de ello es que en toda la

semana volvía a acordarse de su figura ni del santo de su nombre. Creía

estar a demasiada altura en achaques de amor para ir a enamorarse en un

dos por tres de una muchacha morena que enciende un hacha de cera en

misa. Pero lo que es mirarla, no hay más remedio que confesarlo, la

miraba con profunda y escrupulosa atención. Y ¡quién sabe! si no hubiera

sido por aquella malhadada mueca de desagrado que hizo la chica el

primer día, no hubiera sido imposible que nuestro héroe procurase

ponerse al habla con ella. Pero era tan susceptible como impresionable;

tenía aquella mueca siempre delante de los ojos como barrera

insuperable. Por otra parte, después que salía de la iglesia, ya no

hallaba ocasión de verla en toda la semana. Según le habían dicho, no

habitaba en el mismo pueblo, sino algo más lejos; cosa de un tiro de

bala hacia la montaña. No había, pues, modo de verla sino haciéndole una

visita. Andrés no pensaba en ello.

Cierto suceso, puramente casual, vino, sin embargo, a modificar un tanto

sus planes y sentimientos en este punto. Celebrábase en los términos

del concejo, pero a distancia respetable, la romería de Nuestra Señora

de la Peña, en el corazón mismo de la sierra. Aunque para llegar al

santuario la ascensión fuese penosa, era siempre de las más concurridas.

En las aldeas acaece a menudo que no son las más próximas y asequibles

las romerías animadas; quizá por el deseo que nos arrastra a todos a

vencer dificultades, aunque sea para divertirnos. Celesto vino a

proponerle el sábado por la tarde la excursión a ella; se la pintó con

tan hermosos colores que, aun a riesgo de fatigarse, consintió en ir,

con tal que la vuelta no fuese de noche.

--Vendremos antes de ponerse el sol, D. Andrés... y le aseguro que

vendremos bien acompañados.

Esto dijo el seminarista guiñando un ojo. Y, en efecto, al día siguiente

de madrugada, cuando aún no se veía del todo claro, llamó a grandes

golpes a la puerta de la rectoral. Despertaron a Andrés de su profundo

sueño, y después de mucho sacudirle, consiguieron ponerle en pie y que

se aderezase.

El viaje, aunque largo y difícil, no dejó de ser alegre. El tiempo

estaba sereno; el sol todavía no molestaba gran cosa. Celesto iba armado

de gaita. Andrés llevaba las provisiones. Cuando pasaban por delante de

algún caserío, se detenían a instancia del seminarista; descolgaba éste

la gaita de los hombros y comenzaba a soplar con furia. El toque de

alborada, risueño y bullicioso, estremecía de júbilo la silenciosa

aldea; las gallinas batían las alas despertándose, ladraban los perros,

los puercos gruñían en su pocilga, las vacas sacudían la cadena que las

sujetaba en el establo, dentro de las casas oíase rumor de pasos y

conversaciones. No tardaba en abrirse algún ventanillo y aparecer por él

un rostro fresco y sonrosado que al ver a Celesto sonreía mostrando unos

dientes admirables.

--¿Eres tú, capellán?

--Soy yo, Josefina.

--¿Qué vientos te traen por aquí?... ¡Ah! sí, la romería de la Peña; ya

no me acordaba.

--¿Te vienes con nosotros?

--No; iré hacia la tarde.

--Vente ahora, y te llevaremos en brazos.

--Soy muy pesada.

--¡Aunque fueses de plomo!

--¿De veras? Ya sé que no te falta voluntad; pero esta última vez has

venido muy flojo del seminario.

--Ven a probarlo.

--No tengo gana.

--¿Lo ve usted, D. Andrés? Me tiene miedo. Adiós, Josefina, hasta la

tarde. ¡Cuidado que faltes!

--¡Ya! Porque sin mí no hay romería.

--¡Mucho que sí! Adiós, resalada.

Tornaba Celesto a inflar los carrillos, y tornaba la gaita a exhalar sus

notas penetrantes alegrando la campiña. Cuando salía de la aldea, se

echaba otra vez el instrumento a la espalda.

De caserío en caserío fueron subiendo hasta el paraje donde se celebraba

la romería. Era una pradera en declive, cerca ya de la cima de una de

las más altas montañas. Formaba pequeña hondonada verde entre dos

escuetos picachos blancos: la capilla de la Virgen en el centro

completamente aislada. No había por allí ningún otro edificio. Desde las

primeras horas de la mañana acudió la gente de los contornos y mucha

también de sitios lejanos. Al mediodía estaba la romería en todo su

esplendor. La muchedumbre se derramaba por los alrededores de la capilla

en pintoresca y agradable confusión. Los vivos colores de los pañuelos y

delantales resaltaban prodigiosamente sobre el terciopelo negro de los

dengues y faldas de estameña, lo mismo que las chaquetas verdes y

amarillas de los hombres lucían sobre los calzones negros de pana. El

constante movimiento de aquella multitud abigarrada producía una especie

de titilación que deslumbraba. Todo era ruido y algazara. Aquí en un

grupo bailaban al son de la gaita y el tambor unas cuantas parejas: allá

en otro hacían lo mismo otras al toque destemplado de una zanfonia. Las

mesas de confites, más duros que el pedernal, y las cestas de fruta

estaban rodeadas de mujeres y niños: los puestos de vino y sidra,

atestados de hombres.

Andrés había tropezado a primera hora con Rosa; pero ésta pasó tan

seria a su lado, que no le entraron deseos de requebrarla. Celesto le

llevó de un lado a otro, haciéndole beber contra su voluntad algunos

sorbos de sidra en los corros de los hombres (los que el seminarista se

propinaba eran tragos horrendos) y tomar avellanas de mano de las mozas

que le iba presentando. Las tales mozas, amigas de Celesto, eran

excesivamente amables, enseñaban mucho los dientes al reír y bromeaban

con harta desenvoltura. De uno en otro grupo iban rodando, parándose a

saludar a éste y al otro paisano, casi todos ebrios ya, que les

entretenían larguísimo rato con charla impertinente y grosera. Andrés se

aburría soberanamente. Por el contrario, Celesto parecía cada vez más

alegre, y seguía con marcado interés todas las conversaciones, por

necias y disparatadas que fuesen.

A la tarde dieron con su cuerpo cerca de un grupo de muchachas que

bailaban la giraldilla un poco apartadas del grueso de la gente.

Detuviéronse a contemplarlas. Rosa estaba entre ellas, moviéndose con

más ligereza y garbo que ninguna, luciendo su talle flexible, que

aprisionaba un pañuelo de Manila, regalo de su señor tío el americano D.

Jaime, y adornada la cabeza con otro colorado de seda, por debajo del

cual asomaban los rizos de su negro cabello. Un collar de gruesos

corales le ceñía la garganta, y pendientes largos de perlas colgaban de

sus orejas. Tenía la hija del molinero de Riofrío figura arrogante y

esbelta, y en sus movimientos había gracia inexplicable. Su rostro

trigueño y sonrosado ofrecía ordinariamente expresión dura y hasta

desdeñosa; pero era tan vivo, tan fresco, tan salado, que causaba en los

hombres impresión placentera y picante al mismo tiempo.

En pie, a cierta distancia del corro, Andrés la contempló sin pestañear

buen rato, siguiendo con atención sus movimientos. Celesto se había

colado dentro de la giraldilla, y estaba causando entre las mozas mucha

risa y algazara con sus dicharachos y muecas: las abrazaba, les pasaba

la mano por el rostro cuando bien le venía, les pegaba fuertes

empujones, sin que ninguna se diese por ofendida.

--Vamos, D. Andrés, véngase a menear un poco las piernas, que estas

chicas lo desean.

Las mozas, avergonzadas, protestaron. Andrés sonrió, sin atreverse a

aceptar. Al fin, atraído por el deseo irresistible de aproximarse a Rosa

y por la necesidad de sacudir el aburrimiento, se introdujo también en

el corro.

La primera a quien sacó a bailar fue a Rosa. Creía con esto rendirle un

homenaje; trataba de captarse su simpatía. Mas, contra lo que esperaba,

la joven aldeana, al verle frente a ella en actitud de invitarla al

baile, le volvió rápidamente la espalda y se puso a bailar con la

compañera que tenía al lado. Andrés quedó un instante suspenso y

corrido. Luego, fingiendo indiferencia, sacó a otra muchacha y siguió

bailando. Pero el desaire, siquiera fuese el de una zafia aldeana, le

roía el alma. Por más que aparentase alegría, y brincase y cantase como

un estudiante crapuloso, lo cierto es que tenia los nervios excitados y

prestos a dispararse. Después de bromear largo rato, sin dignarse mirar

a su linda enemiga, pero con el pensamiento fijo en ella, atraído por el

desaire pasado como por un imán, y buscando el desquite como el jugador

que ha perdido, se puso de improviso otra vez frente a ella y la invitó

de nuevo. El mismo resultado. Rosa dio la vuelta y se puso a bailar con

otra amiga. Entonces los nervios de Andrés no pudieron sufrir más.

Soltose bruscamente de la rueda, y murmurando algunas palabras

coléricas, se alejó del corro. Celesto le siguió inmediatamente, muy

apurado.

--¿No se lo decía yo a usted, D. Andrés?--le dijo cuando le hubo

alcanzado.--¿Por qué no ha querido usted hacer caso de mí? ¡Al fin le ha

dado la coz!

En tanto, las mozas rodeaban a Rosa y le afeaban su conducta. A cuantas

advertencias le hacían contestaba con acento irritado y un gesto altivo

de reina salvaje:

--Yo soy una aldeana. No quiero bailar con los señores.

Tal resultado obtuvo el primer paso de Andrés para acercarse a su

morenita de la iglesia. Cuando al meterse en la cama aquella noche

recordaba el lance, se le encendía la sangre y disparaba injurias

mentales contra la rústica chicuela. Por la mañana, al vestirse, todavía

las seguía disparando, porque todavía seguía recordando el desaire. Al

mediodía lo mismo. Allá en el pensamiento, y aun entre dientes, la

apellidaba tonta, soez, presumida y hasta fea. Pero, contra su voluntad

y sus esfuerzos para distraerse, no podía apartarla de la imaginación.

El idilio de un enfermo · 第 4 / 12 段