tenía por costumbre, se bajó pian, pianito, al pueblo, sin objeto
determinado. Estaba casi desierto. La gente se había marchado al
trabajo: la mayoría de las casas cerradas. El sol de Junio alumbraba y
quemaba en la plaza a unos cuantos niños medio desnudos que jugaban
arrastrándose por el suelo. Andrés la atravesó lentamente, como quien
marcha a la ventura, y fue a salir por el extremo opuesto de la aldea.
Allí se abría una cañada que iba a la montaña, por donde bajaba un
arroyo tributario del río de las Brañas.
La cañada era frondosa y amena, y tenía el atractivo de lo desconocido
para nuestro joven, quien, al dar los primeros pasos en ella, de ningún
modo se hubiera confesado que le impulsaba otro móvil que el puro amor a
los paisajes. Si se lo hubiera confesado, seguro que hubiese dado la
vuelta.
Para mejor recrearse, no quiso seguir el camino que ceñía la ladera:
prefirió caminar por el álveo mismo del arroyo, que en el verano estaba
casi enjuto. Formaban sobre él los avellanos que salían de las fincas
lindantes una espesísima bóveda, tan baja que a veces no permitía el
paso de un hombre sin doblarse: en ocasiones llegaba hasta interponerse
como una barrera, como una muralla de verdura: entonces nuestro joven se
veía obligado a buscar un agujero por donde colarse, sosteniendo con las
manos el ramaje mientras pasaba. A un lado y a otro veía, por entre las
hojas, la alfombra verde de las praderas que el sol matizaba de oro. En
el cauce del arroyo no penetraban sus rayos. Era un túnel fresco y
oscuro; tan fresco que, a pesar de lo elevado de la temperatura, sentía
de vez en cuando leves escalofríos. Si las ramas de los avellanos no le
permitían caminar derecho, la naturaleza del suelo tampoco le dejaba
afirmar el pie con desembarazo. El lecho del arroyo era pedregoso y
desigual. Además, aunque no trajese mucha agua, todavía era la bastante
para formar menudos charcos, que se veía obligado a salvar saltando de
piedra en piedra. Éstas alguna vez falseaban y se mojaba la punta de las
botas. Entonces soltaba alguna violenta interjección y se detenía a
tomar aliento; porque el tránsito, aunque no vivo, era fatigoso. Paseaba
la vista en torno, y en todas partes tropezaba a corta distancia con una
tupida cortina verde. Estaba como perdido, anegado en un mar de verdura.
La monotonía del color empezaba a marearle. Sólo el hilo de agua que
corría por el suelo despedía hermosa vislumbre de plata, que alegraba la
oscura galería.
A punto estaba ya de suspender la excursión por ella, pues le iba
enfriando y fatigando un poco, y saltar a los prados y luego al camino,
cuando acertó a oír detrás del follaje rumor de voces. El corazón le dio
un salto; él sabría por qué; y sin vacilar, apoyó los pies en la
paredilla de guijarros, cubierta de musgo, que separaba el prado del
arroyo, apartó las ramas, se agarró fuertemente a una más gruesa que las
otras, y dando un brinco, cayó sobre el césped mullido de una muy
hermosa pradera.
El paisano, que encorvándose liaba un hacecillo de varas, levantó la
cabeza sorprendido. La muchacha, que algo más lejos, sentada en el
suelo, miraba pastar a unas vacas, también se volvió instantáneamente.
--¡Diablo de señorito!--exclamó el paisano tranquilizándose
inmediatamente.--Me ha asustado... Salta como un contrabandista.
La muchacha le miró fijamente sin despegar los labios.
--Dispensen ustedes--dijo Andrés un poco acortado.--Venía siguiendo el
cauce del arroyo, y no sabía ya dónde estaba... Oí voces y salté...
--¿Y qué caza venía usted siguiendo, señorito?--preguntó el paisano con
acento socarrón.
--No traigo carabina... ya lo ve usted... Venía tan sólo por conocer
estos lugares, que todavía no he visto.
--Y también por ver a esta reitana, ¿verdad?--dijo el aldeano soltando
una grosera carcajada.
La reitana se puso encendida como una cereza. Andrés también se ruborizó
y no supo qué contestar.
--Vaya, estoy viendo--continuó el paisano--que voy a tener que armar
garduñas alrededor de casa para los señoritos que me quieren comer las
uvas.
--¡Padre!--exclamó la muchacha sofocada.
Andrés sonreía estúpidamente.
--¿Que no se las quieren comer?--repuso el paisano.--¡Anda, anda! ¡Pues
si tú no las guardases bien, ya darían buena cuenta de ellas! ¿verdad,
D. Andrés?
--Tiene usted unas hijas muy guapas--dijo éste, ya sereno.
--Pero la que más le gusta a usted es Rosa.
--¡Padre!--volvió a exclamar la chica con voz angustiada.
--Verdad que sí... Pero como yo no le gusto a ella, no tendrá usted
necesidad de poner garduñas.
--¡Quiá!--exclamó el aldeano, soltando otra vez la carcajada.--No crea
usted eso, D. Andrés... Las muchachas están rabiando porque alguno les
diga algo, y si es un señorito, mejor que mejor... Mire usted, yo tengo
dos hijas; pues no sé cuál de ellas tiene más ganas de salir de casa...
Yo les digo: ¿cuándo diablos me atrapáis un señorón rico que os mantenga
para que me dejéis en paz?... Pero nada... se pasa el tiempo... van al
mercado los jueves, van a las romerías, y nada... no acaban de dejarme
solo a mis anchas.
--Pues yo me atrevo a desembarazarle de una--dijo Andrés adoptando el
mismo tono zumbón del paisano.--De las dos no me comprometo.
--No me lo jure, que lo creo... Pero en estos asuntos me gusta mucho que
intervenga también el cura... Y ustedes no lo pueden ver más que al
demonio, ¿verdad, señorito, verdad?
Y el paisano no cesaba de reír con socarronería.
--Según--repuso Andrés, otra vez acortado.--Algunas veces también nos
gusta...
--Cuando tropiezan una moza guapa y rica. ¡Ya!... Aquí viene usted
equivocado... Ni lo uno ni lo otro... Aquí no podemos ofrecerle más que
miseria y compañía... Vaya--concluyó, echándose a la espalda el haz que
acababa de liar,--hasta luego, que me voy... Rosa, a ver si te das arte
para atrapar a este señorito... Quede con Dios, D. Andrés...
Y se alejó riendo, con paso perezoso, hacia la casa, que estaba situada
en la parte superior de la finca, al borde del camino.
Andrés le estuvo mirando hasta que desapareció, por no atreverse a
convertir los ojos hacia Rosa. Mas al fin tuvo que hacerlo. Entonces vio
que lloraba, ocultando el rostro con las manos. Acercose a ella y se
sentó silenciosamente a su lado.
--¿Por qué llora usted, Rosa?... ¿Tengo yo la culpa?
--No, señor--contestó en tono colérico.
--¿Entonces?
--¡Este padre, que no tiene más gusto que avergonzarme!
IX
Desde aquel día Andrés acudió a casa de Rosa. Iba de ordinario por las
tardes, después de comer, y se volvía a la rectoral al toque de oración.
A veces también por la mañana le guiaban a ella el deseo y los pies. La
casa era como la de todos los paisanos, aun los mejor acomodados, pobre
y fea: en el piso bajo estaba la cocina, con pavimento de piedra y
escaño de madera ahumada: arriba había una salita con dos cuartos: en
uno dormían Rosa y Ángela; en el otro, su padre; abajo, en un cuartucho,
Rafael y el criado. Estaba aislada, cerca del camino, y tenía delante
una corralada; por detrás, miraba a la finca donde Andrés había
penetrado de improviso, y tenía puerta para el servicio de ella.
Llamaban a aquel sitio el Molino, por más que no estuviese allí, sino un
poco más lejos. Tomás y su familia no eran conocidos más que por «los
del Molino:» Tomás el molinero, Rosa del molino, Rafael el del molinero,
etc. En el pueblo, «ir al Molino,» lo mismo significaba ir efectivamente
a tal sitio que a la casa de Tomás. Las tierras que éste cultivaba, el
molino, la casa misma que habitaba, no le pertenecían: todo lo llevaba
en arriendo, como su padre y su abuelo. Su hermano Jaime, al llegar,
haría cosa de un año, de la isla de Cuba, quiso comprar la casería; mas
aunque daba por ella lo que no valía realmente, su propietario, un
marqués residente en Madrid, no se la quiso vender. Tomás vivía con
bastante desahogo, dada su condición, pero sin economizar un ochavo, y a
veces un tantico apurado.
Su hija Ángela era una muchachota fresca y robusta, de diez y ocho años,
uno más que Rosa, que tenía poco de particular, lo mismo en lo físico
que en lo moral. Rafael, un chicuelo de catorce, de pocas carnes y mucha
malicia. A Rosa ya la conocemos. Poco más de dos años hacía que estos
chicos habían quedado huérfanos de madre, muerta, según decían en la
aldea, «de punta de costado y pulmonía.» Desde entonces, Ángela y Rosa
quedaron al frente del manejo interior de la casa, lo cual no les
excusaba de asistir al trabajo en tiempo de labores, para ayudar a su
padre, a Rafael y al criado.
Andrés, con buen acuerdo para sus planes, trató de captarse la amistad
de estas personas, y lo consiguió al cabo de pocos días. Escuchaba
riendo las chanzonetas pesadas y groseras de Tomás; bromeaba con Ángela,
dejando deslizar siempre que podía alguna lisonja, que en el campo, como
en la ciudad, producen admirables efectos; contaba anécdotas picantes a
Rafael, y le proveía de tabaco; hablaba del tiempo y las labores al
criado, una especie de animal tardo y perezoso como el buey y con la
testa casi tan dura. En cuanto a Rosa, su conducta era distinta:
adoptaba la reserva diplomática y fría de que hacen uso los hombres
refinados para vencer a los seres inocentes, y que suele ser de feliz
resultado.
Todos le trataban con familiaridad, y hasta parecían haberse olvidado
del motivo que le había traído a la casa: tanto cuidado ponía en
mostrarse llano y amable. Las tardes lluviosas las pasaba sentado en el
escaño de la cocina charlando con la familia, interesándose por las
intrigas de la aldea, tan complicadas o más que las de la corte, y dando
su parecer acerca de ellas con toda seriedad. D. Félix había prestado
14.000 reales a Juan el tabernero. Todos se mostraban sorprendidos de
esta liberalidad, porque Juan no tenía un palmo de tierra donde caerse
muerto. El tío Tomás, sin embargo, meneando el fuego con un tizón, decía
sentenciosamente: «El hombre que engañe a D. Félix no ha nacido todavía:
de alguna parte saldrá ese dinero, aunque sea de las tiras del pellejo
del pobre Juan.» Algunas veces se vertían consideraciones filosóficas
sobre el mundo y la sociedad: el problema de los intereses materiales
era el único digno de atención. El tío Tomás parecía más escéptico y
pesimista que Schopenhauer: el pobre siempre debajo, el rico siempre
encima; para el pobre los palos, para el rico los gustos: lo único que
debía procurarse en este mundo era el hacerse rico. Burlábase zafiamente
de los curas; contaba acerca de ellos mil chascarrillos obscenos: no
obstante, como todos los aldeanos, era supersticioso, por más que lo
ocultaba. Su donaire burdo y soez hería a veces en lo vivo de las
ridiculeces humanas: tenía un temperamento observador cargado de
malicia: bajo su exterior calmoso y frío se adivinaba un espíritu sagaz
y travieso que había carecido de medios para desenvolverse. A Andrés no
le era nada simpático; pero tenía sus razones para sufrirle y aun para
bailarle el agua.
Cuando estaba bueno el tiempo, solía ir directamente a las fincas donde
trabajaban, sin pasar por casa. Allí se sentaba sobre el césped, a la
sombra de un árbol, dándoles conversación cuando el trabajo era en los
prados, o bien sobre una cesta con la sombrilla abierta, si en los
maizales. A veces ponía empeño en ayudarles, tomando el azadón, la pala
o la guadaña que le prestaba por algunos momentos el criado o Rafael:
acometía con ardor la tarea bajo la mirada burlona de Tomás y sus hijos,
que hacían alto para contemplarle: golpeaba con todas sus fuerzas y sin
compás alguno la tierra, sudaba, se inflamaba y al poco rato soltaba el
instrumento, rendido y jadeante, pálido de fatiga. Hombres y mujeres
reían al verle en aquel estado y le aseguraban, bromeando, que no servía
para aldeano. Él sostenía que esta fatiga le venía bien; y así era, en
efecto; cada vez se encontraba con más fuerza y apetito.
Su reserva y disimulo con Rosa produjeron al fin el resultado propuesto.
Aquella fierecilla, cuando vio que no la hacían caso, empezó a
domesticarse. Ya no huía cuando él llegaba, ni ponía la cara seria, ni
se fingía distraída cuando hablaba. Pasado algún tiempo, concluyó por
acogerle con la sonrisa benévola y respetuosa que los demás, y dirigirle
la palabra, aunque pocas veces. Hasta se le figuró a Andrés que las
preferencias calculadas que otorgaba a Ángela no le hacían mucha gracia.
Observando siempre con el rabillo del ojo, advirtió que, cuando se
acercaba a aquélla y le hablaba en tono confidencial, Rosa se alejaba
con cualquier pretexto. Una vez que llegó hallándose ésta sola en la
cocina, al cabo de un instante le dijo en tono indiferente, pero donde
se adivinaba algo que a nuestro joven le agradó mucho: «Ángela está
arriba.»
Entonces comprendió que era preciso variar de táctica. No le pesó nada,
en verdad: al contrario, se imponía extremada molestia para representar
su papel de displicente. O Rosa se iba haciendo cada día más graciosa, o
a él le iba haciendo cada día más gracia. No podía ver su figura, aunque
fuese de espaldas, sin sentir extraordinario deleite; no podía escuchar
su voz sonora y cristalina sin conmoverse. Si Rosa hubiera tenido
algunas nociones de coquetería, no la hubiera engañado aquel señorito
con su cara seria y sus modales diplomáticos: muy pronto advertiría que
le temblaban las manos cuando iba a entregarle algún objeto, y se le
escapaban de los ojos miradas relampagueantes y codiciosas. La pobre no
entendía jota del «arte amatorio,» ni era capaz de ver el doble fondo de
las acciones humanas. Tenía diez y siete años; el alma, como si no
hubiese cumplido los catorce. La ignorancia, la falta de trato y la vida
constante de trabajo habían cubierto los gérmenes de delicadeza
artística, de admirable penetración que en toda mujer existen, y les
habían impedido brotar. Poseía, sin embargo, una cierta altivez que
podía confundirse con la rusticidad, un orgullo salvaje que a veces
coloca Dios en las almas inocentes como ángel custodio; arma que el
pudor tiene cuando la naturaleza no le ha otorgado el don de la
perspicacia. La aspereza de su carácter le había valido la opinión de
necia y mal criada, pero la había salvado de un gravísimo peligro; y
esto era lo que nadie sabía en la aldea.
Ya que nuestro joven la encontró mejor dispuesta, comenzó a dirigirle a
menudo la palabra, tuteándola, por supuesto, como hacen los señores de
la ciudad con las chicas campesinas, inventando algunas bromas para
hacerla reír, y procurando por todos los medios imaginables captarse su
simpatía, aunque dejando aparecer lo contrario. Nada de requiebros, ni
mucho menos frases amorosas: comprendía que era espantar la caza, que la
fruta estaba muy verde, y que era mejor tener paciencia y sacudir el
árbol cuando sazonase. La embromaba con algún mozo que no le pareciese
rival temible, improvisaba contra ella de vez en cuando algunas
redondillas burlescas, que dejaban sorprendidos y extasiados a todos,
muy particularmente a Rafael, que no se hartaba de reír y repetirlas, y
contemplar con admiración a Andrés, como si el hacer versos fuese cosa
de milagro, y la engañaba siempre que podía contándole alguna estupenda
patraña, en medio de la algazara general. En cambio, Rosa, que poseía
singular aptitud para remedar los gestos y ademanes de cuantas personas
veía, una vez que entró en confianza, se puso a imitar los de Andrés con
tal gracia y perfección, que pudiera competir con el mejor cómico de
Madrid. Se atusaba el bigote y abría los ojos desmesuradamente lo mismo
que él cuando estaba distraído; hacía ademán de meterse las manos en los
bolsillos, y se encogía de hombros para remedarle cuando iba paseando;
contrahacía su risa, su modo de andar y sentarse, la forma de llevarse
el cigarro a la boca. Cuando esto no bastaba para hacerle callar, se
burlaba de su extremada delgadez; ponía un palito derecho sobre el
escaño y lo tiraba de un soplo, parodiando la poca consistencia del
joven; al salir, le abría el ventanillo superior de la puerta,
invitándole a pasar por él. Ángela, a veces, la reprendía por su falta
de respeto.
De broma en broma llegaron a venir a las manos, esto es, a retozar
alegremente donde quiera que se encontraban, generalmente en los prados.
Claro es que Andrés en este juego llevaba la peor parte. Si trataba de
sujetar a Rosa por las muñecas, ésta de una sacudida se zafaba,
dejándole tambaleando; cuando quería pellizcarla, ella a su vez le tenía
tan bien sujeto, que le era imposible moverse. No hallaba modo de
causarla la menor molestia. En cambio ella, cuando se lo proponía,
jugaba con él como el gato con un ratoncillo, le hacía dar vueltas para
marearle, levantábale en peso, sentábale siempre que quería y obligábale
a ponerse de rodillas pidiendo perdón; todo esto con gran risa y
regocijo de los presentes, que animaban a Andrés y le ayudaban de vez en
cuando. Rafael se perecía por ver a D. Andrés jugando con su hermana.
Ésta mostraba también hallarse en sus glorias retozando; gozaba en
correr y brincar como una cervatilla, y en desplegar su prodigiosa
agilidad; la rica sangre que corría por sus venas ansiaba el movimiento,
y así que lo conseguía, salpicaba de vivo carmín las rosas frescas de
sus mejillas. En cuanto se ponía a jugar se embriagaba: más que para
vencer a su contrario, atacaba y se movía con vertiginosa rapidez por el
placer que esto le proporcionaba. En ocasiones, Andrés se estaba quieto,
dejándose atormentar por ella sin compasión por contemplar a su sabor
aquel hermoso modelo de mujer, mórbido, exuberante y vigoroso como una
Venus del Septentrión, ágil y nervioso como las hijas del Mediodía.
Aquella naturaleza virginal como la de un niño, espléndida como una rosa
de Alejandría, tan pródiga de lo que a él hacía falta, le fascinaba y le
atraía. Era la salud y la belleza confundidas. La primera impresión de
agrado que había sentido al verla se dilató con el tiempo, fuese
infiltrando, por decirlo así, en su carne lentamente, y concluyó por
sojuzgar su temperamento. El contacto frecuente de los juegos y bromas
había contribuido a sobresaltarlo. No apreciaba como debía su alma
candorosa, ni su innato y vivo sentimiento del pudor, ni su imaginación
pintoresca; pero, en cambio, ningún cuerpo mortal fue admirado y deseado
con tanta intensidad como el de Rosa, a las pocas semanas de
relacionarse con el joven cortesano.
Nada de esto sospechaba ella, porque Andrés tenía buen cuidado de
ocultarlo bajo exterior indiferente y jocoso. Para Rosa no era más que
un señorito llano y amable que gustaba de jugar con ella y embromarla.
Hasta entonces había tenido muy mala idea de los señores. Una vez que
había ido a Lada, varios jóvenes que salían de un café le dijeron
algunas frases obscenas: otra vez, unos señores que habían venido de
caza a Riofrío, hallándola sola en un camino, le dijeron también
palabrotas groseras, y uno de ellos se propasó a vías de hecho. Además,
en su vida existía cierto acontecimiento, del que hablaremos más
adelante, que le daba razón para odiarlos y temerlos. «¡Los señores!
Unos puercos todos, sin vergüenza y sin religión,» decía a sus amigas.
Andrés, con su proceder comedido, le obligó a rectificar un tanto esta
opinión.
Pero aunque se mostrase más delicado que los otros, hay que confesarlo,
era de la misma pasta. No había formado plan para seducirla, pero
aspiraba a hacerse amar de ella, incitado a la vez de su belleza, que
sentía y apreciaba vivamente, ya lo sabemos, y de los obstáculos que su
carácter arisco y desdeñoso le oponía. Alguna vez, retozando, la
admiración y el deseo que rebosaban del alma habían salido a los ojos;
se detenía, quedaba inerte; la contemplaba con mirada húmeda y
anhelante, y estaba a punto de flaquear y rendirse a pedirle
humildemente un beso de su fresca boca; mas al instante, el temor muy
fundado de asustarla y perder su confianza le obligaba a seguir
representando el papel de joven aturdido y bromista. Adivinaba que Rosa,
colocadas las cosas en el terreno serio, no se dejaría tocar la punta de
los dedos.
En una ocasión, sin embargo, no pudo resistir más y se entregó. Fue en
las postrimerías de Julio... Estaba Rosa apacentando el ganado de casa,
cinco o seis vacas y dos o tres becerros, en un prado de las cercanías.
Andrés, que la husmeaba, apareció por allí con la carabina colgada del
hombro (la caza era el pretexto que adoptaba para vagar por los
contornos siempre que le convenía). Rosa, sentada sobre el césped,
miraba con ojos extáticos cómo pastaban las vacas.
--¿A que sé en qué estás pensando, Rosa?
--¡Jesús, qué diablo de hombre, me ha asustado!--exclamó la chica
volviendo la cabeza.
--Dejémonos de sustos... ¿A que sé en qué estabas pensando?
--¿En qué?
--Pensabas en Jacinto, el de la tía Colasa.
--Lo mismo que en usted.
--¡Eso quisiera yo!... Pues mira, me lo he encontrado ayer y le he
sacado del cuerpo que te quería. Aconsejele que te lo dijese cuanto más
antes y, sobre todo, que hablase a tu padre... Ha quedado en ello.
Rosa, al observar el tono serio en que hablaba, le miró sorprendida.
Después, viendo señales de burla en su rostro, hizo una mueca desdeñosa
y guardó silencio. A nuestro joven le pareció tan linda en aquel
momento, sin saber por qué, que, después de contemplarla extasiado un
rato y sentir cierto cosquilleo tentador por el cuerpo, se arrojó a
decir en tono de burla, pero con voz temblorosa:
--Tú no quieres a nadie más que a mí, ¿verdad, Rosa?
--¡Ya lo creo!... Lo mismo que usted a mí.
--¿De veras?
--¡Vaya!
El tono de la joven era irónico. Andrés lo advertía con disgusto, porque
deseaba tomase sus palabras en serio.
--Yo te quiero mucho, Rosa; más de lo que tú piensas...
--Y ¿para qué me quiere usted?--preguntó volviendo hacia él su rostro y
mirándole fijamente.
Andrés quedó un instante suspenso.
--Te quiero... yo no sé por qué te quiero... No lo puedo remediar.
--¡Ya, ya! ¡Buen truchimán va usted saliendo!... ¡Qué condenada vaca,
siempre empeñada en meterse por el prado del tío Fernando!... ¡Garbosa,
eh! ¡Garbosa, fuera! ¡Garbosa, aquí!
Viendo que la vaca no obedecía, se levantó y fue a ella corriendo, y la
obligó a separarse de la linde. Cuando tornaba, Andrés, que había vuelto
un poco en su acuerdo, se levantó y, saliéndola al encuentro y tomándola
por las manos, le dijo en broma:
--¿Conque no me quieres, eh?... Pues ahora vas a quererme a la fuerza.
Y se trabó con ella a brazo partido, queriendo besarla. Rosa se
defendió bizarramente, aunque la risa le impedía a veces desplegar todas
sus fuerzas. Un buen rato lucharon y retozaron como dos cachorros por el
campo. Andrés, no pudiendo de ningún modo acercar los labios al rostro
de la zagala, por primera vez perdió el respeto que la tenía y trató de
hacer uso brutal de las manos. Rosa se formalizó de repente y le rechazó
con violencia. Pero él, sin hacer caso de esta vigorosa advertencia, se
obstinó en el primer intento. Ella entonces, encolerizada, le arrojó al
suelo, y echándole las manos al cuello y apretándoselo más de la cuenta,
le preguntó severamente:
--¿Volverá usted a hacerlo? ¿volverá usted?
Andrés dijo que no, y pudo levantarse. Pero estaba tan irritado, que fue
a buscar en silencio el sombrero que se le había caído, recogió también
la carabina y se marchó sin despedirse.