--Me parece que no hay zapatillas en la maleta... Vienen en el baúl que

trae un carretero--dijo, con el aspecto encogido y el acento del que

confiesa un delito.

--¡Cómo! ¿No traes zapatillas?

--No, señor--se atrevió a responder con voz débil.

--Bien; entonces te pondrás unas mías.

El cura entró un momento en la alcoba oscura de la sala, y salió

empuñando un par de zapatillas como lanchas, que dejó caer con estrépito

a los pies de su sobrino.

--Ahora quítate esa gabardina.

--¿Qué gabardina?

--La que traes puesta, hombre... no vale nada... parece de papel... Te

estás muriendo de frío.

Andrés comprendió que se refería al _jaquette_.

--No, señor, no tengo frío.

--Sí lo tienes; ponte ese chaquetón forrado; ya verás qué pronto entras

en calor.

En el chaquetón que le presentaba su tío cabían cómodamente, a más de

él, otros dos sobrinos. Pero Andrés estaba tan asustado, que se lo metió

sin replicar.

--Ahora hace falta que te abrigues esa cabeza, hombre, ¡esa cabeza!...

El sombrero lastima la frente... Espera un poco; tengo yo un gorro que

te vendrá de perilla.

Era un gorro de terciopelo negro, alto y vueludo, que le tapó las

orejas. Cuando se miró en el espejillo que colgaba sobre la cómoda,

hacía una figura tan lúgubre y extraña, tan semejante a la de un

amortajado, que sintió miedo.

--Siéntate ahora en ese sillón.

--No estoy cansado.

--Siéntate, digo, y responde a lo que voy a preguntarte. ¿Me contestarás

con toda franqueza?

--Sí, señor.

--¿Cómo te encuentras del estómago?

--Así, así.

--Eso no es decir nada... Tú me has prometido franqueza...

--Me encuentro medianamente.

El cura, que paseaba por la sala con las manos atrás, se detuvo delante

de su sobrino, y clavando en él una mirada de increíble ferocidad, le

dijo con acento enérgico:

--¡Pues es necesario curarse!

Andrés no respondió.

--¡Pues es necesario curarse!--repitió en voz más alta y sin dejar de

atravesarle con la mirada.

--Procuraré--dijo Andrés entre dientes.

--¿Cómo?

--Procuraré.

--Procurarás... está bien; está perfectamente--dijo el cura

dulcificándose un poco y continuando sus paseos.--Lo primero que debemos

hacer para curarnos es cuidar del abrigo, sobre todo del abrigo del

estómago. Traerás faja, ¿no es cierto?

--No, señor.

--¡Cómo! ¿No traes faja?--exclamó quedando inmóvil, petrificado.

--No, señor; no me ha hecho falta.

--Mañana te pondrás una mía de franela. A mí me da cinco vueltas. A ti

supongo que te dará alguna más.

--¡Me dará quince!--pensó con desesperación Andrés, que sudaba ya

copiosamente dentro de la zamarra.

El cura siguió paseando y desenvolviendo su sistema terapéutico, fundado

casi exclusivamente en el algodón y la lana. Andrés le examinaba en

tanto con viva curiosidad no exenta de miedo, imaginando que había hecho

muy mal en venir a caer en las garras de aquel salvaje.

Concluida la exposición del sistema, el cura se informó de muchas cosas,

que no sabía, tocantes a la familia. Treinta años hacía que desempeñaba

aquel curato, sin traspasar sus términos más que cuatro o cinco veces

para ir a la capital del obispado. Había sido muy camarada del padre de

Andrés; le había querido en el alma; pero desde su matrimonio no le

había vuelto a ver. En cierta ocasión habían reñido por cuestión de

intereses: se habían cruzado entre ellos algunas cartas muy agrias, que

Andrés había encontrado entre los papeles del ministro. Éste le decía en

una que «para llegar a la posición que él ocupaba en la magistratura,

algún discurso y algunas partes intelectuales se necesitaban.» El cura

respondía que «para alcanzar el estado sacerdotal también se requerían

cualidades de inteligencia.» El ministro replicaba furioso: «Cuando a ti

te han ordenado, hombre de Dios, ¿no habrían podido ordenar igualmente

al jumento que te llevó a Valladolid?» Estas y otras groserías se habían

olvidado, al parecer, por ambas partes. El magistrado, cuando hablaba

del cura a su hijo, le decía: «Más claro que mi primo Fermín, el agua.»

El cura, cuando se refería al magistrado, llevaba siempre el dedo a la

frente con respeto, para indicar dónde estaba el fuerte de su primo.

Aunque algo sabía de lo que había pasado después de la muerte de aquél,

no estaba al corriente de los varios sucesos ni de las reyertas que el

muchacho había tenido con su curador por motivo de intereses. Andrés, un

poco más tranquilo ya, empezó a referírselas por menudo. Al llegar al

punto del rompimiento se le inflamó el rostro de tal manera al cura, que

Andrés temió una congestión.

--¡Pobre muchacho!... ¿Y qué es de esa buena pieza?

--¿Quién, mi tío?... Pues paseándose muy tranquilo y comiéndose la

tercera parte de mi fortuna, que le he cedido por no llevar a un hermano

de mi madre a los tribunales.

--¡Majadero!--gritó el cura abalanzándose a él con los ojos

terriblemente inyectados; pero dulcificándose súbito, añadió:--Tú no

tienes la culpa... eres Heredia al fin y al cabo, como tu padre, como

yo, como mi hermano Pedro... ¡Unos tarambanas todos!...

La conversación se había prolongado. La señora Rita entró a encender un

velón de aceite, pues la estancia ya estaba casi en tinieblas; después

extendió el mantel para la cena sobre una mesa de castaño, negra y

pulida por los años de uso. Al poco rato vino con una cazuela humeante,

que depositó sobre la mesa, diciendo:

--La cena en la mesa.

--¡Santa palabra!--exclamó el cura levantándose.

Al sentarse frente a él, Andrés observó que la luz del velón hería de

lleno cierto cuadro que colgaba de la pared, representando un militar a

caballo.

--¿Qué general es ése, tío?--preguntó, dando por supuesto que era un

general.

--D. Ramón Cabrera--dijo el cura ahuecando la voz.--¿No le conoces por

su mirada de águila?--Y extendiendo en seguida la mano derecha sobre la

cazuela, a guisa de bendición, masculló algunas palabras en latín, que

Andrés no pudo entender.

--¡A cenar, muchacho!

--Cabrera fue un gran general--dijo Andrés para adular a su tío.

--¡Quién lo duda, chico, quién lo duda!--exclamó éste dejando caer la

cuchara sobre el plato.--Sólo algún liberal botarate puede llamarle

todavía cabecilla... ¡Anda, anda con el cabecilla!... Si le hubieran

visto en la batalla de Muniesa con el anteojo en la mano, me entiende

usted, echando líneas y paralelas... Aquí, escondida detrás de este

repecho, la caballería para cargar cuando haga falta... En la

retaguardia los batallones navarros... En la vanguardia los

castellanos... «Capitán Tal, despliegue usted su compañía en guerrilla y

moleste usted al enemigo por el flanco derecho... Coronel Cual, proteja

usted con un batallón al capitán Tal para el caso de retirada...

Comandante Tal, ataque usted con cuatro compañías aquella posición...

Coronel Cual, proteja usted con un batallón al comandante Tal en el caso

de retirada... Brigadier Tal, marche usted con los regimientos Tal y

Cual por el flanco izquierdo a coger la retaguardia del enemigo...

Brigadier Cual, prepárese usted a atacar de frente en el momento que yo

lo ordene.»

El cura de Riofrío, al poner estas órdenes en boca de Cabrera, imitaba

la voz y los ademanes imperiosos de un general en jefe; señalaba con el

dedo los diversos rincones de la sala, cual si realmente estuviesen

escondidos en ellos batallones, regimientos y brigadas.

--Y mientras tanto--continuó,--¿qué hacía el general Nogueras? Figúrate,

muchacho, que le habían hecho creer que Cabrera no era más que un

cabecilla de mala muerte, un estudiante, un teólogo que no sabía palabra

del arte de la guerra. Así que, tomando el anteojo, me entiende usted

(el cura hacía ademán de aplicárselo al ojo derecho), dijo a sus

ayudantes: «Muchachos: el seminarista se atreve a presentarnos batalla

con los desharrapados que le siguen; es necesario darle una lección muy

dura para que en su vida vuelva a ponerse delante de un general

español.» En seguida, me entiende usted, da sus órdenes y dispone el

ataque. Suena el toque de fuego, ¡pin! ¡pan! ¡pun! de aquí, ¡pin! ¡pan!

¡pun! de allá... ¡pom! ¡pom! suena la artillería de los liberales. La de

los carlistas, callada esperando la ocasión... Los liberales parece que

llevan ganada la batalla, y avanzan... En esto el general Nogueras, que

seguía contemplando con su anteojo el combate, mientras charlaba y reía

con sus ayudantes, se pone serio de pronto... «¡Rayos y truenos! ¿Qué es

lo que veo?... ¡La vanguardia del ejército envuelta! ¿De dónde mil rayos

ha salido esa tropa? ¿Qué caballería es aquélla?... A ver, uno de

ustedes, a enterarse de por qué retroceden los batallones de

cazadores... Que cargue la caballería... ¿Dónde está?... ¡Si tiene

cortado el paso!... ¡Los planes de este seminarista ni yo los entiendo,

ni el diablo que lo lleve tampoco!»... En esto llega un ayudante

gritando: «Mi general, escape V. E. a uña de caballo, porque estamos

envueltos y vamos a caer en las manos de Cabrera.» El general Nogueras,

acto continuo, pone espuela al caballo, diciendo: «¡Qué cabecilla ni qué

barajas!... ¡Éste es un general consumado, que da quince y raya a todos

los generales de la reina!»

El cura, al terminar su descripción, tenía el rostro tan inflamado que

daba miedo. Algunas gotas de sudor le salpicaban la frente. Se le había

caído la servilleta, que estaba prendida por una punta al alzacuello.

--Habrán cogido ustedes muchos prisioneros--dijo Andrés.

--¿Cómo nosotros?--repuso el tío con acento irritado.--Yo no he sido

nunca militar... ¡ni ganas!

Después comió con tranquilidad la sopa, y durante la cena siguió la

conversación estratégica. Al finalizar, rezó en voz alta un Padre

Nuestro en acción de gracias, acompañado del sobrino, y ambos se fueron

a la cama, poco después que las gallinas.

VI

Poco después que cantara el gallo por vez primera, se personó el cura de

Riofrío en el cuarto de su sobrino, voceando ya como si fuesen las doce

del día. Abrió la ventana con estrépito, y los rayos fríos, pero

hermosos, del sol matinal dieron en el rostro de nuestro joven, que los

acogió con una mueca nada estética.

--Vamos, gran dormilón, arriba: ¡arriba, hombre, arriba! Si te dejase,

serías capaz de estarte en la cama hasta las siete de la mañana.

Andrés oyó entre sueños el absurdo de su tío y arrugó las narices con

espanto.

--Vamos, muchacho, vamos--siguió el cura sacudiéndole,--que ya son muy

cerca de las seis.

--¡Ah, las seis!... ¡las seis!--dijo el sobrino restregándose los ojos.

--Sí, hombre, sí, las seis... ¿A qué hora te levantabas en Madrid? Estoy

seguro de que no bajaría de las ocho o las nueve.

--Por ahí...--respondió Andrés, cada vez más aterrado.

--¡Es claro!--prorrumpió el cura chocando con fuerza las manos.--¡Y

luego queréis no estar enfermos, y no tener ese color de cirio que tú

tienes! ¡Cocidos en la cama, me entiende usted, toda la mañana como si

fueseis a empollar huevos!... Vamos, vamos, levántate que hoy es

domingo, y es necesario mudarse la ropa.

--Me la he mudado ayer--contestó Andrés, pensando ganar algunos minutos.

--¿Cómo ayer?--replicó el cura lleno de estupor.--Si ayer fue sábado,

muchacho...

--Y eso ¡qué importa!

--Pero en Madrid, chico, ¿no os mudáis la camisa los domingos?

--En Madrid se muda la gente la camisa cuando está sucia.

--¡Bah, bah, bah! No me vengas con monadas; en Madrid los domingos son

domingos como aquí, y en toda tierra de garbanzos, y los domingos se

hicieron para descansar y ponerse camisa limpia los cristianos... Conque

arriba, que me voy a afeitar... A las ocho la misa...

Ya que se hubo vestido nuestro joven, con no poco trabajo y dolor de su

alma, se asomó a la ventana. En vez de tropezar su vista con los

balcones de la casa de enfrente, pudo derramarla a su buen talante por

el magnífico paisaje que había contemplado el día anterior. La rectoral

estaba más alta que el pueblo, dominándolo perfectamente, y lo mismo al

valle. Éste se presentaba con la púdica frescura de la mañana, saliendo

del negro manto que la noche le había tendido.

Todavía no se ha levantado la neblina que por las tardes desciende sobre

el río. Las praderas que lo guarnecen están matizadas de blanco por la

escarcha. Las cimas de las altas montañas se ofrecen a lo lejos teñidas

de fuerte color de naranja. Los bosques de castaños esparcidos por las

faldas de las colinas guardan aún todas las sombras, todos los misterios

de la noche. Debajo de estos bosques duerme segura la aldea, cuyas casas

blancas déjanse ver apenas entre el follaje. En los ángulos y rincones

del valle la escarcha es tan fuerte que parece un manto de nieve. El

cielo está diáfano, de un azul pálido, tirando a verde en el Levante,

oscuro hacia el Poniente. Algunas nubecillas leves y blancas, como copos

de vellón, flotan, no obstante, por la atmósfera; los rayos del sol las

tiñen a veces de color de rosa; resbalan lentamente por el cristal del

firmamento; en ocasiones descansan breves momentos sobre la cima de los

peñascos más altos, como si viniesen adrede a proteger los secretos

amores de los genios de la montaña. Por todos lados es necesario

levantar mucho la vista para ver el cielo.

--Estoy metido en una jaula--pensó Andrés,--en una jaula deliciosa. Sin

embargo, hace tiempo que no he respirado tan bien: parece que se me

ensancha el pecho y me entra con el aire nueva vida.

Después se rió de sus ilusiones, achacándolas a las ideas tan favorables

al campo que le había inculcado el doctor Ibarra. Así que hubo tomado el

desayuno, en compañía de su tío, se echó fuera de casa, para comenzar a

poner por obra lo que le habían recetado.

Delante de la rectoral estaba el camino, que hacia la derecha y bajando

conducía al pueblo, y por la izquierda y subiendo guiaba a Lada; el

mismo que él había traído. Detrás había una huertecita en declive con

hortaliza y frutales: después de la huerta un bosque, también en

declive, perteneciente a los mansos de la parroquia y denominado la

Mata. No era una mata en la acepción verdadera de la palabra, sino un

bosquecillo formado de árboles de distintas clases, plantados por el

antecesor del actual párroco, y que no contarían de existencia más de

cuarenta años. Debido a lo cual, los que crecen lentamente, como el

roble, el nogal, el haya, etc., no tenían aún la corpulencia que habían

de alcanzar con el tiempo; en cambio, otros se presentaban en la

plenitud de su desarrollo. Veíanse soberbios plátanos de espléndido

ramaje con sus anchas hojas erizadas de picos; magníficos olmos de

oscura copa tallada en punta como las agujas de las catedrales, y

formada de espesísimas y menudas hojas; grandes y robustos castaños de

aspecto patriarcal, exuberantes de salud y frescura; al lado de éstos

ostentaban los abedules sus blancos y delicados troncos. Había también

acacias silvestres sosteniendo con endebles pilares una inmensa bóveda

de hojas; numerosos fresnos de elegante figura, representando en su copa

bien cortada la pulcritud clásica; espineras silvestres, tejos, álamos,

moreras y otras varias clases de árboles, todos fraternizando en el

pedazo de tierra parroquial que las aficiones selváticas del cura

anterior les había asignado.

Andrés sintió un deseo irresistible de ensotarse en aquella espesura. A

pesar del vago terror a lo desconocido que un bosque inspira siempre,

sobre todo cuando no se han visto más que los del Retiro de Madrid, y

del miedo razonable a los bichos que allí suelen tener guarida, penetró

en él resueltamente.

Nunca había visto vegetación tan poderosa, entregada por entero a si

misma, libre para engrandecerse y ostentar caprichos extraños y

monstruosos. El buen cura había arrojado un puñado de gérmenes en aquel

pañuelo de tierra. La naturaleza había respondido al llamamiento con una

sacudida formidable de sus fuerzas interiores, levantando sobre la

alfombra de césped un inmenso templo de cúpulas movibles, una catedral

de verdura cuyos fustes de todos colores y tamaños se alineaban en serie

indefinida hasta perderse de vista. Y de sus bóvedas altas y tupidas,

rasgadas a veces por singular capricho para que se viese el cielo,

bajaba más grata frescura, un silencio más religioso que de las naves de

piedra de nuestras iglesias góticas. La luz, entrando con esfuerzo al

través de aquella múltiple celosía, caía sobre el césped discreta,

misteriosa, llena de exquisita dulzura, convidando a las emociones

profundas y suaves.

Experimentó una turbación deliciosa al poner la planta en aquel recinto.

El olor acre y penetrante de la selva, cargado de emanaciones

balsámicas, producto del sudor de los árboles y la tierra, le embriagó

dulcemente. La infinita diversidad de luces y sombras que bailaban sin

cesar, el contraste de los varios matices del verde, desde el negro

profundo hasta el dorado, le ofuscaron. Se sentó, mejor dicho, se dejó

caer sobre el césped, y acometido a la vez por la admiración, el temor,

el bienestar y la sorpresa, giró la vista en torno, contemplando el

templo sublime de la naturaleza. No osaba mover un dedo siquiera por no

turbar la majestad silenciosa y la paz de sus naves. Olvidose en un

punto de toda su vida, de sus placeres como de sus dolores: creyó nacer

de nuevo en otras regiones más altas, más puras, más felices. Aquellos

árboles, llenos de vigor, henchidos de salud y de fuerza, le seducían:

su inmovilidad augusta, el recogimiento de sus copas, le causaban una

sensación melancólica: la fortaleza de sus enormes brazos, que se

extendían por el espacio firmes y poderosos, repletos de savia, le

infundían respeto y envidia. El bosque todo se ofrecía con vida

desordenada y exuberante, con el brío y la soberbia de la juventud:

ningún árbol carcomido, ninguna planta marchita; todo viril, todo sano,

todo fuerte. Jamás la flaca naturaleza de nuestro joven se sintió tan

humillada. Junto a aquellos atletas crasos y pletóricos que ostentaban

su musculatura sosteniendo sin esfuerzo la enorme masa de sus copas,

sintiose tan pobre, tan pequeño, que se asombraba de vivir.

Mas esta humillación, lejos de causarle pena, parecía regenerarle. Una

alegría extraña penetraba en su corazón y se esparcía por todo su ser,

inundándole de tal suerte que le causaba congojas. Era una alegría que

le apretaba la garganta y le refrescaba la sangre. Nunca experimentara

sensación de placer tan puro ni un sentimiento tan profundo de la

belleza. Por primera vez ¡él, que había escrito tantos millares de

versos! vio cara a cara la poesía; el corazón se lo dijo claramente.

Era la poesía genuina, esplendorosa y diáfana, sin estrofas ni

consonantes, ni mucho menos ripios, que nace de la comunicación de un

alma sensible con la naturaleza. Era la poesía que en aquel momento

expresaba un mirlo, que vino a posarse cerca, con sus notas puras y

cristalinas. El bosque se estremeció de dicha al escuchar aquel grito

aflautado, aquel canto tierno y melodioso que recogía la frescura, las

armonías, los misteriosos hechizos del bosque, para dirigirlos al

Hacedor como un himno matinal de gracias. Andrés también sufrió una

sacudida. La emoción, que le había ido embargando poco a poco, se

desbordó en lágrimas por sus ojos. Lo que sentía era tan nuevo, tan

dulce, que llegaba a hacerle daño. El llanto le refrescó.

VII

Sonaron por tercera vez las campanas de la iglesia, respondiendo con un

concierto bullicioso e ininteligible al canto claro y sosegado del

mirlo. Andrés se levantó para oír misa. Estaba la iglesia no muy lejos

de la rectoral. Cuando llegó a ella, aún no habían terminado el rosario,

que en las aldeas precede los domingos al sacrificio incruento. Pero al

rosario asisten solamente las mujeres y los devotos: los espíritus

lúcidos, los temperamentos volterianos de la aldea se quedan en el

pórtico fumando y charlando en alta voz.

En ocasiones, las voces son tan altas, que el cura se ve en la precisión

de salir a imponerles silencio. Con tal motivo, les pronuncia siempre un

discurso, en que los llama, entre otras cosas, _escribas_; pero los

feligreses recalcitrantes no se dan por ofendidos, y reciben las

pedradas del pastor bajando la cabeza con sonrisilla irónica.

Nuestro joven entró en la iglesia, que era reducida y pobre, y después

de hacer una genuflexión ante el altar mayor, siguió hasta la sacristía,

cuartito más pobre aún que la iglesia, con una ventanilla redonda por

donde entraban los rayos del sol. Un arca con tiradores a modo de

mostrador ocupaba entera la parte inferior del lienzo más grande de

pared; un crucifijo horriblemente ensangrentado pendía sobre el arca. Lo

primero con que tropezó fue con Celesto que, de rodillas a la puerta,

rezaba el rosario. Esparcidos por el recinto, unos sentados, otros de

hinojos, estaban: el maestro de escuela, que era un joven rubio

afeminado, con traje de labrador en día de fiesta; el escribano del

lugar, que trabajaba toda la semana en Lada y venía los sábados por la

tarde a pasar el domingo con su familia; rostro enjuto, nariz aguileña,

aspecto de raposo; cierto caballero llamado D. Jaime, hijo del pueblo,

que había llegado recientemente de América: color de aceituna, ojos

pequeños y hundidos, enfermo del hígado, de cuarenta y cinco a cincuenta

años de edad; el sacristán y otras dos o tres personas, que por su

aspecto representaban la transición entre el labrador y el caballero.

--Buenos días, señores.

--Santos y buenos los tenga usted.

El rosario terminó en seguida. D. Fermín entró en la sacristía tan

altanero y furibundo como el conquistador que pone el pie en una ciudad

capitulada; entró diciendo con increíble arrogancia y crueldad:

--Esta noche ha helado como en Diciembre; me parece que no vamos a tener

fruta este año.

Los circunstantes asintieron; no les quedaba otro recurso. Sin embargo,

el escribano se atrevió a apuntar humildemente que no se perdería más

que la fruta temprana; la que viene tarde aún podía lograrse.

--¿Cree usted?--dijo el cura clavándole sus ojos preñados de amenazas.

--Sí, señor--repuso el escribano con gran presencia de ánimo.

Contra lo que pudiera presumirse, don Fermín no cayó como un rayo sobre

él. Sacó un inmenso pañuelo de yerbas para sonarse y replicó:

--No sé qué le diga a usted, D. Félix; ahora está toda la savia arriba y

apenas ha caído flor...

--¡Eso qué importa!... Los perales tienen la corteza dura, y los

castaños y los nogales lo mismo--dijo el escribano con creciente osadía.

La misma aterradora mirada por parte del cura.

--Me alegraré, D. Félix, me alegraré; mis perales de Marco han echado un

carro de flor este año... No quisiera, por algo de bueno, que se me

perdiera la cosecha... ¿Y usted, D. Félix, cómo tiene su pomarada?

El cura, mientras hablaba, se había despojado del bonete y empezaba a

meterse el alba de lienzo ayudado por el maestro y el sacristán. D.

Félix hizo una descripción detallada del estado de su finca: algunos

pomares habían cargado mucho; otros, en cambio, no tenían una sola

manzana.--Algo raro está pasando con la sidra--terminó diciendo mientras

arreglaba un pliegue del alba, que el maestro y el sacristán habían

dejado mal.--Antes los pomares producían un año y descansaban al otro.

Ahora se contentan con dar un puñado de manzanas todos los años.

--_Merear, Domine, portare manipulum fletus et doloris_--murmuró el

cura, poniéndose el manípulo en el brazo izquierdo.--Vamos, D. Félix, no

ofenda usted a Dios con esas quejas. Un hombre, señores (volviéndose a

los circunstantes), que ha recogido el año pasado treinta y siete

pipas...

--¿Y eso qué tiene que ver? Yo he recogido treinta y siete pipas de

sidra y tengo quince días de bueyes de pomarada; y D. Pedro de Marín no

tiene más de nueve, y hace dos años metió en el lagar muy cerca de

cincuenta pipas.

--_Redde mihi, Domine stolam inmortalitatis quam perdidi_, etc.--murmuró

el cura poniéndose la estola.--Pero dígame a cómo le han pagado a usted

las pipas y a cómo se las han pagado a don Pedro.

--¡Hum, hum!--gruñó el escribano, cogido en el garlito.

--¡Eh!... ¿qué tal? Que se lo diga a ustedes, señores, que se lo

diga--exclamó el cura con aire triunfal; y sin querer aguardar la

réplica que el escribano estaba meditando, se metió con un solo

movimiento la casulla por la cabeza, tomó el bonete, hizo una profunda

reverencia al Cristo ensangrentado, y salió de la sacristía dirigiéndose

al altar mayor.

El idilio de un enfermo · 第 3 / 12 段