El valle se había cerrado aún más. Las faldas de los montes avanzaban

casi hasta el borde de la vía, dejando poquísimo espacio de campo. A

trechos, sólo quedaba la anchura suficiente para el paso del riachuelo

que corría por la cañada. Los árboles extendían de cerca, y por

entrambos lados, sus ramas, cual si tratasen de atajar la marcha del

tren.

Parose éste repentinamente, cuando menos se esperaba, en medio de la

mayor apretura de la garganta, donde no había rastro de estación ni otra

fábrica de menor calidad que hiciese sus veces.

Andrés, después de asomar la cabeza por las ventanillas y mirar y

remirar en vano, se atrevió a preguntar a sus compañeros:

--¿Qué significa esta detención?

--Nada, que se apeará aquí el gerente.

--¡Ah!

Marido y mujer cambiaron entonces una mirada menos vaga y mortecina que

las que ordinariamente despedían sus ojos revestidos de carne. Un mismo

pensamiento cruzó por sus acuosas masas encefálicas.

--Si el maquinista quisiera parar antes de llegar a Piedrasblancas--dijo

la mujer--nos ahorrábamos deshacer el camino.

--Es verdad--dijo el marido.

--Díselo a Felipe.

--No sé si cederá.

--¿Qué se pierde con pedírselo? El no ya lo tienes en casa.

El marido asomó su faz redonda por la ventana, y espió largo rato los

movimientos del revisor. Al fin se resolvió a hacer seña de que se

acercase. Vino el revisor, escuchó la proposición de la faz redonda y la

halló un poco grave. Era comprometido para el maquinista y para él; ya

les habían reprendido severamente por actos semejantes; el servicio se

interrumpía; los viajeros se quejaban; se perdían algunos minutos...

La mujer escanció un vaso de vino, y se llegó con él a reforzar los

argumentos de su consorte. Negocio terminado. El tren pararía media

legua antes de Piedrasblancas, ¡pero cuidado con bajarse en seguida!

¡Mucho cuidado!

--Pierda usted cuidado.

En efecto, al poco rato el tren detuvo un instante su marcha; sólo el

tiempo necesario para que marido y mujer dijesen a Andrés:--Buenas

tardes, caballero, feliz viaje--y se bajasen con la premura que les

consentía la pesadumbre de sus cuerpos.

Tornó a quedarse el joven solo. No tardó en abrirse nuevamente el valle,

ofreciéndose a los ojos del viajero con amena perspectiva. Era más

fértil y frondoso que el de Navaliego, pero menos extenso: un río de

respetable caudal corría por el medio: las colinas, que por todas partes

lo circundaban, de mediana elevación y cubiertas de árboles. Allá, a lo

lejos, los ojos del joven columbraron un grupo de chimeneas altas y

delgadas como los mástiles de un buque y adornadas de blancos y negros y

flotantes penachos de humo. En torno suyo, una población cuya magnitud

no pudo medir entonces. Era la metalúrgica y carbonífera villa de Lada.

Mucho humo, mucho trajín industrial, mucho estrépito, muchas pilas de

carbón, muchos rostros ahumados.

Al apearse del tren vaciló un momento acerca de lo que había de hacer.

Decidiose a interrogar al primer mozo que le salió al paso.

IV

--Oiga usted: ¿me podría informar si hay en la villa algún alquilador de

caballos?

--Sí, señor; hay dos.

--¿Quiere usted guiarme a casa de uno de ellos?

Pero en aquel momento un joven alto, de nariz abultada y bermeja,

vestido decentemente con pantalón y chaqueta negros, bufanda al cuello,

negra también, y ancho sombrero de paño, también negro, los abocó,

preguntando al viajero:

--¿Sería usted, por casualidad, el sobrino del señor cura de Riofrío?

--Servidor.

--Pues vengo de parte de su señor tío para que, si gusta de ir conmigo a

las Brañas, lo haga con toda satisfacción. Tengo en la cuadra dos

caballerías...

El enviado del cura mantenía suspendido el sombrero sobre la cabeza, sin

quitárselo por entero ni acabar de encajárselo.

--¡Ah! ¿Viene usted de parte de mi tío? ¡Cuánto me alegro!... Pero

póngase, por Dios, el sombrero... No esperaba yo esa atención... Pues

cuando usted guste... Lo peor es el baúl... no sé cómo lo hemos de

llevar...

--Que se lo traiga un mozo hasta la posada, y de allí podrá marchar en

un carro... El carretero es de satisfacción.

--Perfectamente... Vamos allá.

Ambos se emparejaron, entrando en la industriosa villa como dos antiguos

conocidos.

--Vaya, vaya... pues la verdad, no esperaba yo que mi tío me enviase

caballo... No le decía categóricamente el día en que había de llegar.

--Tampoco me lo dio él como seguro. Yo tenía asuntejos que arreglar

aquí, en Lada, y pensando venir hoy, se lo dije... Entonces me

dijo:--Hombre, Celesto, mañana puede ser que venga un sobrino mío en el

tren de la tarde: ¿quieres llevar mi caballo por si acaso?...--Oro

molido que fuera, señor cura... ¡Vaya, que no faltaba más!

--Pero lo raro es que usted me haya conocido tan pronto.

Celesto hizo una mueca horrorosa con su nariz multicolora. Porque es

tiempo de manifestar que la nariz del mensajero no era bermeja, como a

primera vista le había parecido a Andrés, sino que, dominando este color

notablemente, todavía dejaba que otros matices, tirando a amarillo,

verde y morado, se ofreciesen con más o menos franqueza entre los muchos

altibajos y quebraduras que la surcaban. En verdad que era digna de

examen aquella nariz. Un geólogo hubiese encontrado en ella ejemplares

de todos los terrenos volcánicos.

--¡Ca, no señor, no es raro! El señor cura tuvo cuidado de

decirme:--Mira, mi sobrino viene muy delicadito, casi hético el

pobrecito; de modo que no te será difícil conocerlo... Y

efectivamente...

No dijo más porque comprendió que no debía decirlo. Andrés se puso

triste repentinamente, y caminaron en silencio hasta llegar a la posada,

que estaba a la salida de la villa. Fueron a la cuadra, enjaezó Celesto

los caballos, sacáronlos fuera. ¡En marcha, en marcha!... No; todavía

no. Celesto no se siente bien del estómago, y se hace servir una copa de

ginebra, que bebe de un trago, como quien vierte el contenido en otra

vasija. Andrés quedó pasmado de tal limpieza y facilidad. Ahora sí; en

marcha: ¡Arre, caballo!

Los rucios emprendieron por la carretera un trote cochinero. Las

vísceras todas del joven cortesano protestaron enseguida de aquel

nefando traqueteo, y a cosa de un kilómetro clamaron de tal suerte, que

se vio obligado a tirar de las riendas del caballo.

--¿Sabe usted, amigo, que el trote de este jamelgo es un poco duro? Si

usted tuviese la bondad de ir más despacio...

--Sí, señor; con mucho gusto. Pues no le oí nunca quejarse al señor

cura de su caballo. Antes dice que es una alhaja...

--Como yo no estoy acostumbrado a esta clase de montura...

--Eso será... Aunque vayamos con calma, hemos de llegar al oscurecer a

casa.

Y ambos se emparejaron y se pusieron a caminar al paso, unas veces vivo,

otras muerto, de sus cabalgaduras.

Conforme se alejaban de la villa industrial, el paisaje iba siendo más

ameno. La carretera bordaba las márgenes de un río de aguas cristalinas,

y era llana y guarnecida de árboles. El polvo y el humo de carbón de

piedra que invadían la villa y sus contornos, ensuciándolos y

entristeciéndolos, iban desapareciendo del paisaje. La vegetación se

ostentaba limpia y briosa: sólo de vez en cuando, en tal o cual raro

paraje, se veía el agujero de una mina, y delante algunos escombros que

manchaban de negro el hermoso verde del campo.

--¿Y de qué padece usted, señor de Heredia, del pecho?

--No, señor; más bien del estómago.

--¿No tiene usted ganas de comer?

--Pocas.

--¡Hombre, le compadezco de veras! Debe de ser fuerte cosa eso de

sentarse delante de un plato de jamón con tomate y no poder meterle el

diente. No he padecido nunca de ese mal... Bien es verdad que tampoco

usted padecería si se hubiera pasado cinco años en el seminario comiendo

judías con sal, y arroz averiado: saldría usted de allí comiéndose las

correas de los zapatos, como este cura...

--¿Es usted cura?

--No, señor; es un decir: estudio para ello.

--¡Ya me parecía!

--No tengo tomadas más que las órdenes menores... Verá usted: cuando

entré en el seminario fue con la intención de seguir la carrera lata;

pero se murió mi padre hace cosa de seis meses, y no he aprobado más que

un año de teología. La pobre de mi madre no puede sostenerme tanto

tiempo en el seminario ni en posada tampoco: es necesario abreviar la

carrera y ordenarse cuanto antes... Si no puedo ser teólogo, seré cura

de misa y olla... ¿Y qué importa?... De todos modos, la _curapería_ anda

perdida; ¿verdad, D. Andrés?

--No me parece tan mala carrera.

--Se asegura el _garbanceo_ y nada más. Ya sabe usted que hasta se están

vendiendo los mansos de las parroquias...

--¿Y cómo está usted ahora aquí, en la aldea?

--Desde el fallecimiento de mi padre (que en gloria esté) vivo en casa:

los negocios no han quedado muy bien, y costará todavía algún tiempo el

arreglarlos. A pesar de todo cuento, Dios mediante, cantar misa de aquí

a dos años... Ea, bajémonos un poco a estirar las piernas y a tomar un

_piscolabis_... ¿No quiere usted echar un cuarterón o una copita, D.

Andrés?

Se hallaban delante de una casucha solitaria, sobre cuya puerta

tremolaba una banderita blanca y encarnada, dando testimonio de que allí

se rendía culto a Baco.

--No tomo nada, pero bajaré a acompañarle a usted. Me está lastimando

el diablo de la silla.

--No perderá usted el tiempo--dijo Celesto acercándose a tenerle el

estribo y bajando cuanto pudo la voz.--Va usted a ver una de las mejores

mozas del partido, más derecha que un pino, bien armada y bien

plantada... Se chupará usted los dedos...

Las muecas que el seminarista hizo al proferir tales palabras no son

para descritas. Sus ojos acuosos brillaron como diamantes brasileños y

la volcánica nariz se estremeció de júbilo.

--Vamos, Amalia, sandunguera, échame una copa de bala rasa y a este

señor lo que guste. ¡Así pudieras echarte tú en la copa, salerosa, y

beberte yo con toda satisfacción, mas que reventase después como una

granada!

--¿Tan mal estómago te haría, capellán?

--No lo sé, cielo estrellado; lo único que puedo decirte es que me

alborotarías mucho los nervios.

--Pues tila, querido, tila. ¿Qué quiere usted tomar, caballero?

(dirigiéndose a Andrés).

--Un vaso de agua.

Mientras Amalia lavaba el vaso en un barreño colocado al extremo del

mostrador, Andrés la examinó a su talante.

Los datos de Celesto le parecieron exactos. Era una moza de arrogante

figura y buenos ojos, de brazos rollizos y amoratados; gorda y colorada

en demasía. Cuando abría la boca para reír, enseñaba unos dientes

blancos y sanos, aunque nada menudos.

--Échame otra, cara de rosa, que cuando te veo se me seca el gaznate...

Vamos, D. Andrés, ¿no se la llevaría para casa de buena gana?

--¿Y para qué me había de querer este señor en su casa?--preguntó riendo

maliciosamente la joven.

--Para darte confites, princesa;--¿no es verdad, D. Andrés?

--¡Vaya!

--No me gustan los dulces.

--¿Y si yo te los diera, lucero?--preguntó el seminarista con voz

almibarada, entrando en el recinto cerrado por el mostrador y

acercándose con paso de gato a la moza.

--¡Bah!... entonces me los comería con mucho gusto--replicó ella en tono

irónico.

--¿De veras, cielo?--preguntó Celesto cogiéndola al mismo tiempo por la

barba y clavándole sus ojos claros de besugo, encendidos por una chispa

amorosa.

Andrés consideró que debía salir a ver cómo andaban los caballos. No se

habían movido del sitio; tranquilos, cabizbajos, abstraídos. Los examinó

detenidamente, revisó sus cascos a ver cómo estaban de herraduras,

arregló los aparejos, mientras escuchaba dentro de la taberna un alegre

y continuado retozar, salpicado de frases tiernas, carcajadas y no pocos

golpes. Allá, después de bastante rato, salió Celesto con las mejillas

pálidas de fatiga y las narices más requemadas que antes.

--Vamos, en marcha... Hay que apretar el paso... ¡Qué moza, D. Andrés!

¿verdad?... Pues tiene una hermana que va a ser mejor que ella

todavía... ¡Qué chiquilla más espetada y más rica!--tan bien formadita

por delante como si tuviera veinte años, y no tiene más de catorce...

¡Arre caballo! ¿No repara usted, D. Andrés, cómo agradecen los caballos

que el jinete eche unas copitas? Es cosa sabida; para hacer andar un

caballo remolón, no hay como verterse entre pecho y espalda un jarrito

de ginebra... Pues ahí donde usted la ve, D. Andrés, la Amalita no tiene

nada de arisca.

--Ya, ya veo que sabe usted buscarle los pliegues.

Celesto rió de satisfacción hasta saltársele las lágrimas.

--¡Bah! Ya se los han buscado antes que yo otros muchos. Me divierto un

poco con ella cuando voy y vengo... pero no pasa de ahí... Por supuesto,

D. Andrés, que esto no dura más que hasta que tome las órdenes mayores,

porque no quiero ser un mal sacerdote...

--Hará usted muy bien; de otro modo, más vale que siga usted distinta

carrera.

--Nada, nada, estoy resuelto a ello: el mismo día que me ordene

_sanseacabó_... fuera vino, fuera mujeres, y vida nueva como Dios

manda...

Siguió moviendo la lengua el seminarista con creciente brío mientras

duraba la operación que en la cabeza le hacían las copitas de ginebra.

Cuando se cansaba de hablar, entonaba alguna canción picaresca con

ribetes de obscena, que hacía reír no poco al joven cortesano. La

alegría es contagiosa, como la tristeza. La de Celesto consiguió

pegársele y llegó pronto a hacerle el dúo, poniendo en inusitado

ejercicio las fuerzas de sus desmayados pulmones.

No por eso dejaban de caminar a paso vivo por la amena carretera, que

ceñía como una cinta blanca las faldas de las colinas.

El valle se iba cerrando. Por detrás de las colinas frondosas asomaban

ya sus crestas algunas montañas anunciando que los viajeros no tardarían

en penetrar en otra región más fragosa, en el corazón mismo de la

sierra. En efecto, la carretera terminó bruscamente cerca de una fuerte

apretura de los montes, donde se asentaba un caserío de poca

importancia. Desde allí siguieron por un camino tan pronto ancho como

estrecho, que faldeaba la montaña a semejanza de la carretera, y estaba

sombrado a largos trechos por los avellanos de las fincas lindantes. El

paisaje era cada vez más agreste. El valle se había trasformado en

cañada, por donde un río bullicioso y cristalino corría entre angostas

aunque muy deleitosas praderas. A trechos la cañada se amplificaba, como

si desease merecer tal nombre; otras veces se cerraba hasta más no poder

trocándose en verdadera garganta, donde había poco más espacio que el

que ocupaban el camino y el río.

Éste, a medida que caminaban hacia su nacimiento, iba perdiendo en

caudal, aunque ganando mucho en amenidad y frescura: más vivo, más

diáfano y sonoro. Los grandes guijarros de color amarillo que formaban

su lecho dejábanse ver con toda limpieza, y hasta en los pozos más

hondos, labrados al borde de alguna peña, exploraban los ojos todos los

secretos del fondo... Las montañas a veces se levantaban sobre él a

pico, y eran blancas y coronadas de vistosa crestería, entre cuyos

agujeros se mostraba el azul del cielo. El musgo formaba en ellas

grandes machones de un verde oscuro, que resaltaban gallardamente sobre

la blancura de la caliza. Muchedumbre de arbustos, y en ocasiones

árboles, metían las raíces dentro de sus grietas y aparecían como

colgados en retorcidas y fantásticas posiciones sobre el río.

La voz del seminarista, entonando sin cesar sus groseras anacreónticas,

resonaba formidablemente entre las peñas.

Andrés callaba ya como un mudo. Se hallaba sobrecogido de respeto y

emoción ante aquella vigorosa naturaleza, que no había visto más que en

los paisajes _al óleo_ o _a la aguada_.

--¿Estamos muy lejos de Riofrío, amigo?

--No, señor; ya hemos entrado en el concejo de las Brañas. Riofrío, que

es la capital, está en el centro mismo. En cuanto salgamos de esta

apretura y subamos un repechito corto, lo veremos. A usted no le

gustarán estos peñascotes, ¿verdad? acostumbrado a vivir en las

ciudades...

--Al contrario, me encantan: esto es hermosísimo.

El seminarista volvió su rostro inflamado por la ginebra, temiendo que

Andrés bromease; pero viéndole muy serio, hizo una leve mueca de

sorpresa, y arreando al caballo con la vara de avellano que empuñaba,

tornó a coger el hilo de su canción favorita.

«La mujer que es gorda y tierna

Y tiene buena pierna...

Y al cura hace pecar,

Mereciera ser condesa, marquesa, duquesa

Y el cura cardenal.»

Y no dio paz al cántico hasta que divisó a una muchacha que llegaba con

un cesto sobre la cabeza.

--Hola, Telva, cuerpo bueno: ¿adónde te vas a estas horas,

chiquirritilla? Supongo que no será a Lada...

Al mismo tiempo le cerraba el camino con el caballo y le aplicaba

golpecitos en las mejillas con la vara.

--Pues a Lada me voy.

--¿Y si te comen los lobos?

--Poco se perdería.

--Se perdía una moza como un sol.

--¡Sí, del mediodía! Déjame pasar, Celesto.

--En seguidita; pero antes vas a decirme adónde vas.

--A Lada, ¿no lo sabes?

--Eso no es verdad: tú te vas a Marín a llevar fruta a tu tía, y de

camino a ver a tu primo.

--¡Buena gana tengo yo de ver a primos ni a tíos! Vamos, déjame paso,

que llevo prisa.

Andrés había seguido caminando, en la sospecha de que la conversación

iba a ser larga y no muy divertida (para él al menos).

Subió el repechito de que había hablado Celesto, avanzó algo más, y al

dar vuelta a un recodo del camino, ofreciose de improviso a su vista un

espectáculo que le dejó suspenso. A sus pies, allá en el fondo, se

columbraba un vallecito ameno y virginal, surcado por un riachuelo

cristalino que hacía eses, dejando a entrambos lados praderas de un

verde deslumbrador. Cerraban este valle algunas colinas pobladas de

árboles de tono más oscuro. Por detrás de las colinas, en segundo

término, alzaban su frente altísimas montañas de piedra blanca; más

allá de éstas alzábanse otras aún más altas; después otras más altas

todavía, y así sucesivamente una serie indefinida de peñascos,

apoyándose los unos sobre los otros, cual si se empinasen para echar una

ojeada a aquel rinconcito fresco y deleitoso.

La tarde fenecía y comenzaba el crepúsculo. Andrés quedó en éxtasis ante

aquel semicírculo inmenso de montañas, que parecían los escaños vacíos

de un congreso de dioses. En los más altos tocaban casi las nubes rojas

que acompañaban al sol en su descenso. Desde las colinas a los más bajos

mediaba cortísima distancia, aunque la vista suele engañar en tales

casos. Manchando de blanco el verde oscuro de las colinas, aparecían

sembrados, o mejor, colgados sobre el valle algunos caseríos. En lo más

hondo se percibía uno mayor que los otros, descansando entre el follaje

de una vegetación soberbia.--Aquél debe de ser Riofrío--se dijo Andrés

poniéndose la mano por encima de los ojos, a guisa de pantalla, para

examinarle con más comodidad. Mas la gentil aldea se resistía a la

inspección, ocultándose a medias detrás de los árboles, que le servían

en toda su extensión de poético baluarte. No podía darse nada más bello.

El río, iluminado por los rayos oblicuos del sol, era un cinturón de

plata bruñida que lo aprisionaba. Nuestro viajero experimentó la dulce

sorpresa del que tropieza con un tesoro. Recordó los valles vírgenes de

las novelas por entregas, y convino en que nunca se había imaginado cosa

tan linda y recatada. Dichoso, pensó, el que haya nacido en este

apartado retiro y nunca lo perdió de vista. Al mismo tiempo vino a su

mente un tropel de tristes reflexiones, inspiradas en parte por su

lastimoso estado, en parte también por la amargura de los escritores

románticos, de los cuales estaba saturado.

Mas cuando se hallaba por entero embebido en ellas, he aquí que un

caballo, enjaezado y sin jinete, llega y cruza velozmente. Reconoció al

punto el jamelgo de Celesto.--¡Canario! ¿Qué habrá sucedido? ¡Si lo

habrá matado!--Y a toda prisa dio la vuelta y bajó hacia el sitio donde

lo dejara. Celesto se encontraba en situación apuradísima. Encogido,

doblado, hecho un ovillo, yacía al pie de una de las paredillas del

camino, mientras Telva se erguía un poco más arriba, en actitud airada,

los ojos centelleantes, las mejillas pálidas, arrojándole sin piedad

todos los pedruscos que hallaba a mano. Y la lengua la movía con igual

celeridad que las manos.

--¡Desvergonzado! ¡Puerco! ¡Eso te enseñan en el seminario, gran tuno!

¡Malos diablos te lleven a ti y a todos los capellanes! ¡Ven acá, ven

otra vez y verás cómo te arranco esas narizotas podridas!

Andrés se interpuso y logró que la moza no arrojase más guijarros sobre

el desdichado seminarista, que estaba a punto de pasarlo muy mal si uno

de ellos le acertaba; mas los denuestos continuaron a más y mejor,

mientras se iba aplacando lentamente la cólera.

--¡El demonio del capellanzote!... ¡Si pensará que está tratando con

alguna pendanga!... ¡Sucio! ¡sucio! ¡suciote!... Ya se lo diré a tu

madre, que cree que tiene un santo en casa... ¡Anda, anda con el santo!

¡No, las misas que tú digas que me las claven aquí!

De esta suerte prosiguió vociferando y alejándose poco a poco, mientras

Andrés levantaba del suelo a la víctima y la sacudía con la mano el

polvo. Celesto se tocó por todas partes, a ver si tenía algún paraje del

cuerpo magullado, y dijo exhalando un suspiro:

--¡Qué gran yegua!

--Yo pensé que le había tirado a usted el caballo, porque pasó delante

con gran rapidez...

--Sí, como huele cerca la cuadra no ha querido esperar. Monte usted, D.

Andrés.

--¿Y usted?

--Yo voy perfectamente a pie.

Así se hizo. Celesto estaba un poco avergonzado.

--Por supuesto, D. Andrés, que todos estos líos concluirán el día que

tome las órdenes mayores--dijo después de caminar un rato en silencio.

--Tiene usted razón--repuso Andrés sonriendo irónicamente,--ese día...

_sanseacabó_.

--Justamente... _sanseacabó_.

Bajaron con todo sosiego al valle por un camino estrecho, trazado en

zig-zag. La casa rectoral era la primera del pueblo, alejada buen trecho

de las otras. Delante de ella se detuvieron. Era de un solo piso,

vetusta; gran corredor de madera ya carcomida, cubierto casi todo él por

una vigorosa parra, que lo aprisionaba por debajo con sus mil brazos

secos y le servía de hermosa guirnalda por arriba; el vasto alero del

tejado poblado de nidos de golondrinas; la puerta de la calle negra por

el uso y partida al medio como las de toda aquella comarca; por

entrambos lados huerta, cuyos árboles frutales aventajaban con mucho la

altura de la pared.

--¡Hola, señor cura!... ¡Doña Rita, doña Rita!... ¡Vamos, despáchense

ustedes, carambita, que traigo forasteros!--principió a gritar Celesto,

aplicando al propio tiempo rudos golpes a la parte inferior de la

puerta, que era la que estaba cerrada.

Casi al mismo tiempo aparecían en el corredor y en la puerta

respectivamente el cura de Riofrío y su ama.

--¿Quién es?--preguntaron el cura desde arriba y el ama desde abajo.

--¡Casi nadie!... Su sobrino en persona, señor cura--contestó Celesto.

--¡Cáscaras! Me alegro... No pensé yo que sería tan puntual. Allá voy,

allá voy ahora mismo...

Pero ya se había adelantado la señora Rita, con su faz mórbida y pálida

y la figura de perro sentado, a recibir al viajero con entusiasmo que

rayaba en frenesí.

--¡Virgen del Amor Hermoso! ¡El señorito Andrés! ¡Qué escuálido viene el

pobrecito! ¡Si parte el corazón!

Y al proferir tales palabras, como Andrés no se había apeado, le besaba

una de las manos con efusión. A nuestro viajero le sorprendió

agradablemente que su mal estado de salud partiese el corazón de una

persona que nunca le había visto. Echó pie a tierra, se despidió

afectuosamente de Celesto, y abrazado de su tío y escoltado por el ama,

subió la tortuosa escalera de la rectoral.

V

El cura de Riofrío frisaba en los sesenta años. Era un hombre pequeño y

grueso, de cuello corto, rostro mofletudo y rojo, o por mejor decir,

morado; los ojos claros y redondos, como trazados a compás; ágil en sus

movimientos, a pesar de la obesidad, y fuerte como un atleta. La

expresión ordinaria de su fisonomía, dura, casi feroz; mas cuando tenía

que expresar algo, aunque fuese lo más insignificante, v. gr., cuando

preguntaba la hora o el tiempo que hacía, hinchaba de tal suerte su

nariz borbónica, abría los ojos desmesuradamente y los clavaba con tal

fuerza en el interlocutor, que éste necesitaba mucha presencia de ánimo

y sangre fría para no echarse a temblar.

Andrés se sintió profundamente intimidado cuando su tío le propuso que

se quitase las botas y se pusiese las zapatillas.

El idilio de un enfermo · 第 2 / 12 段