[34] Para describir el interior de la catedral, Kafka se inspiró en
la catedral de Praga y, según algunos estudiosos de su obra, en la
catedral de Milán, que visitó en _1911_ durante sus vacaciones.
[35] Aquí se produce una incoherencia temporal. K había quedado con el
italiano a las diez y, sin embargo, dan las once. Max Brod lo consideró
un error y lo corrigió. Algunos intérpretes, no obstante, opinan que
puede tratarse de una divergencia consciente, mediante la cual Kafka
intentaba mostrar la confusión interna de K.
[36] Kafka separó de la novela el pasaje que sigue y lo publicó en
la revista semanal judía _Selbstwehr_ (1915). También lo incluyó,
ligeramente modificado, en su volumen de relatos _Un médico rural_
(Leipzig, 1919).
[37] Tachado en el manuscrito: «le hace retroceder con su vara y dice:
"Tampoco puedes mirar"».
[38] Tachado en el manuscrito: «dijo K en seguida. Estaba muy
agradecido al sacerdote. Su buena opinión sobre él se había
fortalecido. No se ufanaba, como los demás, de sus conocimientos acerca
de la Justicia, aunque, sin duda, los poseía».
=EL FINAL=
La noche anterior al día en que cumplía treinta y un años--serían las
nueve de la noche, tiempo de silencio en las calles--, dos hombres
llegaron a la vivienda de K. Vestían levitas, sus rostros eran pálidos
y grasientos, y estaban tocados con chisteras firmemente encajadas.
Después de intercambiar algunas formalidades ante la puerta de la
casa, repitieron las mismas formalidades, pero con más ceremonia, ante
la puerta de K. Aunque nadie le había anunciado la visita, K, poco
antes de la llegada de aquellos hombres, había permanecido sentado en
una silla cerca de la puerta, también vestido de negro, poniéndose
lentamente sus guantes, en una actitud similar a cuando alguien
espera huéspedes. Se levantó en seguida y contempló a los hombres con
curiosidad.
--¿Les han enviado para recogerme?--preguntó.
--Los hombres asintieron, uno de ellos hizo una seña a su compañero
con la chistera en la mano. K reconoció que había esperado una visita
distinta. Fue hacia la ventana y contempló una vez más la calle oscura.
Casi todas las ventanas de la calle de enfrente también estaban
oscuras, en muchas habían corrido las cortinas. En una de las ventanas
iluminadas se podía ver cómo jugaban dos niños detrás de unas rejas, se
tocaban con las manos, aún incapaces de moverse de sus sitios. «Viejos
actores de segunda fila es lo que envían para recogerme»--pensó K,
y miró a su alrededor, para convencerse otra vez de ello--. «Buscan
librarse de mí de la forma más barata». K se volvió de repente y
preguntó:
--¿En qué teatro actúan ustedes?
--¿Teatro?--preguntó uno de los hombres con un tic en la comisura del
labio, volviéndose hacia su compañero para buscar consejo. El otro hizo
gestos mudos, como el que lucha contra un ser fantasmal.
--No están preparados para que se les pregunte--se dijo K, y fue a
recoger su sombrero.
Ya en la escalera querían cogerle de los brazos, pero K dijo:
--Cuando estemos en la calle, no estoy enfermo.
No obstante, en cuanto llegaron a la puerta le agarraron de un modo
inaudito para K. Mantenían los hombros justo detrás de los suyos, no
doblaban los brazos, sino que los utilizaban para rodear los brazos de
K en toda su largura, por debajo agarraban las manos de K con una maña
de colegio, pero estudiada e irresistible. K iba muy recto entre ambos,
ahora los tres formaban tal unidad que, si alguien hubiese golpeado a
uno de ellos, todos habrían sentido el golpe. Constituían una unidad
como sólo la materia inanimada puede formar.
K, bajo la luz de las farolas, intentó a menudo contemplar mejor a sus
acompañantes de lo que lo había hecho en la penumbra de su vivienda, a
pesar de que la forma en que lo llevaban dificultaba esa operación. «A
lo mejor son tenores»--pensó al mirar sus dobles papadas. La limpieza
de sus rostros le daba asco. Vio cómo la mano lustrosa restregó el
rabillo del ojo, frotó el labio superior, rascó las arrugas de la
barbilla.
Cuando K lo advirtió, se detuvo, así que los otros también se
detuvieron. Se encontraban al borde de una plaza solitaria, adornada
con jardines.
--¡Por qué les han enviado precisamente a ustedes!--gritó más que
preguntó.
Los hombres no supieron qué contestar, se limitaron a esperar con
el brazo libre colgando, como enfermeros cuando el enfermo quiere
descansar.
--No sigo--dijo K para probarlos.
A eso no necesitaron contestar, apretaron las manos de K e intentaron
moverle de su sitio, pero K se resistió.
«No necesitaré más mi fuerza--pensó K--, la emplearé toda ahora».
Recordó a las moscas que intentan escapar con las patitas rotas del
papel encolado.
--Los señores van a tener trabajo--se dijo.
Ante ellos apareció en ese momento la señorita Bürstner, que salía por
la plaza de una calle lateral. No era seguro que fuese ella, aunque
se parecía mucho. Pero a K no le importaba si lo era o no, sólo tomó
conciencia de lo inútil de su oposición. No había nada de heroico en
ofrecer ahora resistencia, en poner dificultades a esos hombres, o en
intentar disfrutar de la vida aparente que aún le quedaba mediante una
defensa. Así que reanudó su camino y sintió algo de la alegría de sus
acompañantes por haberlo hecho. Toleraron que determinase la dirección
y él eligió seguir el camino de la señorita, y no porque la quisiera
alcanzar, no porque la quisiera ver el mayor tiempo posible, sino
simplemente para no olvidar la advertencia que ella significaba para él.
«Lo único que puedo hacer--se dijo, y la sincronicidad de sus pasos con
los de sus acompañantes confirmó sus pensamientos--, lo único que puedo
hacer es mantener el sentido común hasta el final. Siempre quise ir por
el mundo con veinte manos y, además, con un objetivo no autorizado.
Eso fue incorrecto, ¿acaso es necesario que diga que ni siquiera un
proceso de un año ha logrado hacerme aprender algo? ¿Acaso debo partir
como un ser humano obcecado? ¿Se puede decir de mí que quise terminar
el proceso en su inicio y que ahora, cuando termina, quiero comenzarlo
de nuevo? No quiero que se diga eso. Estoy agradecido de que me hayan
asignado para este camino a estos hombres necios y semimudos, y de que
se me haya permitido que yo mismo me diga lo necesario».
La señorita, mientras tanto, había doblado por una calle perpendicular,
pero K ya podía abandonarla, así que se dejó conducir por los
acompañantes. Los tres, en perfecta armonía, atravesaron un puente a
la luz de la luna. Los hombres permitían que K hiciera los pequeños
movimientos que deseaba. Cuando quiso girar un poco hacia la
barandilla, los hombres también giraron, quedando todos de frente.
El agua, brillante y temblorosa a la luz de la luna, se bifurcaba
ante una pequeña isla, en cuyas orillas crecían arbustos y una espesa
arboleda. Por debajo de ellos, invisibles, se extendían caminos de
arena, formando pequeñas playas en las que K, en algún verano, se había
tumbado para tomar el sol.
--En realidad, no quería pararme--dijo K a sus acompañantes,
avergonzado por su buena disposición hacia él. Uno de ellos, a espaldas
de K, pareció hacerle al otro un reproche por la equivocación, luego
siguieron adelante.
Pasaron por algunas calles empinadas, en las que, más lejos o más
cerca, vieron a algunos policías. Uno de ellos, con un bigote
poblado, se acercó al grupo con la mano en la empuñadura del sable,
probablemente le resultó sospechoso[39]. Los hombres se detuvieron, el
policía iba a abrir la boca, pero entonces K empujó a sus acompañantes
hacia adelante. Se volvió con frecuencia para comprobar si el policía
les seguía. Pero en cuanto doblaron una esquina y perdieron de vista al
policía, K comenzó a correr. Sus acompañantes tuvieron que correr con
él perdiendo el aliento.
Así, salieron rápidamente de la ciudad, que, en esa dirección, limitaba
prácticamente sin transición con el campo. Cerca de una casa de
pisos, como las de la ciudad, había una pequeña cantera, abandonada
y desierta. Allí se pararon, ya fuese porque ese lugar había sido su
destino desde el principio, ya porque estuvieran demasiado agotados
para seguir andando. Dejaron libre a K, que, mudo, se limitó a esperar.
Los dos hombres se quitaron las chisteras y, mientras inspeccionaban
con la mirada la cantera, se secaron el sudor de la frente con
un pañuelo. La luz de la luna iluminaba todo el escenario con la
naturalidad y tranquilidad que ninguna otra luz posee.
Después de intercambiar algunas cortesías sobre quién debería hacerse
cargo de las próximas tareas--aquellos señores parecían haber recibido
el encargo sin que les asignaran sus respectivas competencias--, uno de
ellos se acercó a K y le quitó la chaqueta, el chaleco y, finalmente,
la camisa. K tembló involuntariamente, por lo que uno de los hombres le
dio una palmada tranquilizadora en la espalda. A continuación, dobló
cuidadosamente las prendas, como si se fueran a utilizar otra vez,
aunque no en un periodo inmediato. Para no exponer a K al aire frío
de la noche, le tomó bajo su brazo y anduvo con él de un lado a otro,
mientras el compañero buscaba un lugar apropiado en la cantera. Cuando
lo hubo encontrado, hizo una seña y el otro acompañó a K hasta allí.
Estaba cerca del corte, al lado de una piedra desprendida. Los hombres
sentaron a K en el suelo, le apoyaron contra la piedra y reclinaron
su cabeza. A pesar del esfuerzo que ponían y de toda la ayuda de K,
su posición quedaba forzada e inverosímil. Uno de los hombres pidió
al otro que le dejase a él buscar una postura mejor, pero tampoco
logró nada. Finalmente, dejaron a K en una posición que ni siquiera
era la mejor entre todas las que habían probado. Entonces uno de los
hombres abrió su levita y sacó de un cinturón que rodeaba al chaleco un
cuchillo de carnicero largo, afilado por ambas partes; lo mantuvo en
alto y comprobó el filo a la luz. De nuevo comenzaron las repugnantes
cortesías, uno entregaba el cuchillo al otro por encima de la cabeza de
K, y el último se lo devolvía al primero. K sabía que su deber hubiera
consistido en coger el cuchillo cuando pasaba de mano en mano sobre su
cabeza y clavárselo. Pero no lo hizo; en vez de eso, giró el cuello,
aún libre, y miró alrededor. No podía satisfacer todas las exigencias,
quitarle todo el trabajo a la organización; la responsabilidad por
ese último error la soportaba el que le había privado de las fuerzas
necesarias para llevar a cabo esa última acción. Su mirada recayó en
el último piso de la casa que lindaba con la cantera. Del mismo modo
en que una luz parpadea, así se abrieron las dos hojas de una ventana.
Un hombre, débil y delgado por la altura y la lejanía, se asomó con un
impulso y extendió los brazos hacia afuera. ¿Quién era? ¿Un amigo? ¿Un
buen hombre? ¿Alguien que participaba? ¿Alguien que quería ayudar? ¿Era
sólo una persona? ¿Eran todos? ¿Era ayuda? ¿Había objeciones que se
habían olvidado? Seguro que las había. La lógica es inalterable, pero
no puede resistir a un hombre que quiere vivir. ¿Dónde estaba el juez
al que nunca había visto? ¿Dónde estaba el tribunal supremo ante el que
nunca había comparecido? Levantó las manos y estiró todos los dedos.
Pero las manos de uno de los hombres aferraban ya su garganta, mientras
que el otro le clavaba el cuchillo en el corazón, retorciéndolo dos
veces. Con ojos vidriosos aún pudo ver cómo, ante él, los dos hombres,
mejilla con mejilla, observaban la decisión.
--¡Como a un perro!--dijo él: era como si la vergüenza debiera
sobrevivirle.