[39] Tachado en el manuscrito: «El Estado me ofrece su ayuda--dijo
K al oído de uno de sus acompañantes--. ¿Qué ocurriría si trasladase
el proceso al ámbito de la ley estatal? Es posible que tuviera que
defender a los señores del Estado».
=FRAGMENTOS=
=LA AMIGA DE B=
En los días siguientes, a K le había sido imposible intercambiar ni
siquiera unas palabras con la señorita Bürstner. Intentó acercarse
a ella por diversos medios, pero ella supo impedirlo. Después de
la oficina se iba directamente a casa, permanecía en su habitación
sin encender la luz, sentado en el canapé o simplemente se limitaba
a observar el recibidor. Si pasaba, por ejemplo, la criada, y ésta
cerraba la puerta de la habitación, aparentemente vacía, K se levantaba
pasado un rato y la abría de nuevo. Por las mañanas se levantaba una
hora más temprano que de costumbre para poder encontrarse a solas con
la señorita Bürstner, cuando ella se iba a la oficina. Pero ninguno
de estos intentos culminó con éxito. Así pues, decidió escribirle una
carta tanto a la oficina como a casa, en ella intentó justificar
su comportamiento, ofreció una satisfacción, prometió no volver a
sobrepasarse y pidió que le diera una oportunidad para hablar con
ella, sobre todo porque no quería emprender nada respecto a la señora
Grubach mientras no hubiesen hablado. Finalmente, le comunicaba que el
domingo próximo permanecería todo el día en su habitación esperando
un signo suyo, que él partía de la consideración de que cumpliría su
petición o que, en caso contrario, le explicaría los motivos de su
negativa, aunque él le había prometido plegarse a todos sus deseos. No
devolvieron las cartas, pero tampoco recibió respuesta. Sin embargo, el
domingo hubo un signo lo suficientemente claro. Por la mañana temprano
K percibió a través del ojo de la cerradura un movimiento inusual
en el recibidor, que pronto encontró una explicación. Una profesora
de francés, que, por lo demás, era alemana y se llamaba Montag, una
muchacha débil y pálida, que cojeaba un poco y que hasta el momento
había vivido en su propia habitación, se estaba mudando a la habitación
de la señorita Bürstner. Se la vio arrastrar el pie por el recibidor
durante horas. Siempre quedaba una prenda o una tapadera o un libro
olvidados que había que ir a recoger y traer a la nueva habitación.
Cuando la señora Grubach le trajo el desayuno--desde que enojó tanto a
K ya no delegaba en la criada ningún servicio--, K no se pudo contener
y le habló por primera vez en seis días.
--¿Por qué hay hoy tanto ruido en el recibidor?--preguntó mientras se
servía el café--. ¿No se podría evitar? ¿Necesariamente hay que limpiar
el domingo?
Aunque K no miró a la señora Grubach, notó que respiró aliviada.
Consideraba esas palabras severas de K como un perdón o como el
comienzo del perdón.
--No están limpiando, señor K--dijo ella--, la señorita Montag se está
mudando a la habitación de la señorita Bürstner y traslada sus cosas.
No dijo nada más, se limitó a esperar a que K hablase o consintiese que
ella lo siguiera haciendo. K, sin embargo, la puso a prueba, removió
pensativo el café con la cuchara y calló. Luego la miró y dijo:
--¿Ha renunciado ya a su sospecha referente a la señorita
Bürstner?--Señor K--exclamó la señora Grubach, que había estado
esperando esa pregunta, doblando las manos ante K--, usted tomó tan
mal hace poco una mención ocasional. Jamás he pensado en insultar a
nadie. Usted me conoce ya desde hace mucho tiempo, señor K, para estar
convencido de ello. ¡No sabe lo que he sufrido los últimos días! ¡Yo,
difamar a uno de mis inquilinos! ¡Y usted, señor K, lo creía! ¡Y dijo
que debería echarle! ¡Echarle a usted!
El último grito se ahogó entre las lágrimas, se llevó el delantal al
rostro y sollozó.
--No llore, señora Grubach--dijo K, y miró a través de la ventana.
Seguía pensando en la señorita Bürstner y en que había admitido en su
habitación a una persona extraña.
--No llore más--repitió al volverse hacia el interior de la habitación
y ver que aún seguía llorando--. Tampoco lo dije con tan mala
intención. Ha habido una confusión, eso es todo. Le puede ocurrir a
viejos amigos.
La señora Grubach apartó el delantal de los ojos para ver si K
realmente se había reconciliado.
--Bien, así es--dijo K y, como del comportamiento de la señora Grubach
se podía deducir que el capitán no había contado nada, se atrevió a
añadir:
--¿Acaso cree que me voy a enemistar con usted por una muchacha
desconocida?
--Así es, precisamente--dijo la señora Grubach; su desgracia consistía
en decir algo inadecuado cada vez que se sentía un poco libre--,
siempre me pregunté: ¿por qué se toma tan en serio el señor K el asunto
de la señorita Bürstner? ¿Por qué discute conmigo por su causa aun
sabiendo que cada una de sus malas palabras me quita el sueño? De la
señorita Bürstner sólo he dicho lo que he visto con mis ojos.
K no dijo nada, la tendría que haber echado de la habitación nada más
abrir la boca, pero no quería hacerlo. Se contentó con tomarse el café
y con hacer notar a la señora Grubach que allí sobraba. Fuera se volvió
a oír el paso arrastrado de la señorita Montag, que atravesaba todo el
recibidor.
--¿Lo oye?--preguntó K, y señaló con la mano hacia la puerta.
--Sí--dijo la señora Grubach, y suspiró--, la he querido ayudar, y
también le dije que la criada podía ayudarla, pero es obstinada, ella
quiere mudarlo todo sola. Con frecuencia me resulta desagradable tener
a la señorita Montag de inquilina. La señorita Bürstner, sin embargo,
se la lleva incluso a su habitación.
--Eso no debe preocuparle--dijo K, y deshizo los restos de azúcar en la
taza--. ¿Le resulta perjudicial?
--No--dijo la señora Grubach--, en lo que a mí respecta no hay ningún
problema. Además, así se queda una habitación libre y puedo alojar allí
a mi sobrino, el capitán. Desde hace tiempo temo que le moleste por
vivir ahí al lado, en el salón. Él no es muy considerado.
--¡Qué ocurrencia!--dijo K, y se levantó--. Ni una palabra sobre eso.
Parece que me toma por un hipersensible sólo por el hecho de que no
puedo soportar los paseos de la señorita Montag, y ahí la tiene, ya
regresa otra vez.
La señora Grubach se vio impotente.
--¿Quiere que le diga que retrase el resto de la mudanza? Si usted
quiere, lo hago en seguida.
--¡Pero tiene que mudarse a la habitación de la señorita Bürstner!
--Sí--dijo la señora Grubach, que no entendió muy bien lo que K quiso
decir.
--Bien--dijo K--, pues entonces tendrá que trasladar todas sus cosas.
La señora Grubach se limitó a asentir. Esa impotencia muda, que se
reflejaba exteriormente en un gesto de consuelo, irritaba aún más a
K. Comenzó a pasear de un lado a otro de la habitación, de la ventana
hasta la puerta y de ésta, de nuevo, a la ventana, y la señora Grubach
aprovechó la oportunidad para alejarse, lo que probablemente hubiera
hecho de todos modos.
Acababa de llegar K a la puerta, cuando alguien llamó. Era la criada.
Anunció que la señorita Montag deseaba hablar con el señor K y por
eso le pedía que fuera al comedor, donde ella le esperaba. K escuchó
pensativo a la criada, luego se volvió hacia la asustada señora
Grubach con una mirada irónica. Esa mirada parecía decir que K hacía
tiempo que esperaba esa invitación y que se adaptaba perfectamente al
tormento que los inquilinos de la señora Grubach le estaban infligiendo
esa mañana dominical. Envió a la criada con la respuesta de que iría
en seguida, se acercó al armario para cambiarse de chaqueta y como
respuesta a la señora Grubach, que se quejaba en voz baja de esa
persona tan desagradable, le pidió que se llevara la vajilla del
desayuno.
--Pero si apenas ha comido algo--dijo la señora Grubach.
--¡Ah, lléveselo ya!--exclamó K, le parecía como si la señorita Montag
se hubiera mezclado con el desayuno y lo hiciera repugnante. Cuando
atravesó el recibidor, miró hacia la puerta cerrada de la habitación de
la señorita Bürstner. Pero no estaba invitado allí, sino en el comedor,
cuya puerta abrió sin llamar.
Era una habitación larga y estrecha, con una sola ventana. Había
tanto espacio libre que se hubieran podido colocar en las esquinas,
a ambos lados de la puerta, dos armarios, mientras que el resto del
espacio quedaba acaparado por una larga mesa que comenzaba cerca de la
puerta y llegaba casi hasta la ventana, que permanecía prácticamente
inaccesible. La mesa estaba puesta y, además, para muchas personas,
pues el domingo comían allí todos los inquilinos.
En cuanto K entró, la señorita Montag vino desde la ventana, a lo
largo de la mesa, para encontrarse con K. Se saludaron sin pronunciar
palabra. A continuación, la señorita Montag, con la cabeza demasiado
erguida, como siempre, dijo:
--No sé si me conoce.
K la miró con ojos entornados.
--Claro que sí--dijo él--. Vive desde hace tiempo en casa de la señora
Grubach.
--Usted, sin embargo, según creo--dijo la señorita Montag--, no se
preocupa mucho de la pensión.
--No--dijo K.
--¿No quiere sentarse?--dijo la señorita Montag.
Llevaron dos sillas en silencio hacia el extremo de la mesa y allí
se sentaron uno frente al otro. Pero la señorita Montag se volvió a
levantar al poco tiempo, pues se había dejado el bolso en la ventana,
así que fue a recogerlo. Cuando regresó, balanceando ligeramente el
bolso, dijo:
--Quisiera hablar con usted sólo un momento, por encargo de mi amiga.
Quería haber venido ella misma, pero hoy no se siente bien. Le pide que
la disculpe y que me oiga a mí en vez de a ella. No le hubiera podido
decir nada diferente a lo que le voy a decir yo. Todo lo contrario,
creo que yo le voy a decir más, ya que no tengo ningún interés en el
asunto, ¿no cree?
--¡Qué podría decir yo!--respondió K, ya cansado de que la señorita
Montag no parase de mirar sus labios. Así se arrogaba un dominio sobre
lo que él quería decir.
--La señorita Bürstner, como veo, no está dispuesta a sostener conmigo
la entrevista que le he solicitado.
--Así es--dijo la señorita Montag--, o, mejor, no es así, usted
lo expresa con demasiada dureza. En general las conversaciones
ni se conceden ni se niegan. Pero puede ocurrir que determinadas
conversaciones se consideren inútiles, y éste es uno de esos casos.
Después de su mención, ya puedo hablar abiertamente. Usted ha pedido
por escrito u oralmente a mi amiga que sostenga una entrevista con
usted. Pero mi amiga no sabe, al menos eso es lo que yo deduzco,
cuál puede ser el objeto de esa entrevista y, por motivos que
desconozco, está convencida de que, si tuviera lugar, no sería útil
para nadie. Por lo demás, ayer me explicó, aunque de un modo fugaz,
que a usted tampoco le podía importar mucho esa conversación, que se
le debía de haber ocurrido por casualidad y que reconocería pronto,
sin necesidad de aclaraciones, lo absurdo de la pretensión. Yo le
respondí que podía tener razón, pero que sería más ventajoso, para
una clarificación completa del asunto, hacerle llegar una respuesta.
Yo me ofrecí a asumir esa tarea y, después de dudar algo, mi amiga
consintió en ello. Espero haber trabajado también en su beneficio, pues
la menor inseguridad en el asunto más insignificante siempre resulta
desagradable. Además, si se puede resolver fácilmente, como en este
caso, lo mejor es hacerlo en seguida.
--Se lo agradezco--dijo K con rapidez, se levantó lentamente, miró a la
señorita Montag, luego deslizó su mirada a lo largo de la mesa hasta
dejarla reposar en la ventana--en la casa de enfrente daba el sol--y,
finalmente, se dirigió hacia la puerta.
La señorita Montag le siguió unos pasos como si no confiase en él. No
obstante, ambos tuvieron que apartarse nada más llegar a la puerta,
pues el capitán Lanz entró. K era la primera vez que lo veía de cerca.
Era un hombre alto, de unos cuarenta años, con un rostro carnoso y
bronceado. Hizo una ligera inclinación, también dirigida a K, luego se
acercó hasta donde estaba la señorita Montag y besó obsequioso su mano.
Su cortesía frente a la señorita Montag contrastaba con la actitud que
K había tenido ante ella. Pero la señorita Montag no parecía enojada
con K, pues, según le pareció, quiso presentarle al capitán. Pero K
no quería que le presentaran, no hubiese sido adecuado ser amable
con el capitán o con la señorita Montag; el beso en la mano la había
unido, para él, a un grupo que, bajo la apariencia de una extremada
inocencia y desinterés, intentaba apartarle de la señorita Bürstner. K
no sólo creyó reconocer esto, sino también que la señorita Montag había
escogido un buen medio, aunque de dos filos. Por una parte, exageraba
la importancia de la relación entre la señorita Bürstner y K, por
otra, exageraba la importancia de la entrevista solicitada e intentaba
darle la vuelta a la argumentación, de tal modo que K apareciese como
el que lo exageraba todo. Se equivocaba, K no quería exagerar nada, K
sabía que la señorita Bürstner no era más que una pequeña mecanógrafa
que no podría ofrecerle resistencia durante mucho tiempo. Ni siquiera
había tomado en cuenta lo que la señora Grubach sabía de la señorita
Bürstner. Reflexionó sobre todo esto mientras salía de la habitación
sin apenas despedirse. Quiso volver de inmediato a su cuarto, pero oyó,
desde el comedor, la risa de la señorita Montag, y pensó que podría
prepararles una sorpresa a ambos, tanto a ella como al capitán. Miró
alrededor y escuchó por si acaso podía ser descubierto por alguien
de las habitaciones vecinas. Reinaba el silencio, sólo se oía la
conversación en el comedor y, en el pasillo que conducía a la cocina,
la voz de la señora Grubach. La oportunidad parecía favorable. K se
acercó a la puerta de la habitación de la señorita Bürstner y tocó
sin hacer apenas ruido. Como no se oyó nada, volvió a llamar, pero
tampoco obtuvo respuesta. ¿Dormía o realmente se encontraba mal? ¿O
tal vez no quería abrir porque sospechaba que esa forma de llamar sólo
podía proceder de K? K supuso que no quería abrir, así que golpeó la
puerta con más fuerza. Como tampoco tuvo éxito, abrió la puerta con
precaución, aunque no sin el sentimiento de hacer algo incorrecto, y
además inútil. En la habitación no había nadie. Apenas recordaba a la
habitación que K había visto. En la pared había dos camas contiguas,
habían situado tres sillas cerca de la puerta y estaban repletas de
ropa; un armario permanecía abierto. Era posible que la señorita
Bürstner hubiera salido mientras K conversaba con la señorita Montag
en el comedor. K no estaba muy desilusionado, no había esperado poder
encontrar tan fácilmente a la señorita Bürstner. Lo había intentado
sólo como consuelo contra la señorita Montag. Más desagradable fue,
cuando K, mientras cerraba la puerta, vio, a través de la puerta
del comedor, cómo conversaban la señorita Montag y el capitán. Era
probable que ya permanecieran así antes de que K hubiese abierto la
puerta, evitaban dar la impresión de que le observaban, se limitaban
a conversar en voz baja y seguían los movimientos de K con la mirada,
como se mira distraído durante una conversación. Pero a K esas miradas
le afectaron especialmente: se apresuró a llegar a su habitación sin
separarse de la pared.
=EL FISCAL=
A pesar de los conocimientos psicológicos y de la experiencia adquirida
durante su larga actividad bancaria, sus compañeros de tertulia
siempre le habían parecido dignos de admiración y jamás negaba que
para él suponía un gran honor pertenecer a un grupo semejante. Estaba
constituido casi exclusivamente por jueces, fiscales y abogados; a
algunos jóvenes funcionarios y pasantes se les admitía en la reunión,
pero se sentaban al final de la mesa y sólo podían intervenir en
los debates cuando se les preguntaba expresamente algo. Pero esas
preguntas solían tener el único objetivo de divertir a la concurrencia:
especialmente el fiscal Hasterer, habitual vecino de mesa de K, gustaba
de avergonzar así a los jóvenes. Cuando ponía su gran mano peluda en
el centro de la mesa, la extendía y miraba hacia el extremo, todos
aguzaban los oídos. Y cuando uno de los jóvenes se adjudicaba la
pregunta, pero o no podía descifrarla o se quedaba mirando la cerveza
pensativo, moviendo las mandíbulas en vez de hablar, o--lo que era
más enojoso defendía con un torrente de palabras una opinión falsa o
desautorizada, entonces todos los señores volvían a acomodarse riendo
en sus asientos y sólo a partir de ese momento parecían sentirse
realmente a gusto. Las conversaciones serias y especializadas quedaban
reservadas para ellos.
K había sido introducido en esa sociedad por el asesor jurídico del
banco. Hubo un tiempo en que K tuvo que sostener largas entrevistas
con ese abogado hasta muy tarde por la noche y se había adaptado a
su costumbre de cenar en la tertulia, gustándole la compañía. Allí
podía ver a eruditos, a hombres poderosos y de gran prestigio, cuya
diversión consistía en intentar resolver cuestiones ajenas a la vida
común. Aunque él podía intervenir muy poco, al menos disfrutaba de
la posibilidad de acumular conocimientos, lo que más tarde o más
temprano le procuraría ventajas en el banco. Además, podía conseguir
importantes contactos personales con el mundo de la justicia, que
siempre podían ser de utilidad. Pero también el grupo parecía
tolerarle. Pronto fue reconocido como un experto en negocios y su
opinión en esa materia--muchas veces emitida con ironía--resultaba
irrefutable. Ocurría con frecuencia que dos personas, que juzgaban de
manera diferente una cuestión jurídica, solicitaban a K su opinión,
de tal modo que el nombre de K quedaba involucrado en todas las
intervenciones, incluso en los análisis más abstractos, en los que K se
perdía. No obstante, poco a poco iba comprendiendo las argumentaciones
más complejas, pues contaba a su lado con el fiscal Hasterer, un
buen consejero que le ayudaba amigablemente en esas cuestiones.
Algunas veces K le acompañaba por la noche a casa, aunque no se podía
acostumbrar a ir al lado de un hombre tan enorme, que le podría haber
ocultado en los faldones de su abrigo.
A lo largo del tiempo se hicieron tan amigos que las diferencias de
educación, de profesión y de edad desaparecieron. Hablaban entre ellos
como si hubieran estado juntos desde siempre y, aunque en la relación
a veces parecía que uno mostraba cierta superioridad, no era Hasterer,
sino K el que quedaba algo por encima, pues sus experiencias prácticas
le daban con frecuencia la razón, no en vano las había adquirido
directamente, como nunca ocurre en un despacho judicial.
Esa amistad era conocida entre los contertulios; al final, sin embargo,
se olvidó quién había introducido a K en la sociedad, aunque Hasterer
le cubría en todo momento. Si el derecho de K a sentarse entre ellos
hubiese sido puesto en duda, habría podido apelar a Hasterer con todo
derecho. Por eso K ocupó una posición privilegiada, pues Hasterer era
tan admirado como temido. La fuerza de su argumentación jurídica era
digna de admiración, pero había otros señores que estaban a su altura
en ese terreno. No obstante, ninguno de ellos alcanzaba la impetuosidad
con que defendía su opinión. K tenía la impresión de que Hasterer,
cuando no podía convencer a su contrario, al menos le quería asustar,
sólo ante su dedo índice admonitorio había más de uno que retrocedía.
Entonces era como si el oponente olvidara que estaba en la compañía de
buenos conocidos y colegas, que sólo se trataba de cuestiones teóricas
y de que en realidad no podía ocurrirle nada. A pesar de todo esto,
enmudecía y un ligero balanceo de cabeza ya era un acto de valor.
Era un espectáculo patético cuando el oponente estaba sentado lejos;
Hasterer sabía que con esa distancia no se podría llegar a ninguna
unanimidad, a no ser que desplazara el plato de la cena y se levantase
lentamente para buscar al hombre en cuestión. Los que estaban a su lado
miraban hacia arriba para observar su rostro. Pero esos incidentes eran
relativamente escasos; ante todo se irritaba tratando de cuestiones
jurídicas, principalmente en aquellas que aludían a procesos en los que
él mismo participaba o había participado. Si no se trataba de esas
cuestiones, permanecía tranquilo y amable, su sonrisa era cariñosa y
su pasión era comer y beber. Podía ocurrir incluso que no escuchase la
conversación, se volviera hacia K, pusiera el brazo sobre el respaldo
de la silla de éste, le preguntase algo en voz baja acerca del banco,
luego hablase él sobre su propio trabajo y contase algo sobre las damas
que conocía, que le daban tanto o más trabajo que el tribunal. Con
ningún otro hablaba así, podía ocurrir, incluso, que cuando alguien
quería solicitar algo de Hasterer--la mayoría de las veces para lograr
una reconciliación con algún colega--se dirigiera primero a K y le
pidiera su intercesión, a lo que él siempre accedía. Sin aprovecharse
en este sentido de la amistad con Hasterer, K era amable y modesto con
todos los demás y sabía distinguir--lo que era mucho más importante que
la cortesía y la modestia--los distintos rangos jerárquicos y tratar a
cada uno según su posición. Hasterer le ilustraba a este respecto una y
otra vez, ésas eran las únicas normas que ni siquiera Hasterer rompía
en sus debates más enconados. Por el respeto a estas normas se juzgaba
también a los jóvenes situados al fondo de la mesa, que aún no poseían
rango alguno y a los que se dirigían como si no fueran individuos,
sino una masa compacta. Pero precisamente estos jóvenes eran los que
brindaban mayores honores a Hasterer, y cuando se levantaba a las once
para irse a casa, siempre había uno dispuesto a ayudarle a ponerse el
pesado abrigo y otro que con inclinaciones se apresuraba a abrirle la
puerta y, naturalmente, la mantenía abierta hasta que K abandonaba la
estancia detrás de él.
Mientras que al principio K acompañaba a Hasterer, o este último a K,
un trecho del camino, más tarde Hasterer comenzó a invitar a K para
que subiese a su vivienda y conversaran un rato. Permanecían alrededor
de una hora juntos bebiendo licor y fumando cigarros. A Hasterer le
gustaban tanto esas veladas que no quiso renunciar a ellas cuando una
mujer, Helene de nombre, vivió allí durante unas semanas. Era una
mujer gorda y ya mayor, con una piel amarillenta y rizos negros que le
caían por la frente. K al principio sólo la vio en la cama: permanecía
tendida sin vergüenza alguna, leyendo una novela y sin interesarse
por la conversación de los dos hombres. Sólo cuando se había hecho
tarde acostumbraba estirarse y bostezar. Y si así no podía llamar la
atención, entonces le arrojaba la novela a Hasterer. Éste se levantaba
sonriendo y se despedía de K. Después, cuando Hasterer comenzó a
cansarse de Helene, ésta perturbaba considerablemente los encuentros.
Esperaba la llegada de ambos completamente vestida y, además, con un
traje que ella, probablemente, consideraba muy elegante, pero que
en realidad era un vestido de baile pasado de moda, y que llamaba
desagradablemente la atención por una serie de volantes que ella
misma le había añadido como adorno. K ignoraba el aspecto real que
podía haber tenido ese vestido, él se negaba a mirarlo y permanecía
sentado durante horas con los ojos bajos, mientras ella iba y venía
contoneándose por la habitación o se sentaba cerca de él. Más tarde,
cuando su situación empezaba a ser insostenible, intentó dar, llevada
por la desesperación, un trato de preferencia a K para, así, poner
celoso a Hasterer. Era sólo por desesperación, no por maldad, cuando
apoyaba su grasienta espalda desnuda en la mesa, acercaba su rostro
a K y le quería obligar a que la mirara. Ella sólo consiguió que K
renunciase a visitar a Hasterer y cuando, transcurrido un tiempo,
regresó, ya se había desembarazado de Helene. K lo tomó como algo
evidente. Esa noche permanecieron juntos más de lo habitual, celebraron
su hermandad por iniciativa de Hasterer y K regresó a casa algo mareado
a causa de los cigarros y del licor.
Precisamente a la mañana siguiente, el director del banco, durante
una conversación de negocios, mencionó que le había parecido ver a
K la noche anterior. Si no se equivocaba, había visto a K andando
con el fiscal Hasterer cogidos del brazo. Al director le parecía
tan extraño, que nombró la iglesia--esto correspondía a su pasión
por la exactitud--en cuyo muro lateral, cerca de la fuente, se había
producido ese encuentro. Si hubiese querido describir un espejismo,
no lo hubiera podido expresar mejor. K le explicó que el fiscal era
amigo suyo y que, en efecto, la noche anterior habían pasado por la
iglesia mencionada. El director rió asombrado y pidió a K que se
sentase. Era uno de esos momentos por los que K tenía tanto cariño al
director. Eran instantes en que ese hombre enfermo y débil, que apenas
dejaba de toser, sobrecargado de trabajo y lleno de responsabilidad,
se preocupaba por el bienestar de K y por su futuro. Se trataba de una
preocupación que, según otros funcionarios que habían experimentado
algo parecido, se podía denominar fría y superficial, pues no era
nada más que un buen método para ganarse a valiosos funcionarios por
muchos años con el sacrificio de dos minutos. Pero fuera lo que fuese,
K quedaba sometido al director en esos instantes. Tal vez el director
hablaba con K de un modo algo diferente, jamás olvidaba su posición
para ponerse al mismo nivel de K--esto, sin embargo, lo hacía con
regularidad en las relaciones usuales de negocios--, pero sí parecía
olvidar la posición de K, ya que hablaba con él como con un niño o
como con un joven ignorante que pretende un puesto de trabajo y,
por motivos inescrutables, cae simpático al director. K no habría
tolerado semejante tratamiento de nadie, ni siquiera del director,
si su preocupación no le hubiera parecido sincera o si al menos la
posibilidad de esa preocupación, como se mostraba en esos instantes, no
le hubiera hechizado de ese modo. K reconocía sus debilidades. Tal vez
el motivo era que en él había algo infantil, ya que no había recibido
el cariño de un padre, pues éste había muerto muy joven. Además,
había salido muy pronto de casa y no se había sentido atraído por la
ternura de la madre, que, medio ciega, vivía en una de esas ciudades de
provincia por las que no pasa el tiempo y a la que había visitado por
última vez hacía dos años.
--No sabía nada de esa amistad--dijo el director, y sólo una débil y
amable sonrisa dulcificó la severidad de sus palabras.
=HACIA LA CASA DE ELSA=
Una noche, poco antes de irse, K recibió una llamada en la que le
exhortaban a que se presentase inmediatamente en las oficinas del
juzgado. Se le advertía que obedeciese. Sus inauditas indicaciones
acerca de la inutilidad de los interrogatorios, de que éstos no
conducían a nada, de que él no volvería a comparecer, de que no
atendería ninguna notificación, ni por teléfono ni por escrito, y de
que echaría a todos los ujieres, todas esas indicaciones constaban en
acta y ya le habían perjudicado mucho. ¿Por qué no se quería plegar?
¿Acaso no se esforzaban, sin considerar el tiempo invertido ni los
costes, en ordenar algo su confusa causa? ¿Acaso pretendía molestar y
que se tomasen medidas violentas, de las que hasta ahora había sido
eximido? La citación de ese día era un último intento. Que hiciera lo
que quisiese, pero que supiese que el tribunal supremo no iba a tolerar
que se burlasen de él.
Precisamente esa noche K había avisado a Elsa de su visita y por ese
motivo no podía comparecer ante el tribunal. Estaba contento de poder
justificar su incomparecencia con ese motivo, aunque, naturalmente,
jamás utilizaría semejante excusa ni, con toda probabilidad, acudiría
esa noche al tribunal aun cuando no tuviera la obligación más nimia.
En todo caso, con la conciencia de estar en su derecho, planteó la
pregunta de qué ocurriría si no fuera.
--Sabremos encontrarle--fue la respuesta.
--¿Y seré castigado porque no me he presentado
voluntariamente?--preguntó K, y sonrió en espera de lo que le iban a
responder.
--No--fue la respuesta.
--Estupendo--dijo K--, ¿qué motivo podría tener entonces para cumplir
con la citación de hoy?
--No se suele acosar con los medios punitivos del tribunal--dijo la voz
ya debilitada y que terminó por extinguirse.
«Es muy imprudente si no se hace--pensó K mientras se marchaba--. Hay
que conocer esos medios punitivos».
Se dirigió a casa de Elsa sin pensarlo dos veces. Sentado cómodamente
en la esquina del coche, con las manos en los bolsillos del
abrigo--empezaba a hacer frío--, contempló las animadas calles. Pensó
con cierta satisfacción que le causaría dificultades al tribunal, si
realmente estaban trabajando, pues no había dicho con claridad si se
iba a presentar o no. Así que el juez estaría esperando, quizá toda la
asamblea, pero K, para decepción de toda la galería, no aparecería. Sin
tomar en consideración al tribunal, iba a donde quería. Por un momento
dudó de si, por distracción, le había dado al conductor la dirección
del tribunal, así que le gritó la dirección de Elsa. El conductor
asintió, la dirección que le había dado era la correcta. A partir de
ese momento K se fue olvidando del tribunal y los pensamientos del
banco comenzaron a invadir su mente, como en los viejos tiempos.
=LUCHA CON EL SUBDIRECTOR=
Una mañana K se encontró mucho más fresco y fuerte que de costumbre.
Apenas pensaba en el tribunal. Cuando se acordaba de él, le parecía
como si, palpando en la oscuridad un mecanismo oculto, pudiera manejar
fácilmente a esa gran organización inabarcable, desgarrarla y hacerla
trizas. Su ánimo extraordinario le tentó a invitar al subdirector
para que viniera a su despacho y tratar de un asunto de negocios
que urgía desde hacía tiempo. En esas ocasiones, el subdirector
solía fingir que sus relaciones con K no se habían alterado en los
últimos meses. Entraba tranquilo, como en los tiempos de continua
competencia con K, le escuchaba paciente, mostraba su interés con
pequeñas indicaciones amistosas y de confianza, y sólo confundía
a K, sin que se notase ninguna intención expresa en ello, al no
desviarse un ápice del asunto de negocios, al mostrarse receptivo
y concentrado mientras los pensamientos de K, ante ese modelo de
cumplimiento del deber, comenzaban a dispersarse y le obligaban, casi
sin resistencia, a cederle todo el asunto. Una vez la situación fue
tan mala que el subdirector se levantó repentinamente y regresó a su
oficina en silencio. K no sabía lo que había ocurrido, era posible
que la entrevista hubiera concluido, pero también era posible que
el subdirector la hubiera interrumpido porque K, sin saberlo, le
había molestado, o porque había dicho alguna necedad, o porque al
subdirector le había resultado indudable que K no escuchaba y estaba
ocupado en otros asuntos. Era posible, incluso, que K hubiese tomado
una decisión ridícula o que el subdirector le hubiese sonsacado
algo absurdo y ahora se apresurase a difundirlo para dañar a K.
Por lo demás, ya no volvieron a hablar de ese asunto. K no quería
recordárselo y el subdirector permaneció inaccesible al respecto.
Tampoco hubo, al menos provisionalmente, consecuencias visibles.
Pero K no aprendió del incidente; cuando encontraba una oportunidad
adecuada y se sentía con algo de fuerzas, ya estaba en la puerta del
despacho del subdirector invitándole a ir al suyo o pidiendo permiso
para entrar. Ya no se escondía de él como había hecho anteriormente.
Tampoco tenía la esperanza de que se produjera una pronta decisión que
le liberase de una vez por todas de sus cuitas y que restableciera
la relación originaria con el subdirector. K comprendió que no podía
ceder; si retrocedía, como, tal vez, exigían las circunstancias,
corría el peligro de no poder avanzar más. No se podía dejar que el
subdirector creyese que K estaba acabado, no podía permanecer sentado
tranquilamente en su despacho con esa suposición, había que ponerlo
nervioso, tenía que experimentar con tanta frecuencia como fuera
posible que K vivía y que, como todo lo que poseía vida, un día podía
sorprender con nuevas capacidades, por muy inofensivo que pareciese
hoy. A veces, sin embargo, K se decía que con ese método lo único que
conseguía era luchar por su honor, pero que no le sería de ninguna
utilidad, puesto que siempre que se enfrentaba al subdirector terminaba
fortaleciendo la posición de éste y, además, le daba la oportunidad de
realizar observaciones y tomar las medidas adecuadas que reclamaban
las circunstancias que en ese momento se imponían. Pero K no hubiera
podido alterar su comportamiento, estaba sometido a ilusiones generadas
por él mismo, a veces creía que podía medirse con el subdirector con
despreocupación. No aprendió de las experiencias más desgraciadas; lo
que no había resultado en diez intentos, creía que podría resultar
en el decimoprimero, aunque las circunstancias eran las mismas y
todo estaba en su contra. Cuando, después de uno de esos encuentros,
regresaba agotado, sudoroso, con la mente vacía, no sabía si lo que
le había impulsado a entrevistarse con el subdirector había sido la
esperanza o la desesperación. En la siguiente ocasión fue claramente
la esperanza la que le indujo a apresurarse hacia la puerta del
subdirector.
Así era hoy. El subdirector entró en seguida, permaneció cerca de
la puerta, limpió sus quevedos--era una nueva costumbre que había
adquirido--, miró a K y, a continuación, para no dar la impresión
de fijarse demasiado en él, paseó la mirada por la habitación. Era
como si aprovechase la oportunidad para examinar su vista. K resistió
sus miradas, incluso sonrió un poco e invitó al subdirector a que
tomase asiento. K se reclinó en su sillón, lo acercó un poco al
subdirector, tomó los papeles necesarios y comenzó a informarle. El
subdirector parecía como si apenas escuchara. La tabla de la mesa
de K estaba rodeada por una pequeña moldura labrada. Toda la mesa
estaba excepcionalmente trabajada y también la moldura era de madera y
estaba sólidamente adosada a la tabla. Pero el subdirector hizo como
si hubiese encontrado ahí precisamente una pieza suelta y quisiera
repararla con el dedo índice. K pensó en interrumpir su informe,
pero el subdirector no quiso, pues él, como explicó, lo escuchaba
y comprendía todo. Mientras K era incapaz de sonsacarle una mera
indicación, la moldura parecía requerir un tratamiento especial, pues
el subdirector sacó una navaja de bolsillo, tomó la regla de K como
palanca e intentó elevar la moldura para poder encajarla mejor. K había
incluido en su informe una propuesta novedosa, la cual esperaba que
ejerciera un efecto especial en el subdirector, pero cuando llegó el
momento de mencionarla, no pudo parar, tanto le obsesionaba el trabajo
o, mejor, tanto se alegraba de esa conciencia, cada vez más rara, de
que aún era alguien en el banco y de que sus pensamientos tenían la
fuerza de justificarle. Tal vez fuese esa forma de justificarse la
mejor, y no sólo en el banco, sino también en el proceso, quizá mucho
mejor que cualquier otra defensa ya intentada o planeada. Con su
prisa por decirlo todo, K no tuvo tiempo de desviar la atención del
subdirector de su actividad, se limitó, dos o tres veces, mientras
leía, a pasar la mano sobre la moldura con un ademán tranquilizador,
para, así, sin ser consciente de ello, mostrar al subdirector que la
moldura no tenía ningún defecto y que, si encontraba uno, era más
importante escuchar y comportarse decentemente que cualquier mejora en
el mueble. Pero el subdirector, como ocurre con frecuencia con hombres
activos, asumió ese trabajo con celo, ya había levantado un trozo
de moldura y ahora sólo le quedaba ir introduciendo las columnitas
en sus agujeros respectivos. Eso era lo más difícil de todo. El
subdirector se tuvo que levantar e intentó presionar con las dos manos
la moldura contra la tabla. Pero no lo consiguió ni empleando todas
sus fuerzas. K, mientras leía--aunque combinaba la lectura con muchas
explicaciones--, sólo había percibido fugazmente que el subdirector
se había levantado. Aunque apenas había perdido de vista la actividad
complementaria del subdirector, supuso que el movimiento de éste se
había debido a su informe, así que también se levantó y le extendió un
papel al subdirector. El subdirector, mientras tanto, había comprendido
que la presión de las manos no bastaría, así que se sentó con todo
su peso encima de la moldura. Ahora lo consiguió, las columnitas se
introdujeron chirriando en sus agujeros, pero una de ellas se quebró y
la moldura se partió en dos.
--La madera es mala--dijo el subdirector enojado, dejó la mesa y se
sentó...
=LA CASA=
Sin una intención concreta, K, en diversas ocasiones, había intentado
enterarse del domicilio del organismo del que partió la primera
denuncia en su causa. Lo averiguó sin dificultades, tanto Titorelli
como Wolfhart le dieron el número de la calle cuando les preguntó.
Titorelli completó la información, con la sonrisa que siempre tenía
preparada para aquellos planes secretos que no se le presentaban
para su examen pericial, diciendo que ese organismo no tenía ninguna
importancia, sólo ejecutaba lo que se le encargaba y sólo era el
órgano externo de la autoridad acusatoria, que era inaccesible para los
acusados. Si se deseaba algo de la autoridad acusatoria--naturalmente
siempre había muchos deseos, pero no siempre era inteligente
manifestarlos--, había que dirigirse al mencionado organismo, pero así
ni se lograba acceder a la autoridad acusatoria, ni que el deseo fuese
transmitido a ésta.
K ya conocía la manera de ser del pintor, así que no le contradijo,
tampoco quiso pedirle más información, se limitó a asentir y a darse
por enterado. Una vez más le pareció que Titorelli, cuando se trataba
de atormentar, superaba al abogado. La diferencia consistía en que K
no dependía tanto de Titorelli y hubiera podido liberarse de él cuando
hubiese querido. Además, Titorelli era hablador, incluso parlanchín, si
bien antes más que ahora y, en definitiva, también K podía atormentar a
Titorelli.
Y así lo hizo en esa oportunidad, habló con frecuencia a Titorelli
de esa casa como si quisiera ocultarle algo, como si tuviera algún
contacto con ese organismo, aunque no lo suficientemente intenso como
para darlo a conocer sin peligro. Titorelli intentó obtener alguna
información de K, pero éste, repentinamente, ya no volvió a hablar más
del asunto. K se alegraba de esos pequeños éxitos, él creía después
que entendía mejor a esas personas del tribunal, incluso que podía
jugar con ellas, estar por encima y disfrutar, al menos en algunos
instantes, de una mejor visión de las cosas, ya que ellas estaban
en el primer nivel del tribunal. Pero, ¿qué ocurriría si perdía su
posición? Aún habría una posibilidad de salvación, no tenía nada más
que deslizarse entre esas personas, si no le habían podido ayudar
en su proceso a causa de su bajeza o por otros motivos, al menos le
podrían aceptar y esconder, sí, ni siquiera, si él lo planeaba bien y
ejecutaba su plan en secreto, podrían rechazar ayudarle de esa manera,
especialmente Titorelli no podría denegarle ayuda, ya que se había
convertido en un benefactor.
Sin embargo K no se alimentaba diariamente de esas esperanzas, en
general aún distinguía con precisión y se guardaba mucho de ignorar o
pasar por alto alguna dificultad, pero a veces--normalmente en estados
de agotamiento por la noche, después del trabajo--encontraba consuelo
en los más pequeños y significativos incidentes del día. Usualmente
permanecía tendido en el canapé de su despacho--no podía abandonar su
despacho sin tener que recuperarse después una hora en el canapé--y
se dedicaba a encadenar en su mente observación tras observación. No
se limitaba a las personas que pertenecían a la organización de la
justicia, en ese estado de duermevela se mezclaban todos, entonces
se olvidaba del enorme trabajo del tribunal, le parecía que él era
el único acusado y veía cómo el resto de las personas, una confusión
de funcionarios y juristas, pasaban por los pasillos de un edificio.
Ni los más lerdos hundían la barbilla en el pecho, todos mostraban
los labios fruncidos y una mirada fija de reflexión responsable.
Los inquilinos de la señora Grubach siempre aparecían como un grupo
cerrado, permanecían juntos uno al lado del otro con las bocas
abiertas, como los miembros de un coro. Entre ellos había muchos
desconocidos, pues K hacía tiempo que no prestaba ninguna atención a
la pensión. A causa de los muchos desconocidos le causaba desagrado
acercarse al grupo, lo que a veces se veía obligado a hacer cuando
buscaba entre ellos a la señorita Bürstner. Sobrevoló, por ejemplo,
el grupo y, de repente, brillaron dos ojos completamente desconocidos
que lo detuvieron. No encontró a la señorita Bürstner, pero cuando
siguió buscando para evitar cualquier error, la encontró en el centro
del grupo, rodeando a dos hombres con sus brazos. No le causó ninguna
impresión, sobre todo porque esa visión no era nueva, sino un recuerdo
imborrable de una fotografía de la playa que había visto una vez en la
habitación de la señorita Bürstner. Esa visión separaba a K del grupo
y aun cuando regresaba una y otra vez, sólo lo hacía para atravesar
a toda prisa el edificio del tribunal. Conocía muy bien todas las
estancias; incluso los pasillos perdidos, que no había visto nunca,
le resultaban familiares, como si le hubieran servido de morada desde
siempre. Los detalles quedaban grabados en su cerebro con una exactitud
dolorosa. Un extranjero, por ejemplo, paseaba por una antesala, vestía
como un torero, el talle apretado, su chaquetilla corta y rígida estaba
adornada con borlas amarillas, y ese hombre, sin parar de pasear, se
dejaba admirar por K. Éste, encogido, le contemplaba con los ojos muy
abiertos. Conocía todos los dibujos, todos los flecos, todas las líneas
de la chaquetilla y, aun así, no se cansaba de mirarla. O, mejor, hacía
tiempo que se había cansado de mirarla o, aún más correcto, nunca la
había querido mirar, pero no le dejaba. «¡Qué mascaradas ofrece el
extranjero!»--pensó, y abrió aún más los ojos. Y fue seguido por ese
hombre hasta que se echó y presionó el rostro contra el canapé[40].
=VISITA A LA MADRE=
De repente, durante la comida, se le ocurrió visitar a su madre. La
primavera ya estaba llegando a su fin y con ella se cumplía el tercer
año desde que no la había visto. Su madre le había pedido hacía tres
años que fuese a su cumpleaños y él había cumplido la promesa, a pesar
de algunos impedimentos. Luego le había prometido visitarla en todos
sus cumpleaños, una promesa que había dejado de cumplir dos veces.
Ahora no quería esperar hasta su cumpleaños: aunque sólo faltaran
catorce días, deseaba viajar en seguida. Sin embargo, se dijo que no
había ningún motivo para salir tan rápido, todo lo contrario, las
noticias que recibía regularmente, en concreto cada dos meses, de su
primo, que poseía un comercio en la pequeña ciudad y administraba
el dinero que K le enviaba a su madre, eran más tranquilizadoras
que nunca. La vista de la madre se apagaba, pero eso, según lo que
le habían dicho los médicos, ya lo esperaba K desde hacía años, no
obstante su estado había mejorado en general, determinadas dolencias
de la edad habían disminuido en vez de agravarse, al menos ella se
quejaba menos. Según el primo, se podría deber a que en los últimos
años--K ya había advertido algo con disgusto en su visita--se había
vuelto muy piadosa. El primo le había descrito en una carta, de manera
muy ilustrativa, cómo la anciana, que antes se había arrastrado con
esfuerzo, ahora andaba muy bien cogida de su brazo cuando la llevaba
los domingos a la iglesia. Y K podía creer al primo, pues éste era
miedoso y solía exagerar en sus informes lo malo antes que lo bueno.
Pero K se había decidido a partir. Desde hacía tiempo había confirmado
en su temperamento, entre otras cosas desagradables, una cierta
inclinación a quejarse, así como una ansiedad irrefrenable por
satisfacer todos sus deseos. Bien, en este caso particular, ese defecto
serviría para una buena acción.
Se acercó a la ventana para ordenar un poco sus pensamientos, luego
mandó que se llevasen la comida, envió al ordenanza a casa de la señora
Grubach para que le anunciase su partida y para recoger el maletín, en
el que la señora Grubach podía meter lo que considerase conveniente.
A continuación, dejó unos encargos, referentes a algunos negocios, al
señor Kühne, para que los realizase durante el tiempo en que iba a
estar ausente; esta vez apenas se enojó por las malas maneras con que
últimamente recibía sus encargos, sin ni siquiera mirarle, como si
supiera de sobra lo que tenía que hacer y sólo tolerase ese reparto
de encargos como una ceremonia. Finalmente, se fue a ver al director.
Cuando le pidió dos días libres para visitar a su madre, el director
preguntó, naturalmente, si la madre de K estaba enferma.
--No--dijo K, sin más explicaciones. Permanecía en medio de la
habitación, con las manos entrelazadas a la espalda. Reflexionaba con
la frente arrugada. ¿Acaso se había precipitado con los preparativos
del viaje? ¿No era mejor quedarse? ¿Quería viajar sólo por puro
sentimentalismo? ¿Y si por ese sentimentalismo descuidaba algo allí,
por ejemplo perdía una importante oportunidad para actuar, que,
además, podía surgir en cualquier momento, sobre todo ahora, cuando el
proceso, desde hacía semanas, no había experimentado cambio alguno y
no había surgido ninguna noticia referente a él? ¿Y no asustaría a la
pobre mujer, ya mayor? Eso era algo que no pretendía en absoluto y,
sin embargo, podía ocurrir contra su voluntad, pues ahora muchas cosas
ocurrían contra su voluntad. Y la madre tampoco había manifestado su
deseo de verle. Antes, en las cartas de su primo, se habían repetido
regularmente las urgentes invitaciones de la madre, pero desde hacía
un tiempo se habían interrumpido. Así que por la madre no iba, eso
estaba claro. Si iba, no obstante, por alguna esperanza referida a él,
entonces era un completo demente y allí, en la desesperación final,
recibiría la recompensa por su demencia. Pero, como si estas dudas
no fueran las suyas propias, sino que intentasen convencer a gente
extraña, mantuvo, al despertar de su ausencia mental, la determinación
de viajar. El director, mientras tanto, casualmente o, lo que era más
probable, por especial consideración a K, se había inclinado sobre el
periódico, pero ahora elevó los ojos, estrechó la mano de K y le deseó,
sin plantearle más preguntas, un buen viaje.
K esperó en su despacho al ordenanza paseando de un lado a otro,
rechazó casi en silencio al subdirector, que quiso entrar varias veces
para preguntarle por los motivos de su viaje y, cuando al fin tuvo el
maletín, se apresuró a llegar hasta el coche. Se encontraba aún en la
escalera, cuando arriba apareció el funcionario Kullych con una carta
en la mano, con la que aparentemente quería solicitar algo de K. Éste
le rechazó con la mano, pero terco y necio como era ese hombre rubio
y cabezón, interpretó mal el gesto de K y bajó las escaleras con el
papel dando unos saltos en los que ponía en peligro su vida. K se enojó
tanto que, cuando Kullych le alcanzó en la escalinata, le arrebató la
carta y la rompió. Cuando K se volvió ya en el coche, Kullych, que
probablemente aún no había comprendido el error cometido, permanecía
estático en el mismo sitio y miraba cómo se alejaba el coche, mientras
el portero, a su lado, se quitaba la gorra. Así que K aún era uno de
los funcionarios superiores del banco, el portero rectificaría la
opinión de quien lo quisiera negar. Y su madre le tendría, incluso, y
a pesar de todos sus desmentidos, por el director del banco y, eso,
desde hacía años. En su opinión jamás descendería de rango, por más que
su reputación sufriese daños. Tal vez era una buena señal que justo
antes de salir se hubiera convencido de que aún era un funcionario que
incluso tenía conexiones con el tribunal, podía arrebatar una carta y
romperla sin disculpa alguna. Pero no pudo hacer lo que más le hubiera
gustado, dar dos sopapos en las mejillas pálidas y redondas de Kullych.