[33] Tachado en el manuscrito: «No habla sinceramente conmigo y nunca
lo ha hecho. Por esto no se puede quejar si no le comprendo. Yo, sin
embargo, soy sincero. Se ha hecho cargo de mi proceso como si yo fuera
libre, pero a mí me parece que no sólo lo ha llevado mal, sino que ha
intentado ocultármelo, sin emprender en él nada serio, para impedir
que actuara por mí mismo, y con el fin de que un día se pronuncie la
sentencia en mi ausencia».
=EN LA CATEDRAL=
K había recibido el cometido de enseñar algunos monumentos históricos a
un buen cliente italiano del banco, que visitaba la ciudad por primera
vez. Era una obligación que, en otro tiempo, hubiera considerado un
honor, pero que ahora, cuando apenas lograba con esfuerzo mantener
su prestigio en el banco, asumía con desagrado. Cada hora que no
podía permanecer en el despacho le preocupaba. Por desgracia, tampoco
podía aprovechar como antes sus horas laborales, pasaba mucho tiempo
aparentando que trabajaba. Sin embargo, sus cuitas se hacían más
grandes cuando permanecía ausente de su despacho. Imaginaba que el
subdirector, siempre al acecho, entraba en su despacho, se sentaba
a su mesa, registraba sus papeles, recibía a los clientes con los
que K, desde hacía años, sostenía incluso una relación de amistad,
les enemistaba con él, descubría fallos, que K, durante el trabajo,
cometía sin darse cuenta y ya no podía evitar. Si se le encargaba
realizar una salida de negocios o irse de viaje, aunque fuese como
una distinción--semejantes encargos se habían hecho, casualmente, muy
frecuentes en los últimos tiempos--, siempre sospechaba que se le
quería alejar del despacho para examinar su trabajo o, simplemente,
porque creían que podían prescindir de él. Podría haber rechazado todos
esos encargos sin mayores dificultades, pero no se atrevió, pues,
aunque sus temores no estuvieran justificados, un rechazo significaba
una confesión del miedo qué sentía. Por este motivo aceptaba los
encargos con aparente indiferencia, incluso llegó a silenciar un
serio enfriamiento antes de emprender un agotador viaje de negocios
de dos días, para no correr el peligro de que suspendieran el viaje a
causa del mal tiempo otoñal. Cuando regresó de ese viaje con furiosos
dolores de cabeza, supo que le habían encomendado que acompañase al
día siguiente al hombre de negocios italiano. La tentación de negarse
por una sola vez fue muy grande, además no se trataba de un encargo
vinculado a su trabajo, por más que el cumplimiento de ese deber
social fuese lo suficientemente importante, aunque no para K, que
sabía muy bien que sólo se podía mantener con éxitos laborales y que
si no lo lograba, no poseería el menor valor, por mucho que llegara a
embelesar, de forma inesperada, al italiano. No quería que le apartaran
del trabajo ni siquiera un día, pues el miedo de que lo dejasen atrás
era demasiado grande, un miedo que él, como reconocía, era exagerado,
pero era un miedo que le asfixiaba. En este caso, sin embargo, era
casi imposible encontrar una excusa aceptable. El conocimiento que K
tenía de la lengua italiana no era bueno, pero bastaba para un caso
así. Lo decisivo, sin embargo, era que él poseía ciertos conocimientos
artísticos adquiridos hacía tiempo y conocidos en el banco, si bien
se exageraban un poco por el hecho de que K, aunque sólo por motivos
de negocios, había sido miembro de la Asociación para la Conservación
de los Monumentos Urbanos. El italiano, como habían sabido a través
de fuentes distintas, resultaba ser un amante del arte, así que la
elección de K era algo evidente.
Era una mañana fría y tormentosa. K, enojado por el día que le
esperaba, llegó a su despacho a las siete para, al menos, trabajar algo
antes de que la visita se lo impidiese. Estaba muy cansado, puesto que
había pasado parte de la noche estudiando algo de gramática italiana.
La ventana, junto a la que, últimamente, permanecía sentado con
demasiada frecuencia, le tentaba mucho más que la mesa, pero resistió y
continuó el trabajo. Por desgracia, al poco tiempo entró el ordenanza
y anunció que el director le había enviado para comprobar si el
gerente ya se encontraba en su despacho. Le pidió que fuese tan amable
de acudir a la sala de recepción, donde ya se encontraba el señor de
Italia.
--Ya voy--dijo K, se metió un pequeño diccionario en el bolsillo,
cogió un folleto turístico y, a través del despacho del subdirector,
entró en el del director. Se alegró de haber venido tan temprano
a la oficina y poder estar ya dispuesto, lo que nadie podía haber
esperado. El despacho del subdirector permanecía, naturalmente, aún
vacío, como en lo más profundo de la noche, tal vez el ordenanza
también le había buscado, aunque en vano. Cuando K entró en la sala
de recepción, se levantaron los dos señores de sus cómodos sillones.
El director sonrió amable, parecía muy contento de la llegada de K.
Le presentó en seguida, el italiano estrechó con energía la mano de
K y, sonriendo, dijo algo de madrugadores; K no entendió muy bien a
quién se refería, además era una palabra extraña, que K sólo pudo
comprender transcurrido un rato. Respondió con algunas frases hechas,
que el italiano escuchó sonriente, mientras, algo nervioso, acariciaba
su poblado bigote gris azulado. El bigote parecía perfumado, uno
casi se veía tentado a acercarse y olerlo. Cuando todos se sentaron
y comenzaron a hablar, K notó con gran disgusto que apenas entendía
al italiano. Cuando hablaba tranquilo, le entendía casi todo, pero
ésos eran momentos excepcionales la mayoría de las veces las palabras
manaban a borbotones de su boca y parecía sacudir la cabeza de placer
cuando esto ocurría. Mientras hablaba lanzaba frases enteras en un
dialecto extraño, que para K no tenía nada de italiano, pero que el
director no sólo comprendía, sino que lo hablaba, lo que K tendría
que haber previsto, ya que el italiano era originario del sur de
Italia, en donde el director había residido algunos años. K reconoció
que la posibilidad de comprenderse con el italiano se había reducido
drásticamente, pues su francés también era difícil de entender. Por
añadidura, el bigote ocultaba los labios, así que ni siquiera se
podía leer en ellos para averiguar qué era lo que estaba diciendo. K
comenzó a prever situaciones incómodas, provisionalmente renunció a
entender al italiano--en presencia del director, que le entendía tan
fácilmente, hubiera sido un esfuerzo innecesario--, así que se limitó
a observar malhumorado cómo éste descansaba tranquilo y semihundido
en el sillón, cómo estiraba de vez en cuando su chaqueta bien cortada
y cómo una vez, elevando el brazo y agitando las manos, intentaba
explicar algo que K no podía comprender, a pesar de que no perdía
de vista sus manos. Al final, K, que permanecía ausente, siguiendo
mecánicamente la conversación, empezó a sentir el cansancio previo y
se sorprendió a sí mismo, para su horror, aunque felizmente a tiempo,
cuando, guiado por su confusión, pretendía levantarse, darse la vuelta
y marcharse. Pero transcurrido un rato el italiano miró el reloj y
se levantó. Después de despedirse del director, se acercó a K y,
además, tanto, que K tuvo que desplazar el sillón para poderse mover.
El director, que por la mirada de K reconoció la situación apurada
de éste frente al italiano, se inmiscuyó en la conversación de un
modo tan inteligente que pareció como si simplemente añadiera algunos
consejos, mientras en realidad lo que estaba haciendo era traducir a K
todo lo que el incansable italiano decía con su fluidez proverbial. K
se enteró así de que el italiano aún debía terminar algunos negocios,
que sólo tenía poco tiempo y que no pretendía visitar todos los
monumentos. Más bien había decidido visitar--si K daba su aprobación,
en él recaía la decisión--sólo la catedral, pero detenidamente. Él se
alegraba mucho de poder realizar esa visita en compañía de un hombre
tan erudito y amable--con estas palabras estaba haciendo referencia a
K, que prescindía de las palabras del italiano e intentaba oír las del
director--, así que le pedía, si le parecía bien, que se encontraran
transcurridas dos horas, alrededor de las diez, en la catedral. Creía
poder estar allí a esa hora. K respondió algo adecuado, el italiano
estrechó primero la mano del director, luego la de K, y se dirigió,
volviéndose continuamente y sin parar de hablar, hacia la puerta
seguido por ambos. K permaneció un rato con el director, que ese día
parecía enfermo. Creyó tener que disculparse ante K--estaban juntos
en un trato de confianza--, al principio había previsto acompañar él
mismo al italiano, pero luego--no adujo ningún motivo--se decidió por
enviar a K. Si no entendía al italiano, no tenía por qué asustarse,
con un poco de práctica lo comprendería mejor, pero que en el caso
de que no lo hiciera, tampoco pasaba nada malo, para el italiano no
era importante que le entendieran. Por lo demás, el italiano de K era
sorprendentemente bueno y él cumpliría su misión a la perfección.
Con estas palabras se despidió de K. El tiempo que aún le quedaba lo
empleó en aprender algunos términos complejos que necesitaba para su
guía por la catedral, sacándolos del diccionario. Era un trabajo muy
pesado, el empleado le trajo la correspondencia, algunos funcionarios
vinieron con algunas preguntas y, al ver a K ocupado, se quedaron
esperando en la puerta, pero no se movieron hasta que K les atendió. El
subdirector tampoco perdió la ocasión de molestar, pasó varias veces
por su despacho, le quitó el diccionario de las manos y lo hojeó sin
intención alguna, incluso clientes emergían cuando las puertas se
abrían en la semioscuridad del antedespacho y se inclinaban indecisos,
ya que querían llamar la atención, pero no estaban seguros de que
les veían. Todo eso giraba en torno a K como si él fuese el centro,
mientras él pensaba en las palabras que iba a necesitar, las buscaba en
el diccionario, las apuntaba y las pronunciaba para, a continuación,
aprendérselas de memoria. No obstante, su buena memoria de los viejos
tiempos parecía haberle abandonado, algunas veces se puso tan furioso
con el italiano por haberle obligado a ese esfuerzo que enterró el
diccionario entre papeles con la firme intención de no prepararse más,
aunque luego comprendía que no podía permanecer mudo con el italiano
ante las obras de arte en la catedral, así que, aún más furioso, volvía
a coger el diccionario.
Precisamente a las nueve y media, cuando se disponía a salir, recibió
una llamada por teléfono. Leni le deseó buenos días y le preguntó sobre
su estado. K le dio las gracias a toda prisa y le advirtió que en ese
momento no podía conversar, que tenía que ir a la catedral.
--¿A la catedral?--preguntó Leni.
--Pues sí, a la catedral.
--¿Por qué precisamente a la catedral?--preguntó Leni.
K intentó explicárselo brevemente, pero apenas había comenzado, cuando
Leni le interrumpió bruscamente:
--Te están acosando.
K no toleró una compasión que él ni había requerido ni esperado. Se
despidió con dos palabras y, mientras colgaba el auricular, en parte
para sí, en parte dirigiéndose a la muchacha, que ya no le podía oír.
--Sí, me están acosando.
Miró el reloj, corría el peligro de llegar tarde. Decidió desplazarse
en automóvil, en el último momento se había acordado del folleto
turístico, pues no había tenido la oportunidad de entregárselo al
italiano, así que pensó en llevárselo. Lo mantenía sobre las rodillas y
tamborileaba en él con los dedos. La lluvia se había apaciguado, pero
el día era húmedo, frío y oscuro, podrían ver poco en el interior de la
catedral y, además, a causa de la humedad y de una larga permanencia de
pie el resfriado de K empeoraría con toda seguridad.
La plaza de la catedral estaba solitaria. K recordó que ya en su
infancia le había llamado la atención que todas las casas de esa
pequeña plaza siempre tenían las cortinas cerradas. Con ese tiempo, sin
embargo, era comprensible. Tampoco parecía haber nadie en el interior
de la catedral[34]. A nadie se le podía ocurrir visitar su interior
en un día así. K paseó por ambas naves laterales, sólo encontró a una
anciana envuelta en un mantón y arrodillada ante una imagen de la
virgen María. Desde lejos, sin embargo, vio cómo un sacristán cojo
desaparecía por una puerta. K había sido puntual, precisamente al
entrar tocaron las once[35], el italiano, sin embargo, aún no había
llegado. K regresó a la puerta principal, permaneció allí un rato
indeciso y, finalmente, dio una vuelta en torno a la catedral bajo la
lluvia para comprobar si el italiano no le estaba esperando en alguna
puerta lateral. No lo encontró por ninguna parte. ¿Acaso el director
había entendido mal la hora? ¿Cómo se podía comprender bien a ese
hombre? Fuera lo que fuese, K tenía que esperar como mínimo media hora.
Como estaba cansado, quiso sentarse, volvió a entrar en la catedral,
encontró en uno de los escalones un trozo de tela, que parecía de
una alfombra, lo llevó con la punta del pie hasta un banco cercano,
se envolvió bien en su abrigo, se subió el cuello y se sentó. Para
distraerse abrió el folleto, lo hojeó un poco, pero tuvo que dejarlo
pues se hizo tan oscuro que, cuando miró hacia arriba, apenas pudo
distinguir algo en la nave cercana.
En la lejanía brillaba un gran triángulo compuesto por velas. K no
podía decir con certeza si lo había visto antes. Tal vez las acababan
de encender. Los sacristanes son silenciosos, es un rasgo profesional,
así que no se les nota. Cuando K se volvió casualmente, vio, no muy
lejos de donde se encontraba, cómo ardía un cirio grande y grueso,
adosado a una columna. Por muy bello que fuera, era insuficiente para
iluminar las imágenes que colgaban en las tinieblas de las capillas
laterales, en realidad contribuía a aumentar esas tinieblas.
Era al mismo tiempo razonable y descortés que el italiano no se hubiera
presentado. No se podría haber visto nada, se tendrían que haber
limitado a buscar algunas imágenes con la linterna de K. Para comprobar
qué es lo que les esperaba, K se acercó a una capilla lateral, subió
un par de escalones hasta llegar a un bajo antepecho de mármol e,
inclinado sobre él, iluminó con la linterna el cuadro del altar. La luz
continua osciló inquietante. Lo primero que K, más que ver, adivinó,
fue un gran caballero con armadura, representado en uno de los extremos
del cuadro. Se apoyaba en su espada, que mantenía firmemente sobre
un suelo desnudo, a no ser por unas briznas de hierba aquí y allá.
Parecía observar con atención un incidente que tenía lugar ante él. Era
asombroso que se mantuviera en esa posición y no se aproximara. Tal vez
su misión consistía en vigilar. K, que hacía tiempo que no contemplaba
ningún cuadro, permaneció ante él un buen rato, aunque se veía obligado
a guiñar continuamente los ojos, pues no soportaba la luz verde de
la linterna. Cuando, a continuación, desplazó la luz hacia el resto
del cuadro, pudo ver una versión usual del entierro de Cristo; por lo
demás, se trataba de un cuadro moderno. Se guardó la linterna y volvió
a su sitio.
Era inútil seguir esperando al italiano; fuera, sin embargo, debía de
estar cayendo un chaparrón, y como en el interior no hacía tanto frío
como había esperado, decidió permanecer dentro. Cerca de él estaba
el púlpito, debajo del pequeño y redondo tornavoz había dos cruces
doradas que se cruzaban en sus extremos. La parte exterior del pretil
y el espacio que la unía a la columna sustentadora estaban adornados
con hojas verdes esculpidas, que querubines mantenían en sus manos,
unos con actitud vivaz, otros, reposada. K se acercó al púlpito y lo
examinó por todas partes, el grabado de la piedra era extremadamente
cuidadoso, la profunda oscuridad que reinaba entre los espacios
vacíos del follaje pétreo y la que se extendía detrás de éste parecía
atrapada, como si estuviera retenida; K introdujo su mano en uno de
esos espacios vacíos y palpó la piedra, nunca había tenido conocimiento
de la existencia de ese púlpito. En ese momento notó casualmente que
un sacristán permanecía detrás de un banco cercano, vestido con una
chaqueta negra colgante y arrugada, sosteniendo una cajita de rapé y
observándole.
«¿Qué quiere ese hombre?--pensó K--. ¿Acaso le parezco sospechoso?
¿O querrá una limosna?». Cuando el sacristán vio que K le observaba,
señaló con la mano derecha--entre dos dedos aún sostenía una
pulgarada de rapé--hacia una dirección incierta. Su comportamiento
era inexplicable. K esperó un rato, pero el sacristán no cesó de
señalarle algo con la mano e incluso llegó a reforzar sus gestos con un
movimiento de cabeza.
«¿Qué querrá?»--se preguntó K en voz baja. No se atrevía a gritar
allí dentro. Su reacción fue sacar su cartera y acercarse al hombre.
Pero éste hizo de inmediato un gesto de rechazo con la mano, alzó
los hombros y se alejó cojeando. Con un paso semejante K había
intentado imitar cuando era niño el trote de un caballo. «Un anciano
senil--pensó K--. Su inteligencia apenas llega para ayudar en la
iglesia. Se para cuando yo me paro y acecha por si sigo andando». K
siguió sonriendo al anciano por toda la nave lateral hasta llegar
al altar mayor, el anciano no paraba de señalarle algo, pero K no
se volvía. Esos gestos sólo tenían la intención de apartarle de sus
huellas. Finalmente le dejó, no quería asustarlo, tampoco quería
ahuyentarlo del todo, por si acaso venía el italiano.
Cuando entró en la nave principal para buscar el sitio en el que había
dejado el folleto descubrió, muy cerca de una columna casi adosada a
los bancos del coro del altar, un sencillo y pequeño púlpito lateral,
hecho de piedra desnuda y blanca. Era tan pequeño que desde lejos
parecía una hornacina aún vacía, destinada a albergar una estatua. El
sacerdote, con toda seguridad, apenas podría retroceder un paso desde
el pretil. Además, el tornavoz, sin ningún adorno, estaba situado a una
altura escasa y se inclinaba tanto que un hombre de mediana estatura
no podía permanecer recto en el interior del púlpito, sino que debía
agacharse y apoyarse en el pretil. Parecía diseñado específicamente
para atormentar al sacerdote, era incomprensible para qué podía
necesitarse ese púlpito, ya que se tenía el otro, más grande y decorado
con tanto primor.
A K no le hubiera llamado la atención ese pequeño púlpito, si no
hubiera descubierto una lámpara fijada en la parte superior, como
las que se suelen colocar poco antes de un sermón. ¿Se pronunciaría
ahora un sermón? ¿En la iglesia vacía? K miró hacia la escalera que,
bordeando la columna, conducía al púlpito y que era tan estrecha
que no parecía para uso humano, sino simplemente de adorno para la
columna. Pero al pie del púlpito, K sonrió de asombro, se encontraba,
efectivamente, un sacerdote. Apoyaba la mano en la barandilla,
preparado para subir, y miraba a K. Entonces asintió levemente con la
cabeza, porque K se persignó e inclinó, lo que debería haber hecho
antes. El sacerdote tomó un poco de impulso y subió al púlpito con
pasos cortos y rápidos. ¿Realmente iba a pronunciar un sermón? ¿Acaso
el sacristán carecía de tan poco sentido común que le había querido
conducir hasta el sacerdote, lo que, en vista de la iglesia vacía, era
necesario? Además, por algún lado había una anciana ante la imagen de
la Virgen María que también tendría que haber venido. Y, si se iba a
pronunciar un sermón, ¿por qué no había sido precedido por el órgano?
Pero éste permanecía en silencio y brillaba débilmente envuelto en las
tinieblas.
K pensó si no debería alejarse deprisa, o lo hacía ahora o ya no
tendría otra oportunidad, debería permanecer allí durante todo
el sermón; en la oficina había perdido tanto tiempo; ya no estaba
obligado a esperar más al italiano. Miró su reloj, eran las once.
Pero, ¿realmente se iba a pronunciar un sermón? ¿Podía K representar
a toda la comunidad de fieles? ¿Y si fuese un extranjero que sólo
pretendía visitar la iglesia? En el fondo así era. Era absurdo pensar
que se podía pronunciar un sermón, ahora, a las once de la mañana,
en un día laborable y con un tiempo tan horrible. El sacerdote--se
trataba sin duda de un sacerdote, un hombre joven con el rostro liso y
oscuro--parecía subir a apagar la lámpara, que alguien había encendido
por error.
Pero no fue así. El sacerdote, en realidad, examinó la luz, la ajustó
y se dio la vuelta lentamente hacia el pretil, apoyándose en él con
las dos manos. Así permaneció un rato y miró, sin mover la cabeza,
a su alrededor. K había retrocedido un trecho y se apoyaba con el
codo en el banco de delante. Con ojos inseguros, sin poder determinar
exactamente el lugar, vio cómo el sacristán, algo encorvado, se ponía
a descansar pacíficamente como si hubiera terminado su cometido. ¡Qué
silencio reinaba ahora en la catedral! Pero K tenía que romperlo,
no pretendía quedarse allí. Si era un deber del sacerdote predicar
a una hora determinada sin consideración a las circunstancias, que
lo hiciera, también podría cumplir su cometido en ausencia de K,
su presencia tampoco contribuiría a aumentar el efecto. K se puso
lentamente en camino y fue tanteando el banco de puntillas. Llegó a la
nave central y prosiguió sin que nadie le detuviera, sólo sus pasos
ligeros resonaban continuamente bajo las bóvedas con un ritmo regular y
progresivo. K, consciente de que el sacerdote podía estar observándole,
se sentía abandonado mientras avanzaba solo entre los bancos vacíos.
Las dimensiones de la catedral le parecían ahora rayar en los límites
de lo soportable para el ser humano. Cuando llegó al sitio que había
ocupado anteriormente, cogió el folleto sin detenerse. Apenas había
dejado atrás el banco y se acercaba al espacio vacío que le separaba de
la salida, cuando escuchó por primera vez la voz del sacerdote. Era una
voz poderosa y ejercitada. ¡Cómo se expandió por la catedral, preparada
para recibirla! Pero no era a la comunidad de fieles a quien llamaba,
su voz resonó clara, no había escapatoria alguna, exclamó:
--¡Josef K!
K se detuvo y miró al suelo. Aún era libre, podía seguir y escapar por
una de las pequeñas y oscuras puertas de madera, que no estaban lejos.
Pero eso significaría o que no había entendido o que había entendido
pero no quería hacer ningún caso. Si se daba la vuelta, se tendría que
quedar, pues habría confesado tácitamente que había comprendido muy
bien su nombre y que quería obedecer. Si el sacerdote hubiese gritado
de nuevo, K habría proseguido su camino, pero como todo permaneció
en silencio, volvió un poco la cabeza, pues quería ver qué hacía el
sacerdote en ese momento. Se le veía tranquilo en el púlpito, se podía
advertir que había notado el giro de cabeza de K. Hubiera sido un juego
infantil si K no se hubiese dado la vuelta por completo. Así lo hizo,
y el sacerdote le llamó con una señal de la mano. Como ya todo ocurría
abiertamente, avanzó--lo hizo en parte por curiosidad y en parte para
tener la oportunidad de acortar su estancia allí--con pasos largos y
ligeros hasta el púlpito. Se paró ante los bancos, pero al sacerdote
le parecía que la distancia era aún demasiado grande. Estiró la mano y
señaló con el dedo índice un asiento al pie del púlpito. K siguió su
indicación y, al sentarse, tuvo que mantener la cabeza inclinada hacia
atrás para poder ver al sacerdote.
--Tú eres Josef K--dijo el sacerdote, y apoyó una mano en el pretil con
un movimiento incierto.
--Sí--dijo K. Pensó cómo en otros tiempos había pronunciado su nombre
con entera libertad, pero ahora suponía una carga para él, también
ahora conocía su nombre gente a la que veía por primera vez. Qué bello
era que le presentaran y luego conocer a la gente.
--Estás acusado--dijo el sacerdote en voz baja.
--Sí--dijo K--, ya me lo han comunicado.
--Entonces tú eres al que busco--dijo el sacerdote--. Yo soy el
capellán de la prisión.
--¡Ah, ya!--dijo K.
--He hecho que te trajeran aquí para hablar contigo--dijo el sacerdote.
--No lo sabía--dijo K--. He venido para mostrarle la catedral a un
italiano.
--Deja lo accesorio--dijo el sacerdote--. ¿Qué sostienes en la mano?
¿Un libro de oraciones?
--No--respondió K--, es un folleto con los monumentos históricos de la
ciudad.
--Déjalo a un lado--dijo el sacerdote.
K lo arrojó con tal fuerza que se rompió y un trozo con las páginas
dobladas se deslizó por el suelo.
--¿Sabes que tu proceso va mal?--preguntó el sacerdote.
--También a mí me lo parece--dijo K--. Me he esforzado todo lo que he
podido, pero hasta ahora sin éxito. Además, aún no he concluido mi
primer escrito judicial.
--¿Cómo te imaginas el final?--preguntó el sacerdote.
--Al principio pensé que terminaría bien--dijo K--, ahora hay veces que
hasta yo mismo lo dudo. No sé cómo terminará. ¿Lo sabes tú?
--No--dijo el sacerdote--, pero temo que terminará mal. Te consideran
culpable. Tu proceso probablemente no pasará de un tribunal inferior.
Tu culpa, al menos provisionalmente, se considera probada.
--Pero yo no soy culpable--dijo K--. Es un error. ¿Cómo puede ser un
hombre culpable, así, sin más? Todos somos seres humanos, tanto el uno
como el otro.
--Eso es cierto--dijo el sacerdote--, pero así suelen hablar los
culpables.
--¿Tienes algún prejuicio contra mí?--preguntó K.
--No tengo ningún prejuicio contra ti--dijo el sacerdote.
--Te lo agradezco--dijo K--. Todos los demás que participan en mi
proceso tienen un prejuicio contra mí. Ellos se lo inspiran también a
los que no participan en él. Mi posición es cada vez más difícil.
--Interpretas mal los hechos--dijo el sacerdote--, la sentencia no se
pronuncia de una vez, el procedimiento se va convirtiendo lentamente
en sentencia.
--Así es, entonces--dijo K, y agachó la cabeza.
--¿Qué es lo siguiente que vas a hacer en tu causa?--preguntó el
sacerdote.
--Quiero buscar ayuda--dijo K, y elevó la cabeza para ver cómo el
sacerdote juzgaba su intención--. Aún quedan posibilidades que no he
utilizado.
--Buscas demasiado la ayuda de extraños--dijo el sacerdote con un tono
de desaprobación--, especialmente de mujeres. ¿Acaso no te das cuenta
de que no es la ayuda verdadera?
--Algunas veces, incluso con frecuencia podría darte la razón--dijo
K--, pero no siempre. Las mujeres tienen mucho poder. Si pudiera
convencer a algunas mujeres de las que conozco para que trabajen en
común para mí, podría abrirme paso. Especialmente en este tribunal,
que parece constituido por mujeriegos. Muéstrale una mujer al juez
instructor y arrollará la mesa y a los acusados para llegar hasta ella.
El sacerdote inclinó la cabeza hacia el pretil, ahora parecía como si
el tornavoz le presionase hacia abajo. ¿Pero qué tiempo podía estar
haciendo fuera? Ya no era sólo un día nublado y lluvioso, parecía
noche profunda. Ninguna de las vidrieras era capaz de iluminar con un
pobre resplandor los oscuros muros. Y precisamente en ese momento el
sacristán comenzó a apagar todas las velas del altar mayor.
--¿Estás enfadado conmigo?--preguntó K al sacerdote--. Es posible que
no conozcas el tipo de tribunal en el que prestas servicio.
No recibió ninguna respuesta.
--Son sólo mis experiencias--dijo K.
Arriba, en el púlpito, todo permaneció silencioso.
--No te he querido ofender--dijo K.
Entonces gritó el sacerdote hacia K:
--¿Acaso eres ciego?
Gritó con ira, pero también como alguien que ve caer a otro y, debido
al susto, grita sin voluntad de hacerlo.
Ambos se callaron un rato. El sacerdote no podía reconocer a K,
abajo, en la oscuridad, mientras que K podía ver claramente al
sacerdote gracias a la pequeña lámpara. ¿Por qué no bajaba? No había
pronunciado ningún sermón, sino que se había limitado a darle algunas
informaciones, que a él, si las consideraba con detenimiento, antes le
podrían dañar que beneficiar. No obstante, a K le parecía indudable la
buena intención del sacerdote, no sería imposible que pudieran llegar
a un acuerdo si bajaba, tampoco era imposible que recibiera de él un
consejo decisivo y aceptable, que le mostrara, por ejemplo, no cómo se
podía influir en el proceso, sino cómo se podía salir del proceso, cómo
se podía vivir al margen de éste. Esa posibilidad tenía que existir,
K había pensado mucho en ella en los últimos tiempos. Si el sacerdote
conocía esa posibilidad, a lo mejor se la decía si se lo pedía, aunque
perteneciera al tribunal, y a pesar de que K, al atacar al tribunal,
hubiese herido sus sentimientos y le hubiera obligado a gritar.
--¿No quieres bajar?--dijo K--. No vas a pronunciar ningún sermón. Baja
conmigo.
--Ya puedo bajar--dijo el sacerdote, parecía lamentar su grito.
Mientras descolgaba la lámpara, dijo--: Primero tenía que hablar
contigo guardando las distancias, si no me dejo influir fácilmente y
olvido mi misión.
K le esperó abajo, al pie de la escalera. El sacerdote le ofreció la
mano mientras bajaba los últimos escalones.
--¿Me podrías dedicar un poco de tu tiempo?
--Tanto como necesites--dijo el sacerdote, y le dio la lámpara a K
para que éste la llevase. Ni siquiera tan cerca perdió su actitud en
solemnidad.
--Eres muy amable conmigo--dijo K.
Comenzaron a recorrer la nave lateral uno al lado del otro.
--Eres una excepción entre todos los que pertenecen al tribunal. En
ti tengo más confianza que en cualquiera de los demás. Contigo puedo
hablar abiertamente.
--No te engañes--dijo el sacerdote.
--¿En qué podría engañarme?--preguntó K.
--Te engañas en lo que respecta al tribunal--dijo el sacerdote--, en la
introducción a la Ley se ha escrito sobre este engaño[36]:
«Ante la Ley hay un guardián que protege la puerta de entrada. Un
hombre procedente del campo se acerca a él y le pide permiso para
acceder a la Ley. Pero el guardián dice que en ese momento no le puede
permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si podrá entrar
más tarde».
--Es posible--responde el guardián--, pero no ahora.
«Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre,
y el guardián se sitúa a un lado, el hombre se inclina para mirar a
través del umbral y ver así qué hay en el interior. Cuando el guardián
advierte su propósito[37], ríe y dice:
»--Si tanto te incita, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Ten
en cuenta, sin embargo, que soy poderoso y que, además, soy el guardián
más insignificante. Ante cada una de las salas permanece un guardián,
el uno más poderoso que el otro. La mirada del tercero ya es para mí
insoportable.
»El hombre procedente del campo no había contado con tantas
dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo
momento, pero al considerar ahora con más exactitud al guardián,
cubierto con su abrigo de piel, al observar su enorme y prolongada
nariz, la barba negra, fina, larga, tártara, decide que es mejor
esperar hasta que reciba el permiso para entrar. El guardián le da un
taburete y deja que tome asiento en uno de los lados de la puerta.
Allí permanece sentado días y años. Hace muchos intentos para que le
inviten a entrar y cansa al guardián con sus súplicas. El guardián le
somete a menudo a cortos interrogatorios, le pregunta acerca de su
hogar y de otras cosas, pero son preguntas indiferentes, como las que
hacen grandes señores, y al final siempre repetía que todavía no podía
permitirle la entrada. El hombre, que se había provisto muy bien para
el viaje, utiliza todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián.
Éste lo acepta todo, pero al mismo tiempo dice:
»--Sólo lo acepto para que no creas que has omitido algo.
»Durante los muchos años que estuvo allí, el hombre observó al guardián
de forma casi ininterrumpida. Olvidó a los otros guardianes y éste
le terminó pareciendo el único impedimento para tener acceso a la
Ley. Los primeros años maldijo la desgraciada casualidad, más tarde,
ya envejecido, sólo murmuraba para sí. Se vuelve senil, y como ha
sometido durante tanto tiempo al guardián a un largo estudio ya es
capaz de reconocer a la pulga en el cuello de su abrigo de piel, por
lo que solicita a la pulga que le ayude para cambiar la opinión del
guardián. Por último, su vista se torna débil y ya no sabe realmente si
oscurece a su alrededor o son sólo los ojos los que le engañan. Pero
ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a través
de la puerta de la Ley. Ya no vivirá mucho más. Antes de su muerte
se concentran en su mente todas las experiencias pasadas, que toman
forma en una sola pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián.
Entonces le guiña un ojo, ya que no puede incorporar su cuerpo
entumecido. El guardián tiene que inclinarse hacia él profundamente
porque la diferencia de tamaños ha variado en perjuicio del hombre de
la provincia.
»--¿Qué quieres saber ahora?--pregunta el guardián--. Eres insaciable.
»--Todos aspiran a la Ley--dice el hombre--. ¿Cómo es posible que
durante tantos años sólo yo haya solicitado la entrada?
»El guardián comprueba que el hombre ha llegado a su fin y, para que su
débil oído pueda percibirlo, le grita:
»--Ningún otro podía haber recibido permiso para entrar por esta
puerta, pues esta entrada estaba reservada sólo para ti. Yo me voy
ahora y cierro la puerta».
--El centinela, entonces, ha engañado al hombre--dijo K en seguida,
fuertemente atraído por la historia[38].
--No te apresures--dijo el sacerdote--, no asumas la opinión ajena sin
examinarla. Te he contado la historia tal y como está escrita. En ella
no se habla en ningún momento de engaño.
--Pero está claro--dijo K--, y tu primera interpretación era correcta.
El vigilante le ha comunicado el mensaje liberador sólo cuando ya no
podía ayudar en nada al hombre.
--Pero él tampoco preguntó antes--dijo el sacerdote--, considera que
sólo era un vigilante y como tal se ha limitado a cumplir su deber.
--¿Por qué piensas que ha cumplido con su deber?--preguntó K--. No lo
ha cumplido. Su deber consistía en rechazar a los extraños, pero tenía
que haber dejado pasar al hombre para quien estaba destinada la entrada.
--No tienes el suficiente respeto a la letra escrita y cambias la
historia--dijo el sacerdote--. La historia contiene dos explicaciones
importantes del vigilante respecto a la entrada a la Ley, una al
principio y otra al final. Una dice: «que no podía permitirle la
entrada», y la otra: «esta entrada estaba reservada sólo para ti». Si
entre ambas explicaciones existiese una contradicción, tú tendrías
razón y el vigilante habría engañado al hombre. Pero no existe ninguna
contradicción. Todo lo contrario, la primera explicación, incluso,
indica la segunda. Se podría decir que el vigilante se excede en el
cumplimiento de su deber al plantear la posibilidad de una futura
entrada. En ese momento su único deber parecía consistir en no admitir
al hombre. Y, en efecto, muchos intérpretes se maravillan de que el
vigilante haya pronunciado semejante indicación, pues parece amar la
precisión y cumple escrupulosamente con su deber. No abandona su puesto
en tantos años y sólo cierra la puerta en el último momento, siendo
consciente de la importancia de su misión, pues dice: «soy poderoso».
Además, tiene respeto frente a sus superiores, pues dice: «soy el
guardián más insignificante». Cuando se trata del cumplimiento del
deber, no admite ruegos ni se deja ablandar, pues se dice: «cansa al
guardián con sus súplicas». Tampoco es hablador, pues durante todos
los años sólo plantea, como está escrito, preguntas «indiferentes».
No se deja sobornar, pues dice sobre un regalo: «sólo lo acepto para
que no creas que has emitido algo». Finalmente, su aspecto externo
indica un carácter pedante, por ejemplo la gran nariz y la larga y fina
barba tártara. ¿Puede haber un vigilante más fiel a su deber? Pero
en el vigilante se mezclan otros caracteres esenciales que resultan
muy favorables para quien solicita la entrada, y que, además, indican
la posibilidad, manifestada en su anterior insinuación, de que en el
futuro podría ir más allá de lo que le dicta el deber. No obstante, no
se puede negar que es algo simple y, en relación con este atributo,
presuntuoso. Si todas las menciones que hace referentes a su poder y
sobre el poder de los demás vigilantes, cuya visión, como él reconoce,
le es insoportable, son ciertas, entonces muestra, en la manera con que
las emite, que sus ideas están afectadas por su simpleza y arrogancia.
Los intérpretes aducen: «El correcto entendimiento de un asunto y
una incomprensión de éste no se excluyen mutuamente». En todo caso,
se debe reconocer que esa simpleza y arrogancia, por muy difuminadas
que aparezcan, debilitan la vigilancia de la entrada, son lagunas en
el carácter del vigilante. A esto se añade que el vigilante, según su
talante natural, parece amable, no siempre actúa como si estuviera de
servicio. Al principio dice en broma que, a pesar del mantenimiento
de la prohibición, le invita a entrar, pero, a continuación, no le
incita a entrar, sino que, como está escrito, le da un taburete y
le deja sentarse al lado de la puerta. La paciencia con la que,
durante tantos años, soporta las peticiones del hombre, los pequeños
interrogatorios, la aceptación de los regalos, la nobleza con la que
permite que el hombre a su lado maldiga en voz alta su desgraciado
destino, del que hace culpable al vigilante, todo eso indica el talante
compasivo del vigilante. No todos los vigilantes habrían actuado así
y, al final, se inclina profundamente hacia el hombre para darle la
oportunidad de plantear una última pregunta. Sólo deja traslucir una
débil impaciencia--el vigilante sabe que todo ha acabado--, cuando
dice: «Eres insaciable». Algunos intérpretes continúan, incluso, esta
línea exegética y afirman que las palabras «eres insaciable» expresan
una suerte de admiración, que, por supuesto, tampoco está libre de
altivez. Pero así la figura del vigilante adquiere un perfil distinto
al que tú le has atribuido.
--Tú conoces la historia con más detalle que yo y desde hace mucho más
tiempo--dijo K.
Permanecieron callados un rato. Luego K preguntó:
--¿Entonces crees que no engañó al hombre?
--No me interpretes mal--dijo el sacerdote--, sólo te menciono las
distintas opiniones sobre la leyenda. No debes fiarte tanto de las
opiniones. La escritura es invariable, y las opiniones, con frecuencia,
sólo son expresión de la desesperación causada por este hecho. En este
caso hay, incluso, una opinión según la cual precisamente el vigilante
es el engañado.
--Ésa es una interpretación que va demasiado lejos--dijo K--. ¿Cómo la
fundamentan?
--La fundamentación se basa en la simpleza del centinela. Él dice que
no conoce el interior de la Ley, sino sólo el camino que una y otra vez
tiene que recorrer ante la entrada. Las ideas que posee del interior
se consideran ingenuas y se cree que él mismo teme aquello que también
quiere hacer que el hombre tema. Sí, incluso él tiene más miedo que el
hombre, pues éste sólo quiere entrar, aun después de haber oído que hay
vigilantes más poderosos; el centinela, sin embargo, no quiere entrar,
al menos no se dice nada sobre ello. Otros, por el contrario, afirman
que él ha tenido que estar en el interior, pues fue admitido para
ponerse al servicio de la Ley y eso sólo puede ocurrir en el interior.
A esto se responde que una voz procedente del interior pudo nombrarle
vigilante y que, por consiguiente, es posible que no hubiese estado
en el interior, al menos no en la parte más interna, ya que él mismo
dice que no resiste la mirada del tercer centinela. Además, tampoco se
informa de que durante todos esos años haya mencionado, aparte de su
referencia a los otros vigilantes, algo del interior. Es posible que lo
tuviera prohibido, pero no se nos dice nada de esa prohibición. De todo
esto se deduce que no sabe nada del aspecto que presenta el interior
ni de su importancia y que, por lo tanto, permanece allí engañado.
Pero también está engañado respecto al hombre de la provincia, pues es
su subordinado y no lo sabe. Que él trata al hombre como si fuera un
subordinado, se reconoce en muchos detalles, fáciles de recordar. Pero
que realmente sea un subordinado debería derivarse, según esa opinión,
con la misma claridad. Ante todo es libre el que está por encima del
que permanece sujeto. Ahora bien, el hombre es el que realmente está
libre, él puede ir a donde quiera, sólo le está prohibida la entrada
a la Ley y, además, sólo por una persona, por el centinela. Si se
sienta en el taburete al lado de la puerta y allí pasa toda su vida,
lo hace voluntariamente, la historia no habla de ninguna obligación.
El centinela, sin embargo, está obligado por su cargo a permanecer en
su puesto, no se puede alejar; según las apariencias, tampoco puede
ir hacia el interior, ni en el caso de que así lo quisiera. Además,
aunque está al servicio de la Ley, sólo presta su servicio ante esa
entrada, es decir, en realidad está al servicio de ese hombre, el único
al que está destinada dicha entrada. También desde esta perspectiva
está subordinado a él. Se puede suponer que, a través de muchos años,
sólo ha prestado un servicio inútil, pues se dice que llega un hombre
maduro, es decir, que el centinela tuvo que esperar mucho tiempo
hasta que pudo cumplir su objetivo y, además, tuvo que esperar tanto
tiempo como quiso el hombre del campo, que vino voluntariamente. Pero
también el final de su servicio queda determinado por la muerte del
hombre, así que permanece subordinado a él hasta su fallecimiento. Y
una y otra vez se acentúa que el centinela no sabe nada de eso. No es
nada extraordinario, pues, según esta interpretación, el centinela es
víctima de un engaño mucho mayor, el que hace referencia a su servicio.
Al final habla de la entrada y dice: «Ahora me voy y la cierro», pero
al principio se dice que la puerta que da acceso a la Ley permanece
abierta, como siempre, así que siempre está abierta, siempre, con
independencia de la vida del hombre para el que está destinada esa
entrada, por consiguiente el vigilante no podrá cerrarla. Aquí divergen
las opiniones. Unos creen que el centinela, con el anuncio de que va
a cerrar la puerta, sólo pretende dar una respuesta o acentuar su
obligación; otros piensan que en el último momento quiere entristecer
al hombre e impulsarle a que se arrepienta. Muchos comentadores
coinciden en que no podrá cerrar la puerta. Opinan, incluso, que al
menos al final, también en lo que sabe, permanece subordinado al
hombre, pues éste ve cómo surge el resplandor de la Ley, mientras que
el centinela permanece de espaldas y no menciona nada que haga suponer
que ha advertido alguna transformación.
--Esta última interpretación está bien fundada--dijo K, que había
repetido para sí, en voz baja, algunos de los pasajes de la aclaración
del sacerdote--. Está bien fundada, y creo también que el centinela
está engañado. Pero al aceptar esto no me he apartado de mi primera
opinión, ambas se cubren parcialmente. No es algo decisivo si el
centinela ve claro o se engaña. Yo dije que han engañado al hombre.
Si el centinela ve claro, se podría dudar, pero si el centinela está
engañado, su engaño se transmite necesariamente al hombre. El centinela
no es, en ese caso, un estafador, pero sí tan simple que debería ser
expulsado inmediatamente del servicio. Tienes que considerar que el
engaño que afecta al centinela no le daña, pero sí al hombre, y con
crueldad.
--Aquí topas con una opinión contraria--dijo el sacerdote--. Muchos
dicen que la historia no otorga a nadie el derecho a juzgar al
centinela. Sea cual sea la impresión que nos dé, es un servidor de la
Ley, esto es, pertenece a la Ley, por lo que es inaccesible al juicio
humano. Tampoco se puede creer que el centinela esté subordinado al
hombre. Estar sujeto, por su servicio, a la entrada de la Ley es
incomparablemente más importante que vivir libre en el mundo. El hombre
viene a la Ley, el centinela ya está allí. La Ley ha sido la que le ha
puesto a su servicio. Dudar de su dignidad significa dudar de la Ley.
--Yo no comparto esa opinión--dijo K moviendo negativamente la
cabeza--, pues si se aceptan sus premisas hay que considerar que todo
lo que dice el vigilante es verdad. Pero eso es imposible, como tú
mismo has fundamentado con todo detalle.
--No--dijo el sacerdote--, no se debe tener todo por verdad, sólo se
tiene que considerar necesario.
--Triste opinión--dijo K--. La mentira se eleva a fundamento del orden
mundial.
K dijo estas palabras como conclusión, pero no eran su juicio
definitivo. Estaba demasiado cansado para poder abarcar todas las
posibilidades que ofrecía la historia, además conducía a razonamientos
inusuales, a paradojas; más adecuadas para funcionarios judiciales que
para él. Esa historia tan simple se había tornado en algo informe,
quería sacudírsela de encima y el sacerdote, que ahora mostró una gran
delicadeza de sentimientos, lo toleró y recibió en silencio la última
indicación de K, aunque con toda seguridad no coincidía con ella.
Siguieron andando un rato en silencio. K se mantenía muy cerca del
sacerdote, sin saber dónde se encontraba por las tinieblas que les
rodeaban. La vela de la lámpara hacía tiempo que se había apagado. Una
vez brilló ante él el pedestal de plata de un santo, pero volvió a
sumirse en la oscuridad. Para no depender por completo del sacerdote, K
le preguntó:
--¿No nos encontramos cerca de la salida principal?
--No--dijo el sacerdote--, estamos muy lejos. ¿Quieres irte ya?
Aunque en ese momento no pensaba en ello, K respondió en seguida:
--Es verdad, tengo que irme. Soy gerente en un banco, me esperan,
sólo he venido para enseñarle la catedral a un hombre de negocios
extranjero.
--Bien--dijo el sacerdote, y estrechó la mano de K--, entonces vete.
--No puedo orientarme bien aquí en la oscuridad--dijo K.
--Ve a la izquierda, hacia el muro--dijo el sacerdote--, luego síguelo
hasta que encuentres una salida.
El sacerdote sólo se había separado de él unos pasos, cuando K gritó:
--¡Por favor, espera!
--Espero--dijo el sacerdote.
--¿No quieres nada más de mí?--preguntó K.
--No--dijo el sacerdote.
--Al principio has sido tan amable conmigo--dijo K--, y me lo has
explicado todo, pero ahora me despides como si no te importase nada.
--Tienes que irte--dijo el sacerdote.
--Bien, sí--dijo K--, compréndelo.
--Comprende primero quién soy yo--dijo el sacerdote.
--Tú eres el capellán de la prisión--dijo K, y se acercó al sacerdote.
No necesitaba regresar tan pronto al banco como en un principio había
creído. Podía permanecer aún allí.
--Yo pertenezco al tribunal--dijo el sacerdote--. ¿Por qué debería
querer algo de ti? El tribunal no quiere nada de ti. Te toma cuando
llegas y te despide cuando te vas.