NOTAS:

[22] Max Brod, en el epílogo a la tercera edición de _El proceso_,

especulaba con la posibilidad de que este capítulo fuese, en realidad,

el segundo. Aquí, sin embargo, seguimos la opinión de Pasley por

considerarla más fundada y acorde con la acción. No obstante, la

posición del capítulo sigue siendo objeto de polémica.

=EL TÍO LENI=

Una tarde, cuando K estaba ocupado abriendo la correspondencia, el

tío de K, Karl, un pequeño terrateniente de la provincia, se abrió

paso entre dos empleados que llevaban algunos escritos y entró en el

despacho. K se asustó menos de la llegada del tío de lo que le había

asustado la simple idea de su posible visita. El tío iba a venir, de

eso estaba seguro desde hacía un mes. Ya al principio había creído

verlo, cómo le alcanzaba la mano derecha sobre el escritorio, algo

inclinado, con su sombrero de jipijapa en la mano izquierda, mostrando

una prisa desconsiderada y arrollando todo lo que se le ponía en su

camino. El tío siempre tenía prisa, pues le perseguía el infeliz

pensamiento de que en su estancia de un día en la ciudad tenía que

tener tiempo para realizar todo lo que se había propuesto, sin perderse

tampoco cualquier conversación, negocio o placer que ocasionalmente

pudiera surgirle. En todo ello tenía que ayudarle K, pues había sido su

tutor y estaba obligado; además le tenía que dejar dormir en su casa. K

le solía llamar «el fantasma rural».

Inmediatamente después de saludarse--no tenía tiempo para seguir la

invitación de K y sentarse en el sillón--, le pidió a K si podían

conversar a solas.

--Es necesario--dijo, tragando con esfuerzo--, es necesario para mi

tranquilidad.

K hizo salir a los empleados del despacho con instrucciones de que no

dejaran pasar a nadie.

--¿Qué ha llegado a mis oídos, Josef?--exclamó el tío en cuanto se

quedaron solos. A continuación, se sentó sobre la mesa y, sin verlos,

puso varios papeles debajo para sentarse con más comodidad.

K no respondió: sabía lo que vendría a continuación, pero,

repentinamente relajado al dejar el fatigoso trabajo, se apoderó de

él una agradable lasitud, por lo que se limitó a mirar por la ventana

hacia la calle de enfrente, de la que desde su sitio sólo se podía ver

una pequeña esquina, la pared desnuda de una casa entre dos escaparates

de tiendas.

--¡Y te dedicas a mirar por la ventana!--exclamó el tío alzando los

brazos--. ¡Por amor al Cielo, Josef ¡Respóndeme! ¿Es verdad? ¿Puede

ser verdad?

--Querido tío--dijo K, y salió de su ensimismamiento--, no sé qué

quieres de mí.

--Josef--dijo el tío advirtiéndole--, siempre has dicho la verdad, por

lo que sé. ¿Acaso tengo que tomar tus últimas palabras como un mal

signo?

--Supongo lo que quieres--dijo K sumiso--. Probablemente has oído

hablar de mi proceso.

Así es--respondió el tío, asintiendo con la cabeza lentamente--, he

tenido noticia de tu proceso.

--¿Quién te lo ha dicho?--preguntó K.

--Ema[23] me lo ha escrito--dijo el tío--. No tiene ningún trato

contigo, por desgracia no te preocupas mucho de ella, sin embargo se ha

enterado. Hoy he recibido la carta y he venido de inmediato. Por ningún

otro motivo, pues me parece motivo suficiente. Te puedo leer la parte

de la carta que se refiere a ti.

Sacó la carta del bolsillo.

--Aquí está. Escribe: «Hace tiempo que no veo a Josef, hace una semana

estuve en el banco, pero Josef estaba tan ocupado que no me dejaron

verle. Estuve esperando casi una hora, pero tuve que irme a casa porque

tenía la lección de piano. Me hubiera gustado hablar con él, es posible

que se presente otra oportunidad. Para mi cumpleaños me envió una gran

caja de bombones de chocolate, fue muy atento y cariñoso. Se me olvidó

escribíroslo, pero ahora que me preguntáis, lo recuerdo. Los bombones

no duran mucho en la pensión, apenas tiene uno conciencia de que le

han regalado bombones, cuando ya se han acabado. En lo que concierne a

Josef os quería decir algo más. Como os he mencionado, en el banco no

me dejaron entrar a verle porque en ese momento estaba tratando algo

importante con un hombre. Después de esperar tranquilamente durante

un buen rato, pregunté a un empleado si la reunión duraría mucho más.

Él contestó que podría ser, pues probablemente tenía que ver con el

proceso que se había incoado contra el gerente. Pregunté qué proceso

y si no se equivocaba y me respondió que no se equivocaba, que era un

proceso y, además, grave, pero que no sabía más. A él mismo le gustaría

ayudar al gerente, pues le consideraba un hombre bueno y justo, pero

que no sabría cómo empezar, sólo deseaba que personas influyentes lo

apoyaran. Era muy probable que esto ocurriera, y todo terminaría bien,

pero por ahora, como se desprendía del mal humor del señor gerente,

las cosas no iban nada bien. Por supuesto, no di mucha importancia

a esta información, intenté tranquilizar al sencillo empleado, le

aconsejé que no hablase de ello con otros y lo tuve todo por rumores

infundados. Sin embargo, tal vez fuera conveniente que tú, querido

padre, le visitaras la próxima vez que vinieras, a ti te será fácil

averiguar algo y, si realmente fuera necesario, podrías intervenir

con algunos de tus influyentes amigos. Y si no resulta necesario, que

será lo más probable, al menos le darás a tu hija la oportunidad de

abrazarte, lo que le alegrará mucho».

--Una niña encantadora--dijo el tío al terminar de leer la carta y se

secó algunas lágrimas que brotaban de sus ojos.

K asintió. A causa de todos los problemas que había tenido en los

últimos tiempos, había olvidado por completo a Ema, incluso se había

olvidado de su cumpleaños y la historia de los bombones había sido sólo

una fábula para protegerle frente a sus tíos. Era algo enternecedor, y

ni siquiera se lo podría pagar con las entradas para el teatro que, a

partir de ahora, pensaba enviarle con regularidad, pero no se sentía

con fuerzas para visitarla en la pensión, ni tampoco para sostener

una conversación con una niña de diecisiete años que aún acudía al

instituto.

--Y ¿qué dices tú ahora?--preguntó el tío, que daba la impresión de

haberlo olvidado todo debido a su excitación y parecía leer la carta de

nuevo.

--Sí, tío--dijo K--, es verdad.

--¿Es verdad?--exclamó el tío--. ¿Qué es verdad? ¿Cómo puede ser

verdad? ¿Qué tipo de proceso? ¿No será un proceso penal?

--Un proceso penal--respondió K.

--¿Y estás aquí sentado tan tranquilo mientras tienes un proceso penal

al cuello?--gritó el tío, que iba elevando cada vez más el tono de voz.

--Cuanto más tranquilo esté, mejor para el desenlace--dijo K cansado--.

No temas nada.

--¡Eso no me puede tranquilizar!--gritó el tío--. Josef, querido Josef,

piensa en ti, en tus parientes, en nuestro buen nombre. Hasta ahora has

sido nuestro orgullo, no puedes convertirte en nuestra vergüenza. Tu

actitud--y miró a K con la cabeza ligeramente inclinada--, tu actitud

no me gusta, así no se comporta ningún acusado inocente que aún posee

fuerzas. Dime en seguida de qué se trata para que pueda ayudarte.

¿Acaso se trata del banco?

--No--dijo K, y se levantó--. Hablas demasiado alto, querido tío,

el empleado está seguramente detrás de la puerta y oye todo lo que

decimos. Esto es muy desagradable para mí. Es mejor que nos vayamos.

Contestaré a todas tus preguntas lo mejor que pueda. Sé muy bien que

soy responsable ante la familia.

--Exacto--exclamó el tío--, exacto, date prisa, Josef, date prisa.--Aún

tengo que dar unos encargos--dijo K, y llamó por teléfono a su

sustituto, que entró poco después. El tío, en su excitación, señaló

con la mano a K para indicar que éste era el que le había llamado, de

lo que naturalmente no había ninguna duda. K, que permanecía detrás

del escritorio, aclaró en voz baja a su sustituto, un hombre joven,

que, sin embargo, escuchaba con seriedad, todo lo que tenía que hacer

en su ausencia, mostrándole distintos escritos. El tío molestaba al

permanecer allí de pie, con los ojos muy abiertos y mordiéndose los

labios; aunque en realidad no escuchaba, la impresión de que lo hacía

era muy incómoda. Luego comenzó a pasear de un lado a otro de la

habitación, deteniéndose un rato ante la ventana o ante un cuadro y

pronunciando expresiones como: «Me es completamente incomprensible» o

«ahora dime adónde va a ir a parar todo esto». El hombre joven hacía

como si no notase nada, escuchó tranquilamente las instrucciones de

K, anotó algunas cosas y salió, después de haber realizado una ligera

inclinación ante K, así como ante el tío, que, sin embargo, le volvió

la espalda, miró por la ventana y cerró los visillos. Apenas se había

cerrado la puerta, el tío exclamó:

--Al fin se ha ido ese pelele, ahora podemos irnos. ¡Ya era hora!

Por desgracia, no hubo ningún medio para que el tío dejase las

preguntas sobre el proceso cuando pasaban por el vestíbulo del banco,

donde se encontraban algunos funcionarios, entre ellos el subdirector.

--Bien, Josef--comenzó el tío, mientras saludaba con inclinaciones de

cabeza a los presentes--, dime ahora abiertamente qué tipo de proceso

es.

K hizo algunos gestos para que no dijera nada, sonrió un poco y sólo

cuando llegaron a la escalinata explicó al tío que no había querido

hablar ante la gente.

--Has hecho bien--dijo el tío--, pero ahora habla.

Escuchó con la cabeza inclinada, fumando un cigarrillo con nerviosismo.

Ante todo, tío, no se trata de un proceso ante un tribunal

ordinario[24].

--Malo--dijo el tío.

--¿Qué?--dijo K, y miró al tío.

--Eso es malo, según creo--repitió el tío.

Estaban al comienzo de la escalinata que conducía a la calle. Como el

portero parecía escuchar, K se llevó al tío hacia abajo. El animado

tráfico de la calle los acogió. El tío, que se había asido del brazo

de K, ya no quiso hablar con tanta urgencia sobre el proceso, incluso

anduvieron un rato en silencio.

--Pero, ¿cómo ha podido ocurrir?--preguntó finalmente el tío, y se

detuvo tan súbitamente que los que venían detrás le tuvieron que

esquivar asustados--. Esas cosas no surgen así, de repente, se van

preparando con mucho tiempo de antelación, ha tenido que haber signos.

¿Por qué no me has escrito? Ya sabes que hago todo lo que puedo por ti,

en cierta medida sigo siendo tu tutor, y hasta hoy he estado orgulloso

de serlo. Por supuesto que seguiré ayudándote, aunque ahora que el

proceso está en marcha, será muy difícil. Lo mejor sería que te tomaras

unas pequeñas vacaciones y te vinieras con nosotros al campo. Estás un

poco delgado, ahora lo noto. En el campo recuperarás las fuerzas, eso

será bueno, pues te esperan grandes esfuerzos. Además, así eludirás al

tribunal. Aquí disponen de todos los medios coercitivos y los pueden

aplicar automáticamente. En el campo tienen que delegar en un órgano

o intentar influir sobre ti por correspondencia, telégrafo o teléfono.

Eso debilita, naturalmente, los efectos. Aunque no te libera, al menos

te da un respiro.

--Me pueden prohibir salir de la ciudad--dijo K, que parecía entrar

algo en el proceso mental del tío.

--No creo que lo hagan--dijo el tío pensativo--, con tu partida no

sufren una pérdida excesiva de poder.

--Yo pensaba--dijo K, y tomó a su tío del brazo para impedirle que se

detuviera--que le darías menos importancia que yo, y ahora compruebo

que tú mismo lo tomas como algo muy serio.

Josef--exclamó el tío, e intentó desasirse para detenerse, pero K no

le dejó--, estás cambiado, siempre has tenido una gran inteligencia,

¿y precisamente ahora no la empleas? ¿Acaso quieres perder el proceso?

¿Sabes lo que eso significa? Eso significa que te suprimirán, y a todos

tus parientes contigo o, al menos, quedarán humillados, a la altura del

suelo. Josef, concéntrate. Tu indiferencia me desespera. Al verte así

se puede creer el refrán: «Proceso incoado, proceso perdido».

--Querido tío--dijo K--, es inútil excitarse. Excitándose no se ganan

los procesos. Deja que me guíe también por mis experiencias, del

mismo modo en que respeto las tuyas, por más que algunas veces me

asombren. Como dices que también la familia quedará afectada--lo que no

puedo entender, pero es un asunto secundario--, seguiré tus consejos.

Pero no considero una estancia en el campo como algo ventajoso, pues

significaría reconocer mi culpa y podría entenderse como una huida.

Además, aquí, es cierto, me pueden perseguir mejor pero también puedo

actuar e influir en el asunto.

--Cierto--dijo el tío en un tono reconciliador--, sólo te hice

esa proposición porque veía que peligraba todo el asunto con tu

indiferencia y me parecía que la única salida viable era tomarlo todo

en mis manos. Pero si quieres llevar tú mismo el asunto y con todas tus

fuerzas, será desde luego mucho mejor.

--Entonces estamos de acuerdo--dijo K--. ¿Tienes algún consejo sobre lo

que podría hacer?

--Aún tengo que meditar algo sobre el asunto--dijo el tío--. Como

sabes, vivo ininterrumpidamente en el campo desde hace veinte años y

así se pierde el instinto para estas cosas. Mis contactos con gente

importante, que tal vez conozcan mejor estos asuntos, se han debilitado

con el tiempo. En el campo estoy algo solo. Precisamente uno lo nota

cuando se producen este tipo de incidentes. Además, todo esto ha

sido inesperado, por más que después de la carta de Ema sospechase

algo, que se convirtió en certeza nada más verte. Pero eso no tiene

importancia, lo más importante es no perder el tiempo.

Mientras hablaba había hecho señas a un taxi, poniéndose de puntillas,

y cuando éste paró, subió, le dijo una dirección al conductor e

introdujo a K en el interior.

--Vamos a hacer una visita al abogado Huld[25]--dijo el tío--, fuimos

compañeros de colegio. ¿Conoces el nombre? ¿No? Es muy extraño. Tiene

gran fama como defensor y abogado de los pobres. Yo tengo mucha

confianza en él como persona.

--Me parece bien todo lo que emprendas--dijo K, aunque la manera

precipitada de actuar del tío le causara cierto malestar. No era muy

agradable visitar a un abogado para pobres siendo un acusado.

--No sabía--dijo--que en un asunto así se podía consultar a un abogado.

--Pues claro, naturalmente, ¿por qué no? Y ahora cuéntamelo todo para

que esté bien informado de lo que ha ocurrido.

K se lo comenzó a contar, sin silenciar nada. Su completa sinceridad

fue la única protesta que se pudo permitir contra la opinión del tío

de que el proceso era una gran vergüenza. El nombre de la señorita

Bürstner lo mencionó sólo una vez y de pasada, pero eso no influyó en

la sinceridad de su exposición, pues ella no tenía ninguna relación con

el proceso. Mientras hablaba, miraba por la ventanilla y observaba cómo

se acercaban a los suburbios en los que se hallaban las oficinas del

juzgado. Se lo dijo a su tío, pero éste no creyó que la coincidencia

fuese digna de ser tenida en cuenta. El coche se detuvo ante una casa

oscura. El tío llamó a la primera puerta de la planta baja. Mientras

esperaban, sonrió, hizo rechinar sus grandes dientes y musitó:

--Las ocho, una hora inusual para recibir a los clientes. Huld no me lo

tomará a mal.

En la mirilla de la puerta aparecieron dos grandes ojos negros, que

contemplaron durante un rato a los huéspedes y desaparecieron. La

puerta permaneció cerrada. El tío y K se confirmaron mutuamente haber

visto los dos ojos.

--Una criada nueva que tiene miedo a los extraños--dijo el tío y llamó

otra vez. Volvieron a aparecer los ojos, parecían tristes, pero podía

ser una ilusión producida por la llama de gas que ardía por encima de

sus cabezas y que apenas alumbraba.

--¡Abra!--gritó el tío golpeando la puerta con el puño--, somos amigos

del señor abogado.

--El señor abogado está enfermo--susurró alguien a sus espaldas. En

una puerta al otro lado del pasillo había un hombre en bata que era el

que se había dirigido a ellos con voz tan baja. El tío, que ya estaba

enfurecido por la espera, se dio la vuelta bruscamente y gritó:

--¿Enfermo?--y se fue hacia él con actitud amenazadora, como si el otro

fuese la misma enfermedad.

--Ya les han abierto--dijo el hombre, señaló la puerta del abogado, se

ajustó la bata y desapareció.

Era cierto, habían abierto la puerta, una muchacha--K reconoció en

seguida los ojos oscuros, un poco saltones--permanecía con un delantal

blanco en el vestíbulo y mantenía una vela en la mano.

--La próxima vez abra antes--dijo el tío en vez de saludar, mientras la

muchacha hacía una ligera inclinación de cabeza.

--Vamos, Josef--dijo a K, que pasó lentamente al lado de la muchacha.

--El señor abogado está enfermo--dijo la joven, ya que el tío se

dirigió directamente hacia una puerta sin detenerse. K aún contemplaba

asombrado a la muchacha, cuando ella se volvió para impedir la entrada.

Tenía un rostro redondo como el de una muñeca, pero no sólo las pálidas

mejillas y la barbilla poseían una forma redondeada, sino también las

sienes y la frente.

--Josef--volvió a llamar el tío y, a continuación, le preguntó a la

joven:

--¿Es el corazón?

--Creo que sí--dijo ella, había tenido tiempo para avanzar con la vela

y abrir la puerta de la habitación. En una de las esquinas, aún no

iluminada, se elevó de la cama un rostro con una larga barba.

--Leni, ¿quién viene?--preguntó el abogado, que, deslumbrado por la luz

de la vela, aún no había podido reconocer a los visitantes.

--Soy Albert, tu viejo amigo--dijo el tío.

--¡Ah!, Albert--dijo el abogado, y se dejó caer sobre la almohada, como

si esa visita no necesitase ninguna atención especial.

--¿Tan mal estás?--preguntó el tío, y se sentó al borde de la cama--.

No lo creo. Es una de tus recaídas, pero pasará como las anteriores.

--Es posible--dijo el abogado en voz baja--, pero es peor que otras

veces. Respiro con dificultad, no duermo y voy perdiendo fuerzas día a

día.

--Vaya--dijo el tío, y presionó su sombrero de jipijapa contra la

rodilla--, son malas noticias. ¿Te están cuidando bien? Esto está tan

triste, tan oscuro. Ha pasado ya mucho tiempo desde la última vez que

estuve aquí, pero antes esto era más agradable. Tampoco tu pequeña

señorita parece muy alegre, o tal vez disimula.

La muchacha permanecía con la vela cerca de la puerta. Parecía fijarse

más en K que en el tío, aun cuando éste se refirió a ella. K se apoyó

en una silla que él mismo había desplazado hasta las proximidades de la

joven.

--Cuando se está tan enfermo como yo--dijo el abogado--, hay que tener

tranquilidad, a mí no me parece triste.

Después de una pequeña pausa añadió:

--Y Leni me cuida muy bien, es muy buena[26].

El tío, sin embargo, no se dejó convencer. Tenía un prejuicio contra

la enfermera y aunque no replicó nada al enfermo, persiguió con mirada

severa a la muchacha cuando ésta se acercó a la cama, dejó la vela

en la mesilla de noche, se inclinó sobre el enfermo y le susurró algo

mientras le arreglaba la almohada. El tío prácticamente abandonó

toda consideración hacia el enfermo, se levantó, estuvo paseando de

un lado a otro detrás de la enfermera y a K no le hubiera asombrado

que la hubiera cogido por la falda para apartarla de la cama. K, sin

embargo, lo contemplaba todo con tranquilidad. Incluso la enfermedad

del abogado era algo que no le venía mal, no había podido oponer nada a

la actividad que el tío había desarrollado por su causa, pero el freno

que experimentaba ahora ese celo, sin intervención alguna de K, lo tomó

como algo positivo. Entonces el tío, tal vez sólo con la intención de

ofender a la enfermera, dijo:

--Señorita, por favor, déjenos un momento a solas, tengo que tratar con

mi amigo un asunto personal.

La enfermera, que se había inclinado aún más sobre el enfermo y

precisamente en ese momento alisaba la sábana, volvió la cabeza y dijo

con toda tranquilidad, que contrastaba con el silencio furioso y la

verborrea del tío:

--Ya ve, el señor está muy enfermo, no puede hablar de ningún asunto

personal.

Probablemente había repetido las palabras del tío sólo por comodidad,

pero por alguna persona ajena se podría haber tomado como una burla.

El tío, naturalmente, se comportó como si le hubieran acuchillado.

--Tú, condenada--logró decir con voz gutural y casi incomprensible por

la excitación.

K se asustó, aunque había esperado una reacción semejante, así que

corrió hacia él con la intención de taparle la boca con las manos.

Felizmente, el enfermo se incorporó detrás de la muchacha. El

rostro del tío se tornó sombrío, como si se estuviera tragando algo

repugnante, y dijo algo más tranquilo:

--Por supuesto que aún no hemos perdido la razón; si lo que reclamo no

fuera posible, no lo habría dicho. Por favor, váyase.

La enfermera estaba de pie al lado de la cama, mirando al tío, y con

una de sus manos, como creyó advertir K, acariciaba la mano del abogado.

--Puedes decir lo que quieras en presencia de Leni--dijo el enfermo con

un tono de súplica.

--No me concierne a mí--dijo el tío--, no es mi secreto.

Y se dio la vuelta, como si no pensara participar en más negociaciones,

pero concediera un periodo de reflexión.

--Entonces, ¿a quién concierne?--preguntó el abogado con voz apagada, y

volvió a echarse.

--A mi sobrino--dijo el tío--, lo he traído conmigo.

Se lo presentó:

--Gerente Josef K.

--¡Oh!--dijo el enfermo con súbita vivacidad, y le extendió la mano--,

disculpe, no había advertido su presencia.

--Retírate, Leni--dijo a la enfermera, que ya no se opuso, y le dio la

mano como si se despidiera por largo tiempo.

--Así que no has venido a hacer una visita a un enfermo--dijo

finalmente al tío, que se había acercado ya reconciliado--, vienes por

motivos profesionales.

Era como si la idea de una visita de enfermo hubiese paralizado hasta

ese momento al abogado, tan fortalecido aparecía ahora. Permaneció

apoyado en el codo, lo que tenía que ser bastante fatigoso, y tiró una

y otra vez de un pelo de su barba.

--Parece--dijo el tío--que te has recuperado algo desde la salida de

esa bruja.

Se interrumpió y musitó:

--Apuesto a que está escuchando--y saltó hacia la puerta. Pero detrás

de la puerta no había nadie. El tío regresó, pero no decepcionado, sino

amargado, pues creía ver en el comportamiento recto de la muchacha una

mayor maldad.

--No la conoces--dijo el abogado, sin proteger más a la enfermera. Tal

vez sólo quería expresar con ello que no necesitaba protección. Pero

prosiguió en un tono más interesado:

--En lo que se refiere al asunto de tu señor sobrino, me consideraría

feliz si mis fuerzas bastasen para una tarea tan extremadamente

difícil; me temo, sin embargo, que no bastarán, pero tampoco quiero

dejar de intentarlo; si no puedo, siempre será posible solicitar la

ayuda de otro. Para ser sincero, el asunto me interesa demasiado como

para dejarlo pasar y renunciar a toda participación. Si mi corazón no

lo soporta, al menos encontrará aquí una buena ocasión para fallar del

todo.

K no creyó comprender ni una sola palabra de lo que había dicho. Miró

al tío para encontrar una explicación, pero éste estaba sentado en la

mesilla de noche, de la que se acababa de caer sobre la alfombra un

frasco de medicinas. Con la vela en la mano, el tío asentía a lo que

decía el abogado, se mostraba de acuerdo en todo y miraba de vez en

cuando a K como si requiriera un asnos similar. ¿Acaso había hablado ya

el tío con el abogado acerca del proceso? Pero eso era imposible, todo

lo acaecido hablaba en contra. Por esta causa, dijo:

--No entiendo.

--¿Acaso le he interpretado mal?--preguntó el abogado tan asombrado y

confuso como K--. Tal vez me he precipitado. ¿Sobre qué quería hablar

conmigo? Creía que se trataba de su proceso.

--Naturalmente--dijo el tío, que entonces preguntó a K--: Pero ¿qué te

pasa?

--Sí, pero, ¿de qué me conoce y cómo sabe de mi proceso?--inquirió K.

--¡Ah, ya!--dijo el abogado sonriendo--, soy abogado, trato con

miembros de los tribunales, se habla de distintos procesos, sobre todo

de los más llamativos, y cuando afectan al sobrino de un amigo se

quedan en la memoria. No es nada extraño.

--Pero ¿qué te pasa?--volvió a preguntarle el tío--. Estás muy nervioso.

--¿Usted tiene trato con los miembros de los tribunales?--preguntó K.

--Sí--dijo el abogado.

--Haces preguntas de niño--dijo el tío.

--¿Con quién voy a tratar si no es con gente de mi gremio?--añadió el

abogado.

Sonó tan irrebatible que K fue incapaz de contestar. «Usted trabaja

en las estancias del palacio de Justicia pero no en las del desván»,

hubiera querido decir, pero no se atrevió.

--Tiene que tener en cuenta--continuó el abogado, como si le estuviera

explicando algo evidente y superfluo--que de ese trato saco muchas

ventajas para mis clientes y, además, en múltiples sentidos, pero de

eso no se puede hablar. Naturalmente estoy algo impedido a causa de mi

enfermedad; no obstante sigo recibiendo visitas de buenos amigos de

los tribunales y me entero de algunas cosas. Es posible que me entere

de mucho más de lo que se pueden enterar algunos que gozan de la mejor

salud y se pasan todo el día en los tribunales. Precisamente ahora

tengo una visita entrañable--y señaló hacia una de las esquinas.

--¿Dónde?--preguntó K de un modo algo grosero por la sorpresa. Miró a

su alrededor con inseguridad, la luz de la vela no llegaba hasta la

pared opuesta. Y realmente algo comenzó a moverse en la esquina. A la

luz de la vela, que ahora el tío sostenía en alto, se podía ver a un

señor bastante mayor sentado frente a una mesita. Era como si todo ese

tiempo hubiera aguantado la respiración para permanecer inadvertido.

Ahora se levantó algo molesto, insatisfecho por haber acaparado la

atención. Era como si quisiera evitar, moviendo las manos como pequeñas

alas, cualquier presentación o saludo, como si no quisiera molestar a

los demás con su presencia y como si suplicase que le dejaran de nuevo

en la oscuridad y en el olvido. Pero ya no se lo podían consentir.

--Nos habéis sorprendido--dijo el abogado como explicación e hizo una

seña al señor para animarle a que se aproximara, lo que éste hizo

lentamente, dudando, mirando alrededor y con cierta dignidad.

--El señor jefe de departamento judicial..., ¡ah!, perdón, no les he

presentado. Aquí mi amigo Albert K, aquí su sobrino, el gerente Josef

K, y aquí el señor jefe de departamento. Bien, pues el señor jefe de

departamento ha sido tan amable de hacerme una visita. El valor de una

visita así sólo puede ser apreciado por alguien que sepa lo cargado de

trabajo que está el señor jefe de departamento. No obstante ha venido,

y conversábamos tranquilamente, tanto como lo permitía mi debilidad.

No habíamos prohibido a Leni que dejara entrar a visitantes, pues no

esperábamos a ninguno, pero opinábamos que debíamos permanecer solos;

entonces se oyeron tus golpes, Albert, y el señor jefe de departamento

se retiró con su sillón a una esquina, pero ahora parece que tenemos

un asunto para discutir en común y puede volver con nosotros. Señor

jefe de departamento--dijo con una inclinación y una sonrisa sumisa,

señalando una silla en la cercanía de la cama.

--Por desgracia sólo podré permanecer unos minutos--dijo amablemente

el jefe de departamento, se sentó cómodamente en la silla y miró el

reloj--, pues el trabajo me llama. Pero tampoco quiero perder la

oportunidad de conocer a un amigo de mi amigo.

Inclinó ligeramente la cabeza hacia el tío, quien parecía muy

satisfecho por su nuevo conocido, satisfacción que, sin embargo, no

supo manifestar, ya que, por su naturaleza, era incapaz de mostrar

ningún sentimiento de sumisión, limitándose a acompañar las palabras

del jefe de departamento con una risa confusa. ¡Una visión horrible!

K podía contemplarlo todo tranquilamente, pues nadie se preocupaba de

él. El jefe de departamento, como parecía que era su costumbre, tomó

la palabra. El abogado, por su parte, cuya debilidad inicial parecía

que sólo había servido para expulsar a la nueva visita, escuchaba con

atención, con la mano en el oído; el tío, que mantenía la vela--la

balanceaba sobre su muslo y el abogado le miraba frecuentemente con

preocupación--había superado su confusión previa y seguía encantado la

manera de hablar del jefe de departamento y los movimientos ondulados

de manos con que éste acompañaba a sus palabras. K, que se apoyaba

en la pata de la cama, era completamente ignorado por el jefe de

departamento, probablemente con toda intención, y permaneció como mero

oyente. Además, no sabía de qué estaban hablando y se dedicó a pensar

en la enfermera, en el trato tan malo que había recibido del tío y

llegó a considerar si no había visto ya al jefe de departamento, tal

vez en la asamblea durante su primera comparecencia. Si se equivocaba,

el jefe de departamento habría armonizado perfectamente con los

participantes de las primeras filas, aquellos ancianos con sus barbas

ralas.

En ese preciso momento todos se quedaron escuchando pues se había

producido un ruido como el que hace la porcelana al romperse.

--Voy a ver qué ha podido ocurrir--dijo K, y salió lentamente, como si

quisiera dar la oportunidad de que le detuvieran. Apenas había entrado

en el vestíbulo e intentaba orientarse en la oscuridad, cuando una mano

pequeña, mucho más pequeña que la de K, se posó sobre la suya, aún en

el picaporte, y cerró suavemente la puerta. Era la enfermera, que había

estado esperando allí.

--No ha ocurrido nada--susurró ella--, he arrojado un plato contra la

pared para sacarle de la habitación.

K dijo algo confuso:

--También yo he pensado en usted.

--Mucho mejor--dijo la enfermera--. Venga.

Llegaron a una puerta con un cristal opaco. La enfermera la abrió.

--Entre--dijo ella.

Era el despacho del señor abogado. Por lo que se podía apreciar a

la luz de la luna, que sólo alumbraba con intensidad un espacio

rectangular del suelo bajo dos grandes ventanas, los muebles eran

antiguos y pesados.

--Venga aquí--dijo la enfermera, y señaló un oscuro arcón con forma de

asiento provisto de un respaldo de madera labrada.

Cuando K se sentó, miró a su alrededor: era una habitación amplia y

elevada, la clientela del abogado de los pobres se debía de sentir

perdida[27]. K creyó apreciar los pequeños pasos con los que los

visitantes se acercaban al poderoso escritorio. Pero poco después lo

olvidó y sólo tuvo ojos para la enfermera, que estaba sentada junto a

él y casi le presionaba contra uno de los brazos del arcón.

--Pensé--dijo ella--que vendría conmigo sin necesidad de llamarle.

Ha sido muy extraño. Primero me estuvo mirando al entrar casi

ininterrumpidamente y luego me dejó esperando. Por lo demás, llámeme

Leni--añadió rápida e inesperadamente, como si no quisiera desperdiciar

ni un segundo de esa conversación.

--Encantado--dijo K--. Pero en lo que concierne a su extrañeza, Leni,

se puede explicar fácilmente. En primer lugar, tenía que escuchar la

cháchara de los dos ancianos y no podía salir sin motivo alguno; en

segundo lugar, soy más bien tímido, y usted, Leni, no tenía el aspecto

de poder ser conquistada en un instante.

--No ha sido eso--dijo Leni, que apoyó el brazo en el respaldo y

contempló a K--, lo que pasa es que no le gusté al principio y

probablemente tampoco le gusto ahora.

--«Gustar» no expresaría bien lo que siento--dijo K, eludiendo una

respuesta directa.

--¡Oh!--exclamó ella sonriendo, y ganó gracias a las últimas palabras

de K cierta superioridad. Por esta causa, K permaneció un rato

en silencio. Como ya se había acostumbrado a la oscuridad de la

habitación, pudo distinguir algunos objetos. En concreto, le llamó

la atención un gran cuadro que colgaba a la derecha de la puerta. Se

inclinó para verlo mejor. En él estaba retratado un hombre con la

toga de juez, sentado en un sitial, cuyos adornos dorados destacaban

intensamente. Lo insólito era que ese juez no estaba sentado en una

actitud digna y reposada, sino que presionaba con fuerza el brazo

izquierdo contra el respaldo y contra el brazo del sitial, mientras

mantenía libre el brazo derecho, cuya mano se aferraba al otro brazo

del asiento como si en el instante siguiente fuera a saltar con un giro

violento para decir algo decisivo o pronunciar una sentencia[28]. Se

suponía que el acusado estaba al inicio de una escalera, de la cual

sólo se podían ver los peldaños superiores, cubiertos con una alfombra

amarilla.

--Tal vez sea éste mi juez--dijo K, y señaló el cuadro con el dedo.

--Yo le conozco--dijo Leni, que también miró el cuadro--, viene a

menudo de visita. El retrato lo pintaron cuando era joven, pero jamás

ha podido parecerse al del cuadro, pues es muy bajito. Sin embargo, se

hizo retratar con esa estatura porque es muy vanidoso, como todos los

de aquí. Pero yo también soy vanidosa y estoy muy insatisfecha por no

gustarle a usted.

K sólo respondió a este último comentario atrayendo a Leni hacia él

y abrazándola: ella reclinó en silencio la cabeza en su hombro. A

continuación, K le preguntó:

--¿Qué rango tiene?

--Es juez de instrucción--dijo ella, tomó la mano de K, con la que él

la abrazaba y jugó con sus dedos.

--Otra vez sólo un juez instructor--dijo K decepcionado--, los

funcionarios superiores se esconden, pero él está sentado en un sitial.

--Eso es todo un invento--dijo Leni, poniendo el rostro en la mano de

K--, en realidad está sentado en una silla de cocina, cubierta por una

vieja manta para caballerías. Pero ¿tiene que pensar siempre en su

proceso?--añadió lentamente.

--No, no, en absoluto--dijo K--, incluso creo que pienso demasiado poco

en él.

--Ése no es el error que está cometiendo--dijo Leni--. Usted es

demasiado inflexible, al menos eso es lo que he oído.

--¿Quién ha dicho eso?--preguntó K. Sintió su cuerpo en su pecho y

contempló su mata de pelo oscuro.

--Revelaría demasiado si se lo dijera--respondió Leni--. Por favor, no

pregunte nombres, pero rectifique su error, no sea tan inflexible. No

hay defensa posible contra esta judicatura, hay que confesar. Haga la

confesión en la próxima oportunidad que se le presente. Sólo así tendrá

la posibilidad de escapar, sólo así. No obstante, le será imposible sin

ayuda. No tema por esa ayuda, yo se la prestaré.

--Usted sabe mucho de esta justicia y de todas las trampas necesarias

para moverse en ella--dijo K, y, como se apretaba mucho a él, decidió

sentarla sobre sus rodillas.

--Así estoy bien--dijo ella, y se acomodó un poco la falda y la camisa.

Luego puso las manos en torno a su cuello, se inclinó un poco hacia

atrás y lo contempló durante un rato.

Y si no confieso, ¿no me podrá ayudar?--preguntó K de prueba. Reúno

ayudantes femeninos--pensó con asombro--, primero la señorita Bürstner,

luego la esposa del ujier y por último esta pequeña enfermera, que

parece sentir una incomprensible atracción hacia mí. ¡Se sienta en mis

rodillas como si fuese su lugar preferido!».

--No--respondió Leni y sacudió lentamente la cabeza--. En ese caso no

podría ayudarle. Pero está claro que usted no quiere mi ayuda, usted es

obstinado y no se deja convencer. ¿Tiene una amante?--preguntó después

de un rato de silencio.

--No--dijo K.

--¡Oh, sí!--dijo ella.

--Sí, claro que sí--dijo K--. La he negado y, no obstante, llevo una

fotografía suya.

Siguiendo su petición, le mostró la fotografía, que ella estudió hecha

un ovillo sobre sus rodillas. Era una fotografía al natural: la tomaron

mientras Elsa bailaba una danza trepidante, como las que le gustaba

bailar en el local donde trabajaba; su falda volaba a su alrededor

agitada por sus giros y apoyaba las manos en las caderas, al mismo

tiempo miraba sonriendo hacia un lado con el cuello estirado. No se

podía reconocer en la foto a quién dirigía esa sonrisa.

--Se ha ceñido demasiado el corpiño--dijo Leni, y señaló el lugar donde

se podía apreciar--. No me gusta, es torpe y vulgar. Tal vez sea con

usted dulce y amable, eso se podría deducir de la fotografía. Mujeres

tan altas y fuertes no saben a menudo otra cosa que ser dulces y

amables; pero, ¿sería capaz de sacrificarse por usted?

--No--dijo K--, ni es dulce ni amable, ni tampoco se sacrificaría por

mí. Aunque hasta ahora no he reclamado de ella ni lo uno ni lo otro. Y

no he contemplado la fotografía con tanto detenimiento como usted.

--Entonces no tiene mucha importancia para usted--dijo Leni--, no es su

amante.

--Sí lo es--dijo K--, no voy a desmentirlo ahora.

--Bueno, por mucho que sea su amante--dijo Leni--, no la echaría de

menos si la perdiera o la sustituyera por otra, por ejemplo por mí.

--Cierto--dijo K sonriendo--, eso sería posible, pero ella tiene una

ventaja frente a usted, no sabe nada del proceso y si supiera algo, no

pensaría en convencerme para que condescendiera.

--Eso no es ninguna ventaja--dijo Leni--. Si no tiene más ventajas, no

perderé la esperanza. ¿Tiene algún defecto corporal?

--¿Un defecto corporal?--preguntó K.

--Sí--dijo Leni--, yo tengo un pequeño defecto, mire.

Estiró los dedos corazón e índice de su mano derecha y una membrana

llegaba prácticamente hasta la mitad del dedo más corto. La oscuridad

impidió ver a K lo que quería mostrarle, así que ella llevó su mano

hasta el sitio indicado para que él lo tocara.

--Qué capricho de la naturaleza--dijo K, y añadió mientras miraba toda

la mano--: Qué garra tan hermosa.

Leni contempló con orgullo cómo K abría y cerraba asombrado los dos

dedos hasta que, finalmente, los besó ligeramente y los soltó.

--¡Oh!--exclamó ella en seguida--. ¡Me ha besado!

Ayudándose con las rodillas, trepó por el cuerpo de K con la boca

abierta; K la miró consternado, ahora que estaba tan cerca notó que

despedía un olor amargo y excitante, como a pimienta; atrajo su cabeza,

se inclinó sobre ella y la mordió y besó en el cuello, luego mordió su

pelo.

--La ha sustituido por mí--exclamaba ella--, ve, ¡la ha sustituido por

mí!

Sus rodillas resbalaron y cayó hasta casi tocar la alfombra lanzando un

pequeño grito. K la abrazó para sujetarla, pero ella lo atrajo.

--Ahora me perteneces[29]--dijo ella.

--Aquí tienes la llave de la casa, ven cuando quieras--fueron sus

últimas palabras y un beso al azar le alcanzó en la espalda mientras

se alejaba. Cuando salió de la casa comprobó que caía una fina lluvia,

quería llegar a la mitad de la calle para poder ver a Leni en la

ventana, pero de un automóvil, que esperaba cerca de la casa, y que K

no había advertido, salió el tío, le cogió del brazo y le empujó contra

la puerta de la casa, como si quisiera apuntalarle contra ella.

--¡Pero cómo has podido hacerlo!--gritó--. Has dañado gravemente tu

causa cuando ya iba por el buen camino. Te ocultas con esa cosa sucia

que, además, es la amante del abogado y permaneces ausente durante

horas. Ni siquiera buscas una excusa, no, ni disimulas, sino que

abiertamente corres hacia ella y te quedas con ella. Y mientras tanto

nosotros permanecemos allí sentados, tu tío, que se esfuerza por ti,

el abogado, al que hay que ganarse para que te defienda y, sobre

todo, el jefe de departamento, ese gran señor, que domina tu caso en

su estado actual. Queríamos hablar sobre cómo se te podía ayudar, yo

tenía que hablar cuidadosamente con el abogado y luego éste con el jefe

de departamento y al menos tendrías que haberme apoyado. En vez de

eso permaneces ausente. Al final ya no se puede ocultar, son hombres

educados, no hablan de ello, me guardan consideración, pero llega un

momento en que ya no lo pueden tolerar, y como no pueden hablar del

caso, enmudecen. Hemos permanecido allí sentados minutos y minutos sin

decir una palabra, escuchando si venías o no. Todo en vano. Finalmente,

el jefe de departamento, que ha permanecido más tiempo del que quería,

se ha levantado y se ha despedido de mí, compadeciéndome y sin poder

ayudarme. Luego esperó amablemente un tiempo en la puerta y se fue.

Naturalmente, yo estaba feliz de que se hubiera ido, ya no podía ni

respirar. Al abogado le ha sentado mucho peor, el pobre hombre no

podía hablar cuando me despedí de él. Probablemente has contribuido a

que sufriese una recaída y así aceleras la muerte del hombre del que

dependes. Y me dejas a mí, a tu tío, aquí, bajo la lluvia, mira, estoy

empapado, he esperado horas[30].

El proceso · 第 13 / 19 题