[21] Tachado en el manuscrito: «K quiso coger la mano de la mujer.
Ella intentaba, temerosa aunque visiblemente, acercarse a él, pero K
comenzó a prestar atención a las palabras del estudiante. Era un hombre
hablador y petulante. Tal vez podría obtener de él alguna información
acerca de su acusación. En cuanto tuviera en sus manos esa información
estaría en disposición de terminar el proceso, así, de un manotazo,
para sorpresa de todos».
=EL AZOTADOR=[22]
Cuando K, una de las noches siguientes, pasó por el pasillo que
separaba su despacho de las escaleras--esta vez se iba a casa uno
de los últimos, sólo en el departamento de expedición quedaban dos
empleados en el pequeño radio luminoso de una bombilla--, oyó detrás
de una puerta, que siempre había creído que daba a un trastero,
aunque nunca lo había constatado con sus propios ojos, una serie de
quejidos. Se detuvo asombrado y escuchó detenidamente para comprobar
si se había equivocado. Durante un rato todo quedó en silencio, pero
los suspiros comenzaron de nuevo. Al principio pensó en traer a uno
de los empleados--tal vez necesitara un testigo--, pero le invadió
una curiosidad tan indomable que él mismo abrió la puerta. Se trataba,
como había supuesto, de un trastero. Detrás del umbral se acumulaban
formularios inservibles y frascos de tinta vacíos. Pero también había
tres hombres inclinados en un espacio de escasa altura. Una vela
situada en un estante les iluminaba.
--¿Qué hacen aquí?--preguntó K, precipitándose por la excitación, pero
no en voz alta. Uno de los hombres, que parecía dominar a los otros
y que fue el primero que atrajo su atención, estaba embutido en una
suerte de traje oscuro, que dejaba al aire el cuello hasta el pecho y
todo el brazo. No respondió. Pero los otros dos gritaron:
--¡Señor! Nos tienen que azotar porque te has quejado de nosotros ante
el juez instructor.
Y ahora comprobó K que, en efecto, se trataba de los vigilantes Franz y
Willem. El tercero sostenía un látigo para azotarlos.
--Bueno--dijo K, y los miró fijamente--, no me he quejado, sólo
he dicho lo que ocurrió en mi habitación. Y desde luego no os
comportasteis de una manera irreprochable.
--Señor--dijo Willem, mientras Franz intentaba protegerse del tercero
detrás de él--, si usted supiera lo mal que nos pagan, nos juzgaría
mejor. Yo tengo que alimentar a una familia y Franz quiere casarse;
uno intenta ganar dinero como puede, sólo con el trabajo no es posible,
ni siquiera con el más fatigoso: a mí me tentó su fina ropa blanca. Por
supuesto que está prohibido que los vigilantes actúen así, es injusto,
pero es tradición que la ropa blanca pertenezca a los vigilantes,
así ha sido siempre, créame. Además, es muy comprensible, pues ¿qué
significan esas cosas para una persona tan desgraciada como para ser
detenida? No obstante, si el detenido habla de ello públicamente, la
consecuencia es el castigo.
--No sabía lo que me estáis diciendo. Tampoco he reclamado ningún
castigo para vosotros; para mí es una cuestión de principios.
--Franz--se dirigió Willem al otro vigilante--, ¿no te dije que el
señor no había reclamado que nos castigasen? Ya has oído que ni
siquiera sabía que nos tenían que castigar.
--No te dejes conmover por esos discursos--dijo el tercero a K--, el
castigo es tan justo como inevitable.
--No le escuches--dijo Willem, y se calló sólo para llevar rápidamente
la mano, que acababa de recibir un azote, a la boca--, nos castigan
sólo porque tú nos has denunciado, en otro caso no nos hubiera
pasado nada, incluso si se hubiera sabido lo que habíamos hecho. ¿Se
puede llamar a esto justicia? Nosotros dos, y sobre todo yo, somos
vigilantes desde hace mucho tiempo. Tú mismo reconocerás que, mirado
desde la perspectiva del organismo que representamos, hemos vigilado
bien. Habríamos tenido posibilidades de ascender, con toda seguridad
en poco tiempo habríamos llegado a ser azotadores, como éste, que tuvo
la suerte de no ser denunciado por nadie, pues una denuncia semejante
es muy rara. Y ahora, señor, todo está perdido, tendremos que trabajar
en puestos aún más subordinados que el del servicio de vigilancia y,
además, recibiremos unos espantosos y dolorosos azotes.
--¿Puede causar ese látigo tanto dolor?--preguntó K, y examinó el
látigo que el azotador sostenía ante él.
--Nos tendremos que desnudar--dijo Willem.
--¡Ah, ya!--dijo K, y contempló más detenidamente al azotador. Estaba
bronceado como un marinero y tenía un rostro lozano y feroz.
--¿Hay alguna posibilidad de ahorrarles los azotes?--le preguntó K.
--No--dijo el azotador, sacudiendo la cabeza sonriente--. Quitaos la
ropa--ordenó a los vigilantes y, a continuación, le dijo a K:
--No tienes que creerte todo lo que te dicen. Su mente se ha debilitado
por el miedo a los azotes. Lo que éste--y señaló a Willem--te ha
contado sobre su posible carrera es completamente ridículo. Mira lo
gordo que está, los primeros azotes se perderán en la grasa. ¿Sabes por
qué se ha puesto tan gordo? Tiene la costumbre de comerse el desayuno
de todos los detenidos. ¿Acaso no se ha comido también el tuyo? Ya lo
dije. Pero un hombre con semejante estómago jamás podrá llegar a ser
azotador, eso es imposible.
--Hay azotadores así--afirmó Willem, que acababa de soltarse el
cinturón.
--¡No!--dijo el azotador, que le rozó el cuello con el látigo
causándole un sobresalto--. No tienes que escuchar lo que decimos, sino
desnudarte.
--Te recompensaría bien, si los dejaras marchar--dijo K, sin mirar al
azotador--esos negocios se cierran mejor con los ojos cerrados--y sacó
la cartera.
--Tú quieres denunciarme también a mí--dijo el azotador--, y procurarme
también unos azotes.
--No, sé razonable--dijo K--, si hubiese querido que azotasen a estos
hombres, no trataría ahora de liberarlos del castigo. Simplemente
cerraría la puerta, no querría ver ni oír nada y me iría a mi casa.
Sin embargo, no lo hago, sino que pretendo seriamente liberarlos. Si
hubiera sospechado que los iban a castigar, no hubiera mencionado sus
nombres. No los considero culpables, culpable es la organización,
culpables son los funcionarios superiores.
--Así es--dijeron los vigilantes y recibieron de inmediato un latigazo
en sus desnudas espaldas.
--Si tuvieras a un juez a merced de tu látigo--dijo K, y bajó el látigo
que ya se elevaba otra vez--, no te impediría que lo azotases, todo lo
contrario, te daría dinero para motivarte.
--Lo que dices suena creíble--dijo el azotador--, pero yo no me dejo
sobornar. Mi puesto es el de azotador, así que azoto.
El vigilante Franz, que se había mantenido reservado hasta ese momento,
tal vez con la esperanza de que la intercesión de K tuviera éxito, se
acercó ahora a K, sólo vestido con los pantalones, y se arrodilló ante
él cogiéndole la mano. A continuación, musitó:
--Si no puedes lograr que nos remitan a los dos el castigo, al menos
intenta liberarme a mí. Willem es mayor que yo, menos sensible en todos
los sentidos, incluso recibió hace un par de años una pena de azotes;
yo, sin embargo, aún no he perdido el honor, fue Willem, mi maestro
tanto en lo bueno como en lo malo, quien me indujo a actuar así. Abajo,
en la puerta del banco, espera mi prometida, siento tanta vergüenza--y
secó su rostro lleno de lágrimas en la chaqueta de K.
--Ya no espero más--dijo el azotador, tomó el látigo con ambas manos
y azotó a Franz, mientras Willem rumiaba en una esquina y miraba a
hurtadillas, sin atreverse a girar la cabeza. Entonces se elevó un
grito procedente de Franz, ininterrumpido e intenso; no parecía humano,
más bien parecía generado por un instrumento de tortura, resonó por
todo el pasillo, se tuvo que escuchar en todo el edificio.
--¡No grites!--exclamó K. No se pudo contener y mientras miraba tenso
en la dirección en la que deberían venir los empleados, empujó a Franz,
no muy fuerte pero lo suficiente como para que cayera al suelo y allí
se arrastrara, convulso, con ayuda de las manos. Pero ni aun así pudo
evitar los azotes, el látigo supo encontrarle también en el suelo;
mientras él se agitaba bajo los golpes, la punta del látigo bajaba
y subía con perfecta regularidad. Y entonces apareció en la lejanía
uno de los empleados, y dos pasos detrás, el segundo. K salió y cerró
la puerta a toda prisa, se acercó a una pequeña ventana que daba al
patio y la abrió. El vigilante dejó de gritar. Para no dejar que los
empleados se acercaran, gritó:
--¡Soy yo!
--Buenas noches, señor gerente--le respondieron--, ¿ha ocurrido algo?
--No, no--respondió K--, es sólo un perro en el patio.
Como los empleados no se movían añadió:--Pueden seguir con su trabajo.
Para no continuar con la conversación, se inclinó por la ventana.
Cuando, transcurrido un rato, miró por el pasillo, ya se habían ido.
K, sin embargo, permaneció en la ventana, no se atrevía a volver al
trastero y tampoco quería regresar a casa. Se limitó a contemplar el
patio cuadrado que tenía ante él; alrededor había oficinas, todas las
ventanas estaban oscuras, sólo las más altas recibían el reflejo de
la luna. K se esforzó por discernir una de las oscuras esquinas del
patio, en el que había dos carretas de mano. Le atormentaba no haber
podido detener los azotes, pero no era culpa suya no haberlo logrado.
Si Franz no hubiese gritado--cierto, tuvo que hacerle mucho daño,
pero en determinados momentos decisivos hay que saber dominarse--, si
no hubiera gritado, K habría encontrado con toda seguridad un medio
para convencer al azotador. Si todos los empleados inferiores eran
canalla, ¿por qué iba a constituir una excepción el azotador, que,
además, ejercía el cargo más inhumano? K había observado muy bien
cómo le habían brillado los ojos al ver los billetes. Posiblemente se
había tomado en serio lo de los azotes para subir un poco la suma del
soborno. Y K no habría ahorrado medios, realmente hubiera querido
liberar a los vigilantes. Si había comenzado a combatir la corrupción
de esa judicatura, era evidente que también tenía que intervenir en
ese ámbito. Pero en el momento en el que Franz había comenzado a
gritar, todo había acabado. K no podía permitir que los empleados, y
quién sabe qué otras personas, vinieran y le sorprendieran tratando
con los tipos del trastero. Nadie podía reclamar de K semejante
sacrificio. Si se hubiera propuesto hacerlo, hubiera sido muy fácil, K
se habría desnudado y se habría ofrecido al azotador como sustituto.
Ciertamente, el azotador no hubiera admitido semejante cambio, pues
sin obtener beneficio alguno habría tenido que incumplir seriamente
su deber y, muy probablemente, por partida doble, pues K, mientras
permaneciera sujeto al procedimiento, debía ser inviolable para todos
los empleados del tribunal. Es posible, no obstante, que en ese terreno
hubiera disposiciones especiales. Pero, en todo caso, K no podía haber
hecho otra cosa que cerrar la puerta, aunque ni siquiera así había
alejado del todo el peligro. Que al final hubiera tenido que empujar a
Franz era algo lamentable y sólo se podía disculpar por su estado de
excitación.
Oyó en la lejanía los pasos de los empleados. Para no llamar la
atención cerró la ventana y avanzó en dirección a la escalera
principal. Permaneció un rato escuchando al lado de la puerta del
trastero. Silencio. El hombre podía haber matado a azotes a los
vigilantes, estaban sometidos a su poder. K ya había extendido la mano
para coger el picaporte, pero se arrepintió. Era tarde para ayudar
a nadie y los empleados tenían que estar al llegar. No obstante, se
propuso hablar del asunto e intentar que castigasen convenientemente
a los culpables reales, es decir, a los funcionarios superiores, que
aún no habían tenido el valor de presentarse ante él. Mientras bajaba
la escalinata del banco, observó cuidadosamente a los paseantes, pero
no había ninguna muchacha en las cercanías que pudiera estar esperando
a alguien. La indicación de Franz, de que su prometida le estaba
esperando, no era más que una mentira, si bien disculpable, cuyo único
objetivo había sido despertar una mayor compasión.
El día siguiente K siguió pensando en los vigilantes. Como no se podía
concentrar en el trabajo, decidió obligarse a permanecer más tiempo en
el banco que el día anterior. Cuando pasó por el trastero para irse a
casa, abrió la puerta como si fuera una costumbre. Quedó desconcertado
ante la inesperada escena que se mostró ante sus ojos. Todo estaba
exactamente igual que la noche anterior, cuando abrió la puerta. Los
formularios y los frascos de tinta se acumulaban detrás del umbral; el
azotador con el látigo; los vigilantes, completamente vestidos; la vela
sobre el estante. Los vigilantes comenzaron a quejarse y gritaron:
--¡Señor!
K cerró la puerta de inmediato y la golpeó con los puños, como si sólo
así pudiera quedar cerrada del todo. Al borde de las lágrimas se fue a
ver a los empleados, que trabajaban tranquilamente con una multicopista
y permanecían absortos en su actividad.
--¡Ordenad de una vez el trastero!--gritó--. La inmundicia nos va a
llegar al cuello.
Los empleados se mostraron dispuestos a hacerlo al día siguiente. K
asintió con la cabeza. No podía obligarles a realizar el trabajo tan
tarde, como había previsto antes. Se sentó un rato, para tener a los
empleados cerca, desordenó algunas copias, queriendo dar la impresión
de que estaba examinando algo, pero comprobó que los empleados no se
atreverían a salir con él, así que se fue a casa cansado y con la mente
en blanco.