NOTAS:

[23] En el manuscrito, en un principio, «Laura». Ema se llamaba la

hermana de Felice Bauer, con la que Kafka permaneció en contacto aun

después de la ruptura de relaciones con Felice.

[24] En el manuscrito, después de «ordinario» aparece tachado

«estatal». Kafka se decantó así por mantener cierta ambigüedad respecto

a la calificación del tribunal, aunque todas las referencias refuerzan

la impresión de que se trataba de una organización al margen del Estado.

[25] En el manuscrito, en un principio, «abogado Massal». En «yiddisch»

«massel» significa «suerte». «Huid» significa «favor» o «benevolencia».

[26] A continuación, tachado en el manuscrito: «Esa alabanza no hizo

efecto alguno en la muchacha, ni siquiera le impresionó lo que el

tío dijo a continuación: "Puede ser. No obstante, te enviaré lo más

pronto posible, incluso hoy mismo, una enfermera. Si no cumple con sus

obligaciones, la despides, pero hazme el favor e inténtalo. En este

ambiente y con este silencio no se puede vivir". "No siempre es tan

silencioso--dijo el abogado--. Sólo tomaré a tu enfermera si es algo

obligatorio". "Lo es"--dijo el tío.

[27] Tachado en el manuscrito: «El escritorio, que casi ocupaba la

habitación en toda su longitud, se hallaba cerca de la ventana. Estaba

de tal manera dispuesto que el abogado daba la espalda a la puerta.

Así, el visitante tenía que atravesar toda la habitación como un

intruso antes de poder ver el rostro del abogado, si éste no tenía la

amabilidad de volverse hacia el visitante».

[28] Tachado en el manuscrito «para terror del acusado». Según M.

Pasley, Kafka se inspiró en la obra de Freud _El Moisés de Miguel

Ángel_ para la descripción de la actitud del juez retratado.

[29] En un principio Kafka planeó terminar el capítulo con esta frase.

En el manuscrito aparece la palabra «Fin». No obstante, más tarde se

decidió por continuar el capítulo para dar una mayor consistencia al

argumento.

[30] Kafka tuvo problemas para terminar este capítulo y no quedó

satisfecho. Se ha conservado otra continuación, publicada por Max Brod:

«Cuando salieron del teatro lloviznaba ligeramente. K estaba cansado

por la mala representación. El pensamiento de que tenía que albergar

a su tío le deprimía, precisamente ese día necesitaba hablar con F.

B., podría haber encontrado una oportunidad para verla. La compañía

del tío, sin embargo, se lo impedía. Salía un tren nocturno que el

tío podía coger, pero convencerle para que se fuera ese día, en que

habían estado tan ocupados con el proceso, era completamente imposible.

No obstante, K hizo el intento, aunque sin esperanzas: "Temo,

tío--dijo--, que necesitaré tu ayuda en el futuro. Aún no sé en qué,

pero la necesitaré con toda seguridad". "Puedes contar conmigo--dijo

el tío--, no paro de pensar en cómo te puedo ayudar". "Eres el mismo

de siempre--dijo K--, sólo temo que la tía se enoje conmigo si te

pido que vuelvas a la ciudad". "Tu asunto es mucho más importante que

esas molestias". "En eso no coincido--dijo K--, no quiero separarte

inútilmente de la tía. Te necesitaré muy pronto, así que podrías irte a

casa mientras tanto". "¿Mañana?"--dijo el tío. "Sí, mañana--respondió

K--, o, tal vez, lo más cómodo sería que viajases esta misma noche en

el tren nocturno"».

=EL ABOGADO

EL FABRICANTE

EL PINTOR=

Una mañana de invierno--fuera caía la nieve y la luz era mortecina--,

K estaba sentado en su despacho, exhausto a pesar de encontrarse en

las primeras horas de la mañana. Para protegerse de los funcionarios

inferiores, había encargado a su ordenanza que no dejase pasar a nadie;

puso como excusa que estaba muy ocupado. Pero en vez de trabajar,

giraba en su sillón, desplazaba lentamente distintos objetos sobre

el escritorio y, sin ser muy consciente de lo que hacía, terminó por

extender el brazo sobre la mesa y permanecer inmóvil con la cabeza

inclinada.

El proceso ya no abandonaba sus pensamientos. Con frecuencia había

considerado la posibilidad de redactar un escrito de defensa y

presentarlo al tribunal. En él incluiría una corta descripción de su

vida y aclararía, respecto a cada acontecimiento importante, por qué

motivos había actuado así, si esa forma de actuar, según su juicio

actual, era reprochable o no, y las justificaciones que se podían

aducir en uno u otro caso. Las ventajas de un escrito de defensa con un

contenido similar, en comparación con la simple defensa a través del

abogado, por lo demás tampoco libre de objeciones, eran indudables. K

no sabía lo que el abogado emprendía; en todo caso no era mucho, hacía

un mes que no le llamaba y en ninguna de las visitas previas tuvo la

impresión de que ese hombre pudiera alcanzar algo. Ni siquiera le había

preguntado apenas nada. Y, sin embargo, había tanto que preguntar.

Preguntar era, sin duda, lo principal. K tenía la sensación de que

él mismo podía plantear todas las preguntas necesarias del caso. El

abogado, por el contrario, en vez de preguntarle, contaba cosas él

mismo o permanecía en silencio, inclinándose sobre el escritorio--tal

vez por su dureza de oído--, tirándose de un pelo de la barba y mirando

fijamente la alfombra, es posible que hacia el lugar en el que habían

yacido K y Leni. De vez en cuando le hacía alguna vacía advertencia,

como se hace con los niños[31]. Palabras tan inútiles como aburridas,

que K no pensaba pagar ni con un un céntimo cuando le enviara la cuenta

final. Una vez que el abogado creía haberle humillado lo suficiente,

comenzaba, como de costumbre, a infundirle un poco de ánimo. Según

le contaba, él había ganado ya total o parcialmente muchos procesos

similares, procesos que, si bien no habían sido tan difíciles como el

suyo, al menos se habían presentado igual de desesperanzados. Tenía

una lista con esos procesos en su cajón--al decirlo golpeteaba en uno

de los laterales de la mesa--, pero por desgracia no podía mostrar

el material, pues se trataba de un secreto oficial. Naturalmente,

decía, toda su experiencia revertía en favor de K. Había comenzado

a trabajar de inmediato y el primer escrito judicial ya casi estaba

redactado. Su importancia consistía en que al ser la primera impresión

que daba la defensa, a menudo determinaba esencialmente el posterior

desarrollo del procedimiento. No obstante, por desgracia, se veía

obligado a advertirle que a veces ocurría que los primeros escritos

presentados al tribunal no se leían. Simplemente se agregaban a

las actas y se estimaba que provisionalmente era más importante el

interrogatorio y la observación del acusado que todas las alegaciones

realizadas por escrito. Si el solicitante mostraba apremio, se aducía

que antes de la sentencia definitiva se reuniría todo el material,

incluidas las actas respectivas, y se examinarían también los primeros

escritos. Lamentablemente, esto no ocurría siempre así, el primer

escrito se solía traspapelar o simplemente se extraviaba y, aunque se

conservase hasta el final--esto lo había sabido el abogado sólo por

rumores--, apenas se leía. Todo eso era lamentable, pero no carecía

de justificación. K no debía sacar la falsa conclusión de que el

procedimiento no era público, podía ser público, si el tribunal lo

consideraba necesario, pero la ley no prescribía su publicidad. Como

consecuencia de esto, los escritos judiciales, ante todo el escrito

de acusación, eran inaccesibles para el acusado y la defensa, por

consiguiente no se sabía con exactitud a qué se debía referir, en

concreto, el primer escrito, así que éste sólo podía contener por

casualidad algo que fuera importante para la causa. Datos exactos y

aptos para servir de prueba se podían elaborar con posterioridad,

cuando los interrogatorios del acusado hicieran aparecer con más

claridad los cargos que se le imputaban o permitieran deducirlos con

mayor precisión. Naturalmente, bajo estas condiciones, la defensa se

encontraba en una situación muy desfavorable y difícil. Pero también

esto era deliberado. En realidad, la ley no permitía una defensa, sólo

la toleraba, no obstante, incluso respecto al texto legal del que se

podía deducir una tolerancia, existía una fuerte disensión doctrinal.

Por consiguiente, estrictamente hablando, no podía haber ningún abogado

reconocido por los tribunales, todos los abogados que comparecían

ante ese tribunal eran abogados intrusos. El gremio consideraba esta

situación indignante y si K, en su próxima visita a los juzgados, se

fijaba en el despacho de los abogados, lo comprobaría. Probablemente

quedaría horrorizado al ver en qué condiciones se reunía allí la gente.

Ya la estancia estrecha mostraba el desprecio que la Justicia tenía

por ese gremio. La luz sólo penetraba por una claraboya, situada a

tal altura que si alguien quería mirar por ella tenía que buscar a

un colega para subirse a sus espaldas. Por añadidura, el humo de una

chimenea cercana le entraría por la nariz y le dejaría la cara negra.

En el suelo de esa estancia--sólo para añadir un ejemplo más del estado

en que se encontraba aquello--, había, desde hacía más de un año, un

agujero, no tan grande como para que un hombre pudiese caer por él,

pero sí lo suficiente como para poder meter una pierna. El despacho

de los abogados estaba en el segundo piso, si alguien se hundía, la

pierna aparecía en el primer piso, precisamente en el corredor donde

esperan los acusados. No exageraba al decir que en los círculos de

abogados esa situación se consideraba vergonzosa. Las quejas a la

Administración de Justicia no habían tenido el más mínimo éxito, lo

único que se había conseguido era que se prohibiera severamente que

los abogados cambiasen algo en la habitación asumiendo ellos mismos

los costes. Pero también esta forma de tratar a los abogados tenía

un fundamento. Se quería impedir la defensa y se pretendía que todo

recayese sobre el acusado. No era un mal criterio, pero sería un error

deducir que en esa justicia los abogados no servían para nada. Todo

lo contrario, en ningún lugar eran tan necesarios. El procedimiento

no sólo no era público, sino que también permanecía secreto para el

acusado. Naturalmente, todo lo secreto que era posible, pero era

posible en su mayor parte. El acusado tampoco tenía acceso a los

escritos judiciales y deducir de los interrogatorios el contenido

de ellos era muy difícil, sobre todo para el acusado, confuso y

lleno de preocupaciones. Aquí es cuando debía actuar la defensa.

Por regla general, la defensa no podía estar presente durante los

interrogatorios, así que se veía obligada a preguntar al acusado, si

era posible en la misma puerta del despacho del juez instructor, acerca

del interrogatorio e intentar deducir de esos informes, la mayoría de

las veces muy vagos, la información conveniente. Pero esto no era lo

más importante, pues así no se podía averiguar mucho, aunque, si bien

era cierto, una persona competente averiguaría más que otra que no lo

era. Lo más importante eran las relaciones personales del abogado, en

ellas consistía la calidad de la defensa. K ya había sabido por propia

experiencia que los rangos inferiores de esa organización judicial

no eran del todo perfectos, que en ellos abundaban los empleados

corruptos y aquéllos que olvidaban fácilmente el cumplimiento del

deber, por lo que la severa configuración judicial mostraba algunas

lagunas. Aquí es donde la gran masa de abogados encontraba su campo

de actuación, aquí se sobornaba y se espiaba, no hacía mucho tiempo,

incluso, se produjeron robos de actas. No se podía dudar que de esa

manera se podían conseguir resultados sorprendentemente favorables

para el acusado, aunque sólo momentáneos. Los pequeños abogados los

aprovechaban para hacerse publicidad y vanagloriarse, pero para el

posterior transcurso del proceso no significaba nada o nada bueno.

Lo que a fin de cuentas poseía más valor eran las buenas y sinceras

relaciones personales y, además, con los funcionarios superiores, con

lo que sólo se hacía referencia a los funcionarios superiores de los

grados inferiores. Gracias a estas relaciones se podía influir en el

desarrollo del proceso, al principio de una manera inapreciable, más

tarde con mayor claridad. Esto lo conseguían muy pocos abogados, y

aquí la elección de K se mostraba muy acertada. Tal vez sólo uno o dos

abogados podían poseer unas relaciones similares a las suyas. Estos

abogados, sin embargo, no se ocupaban de los clientes presentes en el

despacho de abogados y no tenían nada que ver con ellos. Y precisamente

esa circunstancia era la que fortalecía--vínculo con los funcionarios

judiciales. Ni siquiera era necesario que el Dr. Huld acudiera a los

tribunales, que esperase allí a la casual aparición del juez instructor

y que consiguiese algún éxito, dependiendo del humor del magistrado,

o ni siquiera eso. No, K ya lo había podido ver, los funcionarios, y,

entre ellos, algunos superiores, se presentaban por su propia voluntad,

ofrecían espontáneamente alguna información, clara o fácilmente

interpretable, hablaban sobre el posterior desarrollo del proceso, sí,

incluso había casos en que se dejaban convencer y adoptaban encantados

los puntos de vista ajenos. No obstante, tampoco se podía confiar

mucho en ellos en este último aspecto. Por muy positiva que fuese su

opinión para la defensa, nada impedía que regresasen a su despacho y

al día siguiente emitiesen una sentencia completamente contraria y

mucho más severa para el acusado que la pensada en un primer momento,

de la que, sin embargo, afirmaban estar convencidos del todo. Contra

esto no hay defensa posible, pues lo que han dicho en confianza sólo

se ha dicho en confianza y no admite ninguna consecuencia pública,

ni siquiera en el caso de que la defensa no se esforzara en mantener

el favor de los señores. Por otra parte, resultaba cierto que estos

señores no se ponían en contacto con la defensa, naturalmente con una

defensa especializada, por amor al género humano o por sentimientos

de amistad, también ellos, en cierta manera, dependían de ella. Aquí

salía a la luz uno de los defectos de una organización judicial que

establecía la confidencialidad del tribunal. A los funcionarios les

faltaba el contacto con la población, para los procesos habituales

estaban bien dotados, un proceso así prácticamente avanzaba por sí

mismo y sólo necesitaba un pequeño empujón de vez en cuando, pero

en los casos más simples o en los más difíciles se mostraban con

frecuencia perplejos. Como estaban sumidos noche y día en la ley,

carecían del sentido para las relaciones humanas y en algunos casos lo

echaban de menos. Entonces acudían a los abogados para tomar consejo

y detrás de ellos venía un empleado con esas actas que, en realidad,

se supone, son tan secretas. En esa ventana había visto a algunos

señores, de los que jamás se hubiera podido esperar una actitud así,

mirando hacia la calle desconsolados, mientras el abogado estudiaba las

actas para darle un buen consejo. Por lo demás, en esas situaciones se

podía comprobar la enorme seriedad con que esos señores se tomaban su

trabajo y cómo se desesperaban cuando topaban con impedimentos que,

por su naturaleza, no podían superar. Su posición tampoco era fácil,

se les haría una injusticia si se pensase que su posición era fácil.

La estructura jerárquica de la organización judicial era infinita y

ni siquiera era abarcable para el especialista. El procedimiento en

los distintos juzgados era, por regla general, también secreto para

los funcionarios inferiores, por consiguiente jamás podrían seguir los

asuntos que trataban en las fases subsiguientes; las causas judiciales

entraban en su ámbito de competencias sin que supieran de dónde venían

y luego seguían su camino sin que supieran adónde iban. Así pues,

estos funcionarios no podían sacar ninguna enseñanza del estudio de

las distintas fases procesales, de las decisiones y fundamentos de

las mismas. Sólo podían ocuparse de aquella parte del proceso que la

ley les atribuía y del resultado de su trabajo sabían con frecuencia

menos que la defensa, que, por regla general, permanecía en contacto

con el acusado hasta el final del proceso. También a este respecto

podían conocer a través de la defensa alguna información valiosa.

Si K todavía se asombraba, teniendo en cuenta todo lo dicho, de la

irascibilidad de los funcionarios--todos tenían la misma experiencia--,

que con frecuencia se dirigían a las partes de un modo insultante,

debía considerar que todos los funcionarios estaban irritados,

incluso cuando parecían tranquilos. Era natural que los abogados

sufrieran mucho por esa circunstancia. Se contaba, por ejemplo, una

historia, que, según todos los indicios, podía ser verdadera: Un viejo

funcionario, un señor bueno y silencioso, había estudiado una noche y

un día, sin interrupción--estos funcionarios eran más diligentes que

nadie--, un asunto judicial bastante difícil, especialmente complicado

debido a los datos confusos aportados por el abogado. Por la mañana,

después de un trabajo de veinticuatro horas, probablemente no muy

fecundo, se fue hacia la puerta de entrada, permaneció allí emboscado

y arrojó por las escaleras a todos los abogados que pretendían entrar.

Los abogados se reunieron al pie de las escaleras y discutieron qué

podían hacer. Por una parte, no tenían ningún derecho a entrar, así que

no podían emprender acción judicial alguna contra el funcionario y,

además, tenían que cuidarse mucho de poner al cuerpo de funcionarios

en su contra. Por otra parte, como no hay día perdido en el juzgado,

tenían la necesidad de entrar realmente, se pusieron de acuerdo en

intentar cansar al funcionario. Una y otra vez mandaron a un abogado

que volvía a ser arrojado escaleras abajo al ofrecer una resistencia

meramente pasiva. Todo esto duró alrededor de una hora; entonces

el hombre, ya viejo, debilitado por el trabajo nocturno, realmente

fatigado, regresó a su despacho. Los de abajo no se lo querían creer,

así que enviaron a uno para que mirase detrás de la puerta y comprobara

que ya no estaba. Sólo entonces entraron, pero no se atrevieron ni a

rechistar. Pues los abogados--y hasta el más ínfimo de ellos podía

abarcar, al menos en parte, las circunstancias que allí prevalecían--no

pretendían introducir ni imponer ninguna mejora en el funcionamiento

de los tribunales, mientras que casi todos los acusados--y esto era lo

significativo--, incluso gente muy simple, empezaban a pensar nada más

entrar en proposiciones de mejora y así desperdiciaban el tiempo y las

energías, que podrían emplear mucho mejor de otra manera. Lo correcto

era adaptarse a las circunstancias. Aun en el supuesto de que a alguien

le fuera posible mejorar algunos detalles--aunque sólo se trataba de

una superstición absurda--, lo único que habría conseguido, en el mejor

de los casos, sería mejorar algo para asuntos futuros, pero se habría

dañado extraordinariamente a sí mismo, pues habría llamado la atención

del cuerpo de funcionarios, siempre vengativo. ¡Jamás había que llamar

la atención! Había que esforzarse por comprender que ese gran organismo

judicial en cierta manera estaba suspendido, como si flotara, y si

alguien cambiaba algo en su esfera particular podía perder el suelo

bajo los pies y precipitarse, mientras que el gran organismo, para

paliar esa pequeña distorsión, encontrar fácilmente un repuesto en

otro lugar--todo está conectado--y permanecería así invariable o, lo

que era aún más probable, todavía más cerrado, más atento, más severo,

más perverso. Así que lo mejor era ceder el trabajo a los abogados

en vez de molestarlos. Los reproches no servían de nada, sobre todo

cuando no se podían comprender los motivos que los generaban, y no se

podía negar que K, con su actitud frente al jefe de departamento, había

dañado mucho su causa. A ese hombre tan influyente, que pertenecía a

aquéllos que pueden hacer algo por él, ya había que tacharlo de la

lista. Desoía incluso las menciones más fugaces del proceso y, además,

intencionadamente. En algunas cosas los funcionarios se comportaban

como niños. Con frecuencia se podían ofender por pequeñeces--y

la actitud de K, por desgracia, no quedaba encuadrada en esta

categoría--, y entonces dejaban de hablar incluso con buenos amigos,

los evitaban y los perjudicaban en todo lo que podían. Pero de pronto,

sorprendentemente, sin un motivo que lo explicase, se les hacía reír

con una broma, fruto de la desesperación, y se reconciliaban. El trato

con ellos era al mismo tiempo difícil y fácil, no había reglas. A veces

resultaba asombroso que una vida normal alcanzase para poder abarcar

tanto y obtener aquí algún éxito laboral. Había, por supuesto, horas

sombrías, como las que tiene cualquiera, en las que se creía no haber

conseguido nada, en las que a uno le parecía que un proceso, con buenas

perspectivas desde el principio hasta el final y con un buen resultado,

podría haber llegado a la misma conclusión sin trabajo alguno, mientras

otros muchos se habían perdido a pesar de todo el esfuerzo, de las

muchas idas y venidas, de los pequeños éxitos aparentes, sobre los

que uno tanto se alegraba. Entonces todo parecía inseguro y uno no

osaría negar, incluso, que procesos con buenas expectativas se habían

descarrilado precisamente por la ayuda prestada. También eso era una

cuestión de confianza en uno mismo, y esa confianza era lo único

que quedaba. A estos ataques--sólo eran pequeños ataques, caídas de

ánimo, nada más--estaban expuestos los abogados cuando, de repente,

se les quitaba un proceso que habían llevado durante mucho tiempo y

satisfactoriamente. Esto era lo más enojoso que le podía ocurrir a

un abogado. No era el acusado el que le quitaba el proceso, eso no

sucedía nunca, un acusado que había nombrado a un abogado tenía que

quedarse con él ocurriera lo que ocurriese. ¿Cómo podría defenderse

solo si ya había pedido ayuda? Eso no sucedía, aunque podía ocurrir

alguna vez que el proceso tomase un curso que el abogado ya no pudiese

seguir. Entonces al abogado se le privaba del proceso, del acusado y

de todo lo demás. En esta situación ya no podían ayudar las mejores

relaciones con los funcionarios, pues ni siquiera ellos sabían algo.

El proceso había entrado en una fase en la que ya no se podía prestar

ayuda alguna. De él se ocupaban ahora juzgados accesibles, donde el

acusado no podía ser localizado por su defensor. Un día el abogado

llegaba a casa y encontraba sobre la mesa todas las anotaciones y datos

reunidos con tanto esfuerzo y con tantas esperanzas.--Se los habían

devuelto, pues no poseían valor alguno en la nueva fase procesal,

eran desperdicios. Pero tampoco había que dar por perdido el proceso,

en absoluto, al menos no había ningún motivo decir que avalase esa

suposición, lo único que ocurría es que ya no se sabría nada del

proceso. Afortunadamente, estos casos eran excepcionales y, aun en el

supuesto de que el proceso de K pudiera convertirse en uno de ellos,

por ahora estaría muy lejos de una fase semejante. Todavía quedaban

muchas oportunidades para el trabajo del abogado y de que él las

aprovecharía, de eso K podía estar seguro. El escrito, como le había

mencionado, aún no había sido entregado, tampoco había prisa, mucho más

importantes eran las entrevistas introductorias con los funcionarios

decisivos y éstas ya se habían producido. Con distinto éxito, había que

reconocerlo. Por ahora era mejor no revelar detalles, pues K podría

ser influido desfavorablemente por ellos, ya fuera despertando en él

demasiadas esperanzas o provocándole angustia; sí se podía decir, sin

embargo, que algunos se mostraron muy favorables y dispuestos, mientras

que otros se mostraron menos favorables, pero tampoco se habían

negado a ayudar. El resultado, por consiguiente, muy satisfactorio,

aunque tampoco se podían sacar conclusiones, pues todas las vistas

preliminares comenzaban así y sólo el posterior transcurso del proceso

podía mostrar el valor de esas vistas. En todo caso, aún no había nada

perdido y si fuera posible ganarse al jefe de departamento--ya había

emprendido algo en ese sentido--, entonces todo era, como dirían los

cirujanos, una herida limpia y se podía esperar confiado el desarrollo

posterior del proceso.

En discursos como éste el abogado era incansable. Se repetían en cada

visita. Siempre había progresos, pero nunca podía comunicar de qué

progresos se trataba. Se trabajaba sin cesar en el primer escrito,

pero nunca se terminaba, lo que en la siguiente visita resultaba una

gran ventaja, pues precisamente los últimos tiempos, lo que no se podía

haber previsto, habían sido desfavorables para entregarlo. Si K algunas

veces, agotado por el discurso, añadía que, teniendo en cuenta todas

las dificultades, parecía que el asunto iba muy lento, se le replicaba

que no iba nada lento, pero que ya habrían avanzado mucho más si K se

hubiera dirigido al abogado en el momento oportuno. Por desgracia,

había descuidado esa medida y un descuido así traería más desventajas,

y no sólo temporales.

La única interrupción bienhechora en esas visitas era la aparición de

Leni, que siempre sabía arreglárselas para traer el té al abogado en

presencia de K. Luego permanecía detrás de K, aparentaba contemplar

cómo el abogado se servía y sorbía inclinado el té, con una suerte

de avaricia, y dejaba que K cogiese su mano en secreto. Reinaba un

completo silencio. El abogado bebía, K estrechaba la mano de Leni y

Leni se atrevía a veces a acariciar suavemente el cabello de K.

--¿Aún estás aquí?--preguntaba el abogado, después de haber terminado

de beber.

--Quería llevarme el servicio--decía Leni, se producía un último

apretón de manos, el abogado se secaba la boca y comenzaba a hablar a

K con nuevas energías.

¿Era consuelo o desesperación lo que quería conseguir el abogado? K no

lo sabía, no obstante pronto tuvo por seguro que su defensa no estaba

en buenas manos. Es posible que todo lo que el abogado contaba fuese

verdad, aunque estaba claro que siempre quería permanecer en un primer

plano y que muy probablemente jamás había llevado un proceso tan grande

como, según su opinión, era el de K. Lo más sospechoso, sin embargo,

eran las supuestas relaciones con los funcionarios, de las que no

dejaba de vanagloriarse. ¿Acaso debían ser empleados sólo en beneficio

de K? El abogado jamás se olvidaba de indicar que siempre se trataba

de funcionarios inferiores, es decir de funcionarios en puestos muy

dependientes, y cuyo ascenso podría verse influido por ciertos cambios

en el proceso. ¿No podrían estar utilizando al abogado para conseguir

cambios que, por supuesto, siempre serían contrarios al acusado?

Probablemente no lo hicieran en todos los procesos, cierto, pero seguro

que habían procesos en los que podían conseguir ventajas a través del

abogado, pues les interesaba mantener incólume su buen nombre. Si era

así, ¿de qué modo podrían intervenir en el proceso de K, el cual,

como aclaraba el abogado, era un proceso muy difícil e importante y

había llamado la atención en los tribunales desde el principio? No

era muy difícil sospechar lo que harían. Se podían descubrir algunas

señales de esto en el mero hecho de que ni siquiera se había entregado

el primer escrito, a pesar de que el proceso ya duraba meses y según

las indicaciones del abogado se encontraba en los inicios, lo que,

naturalmente, era muy adecuado para adormecer al acusado y mantenerlo

desamparado, hasta que, de repente, se abalanzaban sobre él con la

sentencia o, al menos, con la comunicación de que la investigación,

concluida en su perjuicio, se había trasladado a estancias superiores.

Era absolutamente necesario que K actuara por su propia cuenta.

Precisamente en momentos de gran cansancio, como en esa mañana

invernal, cuando todo pasaba inerte por su cabeza, ese convencimiento

le parecía irrefutable. El desprecio que había sentido en un principio

hacia el proceso había desaparecido. Si hubiera estado solo en el

mundo, habría podido desdeñar fácilmente el proceso, aunque estaba

seguro que en ese caso no habría habido proceso. Pero el tío le había

llevado al abogado, había intereses familiares que contaban. Su

posición no era por completo independiente del curso del proceso, él

mismo había mencionado imprudentemente el asunto, con una inexplicable

satisfacción, a conocidos, otros se habían enterado a través de

fuentes desconocidas, la relación con la señorita Bürstner parecía

vacilar conforme al curso que tomaba el proceso, en resumen, ya no

tenía la elección de aceptar o rechazar el proceso, estaba metido en él

de lleno y tenía que defenderse. Si estaba cansado, peor para él.

Pero por ahora no había motivo para una preocupación exagerada. Había

sabido ascender en el banco, en relativamente poco tiempo, a una

posición elevada, y mantenerse en ella reconocido por todos. Sólo tenía

que emplear estas capacidades, que le habían posibilitado su éxito,

en el proceso y no había duda de que todo saldría bien. Ante todo,

si quería lograr algo, era necesario rechazar de antemano cualquier

pensamiento sobre una posible culpabilidad. No había culpa alguna. El

proceso no era otra cosa que un gran negocio, como él mismo los había

cerrado anteriormente con ventaja para el banco, un negocio en el cual,

como era la regla, amenazaban distintos peligros, que, sin embargo,

se podían evitar. Para alcanzar este objetivo, no podía perder el

tiempo pensando en una posible culpa, sino aferrarse al pensamiento

del beneficio propio. Considerado desde esta perspectiva, también era

inevitable privar al abogado de su defensa, aquella misma noche si

fuera posible. Según lo que le había contado, sería algo inusitado e,

incluso, insultante, pero K no podía tolerar que sus esfuerzos en el

proceso tropezasen con impedimentos que podían provenir de su propio

abogado. Una vez que hubiera prescindido del abogado, tendría que

presentar el escrito de inmediato e insistir todos los días para que

lo tuvieran en cuenta. Para alcanzar este objetivo no sería suficiente

que K se quedara sentado como los demás en el corredor y colocara

su sombrero bajo el banco. Él mismo, las mujeres o algún mensajero

tendrían que perseguir a los funcionarios para obligarles a sentarse en

la mesa, en vez de mirar a través de las rejas hacia el corredor, y así

presionarlos para estudiar el escrito de K. No había que cejar en estos

esfuerzos, todo tenía que ser organizado y vigilado, la justicia tenía

que toparse, por fin, con un acusado que sabía hacer valer sus derechos.

Aunque K tenía la esperanza de aplicar este método, la dificultad de

redactar el escrito le resultaba insuperable. Hacía una semana había

pensado con un sentimiento de vergüenza que en algún momento se vería

obligado a redactar él mismo ese escrito, pero jamás hubiera creído

que pudiera ser tan difícil. Recordó cómo una mañana, cuando estaba

desbordado por el trabajo, lo dejó repentinamente todo a un lado y

tomó un cuaderno e intentó bosquejar un escrito judicial para ponerlo

a disposición del abogado, y cómo precisamente en ese instante se

abrió la puerta del despacho contiguo y entró el subdirector riendo.

Fue muy desagradable para K, aunque, naturalmente, el subdirector no

se había reído de su escrito, del que no sabía nada, sino sobre un

chiste bursátil que acababa de oír, un chiste que necesitaba, para

comprenderse, de un dibujo, que el subdirector, inclinado sobre la mesa

de K y con su lápiz, trazó en el cuaderno destinado a la redacción del

escrito.

Pero K ya no conocía la vergüenza, el escrito se tenía que redactar.

Si no encontraba tiempo para escribirlo en la oficina, lo tendría que

hacer en su casa por las noches. Si las noches no bastaban, tendría

que tomar unas vacaciones. Lo que no podía hacer era quedarse a medio

camino, eso era lo más absurdo y no sólo en el mundo de los negocios,

sino en todos los ámbitos. El escrito judicial significaba un trabajo

interminable. No era necesario tener un carácter miedoso para llegar

a creer que era imposible terminar un escrito semejante. Y no por

pereza o astucia, lo que sin duda impedía a los abogados concluir su

redacción, sino porque tenía que recordar y examinar concienzudamente,

toda su vida, sin tener conocimiento de la acusación y de sus posibles

ampliaciones. Y, por añadidura, qué trabajo tan triste. Tal vez fuera

adecuado para ocupar a un anciano senil en los días vacíos de su

jubilación. Pero, ahora que K necesitaba invertir toda su capacidad

mental en su trabajo, ahora que cada minuto pasaba raudo--ya que se

encontraba en plena promoción y representaba un serio peligro para el

subdirector--, y ahora que, como un hombre joven, deseaba disfrutar las

cortas tardes y las noches, precisamente ahora tenía que comenzar a

redactar ese escrito. Otra vez sus pensamientos se tornaron en quejas.

Casi sin advertirlo, sólo para ponerles fin, apretó el botón del timbre

que se oía en el antedespacho. Mientras lo presionaba miró la hora.

Eran las once, habían transcurrido dos horas; con sus reflexiones

había perdido un tiempo precioso y estaba más cansado que antes. De

todos modos, tampoco había perdido el tiempo del todo. Había tomado

decisiones que podían ser muy valiosas. El empleado trajo, además

del correo, dos tarjetas de visita pertenecientes a dos señores que

ya esperaban a K desde hacía un tiempo. Precisamente se trataba de

importantes clientes del banco a los que no se les debería haber hecho

esperar en ningún caso. ¿Por qué habían venido en un momento tan poco

propicio y por qué, parecían preguntarse aquellos señores detrás de

la puerta cerrada, por qué empleaba el laborioso K el mejor momento

para hacer negocios en asuntos particulares? Cansado por el tiempo

transcurrido y cansado por lo que se le avecinaba, K se levantó para

recibir al primero.

Era un señor pequeño y alegre. Lamentó haber molestado a K en un

trabajo importante y K lamentó por su parte haber hecho esperar al

fabricante tanto tiempo. Pero esa disculpa la expresó de un modo

tan maquinal, con una acentuación tan falsa, que el fabricante, si

no hubiera estado tan sumido en sus asuntos de negocios, lo habría

advertido. En vez de eso, sacó a toda prisa, de todos sus bolsillos,

cuartillas llenas de cifras y tablas, las extendió ante K, le aclaró

algunos detalles y corrigió un pequeño error de cálculo que le había

llamado la atención al supervisarlo superficialmente, luego recordó a

K que hacía un año había cerrado con él un negocio similar y añadió

de pasada que esta vez había otro banco que se interesaba en el

proyecto. Finalmente, se calló para oír la opinión de K. Éste había

seguido al principio la explicación del fabricante, también él había

reconocido la importancia del negocio, pero, por desgracia, no por

mucho tiempo, pronto perdió el hilo, se limitó a asentir con la cabeza

a las aclaraciones del fabricante y, poco después, omitió hasta eso,

dedicándose simplemente a contemplar la cabeza calva inclinada sobre el

papel y a preguntarse cuándo se daría cuenta el fabricante de que todos

sus esfuerzos eran inútiles. Cuando se calló, K creyó en un principio

que eso sólo ocurría para darle la oportunidad de reconocer que era

incapaz de escuchar nada. Por desgracia, notó en la mirada tensa del

fabricante, quien parecía estar preparado para cualquier eventualidad,

que la entrevista de negocios tenía que continuar. Así que inclinó

la cabeza, como si se le hubiera impartido a una orden y comenzó a

desplazar el lápiz por los papeles, deteniéndose un lugar u otro y

contemplando fugazmente alguna cifra. El fabricante supuso que tenía

objeciones, era posible que las cifras no cuadraran, tal vez no fueran

lo decisivo, en todo caso el fabricante tapó los papeles con la mano y,

aproximándose más a K, comenzó a dar una idea general del negocio.

--Es difícil--dijo K frunciendo los labios y reclinándose contra

el brazo de su sillón, ya que los papeles, lo único inteligible,

estaban tapados. Incluso miró débilmente hacia arriba cuando se abrió

la puerta del despacho contiguo y apareció, algo borroso, como si

estuviera detrás de un velo, el subdirector. K ya no pudo reflexionar

más, simplemente auspició el resultado, que sería satisfactorio

para él. Pues el fabricante se levantó de un salto y se apresuró a

saludar al subdirector; K, sin embargo, hubiese querido que se hubiera

levantado diez veces más rápido, ya que temía que el subdirector

pudiera desaparecer. Era un temor inútil, los señores se saludaron y

se acercaron juntos a la mesa de K. El fabricante se quejó de que

había encontrado poco interés por parte del gerente hacia el negocio y

señaló a K, que, bajo la mirada del subdirector, se inclinó de nuevo

sobre los papeles. Cuando ambos se apoyaron en la mesa y el fabricante

intentó ganarse al subdirector, a K le pareció como si dos hombres,

cuya estatura él se imaginó exagerada, estuvieran discutiendo sobre

él. Lentamente, elevando los ojos con precaución, intentó enterarse

de lo que ocurría arriba, tomó al azar un papel de la mesa, lo puso

en la palma de la mano y lo elevó poco a poco, mientras se levantaba,

hacia los señores. Al hacerlo no pensó en nada concreto, sólo tenía

la impresión de que así era como tendría que comportarse si hubiera

terminado su gran escrito judicial que finalmente le aliviaría de toda

carga. El subdirector, que prestaba gran atención al fabricante, miró

fugazmente el papel, pero no lo leyó, pues lo que era importante para

el gerente no lo era para él, se limitó a cogerlo de la mano de K y

dijo:

--Gracias, ya lo sé--y lo volvió a colocar tranquilamente en la mesa.

K lo miró de soslayo con amargura. El subdirector, sin embargo, no lo

notó o, en el caso de haberlo notado, le produjo un efecto positivo,

pues rió con frecuencia, confundió al fabricante con una réplica

aguda, le sacó de la confusión haciéndose a sí mismo un reproche y,

finalmente, le invitó a ir a su despacho para terminar allí el asunto.

--Es un negocio muy importante--le dijo al fabricante--, ya lo veo.

Y al señor gerente--y al hacer esta indicación siguió hablando sólo

con el fabricante--le gustará con toda certeza que le privemos de él.

El asunto reclama una reflexión cuidadosa. El gerente parece hoy, sin

embargo, sobrecargado de trabajo, aún espera gente desde hace horas en

y el antedespacho.

K tuvo la suficiente serenidad para apartar la mirada del subdirector

y dirigirle una sonrisa amable pero rígida al fabricante, aparte de

eso no emprendió nada, se apoyó con las dos manos en el escritorio,

como un dependiente de comercio detrás del mostrador, y contempló cómo

ambos señores recogían, mientras conversaban, todos los papeles de la

mesa y desaparecían en el despacho del subdirector. Antes de salir,

el fabricante se volvió y le dijo que no se despedía, que informaría

naturalmente al gerente sobre el éxito de la entrevista y que aún tenía

que comunicarle algo.

Al fin estaba solo. No pensó en recibir al resto de los clientes. Era

agradable pensar que la gente del antedespacho creería que aún estaba

hablando con el fabricante, así no entraría nadie, ni siquiera el

ordenanza. Fue hacia la ventana, se sentó en el antepecho, asió el

picaporte con la mano y contempló la plaza. Aún caía la nieve, no

había aclarado.

Así permaneció mucho tiempo sin saber lo que realmente le preocupaba,

sólo de vez en cuando miraba asustado por encima del hombro hacia la

puerta del antedespacho, donde creía haber oído erróneamente un ruido.

Pero como nadie venía, se fue tranquilizando. A continuación, entró en

el lavabo, se lavó con agua fría y volvió a la ventana con la cabeza

más despejada. La decisión de asumir su propia defensa le parecía ahora

más ardua de lo previsto. Desde que había traspasado la defensa al

abogado, el proceso le había afectado poco, lo había observado desde la

lejanía y, aunque apenas se había logrado nada, había podido comprobar,

siempre que había querido, cómo estaba el asunto, retirándose cuando

lo creía oportuno. No obstante, si asumía su propia defensa, tendría

que dedicarse plenamente al proceso, el éxito supondría una completa

y definitiva liberación, pero para alcanzarla tendría que exponerse a

peligros mayores. Si quedaba alguna duda, la visita del subdirector y

del fabricante se la había aclarado. ¡Cómo se había quedado sentado

completamente sumido en su decisión de defenderse a sí mismo! ¿Hasta

dónde podría llegar? ¡Qué días le esperaban! ¿Lograría encontrar el

camino que lleva a un buen fin? ¿Acaso no significaba una defensa

cuidadosa--y cualquier otra cosa era absurda--la necesidad de aislarse

al mismo tiempo de todo lo demás? ¿Podría superarlo con éxito? ¿Y cómo

podría llevarlo a cabo en el banco? No se trataba sólo del escrito,

para lo que quizá hubieran bastado unas cortas vacaciones, aunque

solicitar ahora unas vacaciones supondría una empresa arriesgada, se

trataba de todo el proceso, cuya duración era imposible de prever. ¡Qué

impedimento había sido arrojado repentinamente en la carrera de K!

¿Y ahora tenía que trabajar para el banco? Miró hacia el escritorio.

¿Ahora tendría que dejar pasar a los clientes para entrevistarse con

ellos? ¿Tenía que preocuparse por los negocios del banco mientras

su proceso seguía su curso, mientras arriba, en la buhardilla, los

funcionarios judiciales se sentaban ante los escritos de su proceso?

¿No parecía todo una tortura, reconocida por la justicia, y que

acompañaba al proceso? ¿Y se tendría en cuenta en el banco a la hora de

juzgar su trabajo la situación delicada en la que se encontraba? Nunca

jamás. Su proceso tampoco era tan desconocido, aunque no estuviera

muy claro quién sabía de él y cuánto. Aparentemente el rumor no había

llegado hasta el subdirector, si no ya se habría visto claramente cómo

éste lo utilizaba contra K, sin espíritu de solidaridad y sin la más

mínima humanidad. ¿Y el director? Cierto, mostraba simpatía hacia K, y

si hubiese sabido algo del proceso habría querido ayudarle aligerándole

el trabajo, pero no hubiera intervenido, pues ahora que se había

perdido el equilibrio formado por K quedaba sometido a la influencia

del subdirector, quien se aprovechaba del estado de debilidad del

director para fortalecer su propio poder. ¿Qué podía esperar entonces

K?[32] Era posible que con tanta reflexión estuviera debilitando su

capacidad de resistencia, pero también resultaba necesario no hacerse

ilusiones y verlo todo con la mayor claridad posible.

Sin un motivo especial, sólo para no tener que volver al escritorio,

abrió la ventana. Se abría con dificultad, tenía que girar el picaporte

con ambas manos. Al abrirse penetró una bocanada de niebla mezclada con

humo que se extendió por toda la habitación, acompañada de un ligero

olor a quemado. También penetraron algunos copos de nieve.

--Un otoño horrible--dijo el fabricante detrás de K, que había entrado

desde el despacho del subdirector sin que K lo hubiese advertido.

K asintió y miró, inquieto, la cartera del fabricante, de la que

parecía querer sacar los papeles para comunicarle los resultados de su

entrevista con el subdirector. Pero el fabricante siguió la mirada de

K, golpeó su cartera y dijo sin abrirla:

--Quiere oír qué tal ha ido. No ha ido mal. Casi llevo el negocio

cerrado en la cartera. Un hombre encantador, el subdirector, pero nada

inocente--y rió estrechando la mano de K, intentando que también él

riera. Pero a K le pareció sospechoso que el fabricante no quisiera

mostrarle los papeles y no encontró nada divertida la insinuación del

fabricante.

--Señor gerente--dijo el fabricante--, le sienta mal este tiempo.

Parece deprimido.

--Sí--dijo K y se llevó una mano a la sien--, dolores de cabeza,

preocupaciones familiares.

--Ya lo conozco--dijo el fabricante, que era un hombre siempre con

prisas y no podía escuchar tranquilamente a nadie--, cada uno tiene que

llevar su cruz.

K había dado un paso involuntario hacia la puerta, como si quisiera

acompañar al fabricante, pero éste dijo:

--Aún tengo algo que decirle al señor gerente. Temo importunarle

precisamente hoy con esto, pero ya he estado dos veces aquí y siempre

lo he olvidado. Si sigo aplazándolo, al final ya no tendrá ningún

sentido. Y sería una pena, porque es muy probable que mi información

sea valiosa.

Antes de que K hubiese tenido tiempo para responder, el fabricante se

le acercó, le golpeó ligeramente con el dedo en el pecho y dijo en voz

baja:

--Usted está procesado, ¿verdad?

K retrocedió y exclamó:

--¿Se lo ha dicho el subdirector?

--No, no--dijo el fabricante--, ¿de dónde podría saberlo el subdirector?

--¿Y usted?--dijo K recuperando algo el sosiego.

--Yo me entero aquí y allá de alguna cosa relativa a los

tribunales--dijo el fabricante--, precisamente de eso quería hablarle.

--¡Tanta gente está en contacto con los tribunales!--dijo K con la

cabeza inclinada y llevó al fabricante hasta la mesa. Se sentaron como

antes y el fabricante continuó:

--Por desgracia no es mucho lo que le puedo decir. Pero en estas cosas

no se debe despreciar nada por mínimo que sea. Por lo demás, siento

cierta inclinación a ayudarle, aunque mi ayuda sea tan modesta. Hasta

ahora hemos sido buenos compañeros de negocios, ¿verdad? K quiso

disculparse por su comportamiento en la entrevista de ese día, pero el

fabricante no toleró ninguna interrupción. Puso la cartera bajo el

brazo para mostrar que tenía prisa y dijo:

--He sabido algo de su proceso a través de un tal Titorelli. Es un

pintor; Titorelli es sólo su nombre artístico, desconozco su nombre

verdadero. Viene desde hace mucho tiempo a mi despacho y trae algunos

cuadros por los que le doy--es casi un mendigo--alguna limosna. Además,

son cuadros bonitos, paisajes y cosas parecidas. Estas compras--ya

nos habíamos acostumbrado ambos a ellas--se producían con cierta

regularidad y sin perder el tiempo. Pero durante un periodo sus visitas

se hicieron tan frecuentes que le hice alguna objeción, entonces

conversamos, me interesé por cómo podía subsistir sólo pintando y me

enteré, para mi sorpresa, de que sus principales ingresos procedían de

los retratos. Me dijo que trabajaba para los tribunales. Le pregunté

para qué tribunal en concreto y entonces me contó acerca de esa

justicia. Se puede figurar mi sorpresa al oír lo que me contaba. Desde

ese día cada vez que me visita me entero de alguna novedad concerniente

al tribunal y así me hago una idea del asunto. Titorelli es, sin

embargo, bastante hablador y a veces tengo que pararle los pies, y no

sólo porque miente, sino también porque un hombre de negocios como yo,

abrumado de trabajo, tampoco puede ocuparse en cosas ajenas. Pero esto

sea dicho sólo de paso. He pensado que Titorelli, tal vez, podría

serle de alguna ayuda, conoce a muchos jueces y aunque no tenga mucha

influencia, al menos podría darle algún consejo sobre cómo se puede

encontrar a gente influyente. Y aunque estos consejos, considerados en

sí mismos, no sean decisivos, creo que, en su posesión, pueden adquirir

alguna importancia. Usted es casi un abogado. Yo suelo decir siempre:

el gerente K es casi un abogado. Oh, no me preocupo en absoluto por

su proceso. ¿Quiere ir a ver a Titorelli? Con mi recomendación hará

todo lo que sea posible. Creo que debería visitarlo. No tiene que ser

hoy, en alguna ocasión. Por supuesto, tengo que añadir, no está usted

obligado por mi consejo a visitarle. No, si cree que puede prescindir

de Titorelli, es mejor dejarlo de lado. Tal vez ya tenga un plan y

Titorelli pueda estropearlo. No, entonces no vaya. También cuesta algo

de superación aceptar consejos de un tipo así. Como usted quiera. Aquí

tiene mi carta de recomendación y aquí la dirección.

K tomó decepcionado la carta y se la guardó en el bolsillo. En el caso

más favorable, la ventaja que podría obtener de la recomendación sería

mucho menor que los daños ocasionados por el hecho de que el fabricante

se hubiera enterado del proceso y de que el pintor siguiera extendiendo

la noticia. Apenas se sentía capaz de agradecerle el consejo al

fabricante, que ya se dirigía a la puerta.

--Iré--dijo él, al despedirse del fabricante en la puerta--, o, como

estoy muy ocupado, le escribiré para que venga a mi despacho.

--Ya sabía--dijo el fabricante--que encontraría la mejor solución.

No obstante, pensé que evitaría invitar al banco a tipos como este

Titorelli para hablar del proceso. Tampoco resulta muy ventajoso poner

cartas en manos de esa gente. Pero estoy seguro de que usted lo ha

pensado muy bien y sabe lo que tiene que hacer.

K asintió y acompañó al fabricante hasta el antedespacho. Pero a

pesar de su tranquilidad aparente, estaba horrorizado. Que escribiría

a Titorelli sólo lo había dicho para mostrar de alguna manera al

fabricante que apreciaba su recomendación y que reflexionaría sobre

las posibilidades de entrevistarse con él, pero si realmente hubiese

considerado valiosa su ayuda no hubiera dudado en escribirle. No

obstante, había reconocido los peligros que encerraba hacerlo gracias a

la mención del fabricante. ¿Podía confiar tan poco en su inteligencia?

Si era posible que invitara con una carta explícita a un hombre de

dudosa reputación para visitarle en el banco, y allí, sólo separados

por una puerta del despacho del subdirector, pedirle consejos acerca

de su proceso, ¿no sería posible, incluso muy probable, que hubiera

ignorado otros peligros o se estuviera metiendo de cabeza en ellos? No

siempre iba a estar alguien a su lado para advertirle. Y precisamente

ahora, cuando tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas, tenían

que asaltarle esas dudas sobre su capacidad para prestar atención.

¿Comenzarían a producirse en el proceso las mismas dificultades que ya

tenía en la realización de su trabajo? No podía comprender cómo había

sido capaz de pensar en escribir a Titorelli e invitarle a venir al

banco para hablar del proceso.

Aún sacudía la cabeza ante semejante disparate, cuando el empleado

se acercó hasta él y le indicó a tres señores que esperaban sentados

en el antedespacho. Ya esperaban desde hacía mucho tiempo. Ahora,

aprovechando la ocasión, se levantaron para intentar hablar con K. Como

recibían un tratamiento tan desconsiderado por parte del banco, tampoco

ellos quisieron tener ninguna consideración.

--Señor gerente--dijo uno de los que esperaban. Pero K le había pedido

al empleado que le trajera el abrigo. Mientras le ayudaba a ponérselo,

dijo a las tres personas presentes:

--Discúlpenme, señores, por desgracia no tengo tiempo de recibirles.

Les pido perdón, pero tengo que terminar un negocio urgente y debo

salir de inmediato. Ya han visto todo el tiempo que me han tenido

ocupado. ¿Serían tan amables de venir mañana o cuando puedan? ¿O quizá

prefieren que tratemos el asunto por teléfono? Tal vez prefieran

informarme ahora brevemente y yo les daré una respuesta detallada por

escrito. Lo mejor sería, sin embargo, que vinieran otro día.

Estas proposiciones de K dejaron a aquellos hombres, que habían

esperado inútilmente tanto tiempo, tan asombrados que se miraron

mutuamente sin decir palabra.

--Entonces, ¿estamos de acuerdo?--preguntó K, y se volvió hacia el

empleado, que traía su sombrero. A través de la puerta abierta del

despacho de K se podía ver que nevaba con fuerza. K se subió el cuello

del abrigo y se abrochó el último botón.

En ese instante, el subdirector salió de su despacho, miró sonriendo

cómo K, con el abrigo puesto, trataba con los señores, y preguntó:

--¿Se va ya, señor gerente?

--Sí--dijo K enderezándose--. Tengo que terminar un negocio.

Pero el subdirector ya se había vuelto hacia los señores.

--¿Y los señores?--preguntó--. Ya esperan desde hace tiempo.

--Ya nos hemos puesto de acuerdo--dijo K. Pero los señores ya no se

callaron, rodearon a K y explicaron que no habrían esperado tantas

horas si sus asuntos no fueran importantes y no fuera necesario

tratarlos confidencial y detalladamente. El subdirector les prestó

atención, contempló a K, que sostenía el sombrero en la mano y le

quitaba el polvo, y dijo:

--Señores, hay una solución muy fácil. Si no tienen nada en contra,

asumiré encantado las gestiones del señor gerente. Sus asuntos,

naturalmente, deben ser tratados en seguida. Somos hombres de negocios

y sabemos valorar en su justa medida el tiempo de los hombres de

negocios. ¿Quieren entrar a este despacho?--y abrió la puerta que

conducía a su antedespacho.

¡Cómo se las arreglaba el subdirector para apropiarse de todo a lo que

K se veía obligado a renunciar! ¿Acaso no renunciaba K a más de lo que

era necesario? Mientras se apresuraba a visitar con pocas e inciertas

esperanzas a un pintor desconocido, su prestigio allí sufría un daño

irreparable. Habría sido mucho mejor quitarse el abrigo y ganarse a

los dos señores que aún esperaban. K lo habría intentado si en ese

instante no hubiese visto al subdirector en su despacho, buscando en

los anaqueles de libros, como si todo fuera suyo. Cuando K, irritado

por la intrusión, se aproximó a la puerta, el subdirector exclamó:

--Ah, aún no se ha ido--y volvió el rostro, cuyas arrugas no parecían

ser huellas de la edad sino un signo de fuerza, y comenzó de nuevo a

buscar.

--Busco la copia de un contrato--dijo--, que, según el representante

de la empresa, tendría que estar en su despacho. ¿No quiere ayudarme a

buscar?

K dio un paso, pero el subdirector dijo:

--Gracias, ya lo he encontrado--y regresó a su despacho con un paquete

de escritos, que no sólo contenía la copia del contrato, sino mucho más.

--«Ahora no le puedo hacer sombra--se dijo K--, pero cuando logre

arreglar mis dificultades personales, él será el primero en enterarse y

además con amargura».

Tranquilizado con estos pensamientos, encargó al empleado, que mantenía

abierta para él la puerta del pasillo, que le dijera al director, si se

presentaba la ocasión, que había salido a realizar una gestión. Luego

abandonó el banco casi feliz de poder dedicarse con exclusividad a su

asunto.

Fue directamente a ver al pintor, que vivía en los arrabales,

precisamente en la dirección opuesta a donde se encontraba el juzgado

en el que había estado. Era un barrio aún más pobre, las casas eran

más oscuras, las calles estaban llenas de suciedad, que se acumulaba

alrededor de la nieve. En la casa en que vivía el pintor sólo estaba

abierta una hoja de la puerta, en la otra habían abierto un agujero, a

través del cual, cuando K se aproximó, fluía una repugnante sustancia

amarilla y humeante, de la que huyó una rata metiéndose en un canal

cercano. A los pies de la escalera había un niño boca abajo que

lloraba, pero sus sollozos apenas se oían por el ruido ensordecedor

reinante, procedente de un taller de hojalatería, situado en la parte

opuesta. La puerta del taller estaba abierta, tres empleados rodeaban

una pieza y la golpeaban con martillos. Una gran plancha de hojalata

colgaba de la pared y arrojaba una luz pálida que penetraba entre dos

de los empleados e iluminaba los rostros y los mandiles. K sólo dedicó

una mirada fugaz a ese cuadro, quería salir de allí lo más pronto

posible, hacer un par de preguntas al pintor y regresar al banco en

seguida. Si alcanzaba el más pequeño éxito, ejercería un buen efecto en

su trabajo en el banco. Al llegar al tercer piso tuvo que ir más lento,

le faltaba la respiración; los peldaños, así como las escaleras, eran

excesivamente altos y el pintor debía de vivir en el ático. El aire

también era muy opresivo, no había hueco en la escalera, sino que ésta,

muy estrecha, estaba cerrada a ambos lados por muros, en los que sólo

de vez en cuando había una pequeña ventana. Precisamente en el momento

en el que K se detuvo para descansar, salieron varias niñas de una

vivienda y, riéndose, adelantaron a K. Las siguió lentamente, alcanzó a

una de las niñas que había tropezado y se había quedado rezagada y le

preguntó, mientras las demás seguían subiendo:

--¿Vive aquí un pintor llamado Titorelli?

La niña, de apenas trece años y algo jorobada, le golpeó con el codo

y le miró de soslayo. Ni su juventud ni su defecto corporal habían

impedido que se corrompiese. Ni siquiera le sonreía, sino que lanzaba a

K miradas provocativas. K hizo como si no hubiera notado su actitud y

preguntó:

--¿Conoces al pintor Titorelli?

Ella asintió y preguntó a su vez:

--¿Qué quiere usted de él?

A K le pareció ventajoso obtener algo de información sobre Titorelli.

--Quiero que me haga un retrato--dijo él.

--¿Un retrato?--preguntó ella, abrió desmesuradamente la boca, golpeó

ligeramente a K con la mano, como si hubiera dicho algo sorprendente

o desacertado, se levantó sin más su faldita y corrió todo lo rápido

que pudo detrás de las otras niñas, cuyo griterío se fue perdiendo

conforme subían. K volvió a encontrarse con las niñas en el siguiente

rellano. Aparentemente habían sido informadas por la jorobada y le

esperaban. Estaban colocadas a ambos lados de la escalera y se

apretaron contra la pared para que K pudiera pasar cómodamente entre

ellas. Se limpiaban las manos en sus delantales. Sus rostros, así como

su formación en fila, indicaban una mezcla de infantilismo y perdición.

Arriba, al final de la hilera de niñas, que se juntaron por detrás

de K y rieron, estaba la jorobada, que había tomado el liderato. K

tenía que agradecerle haber encontrado con rapidez el camino correcto.

Quería seguir subiendo, pero ella le mostró un desvío que conducía a

la vivienda de Titorelli. La escalera que tuvo que tomar era aún más

estrecha, muy larga, sin giros y finalizaba directamente ante la puerta

cerrada de Titorelli. Esa puerta, provista de una pequeña claraboya y,

por esta causa, mejor iluminada que la escalera, estaba hecha de tablas

ensambladas sin blanquear, en las que estaba pintado con un pincel

grueso con pintura roja el nombre de Titorelli. Cuando K, acompañado

de su séquito, llegó a la mitad de la escalera, la puerta se abrió,

probablemente debido al ruido de los numerosos pasos, y apareció un

hombre en pijama.

--¡Oh!--gritó, al ver cómo se acercaba tal cantidad de gente y

desapareció. La jorobada aplaudió de alegría y el resto de las niñas

empujaron a K para que subiese con mayor rapidez.

Aún no habían llegado, cuando el pintor abrió la puerta del todo,

invitó a entrar a K con una profunda inclinación. A las niñas, sin

embargo, las rechazó. No las quiso dejar pasar por más que se lo

suplicaron. Sólo la jorobada logró deslizarse hasta el interior pasando

por debajo de su brazo, pero el pintor la persiguió, la cogió por la

falda, la sacudió a un lado y a otro y la puso en la puerta con las

otras niñas, que, mientras el pintor había estado ausente, no se habían

atrevido a cruzar el umbral. K no sabía qué pensar, parecía como si

todo fuese una broma. Las niñas estiraron los cuellos y dirigieron al

pintor algunas burlas, que K no entendió y de las que también se rió el

pintor. Mientras, la jorobada estuvo a punto de escaparse de sus manos.

Luego el pintor cerró la puerta, se inclinó una vez más ante K, le

estrechó la mano y dijo:

--Pintor Titorelli.

K señaló la puerta, detrás de la cual se oía a las niñas susurrar, y

dijo:

--Parece que le quieren mucho en la casa.

--¡Ah, esas pordioseras!--dijo el pintor, que intentó en vano

abrocharse el último botón de la camisa del pijama. Estaba descalzo y

llevaba puestos unos pantalones de lino amplios y amarillentos, que

estaban ajustados a la cintura con un cordel, cuyos largos cabos se

balanceaban de un lado a otro.

--Esas pordioseras son una verdadera carga--continuó, dejó de intentar

abrocharse el botón, pues había terminado por arrancarlo, acercó una

silla para K y casi le obligó a sentarse.

--Hace tiempo pinté a una de ellas, aunque no estaba entre las que

usted ha visto, y desde esa vez me persiguen todas. Cuando estoy solo

entran si se lo permito, pero cuando me voy siempre entra alguna. Se

han hecho una llave de la cerradura y se la prestan unas a otras.

No se puede imaginar lo pesadas que son. Una vez vine con una dama

para pintarla, abrí la puerta con mi llave y encontré a la jorobada

pintándose los labios de rojo con el pincel, mientras sus hermanas

pequeñas, a las que tenía que vigilar, andaban por toda la habitación

ensuciándolo y revolviéndolo todo. O regreso, como me ocurrió ayer,

tarde por la noche--le suplico que, en consideración a ello, perdone

mi estado y el desorden de la habitación--, quiero irme a la cama y

de repente noto un pellizco en la pierna, miro debajo de la cama y

saco a una de esas pordioseras. No entiendo por qué la han tomado

conmigo, pues intento rechazarlas, ya lo ha visto usted. Naturalmente

que estorban mi trabajo. Si no hubieran puesto gratuitamente a mi

disposición este estudio ya me habría mudado hace tiempo.

Precisamente en ese momento se oyó a través de la puerta una vocecita

suave y temerosa:

--Titorelli, ¿podemos pasar ya? El pintor no respondió.

--¿Yo tampoco?--preguntó otra de las niñas.

--Tampoco--dijo el pintor, se acercó a la puerta y la cerró con llave.

K, mientras tanto, se había dedicado a examinar la habitación, jamás

podría haberse imaginado que aquel cuartucho pudiera recibir el nombre

de estudio. Apenas se podían dar dos pasos a lo largo y a lo ancho.

Todo, suelo, paredes y techo, era de madera, entre las tablas había

resquicios. Frente a K estaba situada la cama, cubierta con mantas de

distinto color. En medio de la habitación, sobre un caballete, había un

cuadro cubierto con una camisa, cuyas mangas llegaban hasta el suelo.

Detrás de K estaba la ventana, pero la niebla no permitía ver más que

la nieve acumulada en el tejado de la casa de enfrente.

El ruido de la llave al girar recordó a K que quería irse lo más pronto

posible. Así que sacó del bolsillo la carta del fabricante, se la dio

al pintor y dijo:

--Me la ha dado un conocido suyo y, siguiendo su consejo, he venido a

visitarle.

El pintor leyó la carta fugazmente y la arrojó sobre la cama. Si el

fabricante no hubiera hablado del pintor como de un conocido suyo, como

un pobre hombre dependiente de sus limosnas, se hubiera podido creer

que Titorelli no conocía al fabricante o no se acordaba de él. Por

añadidura, el pintor preguntó:

--¿Desea comprar algún cuadro o quiere que le haga un retrato?

K miró con asombro al pintor. ¿Qué es lo que había escrito el

fabricante en la carta? K había considerado evidente que el fabricante

informaría al pintor en la carta de que K sólo tenía interés en

preguntar acerca de su proceso. ¿Se había precipitado al venir de

un modo tan rápido e irreflexivo? Pero ahora tenía que responder al

pintor. Mientras miraba hacia el caballete, dijo:

--¿Está trabajando en un cuadro?

--Sí--dijo el pintor, y arrojó la camisa, que colgaba sobre el

caballete, en la cama, sobre la carta--. Es un retrato. Un buen

trabajo, pero aún no está terminado.

La ocasión era propicia para que K hablase sobre el tribunal, pues,

según todas las apariencias, se trataba del retrato de un juez.

Además, era muy similar al que había en el despacho del abogado. No

obstante, era otro juez, un hombre gordo con barba poblada y negra que

le cubría por completo las mejillas, pero el del despacho del abogado

era un retrato al óleo, mientras que éste era al pastel, por lo que

la figura aparecía imprecisa y difuminada. Todo lo demás era similar,

pues también aquí el juez quería que lo pintaran en el momento de

incorporarse con actitud amenazadora, aferrando con fuerza los brazos

del sitial.

«Es un juez», hubiera querido decir K de inmediato, pero se contuvo y

se aproximó al cuadro como si quisiera estudiar algunos detalles. No

pudo aclararse la presencia de una gran figura detrás del sitial, así

que le preguntó al pintor sobre su significado.

--Tengo que trabajar más en ella--respondió el pintor, cogió un lápiz

para pintar al pastel y realzó un poco el contorno de la figura, pero

sin que apareciese más precisa para K.

--Es la justicia--dijo finalmente el pintor.

--Ahora la reconozco--dijo K--. Ahí está la venda y aquí la balanza.

Pero posee alas en los talones y está en movimiento.

--Sí--dijo el pintor--, pero la tengo que pintar así por encargo, en

realidad representa al mismo tiempo a la justicia y a la diosa de la

victoria.

--No es una buena combinación--dijo K sonriendo--. La justicia debería

estar quieta, si no oscilaría la balanza y entonces no sería posible

una sentencia justa.

--Me tengo que adaptar a los gustos de mi cliente--dijo el pintor.

--Sí, claro--dijo K, que no había querido molestar al pintor con su

indicación--. Ha pintado la figura tal y como aparece detrás del sitial.

--No--dijo el pintor--, no he visto ni la figura ni el sitial, todo es

pura invención, pero me indicaron qué es lo que tenía que pintar.

--¿Cómo?--preguntó K, y fingió que no comprendía del todo lo que decía

el pintor--. Pero se trata de un juez sentado en un sitial de juez.

--Sí--dijo el pintor--, pero no es ningún juez supremo y jamás se ha

sentado en un sitial así.

--¿Y, no obstante, se hace pintar en una actitud tan solemne? Parece el

presidente de un tribunal supremo.

--Sí, los señores son vanidosos--dijo el pintor--. Pero tienen permiso

de sus superiores para pintarse así. A cada uno de ellos se le

prescribe con exactitud cómo se le tiene que retratar. Por desgracia,

en el cuadro no se pueden apreciar los detalles del traje y del sitial,

la pintura al pastel no es adecuada para este tipo de retratos.

--Sí--dijo K--, es extraño que lo haya tenido que pintar al pastel.

--Así lo ha querido el juez--dijo el pintor--, es para una dama.

La contemplación del cuadro parecía haber infundido ganas de trabajar

en el pintor. Se subió las mangas de la camisa, cogió unos lápices.

K observó cómo bajo la punta temblorosa del lápiz iba surgiendo

alrededor de la cabeza del juez una sombra rojiza que, adoptando una

forma estrellada, llegaba hasta los bordes del cuadro. Paulatinamente,

juego de sombras que rodeaba la cabeza se convirtió en una suerte de

adorno honorífico. La figura que representaba a la justicia quedó

de una tonalidad clara, y esa claridad la hacía resaltar, pero

apenas recordaba a la diosa de la justicia, aunque tampoco a la de

la victoria, más bien se parecía a la diosa de la caza. K se sintió

atraído por el trabajo del pintor más de lo que hubiese querido. Al

final, sin embargo, se hizo reproches por haber permanecido allí tanto

tiempo y no haber emprendido nada en lo referente a su asunto.

--¿Cómo se llama ese juez?--preguntó de repente.

--No se lo puedo decir--respondió el pintor. Se había inclinado hacia

el cuadro y descuidaba claramente a su huésped, al que, sin embargo,

había recibido con tanta consideración. K lo atribuyó a un cambio de

humor y se enojó porque debido a esa causa estaba perdiendo el tiempo.

--¿Es usted un hombre de confianza del tribunal?--preguntó.

El pintor dejó el lápiz a un lado, se irguió, se frotó las manos y miró

a K sonriente.

--Bueno, vayamos al grano--dijo él--. Usted quiere saber algo del

tribunal, como consta en su carta de recomendación, y ha comenzado

a hablar sobre mis cuadros para halagarme. Pero no lo tomo a mal,

usted no puede saber que para mí eso es una impertinencia. ¡Oh, por

favor!--dijo en actitud defensiva, cuando K quiso objetar algo, y

continuó:

--Por lo demás, usted tiene razón con su indicación, soy un hombre de

confianza del tribunal.

Hizo una pausa, como si quisiera dejarle tiempo a K para adaptarse a

las circunstancias. Se oyó otra vez a las niñas detrás de la puerta.

Era probable que se estuvieran peleando por mirar a través del ojo de

la cerradura, aunque también era probable que pudieran ver a través de

los resquicios. K decidió no disculparse, pues no quería que el pintor

cambiase de tema, pero tampoco quería que el pintor se ufanase y se

creyera inalcanzable, así que preguntó:

--¿Es un puesto reconocido oficialmente?

--No--dijo el pintor brevemente, como si con esa pregunta le impidiese

continuar hablando. Pero K no quería que se callase y dijo:

--Bueno, con frecuencia ese tipo de puestos no reconocidos son más

influyentes que los otros.

--Ése es mi caso--dijo el pintor, y asintió con la frente arrugada--.

Ayer hablé con el fabricante sobre su problema, me preguntó si no

quería ayudarle, yo respondí: «Puede venir a mi casa si quiere», y

ahora estoy encantado de poder recibirle tan pronto. Parece que el

asunto le afecta bastante y no me extraña. ¿No desea quitarse antes el

abrigo?

Aunque K tenía previsto quedarse muy poco tiempo, aceptó de buen grado

la proposición del pintor. El aire de la habitación le resultaba

opresivo, con frecuencia había dirigido su mirada asombrada hacia una

estufa de hierro, situada en una esquina, y que con toda seguridad

estaba apagada. El bochorno en la habitación era inexplicable. Mientras

se quitaba el abrigo y se desabrochaba la chaqueta, el pintor le dijo

con un tono de disculpa:

--Tengo que tener la habitación templada. Se está muy confortable,

¿verdad? La habitación está muy bien situada.

K no dijo nada, no era el calor lo que le molestaba, sino el aire,

tan enrarecido que dificultaba la respiración; era ostensible que

hacía mucho tiempo que no ventilaban la habitación. Esta sensación

desagradable se intensificó, ya que el pintor le invitó a sentarse en

la cama, mientras él se sentaba en la única silla de la habitación,

frente al caballete. Además, el pintor interpretó mal por qué K quería

permanecer al borde de la cama, ya que le pidió que se pusiera cómodo

y, como K dudase, se acercó él mismo y le puso en medio de la cama

con los almohadones. A continuación, regresó a su silla y le hizo la

primera pregunta, cuyo efecto fue que K olvidase todo lo demás:

--¿Es usted inocente?--preguntó.

--Sí--dijo K--. La respuesta a esta pregunta le causó alegría,

especialmente porque la respondió ante un particular, es decir sin

asumir responsabilidad alguna. Nadie hasta ese momento le había

preguntado de un modo tan directo. Para disfrutar de esa alegría,

añadió:

--Soy completamente inocente.

--Bien--dijo el pintor, bajó la cabeza y pareció reflexionar. De

repente subió la cabeza y dijo:

--Si usted es inocente, entonces el caso es muy fácil.

La mirada de K se nubló, ese supuesto hombre de confianza del tribunal

hablaba como un niño ignorante.

--Mi inocencia no simplifica el caso--dijo K, que, a pesar de todo,

tuvo que reír, sacudiendo lentamente la cabeza--. Todo depende de

muchos detalles, en los que el tribunal se pierde. Al final, sin

embargo, descubre un comportamiento culpable donde originariamente no

había nada.

--Sí, cierto, cierto--dijo el pintor, como si K estorbase

innecesariamente el curso de sus pensamientos--. Pero usted es inocente.

--Bueno, sí--dijo K

--Eso es lo principal--dijo el pintor.

No había manera de influir en él con argumentos en contra; a pesar

de su resolución, K no sabía si hablaba así por convicción o por

indiferencia. K quiso comprobarlo, así que dijo:

--Usted conoce este mundo judicial mucho mejor que yo, yo no sé más que

lo que he oído aquí y allá, aunque lo oído procedía de personas muy

distintas. Todos coinciden en que no se acusa a nadie a la ligera y que

el tribunal, cuando acusa a alguien, está convencido de la culpa del

acusado y que es muy difícil hacer que abandone ese convencimiento.

--¿Difícil?--preguntó el pintor, y elevó una mano--. Nunca se le puede

disuadir. Si pintase a todos los jueces aquí en la pared, uno al lado

del otro, y usted se defendiese ante ellos, tendría más éxito que ante

un tribunal real.

--Sí--dijo K para sí mismo y olvidó que sólo había querido sondear un

poco al pintor.

Una de las niñas volvió a preguntar a través de la puerta:

--Titorelli, ¿se irá pronto?

--¡Callaos!--gritó el pintor hacia la puerta--, ¿acaso no veis que

estoy hablando con este señor?

Pero la muchacha no quedó satisfecha con esa respuesta, así que

preguntó:

--¿Le vas a pintar?

Y cuando no recibió respuesta del pintor, añadió:

--Por favor, no pintes a un hombre tan feo.

A estas palabras siguió una confusión de exclamaciones incomprensibles

aunque aprobatorias. El pintor dio un salto hacia la puerta, la abrió

un resquicio--se podían ver las manos extendidas de las niñas en

actitud de súplica--, y dijo:

--Si no os calláis, os arrojo a todas por la escalera. Sentaos aquí, en

el escalón, y comportaos bien.

No debieron de seguir sus instrucciones, así que tuvo que impartirles

órdenes.

--¡Aquí, en el escalón!

Sólo entonces se callaron.

--Disculpe--dijo el pintor cuando regresó.

K apenas se había vuelto hacia la puerta, había dejado a su discreción

si quería protegerle y cómo. Tampoco se movió cuando el pintor se

acercó hasta él y se inclinó para decirle algo al oído:

--También las niñas pertenecen al tribunal.

--¿Cómo?--preguntó K, que inclinó el rostro y miró al pintor. Éste, sin

embargo, se sentó de nuevo y añadió medio en serio medio en broma:

--Todo pertenece al tribunal.

--No lo había notado--dijo K brevemente.

La indicación general del pintor al señalar a las niñas, quitaba a la

información toda su carga inquietante. No obstante, K contempló un

rato la puerta, detrás de la cual permanecían las niñas, ya calladas y

sentadas en el escalón. Una de ellas había introducido una pajita por

una de las ranuras entre las tablas y la metía y sacaba lentamente.

--Por lo que parece aún no se ha hecho una idea del tribunal--dijo el

pintor, que había estirado las piernas y golpeaba el suelo con las

puntas de los pies--. No necesitará ser inocente. Yo mismo le sacaré

del problema.

--¿Y cómo pretende conseguirlo?--preguntó K--. Hace poco usted me ha

dicho que el tribunal es inaccesible a cualquier tipo de argumentación.

--Inaccesible a cualquier argumentación que se plantee ante él--dijo el

pintor, y elevó el dedo índice como si K no hubiese percibido la sutil

diferencia--. Pero esa regla pierde su validez cuando se argumenta

a espaldas del tribunal oficial, es decir en los despachos de los

asesores, en los pasillos o, por ejemplo, aquí, en mi estudio.

Lo que el pintor acababa de decir no le pareció a K tan descabellado,

todo lo contrario, coincidía con lo que le habían contado otras

personas. Incluso parecía otorgar muchas esperanzas. Si los jueces se

dejaban influir tan fácilmente por sus relaciones personales, como el

abogado había manifestado, entonces las relaciones del pintor con los

vanidosos jueces eran muy importantes y de ninguna manera se podían

menospreciar. En ese caso el pintor se adaptaba perfectamente al

círculo de ayudantes que K paulatinamente iba reuniendo a su alrededor.

Una vez habían elogiado en el banco su talento organizador, aquí, en

una situación en la que dependía exclusivamente de sí mismo, había una

buena oportunidad para ponerlo a prueba. El pintor observó el efecto

que su aclaración había ejercido en K y dijo, no sin cierto temor:

--¿No le llama la atención que hablo casi como un jurista? Es por el

trato ininterrumpido con los señores del tribunal, que tanto me ha

influido. Por supuesto, saco muchos beneficios de ello, pero el impulso

artístico se pierde en parte.

--¿Cómo entró en contacto con los jueces?--preguntó K. Quería ganarse

primero la confianza del pintor, antes de tomarlo a su servicio.

--Muy fácil--dijo el pintor--, he heredado mi posición. Ya mi padre

fue pintor judicial. Es un puesto hereditario. No se necesitan nuevas

personas que ejerzan el oficio. Para pintar a los distintos grados de

funcionarios se han promulgado tantas reglas secretas y, además, tan

complejas, que no se pueden dominar fuera de determinadas familias.

Por ejemplo, ahí, en el cajón, tengo los apuntes de mi padre, que no

enseño a nadie. Sólo el que los conoce está capacitado para pintar a

los jueces. Aun en el caso de que los perdiera, guardo en la memoria

tal cúmulo de reglas que nadie podría aspirar a ocupar mi puesto.

Los jueces quieren que se les pinte como se pintó a los jueces en el

pasado, y eso sólo lo puedo hacer yo.

--Eso es digno de envidia--dijo K, que pensó en su puesto en el

banco--. Su posición, por consiguiente, es inalterable.

--Sí, inalterable--dijo el pintor, y alzó los hombros con orgullo--.

Por eso mismo me puedo atrever de vez en cuando a ayudar a algún pobre

hombre que tiene un proceso.

--Y, ¿cómo lo hace?--preguntó K, como si no fuera él a quien el

pintor había llamado pobre hombre. El pintor, sin embargo, no se dejó

interrumpir, sino que dijo:

--En su caso, por ejemplo, ya que usted es completamente inocente,

emprenderé lo siguiente.

A K le comenzaba a resultar molesta la repetida mención de su

inocencia. Le parecía que el pintor, con esas indicaciones, hacía

depender su ayuda de un resultado positivo del proceso, en cuyo caso la

ayuda carecería de cualquier valor. A pesar de esta duda, K se dominó

y no interrumpió al pintor. No quería renunciar a su ayuda, estaba

decidido, además le parecía que esa ayuda no era más cuestionable

que la del abogado. K incluso la prefirió, pues era más inofensiva y

sincera que esta última.

El pintor había acercado la silla a la cama y continuó con voz apagada:

--He olvidado preguntarle al principio qué tipo de absolución prefiere.

Hay tres posibilidades, la absolución real, la absolución aparente

y la prórroga indefinida. La absolución real es, naturalmente, la

mejor, pero no tengo ninguna influencia para lograr esa solución. Aquí

decide, con toda probabilidad, la inocencia del acusado. Como usted es

inocente, podría confiar en alcanzarla, pero entonces no necesitaría ni

mi ayuda ni la de cualquier otro.

Esta gama de posibilidades desconcertó al principio a K, luego dijo

también en voz baja, como había hablado el pintor:

--Creo que se contradice.

--¿Por qué?--preguntó el pintor con actitud paciente, y se reclinó

sonriente.

Esa sonrisa despertó en K la impresión de que no se proponía cubrir

contradicciones en las palabras del pintor, sino en el mismo

procedimiento judicial. No obstante, continuó:

--Hace poco comentó que el tribunal es inaccesible para todo tipo de

argumentación, después ha limitado la validez de ese principio al

tribunal oficial y ahora dice, incluso, que el inocente no necesita

ayuda alguna ante el tribunal. Ahí se produce una contradicción.

Además, antes ha dicho que se puede influir personalmente en los

jueces, pero ahora pone en duda que se pueda llegar a la absolución

real, como usted la llama, mediante una influencia personal. Ahí se

incurre en una segunda contradicción.

--Esas contradicciones son fáciles de aclarar--dijo el pintor--. Aquí

está hablando de dos cosas distintas, de lo que la ley establece y

de lo que yo he experimentado personalmente; no debe confundir ambas

cosas. En la ley, aunque yo no lo he leído, se establece por una

parte que el inocente tiene que ser absuelto, pero por otra parte no

se establece que los jueces puedan ser influidos. No obstante, yo he

experimentado lo contrario. No he sabido de ninguna absolución real,

pero he conocido muchas influencias. Es posible que en los casos que

he conocido no se diera la inocencia del acusado. Pero, ¿no es acaso

improbable que en tantos casos no haya ni uno solo en el que el

acusado haya sido inocente? Ya cuando era niño escuchaba a mi padre

cuando contaba algo de los procesos, también los jueces hablaban sobre

procesos cuando le visitaban en su estudio, en nuestro círculo no se

hablaba de otra cosa, siempre que tuve la oportunidad de ir a los

juicios, siempre la aproveché, he presenciado innumerables procesos

y he seguido sus distintas fases, tanto como era posible y, lo debo

reconocer, no he conocido ninguna absolución real.

--Así pues, ninguna absolución--dijo K como si hablase consigo mismo y

con sus esperanzas--. Eso confirma la opinión que tengo del tribunal.

Tampoco por esa parte tiene sentido. Un único verdugo podría sustituir

a todo el tribunal.

--No debe generalizar--dijo el pintor insatisfecho--, sólo he hablado

de mis experiencias.

--Eso basta--dijo K--, ¿o acaso ha oído de absoluciones en otros

tiempos?

--Ha debido de haber ese tipo de absoluciones--respondió el pintor--.

Pero es difícil constatarlo. Las sentencias definitivas del tribunal

no se hacen públicas, ni siquiera son accesibles para los jueces, por

eso sólo se han conservado leyendas sobre casos judiciales antiguos.

Estas leyendas, en su mayoría, contienen absoluciones reales, se puede

creer en ellas, pero no se pueden demostrar. No obstante, no se deben

descuidar, contienen una cierta verdad, y son muy bellas, yo mismo he

pintado varios cuadros que tienen como tema esas leyendas.

--Simples leyendas no pueden hacerme cambiar de opinión--dijo K--,

¿acaso se pueden invocar esas leyendas en juicio?

El pintor rió.

--No, no se puede--dijo.

--Entonces es inútil hablar de ellas--dijo K. Quería aceptar

provisionalmente todas las opiniones del pintor, aun en el caso de

considerarlas improbables o que contradijeran otros informes. Ahora no

disponía del tiempo preciso para analizar todo lo que el pintor había

dicho y constatarlo o refutarlo de acuerdo con la verdad. Se daría por

satisfecho si lograse que el pintor le ayudase incluso de una manera no

decisiva. Así que dijo:

--Dejemos entonces la absolución real. Usted mencionó otras dos

posibilidades.

--La absolución aparente y la prórroga indefinida. Sólo hay estas dos

posibilidades--dijo el pintor--. Pero, ¿no quiere quitarse la chaqueta

antes de que continuemos? Parece que tiene calor.

--Sí--dijo K, que hasta ese momento sólo había prestado atención a las

explicaciones del pintor, pero que ahora, al recordársele el calor,

sintió cómo el sudor bañaba su frente--. El calor es casi insoportable.

El pintor asintió como si entendiese perfectamente el malestar de K.

--¿No se puede abrir la ventana?--preguntó K.

--No--dijo el pintor--. No es más que un vidrio fijo, no se puede abrir.

Ahora se daba cuenta K de que todo el tiempo había alimentado la

esperanza de que el pintor, o él mismo, se levantaría y abriría la

ventana. Estaba incluso preparado para respirar la niebla a todo

pulmón. La sensación de estar allí encerrado le produjo un mareo.

Golpeó ligeramente la cama con la mano y dijo con voz débil:

--Es un ambiente opresivo e insano.

--¡Oh, no!--dijo el pintor en defensa de su ventana--. Precisamente

porque no se puede abrir mantiene mejor el calor que una ventana

doble. Si quiero airear, lo que no es muy necesario, pues penetra aire

suficiente por los resquicios de las tablas, puedo abrir una de las

puertas o ambas.

K, consolado un poco por esa explicación, miró en torno para descubrir

esa segunda puerta. El pintor lo notó y dijo:

--Está detrás de usted. La tuve que tapar con la cama.

Ahora vio K la pequeña puerta en la pared.

--Esto es muy pequeño para ser un estudio--dijo el pintor, como si

quisiera salir al paso de una crítica de K--. Tuve que instalarme como

pude. La cama, justo delante de la puerta, está, naturalmente, en un

mal lugar. El juez al que estoy retratando, por ejemplo, entra siempre

por la puerta de la cama y le he dado una llave para que cuando no esté

yo en casa pueda esperarme. Pero suele venir por la mañana temprano,

cuando aún duermo. Naturalmente me despierta siempre del sueño más

profundo cuando abre la puerta. Le perdería el respeto a todos los

jueces si oyera las maldiciones con las que le recibo cuando se sube

a mi cama tan temprano. Le podría quitar la llave, pero con eso sólo

conseguiría enojarle. Todas las puertas de esta casa se podrían sacar

de sus quicios sin hacer muchos esfuerzos.

Mientras hablaba el pintor, K pensaba si se debía quitar la chaqueta,

finalmente reconoció que si no lo hacía sería incapaz de permanecer

allí por más tiempo, así que se la quitó y la puso sobre sus rodillas

para podérsela poner en cuanto terminara la conversación. Apenas se

había quitado la chaqueta, una de las niñas gritó:

--¡Ya se ha quitado la chaqueta!--y se oyó cómo todas se apresuraban a

mirar por las rendijas para contemplar el espectáculo.

--Las niñas--dijo el pintor--creen que le voy a pintar y que por eso se

desnuda.

--¡Ah, ya!--dijo K poco animado, pues no se sentía mucho mejor que

antes aunque estuviera sentado en mangas de camisa. Casi de mal humor

preguntó:

--¿Cómo denominó las otras dos posibilidades?

Ya había olvidado las expresiones que el pintor había empleado.

--La absolución aparente y la prórroga indefinida--dijo el pintor--.

Usted elige. Ambas se pueden lograr con mi ayuda, naturalmente no sin

esfuerzo, la diferencia en este sentido radica en que la absolución

aparente requiere un esfuerzo intermitente y concentrado, mientras

que la prórroga, uno más débil, pero continuado. Bien, comencemos por

la absolución aparente. Si eligiese ésta, escribiré en un papel una

confirmación de su inocencia. El texto para una confirmación así lo he

heredado de mi padre y resulta irrefutable. Con esa confirmación hago

una ronda con los jueces que conozco. Por ejemplo, comienzo hoy por la

noche con el juez al que estoy pintando, cuando venga a la sesión. Le

presento la confirmación, le aclaro que usted es inocente y me hago

garante de su inocencia. Pero no se trata de una garantía superficial o

ficticia, sino real y vinculante.

En la mirada del pintor había un aire de reproche por el hecho de que K

le cargase con esa responsabilidad.

--Sería muy amable de su parte--dijo K--. ¿Y el juez, en el caso de que

le creyera, tampoco me absolvería realmente?

--Como ya le dije--respondió el pintor--. Pero tampoco es seguro que

todos me crean, algún juez reclamará, por ejemplo, que le conduzca

hasta él. Entonces no le quedará otro remedio que venir. En un supuesto

así, se puede decir que la causa está casi ganada, especialmente porque

antes le informaré de cómo tiene que comportarse ante el juez. Peor

resulta con aquellos jueces que no me atienden desde el principio,

esto también puede ocurrir. Nos veremos obligados a renunciar a ellos,

aunque no falten algunos intentos, pero podemos permitirnos ese lujo,

que unos cuantos jueces aislados no son decisivos. Si consigo un número

suficiente de firmas de jueces en esta confirmación de inocencia,

entonces voy a ver al juez que lleva su caso. Es posible que tenga

ya su firma; en ese supuesto, todo va un poco más rápido. En general

ya no hay muchos más impedimentos, ha llegado el momento para que el

acusado tenga una gran confianza. Es extraño, pero cierto, la gente

se encuentra en esa fase más confiada que después de la absolución.

Ya no es necesario esforzarse más. El juez posee en la confirmación

de inocencia la garantía de un número de jueces y puede absolver sin

preocuparse. Así lo hará, sin duda, para hacerme un favor a mí y a

otros conocidos, después de realizar algunas formalidades. Usted sale

del ámbito del tribunal y es libre.

--Entonces soy libre--dijo K indeciso.

--Sí--dijo el pintor--, pero sólo libre en apariencia o, mejor dicho,

libre provisionalmente. La judicatura inferior, a la que pertenecen mis

conocidos, no posee el derecho a otorgar una absolución definitiva,

este derecho sólo lo posee el tribunal supremo, inalcanzable para

usted, para mí y para todos nosotros. No sabemos lo que allí pasa

y, dicho sea de paso, tampoco lo queremos saber. Nuestros jueces

carecen del gran derecho a liberar de la acusación, pero entre sus

competencias está la de poder desprenderle de ella. Eso quiere decir

que si obtiene este tipo de absolución, queda liberado momentáneamente

de la acusación, pero pende aún sobre usted y puede suceder, si llega

la orden desde arriba, que entre en vigor de inmediato. Como tengo tan

buenos contactos con el tribunal, puedo decirle también cómo se refleja

exteriormente en los reglamentos de la Administración de Justicia

la diferencia entre una absolución real y otra aparente. En caso de

una absolución real, se deben reunir todas las actas procesales,

desaparecen por completo del procedimiento, todo se destruye, no sólo

la acusación, sino también todos los escritos procesales, incluida la

absolución. En la absolución aparente ocurre de un modo algo diferente.

No se produce ninguna modificación más de las actas, a ellas se

añaden la confirmación de inocencia, la absolución y el fundamento

de la absolución. Por lo demás, las actas continúan en el proceso,

se trasladan, como exige el continuo trámite administrativo, a los

tribunales supremos, vuelve a los inferiores, y oscila entre unos

y otros con mayor o menor fluidez. Esos caminos son impredecibles.

Considerado desde el exterior, se podría llegar a la conclusión de que

todo se ha olvidado hace tiempo, que las actas se han perdido y que

la absolución es completa. Un especialista no lo creerá jamás. No se

pierden las actas, el tribunal no olvida. Un día--nadie lo espera--,

un juez cualquiera toma el acta, le presta poco de atención, comprueba

que la acusación aún está en vigor y ordena la detención inmediata. He

dado a entender que entre la absolución aparente y la nueva detención

transcurre un largo periodo de tiempo, es posible y conozco algunos

casos, pero también es posible que el absuelto llegue a su casa desde

los tribunales y ya allí le esperen unos emisarios para detenerle de

nuevo. Entonces, por supuesto, se ha terminado la vida en libertad.

--¿Y el proceso comienza otra vez?--preguntó K incrédulo.

--Así es--dijo el pintor--, el proceso comienza de nuevo, y también

existe la posibilidad, como al principio, de obtener una absolución

aparente. Hay que concentrar otra vez todas las fuerzas y no rendirse.

Lo último lo dijo el pintor probablemente guiado por la impresión de

que el ánimo de K se había hundido.

--Pero, ¿no resulta más difícil obtener la segunda absolución que la

primera?--preguntó K, como si quisiera anticiparse a alguna de las

revelaciones del pintor.

--No se puede decir nada seguro al respecto--dijo el pintor--. ¿Quiere

decir si el juez se puede ver influido desfavorablemente en su

sentencia por la primera detención? No, ése no es el caso. Los jueces

ya han previsto la detención en el momento de dictar la absolución.

Esa circunstancia apenas tiene efecto. Pero otros muchos motivos

pueden influir ahora en el humor del juez y en su enjuiciamiento

jurídico del caso, y los esfuerzos se tendrán que adaptar a las nuevas

circunstancias, siendo necesario, por supuesto, actuar con la misma

fuerza y decisión que antes de la primera absolución.

--Pero esa segunda absolución tampoco es definitiva--dijo K, y giró la

cabeza con actitud de rechazo.

--Por supuesto que no--dijo el pintor--, a la segunda absolución sigue

la tercera detención; a la tercera absolución, la cuarta detención.

Esto está implícito en el mismo concepto de absolución aparente.

K permaneció en silencio.

--La absolución aparente no le resulta muy ventajosa, ¿verdad?--dijo el

pintor--. Tal vez prefiera la prórroga indefinida. ¿Desea que le narre

en qué consiste la prórroga indefinida?

K asintió con la cabeza.

El pintor se había reclinado cómodamente en la silla, su camisa del

pijama estaba abierta y se rascaba el pecho con la mano.

--La prórroga--dijo el pintor, y miró un momento ante sí como si

buscara las palabras adecuadas--, la prórroga consiste en que el

proceso se mantiene de un modo duradero en una fase preliminar.

Para lograrlo es necesario que el acusado y el ayudante, sobre todo

el ayudante, permanezca continuamente en contacto personal con el

tribunal. Repito, aquí no es necesario gastar tantas energías como para

lograr una absolución aparente y, sin embargo, sí es necesario prestar

una mayor atención. No se puede perder de vista el proceso, hay que ir

a ver al juez competente en periodos de tiempo regulares y, además, en

ocasiones especiales, y hay que intentar mantenerlo contento. Si no se

conoce personalmente al juez, se puede intentar influir en él a través

de otros jueces, sin por ello renunciar a las entrevistas personales.

Si no se descuida nada a este respecto, se puede decir con bastante

certeza que el proceso no pasará de su primera fase. El proceso, sin

embargo, no se detiene, pero el acusado queda casi tan a salvo de una

condena como si estuviera libre. Frente a la absolución aparente, la

prórroga indefinida tiene la ventaja de que el futuro del acusado

es menos incierto, evita los sustos de las detenciones repentinas

y no tiene que temer, precisamente en aquellos periodos en que sus

circunstancias son inapropiadas, los esfuerzos y las irritaciones que

cuestan el logro de la absolución aparente. No obstante, la prórroga

también posee ciertas desventajas para el acusado que no se deben

subestimar. Y no pienso en que aquí el acusado nunca es libre, pues

tampoco lo es, en un sentido estricto, en la absolución aparente. Se

trata de otra desventaja. El proceso no se puede detener sin que, al

menos, haya motivos evidentes para ello. Por lo tanto, y de cara al

exterior, tiene que suceder algo en el proceso. Así pues, de vez en

cuando se tomarán algunas disposiciones, se interrogará al acusado, se

realizarán algunas investigaciones, etc. El proceso debe girar dentro

de los estrechos límites a los que se le ha reducido artificialmente.

Eso produce algunas molestias al acusado que, sin embargo, tampoco

debe imaginarse que son tan malas. Todo es de cara al exterior; los

interrogatorios, por ejemplo, son muy cortos, cuando se tiene poco

tiempo o, simplemente, no se tienen ganas de comparecer, se puede

faltar presentando una disculpa, incluso con algunos jueces se pueden

fijar de antemano las fechas de determinadas formalidades, se trata,

en definitiva, ya que uno es un acusado, de presentarse ante el juez

competente de vez en cuando.

Ya durante las últimas palabras K se había colocado la chaqueta en el

brazo y se había levantado.

--¡Se ha levantado!--gritaron en seguida al otro lado de la puerta.

--¿Ya se quiere ir?--preguntó el pintor también levantándose--. Seguro

que es el aire viciado por lo que se va. Me resulta muy desagradable.

Me quedaban más cosas por decirle, tenía que haber abreviado. Espero

que me haya comprendido.

--¡Oh, sí!--dijo K, al que le dolía la cabeza por el esfuerzo realizado

para escuchar. No obstante esta confirmación, el pintor se lo resumió

otra vez, como si quisiera que K se llevase consigo algún consuelo.

--Ambos métodos tienen en común que impiden una condena del acusado.

--Pero también impiden la absolución real--dijo K en voz baja, como si

se avergonzase de haberlo descubierto.

--Ha comprendido el meollo del asunto--dijo el pintor con rapidez.

K puso la mano en el abrigo, pero no podía decidirse a ponérselo. Le

hubiera gustado recogerlo todo y salir a respirar el aire fresco.

Tampoco las niñas le motivaban a vestirse, por más que desde el

principio se gritaran entre ellas que se estaba vistiendo. El pintor

intentó conocer el estado de ánimo de K, así que dijo:

--No se ha decidido respecto a mis proposiciones. Lo apruebo, yo mismo

le hubiera desaconsejado que se decidiera en seguida. Las ventajas y

las desventajas son nimias. Hay que valorarlo todo con exactitud.

--Le volveré a visitar pronto--dijo K, que con decisión repentina se

puso la chaqueta, se echó el abrigo sobre los hombros y se apresuró

hacia la puerta. Las niñas, al advertirlo, comenzaron a gritar.

--Pero debe mantener su palabra--dijo el pintor, que le había

seguido--, si no, me presentaré en su banco y preguntaré por usted.

--Abra la puerta--dijo K, al notar cómo las niñas hacían fuerza en el

picaporte.

--¿Acaso quiere que las niñas le molesten? Salga mejor por la otra

puerta--y señaló la puerta situada detrás de la cama.

K estuvo de acuerdo y retrocedió hasta la cama. Pero el pintor, en vez

de abrir la puerta, se metió debajo de la cama y preguntó desde allí:

--¿No quiere ver un cuadro que le podría vender?

K no quería ser descortés, el pintor se había portado bien y le había

prometido seguir ayudándole, además K se había olvidado de hablar sobre

la recompensa por la ayuda, por este motivo no pudo zafarse y dejó

que le mostrara el cuadro, aunque temblase de impaciencia por salir

del estudio. El pintor sacó de debajo de la cama un montón de cuadros

sin enmarcar tan llenos de polvo que, cuando el pintor sopló sobre el

primero, K estuvo un tiempo sin poder respirar ni ver bien.

--Un paisaje de landa--dijo el pintor, y alcanzó el cuadro a K.

Representaba unos árboles débiles, muy alejados entre sí, rodeados de

hierba oscura. En segundo plano se veía un policromo crepúsculo.

--Muy bonito--dijo K--, lo compro.

K se había expresado con tal brevedad de una forma impensada. Por eso

se alegró cuando el pintor en vez de tomarlo a mal, levantó otro cuadro

del suelo.

--Aquí tiene un contraste con el anterior--dijo el pintor.

Se habría concebido como un contraste, pero no había la más mínima

diferencia con el anterior, ahí estaban los árboles, la hierba y en el

fondo el crepúsculo. Pero a K no le importaba.

--Son paisajes muy bonitos--dijo--. Se los compro. Los colgaré en mi

despacho.

--Parece que el motivo le gusta. Casualmente tengo un tercer cuadro

similar.

No era similar, más bien se trataba de un paisaje idéntico. El pintor

aprovechaba la oportunidad para vender cuadros viejos.

--También lo compro--dijo K--. ¿Cuánto cuestan los tres cuadros?

--Ya hablaremos de eso--dijo el pintor--. Ahora tiene prisa, pero vamos

a permanecer en contacto. Por lo demás, me alegra que le hayan gustado

los cuadros. Le daré todos los que tengo debajo de la cama. Todos son

paisajes de landa, ya he pintado muchos. Hay personas que les tienen

cierta aversión porque son melancólicos, otros, sin embargo, entre los

que usted se cuenta, aman precisamente esa melancolía. Pero K ya no

tenía ganas de oír las experiencias profesionales del pintor pedigüeño.

--Empaquete los cuadros--exclamó, interrumpiendo al pintor--, mañana

vendrá mi ordenanza y los recogerá.

--No es necesario--dijo el pintor--. Creo que podré conseguir que

alguien se los lleve ahora.

Finalmente, salió de debajo de la cama y abrió la puerta.

--Súbase a la cama--dijo el pintor--, lo hacen todos los que entran.

K tampoco habría tenido ninguna consideración si el pintor no hubiese

dicho nada. En realidad ya tenía puesto un pie encima de la cama, pero

entonces se quedó mirando hacia la puerta abierta y volvió a retirar el

pie.

--¿Qué es eso?--preguntó al pintor.

--¿De qué se asombra?--preguntó éste, asombrado a su vez--. Son

dependencias del tribunal. ¿No sabía que aquí había dependencias

judiciales? Este tipo de dependencias las hay en prácticamente todas

las buhardillas, ¿por qué habrían de faltar aquí? También mi estudio

pertenece a las dependencias del tribunal, éste es el que lo ha puesto

a mi disposición.

K no se horrorizó tanto por haber encontrado allí unas dependencias

judiciales, sino por su ignorancia en asuntos relacionados con el

tribunal. Según su opinión, una de las reglas fundamentales que debía

regir la conducta de todo acusado era la de estar siempre preparado,

no dejarse sorprender, no mirar desprevenido hacia la derecha, cuando

el juez se encontraba a su izquierda, y precisamente infringía esta

regla continuamente. Ante él se extendía un largo pasillo, por el que

corría un aire fresco en comparación con el del estudio. A ambos lados

del pasillo había bancos, como en la sala de espera de las oficinas

judiciales competentes para el caso de K. Parecían existir reglas

concretas para la construcción de las dependencias. En ese momento no

había mucho tráfico de personas. Un hombre permanecía casi tendido:

había apoyado la cabeza en el banco y se había cubierto el rostro con

las manos. Parecía dormir. Otro estaba al final del pasillo, en una

zona oscura. K se subió a la cama, el pintor le siguió con los cuadros.

Al poco tiempo encontraron a un empleado de los tribunales. K reconocía

a todos estos empleados por el botón dorado que llevaban en sus trajes

normales, junto a los otros botones usuales. El pintor le encargó que

acompañase a K con los cuadros. K vacilaba al caminar y avanzaba con el

pañuelo en la boca. Ya se encontraban cerca de la salida, cuando las

niñas irrumpieron frente a ellos, así que K ni siquiera se pudo ahorrar

esa situación. Habrían visto cómo abrían la otra puerta y habían

corrido para sorprenderlos.

--Ya no puedo acompañarle más--exclamó el pintor sonriendo y

resistiendo el embate de las niñas--. ¡Adiós! ¡Y no tarde mucho en

decidirse!

K ni siquiera le miró. Al salir a la calle tomó el primer taxi que

pasó. Deseaba deshacerse del empleado, ese botón dorado se le clavaba

continuamente en el ojo, aunque a cualquier otro ni siquiera le llamara

la atención. El empleado, servicial, quiso sentarse con K, pero éste

lo echó abajo. K llegó al banco por la tarde. Habría querido dejarse

los cuadros en el coche, pero temió necesitarlos en algún momento

para justificarse ante el pintor. Así que pidió que los subieran a su

despacho Y los guardó en el último cajón de su mesa. Allí estarían a

salvo de la curiosidad del subdirector, al menos durante los primeros

días.

El proceso · 第 14 / 19 题