NOTAS:

[1] En la primera edición de _El proceso_ de 1925, Max Brod comentaba

que el manuscrito no llevaba título. Sin embargo, Kafka, como Max Brod

documentó, siempre se refirió al texto con esa denominación. Por regla

general, Kafka se decidía por un título definitivo una vez concluida

la obra. No se puede excluir, por consiguiente, que _El proceso_ fuese

sólo un título provisional.

[2] Como en su novela _El castillo_ y en otros relatos, el personaje

principal se oculta tras un apellido reducido a inicial. Es muy posible

que Kafka hiciera referencia a su propio apellido. No obstante, Kafka

solía emplear este tipo de iniciales en sus anotaciones en diarios y,

según sus manifestaciones, «porque el escribir nombres me causa una

extraña confusión». Esta relación problemática se extendía a su propio

nombre, que evitaba escribir siempre que podía. Su firma era FK. En

sus diarios escribe: «Considero la K horrible, me repugna y, aun así,

la escribo, debe de ser característica de mí mismo» (27 mayo 1914).

En cuanto al nombre «Josef» es muy posible que hiciera referencia al

Emperador Francisco José I. En la obra de Kafka los nombres suelen

desempeñar un papel simbólico. De una anotación en su diario de 27

de enero de 1922 se deduce que Kafka se inscribió en un hotel con el

nombre «Josef K».

[3] La escena de la detención de Josef K se ha podido inspirar en

las _Memorias_ de Giacomo Casanova. En la novela hay más referencias

ocultas. Ya en el inicio, la unión de un término judicial, «detención»,

y otro moral, «malo», presagia la ambigua naturaleza del proceso y de

la judicatura.

[4] En el manuscrito el vigilante reacciona de una manera más brusca:

«¿Qué quiere?» Kafka lo tachó y eligió una fórmula más convencional.

[5] Tachado en el manuscrito: «dijo K sonriendo; sin haber estado

antes preocupado, ahora se sentía aliviado, pues se había expresado lo

imposible y, así, su imposibilidad se había tornado más evidente».

[6] No sin cierta ironía describe Kafka la situación jurídico--política

del momento. Kafka comenzó la novela el 11 de agosto de 1914, en

plena gestación de la I Guerra Mundial. Las referencias al «Estado

de Derecho» y al vigor de las leyes es interesante porque designa un

régimen que se somete al derecho en su forma de actuación. Un manto de

normalidad cubre la sociedad en la que se desenvuelve Josef K, no hay

ninguna perturbación del orden político ni ningún «estado de alarma,

excepción o sitio» que pudiera justificar la existencia de tribunales

de excepción.

[7] La acción de la novela transcurre en el periodo exacto de un

año. En la elección de la edad y de otras circunstancias temporales

se dan motivos autobiográficos, en concreto se reflejan determinados

acontecimientos relativos a su relación con Felice Bauer.

[8] Tachado en el manuscrito: «por el miedo de que se rieran más tarde

de su seriedad exagerada».

[9] Tachado en el manuscrito: «¡Aún tardaré un rato!--le gritó K por

simple petulancia, pero en realidad se dio toda la prisa que pudo».

[10] Desde la nota hasta «Josef K?» hay una versión alternativa en

el manuscrito: «El supervisor le contempló en silencio y con mirada

inquisitiva. "El interrogatorio parece limitarse a miradas--pensó K--.

Un rato se le puede permitir. Si supiera qué autoridad puede ser ésta

que, sólo por mi causa y sin la menor perspectiva de éxito, se puede

permitir el lujo de tomar semejantes medidas extraordinarias. Pues no

se puede dudar en calificarlas de extraordinarias. Me han asignado a

tres personas, han desordenado dos habitaciones ajenas, allí en la

esquina hay tres jóvenes que contemplan las fotografías de la señorita

Bürstner".

[11] A continuación, tachado en el manuscrito: «Alguien me dijo, ahora

no me acuerdo quién, que, cuando nos levantamos temprano, resulta

extraño encontrarlo todo en el mismo sitio en que se dejó por la noche.

La vigilia, al menos en apariencia, es un estado muy diferente al del

sueño y, como ese hombre dijo con razón, se necesita una gran presencia

de ánimo para, con los ojos abiertos, situar todos los objetos en el

mismo lugar en que quedaron la noche anterior. Por esto mismo, el

instante en el que despertamos es el más arriesgado, una vez que se

ha superado, sin quedar desplazado del lugar, podemos seguir viviendo

confiados el resto del día. A qué conclusiones llegó ese hombre--ahora

me acabo de acordar de quién era, pero su nombre es indiferente...».

[12] Tachado en el manuscrito: «se reclinó en el asiento del coche,

dijo "¡Dios mío!", y elevó las cejas al sonreír».

=CONVERSACIÓN CON LA SEÑORA GRUBACH

LA SEÑORITA BÜRSTNER=[13]

En esa primavera, K, después del trabajo, cuando era

posible--normalmente permanecía hasta las nueve en la oficina--, solía

dar un paseo por la noche solo o con algún conocido y luego se iba

a una cervecería, donde se sentaba hasta las once en una tertulia

compuesta en su mayor parte por hombres ya mayores. Pero había

excepciones en esta rutina, por ejemplo cuando el director del banco,

que apreciaba su capacidad de trabajo y su formalidad, le invitaba a

una excursión con el coche o a cenar en su villa. Además, una vez a

la semana iba a casa de una muchacha llamada Elsa, que trabajaba de

camarera en una taberna hasta altas horas de la madrugada y durante el

día sólo recibía en la cama a sus visitas.

Aquella noche, sin embargo--el día había transcurrido con rapidez por

el trabajo agotador y las numerosas felicitaciones de cumpleaños--,

K quería regresar directamente a casa. En todas las pequeñas pausas

del trabajo había pensado en ello. Sin saber con certeza por qué,

le parecía que los incidentes de aquella mañana habían causado un

gran desorden en la vivienda de la señora Grubach y que su presencia

era necesaria para restaurar de nuevo el orden. Una vez restaurado,

quedaría suprimida cualquier huella del incidente y todo volvería a

los cauces normales. De los tres funcionarios no había nada que temer,

se habían vuelto a sumir en el gran cuerpo de funcionarios del banco,

tampoco se podía notar ningún cambio en ellos. K les había llamado

con frecuencia, por separado o en grupo, a su despacho, sólo para

observarlos y siempre los había podido despedir satisfecho.

Cuando llegó a las nueve y media de la noche a la casa en que vivía, K

se encontró en la puerta con un muchacho que permanecía con las piernas

abiertas y fumando en pipa.

--¿Quién es usted?--preguntó K en seguida y acercó su rostro al del

muchacho, pues no se veía mucho en el oscuro pasillo de entrada.

--Soy el hijo del portero, señor--respondió el muchacho, se sacó la

pipa de la boca y se apartó.

--¿El hijo del portero?--preguntó K, y golpeó impaciente con el bastón

en el suelo.

--¿Desea algo el señor? ¿Debo traer a mi padre?

--No, no--dijo K. En su voz había un tono de disculpa, como si el

muchacho hubiera hecho algo malo y él le perdonara--. Está bien--dijo,

y siguió, pero antes de subir las escaleras, se volvió una vez más.

Habría podido ir directamente a su habitación, pero como quería hablar

con la señora Grubach, llamó a su puerta. Estaba sentada a una mesa

cosiendo una media. Sobre la mesa aún quedaba un montón de medias

viejas. K se disculpó algo confuso por haber llegado tan tarde, pero la

señora Grubach era muy amable y no quiso oír ninguna disculpa: siempre

tenía tiempo para hablar con él, sabía muy bien que era su mejor y más

querido inquilino. K miró la habitación, había recobrado su antiguo

aspecto, la vajilla del desayuno, que había estado por la mañana en la

mesita junto a la ventana, ya había sido retirada. «Las manos femeninas

hacen milagros en silencio--pensó--, él probablemente habría roto toda

la vajilla, en realidad ni siquiera habría sido capaz de llevársela».

Contempló a la señora Grubach con cierto agradecimiento.

--¿Por qué trabaja hasta tan tarde?--preguntó.

Ambos estaban sentados a la mesa, y K hundía de vez en cuando una de

sus manos en las medias.

--Hay mucho trabajo--dijo ella--. Durante el día me debo a los

inquilinos, pero si quiero mantener el orden en mis cosas sólo me

quedan las noches.

--Hoy le he causado un trabajo extraordinario.

--¿Por qué?--preguntó con cierta vehemencia; el trabajo descansaba en

su regazo.

--Me refiero a los hombres que estuvieron aquí esta mañana.

--¡Ah, ya!--dijo, y se volvió a tranquilizar--. Eso no me ha causado

mucho trabajo.

K miró en silencio cómo emprendía de nuevo su labor. «Parece asombrarse

de que le hable del asunto--pensó--, no considera correcto que hable de

ello. Más importante es, pues, que lo haga. Sólo puedo hablar de ello

con una mujer mayor».

--Algo de trabajo sí ha causado--dijo--, pero no se volverá a repetir.

--No, no se puede repetir--dijo ella confirmándolo y sonrió a K casi

con tristeza.

--¿Lo cree de verdad?--preguntó K.

--Sí--dijo ella en voz baja--, pero ante todo no se lo debe tomar muy

en serio. ¡Las cosas que ocurren en el mundo! Como habla conmigo con

tanta confianza, señor K, le confesaré que escuché algo detrás de la

puerta y que los vigilantes también me contaron algunas cosas. Se

trata de su felicidad, y eso me importa mucho, más, quizá, de lo que

me incumbe, pues no soy más que la casera. Bien, algo he oído, pero no

puedo decir que sea especialmente malo. No. Usted, es cierto, ha sido

detenido, pero no como un ladrón. Cuando se detiene a alguien como si

fuera un ladrón, entonces es malo, pero esta detención..., me parece

algo peculiar y complejo, perdóneme si digo alguna tontería, hay algo

complejo en esto que no entiendo, pero que tampoco se debe entender.

--No ha dicho ninguna tontería, señora Grubach, yo mismo comparto algo

su opinión, pero juzgo todo con más rigor que usted, y no lo tomo

por algo complejo, sino por una nadería. Me han asaltado de un modo

imprevisto, eso es todo. Si nada más despertarme no me hubiera dejado

confundir por la ausencia de Anna, me hubiera levantado en seguida

y, sin tener ninguna consideración con nadie que me saliera al paso,

hubiera desayunado, por una vez, en la cocina y me hubiera traído

usted el traje de mi habitación, entonces habría negociado todo breve y

razonablemente, no habría pasado a mayores y no hubiera ocurrido nada

de lo que pasó. Pero uno siempre está tan desprevenido. En el banco,

por ejemplo, siempre estoy preparado, allí no me podría ocurrir algo

similar, allí tengo a un ordenanza personal; el teléfono interno y el

de mi despacho están frente a mí, en la mesa; no cesa de llegar gente,

particulares o funcionarios; además, y ante todo, allí estoy siempre

sumido en el trabajo, lo que me mantiene alerta, allí sería un placer

para mí enfrentarme a una situación como ésa. Bien, pero ya ha pasado

y tampoco quiero hablar más sobre ello, sólo quería oír su opinión, la

opinión de una mujer razonable, y estoy contento de que coincidamos.

Pero ahora me debe dar la mano, una coincidencia así se tiene que

sellar con un apretón de manos.

«¿Me dará la mano? El vigilante no me la dio»--pensó, y miró a la mujer

de un modo diferente, con cierto aire inquisitivo. Ella se levantó,

porque él también se había levantado, y se mostró algo turbada, ya que

no había entendido todo lo que K había dicho. A causa de esa turbación

dijo algo que no quería haber dicho y que estaba completamente fuera de

lugar:

--No se lo tome muy en serio, señor K--dijo con voz temblorosa y,

naturalmente, olvidó darle la mano.

--No sabía que se lo tomaba tan en serio--dijo K, repentinamente

agotado al comprobar la inutilidad de todos los beneplácitos de aquella

mujer.

Ya desde la puerta preguntó:

--¿Está en casa la señorita Bürstner?

--No--dijo la señora Grubach, y sonrió con simpatía al dar esa breve y

seca información--. Está en el teatro. ¿Desea algo de ella? ¿Quiere que

le dé algún recado?

--Sólo quería conversar un poco con ella.

--Lamentablemente no sé cuándo regresará; cuando va al teatro suele

llegar tarde.

--Da igual--dijo K, e inclinó la cabeza hacia la puerta para irse--,

sólo quería disculparme por haber sido el causante de que ocuparan su

habitación esta mañana.

--Eso no es necesario, señor K, usted es demasiado considerado, la

señorita no sabe nada de nada, había abandonado la casa muy temprano,

ya está todo ordenado, usted mismo lo puede comprobar.

Abrió la puerta de la habitación de la señorita Bürstner.

--Gracias, lo creo--dijo K, pero fue hacia la puerta abierta. La luna

iluminaba la oscura habitación. Lo que pudo ver parecía en orden,

ni siquiera la blusa colgaba en el picaporte de la ventana. Los

almohadones de la cama alcanzaban una altura llamativa: sobre ellos

caía la luz de la luna.

--La señorita viene con frecuencia muy tarde por la noche--dijo K,

y contempló a la señora Grubach como si fuera responsable de esa

costumbre.

--¡Ah, la gente joven!--dijo la señora Grubach con un tono de disculpa.

--Cierto, cierto--dijo K--, pero no se deben extremar las cosas.--No,

claro que no--dijo la señora Grubach--. Tiene mucha razón, señor K. Tal

vez también en este caso. No quiero criticar a la señorita Bürstner,

ella es una muchacha buena y amable, ordenada, puntual, trabajadora,

yo aprecio todo eso, pero algo es verdad: debería ser más prudente y

discreta. Este mes ya la he visto dos veces con un hombre diferente

en calles apartadas. Para mí resulta muy desagradable; esto, pongo a

Dios por testigo, sólo se lo cuento a usted, pero es inevitable, tendré

que hablar sobre ello con la señorita. Y no es lo único en ella que

considero sospechoso.

--Está equivocada--dijo K furioso e incapaz de ocultarlo--, usted ha

interpretado mal el comentario que he hecho sobre la señorita, no

quería decir eso. Es más, le advierto sinceramente que no le diga nada,

usted está completamente equivocada, conozco muy bien a la señorita,

nada de lo que usted ha dicho es verdad. Por lo demás, tal vez he ido

demasiado lejos, no le quiero impedir que haga nada, dígale lo que

quiera. Buenas noches.

--Señor K...--dijo la señora Grubach suplicante, y se apresuró a ir

detrás de K hasta la puerta, que él ya había abierto--, por el momento

no quiero hablar con la señorita, naturalmente que antes quiero

observarla, sólo a usted le he confiado lo que sabía. Al fin y al

cabo intento mantener decente la pensión en beneficio de todos los

inquilinos, ése es mi único afán.

--¡Decencia!--gritó K a través de la rendija de la puerta--, si quiere

que la pensión continúe siendo decente, debería echarme a mí primero.

A continuación, cerró la puerta de golpe e ignoró un suave golpeteo

posterior.

Puesto que no tenía ganas de dormir, decidió permanecer despierto y

comprobar a qué hora regresaba la señorita Bürstner. Tal vez fuera aún

posible, por muy improcedente que resultara, intercambiar con ella

algunas palabras. Cuando estaba en la ventana y se frotaba los ojos

cansados llegó a pensar en castigar a la señora Grubach y en convencer

a la señorita Bürstner para que ambos rescindieran el contrato de

alquiler. Pero poco después todo le pareció terriblemente exagerado e,

incluso, alimentó la sospecha contra él mismo de que quería irse de

la vivienda por el incidente de la mañana. Nada podría haber sido más

absurdo y, ante todo, más inútil y más despreciable[14].

Cuando se cansó de mirar por la ventana, y después de haber abierto

un poco la puerta que daba al recibidor para poder ver a todo el

que entraba, se echó en el canapé. Permaneció tranquilo, fumando un

cigarrillo, hasta las once. Pero a partir de esa hora ya no lo resistió

más, así que se fue al recibidor, como si al hacerlo pudiese acelerar

la llegada de la señorita Bürstner. No es que deseara especialmente

verla, en realidad ni siquiera se acordaba de su aspecto, pero ahora

quería hablar con ella y le irritaba que su tardanza le procurase

intranquilidad y desconcierto al final del día. También la hacía

responsable de no haber ido a cenar y de haber suprimido la visita

prevista a Elsa. No obstante, aún se podía arreglar, pues podía ir a

la taberna en la que Elsa trabajaba. Decidió hacerlo después de la

conversación con la señorita Bürstner[15].

Habían pasado de las once y media cuando oyó pasos en la escalera. K,

que se había quedado ensimismado en sus pensamientos y paseaba haciendo

ruido por el recibidor, como si estuviera en su propia habitación, se

escondió detrás de la puerta. Era la señorita Bürstner, que acababa de

llegar. Después de cerrar la puerta de entrada se echó, temblorosa, un

chal de seda sobre sus esbeltos hombros. A continuación, se dirigió

a su habitación, en la que K, como era medianoche, ya no podría

entrar. Por consiguiente, tenía que dirigirle la palabra ahora; por

desgracia, había olvidado encender la luz de su habitación, por lo que

su aparición desde la oscuridad tomaría la apariencia de un asalto y se

vería obligado a asustarla. En esa situación comprometida, y como no

podía perder más tiempo, susurró a través de la rendija de la puerta:

--Señorita Bürstner.

Sonó como una súplica, no como una llamada.

--¿Hay alguien ahí?--preguntó la señorita Bürstner, y miró a su

alrededor con los ojos muy abiertos.

--Soy yo--dijo K abriendo la puerta.

--¡Ah, señor K!--dijo la señorita Bürstner sonriendo--. Buenas

noches--y le tendió la mano.

--Quisiera hablar con usted un momento, ¿me lo permite?

--¿Ahora?--preguntó la señorita Bürstner--. ¿Tiene que ser ahora? Es un

poco extraño, ¿no?

--La estoy esperando desde las nueve.

--¡Ah!, bueno[16], he estado en el teatro, usted no me había dicho nada.

--El motivo por el que quiero hablar con usted es algo que ha sucedido

esta mañana.

--Bien, no tengo nada en contra, excepto que estoy agotada. Venga

un par de minutos a mi habitación, aquí no podemos conversar,

despertaremos a todos y eso sería muy desagradable para mí, y no por

las molestias causadas a los demás, sino por nosotros. Espere aquí

hasta que haya encendido la luz en mi habitación y entonces apague la

suya.

Así lo hizo K, luego esperó hasta que la señorita Bürstner le invitó en

voz baja a entrar en su habitación.

--Siéntese--dijo, y señaló una otomana; ella permaneció de pie al lado

de la cama a pesar del cansancio del que había hablado. Ni siquiera se

quitó su pequeño sombrero, adornado con un ramillete de flores.

--Bueno, ¿qué desea usted? Tengo curiosidad por saberlo--dijo, y cruzó

ligeramente las piernas.

--Tal vez le parezca--comenzó K--que el asunto no era tan urgente como

para tener que hablarlo ahora, pero...

--Siempre ignoro las introducciones--dijo la señorita Bürstner.

--Bien, eso me facilita las cosas--dijo K--. Su habitación ha sido esta

mañana, en cierto modo por mi culpa, un poco desordenada. Lo hicieron

unos extraños contra mi voluntad y, como he dicho, también por mi

culpa. Por eso quisiera pedirle perdón.

--¿Mi habitación?--preguntó la señorita Bürstner, y en vez de mirar la

habitación dirigió a K una mirada inquisitiva.

Así ha sido--dijo K, y por primera vez se miraron a los ojos--. La

manera en que ha ocurrido no merece la pena contarla.

--Pero es precisamente lo interesante--dijo la señorita Bürstner.

--No--dijo K.

--Bueno, tampoco quiero inmiscuirme en los asuntos de los demás, si

usted insiste en que no es interesante, no objetaré nada. Acepto sus

disculpas, sobre todo porque no encuentro ninguna huella de desorden.

Dio un paseo por la habitación con las manos en las caderas. Se paró

frente a las fotografías.

--Mire--exclamó--, han movido mis fotografías. Eso es algo de mal

gusto. Así que alguien ha entrado en mi habitación sin mi permiso.

K asintió y maldijo en silencio al funcionario Kaminer, que no podía

dominar su absurda e inculta vivacidad.

--Es extraño--dijo la señorita Bürstner--, me veo obligada a prohibirle

algo que usted mismo se debería prohibir: entrar en mi habitación

cuando me hallo ausente.

--Yo le aseguro, señorita Bürstner--dijo K, acercándose a las

fotografías--, que yo no he sido el que las ha tocado. Pero como no

me cree, debo reconocer que la comisión investigadora ha traído a

tres funcionarios del banco, de los cuales uno, al que cuando se me

presente la primera oportunidad despediré del banco, probablemente tomó

las fotografías en la mano. Sí--añadió K, ya que la señorita le había

lanzado una mirada interrogativa--, esta mañana hubo aquí una comisión

investigadora.

--¿Por usted?--preguntó la señorita.

--Sí--respondió K.

--No--exclamó ella, y rió.

--Sí, sí--dijo K--, ¿cree que soy inocente?

--Bueno, inocente...--dijo la señorita--. No quiero emitir ahora un

juicio trascendente, tampoco le conozco, en todo caso debe de ser un

delito grave para mandar inmediatamente a una comisión investigadora.

Pero como está en libertad--deduzco por su tranquilidad que no se ha

escapado de la cárcel--, no ha podido cometer un delito semejante.

--Sí--dijo K--, pero la comisión investigadora puede haber comprobado

que soy inocente o no tan culpable como habían supuesto.

--Cierto, puede ser--dijo ella muy atenta.

--Ve usted--dijo K--, no tiene mucha experiencia en asuntos judiciales.

--No, no la tengo--dijo la señorita Bürstner--, y lo he lamentado con

frecuencia, pues quisiera saberlo todo y los asuntos judiciales me

interesan mucho. Los tribunales ejercen una poderosa fascinación,

¿verdad? Pero es muy probable que perfeccione mis conocimientos en este

terreno, pues el mes próximo entro a trabajar en un bufete de abogados

como secretaria.

--Eso está muy bien--dijo K--, así podrá ayudarme un poco en mi proceso.

--Podría ser--dijo ella--, ¿por qué no? Me gusta aplicar mis

conocimientos.

--Se lo digo en serio--dijo K--, o al menos en el tono medio en broma

medio en serio que usted ha empleado. El asunto es demasiado pequeño

como para contratar a un abogado, pero podría necesitar a un consejero.

--Sí, pero si yo tuviera que ser el consejero, debería saber de qué se

trata--dijo la señorita Bürstner.

Ahí está el quid, que ni yo mismo lo sé.

--Entonces ha estado bromeando conmigo--dijo ella muy decepcionada--,

ha sido algo completamente innecesario elegir una hora tan

intempestiva--y se alejó de las fotografías, donde hacía rato que

permanecían juntos.

--Pero no, señorita--dijo K--, no bromeo en absoluto. ¡Que no me quiera

creer! Le he contado todo lo que sé, incluso más de lo que sé, pues no

era ninguna comisión investigadora, le he dado ese nombre porque no

sabía cómo denominarla. No se ha investigado nada, sólo fui detenido,

pero por una comisión.

La señorita Bürstner se sentó en la otomana y rió de nuevo:

--¿Cómo fue entonces?--preguntó.

--Horrible--dijo K, pero ya no pensaba en ello, se había quedado

absorto en la contemplación de la señorita Bürstner, que, con la mano

apoyada en el rostro, descansaba el codo en el cojín de la otomana y

acariciaba lentamente su cadera con la otra mano.

--Eso es demasiado general--dijo ella.

--¿Qué es demasiado general?--preguntó K. Entonces se acordó y preguntó:

--¿Le puedo mostrar cómo ha ocurrido?--quería animar algo el ambiente

para no tener que irse.

--Estoy muy cansada--dijo la señorita Bürstner.

--Vino muy tarde--dijo K.

--Y para colmo termina haciéndome reproches: me lo merezco, pues no

debería haberle dejado entrar. Tampoco era necesario, como se ha

comprobado después.

--Era necesario, ahora lo comprenderá--dijo K--. ¿Puedo desplazar de su

cama la mesilla de noche?

--Pero, ¿qué se le ha ocurrido?--dijo la señorita Bürstner--. ¡Por

supuesto que no!

--Entonces no se lo podré mostrar--dijo K excitado, como si le causaran

un daño enorme.

--Bueno, si lo necesita para su representación, desplace la

mesilla--dijo la señorita Bürstner, y añadió poco después con voz débil:

--Estoy tan cansada que permito más de lo debido.

K colocó la mesilla en el centro de la habitación y se sentó detrás.

--Debe imaginarse correctamente la posición de las personas, es muy

interesante. Yo soy el supervisor, allí, en el baúl, se sientan los

dos vigilantes, al lado de las fotografías permanecen tres jóvenes,

en el picaporte de la ventana cuelga, lo que menciono sólo de pasada,

una blusa blanca. Y ahora comienza la función. Ah, se me olvidaba la

persona más importante, yo estaba aquí, ante la mesilla. El supervisor

estaba sentado con toda comodidad, las piernas cruzadas, el brazo

colgando sobre el respaldo, tamaña grosería. Y ahora comienza todo de

verdad. El supervisor me llama como si quisiera despertarme del sueño

más profundo, es decir grita, por desgracia tengo que gritar para que

lo comprenda, aunque sólo gritó mi nombre.

La señorita Bürstner, que escuchaba sonriente, se llevó el dedo índice

a los labios para evitar que K gritase, pero era demasiado tarde, K

estaba tan identificado con su papel que gritó:

--¡Josef K!

Aunque no lo hizo con la fuerza con que había amenazado, sí con la

suficiente como para que el grito, una vez emitido, se expandiera

lentamente por la habitación.

En ese instante golpearon la puerta de la habitación contigua; fueron

golpes fuertes, cortos y regulares. La señorita Bürstner palideció y se

puso la mano en el corazón. K se llevó un susto enorme, pues llevaba un

rato en el que sólo había sido capaz de pensar en el incidente de la

mañana y en la muchacha ante la que lo estaba representando. Apenas se

había recuperado, saltó hacia la señorita Bürstner y tomó su mano.

--No tema usted nada--le susurró--, yo lo arreglaré todo. Pero, ¿quién

puede ser? Aquí al lado sólo está el salón y nadie duerme en él.

--¡Oh, sí!--susurró la señorita Bürstner al oído de K--, desde ayer

duerme un sobrino de la señora Grubach, un capitán. Ahora mismo no

queda ninguna habitación libre. También yo lo había olvidado. ¡Cómo se

le ocurre gritar así! Soy muy infeliz por su culpa.

--No hay ningún motivo--dijo K, y besó su frente cuando ella se reclinó

en el cojín.

--Fuera, márchese--dijo ella, y se incorporó rápidamente--, márchese.

Qué quiere, él escucha detrás de la puerta, lo escucha todo. ¡No me

atormente más!

--No me iré--dijo K--hasta que se haya calmado. Venga a la esquina

opuesta de la habitación, allí no nos puede escuchar.

Ella se dejó llevar.

--Piense que se trata sólo de una contrariedad, pero que no entraña

ningún peligro. Ya sabe cómo me admira la señora Grubach, que es la

que decide en este asunto, sobre todo considerando que el capitán es

sobrino suyo. Se cree todo lo que le digo. Además, depende de mí, pues

me ha pedido prestada una gran cantidad de dinero. Aceptaré todas sus

propuestas para una aclaración de nuestro encuentro, siempre que sea

oportuno, y le garantizo que la señora Grubach las creerá sinceramente

y así lo manifestará en público. No tenga conmigo ningún tipo de

miramientos. Si quiere que se difunda que la he sorprendido, así será

instruida la señora Grubach y lo creerá sin perder la confianza en mí,

tanto apego me tiene.

La señorita Bürstner contemplaba el suelo en silencio y un poco

hundida.

--¿Por qué no va a creerse la señora Grubach que la he

sorprendido?--añadió K. Ante él veía su pelo rojizo, separado por una

raya, holgado en las puntas y recogido en la parte superior[17]. Creyó

que le iba a mirar, pero ella, sin cambiar de postura, dijo:

--Discúlpeme, me he asustado tanto por los golpes repentinos, no por

las consecuencias que podría traer consigo la presencia del capitán.

Después de su grito estaba todo tan silencioso y de repente esos

golpes, por eso estoy tan asustada. Yo estaba sentada al lado de la

puerta, los golpes se produjeron casi a mi lado. Le agradezco sus

proposiciones, pero no las acepto. Puedo asumir la responsabilidad por

todo lo que ocurre en mi habitación y, además, frente a cualquiera. Me

sorprende que no note la ofensa que suponen para mí sus sugerencias,

por más que reconozca sus buenas intenciones. Pero ahora márchese,

déjeme sola, ahora lo necesito mucho más que antes. Los pocos minutos

que usted había pedido se han convertido en media hora o más.

K tomó su mano y luego su muñeca.

--¿No se habrá enfadado conmigo?--dijo él.

Ella retiró su mano y respondió:

--No, no, soy incapaz de enfadarme.

K volvió a tomar su muñeca y ella, esta vez, lo aceptó, pero le condujo

así hasta la puerta. Él estaba firmemente decidido a irse, pero al

llegar a la puerta, como si no hubiera esperado encontrarse allí con

semejante obstáculo, se detuvo, lo que la señorita Bürstner aprovechó

para desasirse, abrir la puerta, deslizarse hasta el recibidor y, desde

allí, decirle a K en voz baja:

Ahora váyase, se lo pido por favor. Mire--ella señaló la puerta del

capitán, por debajo de la cual asomaba un poco de luz--, ha encendido

la luz y nos está espiando.

Ya voy--dijo K, salió, la estrechó en sus brazos y la besó en la boca,

luego ávidamente por todo el rostro, como un animal sediento que

introduce la lengua en el anhelado manantial. Finalmente la besó en

el cuello, a la altura de la garganta: allí dejó reposar sus labios

un rato. Un ruido procedente de la habitación del capitán le obligó

a mirar.--Ya me voy--dijo él, quiso llamarla por su nombre de pila,

pero no lo sabía. Ella asintió cansada, le dejó la mano, mientras se

volvía, para que la besara, como si no quisiera saber nada más y se

retiró, encogida, a su habitación. Poco después K yacía en su cama.

Se durmió rápidamente, aunque antes de dormirse pensó un poco en su

comportamiento. Estaba satisfecho, pero se maravilló de no estar aún

más satisfecho. Se preocupó seriamente por la señorita Bürstner a causa

del capitán.

El proceso · 第 9 / 19 题