El proceso
La detención 8
Conversación con la señora Grubach. La señorita Bürstner 36
Primera citación judicial 59
En la sala de sesiones. El estudiante. Las oficinas del juzgado 86
El azotador 123
El tío Leni 134
El abogado. El fabricante. El pintor 169
El comerciante Block. K renuncia al abogado 246
En la catedral 295
El final 333
Fragmentos 342
La amiga de B 342
El fiscal 354
Hacia la casa de Elsa 362
Lucha con el subdirector 365
La casa 370
Visita a la madre 375
Anotaciones en los diarios de Kafka referentes a El proceso 381
=EL PROCESO=[1]
=LA DETENCIÓN=
Alguien tenía que haber calumniado a Josef K[2], pues fue detenido una
mañana sin haber hecho nada malo[3]. La cocinera de la señora Grubach,
su casera, que le llevaba todos los días a eso de las ocho de la mañana
el desayuno a su habitación, no había aparecido. Era la primera vez que
ocurría algo semejante. K esperó un rato más. Apoyado en la almohada,
se quedó mirando a la anciana que vivía frente a su casa y que le
observaba con una curiosidad inusitada. Poco después, extrañado y
hambriento, tocó el timbre. Nada más hacerlo, se oyó cómo llamaban a la
puerta y un hombre al que no había visto nunca entró en su habitación.
Era delgado, aunque fuerte de constitución, llevaba un traje negro
ajustado, que, como cierta indumentaria de viaje, disponía de varios
pliegues, bolsillos, hebillas, botones, y de un cinturón; todo parecía
muy práctico, aunque no se supiese muy bien para qué podía servir.
--¿Quién es usted?--preguntó Josef K, y se sentó de inmediato en la
cama.
El hombre, sin embargo, ignoró la pregunta, como si se tuviera que
aceptar tácitamente su presencia, y se limitó a decir:
--¿Ha llamado?[4]
--Anna me tiene que traer el desayuno--dijo K, e intentó averiguar en
silencio, concentrándose y reflexionando, quién podría ser realmente
aquel hombre. Pero éste no se expuso por mucho tiempo a sus miradas,
sino que se dirigió a la puerta, la abrió un poco y le dijo a alguien
que presumiblemente se hallaba detrás:
--Quiere que Anna le traiga el desayuno.
Se escuchó una risa en la habitación contigua, aunque por el tono no
se podía decir si la risa provenía de una o de varias personas. Aunque
el desconocido no podía haberse enterado de nada que no supiera con
anterioridad, le dijo a K con una entonación oficial:
--Es imposible.
--¡Es lo que faltaba!--dijo K, que saltó de la cama y se puso los
pantalones con rapidez--. Quiero saber qué personas hay en la
habitación contigua y cómo la señora Grubach me explica este atropello.
Al decir esto, se dio cuenta de que no debería haberlo dicho en voz
alta, y de que, al mismo tiempo, en cierta medida, había reconocido el
derecho a vigilarle que se arrogaba el desconocido, pero en ese momento
no le pareció importante. En todo caso, así lo entendió el desconocido,
pues dijo:
--¿No prefiere quedarse aquí?
--Ni quiero quedarme aquí, ni deseo que usted me siga hablando mientras
no se haya presentado.
--Se lo he dicho con buena intención--dijo el desconocido, y abrió
voluntariamente la puerta.
La habitación contigua, en la que K entró más despacio de lo que
hubiera deseado, ofrecía, al menos a primera vista, un aspecto muy
parecido al de la noche anterior. Era la sala de estar de la señora
Grubach. Tal vez esa habitación repleta de muebles, alfombras, objetos
de porcelana y fotografías aparentaba esa mañana tener un poco más de
espacio libre que de costumbre, aunque era algo que no se advertía al
principio, como el cambio principal, que consistía en la presencia de
un hombre sentado al lado de la ventana con un libro en las manos, del
que, al entrar K, apartó la mirada.
--¡Tendría que haberse quedado en su habitación! ¿Acaso no se lo ha
dicho Franz?
--Sí, ¿qué quiere usted de mí?--preguntó K, que miró alternativamente
al nuevo desconocido y a la persona a la que había llamado Franz, que
ahora permanecía en la puerta. A través de la ventana abierta pudo
ver otra vez a la anciana que, con una auténtica curiosidad senil,
permanecía asomada con la firme resolución de no perderse nada.
--Quiero ver a la señora Grubach--dijo K, hizo un movimiento como
si quisiera desasirse de los dos hombres, que, sin embargo, estaban
situados lejos de él, y se dispuso a irse.
--No--dijo el hombre de la ventana, arrojó el libro sobre una mesita y
se levantó--. No puede irse, usted está detenido.
--Así parece--dijo K[5]--. ¿Y por qué?--preguntó a continuación.
--No estamos autorizados a decírselo. Regrese a su habitación y
espere allí. El proceso se acaba de iniciar y usted conocerá todo en
el momento oportuno. Me excedo en mis funciones cuando le hablo con
tanta amabilidad. Pero espero que no me oiga nadie excepto Franz, y él
también se ha comportado amablemente con usted, infringiendo todos los
reglamentos. Si sigue teniendo tanta suerte como la que ha tenido con
el nombramiento de sus vigilantes, entonces puede ser optimista.
K se quiso sentar, pero ahora comprobó que en toda la habitación no
había ni un solo sitio en el que tomar asiento, excepto el sillón junto
a la ventana.
Ya verá que todo lo que le hemos dicho es verdad--dijo Franz, que se
acercó con el otro hombre hasta donde estaba K. El compañero de Franz
le superaba en altura y le dio unas palmadas en el hombro. Ambos
examinaron la camisa del pijama de K y dijeron que se pusiera otra
peor, que ellos guardarían ésa, así como el resto de su ropa, y que si
el asunto resultaba bien, entonces le devolverían lo que habían tomado.
--Es mejor que nos entregue todo a nosotros en vez de al
depósito--dijeron--, pues en el depósito desaparecen cosas con
frecuencia y, además, transcurrido cierto plazo, se vende todo, sin
tener en consideración si el proceso ha terminado o no. ¡Y hay que ver
lo que duran los procesos en los últimos tiempos! Naturalmente, el
depósito, al final, abona un reintegro, pero éste, en primer lugar,
es muy bajo, pues en la venta no decide la suma ofertada, sino la del
soborno y, en segundo lugar, esos reintegros disminuyen, según la
experiencia, conforme van pasando de mano en mano y van transcurriendo
los años.
K apenas prestaba atención a todas esas aclaraciones. Por ahora no le
interesaba el derecho de disposición sobre sus bienes, consideraba
más importante obtener claridad en lo referente a su situación. Pero
en presencia de aquella gente no podía reflexionar bien, uno de
los vigilantes--podía tratarse, en efecto, de vigilantes--, que no
paraba de hablar por encima de él con sus colegas, le propinó una
serie de golpes amistosos con el estómago; no obstante, cuando alzó
la vista contempló una nariz torcida y un rostro huesudo y seco que
no armonizaba con un cuerpo tan grueso. ¿Qué hombres eran ésos? ¿De
qué hablaban? ¿A qué organismo pertenecían? K vivía en un Estado de
Derecho, en todas partes reinaba la paz, todas las leyes permanecían en
vigor[6], ¿quién osaba entonces atropellarle en su habitación? Siempre
intentaba tomarlo todo a la ligera, creer en lo peor sólo cuando lo
peor ya había sucedido, no tomar ninguna previsión para el futuro, ni
siquiera cuando existía una amenaza considerable. Aquí, sin embargo,
no le parecía lo correcto. Ciertamente, todo se podía considerar una
broma, si bien una broma grosera, que sus colegas del banco le gastaban
por motivos desconocidos, o tal vez porque precisamente ese día cumplía
treinta años[7]. Era muy posible, a lo mejor sólo necesitaba reírse
ante los rostros de los vigilantes para que ellos rieran con él, quizá
fueran los mozos de cuerda de la esquina, su apariencia era similar, no
obstante, desde la primera mirada que le había dirigido el vigilante
Franz, había decidido no renunciar a la más pequeña ventaja que
pudiera poseer contra esa gente[8]. Por lo demás, K no infravaloraba
el peligro de que más tarde se dijera que no aguantaba ninguna broma.
Se acordó--sin que fuera su costumbre aprender de la experiencia--de
un caso insignificante, en el que, a diferencia de sus amigos, se
comportó, plenamente consciente, con imprudencia, sin cuidarse de las
consecuencias, y fue castigado con el resultado. Eso no debía volver a
ocurrir, al menos no esta vez; si era una comedia, seguiría el juego.
Aún estaba en libertad.
--Permítanme--dijo, y pasó rápidamente entre los vigilantes para
dirigirse a su habitación.
--Parece que es razonable--oyó que decían detrás de él.
En cuanto llegó a su habitación se dedicó a sacar los cajones del
escritorio, todo en su interior estaba muy ordenado, pero, a causa
de la excitación, no podía encontrar precisamente los documentos de
identidad que buscaba. Finalmente encontró los papeles para poder
circular en bicicleta, ya quería ir a enseñárselos a los vigilantes
cuando pensó que esos papeles eran insignificantes, por lo que
siguió buscando hasta que encontró su partida de nacimiento. Cuando
regresó a la habitación contigua, se abrió la puerta de enfrente y
apareció la señora Grubach. Sólo se vieron un instante, pues en cuanto
reconoció a K pareció confusa, pidió disculpas y desapareció cerrando
cuidadosamente la puerta.
--Pero entre--es lo único que K tuvo tiempo de decir.
Ahora se encontraba en el centro de la habitación, con los papeles
en la mano. Continuó mirando hacia la puerta, que no se volvió a
abrir, y le asustó la llamada de los vigilantes, quienes permanecían
sentados frente a una mesita al lado de la ventana abierta. Como K pudo
comprobar, se estaban comiendo su desayuno.
--¿Por qué no ha entrado la señora Grubach?--preguntó K.
--No puede--dijo el vigilante más alto--. Usted está detenido.--Pero
¿cómo puedo estar detenido, y de esta manera?
--Ya empieza usted de nuevo--dijo el vigilante, e introdujo un trozo de
pan en el tarro de la miel--. No respondemos a ese tipo de preguntas.
--Pues deberán responderlas. Aquí están mis documentos de identidad,
muéstrenme ahora los suyos y, ante todo, la orden de detención.
--¡Cielo santo!--dijo el vigilante--. Que no se pueda adaptar a
su situación actual, y que parezca querer dedicarse a irritarnos
inútilmente, a nosotros, que probablemente somos los que ahora estamos
más próximos a usted entre todos los hombres.
Así es, créalo--dijo Franz, que no se llevó la taza a los labios, sino
que dirigió a K una larga mirada, probablemente sin importancia, pero
incomprensible. K incurrió sin quererlo en un intercambio de miradas
con Franz, pero agitó sus papeles y dijo:
Aquí están mis documentos de identidad.
--¿Y qué nos importan a nosotros?--gritó ahora el vigilante más alto--.
Se está comportando como un niño. ¿Qué quiere usted? ¿Acaso pretende
al hablar con nosotros sobre documentos de identidad y sobre órdenes
de detención que su maldito proceso acabe pronto? Somos empleados
subalternos, apenas comprendemos algo sobre papeles de identidad, no
tenemos nada que ver con su asunto, excepto nuestra tarea de vigilarle
diez horas todos los días, y por eso nos pagan. Eso es todo lo que
somos. No obstante, somos capaces de comprender que las instancias
superiores, a cuyo servicio estamos, antes de disponer una detención
como ésta se han informado a fondo sobre los motivos de la detención y
sobre la persona del detenido. No hay ningún error. El organismo para
el que trabajamos, por lo que conozco de él, y sólo conozco los rangos
más inferiores, no se dedica a buscar la culpa en la población, sino
que, como está establecido en la ley, se ve atraído por la culpa y nos
envía a nosotros, a los vigilantes. Eso es ley. ¿Dónde puede cometerse
aquí un error?
--No conozco esa ley--dijo K.
--Pues peor para usted--dijo el vigilante.
--Sólo existe en sus cabezas--dijo K, que quería penetrar en los
pensamientos de los vigilantes, de algún modo inclinarlos a su favor o
ir ganando terreno. Pero el vigilante se limitó a decir:
--Ya sentirá sus efectos.
Franz se inmiscuyó en la conversación y dijo:
--Mira, Willem, admite que no conoce la ley y, al mismo tiempo, afirma
que es inocente.
--Tienes razón, pero no se puede conseguir que comprenda nada--dijo el
otro.
K ya no respondió. «¿Acaso--pensó--debo dejarme confundir por la
cháchara de estos empleados subalternos, como ellos mismos reconocen
serlo? Hablan de cosas que no entienden en absoluto. Su seguridad
sólo se basa en su necedad. Un par de palabras que intercambie con
una persona de mi nivel y todo quedará incomparablemente más claro
que en una conversación larga con éstos». Paseó de un lado a otro de
la habitación, seguía viendo enfrente a la anciana, que ahora había
arrastrado hasta allí a una persona aún más anciana, a la que mantenía
abrazada. K tenía que poner punto final a ese espectáculo.
--Condúzcanme hasta su superior--dijo K.
--Cuando él lo diga, no antes--dijo el vigilante llamado Willem--, y
ahora le aconsejo--añadió--que vaya a su habitación, se comporte con
tranquilidad y espere hasta que se disponga algo sobre su situación.
Le aconsejamos que no se pierda en pensamientos inútiles, sino que se
concentre, pues tendrá que hacer frente a grandes exigencias. No nos
ha tratado con la benevolencia que merecemos. Ha olvidado que nosotros,
quienes quiera que seamos, al menos frente a usted somos hombres
libres, y esa diferencia no es ninguna nimiedad. A pesar de todo,
estamos dispuestos, si tiene dinero, a subirle un pequeño desayuno de
la cafetería.
K no respondió a la oferta y permaneció un rato en silencio. Tal vez
no le impidieran que abriera la puerta de la habitación contigua o
la del recibidor, tal vez ésa fuera la solución más simple, llevarlo
todo al extremo. Pero también era posible que se echaran sobre él
y, una vez en el suelo, habría perdido toda la superioridad que, en
cierta medida, aún mantenía sobre ellos. Por esta razón, prefirió a
esa solución la seguridad que traería consigo el desarrollo natural de
los acontecimientos, y regresó a su habitación, sin que ni él ni los
vigilantes pronunciaran una palabra más.
Se arrojó sobre la cama y tomó de la mesilla de noche una hermosa
manzana que había reservado la noche anterior para su desayuno. Ahora
era su único desayuno y, como comprobó al darle el primer mordisco,
resultaba, sin duda, mucho mejor que el desayuno que le hubiera podido
subir el vigilante de la sucia cafetería. Se sentía bien y confiado.
Cierto, estaba descuidando sus deberes matutinos en el banco, pero
como su puesto era relativamente elevado podría disculparse con
facilidad. ¿Debería decir las verdaderas razones? Pensó en hacerlo. Si
no le creían, lo que sería comprensible en su caso, podría presentar
a la señora Grubach como testigo o a los dos ancianos de enfrente,
que ahora mismo se encontraban en camino hacia la ventana de la
habitación opuesta. A K le sorprendió, al adoptar la perspectiva de los
vigilantes, que le hubieran confinado en la habitación y le hubieran
dejado solo, pues allí tenía múltiples posibilidades de quitarse la
vida. Al mismo tiempo, sin embargo, se preguntó, esta vez desde su
perspectiva, qué motivo podría tener para hacerlo. ¿Acaso porque
esos dos de al lado estaban allí sentados y se habían apoderado de
su desayuno? Habría sido tan absurdo quitarse la vida, que él, aun
cuando hubiese querido hacerlo, hubiera desistido por encontrarlo
absurdo. Si la limitación intelectual de los vigilantes no hubiese
sido tan manifiesta, se hubiera podido aceptar que tampoco ellos, como
consecuencia del mismo convencimiento, consideraban peligroso dejarlo
solo. Que vieran ahora, si querían, cómo se acercaba a un armario,
en el que guardaba un buen aguardiente, cómo se tomaba un vaso como
sustituto del desayuno y cómo destinaba otro para darse valor, pero
este último sólo como precaución para el caso improbable de que fuera
necesario.
En ese instante le asustó tanto una llamada de la habitación contigua
que mordió el cristal del vaso.
--El supervisor le llama--dijeron.
Sólo había sido el grito lo que le había asustado, ese grito corto,
seco, militar, del que jamás hubiera creído capaz a Franz. La orden fue
bienvenida.
--¡Por fin!--exclamó, cerró el armario y se apresuró a entrar en la
habitación contigua. Allí estaban los dos vigilantes que le conminaron
a que volviera a su habitación, como si fuera algo natural.
--¿Pero cómo se le ocurre?--gritaron--. ¿Cómo pretende presentarse ante
el supervisor en mangas de camisa? ¡Le dará una paliza y a nosotros
también!
--¡Al diablo con todo!--gritó K, que ya había sido empujado hasta el
armario ropero--. Cuando se me asalta en la cama no se puede esperar
encontrarme en traje de etiqueta.
--No le servirá de nada resistirse--dijeron los vigilantes, quienes,
siempre que K gritaba, permanecían tranquilos, con cierto aire de
tristeza, lo que le confundía y, en cierta medida, le hacía entrar en
razón.
--¡Ceremonias ridículas!--gruñó aún, pero cogió una chaqueta de la
silla y la mantuvo un rato entre las manos, como si la sometiera al
juicio de los vigilantes. Ellos negaron con la cabeza.
--Tiene que ser una chaqueta negra--dijeron.
K arrojó la chaqueta al suelo y dijo:
--Aún no se puede tratar de la vista oral.
Los vigilantes sonrieron, pero no cambiaron de opinión:--Tiene que ser
una chaqueta negra.
--Si eso contribuye a acelerar el asunto, me parece bien--dijo K, que
abrió el armario, buscó un buen rato entre los trajes y por fin sacó
su mejor traje negro, un chaqué que por su elegancia había causado
impresión entre sus amigos. A continuación, sacó también una camisa y
comenzó a vestirse cuidadosamente. Creyó haber logrado un adelanto al
comprobar que los vigilantes habían olvidado que se aseara en el baño.
Los observaba para ver si se acordaban, pero naturalmente no se les
ocurrió; sin embargo, Willem no olvidó enviar a Franz al supervisor con
la noticia de que K se estaba vistiendo[9].
Una vez vestido tuvo que atravesar, pocos pasos por delante de Willem,
la habitación contigua, ya vacía, y entrar en la siguiente, cuya
puerta, de dos hojas, estaba abierta. Esta habitación, como muy bien
sabía K, había sido ocupada hacía poco tiempo por una mecanógrafa que
solía salir muy temprano a trabajar y llegaba tarde por las noches, y
con la que K apenas había cruzado algunas palabras de saludo. Ahora la
mesilla de noche había sido desplazada desde la cama hasta el centro de
la habitación para servir de mesa de interrogatorio, y el supervisor
se sentaba detrás de ella. Tenía las piernas cruzadas y apoyaba un
brazo en el respaldo de la silla. En una de las esquinas[10] de la
habitación había tres jóvenes que contemplaban las fotografías de la
señorita Bürstner, colgadas de la pared. Del picaporte de la ventana,
que permanecía abierta, colgaba una blusa blanca. En la ventana de
enfrente se encontraban de nuevo los dos ancianos, pero la reunión
había aumentado, pues detrás de ellos destacaba un hombre con la camisa
abierta, mostrando el pecho, que no paraba de retorcer y presionar con
los dedos su perilla pelirroja.
--¿Josef K?--preguntó el supervisor, tal vez sólo para captar su
atención dispersa.
K asintió.
--¿Le han sorprendido mucho los acontecimientos de esta
mañana?--preguntó el supervisor y, como si fueran elementos necesarios
para el interrogatorio, desplazó con ambas manos algunos objetos que
había sobre la mesilla: una vela, una caja de cerillas, un libro y un
acerico.
--Así es--dijo K, y le invadió una sensación de bienestar por haber
encontrado al fin a un hombre razonable con el que poder hablar sobre
su asunto--. Cierto, estoy sorprendido, pero de ningún modo muy
sorprendido.
--¿No muy sorprendido?--preguntó el supervisor, y puso ahora la vela en
el centro de la mesilla, mientras agrupaba el resto de los objetos a su
alrededor.
--Es posible que no me interprete bien--se apresuró a especificar--.
Quiero decir...--aquí K se interrumpió y buscó una silla--. ¿Puedo
sentarme?--preguntó.
--No es lo normal--respondió el supervisor.
--Quiero decir--dijo ahora K sin más pausas--que me ha sorprendido
mucho, pero como llevo treinta años en el mundo y he tenido que abrirme
camino solo en la vida, estoy endurecido contra todo tipo de sorpresas,
así que no las tomo por la tremenda[11]. Especialmente la de hoy, no.
--¿Por qué no especialmente la de hoy?
--No quiero decir que lo considere todo una broma, para ello me parecen
demasiado complicadas todas las precauciones que se han tomado.
Tendrían que participar todos los inquilinos de la pensión y también
todos ustedes, eso me parece rebasar los límites de una broma. Por eso
no quiero decir que se trata de una broma.
--En efecto--dijo el supervisor y se dedicó a contar las cerillas que
había en la caja.
--Por otra parte--continuó K, y se dirigió a todos, incluso le hubiera
gustado que los tres situados ante las fotografías se hubieran dado
la vuelta para escucharle--, por otra parte el asunto no puede ser de
mucha importancia. Lo deduzco porque he sido acusado, pero no puedo
encontrar ninguna culpa por la que me pudieran haber acusado. Pero
eso también es secundario. Las preguntas principales son: ¿Quién me
ha acusado? ¿Qué organismo tramita mi proceso? ¿Es usted funcionario?
Ninguno tiene uniforme, a no ser que su traje--y se dirigió a Franz--se
pueda denominar un uniforme, aunque a mí me parece más bien un traje de
viaje. Reclamo claridad en estas cuestiones y estoy convencido de que,
una vez que hayan sido aclaradas, nos podremos despedir amablemente.
El supervisor derribó la caja de cerillas sobre la mesa.
--Usted se encuentra en un grave error--dijo--. Estos señores, aquí
presentes, y yo, carecemos completamente, en lo que se refiere a su
asunto, de importancia, más aún, apenas sabemos algo de él. Podríamos
llevar los uniformes reglamentarios y su asunto no habría empeorado un
ápice. Tampoco puedo decirle si le han acusado, o mejor, ni siquiera
sé si le han acusado. Usted está detenido, eso es cierto, no sé más.
Es posible que los vigilantes hayan charlado de otra cosa, pero eso
sólo es una charla. Aunque no pueda responder a sus preguntas, sí
le puedo aconsejar que piense menos en nosotros y en lo que le pueda
ocurrir y piense más en sí mismo. Y tampoco alardee tanto de su
inocencia, estropea la buena impresión que da. También debería ser más
reservado al hablar, casi todo lo que ha dicho hasta ahora se podría
haber deducido de su comportamiento aunque hubiera dicho muchas menos
palabras, además, no resulta muy favorable para su causa.
K miró fijamente al supervisor. ¿Acaso recibía lecciones de un
hombre que probablemente era más joven que él? ¿Le reprendían por su
sinceridad? ¿Y no iba a saber nada de su detención ni del que la había
dispuesto? Se apoderó de él cierta excitación, fue de un lado a otro,
siempre y cuando nada ni nadie se lo impedía, se subió los puños de la
camisa, se tocó el pecho, se alisó el pelo, pasó al lado de los tres
señores, dijo «esto es absurdo», por lo que éstos se volvieron y le
contemplaron con amabilidad, pero serios, y, finalmente, se paró ante
la mesa del supervisor.
--El fiscal Hasterer es un buen amigo mío--dijo--, ¿le puedo llamar por
teléfono?
--Por supuesto--dijo el supervisor--, pero no sé qué sentido podría
tener hacerlo, a no ser que quisiera hablar con él de algún asunto
particular.
--¿Qué sentido?--gritó K, más confuso que enojado--. ¿Pero, entonces,
quién es usted? Usted pretende encontrar algún sentido y procede de la
manera más absurda. Esto es para volverse loco. Estos señores me han
asaltado y ahora están aquí sentados o pasean alrededor y me obligan a
comparecer ante usted como si fuera un colegial. ¿Qué sentido tendría
llamar a un fiscal si, como indican las apariencias, estoy detenido?
Bien, no llamaré por teléfono.
--Pero hágalo--dijo el supervisor, y extendió la mano en dirección al
recibidor, donde estaba el teléfono--, por favor, llame.
--No, ya no quiero--dijo K, y se acercó a la ventana. Desde allí podía
ver a las personas de enfrente, quienes ahora, al ver aparecer a K en
la ventana, se sintieron algo perturbadas en su papel de tranquilos
espectadores. Los ancianos querían levantarse, pero el hombre que
estaba detrás de ellos los tranquilizó.
--¡Allí hay unos mirones!--gritó K hacia el supervisor y los señaló con
el dedo--. ¡Fuera de ahí!
Los tres retrocedieron inmediatamente unos pasos, los dos ancianos se
colocaron, incluso, detrás del hombre, que con su ancho cuerpo los
tapaba. Por los movimientos de su boca se podía deducir que estaba
diciendo algo, aunque incomprensible desde la distancia. Pero no
llegaron a desaparecer del todo, más bien parecían esperar el instante
en que pudieran acercarse a la ventana sin ser notados.
--¡Gente impertinente y desconsiderada!--dijo K al volverse hacia la
habitación. El supervisor probablemente asintió, al menos así lo creyó
K al dirigirle una mirada de soslayo. Aunque también era posible que no
hubiera escuchado, pues había extendido una de sus manos en la mesa y
parecía comparar los dedos. Los dos vigilantes estaban sentados en un
baúl cubierto con un paño decorativo y frotaban sus rodillas. Los tres
jóvenes habían colocado las manos en las caderas y miraban alrededor
sin fijarse en nada. Había un silencio como el que reina en una oficina
vacía.
--Bien, señores--dijo K, pues le pareció que él era quien lo soportaba
todo sobre sus hombros--, de su actitud se puede deducir que han
concluido con mi asunto. Soy de la opinión de que lo mejor sería no
pensar más sobre si su actuación está justificada o no y terminar
el caso reconciliados, con un apretón de manos. Si comparten mi
opinión, entonces, por favor...--y se acercó a la mesa del supervisor
alargándole la mano.
El supervisor elevó la mirada, se mordió el labio y miró la mano
extendida de K. Aún creía K que el supervisor la estrecharía, pero éste
se levantó, cogió un sombrero que estaba sobre la cama de la señorita
Bürstner y se lo colocó cuidadosamente con las dos manos, como hace la
gente cuando se prueba un sombrero nuevo.
--¡Qué fácil le parece todo a usted!--dijo a K mientras se ponía
el sombrero--. Deberíamos terminar el asunto con una despedida
conciliadora, ¿ésa es su opinión? No, no, así no funcionan las
cosas, y con esto tampoco le estoy diciendo que se desespere. No,
¿por qué hacerlo? Usted está detenido, nada más. Eso es lo que tenía
que comunicarle, he cumplido mi misión y también he visto cómo ha
reaccionado. Con eso es suficiente por hoy, ya podemos despedirnos,
aunque sólo por el momento. Usted querrá ir al banco...
--¿Al banco?--preguntó K--. Pensé que estaba detenido.
K preguntó con cierto consuelo, pues aunque su apretón de manos no
había sido aceptado, desde que el supervisor se había levantado se
sentía mucho más independiente de aquella gente. Quería seguirles el
juego. Tenía la intención, en el caso de que se fueran, de ir detrás de
ellos hasta la puerta y ofrecerles su detención. Por eso repitió:
--¿Cómo puedo ir al banco, si estoy detenido?
--¡Ah, ya!--dijo el supervisor, que había llegado a la puerta--, me
ha entendido mal, usted está detenido, cierto, pero eso no le impide
cumplir con sus obligaciones laborales. Debe seguir su vida normal.
--Entonces estar detenido no es tan malo--dijo K, y se acercó al
supervisor.
--No he dicho nada que lo desmienta--dijo éste.
--Pero tampoco parece que haya sido necesaria la comunicación de
la detención--dijo K, y se acercó más. También los otros se habían
acercado. Todos se habían reunido en un pequeño espacio al lado de la
puerta.
--Era mi deber--dijo el supervisor.
--Un deber bastante tonto--dijo K inflexible.
--Puede ser--respondió el supervisor--, pero no vamos a perder el
tiempo con conversaciones como ésta. He pensado que querría ir al
banco. Como usted está al tanto de todas las palabras, añado: no
le obligo a ir al banco, sólo he supuesto que quería hacerlo. Para
facilitárselo y para que su llegada al banco sea lo más discreta
posible, he mantenido a estos tres jóvenes, colegas suyos, a su
disposición.
--¿Cómo?--gritó K, y miró asombrado a los tres.
Aquellos jóvenes tan anodinos y anémicos, que él aún recordaba sólo
como grupo al lado de las fotografías, eran realmente funcionarios de
su banco, no colegas, eso era demasiado decir, y demostraba una laguna
en la omnisciencia del supervisor, aunque, en efecto, se trataba de
funcionarios subordinados del banco. ¿Cómo no se había dado cuenta
antes? Hasta qué punto había concentrado la atención en el supervisor y
en los vigilantes, que había sido incapaz de reconocer a esos tres: al
torpe Rabensteiner, siempre agitando las manos, al rubio Kullych, con
los ojos caídos, y a Kaminer, con su sonrisa insoportable, producto de
una distrofia muscular crónica.
--¡Buenos días!--dijo K, pasado un rato, y ofreció su mano a los
señores, que se inclinaron correctamente--. No les había reconocido.
Bien, entonces nos vamos juntos al trabajo, ¿no?
Los tres jóvenes asintieron solícitos y sonriendo, como si hubieran
estado esperando ese momento durante todo el tiempo, sólo cuando K
echó de menos su sombrero, que se había quedado en su cuarto, se
apresuraron, uno detrás del otro, a recogerlo, de lo que se podía
deducir cierta perplejidad. K permaneció en silencio y vio cómo se
alejaban a través de las dos puertas abiertas, el último, naturalmente,
era el indiferente Rabensteiner, que se había limitado a adoptar
un elegante trote corto. Kaminer le entregó el sombrero, y K tuvo
que decirse expresamente, lo que, por lo demás, era necesario con
frecuencia en el banco, que la sonrisa de Kaminer no era intencionada,
que en realidad era incapaz de sonreír intencionadamente. En el
recibidor, la señora Grubach, que no aparentaba ninguna conciencia
culpable, abrió la puerta de la calle a todo el grupo, y K, como
muchas veces, se quedó mirando la cinta de su delantal, que ceñía
innecesariamente su poderoso cuerpo. Una vez fuera, K, con el reloj en
la mano, y para no aumentar el retraso de media hora, decidió llamar
a un taxi. Kaminer se acercó corriendo a una esquina para llamar a
uno, pero mientras los otros dos aparentemente intentaban distraer
a K, Kullych señaló repentinamente la puerta de enfrente, en la que
acababa de aparecer el hombre con la perilla pelirroja, quien quedó
algo confuso, ya que ahora se mostraba en toda su estatura, por lo que
retrocedió hasta la pared y se apoyó en ella. Los ancianos aún estaban
en las escaleras. K se enfadó con Kullych por haber llamado la atención
sobre el hombre al que ya había visto antes y al que incluso había
esperado.
--No mire hacia allí--balbuceó, sin darse cuenta de lo llamativa que
resultaba esa forma de expresarse cuando se dirigía a personas maduras.
Pero tampoco era necesaria ninguna explicación, pues acababa de llegar
el coche, así que se sentaron y partieron. En ese instante, K se acordó
de que no se había percatado de la partida del supervisor y de los
vigilantes, el supervisor le había ocultado a los tres funcionarios y
ahora los funcionarios habían ocultado, a su vez, al supervisor. Eso
no denotaba mucha serenidad, así que K se propuso observarse mejor.
No obstante, se dio la vuelta y se inclinó por si todavía existía la
posibilidad de ver al supervisor y a los vigilantes. Pero recuperó en
seguida su posición original sin ni siquiera haber intentado buscar a
alguien, reclinándose cómodamente en uno de los extremos del asiento
del coche[12]. Aunque no lo aparentaba, habría necesitado ahora algo de
conversación, pero los señores parecían cansados. Rabensteiner miraba
hacia la derecha, Kullych hacia la izquierda y sólo Kaminer estaba
a su disposición con sus muecas, y hacer una broma sobre ellas, por
desgracia, lo prohibía la humanidad.