[13] Max Brod fundió los dos primeros capítulos en uno. Del manuscrito,
sin embargo, se puede deducir que Kafka los concibió como dos capítulos
independientes.
[14] Tachado en el manuscrito: «Ante la casa paseaba un soldado con
el paso regular y fuerte de un centinela. K se tuvo que inclinar
mucho para poder verlo, ya que se encontraba muy cerca de la pared.
"¡Hola!"--le gritó, pero no tan alto como para que pudiera oírle.
Por lo demás, resultó que sólo estaba esperando a una criada que
había ido a la cervecería de enfrente para traerle una cerveza y que
ahora aparecía en la puerta iluminada. K se planteó la pregunta de si
realmente había creído por un momento que el soldado estaba allí por
él. Pero no pudo responderla».
[15] Tachado en el manuscrito: «Pasaban de las once y media cuando
escuchó a alguien en la escalera. K, que se encontraba en el vestíbulo
sumido en sus pensamientos, dando fuertes caladas al cigarro según su
costumbre, se vio obligado a reflexionar un poco antes de huir hacia
su habitación. A través del agujero de la cerradura comprobó que no se
trataba de la señorita B, sino del capitán...».
[16] Tachado en el manuscrito: «Si quería hablar conmigo--aunque no me
puedo imaginar de qué--ha tenido muchas oportunidades para hacerlo».
[17] Tachado en el manuscrito: «La felicidad de estar en su
habitación, en su proximidad, podía terminar en cualquier momento».
=PRIMERA CITACIÓN JUDICIAL=
A K le habían comunicado por teléfono que el domingo próximo tendría
lugar una corta vista para la instrucción procesal de su causa. Se
le advertía que esas vistas se celebraban periódicamente, aunque no
todas las semanas. También le comunicaron que todos tenían interés
en concluir el proceso lo más rápidamente posible; sin embargo, las
investigaciones tenían que ser minuciosas en todos los aspectos,
aunque, al mismo tiempo, el esfuerzo unido a ellas jamás debía durar
demasiado. Precisamente por este motivo se había elegido realizar
ese tipo de citaciones cortas y continuadas. Se había optado por
el domingo como día de la vista sumarial para no perturbar las
obligaciones profesionales de K. Se presumía que él estaría de acuerdo,
pero si prefería otra fecha se intentaría satisfacer su deseo. Las
citaciones podían tener lugar también por la noche, pero K no estaría
lo suficientemente fresco. Así pues, y mientras K no objetase nada,
la instrucción se llevaría a cabo los domingos. Era evidente que
debía comparecer, ni siquiera era necesario advertírselo. Le dijeron
el número de la casa: estaba situada en una calle apartada de los
suburbios en la que K jamás había estado.
Una vez oído el mensaje, K colgó el auricular sin contestar; estaba
decidido a ir el domingo: con toda seguridad era necesario; el proceso
se había puesto en marcha y tenía que dejar claro que esa citación
debía ser la última. Aún permanecía pensativo junto al aparato, cuando
escuchó detrás de él la voz del subdirector, que quería llamar por
teléfono. K le obstruía el paso.
--¿Malas noticias?--preguntó el subdirector sin pensar, no para saber
algo, sino simplemente para apartar a K del teléfono.
--No, no--dijo K, que se apartó pero no se alejó.
El subdirector cogió el auricular y, mientras esperaba la conexión
telefónica, se dirigió a K:
--Una pregunta, señor K, ¿le apetecería venir a una fiesta que doy
el domingo en mi velero? Nos reuniremos un buen grupo y encontrará
conocidos suyos, entre otros al fiscal Hasterer. ¿Quiere venir? ¡Venga,
anímese!
K intentó prestar atención a lo que decía el subdirector. No carecía de
importancia para él, pues esa invitación del subdirector, con el que
nunca se había llevado bien, suponía un intento de reconciliación de su
parte y, al mismo tiempo, mostraba la importancia que K había adquirido
en el banco, así como lo valiosa que le parecía al segundo funcionario
más importante del banco su amistad o, al menos, su imparcialidad. Esa
invitación suponía, además, una humillación del subdirector, por más
que la hubiera formulado por encima del auricular mientras esperaba la
conexión telefónica. Pero K se vio obligado a ocasionarle una segunda
humillación, dijo:
--¡Muchas gracias! Pero por desgracia el domingo no tengo tiempo, tengo
un compromiso.
--Es una pena--dijo el subdirector, que se concentró en su conversación
telefónica. No fue una conversación corta y K permaneció todo el tiempo
pensativo al lado del teléfono. Cuando el subdirector colgó, K se
asustó y dijo para disculpar su pasiva permanencia allí:
--Me acaban de llamar por teléfono, tendría que ir a algún sitio, pero
se les ha olvidado decirme la hora.
--Pregunte usted--dijo el subdirector.
--No es tan importante--dijo K, aunque así dejaba sin fundamento su ya
débil disculpa anterior. El subdirector habló todavía sobre algunas
cosas mientras se iba, K hizo un esfuerzo para responderle, pero sólo
pensaba en que lo mejor sería ir el domingo a las nueve de la mañana,
pues ésa era la hora en que todos los juzgados comenzaban a trabajar
los días laborables.
El domingo amaneció nublado. K se levantó muy cansado, ya que se
había quedado hasta muy tarde por la noche en una reunión de su
tertulia. Casi se había quedado dormido. Deprisa, sin apenas tiempo
para pensar en nada ni para recordar los distintos planes que había
hecho durante la semana, se vistió y salió corriendo, sin desayunar,
hacia el suburbio indicado. Curiosamente, y aunque apenas tenía tiempo
para mirar a su alrededor, se encontró con los tres funcionarios
relacionados con su causa: Rabensteiner, Kullych y Kaminer. Los dos
primeros pasaron por delante de K en un tranvía, Kaminer, sin embargo,
estaba sentado en la terraza de un café y se inclinó con curiosidad
sobre la barandilla cuando K pasó a su lado. Todos miraron cómo se
alejaba y se sorprendieron por la prisa que llevaba. Era una suerte
de despecho lo que había inducido a K a no coger ningún vehículo para
llegar a su destino, pues quería evitar cualquier ayuda extraña en
su asunto, por pequeña que fuera; tampoco quería recurrir a nadie ni
ponerle al corriente de ningún detalle; finalmente tampoco tenía
ganas de humillarse ante la comisión investigadora con una excesiva
puntualidad. No obstante, corría, pero sólo para llegar alrededor de
las nueve, aunque tampoco le habían citado a una hora concreta.
Había pensado que podría reconocer la casa desde lejos por algún
signo, que, sin embargo, no se había podido imaginar, o por cierto
movimiento ante la puerta. Pero en la calle Julius, que era en la que
debía estar, y en cuyo inicio permaneció K un rato, sólo se alineaban a
ambos lados casas grises de alquiler, altas y uniformes, habitadas por
gente pobre. En aquella mañana de domingo estaban todas las ventanas
ocupadas, hombres en camiseta se apoyaban en los antepechos y firmaban
o sostenían cuidadosamente entre sus brazos a niños. En otras ventanas
colgaba la ropa de cama, sobre la que de vez en cuando aparecía por
un instante la cabeza desgreñada de alguna mujer. Se llamaban unos
a otros a través de la calle: una de esas llamadas provocó risas
sobre K. Repartidas con regularidad, a lo largo de la calle se
encontraban, algo por debajo del nivel de la acera, algunas tiendas
a las que se descendía por unas escaleras y en las que se vendían
distintos alimentos. Se veía cómo entraban y salían mujeres de ellas:
otras permanecían charlando ante la puerta. Un mercader de fruta,
que pregonaba su mercancía y circulaba sin prestar atención, casi
atropella a K, también distraído, con su carro. En ese momento comenzó
a sonar un gramófono de un modo criminal: era un viejo aparato que sin
duda había conocido tiempos mejores en un barrio más elegante.
K avanzó lentamente por la calle, como si tuviera tiempo o como si el
juez de instrucción le estuviera viendo desde una ventana y supiera que
K iba a comparecer. Pasaban pocos minutos de las nueve. La casa quedaba
bastante lejos, era extraordinariamente ancha, sobre todo la puerta
de entrada era muy elevada y amplia. Aparentemente estaba destinada
a la carga y descarga de mercancías de los distintos almacenes que
rodeaban el patio y que ahora permanecían cerrados. En las puertas de
los almacenes se podían ver los letreros de las empresas. K conocía a
alguna de ellas por su trabajo en el banco. Aunque no era su costumbre,
permaneció un rato en la entrada del patio dedicándose a observar
detenidamente todos los pormenores. Cerca de él estaba sentado un
hombre descalzo que leía el periódico. Dos muchachos se columpiaban en
un carro. Una niña débil, con la camisa del pijama, estaba al lado de
una bomba de agua y miraba hacia K mientras el agua caía en su jarra.
En una de las esquinas del patio estaban tendiendo un cordel entre dos
ventanas, del que colgaba la ropa para secarse. Un hombre permanecía
debajo y dirigía la operación con algunos gritos.
K se volvió hacia la escalera para dirigirse al juzgado de instrucción,
pero se quedó parado, ya que aparte de esa escalera veía en el patio
otras tres entradas con sus respectivas escaleras y, además, un pequeño
corredor al final del patio parecía conducir a un segundo patio. Se
enojó porque nadie le había indicado con precisión la situación de
la sala del juzgado. Le habían tratado con una extraña desidia o
indiferencia, era su intención dejarlo muy claro. Finalmente decidió
subir por la primera escalera y, mientras lo hacía, jugó en su
pensamiento con el recuerdo de la máxima pronunciada por el vigilante
Willem, que el tribunal se ve atraído por la culpa, de lo que se podía
deducir que la sala del juzgado tenía que encontrarse en la escalera
que K había elegido casualmente.
Al subir le molestaron los numerosos niños que jugaban en la escalera
y que, cuando pasaba entre ellos, le dirigían miradas malignas. «Si
tengo que venir otra vez--se dijo--, tendré que traer caramelos para
ganármelos o el bastón para golpearlos». Cuando le quedaba poco para
llegar al primer piso, se vio obligado a esperar un rato, hasta que
una pelota llegase, finalmente, a su destino; dos niños, con rostros
espabilados de granujas adultos, le sujetaron por las perneras de los
pantalones. Si hubiera querido desasirse de ellos, les tendría que
haber hecho daño y él temía el griterío que podían formar.
La verdadera búsqueda comenzó en el primer piso. Como no podía
preguntar sobre la comisión investigadora, se inventó a un carpintero
apellidado Lanz--el nombre se le ocurrió porque el capitán, sobrino de
la señora Grubach, se apellidaba así--, y quería preguntar en todas las
viviendas si allí vivía el carpintero Lanz, así tendría la oportunidad
de ver las distintas habitaciones. Pero resultó que la mayoría de las
veces era superfluo, pues casi todas las puertas estaban abiertas y los
niños salían y entraban. Por regla general eran habitaciones con una
sola ventana, en las que también se cocinaba. Algunas mujeres sostenían
niños de pecho en uno de sus brazos y trabajaban en el fogón con el
brazo libre. Muchachas adolescentes, aparentemente vestidas sólo con
un delantal, iban de un lado a otro con gran diligencia. En todas las
habitaciones las camas permanecían ocupadas, yacían enfermos, personas
durmiendo o estirándose. K llamó a las puertas que estaban cerradas y
preguntó si allí vivía un carpintero apellidado Lanz. La mayoría de
las veces abrían mujeres, escuchaban la pregunta y luego se dirigían a
alguien en el interior de la habitación que se incorporaba en la cama.
--El señor pregunta si aquí vive un carpintero, un tal Lanz.
--¿Carpintero Lanz?--preguntaban desde la cama.
--Sí--decía K, a pesar de que allí indudablemente no se encontraba
la comisión investigadora y que, por consiguiente, su misión había
terminado.
Muchos creyeron que K tenía mucho interés en encontrar al carpintero
Lanz, intentaron recordar, nombraron a un carpintero que no se
llamaba Lanz u otro apellido que remotamente poseía cierta similitud,
o preguntaron al vecino, incluso acompañaron a K hasta una puerta
alejada, donde, según su opinión, posiblemente vivía un hombre con
ese apellido como subinquilino, o donde había alguien que podía dar
una mejor información. Finalmente, ya no fue necesario que siguiese
preguntando, fue conducido de esa manera por todos los pisos. Lamentó
su plan, que al principio le había parecido tan práctico. Antes de
llegar al quinto piso, decidió renunciar a la búsqueda, se despidió de
un joven y amable trabajador que quería conducirle hacia arriba, y bajó
las escaleras. Entonces se enojó otra vez por la inutilidad de toda la
empresa. Así que volvió a subir y tocó a la primera puerta del quinto
piso. Lo primero que vio en la pequeña habitación fue un gran reloj de
pared, que ya señalaba las diez.
--¿Vive aquí el carpintero Lanz?--preguntó.
--Pase, por favor--dijo una mujer joven con ojos negros y luminosos,
que lavaba en ese preciso momento ropa de niño en un cubo, señalando
hacia la puerta abierta que daba a una habitación contigua.
K creyó entrar en una asamblea. Una aglomeración de la gente más
dispar--nadie prestó atención al que entraba--llenaba una habitación de
mediano tamaño con dos ventanas, que estaba rodeada, casi a la altura
del techo, por una galería que también estaba completamente ocupada y
donde las personas sólo podían permanecer inclinadas, con la cabeza y
la espalda tocando el techo. K, para quien el aire resultaba demasiado
sofocante, volvió a salir y dijo a la mujer, que probablemente le había
entendido mal:
--He preguntado por un carpintero, por un tal Lanz.
--Sí--dijo la mujer--, pase usted, por favor.
La mujer se adelantó y cogió el picaporte: sólo por eso la siguió; a
continuación dijo:
--Después de que entre usted tengo que cerrar, nadie más puede entrar.
--Muy razonable--dijo K--, pero ya está demasiado lleno.
No obstante, volvió a entrar.
Acababa de pasar entre dos hombres, que conversaban junto a la
puerta--uno de ellos hacía un ademán con las manos extendidas hacia
adelante como si estuviera contando dinero, el otro le miraba fijamente
a los ojos--, cuando una mano agarró a K por el codo. Era un joven
pequeño y de mejillas coloradas.
--Venga, venga usted--le dijo.
K se dejó guiar. Entre la multitud había un estrecho pasillo libre que
la dividía en dos partes, probablemente en dos facciones distintas.
Esta impresión se veía fortalecida por el hecho de que K, en las
primeras hileras, apenas veía algún rostro, ni a la derecha ni a la
izquierda, que se volviera hacia él, sólo veía las espaldas de personas
que dirigían exclusivamente sus gestos y palabras a los de su propio
partido. La mayoría de los presentes vestía de negro, con viejas y
largas chaquetas sueltas, de las que se usaban en días de fiesta. Esa
forma de vestir confundió a K, que, si no, hubiera tomado todo por una
asamblea política[18] del distrito.
En el extremo de la sala al que K fue conducido, había una pequeña
mesa, en sentido transversal, sobre una tarima muy baja, también llena
de gente, y, detrás de ella, cerca del borde de la tarima, estaba
sentado un hombre pequeño, gordo y jadeante, que, en ese preciso
momento, conversaba entre grandes risas con otro--que había apoyado
el codo en el respaldo de la silla y cruzado las piernas--, situado
a sus espaldas. A veces hacía un ademán con la mano en el aire, como
si estuviera imitando a alguien. Al joven que condujo a K le costó
transmitir su mensaje. Dos veces se había puesto de puntillas y había
intentado llamar la atención, pero ninguno de los de arriba se fijó en
él. Sólo cuando uno de los de la tarima reparó en el joven y anunció su
presencia, el hombre gordo se volvió hacia él y escuchó inclinado su
informe, transmitido en voz baja. A continuación, sacó su reloj y miró
rápidamente a K.
--Tendría que haber comparecido hace una hora y cinco minutos--dijo.
K quiso responder algo, pero no tuvo tiempo, pues apenas había
terminado de hablar el hombre, cuando se elevó un murmullo general en
la parte derecha de la sala.
--Tendría que haber comparecido hace una hora y cinco minutos--repitió
el hombre en voz más alta y paseó rápidamente su mirada por la sala. El
rumor se hizo más fuerte y, como el hombre no volvió a decir nada, se
apagó paulatinamente. En la sala había ahora menos ruido que cuando K
había entrado. Sólo los de la galería no cesaban en sus observaciones.
Por lo que se podía distinguir entre la oscuridad y el polvo, parecían
vestir peor que los de abajo. Algunos habían traído cojines, que habían
colocado entre la cabeza y el techo para no herirse.
K había decidido no hablar mucho y observar, por eso renunció a
defenderse de los reproches de impuntualidad y se limitó a decir:
--Es posible que haya llegado tarde, pero ya estoy aquí.
A sus palabras siguió una ovación en la parte derecha de la sala.
«Gente fácil de ganar»--pensó K, al que sólo le inquietó el silencio en
la parte izquierda, precisamente a sus espaldas, y de la que sólo había
surgido algún aplauso aislado. Pensó qué podría decir para ganárselos a
todos de una vez o, si eso no fuera posible, para ganarse a los otros
al menos temporalmente.
--Sí--dijo el hombre--, pero yo ya no estoy obligado a interrogarle--el
rumor se elevó, pero esta vez era equívoco, pues el hombre continuó
después de hacer un ademán negativo con la mano--, aunque hoy lo haré
como una excepción. No obstante, un retraso como éste no debe volver a
repetirse. Y ahora, ¡adelántese!
Alguien bajó de la tarima, por lo que quedó un sitio libre que K ocupó.
Estaba presionado contra la mesa, la multitud detrás de él era tan
grande que tenía que ofrecer resistencia para no tirar de la tarima la
mesa del juez instructor o, incluso, al mismo juez.
El juez instructor, sin embargo, no se preocupaba por eso, estaba
sentado muy cómodo en su silla y, después de haberle dicho una última
palabra al hombre que permanecía detrás de él, cogió un libro de notas,
el único objeto que había sobre la mesa. Parecía un cuaderno colegial,
era viejo y estaba deformado por el uso.
--Bien--dijo el juez instructor, hojeó el libro y se dirigió a K con un
tono verificativo:
--¿Usted es pintor de brocha gorda?
--No--dijo K--, soy el primer gerente de un gran banco.
Esta respuesta despertó risas tan sinceras en la parte derecha de
la sala que K también tuvo que reír. La gente apoyaba las manos en
las rodillas y se agitaba tanto que parecía presa de un grave ataque
de tos. También rieron algunos de la galería. El juez instructor,
profundamente enojado, como probablemente era impotente frente a los
de abajo, intentó resarcirse con los de la galería. Se levantó de un
salto, amenazó a la galería, y sus cejas se elevaron espesas y negras
sobre sus ojos.
La parte de la izquierda aún permanecía en silencio, los espectadores
estaban en hileras, con los rostros dirigidos a la tarima y, mientras
los del partido contrario formaban gran estruendo, escuchaban con
tranquilidad las palabras que se intercambiaban arriba, incluso
toleraban que en un momento u otro algunos de su facción se sumaran
a la otra. La gente del partido de la izquierda, que, por lo demás,
era menos numeroso, en el fondo quería ser tan insignificante como
el partido de la derecha, pero la tranquilidad de su comportamiento
les hacía parecer más importantes. Cuando K comenzó a hablar, estaba
convencido de que hablaba en su sentido.
--Su pregunta, señor juez instructor, de si soy pintor de brocha
gorda--aunque en realidad no se trataba de una pregunta, sino de una
apera afirmación--, es significativa para todo el procedimiento que
se ha abierto contra mí. Puede objetar que no se trata de ningún
procedimiento, tiene razón, pues sólo se trata de un procedimiento
si yo lo reconozco como tal. Por el momento así lo hago, en cierto
modo por compasión. Aquí no se puede comparecer sino con esa actitud
compasiva, si uno quiere ser tomado en consideración. No digo que sea
un procedimiento caótico, pero le ofrezco esta designación para que
tome conciencia de su situación.
K interrumpió su discurso y miró hacia la sala. Lo que acababa de decir
era duro, más de lo que había previsto, pero era la verdad. Se había
ganado alguna ovación, pero todo permaneció en silencio, probablemente
se esperaba con tensión la continuación, tal vez en el silencio se
preparaba una irrupción que pondría fin a todo. Resultó molesto que en
ese momento se abriera la puerta. La joven lavandera, que probablemente
había concluido su trabajo, entró en la sala y a pesar de toda su
precaución, atrajo algunas miradas. Sólo el juez de instrucción le
procuró a K una alegría inmediata, pues parecía haber quedado afectado
por sus palabras. Hasta ese momento había escuchado de pie, pues el
discurso de K le había sorprendido mientras se dirigía a la galería.
Ahora que había una pausa, se volvió a sentar, aunque lentamente, como
si no quisiera que nadie lo advirtiera. Probablemente para calmarse
volvió a tomar el libro de notas.
--No le ayudará nada--continuó K--, también su cuadernillo confirma lo
que le he dicho.
Satisfecho al oír sólo sus sosegadas palabras en la asamblea, K
osó arrebatar, sin consideración alguna, el cuaderno al juez de
instrucción. Lo cogió con las puntas de los dedos por una de las hojas
del medio, como si le diera asco, de tal modo que las hojas laterales,
llenas de manchas amarillentas, escritas apretadamente por ambas caras,
colgaban hacia abajo.
--Éstas son las actas del juez instructor--dijo, y dejó caer el
cuaderno sobre la mesa--. Siga leyendo en él, señor juez instructor, de
ese libro de cuentas no temo nada, aunque no esté a mi alcance, ya que
sólo puedo tocarlo con la punta de dos dedos.
Sólo pudo ser un signo de profunda humillación, o así se podía
interpretar, que el juez instructor cogiera el cuaderno tal y como
había caído sobre la mesa, lo intentara poner en orden y se propusiera
leer en él de nuevo.
Los rostros de las personas en la primera hilera estaban dirigidos a K
con tal tensión que él los contempló un rato desde arriba. Eran hombres
mayores, algunos con barba blanca. Es posible que ésos fueran los más
influyentes en la asamblea, la cual, a pesar de la humillación del juez
instructor, no salió de la pasividad en la que había quedado sumida
desde que K había comenzado a hablar.
--Lo que me ha ocurrido--continuó K con voz algo más baja que antes,
buscando los rostros de la primera fila, lo que dio a su discurso un
aire de inquietud--, lo que me ha ocurrido es un asunto particular
y, como tal, no muy importante, pues no lo considero grave, pero es
significativo de un procedimiento que se incoa contra otros muchos.
Aquí estoy en representación de ellos y no sólo de mí mismo.
Había elevado la voz involuntariamente. En algún lugar alguien aplaudió
con las manos alzadas y gritó:
--¡Bravo! ¿Por qué no? ¡Otra vez bravo!
Los ancianos de las primeras filas se acariciaron las barbas, pero
ninguno se volvió a causa de la exclamación. Tampoco K le atribuyó
ninguna importancia, seguía animado. Ya no creía necesario que todos
aplaudieran, le bastaba con que la mayoría comenzase a reflexionar
sobre el asunto y que alguno, de vez en cuando, se dejara convencer.
--No quiero alcanzar ningún triunfo retórico--dijo K, sacando
conclusiones de su reflexión--, tampoco podría. Es muy probable que
el señor juez instructor hable mucho mejor que yo, es algo que forma
parte de su profesión. Lo único que deseo es la discusión pública de
una irregularidad pública. Escuchen: fui detenido hace diez días, me
río de lo que motivó mi detención, pero eso no es algo para tratarlo
aquí. Me asaltaron por la mañana temprano, cuando aún estaba en la
cama. Es muy posible--no se puede excluir por lo que ha dicho el juez
instructor--que tuvieran la orden de detener a un pintor, tan inocente
como yo, pero me eligieron a mí. La habitación contigua estaba ocupada
por dos rudos vigilantes. Si yo hubiera sido un ladrón peligroso, no
se hubieran podido tomar mejores medidas. Esos vigilantes eran, por
añadidura, una chusma indecente, su cháchara era insufrible, se querían
dejar sobornar, se querían apropiar con trucos de mi ropa interior y de
mis trajes, querían dinero para, según dijeron, traerme un desayuno,
después de haberse comido con desvergüenza inusitada el mío ante mis
propios ojos. Y eso no fue todo. Me llevaron a otra habitación, ante el
supervisor. Era la habitación de una dama, a la que aprecio mucho, y
tuve que ver cómo esa habitación, por mi causa aunque no por mi culpa,
fue ensuciada en cierto modo por la presencia de los vigilantes y del
supervisor. No fue fácil guardar la calma. No obstante, lo conseguí,
y pregunté al supervisor con toda tranquilidad--si estuviera aquí
presente lo tendría que confirmar--por qué estaba detenido. ¿Y qué
respondió ese supervisor, al que aún puedo ver sentado en el sillón
de la mencionada dama, como la personificación de la arrogancia más
estúpida? Señores, en el fondo no respondió nada, tal vez ni siquiera
sabía nada, me había detenido y con eso quedaba satisfecho. Pero había
hecho algo más, había introducido a tres empleados inferiores de mi
banco en la habitación de esa dama, que se entretuvieron en tocar y
desordenar unas fotografías, propiedad de la dama en cuestión. La
presencia de esos empleados tenía, sin embargo, otra finalidad, su
misión, como la de mi casera y la de la criada, consistía en difundir
la noticia de mi detención para dañar mi reputación y, sobre todo,
para poner en peligro mi posición en el banco. Pero no han conseguido
nada. Hasta mi casera, una persona muy simple--quisiera mencionar aquí
su nombre como timbre de honor, la señora Grubach--, hasta la señora
Grubach tuvo la suficiente capacidad de juicio para comprender que
semejante detención no tenía más importancia que un plan ejecutado por
algunos jóvenes mal vigilados en una callejuela. Lo repito, lo único
que me ha proporcionado todo esto han sido contrariedades y un enojo
pasajero, pero ¿no hubiera podido tener acaso peores consecuencias?
Cuando K dejó de hablar y miró hacia el silencioso juez de instrucción,
creyó notar que éste le hacía un signo con la mirada a alguien de la
multitud. K se rió y prosiguió:
--El juez instructor acaba de hacer a alguien de ustedes una señal
secreta. Parece que entre ustedes hay personas que se dejan dirigir
desde aquí arriba. No sé si esa señal debe despertar ovaciones o
silbidos, pero, al descubrir a tiempo el truco, renuncio a averiguar
el significado del signo. Me es completamente indiferente y autorizo
públicamente al señor juez instructor para que imparta sus órdenes a
sus empleados asalariados de ahí abajo de viva voz y no con signos
secretos, que diga algo como: «ahora silben» o «ahora aplaudan».
A causa de su confusión o de su impaciencia, el juez instructor no
cesaba de removerse en su silla. El hombre que estaba detrás, y con
el que había conversado anteriormente, se inclinó de nuevo hacia él,
ya fuese para insuflarle valor o para darle un consejo. Abajo, la
gente conversaba en voz baja, pero animadamente. Los dos partidos, que
en un principio parecían tener opiniones contrarias, se mezclaron.
Algunas personas señalaban a K con el dedo, otras al juez instructor.
La neblina que había en la estancia era muy molesta, incluso impedía
que el público más alejado pudiera ver con claridad. Tenía que
ser especialmente molesto para los de la galería, quienes, no sin
antes lanzar miradas temerosas de soslayo hacia el juez instructor,
se veían obligados a preguntar a los participantes en la asamblea
para enterarse mejor. Las respuestas también se daban en voz baja,
disimulando con la mano en la boca.
--Ya termino--dijo K, y como no había ninguna campanilla, dio un
golpe con el puño en la mesa; debido al susto, las cabezas del juez
instructor y del consejero se separaron por un instante--. Todo este
asunto apenas me afecta, así que puedo juzgarlo con tranquilidad.
Ustedes podrán sacar, suponiendo que tengan algún interés en este
supuesto tribunal, alguna ventaja si me escuchan. Les suplico, por
consiguiente, que aplacen sus comentarios para más tarde, pues apenas
tengo tiempo y me iré pronto.
Nada más terminar de decir estas palabras, se hizo el silencio, tal
era el dominio que K ejercía sobre la asamblea. Ya no se lanzaron
gritos como al principio, ya no se aplaudió más, parecían convencidos o
estaban en vías de serlo.
--No hay ninguna duda--dijo K en voz muy baja, pues sentía cierto
placer al percibir la tensa escucha de toda la asamblea; de ese
silencio surgía un zumbido más excitante que la ovación más
halagadora--, no hay ninguna duda de que detrás de las manifestaciones
de este tribunal, en mi caso, pues, detrás de la detención y del
interrogatorio de hoy, se encuentra una gran organización. Una
organización que, no sólo da empleo a vigilantes corruptos, a necios
supervisores y a jueces de instrucción, quienes, en el mejor de los
casos, sólo muestran una modesta capacidad, sino a una judicatura de
rango supremo con su numeroso séquito de ordenanzas, escribientes,
gendarmes y otros ayudantes, sí, es posible que incluso emplee a
verdugos, no tengo miedo de pronunciar la palabra. Y, ¿cuál es el
sentido de esta organización, señores? Se dedica a detener a personas
inocentes y a incoar procedimientos absurdos sin alcanzar en la mayoría
de los casos, como el mío, un resultado. ¿Cómo se puede evitar, dado
lo absurdo de todo el procedimiento, la corrupción general del cuerpo
de funcionarios? Es imposible, ni siquiera el juez del más elevado
escalafón lo podría evitar con su propia persona. Por eso mismo, los
vigilantes tratan de robar la ropa de los detenidos, por eso irrumpen
los supervisores en las viviendas ajenas, por eso en vez de interrogar
a los inocentes se prefiere deshonrarlos ante una asamblea. Los
vigilantes me hablaron de almacenes o depósitos a los que se llevan
las posesiones de los detenidos; quisiera visitar alguna vez esos
almacenes, en los que se pudren los bienes adquiridos con esfuerzo de
los detenidos, o al menos la parte que no haya sido robada por los
empleados de esos almacenes.
K fue interrumpido por un griterío al final de la sala; se puso
la mano sobre los ojos para poder ver mejor, pues la turbia luz
diurna intensificaba el blanco de la neblina que impedía la visión.
Se trataba de la lavandera, a la que K había considerado desde su
entrada como un factor perturbador. Si era culpable o no, era algo
que no se podía advertir. K sólo podía ver que un hombre se la había
llevado a una esquina cercana a la puerta y allí se apretaba contra
ella[19]. Pero no era la lavandera la que gritaba, sino el hombre, que
abría la boca y miraba hacia el techo. Alrededor de ambos se había
formado un pequeño círculo, los de la galería parecían entusiasmados,
pues se había interrumpido la seriedad que K había impuesto en la
asamblea[20]. K quiso en un primer momento correr hacia allí, también
pensó que todos estarían interesados en restablecer el orden y, al
menos, expulsar a la pareja de la sala, pero las personas de las
primeras filas permanecieron inmóviles en sus sitios, ninguna hizo el
menor ademán ni tampoco dejaron pasar a K. Todo lo contrario, se lo
impidieron violentamente. Los ancianos rechazaban a K con los brazos,
y una mano--K no tuvo tiempo para volverse--le sujetó por el cuello. K
dejó de pensar en la pareja; le parecía como si su libertad se viera
constreñida, como si lo de detenerle fuera en serio. Su reacción fue
saltar sin miramientos de la tarima. Ahora estaba frente a la multitud.
¿Acaso no había juzgado correctamente a aquella gente? ¿Había confiado
demasiado en el efecto de su discurso? ¿Habían disimulado mientras
él hablaba y ahora que había llegado a las conclusiones ya estaban
hartos de tanto disimulo? ¡Qué rostros los que le rodeaban! Pequeños
ojos negros se movían inquietos, las mejillas colgaban como las de los
borrachos, las largas barbas eran ralas y estaban tiesas, si se las
cogía era como si se cogiesen garras y no barbas. Bajo las barbas, sin
embargo--y éste fue el verdadero hallazgo de K--, en los cuellos de
las chaquetas, brillaban distintivos de distinto tamaño y color. Todos
tenían esos distintivos. Todos pertenecían a la misma organización,
tanto el supuesto partido de la izquierda como el de la derecha, y
cuando se volvió súbitamente, descubrió los mismos distintivos en el
cuello del juez instructor, que, con las manos sobre el vientre, lo
contemplaba todo con tranquilidad.
--¡Ah!--gritó K, y elevó los brazos hacia arriba, como si su repentino
descubrimiento necesitase espacio--. Todos vosotros sois funcionarios,
como ya veo, vosotros sois la banda corrupta contra la que he hablado,
hoy os habéis apretado aquí como oyentes y fisgones, habéis formado
partidos ilusorios y uno ha aplaudido para ponerme a prueba. Queríais
poner en práctica vuestras mañas para embaucar a inocentes. Bien, no
habéis venido en balde. Al menos os habréis divertido con alguien que
esperaba una defensa de su inocencia por vuestra parte. ¡Déjame o te
doy!--gritó K a un anciano tembloroso que se había acercado demasiado a
él--. Realmente espero que hayáis aprendido algo. Y con esto os deseo
mucha suerte en vuestra empresa.
Tomó con rapidez el sombrero, que estaba en el borde de la mesa, y
se abrió paso entre el silencio general, un silencio fruto de la más
completa sorpresa, hacia la salida. No obstante, el juez instructor
parecía haber sido mucho más rápido que K, pues ya le esperaba ante la
puerta.
--Un instante--dijo.
K se detuvo, pero no miró al juez instructor, sino a la puerta, cuyo
picaporte ya había cogido.
--Sólo quería llamarle la atención, pues no parece consciente de algo
importante--dijo el juez instructor--, de que hoy se ha privado a sí
mismo de la ventaja que supone el interrogatorio para todo detenido.
K rió ante la puerta.
--¡Pordioseros!--gritó--. Os regalo todos los interrogatorios.
Abrió la puerta y se apresuró a bajar las escaleras. Detrás de él se
elevó un gran rumor en la asamblea, otra vez animada, que probablemente
comenzó a discutir lo acaecido como lo harían unos estudiantes.