XXIV

Tormentosa aquella lunación, que nacía sobre la tumba de Tristán,

clamaba el viento en los «ansares» desgajados, y las nubes, bajas y

ceñudas, tendieron sobre la vega inclementes augurios.

Atardecido apenas, Diego vió flotar en el huerto de María un traje

señoril; bajó á perseguirle, y un minuto hablaron los enamorados á

la lívida luz de aquella hora. El breve coloquio rompióse en quejosa

palabra, que parecía ensombrecer más el cielo, dilatando el horizonte

en una inmensidad de pena.

--¡Adiós!...

--¡Adiós!...

Quedo la despedida palpitando en el silencio, suspensa entre las

sombras, como trágica rasgadura de carnes ó supremo tremar de

corazones...

Lo mismo que si huyera, perseguido de atroces amenazas, partió Villamor

al día siguiente, muy temprano.

Tomó un tren hacia la capital montañesa, donde necesitaba arreglar

algunos asuntos relacionados con su expatriación, y, aquella noche,

volvería á cruzar por última vez su valle nativo, en viaje á La Coruña,

para salir de allí con rumbo á la Argentina en un buque inglés, próximo

á zarpar.

Sostuvo Eva una lucha terrible entre su vanidad y los deseos de

suplicarle á su esposo confianza y compañía. Hubiera querido irse con

él, abrazarse á él, pedirle por favor un poco de cariño. Pero en sus

labios el freno del orgullo atajó las palabras; y volaron las horas,

y la tragedia de aquellas vidas, jóvenes y fuertes, se consumó en

silencio cruelísimo, sin el santo rumor de lágrimas y besos, que en los

grandes dolores canta un himno de paz consoladora...

Humano y generoso el artista, le dejaba á su mujer medios para esperar

nuevos socorros suyos, y libertad para residir donde quisiera, pero

esto, que, unos meses antes, era todo el afán de la ambiciosa, al

presente le causaba inquietud y desconsuelo. Viendo cómo aquel hombre

se alejaba, tan solo, tan triste, tan vencida la frente genial y

juvenil, una piedad doliente y nueva se despertó en el pecho de la

esposa. Quedóse hundida en pensamientos negros donde brillaban súbitos

resplandores de pasión. Una solicitud de hogar, una entrañable ternura,

tomaban su corazón, tan ocioso y baldío para el bien. Con desvelos de

madre se acordaba de lo mal preparado que iba Diego para una larga

travesía. Llevaba un equipaje mezquino improvisado en pocas horas...

Miró sobre su falda unos billetes que representaban, de seguro un

sacrificio heroico, un acto de nobleza que ella no merecía.

Clara luz de los cielos alumbraba sus pasados errores; se confesó

culpable; tuvo remordimientos y cuidados amorosos, tuvo, al fin, olvido

de su merecida desgracia para pensar con pía compasión en la injusta

suerte de su marido. Y lloró mucho, con un dolor hondo y sincero, como

aquella tarde que viera la amenaza implacable sobre la frente pura de

Tristán. Padecía un olvido de todo, lo que no fuése su arrepentimiento,

cuando entró Lali, diciendo entre sollozos:

--Mi mamá no parece... se ha marchado...

Eva se levantó estupefacta.

--¿Que dices?... ¿se ha marchado?... ¿con quién?--inquirió con la

sospecha encendida en los ojos y en la voz.

--No sabemos--decía la chiquilla, asustada y gimiente.

En la puerta apareció Gracián, que sin previos saludos ni preámbulos,

dijo en tonos teatrales:

--Ya sabrá usted que mi mujer ha desaparecido.

En el colmo del estupor, Eva cubrióse la cara con las manos y pudo

balbucir:

--Pero, ¿es de veras?

--De veras me parece: muy temprano, la vieron ir sola por el camino

de Santacruz, ella que no sale jamás... Es la una de la tarde y no ha

vuelto; la hemos buscado inútilmente... he mandado por los alrededores

emisarios; nadie la encuentra...

--Yo sé quien la encontrará--exclamó bruscamente Eva, con desatada

amargura.

--¿Quién?--preguntaba Gracián, curioso y un poco demudado.

--Mi marido.

--¡Villamor!--pronunció el caballero, deteniéndose en aquel nombre con

trazas de haber dado en la clave de algún enigma. Y añadió con más

sorpresa que indignación y duelo:

--¡Quién lo hubiera creído!...

Después, disimulando su pasmo y su rabia, con viles bromas murmuró:

--No irán muy lejos, y volverán demasiado pronto. Nada debe asombrarnos

en el mundo, y usted y yo nos podemos consolar... mutuamente.

Se acercó á la mujer, encontrándola hermosa como nunca, con aquel aire

sombrío y helado. Pero ella le detuvo con un gesto de repugnancia,

ordenándole:

--¡Salga usted ahora mismo!

Lali, sin comprender aquella escena clamaba inconsolable:

--¡Madre mía!...

* * * * *

Nubes espesas como las del cielo se amontonaron dentro del palacio.

Doña Cándida, la niña y la servidumbre se confundían en lamentaciones y

en inquietudes, sin atinar con una razonable explicación de la ausencia

de María.

Gracián andaba á tumbos por la casa; recorría después los huertos y

el bosque, y en infantiles pesquisas hurgaba con los ojos los pálidos

macizos y la linde de arbustos, como si la ausente fuera una brisa

ó una mariposa que pudiera volar entre la muerta hojarasca. Todo

eran confusiones absurdas y pueriles delirios en la mente de aquel

hombre liviano. Había aceptado sin la menor resistencia la traición

de una esposa tanto tiempo modelo de virtud, y no sabía si estaba

pesaroso ó le halagaba cierto insano placer, pensando en el ruido de

aquella aventura, que iba á proporcionarle un desafío, un divorcio;

una nueva fase de vida notoria y popular. Ya adoptaba gallardas

actitudes, y elegía mentalmente huecas frases de honor y de venganza y

severas palabras de justicia. Distraíase luego recordando el aspecto

singular de su mujer en los últimos meses... ¡Y cuidado que estaba

encantadora!... ¡Qué tristeza tan dulce... qué reposo tan noble...

qué mirada la suya!... ¡Era un hechizo!... ¿Cómo aquel Villamor,

tan callado y tan serio, lograría enamorarla?... ¡Vaya, vaya con el

poeta!...

Se puso á silbar, y, de pronto, su pensamiento ambulario cayó en Eva

con saña: la muy tonta, ahora quería darse tono de señora formal y

mujer digna; ¡ja, ja, ja!... Toda aquella pamema era despecho de la

conducta de él... ¡No se podía usar tanta crueldad con las mujeres!...

Y la pobre María estaba siendo otra víctima de los desdenes suyos;

olvidada, celosa, quiso vengarse, quiso un poco de consuelo. Volvería,

de fijo, arrepentida, á implorar su perdón... ¡Y estaba tan bella!

Lo peor era el escándalo de la escapatoria... Tendría que batirse...

¡Y que el tal Villamor debía de ser obstinado y valiente, detrás

de su apacible timidez!... Se volvió á preocupar de las posibles

consecuencias de aquel suceso, y erró con pasos inseguros, distraído de

la lluvia que lenta caía. Bailaba el viento danzas otoñales con ropa

de hojas crugientes, y alzaba tolvaneras en los caminos con siniestro

aparato; las nubes corrían velozmente como si fueran á llevar una mala

noticia.

Mirando aquella furia del paisaje, Gracián se refugió en la casona,

entretenido en una fugaz meditación acerca del cambio de las estaciones

y de la veleidad de las mujeres... María, Eva, Rosa... ¡qué sorpresas

tan raras le habían reservado, y á qué cambios tan repentinos y tan

interesantes las había sometido el amor que le tenían!... Se quiso

ufanar de los estragos pasionales que su persona causaba en torno, pero

un jirón de rabia mal cubierta contraía en sus facciones el hábito de

orgullo; y vagamente, con arrastradas ondulaciones de reptil, corrió

entre los criados la acusación que denotaba el semblante violento del

señorito. El nombre de Villamor, unióse «de escaleras abajo», en infame

ayuntamiento con el de la señora... Doña Cándida, que tal rumor oyó,

medio muerta de susto, repetía muchas veces su férvido ¡Dios mío! y

besaba á la niña sin cesar.

La tarde finaba lenta y turbia, sin que pareciese el rastro de María.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 66 / 69 题