XXIII

No había llegado aquel «mañana» en que Rosa le contase á la señorita

el secreto indicado en el jardín una noche de sueños y de luna. Desde

que la muchacha poseía otro secreto profundo y hermoso como el mar, el

suyo parecíale tan miserable y feo, que ya no osara nunca revelarle.

No pidió María cumplimiento á la tímida promesa de la moza, y ésta se

dedicó á estudiar y sorprender, con verdaderas ansias, cosas admirables

en el rostro angelical de la señorita.

Tales progresos hizo en sus observaciones y tanto interés tomó su alma

buena en aquellas sutiles adivinanzas, que, valiente y sufrida, como

la mujer que tenía por modelo, se propuso cumplir su destino humilde,

con intrepidez virtuosa, quebrantando de raíz todas las tentaciones

violentas que la seducían.

Serena y firme en aquella resolución, abrió la ventanita de su cuarto

á las cantigas de la ronda aldeana, que á menudo cruzaban el camino

y se detenían á la vera del palacio... Ya los rondadores no cantaban

allí coplas hirientes, ni amargas rimas de traiciones y celos; ya

Manuel, el recio mozón siempre enamorado de la doncella, primoroseaba

cantares tocados de esperanza, en las noches de ronda; y al través de

una expresión pensadora y triste, la joven había recobrado su dulce

sonrisa y su aire tranquilo. Vientos de resignación y de paz soplaban

suavemente sobre las inquietas pasiones de la muchacha, cuando Gracián

Soberano se presentó en el valle en busca de su familia, ya crecido

Octubre y adusto el tiempo. Llegó como un huracán el señorito; pareció

entrar con él una loca brisa del desconcierto y el bullicio del

mundo; dentro del palacio silencioso y viejo, allí, en aquel rincón

de la vega, donde todavía hallaban un eco los gemidos de Tristán,

donde todos los semblantes mostraban huellas de melancolía, bajo un

cielo nublado, dosel de veredas solitarias y huertos asolados...

Gracián, con su atavío elegante, su voz sonora y su risa musical,

sacudió audazmente aquella existencia pasiva y mustia de las dos casas

vecinas. Nadie preguntó de dónde llegaba el fantástico viajero, y sólo

él hizo preguntas, persiguiendo noticias que en la ausencia no le

contaron las cartas insignificantes de su esposa. Nada nuevo averiguó

Gracián, aparte la muerte de Tristanito, pero volvieron á nacerle

inquietudes molestas ante las trazas de misterio y de encanto que

viera en su mujer. Traía el caballero muy señalado su petulante tipo

de conquistador, como si buscase desquites de algún íntimo fracaso en

amorosa lid. A fuer de entendido, en aquella ocasión honró á María

con sus preferencias galantes, olvidando, sin duda, lo extraña que

ella quería vivir á tales obsequios. Y para distraer las desazones

que le causaba el frío desdén de su esposa, acordóse de Rosita,

compasivamente. Concediéndola merced de una bella sonrisa, la acechó y

la dijo, con galán imperio de vencedor:

--Mañana por la tarde, desde las cuatro, te espero en el molino de

Santacruz... estaremos solos.

Ella, confusa y agitada, sonrió sin responder, y el señorito se quedó

muy seguro y satisfecho de sus planes.

Aquella noche era noche de ronda, por fortuna. Cuando los mozos se

detuvieron al pie de la ventana de Rosita, rasgó el silencio del paraje

un cantar ufano que rezaba:

«Tengo pena y alegría,

tengo dos cosas á un tiempo;

cuando la pena me mata

la alegría dame alientos...»

La copla parecía inventada por un poeta sabio y animoso, un rústico

poeta que con la voz llana y firme del rondador, deslizó su sana

filosofía en unos cuantos corazones á la vez, desde los muros del

palacio. Quedaron las estrofas valientes mecidas en la quietud de la

noche sobre los callados dramas escondidos en aquel rincón del valle

montañés, y más de un pecho suspiró conmovido por la rima alentadora,

mientras Rosita llamaba quedamente á Manuel para decirle que á la tarde

siguiente la esperase camino de Santacruz, al salir de la vega.

Y aquel día de citas misteriosas, fué muy raro el aspecto de la

muchacha, que anduvo inquieta y zozobrante detrás de la señorita,

mirándola mucho, hablándola sin tino y sin necesidad; besaba á Lali

á cada momento y tenía en la voz un nudo de lágrimas que la hacía

balbucir y truncar las frases. Al medio día, entró furtivamente en

el cuarto de la señora y colocó un papeluco encima de la mesa; era

un adiós ferviente y noble en que, expresando su gratitud á la dama,

disculpábase de hacer su despedida en aquella forma, por la mucha

pena que sentía al partir; contaba que la llamaban sus padres y que

había decidido volver al pueblo para no dejarle ya nunca, tal vez para

casarse... La carta era incoherente y tenía borrones do llanto; cuando

llegó á manos de María ya Rosa caminaba al lado de Manuel por una

agreste vereda empinada hacia el monte.

Pasmado iba el zagal, que nunca imaginase tan completa su dicha.

Mentaba él proyectos de la boda, sin que Rosa dejase de sonreir y

hablarle con benignidad; y aunque era cierto que ella tenía los ojos

húmedos y empañada de pena la palabra, por su gusto iba al pueblo,

asegurando que en él iba á pasar toda la vida...

Para escalar la sierra hasta el poblado, menudo y pobre, donde nacieron

ambos caminantes, había que pasar, precisamente, por el molino de

Santacruz, propiedad de la casa de Ensalmo, lugar de mala nota en los

contornos, por servir de guarida, con frecuencia, á caprichos infames

de Gracián.

Temblaba Rosa cuando puso el pie en el tablón crugiente tendido sobre

el cauce molinero. El agua bienhechora iba cantando con galantes

murmurios de caricia, y el cielo entristecido de Cantabria lloró una

lluvia leve y dulce, como riego de flores. Detrás de los viajeros se

sentía el ruidoso galope de un caballo, y Manuel, dominando la vega con

su aventajada estatura, miró y dijo que el señorito Gracián venía por

allí.

--Vendrá al molino--murmuró Rosita, pálida y afanosa; y apresurando el

paso, con pretexto de la nube, ganó el «ansar», al lado de su novio,

antes de que el caballero les alcanzase.

Entre los alisos deshojados buscaron la senda brava trepadora del

monte, y, ya subiéndola, ambos volvieron hacia el valle la cara.

Manuel, indiferente á la dulzura de los llanos y á la mansa vida de los

valles, sólo tuvo atención para decir:

--Al molino venía el señorito.

Tendió el brazo señalándole.

--Mira; dejó suelto el caballo, y trae la llave de la puerta... Se

conoce que viene «de caza»...

--¿De caza?--exclamó Rosa.

Y el gañán, sonriente:

--Ya sabes que es mocero--repuso--, tendrá cita con alguna infeliz... A

ti, por respeto á la señora, no te habrá cortejado, ¡que si no!

Turbada y descolorida se quedó la joven, mirando con demente afán al

señorito que la esperaba, seductor y garboso, bien ajeno á su fuga.

Espesándose la lluvia en la montaña, una niebla torva cerraba el

horizonte, descendiendo hasta el llano en calmosa nube, como un rocío,

como una bendición.

El camino serrano, confuso y mazorral, se embravecía, brindándole á la

moza la imagen bárbara de su vida futura. Allá abajo ondulaba la tierra

blanda y fácil, y cantaban las aguas entre alisos, mientras el hombre,

ideal para la moza, estaba atento á la cita de amor...

Puso Rosita en los ardientes ojos una inmensa ambición hecha pedazos, y

su mano gentil, de ciudadana, hizo una breve cruz sobre la frente que

latía en cruel borrasca de pensamientos. Dió cara al monte, y afirmó

sus delicados pies sobre cantos y abrojos con fiereza.

Manuel, con su palo formidable, trataba de abatir la bravura del

camino... Ambos, mudos y lentos, se esfumaron en la gris cerrazón de la

montaña.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 65 / 69 题