No había llegado aquel «mañana» en que Rosa le contase á la señorita
el secreto indicado en el jardín una noche de sueños y de luna. Desde
que la muchacha poseía otro secreto profundo y hermoso como el mar, el
suyo parecíale tan miserable y feo, que ya no osara nunca revelarle.
No pidió María cumplimiento á la tímida promesa de la moza, y ésta se
dedicó á estudiar y sorprender, con verdaderas ansias, cosas admirables
en el rostro angelical de la señorita.
Tales progresos hizo en sus observaciones y tanto interés tomó su alma
buena en aquellas sutiles adivinanzas, que, valiente y sufrida, como
la mujer que tenía por modelo, se propuso cumplir su destino humilde,
con intrepidez virtuosa, quebrantando de raíz todas las tentaciones
violentas que la seducían.
Serena y firme en aquella resolución, abrió la ventanita de su cuarto
á las cantigas de la ronda aldeana, que á menudo cruzaban el camino
y se detenían á la vera del palacio... Ya los rondadores no cantaban
allí coplas hirientes, ni amargas rimas de traiciones y celos; ya
Manuel, el recio mozón siempre enamorado de la doncella, primoroseaba
cantares tocados de esperanza, en las noches de ronda; y al través de
una expresión pensadora y triste, la joven había recobrado su dulce
sonrisa y su aire tranquilo. Vientos de resignación y de paz soplaban
suavemente sobre las inquietas pasiones de la muchacha, cuando Gracián
Soberano se presentó en el valle en busca de su familia, ya crecido
Octubre y adusto el tiempo. Llegó como un huracán el señorito; pareció
entrar con él una loca brisa del desconcierto y el bullicio del
mundo; dentro del palacio silencioso y viejo, allí, en aquel rincón
de la vega, donde todavía hallaban un eco los gemidos de Tristán,
donde todos los semblantes mostraban huellas de melancolía, bajo un
cielo nublado, dosel de veredas solitarias y huertos asolados...
Gracián, con su atavío elegante, su voz sonora y su risa musical,
sacudió audazmente aquella existencia pasiva y mustia de las dos casas
vecinas. Nadie preguntó de dónde llegaba el fantástico viajero, y sólo
él hizo preguntas, persiguiendo noticias que en la ausencia no le
contaron las cartas insignificantes de su esposa. Nada nuevo averiguó
Gracián, aparte la muerte de Tristanito, pero volvieron á nacerle
inquietudes molestas ante las trazas de misterio y de encanto que
viera en su mujer. Traía el caballero muy señalado su petulante tipo
de conquistador, como si buscase desquites de algún íntimo fracaso en
amorosa lid. A fuer de entendido, en aquella ocasión honró á María
con sus preferencias galantes, olvidando, sin duda, lo extraña que
ella quería vivir á tales obsequios. Y para distraer las desazones
que le causaba el frío desdén de su esposa, acordóse de Rosita,
compasivamente. Concediéndola merced de una bella sonrisa, la acechó y
la dijo, con galán imperio de vencedor:
--Mañana por la tarde, desde las cuatro, te espero en el molino de
Santacruz... estaremos solos.
Ella, confusa y agitada, sonrió sin responder, y el señorito se quedó
muy seguro y satisfecho de sus planes.
Aquella noche era noche de ronda, por fortuna. Cuando los mozos se
detuvieron al pie de la ventana de Rosita, rasgó el silencio del paraje
un cantar ufano que rezaba:
«Tengo pena y alegría,
tengo dos cosas á un tiempo;
cuando la pena me mata
la alegría dame alientos...»
La copla parecía inventada por un poeta sabio y animoso, un rústico
poeta que con la voz llana y firme del rondador, deslizó su sana
filosofía en unos cuantos corazones á la vez, desde los muros del
palacio. Quedaron las estrofas valientes mecidas en la quietud de la
noche sobre los callados dramas escondidos en aquel rincón del valle
montañés, y más de un pecho suspiró conmovido por la rima alentadora,
mientras Rosita llamaba quedamente á Manuel para decirle que á la tarde
siguiente la esperase camino de Santacruz, al salir de la vega.
Y aquel día de citas misteriosas, fué muy raro el aspecto de la
muchacha, que anduvo inquieta y zozobrante detrás de la señorita,
mirándola mucho, hablándola sin tino y sin necesidad; besaba á Lali
á cada momento y tenía en la voz un nudo de lágrimas que la hacía
balbucir y truncar las frases. Al medio día, entró furtivamente en
el cuarto de la señora y colocó un papeluco encima de la mesa; era
un adiós ferviente y noble en que, expresando su gratitud á la dama,
disculpábase de hacer su despedida en aquella forma, por la mucha
pena que sentía al partir; contaba que la llamaban sus padres y que
había decidido volver al pueblo para no dejarle ya nunca, tal vez para
casarse... La carta era incoherente y tenía borrones do llanto; cuando
llegó á manos de María ya Rosa caminaba al lado de Manuel por una
agreste vereda empinada hacia el monte.
Pasmado iba el zagal, que nunca imaginase tan completa su dicha.
Mentaba él proyectos de la boda, sin que Rosa dejase de sonreir y
hablarle con benignidad; y aunque era cierto que ella tenía los ojos
húmedos y empañada de pena la palabra, por su gusto iba al pueblo,
asegurando que en él iba á pasar toda la vida...
Para escalar la sierra hasta el poblado, menudo y pobre, donde nacieron
ambos caminantes, había que pasar, precisamente, por el molino de
Santacruz, propiedad de la casa de Ensalmo, lugar de mala nota en los
contornos, por servir de guarida, con frecuencia, á caprichos infames
de Gracián.
Temblaba Rosa cuando puso el pie en el tablón crugiente tendido sobre
el cauce molinero. El agua bienhechora iba cantando con galantes
murmurios de caricia, y el cielo entristecido de Cantabria lloró una
lluvia leve y dulce, como riego de flores. Detrás de los viajeros se
sentía el ruidoso galope de un caballo, y Manuel, dominando la vega con
su aventajada estatura, miró y dijo que el señorito Gracián venía por
allí.
--Vendrá al molino--murmuró Rosita, pálida y afanosa; y apresurando el
paso, con pretexto de la nube, ganó el «ansar», al lado de su novio,
antes de que el caballero les alcanzase.
Entre los alisos deshojados buscaron la senda brava trepadora del
monte, y, ya subiéndola, ambos volvieron hacia el valle la cara.
Manuel, indiferente á la dulzura de los llanos y á la mansa vida de los
valles, sólo tuvo atención para decir:
--Al molino venía el señorito.
Tendió el brazo señalándole.
--Mira; dejó suelto el caballo, y trae la llave de la puerta... Se
conoce que viene «de caza»...
--¿De caza?--exclamó Rosa.
Y el gañán, sonriente:
--Ya sabes que es mocero--repuso--, tendrá cita con alguna infeliz... A
ti, por respeto á la señora, no te habrá cortejado, ¡que si no!
Turbada y descolorida se quedó la joven, mirando con demente afán al
señorito que la esperaba, seductor y garboso, bien ajeno á su fuga.
Espesándose la lluvia en la montaña, una niebla torva cerraba el
horizonte, descendiendo hasta el llano en calmosa nube, como un rocío,
como una bendición.
El camino serrano, confuso y mazorral, se embravecía, brindándole á la
moza la imagen bárbara de su vida futura. Allá abajo ondulaba la tierra
blanda y fácil, y cantaban las aguas entre alisos, mientras el hombre,
ideal para la moza, estaba atento á la cita de amor...
Puso Rosita en los ardientes ojos una inmensa ambición hecha pedazos, y
su mano gentil, de ciudadana, hizo una breve cruz sobre la frente que
latía en cruel borrasca de pensamientos. Dió cara al monte, y afirmó
sus delicados pies sobre cantos y abrojos con fiereza.
Manuel, con su palo formidable, trataba de abatir la bravura del
camino... Ambos, mudos y lentos, se esfumaron en la gris cerrazón de la
montaña.