XXV

Temblando de humildad la siempre altiva, enamorado el duro corazón,

toda supeditada á sus nacientes anhelos, Eva decidió salir á Santacruz

cuando pasara el tren donde su esposo partía aquella noche.

Estaba muy confusa en su mente la idea de que María acompañase á

Diego en culpable amistad. Las palabras fervientes con que él habló

de aquella mujer, encumbrándola por encima de todas las pasiones y de

todas las miserias humanas, se iban aposentando con dulzura medicinal

en el corazón de Eva, abierto por el dolor á los nobles sentimientos.

No era posible aquello que en un instante de sorpresa pronunciaron

sus labios, aquello que Gracián creyó tan fácilmente, para que toda

villanía hallase abrigo en la perfidia de aquel hombre. Acaso María

huyera de él, pero no con Diego... Las alas de la duda azotaban

implacables los sanos pensamientos que nacían débiles y chiquitos en el

alma enfermiza de la desventurada. Con esforzado espíritu resolvióse á

afrontar todos los riesgos de una entrevista con su marido. Le haría

detenerse; le hablaría de hinojos si era menester; le pediría perdón y

caridad con todas las humillaciones que él quisiera... Eva no era la

misma; acababa de nacer, ó despertaba de un largo sueño, de un sueño de

mentira y egoísmo... Quería irse con Diego, trenzando una vida nueva

y piadosa; lucharía con él; trabajaría con él; tendrían, acaso, otros

hijos; serían suyos otra tierra y otro cielo...

--Sí... sí... iré en seguida--murmuraba con exaltación delirante,

arrebatada, febril, combatida por incertidumbres y esperanzas. Como

la tarde se tornara amenazadora, Eva quiso salir antes que cerrase la

noche; en la estación esperaría hasta las ocho que pasaba el tren. Y

salió, recatándose de la casa vecina; iba sola, veloz, envuelta en un

abrigo, armada con un frágil paraguas ciudadano; sorteaba los senderos

indecisos de la vega, borrados por el desuso de aquel tiempo de

holganza labradora, y empapados de lluvia. Se hundieron muchas veces en

el fango los pies de la viajera, impaciente al sentirse alcanzada por

la sombra y por la tempestad. Arreció el viento, y el agua se condensó

en granizo; y los truenos bajaron por el monte con lumbre de centellas

cegadoras. A lo largo del camino los árboles sufrían y se desgajaban, y

del río, furioso en su crecida, rodaba por el valle el ronco acento.

Eva hallóse mecida en los rigores de la nube, sentía un solo temor,

el de perderse en el campo, raso por la tormenta, y no llegar á la

estación antes que el tren pasara. Alzó una súplica vehemente á la

hórrida negrura de los cielos, y siguió caminando con intrepidez sobre

el fangal resbalalizo de la vega. En la desolación del llano, rompióse

la maraña de la lluvia por una blanca línea; era la fachada del molino

de Santacruz. La dama peregrinante se detuvo reconociendo el sitio,

muy contenta de no haber equivocado su ruta. Al otro lado del cauce,

cruzando el breve «ansar», una senda más frecuentada que las mieses,

conducía hasta el pueblo, y en pocos minutos á la estación.

Había caminado de prisa la señora, á pesar de los cierzos inclementes;

calculó que sería muy temprano y que podía descansar tal vez hasta que

la nube se alejara. La fábrica en paro largos meses, tenía un cobertizo

placentero; Eva atinó con él y se puso al abrigaño, conforme con la

rusticidad de aquel asilo, como una recia campesina acostumbrada á

tales aventuras. Sentíase fuerte y casi feliz; su naturaleza robusta,

propensa á vencer, se adueñaba de la esperanza fácilmente. Después de

las tinieblas espirituales en que había vivido, durante aquellos días,

luchando con sus pasiones y con su ceguedad, gozaba en triunfar de

sí misma, en domeñarse con soberano señorío; le parecía que afirmaba

su paso en tierra sana y fecunda, que su horizonte se aclaraba con

la aurora de una nueva existencia. No la inquietaban la adustez del

nublado, ni la humedad de sus vestidos, ni la atroz amenaza de las

aguas molineras, hirvientes en el cauce; la fuerza corporal de aquella

mujer daba un empuje brioso y denodado al despertar de su conciencia

y de su corazón. Con hambre de las nuevas emociones que en germen

disfrutaba, ya sentía el afán de humillarse y de sufrir para lograr

después premios divinos; cosechas de inmortales placeres... Sentada

en un haz de leña, como en muelle sillón, y extraña á la bravura

de aquella pánica soledad, amasó con rapidez una rara mezcla de

pensamientos saltarines y varios. Lo menos dos minutos estuvo meditando

en la rápida boda de Isabelita con Luis Galán... Pensó luego en la de

Rafael. A propósito de aquella boda, recordaba cuando se dijo que la de

Ramírez podía ser madre de su novio, y María replicó, seria y triste:

--Eso necesita Rafael; una madre...

María tuvo razón...--¡Una madre!--murmuraba Eva, con las entrañas

estremecidas de una ternura inmensa y maternal--sí: cada mujer debe ser

una esposa y una madre para el compañero de su vida...

Se levantó inquieta por llegar á los brazos ó á los pies del hombre

á quien debía desvelos doblemente sagrados... Las nubes traslucían

débilmente un destello de luna, y la tempestad se alejaba hacia las

hoces, fugitiva del valle. Con firmeza y con prisa ganó Eva el puente

del molino; anduvo algunos pasos llena de ansiedad, y de pronto,

resbalaron sus pies en el tablón roído y vacilante, mojado por la

lluvia. Un grito aciago desgarró la noche. El cuerpo de Eva sepultóse

en las aguas, arrebatado entre espumas por la corriente bravía. La

luna se asomó á los cielos con cara de muerta, y en el «ansar» cercano

el viento se detuvo piadoso á sostener las alas febles de un suspiro;

hondo suspiro de un alma que despertó de los engaños de la vida en la

verdad eterna de la muerte...

Despertar Para Morir (Novela) · 第 67 / 69 题