Corría la mañana lenta y gris. Las campanas, en tránsito de gloria,
lanzaron en el valle sus clamores, que se esparcieron mansamente,
abriendo en el espacio anchas ondas de música con ecos lejanos y
añorantes. Aquel santo clamor despertó á Eva del fatigoso sueño de unas
horas, y en su aturdida imaginación cayeron en tropel las sensaciones,
luchando unas con otras fieramente. Abrió los ojos mucho, mucho:
palpó su cuerpo vestido encima de la cama... Era verdad que estaba
despierta; que estaba viva; que tocaban á gloria por su hijo; que Diego
se marchaba para siempre...; que se quedaba sola en el mundo, sin la
flor de un consuelo ni de una esperanza... Era cierto que se realizaban
aquellos presagios suyos, de abandono y pobreza; que se abría á sus
pies, como un abismo, aquella senda trágica de sus febriles visiones...
Ya no eran suyas ni el alma ni la carne de su hijo... ¡todas las
seducciones de la vida la engañaban al fin! Su belleza no había
conquistado ni dicha ni amistad, ni siquiera compasión. Sólo Diego la
amó; ya no la amaba, porque ella nunca supo de aquellos hondos afectos
inmortales cultivados por él en huertos de poesía... Divinos amores de
«horas dulces y trágicas»; que lloran, que se sacrifican, que duelen,
¡y que «lucen eternamente como un astro en la tranquila inmensidad del
cielo!»... Los versos de su esposo, enamorado de otra mujer, resonaban
ahora en el oído de Eva como una música sugestionante jamás oída, y
las repercusiones de aquellas notas, bellas y silentes, rodaban en
el corazón de la desdichada con los acentos sonoros del tránsito de
gloria...
Se levantó con un miedo invencible de entrar en el silencio de la casa,
saturado en vago perfume de flores muertas. Por todos los rincos yacían
amustiadas coronas de Tristán y de Lali... Los pasos de Eva en el
corredor causaron una trepidación convulsa á todo el edificio. Asustada
de sus propias huellas miró en torno con ansia, y al través de unos
vidrios entornados vió unas gotas de siniestra luz, suspendidas sobre
la cama de Tristán, como lágrimas de fuego. Huyendo de aquel llanto que
ardía, refugióse en el despacho aceleradamente. Allí estaba Villamor,
de bruces sobre la mesa, durmiendo ó llorando; inmóvil, silencioso.
Con un irresistible afán de protección le llamó Eva.
--¡Diego!
Alzóse el artista con lentitud.
--¿Qué quieres?
--Que no me abandones, que no te vayas, ten lástima de mí... Sufro
mucho.
La miró él despacio:
--¿Sufres?--le dijo--pues ya estás en camino de redimirte. Sólo el
dolor puede salvarte... ¡Despierta, alma dormida! Sal de tu oscuro
sueño y bendice el golpe que te hace despertar...
--Las lágrimas me ciegan.
--Llora, llora... La vida no es un holgorio placentero, sino el duro
y noble aprendizaje de la verdad... Escucha: llora el río... llora el
viento... lloran las campanas... La existencia es un arroyo de llanto
que fluye en corriente infinita, fecundizando el eterno paraíso de las
almas...
--¿Cómo sabes todo eso?
--Llorando lo aprendí.
--Quiero yo saber algo que me sirva de alivio y de luz, algo que me
ofrezca los secretos consuelos que tú gozas.
--Antes llorarás mucho. Sólo cuando el dolor llegó muy hondo á las
raíces de tu corazón sentiste el sagrado temblor de la verdad en tus
entrañas... ¡Despierta, alma dormida!
Hablaba Diego con fervor solemne; su frente de poeta aparecíase nimbada
con resplandores de gracia espiritual, y Eva, seducida por aquel halo
de linaje divino, le miró ansiosamente, lamentándose:
--Pero me quedo sola, sin amparo ninguno...
--Yo, desde lejos, te daré sostén y ánimos.
--Quieres á otra mujer--balbució la esposa.
Sin asombro ni disimulo respondió Villamor:
--Sí; á otra que llora muchos años hace, siendo inocente y santa.
Con súbita inspiración exclamó Eva:
--¡María!
Quedó el nombre dulcísimo en el aire, como bandera desplegada en alto,
y la envidiosa, con acento sañudo, murmuraba:
--¡Ella siempre!
Pero no protestó. Quedó en silencio, escuchando la voz de su
conciencia. La imagen burlona de Gracián cruzaba por su mente con
resquemor de culpa.
Una ráfaga de orgullo la hizo, al cabo, levantar la cabeza. Había sido
imprudente, pero no culpable hasta la infamia. Se quiso defender de una
supuesta acusación que la envileciese á los ojos de su marido, y habló
confusamente, un poco soberbia y un poco arrepentida. Pero Diego atajó
sus explicaciones con dignidad y lástima; nada quería saber; todo lo
perdonaba. Él la protegería con el fruto de su trabajo, él la daría
ejemplo de valor y mansedumbre... todo lo demás estaba concluído entre
los dos; estaba roto por ella hacía tiempo; estaba enterrado en el
reino de las cosas marchitas...
Rebelde contra el peso de sus culpas, Eva quiso probar que la
influencia dañosa de otra mujer era quien la alejaba de su esposo; mas
él opuso tan fácil y elocuente defensa á la acusación, que el nombre de
María quedó izado con gloria sobre la triste plática.
Acentuáronse en Eva los impulsos de arrojarse á los pies de su marido
confesando sus yerros, pero su brava condición sellaba todavía los
labios orgullosos, y, en altivez arisca, fué á esconderse, desesperada
y muda, en apartada estancia.
Mientras tanto una mano chiquita empujó las vidrieras que celaban
el cuarto de Tristán, y Lali, absorta, penetró despacito hasta la
cama. Llevaba muy apretado un puño de florecillas lánguidas, los
despojos del jardín otoñal. Medio dormida oyó Lali decir que su amigo
se había muerto, y fácilmente burló la previsión de doña Cándida,
para ir á visitarle. Sentía, aquella mañana, la nena una bárbara
curiosidad de la muerte, con mezcla de una amargura grave y honda.
«Estar muerto»--pensaba--¿qué sería? ¿Sería tener alas y volarse al
cielo?... ¿Sería estar dormido en una caja muy preciosa?... Lali se
puso de puntillas á los pies de la cama de su amigo, y no vió más
que un paño sedoso, y encima unos zapatines muy tiesos, que parecían
los de Tristán. En el suelo había unos candelabros enormes con velas
encendidas. Dió la vuelta á la cama, muy curiosa, se acercó, y el
espanto dilatóse en sus ojos dorados y apacibles.
Tristanito se había vuelto de cera; estaba acostado sin almohada, y
tenía las manos cruzadas sobre el pecho como si estuviera rezando.
Le llamó en voz de «escucho»:--¡Oye,... Tristán, Tristán!... No
respondía... Se empinó para tocarle... ¡Qué miedo tan terrible!...
¡Virgen santa; Tristán ya no era un niño; era una piedra, una piedra
de hielo que dejó dolorida y temblorosa la manita de Lali!... Lanzó
la niña el puño de flores sobre el muerto, y corrió hacia la puerta
mirando siempre con terror al nene. Detúvose allí un instante con rara
fascinación; parecíale que Tristán se había movido... Tal vez quería
hablarla y no podía; acaso pugnase por decirle adiós entre la dureza de
sus labios amarillos...
Una piedad enternecedora se levantó en el pecho de la niña. Todo el
sol de sus ojos, velados de lágrimas, cayó como una ardiente despedida
sobre el ángel de piedra; alzó su mano en traza de saludo, y suspiró,
aterrada y doliente:--Adiós Tristán... ¡Adiós!...