XXII

Corría la mañana lenta y gris. Las campanas, en tránsito de gloria,

lanzaron en el valle sus clamores, que se esparcieron mansamente,

abriendo en el espacio anchas ondas de música con ecos lejanos y

añorantes. Aquel santo clamor despertó á Eva del fatigoso sueño de unas

horas, y en su aturdida imaginación cayeron en tropel las sensaciones,

luchando unas con otras fieramente. Abrió los ojos mucho, mucho:

palpó su cuerpo vestido encima de la cama... Era verdad que estaba

despierta; que estaba viva; que tocaban á gloria por su hijo; que Diego

se marchaba para siempre...; que se quedaba sola en el mundo, sin la

flor de un consuelo ni de una esperanza... Era cierto que se realizaban

aquellos presagios suyos, de abandono y pobreza; que se abría á sus

pies, como un abismo, aquella senda trágica de sus febriles visiones...

Ya no eran suyas ni el alma ni la carne de su hijo... ¡todas las

seducciones de la vida la engañaban al fin! Su belleza no había

conquistado ni dicha ni amistad, ni siquiera compasión. Sólo Diego la

amó; ya no la amaba, porque ella nunca supo de aquellos hondos afectos

inmortales cultivados por él en huertos de poesía... Divinos amores de

«horas dulces y trágicas»; que lloran, que se sacrifican, que duelen,

¡y que «lucen eternamente como un astro en la tranquila inmensidad del

cielo!»... Los versos de su esposo, enamorado de otra mujer, resonaban

ahora en el oído de Eva como una música sugestionante jamás oída, y

las repercusiones de aquellas notas, bellas y silentes, rodaban en

el corazón de la desdichada con los acentos sonoros del tránsito de

gloria...

Se levantó con un miedo invencible de entrar en el silencio de la casa,

saturado en vago perfume de flores muertas. Por todos los rincos yacían

amustiadas coronas de Tristán y de Lali... Los pasos de Eva en el

corredor causaron una trepidación convulsa á todo el edificio. Asustada

de sus propias huellas miró en torno con ansia, y al través de unos

vidrios entornados vió unas gotas de siniestra luz, suspendidas sobre

la cama de Tristán, como lágrimas de fuego. Huyendo de aquel llanto que

ardía, refugióse en el despacho aceleradamente. Allí estaba Villamor,

de bruces sobre la mesa, durmiendo ó llorando; inmóvil, silencioso.

Con un irresistible afán de protección le llamó Eva.

--¡Diego!

Alzóse el artista con lentitud.

--¿Qué quieres?

--Que no me abandones, que no te vayas, ten lástima de mí... Sufro

mucho.

La miró él despacio:

--¿Sufres?--le dijo--pues ya estás en camino de redimirte. Sólo el

dolor puede salvarte... ¡Despierta, alma dormida! Sal de tu oscuro

sueño y bendice el golpe que te hace despertar...

--Las lágrimas me ciegan.

--Llora, llora... La vida no es un holgorio placentero, sino el duro

y noble aprendizaje de la verdad... Escucha: llora el río... llora el

viento... lloran las campanas... La existencia es un arroyo de llanto

que fluye en corriente infinita, fecundizando el eterno paraíso de las

almas...

--¿Cómo sabes todo eso?

--Llorando lo aprendí.

--Quiero yo saber algo que me sirva de alivio y de luz, algo que me

ofrezca los secretos consuelos que tú gozas.

--Antes llorarás mucho. Sólo cuando el dolor llegó muy hondo á las

raíces de tu corazón sentiste el sagrado temblor de la verdad en tus

entrañas... ¡Despierta, alma dormida!

Hablaba Diego con fervor solemne; su frente de poeta aparecíase nimbada

con resplandores de gracia espiritual, y Eva, seducida por aquel halo

de linaje divino, le miró ansiosamente, lamentándose:

--Pero me quedo sola, sin amparo ninguno...

--Yo, desde lejos, te daré sostén y ánimos.

--Quieres á otra mujer--balbució la esposa.

Sin asombro ni disimulo respondió Villamor:

--Sí; á otra que llora muchos años hace, siendo inocente y santa.

Con súbita inspiración exclamó Eva:

--¡María!

Quedó el nombre dulcísimo en el aire, como bandera desplegada en alto,

y la envidiosa, con acento sañudo, murmuraba:

--¡Ella siempre!

Pero no protestó. Quedó en silencio, escuchando la voz de su

conciencia. La imagen burlona de Gracián cruzaba por su mente con

resquemor de culpa.

Una ráfaga de orgullo la hizo, al cabo, levantar la cabeza. Había sido

imprudente, pero no culpable hasta la infamia. Se quiso defender de una

supuesta acusación que la envileciese á los ojos de su marido, y habló

confusamente, un poco soberbia y un poco arrepentida. Pero Diego atajó

sus explicaciones con dignidad y lástima; nada quería saber; todo lo

perdonaba. Él la protegería con el fruto de su trabajo, él la daría

ejemplo de valor y mansedumbre... todo lo demás estaba concluído entre

los dos; estaba roto por ella hacía tiempo; estaba enterrado en el

reino de las cosas marchitas...

Rebelde contra el peso de sus culpas, Eva quiso probar que la

influencia dañosa de otra mujer era quien la alejaba de su esposo; mas

él opuso tan fácil y elocuente defensa á la acusación, que el nombre de

María quedó izado con gloria sobre la triste plática.

Acentuáronse en Eva los impulsos de arrojarse á los pies de su marido

confesando sus yerros, pero su brava condición sellaba todavía los

labios orgullosos, y, en altivez arisca, fué á esconderse, desesperada

y muda, en apartada estancia.

Mientras tanto una mano chiquita empujó las vidrieras que celaban

el cuarto de Tristán, y Lali, absorta, penetró despacito hasta la

cama. Llevaba muy apretado un puño de florecillas lánguidas, los

despojos del jardín otoñal. Medio dormida oyó Lali decir que su amigo

se había muerto, y fácilmente burló la previsión de doña Cándida,

para ir á visitarle. Sentía, aquella mañana, la nena una bárbara

curiosidad de la muerte, con mezcla de una amargura grave y honda.

«Estar muerto»--pensaba--¿qué sería? ¿Sería tener alas y volarse al

cielo?... ¿Sería estar dormido en una caja muy preciosa?... Lali se

puso de puntillas á los pies de la cama de su amigo, y no vió más

que un paño sedoso, y encima unos zapatines muy tiesos, que parecían

los de Tristán. En el suelo había unos candelabros enormes con velas

encendidas. Dió la vuelta á la cama, muy curiosa, se acercó, y el

espanto dilatóse en sus ojos dorados y apacibles.

Tristanito se había vuelto de cera; estaba acostado sin almohada, y

tenía las manos cruzadas sobre el pecho como si estuviera rezando.

Le llamó en voz de «escucho»:--¡Oye,... Tristán, Tristán!... No

respondía... Se empinó para tocarle... ¡Qué miedo tan terrible!...

¡Virgen santa; Tristán ya no era un niño; era una piedra, una piedra

de hielo que dejó dolorida y temblorosa la manita de Lali!... Lanzó

la niña el puño de flores sobre el muerto, y corrió hacia la puerta

mirando siempre con terror al nene. Detúvose allí un instante con rara

fascinación; parecíale que Tristán se había movido... Tal vez quería

hablarla y no podía; acaso pugnase por decirle adiós entre la dureza de

sus labios amarillos...

Una piedad enternecedora se levantó en el pecho de la niña. Todo el

sol de sus ojos, velados de lágrimas, cayó como una ardiente despedida

sobre el ángel de piedra; alzó su mano en traza de saludo, y suspiró,

aterrada y doliente:--Adiós Tristán... ¡Adiós!...

Despertar Para Morir (Novela) · 第 64 / 69 题