A orilla de aquel lecho donde el ángel quebrantó sus prisiones, un gran
amor de dos almas buenas tuvo el postrer coloquio.
Mientras Eva, rendida de cansancio, se dormía en lejano aposento,
María, infatigable en sus obras de compasión, con el auxilio
complaciente de Rosa, vistió á Tristán por última vez y compuso su
lecho de reposo con los improvisados ornamentos que en las arcas del
palacio se pudieron hallar.
El poeta, sumido en profunda meditación, se paseaba desde su despacho
hasta la estancia mortuoria, con la frente caída y los brazos cruzados
sobre el pecho. Consideraba imposible su vida sin que un deber sagrado
le encadenase á la tierra, y se dejaba seducir por las tentaciones del
descanso final, del plácido sosiego del sepulcro, que rompiendo el
arcano de las almas le abriese el camino sin fin donde el amor y la
felicidad son eternos hermanos, á la sombra de Dios.
La humana pesadumbre le vencía; el dolor, ahora, le causaba una
inquietud ardiente, un desasosiego que le obligaba á dar vueltas como
si buscase el cansancio para caer en la tumba más á gusto, rendido de
sueño y de fatiga, en supremo olvido de todos los pesares. En aquella
andariega ansiedad, deteníase á menudo, contemplando el rígido perfil
de Tristanito, acariciado por las piadosas manos de María.
Terminada su fúnebre tarea, replegóse la señora hacia la ventana, y en
ella se apoyó, muda y doliente.
Discreta entonces Rosita, fué á reunirse con otras criadas del palacio,
que velaban por orden de María, y que en el portal y en los pasillos
formaban callados grupos con algunas aldeanas serviciales.
Con rápida resolución cerró Diego la puerta de la cámara triste, y
acercóse á su amada, que le acogió con adivinadora impaciencia. Él, con
acento opaco, alzó un murmullo que dijo:
--Ya nada me detiene... Sólo el niño tiraba débilmente de mi vida...
Sin dejarle acabar, medrosa la dama y suplicante, murmuró:
--Quiero una prueba, una prueba del amor que me has revelado.
--¿Una prueba?... Cumplida la tendrás dentro de poco, porque voy á
morir...
--¡No!--gritó ella, blanca como Tristán, loca de espanto--, necesito
que vivas; te lo ruego...
--Vivir muriendo á cada instante cruel de la existencia... Vivir sin
esperanza de lograrte... ¿Eso me pides tú?
Transida de dolor:
--Eso te pido--balbució la infeliz.
Y Diego, sordamente interrogaba:
--¿Qué me ofreces en pago de una vida colmada de amargura?
--Te ofrezco otra vida semejante: la mía--gimió ella, desolada y
humilde.
Condolido de aquella pena santa y valerosa, humillado por aquel
sufrimiento heroico, el artista rindióse una vez más á la sugestión
invencible que en su alma ejercía aquella mujer.
Vaciló al repetir:
--¡Vivir sin vida; errar muerto por el mundo!...
Y fué retrocediendo como si huyera de una visión temerosa; la visión de
un camino, solitario y adverso, donde jamás llegase á arrancarle á la
dicha un brote sano y dulce... Quedó frente á María, al otro lado de la
cama del niño, en medio de dos hacheros que custodiaban el cadáver.
Albeaba en la cima de los montes, y una liviana claridad de aurora,
luchando con la luz parpadeante de los cirios, daba al aposento
extraños tintes de fantástica nube... ¡Aquel recinto de paredes blancas
á medio iluminar, por resplandores de misterio y de pena..., aquel niño
de mármol que dormía..., aquella mujer hermosa que lloraba!... Diego
sintióse desasido del mundo en un instante de sagrada emoción. Ya todo
en él fué espíritu, fué anhelo de sacrificio y de virtud, afanes de
eternidad y de gloria infinita.
María, transfigurada en lucha de arrebatados sentimientos, se acercó
al poeta tendiéndole las manos. Él las tomó entre las suyas por
encima del cuerpo de Tristán; estaban frías, mostraban una mística
trasparencia de idealidad. Ardían las de Diego, y aquella carne de
alabastro que acariciaba en el niño y en la mujer, le produjo un
temblor de muerte. Otra vez acobardóse de pena el corazón del hombre, y
María, que le sintió temblar como una hoja, prometió en voz de rezo:
--Te guardaré fidelidad como si fueras mi esposo adorado... Siempre,
siempre serás tú mi elegido... No estarás solo; mi corazón se va
enlazado al tuyo... Pero, júrame que vivirás hasta que Dios te llame.
--Viviré--murmuró el poeta--te lo juro por mi alma que te ha de seguir
como una sombra atormentada y dolorida.
--No; como un consuelo; como una promesa de celeste felicidad...
--Y entretanto, hasta que lleguemos al umbral de la eterna ventura ¿se
besarán nuestras almas á todas horas, con labios de estrellas y de
brisas, de flores y de versos?...
Las místicas manos de la mujer latieron como alas de paloma entre las
manos varoniles... Ya bajaba el día por la sierra. Vibraron lentamente
unas campanadas, y como si el reloj tuviese un toque despavorido y
alarmante, Diego y María se separaron con un sacudimiento brusco y
terrible. La cama de Tristán tembló al contacto de los cuerpos que
huían, y la luz de los cirios alzóse en lenguas fragorosas, con lívido
fulgor.
María, desolada, iba diciendo.
--Sí... sí... se besarán eternamente.