XX

Se aumentaron las incertidumbres y el dolor en la humilde casa del

poeta.

Tristán, presa de aguda meningitis, se debatía bajo la garra implacable

de la muerte; flagelado por el duro martirio, gritaba con desgarradoras

energías; toda su fuerza, su vida toda, se le escapaba en aquellos

lamentos, agudos como puñales. Pedía socorro, pedía misericordia;

el treno de su voz atormentada, corría por las habitaciones como un

soplo de locura doliente, y se lanzaba al jardín agostado, y al huerto

en deshoja, y aun llegaba á los campos y al camino, como un eco de

espantable agonía.

Hecha pedazos su esperanza, Eva se tapaba los oídos en los rincones de

la casa, huyendo de las quejas del mártir.

Entretanto María bañaba su corazón en las penas de Diego, y, con

ternura y piedad, cuidaba al niño. También el poeta, romero del dolor,

velaba en torno al sentenciado, con inútil afán.

Alejada en lo posible de aquella desoladora escena, supo Lali que su

amigo estaba muy malo, y que se iba á marchar al cielo. Muy confusa y

pasmada, la chiquilla abrumó á doña Cándida con preguntas: El cielo ¿no

era un palacio de seda, con dulces y juguetes y angelines?... ¿Por qué,

entonces, Tristán daba tantos gritos y se quejaba así?... ¿No quería

irse?... ¿Y por qué le llevaban á la fuerza?... ¿Tendría miedo de ir

solo?... Sería menester que ella le acompañara...

Inquieta y reflexiva, Lali espiaba las conversaciones y los sucesos, y

escuchaba, temblando, los ayes que rompían el silencio de aquel drama.

Rezaba fervorosa, y la sal de sus lágrimas primeras, en la flor de los

labios le amargaba, sazonando su sonrisa... Algunas veces, lograba

penetrar en el cuarto del enfermo; asomaba los rizos y los ojos en el

barandaje de la cama, y quedábase absorta en el espanto de aquella

dolencia cruel. Su madre, acariciándola, permitía que besara á Tristán

en una mano, para no molestarle; y Diego, dulcemente, la sacaba de la

habitación, compadecido del dolor angustioso de la niña.

Mientras Tristán conservó el conocimiento, sólo el nombre de Lali

le decidió á levantar el plomo de sus párpados ardientes. Trataba

de mirarla y de sonreir, y tendía hacia ella las manos, con afanes

devotos. Era menester llamarla para lograr que el niño tomase las

medicinas y el alimento; la sentaban al borde de la cama, y la voz

cariciosa de la nena, con música de llanto y de piedad, musitaba la

petición:

--Toma esto, Tristanito; tómalo para sanar pronto y que juguemos juntos.

Y, dócil á la instancia insinuante, el enfermo desplegaba sus

descoloridos labios para tomar todo cuanto le diesen.

Luego empezó á perder la vista y la memoria. Con breves intervalos de

sopor, el ángel herido se retorcía en violentas convulsiones, y con

temblorosos acentos suplicaba:

--Ven, Lali, corre; quítame esta corona que me aprieta... Estas

flores tienen espinas que me han hecho sangre... Mira, ¿lo ves? estoy

sangrando... me duele mucho... mucho...

Las manitas, temblonas y cobardes, subían á la frente, y, torpes, se

enredaban en los rizos, como garras de cera en un crespón de luto.

Quedábase trágico y lastimoso, y en convulsa plegaria repetía:

--Vámonos, Lali; vámonos á que me curen esta herida; llévame á otro

camino donde las flores no pinchen; donde los trenes no me pasen por la

cabeza... ¡Me están matando!... ¡Me estoy muriendo!... ¡Corre, Lali,

por Dios, llévame de aquí!...

Una mañana, cuando Lali fué á verle, madrugadora, él volviendo la cara

hacia la voz de la niña preguntó impaciente:

--¿Todavía es de noche?

--Es de día--repuso Lali con asombro--, ¿no ves el sol y el cielo?

Quiso el nene incorporarse, se pasó por los ojos con fatiga las

mariposas blancas de sus manos, y con terror insuperable dijo:

--¡No veo!... No te veo Lali; y además no me acuerdo cómo tienes

la cara... No digas que hace sol, porque todo está negro... mira...

¡todo!...

Agitaba los brazos en el aire, palpando las tinieblas de su vida, y, al

desmayar la frente en la almohada, los rizos en desorden le formaron

una aureola de negrura mortal. Sus pupilas sin luz, muertas y turbias,

rodaban en la eterna noche... Acudieron á engañarle con ardides

piadosos; pero ya ni el amor ni la ciencia eran capaces de aliviar las

torturas del inocente. Pronto su oído, paralizado también por aquella

muerte calmosa y cruelísima, le negó las palabras de consuelo que el

amor le decía. En vano Lali gritaba:

--Tristán... Tristanito, ¿no me conoces? ¿no me quieres?...

El mártir, ciego y sordo, gemía sus quejas desesperadas, vivo para

el dolor, muerto á una tregua de esperanza ó descanso. Se derretía

el hielo en tibia lluvia sobre sus sienes caldeadas por el suplicio,

henchidas de punzadas acerbas; y sus gritos imploradores se trocaron en

lento borboteo de frases rotas, de llantos y delirios que en suprema

fatiga se apagaban; pero el nombre de Lali se quedó estereotipado en su

memoria y con mecánico acento le repetía á cada instante. Ya Tristán

no era más que un despojo de la vida. La más conmovedora expresión

del dolor humano había descompuesto sus facciones, con tan punzante

intensidad de pena, que no había quien le mirase sin estallar en

sollozos. En aquel trágico soplo de existencia el nombre de la niña,

vibrando como un eco inextinguible, parecía una gota de luz, un hilo

tenue, de memoria y de amor.

Ya inerte y frío--Lali... Lali...--balbucía el agonizante, con voz del

otro mundo. En sus labios, agrietados por los lamentos, quedó impresa

la dulce palabra cuando el santo corazón dejó de latir, y el respiro

postrero se mojó con las postreras lágrimas en un amago de sonrisa...

Fué una noche de Octubre, una noche apacible y romántica de luna. En

la pesadumbre del dormitorio abríase la ventana dulcemente sobre el

cielo como una quimérica flor de esperanza. Eva y Diego vigilaban al

niño, abrumados de angustia. A los pies de la cama María, compadecida

y generosa, despidiendo al moribundo, imploraba al Señor un divino

consuelo para los tristes padres... Y ya sonó la hora. Un silbo ronco

se alzó del pecho exánime del niño, con finales hervores de agonía;

rodó en la almohada la lívida cabeza, coronada de rizos nazarenos, y

un estremecimiento indefinible separó de la carne perecedera el alma

gloriosa reclamada por Dios.

Con la voz consumida clamó Diego:

--¡Ya se fué... ya se fué!...

Y cayó de hinojos, escondiendo el semblante en las revueltas ropas de

la cama.

Eva contemplaba el cadáver con terror; sus regaladas manos fueron á

cerrarle los ojos y se agitaron en el aire con los dedos mojados en las

últimas lágrimas del niño.

Los labios de María, ungidos de sacrosanta piedad, rociaron la

estancia de oraciones y consuelos. La música de sus frases se acompasó

con la brisa leda que suspiraba en el jardín, mientras que un retazuelo

de luna se entró por la ventana á hacerle una caricia al niño muerto.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 62 / 69 题