Y á todo esto, la bella Rosita empezó á mostrarse distraída y
contristada. Hasta se podía jurar que lloraba en silencio.
Cuando hacía de muñeca jugando con Lali, quedábase tan silenciosa y
parada como el mismo _bebé_ de celuloide.
Corría la pequeña á sacudirla por los hombros, le alzaba la barbilla
con sus manitas enanas, y decíale:
--¡Pero, mujer, te has vuelto lela; ya no sabes jugar!...
Ella entonces se disculpaba sonriendo para ocultar su turbación, pero
no lograba componer con la placentería de otras veces la farsa pueril
de la muñeca mimosa.
El rumor de ciertos pasos, el metal de ciertas voces, le hacían á
Rosita ruborizarse y temblar; y doña Cándida, detrás de sus espejuelos
escrutadores y de las erizadas agujas de su calceta, la observaba con
recelo, murmurando:
--¡Ay, Dios mío!...
Una tarde de aquellas, cuando ya en el hotelito de la calle de Goya
se disponía el anual viaje á la Montaña, Rosita se divirtió mucho con
un pequeño suceso que la puso de buen humor, y durante algunas horas
escampó de su frente la nube aciaga que la oscurecía.
Sucedió que, yendo la doncella á llevar á casa de los de Coronado una
carta de la señorita, al subir la escalera de servicio encontróse de
cara con uno que descendía; y este «uno», que era joven y malandante,
por las trazas, la miró con despacio, y exclamó:
--¡Rosita!
A cuya voz la joven respondió con aire divertido y asombro en la mirada:
--¡Simón!... ¡Tú por aquí!...
Como si el pobre _Nenúfar_ fuera una planta exótica en casa de los
marqueses, y aun en la populosa villa y corte...
Aunque Rosita llevaba algunos años avecindada en Madrid, y aunque
por broma y risa deseara encontrarse con el poeta bohemio, no lo
había logrado hasta aquel instante. Así que, muy risueña y picarilla,
pegó con él la hebra con la mejor voluntad del mundo, y le baqueteó
lindamente con burlas y compasiones, que para todo ello se prestaba el
apocado y lastimoso aspecto de _Nenúfar_.
El cual contemplaba á Rosita con cierta emoción y con un embeleso
que al crecer por minutos, se mezclaba con un recuerdo bochornoso,
porque en el diogenismo del aventurero galán, aquella mala partida,
dolosamente jugada á la niña montañesa, había dejado una extraña
comezón de remordimiento.
No era malo _Nenúfar_; era sólo un mísero ambulante de la vida,
propenso siempre á bajar mucho y á subir poco en las marejadas
sociales. Como él mismo lo había confesado ingenuamente, su destino
menguado le obligaba á «hacer de _Nenúfar_, de poeta modernista y de
otras cosas peores»...
La aparición radiante de Rosita y su ingenioso palique le demostraron
pronto que la joven había crecido en belleza y sagacidad de una manera
sorprendente.
Y trató en vano de explicar los graves motivos que le habían obligado á
dejar incumplidas sus promesas matrimoniales.
Ella le atajaba, pronta y zarandera, con réplicas agudas, tan burlonas,
que el mozo, confundido, se sentía picado en su amor propio y abrumado.
Así le tuvo preso y abatido largo rato la joven, hasta que humilde y
fino como un guante, ofrecióle el trovero nuevamente su mano.
Por la escalera abajo rodó la risa franca de la moza, y _Nenúfar_,
asido á la barandilla con la angustia del que se siente vacilar, le
dijo:
--He dejado el periodismo y la poesía, que tienen muchas quiebras;
pienso ahora trabajar seriamente... Voy á poner, en sociedad con otro,
una gran sastrería...
--Pues ya sé yo--le interrumpió Rosita sin dejar de reir--quién será tu
primer parroquiano...
Y le miraba con detención y condolencia el traje.
--Pero díme, Rosa hechicera--murmuró _Nenúfar_--, si serás mi mujer;
¡mi mujercita, mi consuelo y mi bien!...
--Cállate, hijo; para un sastre me parece muy florido el discurso... A
mí los industriales no me gustan... Además, los tiempos han cambiado;
ya soy otra...
--Dame, al menos, una leve esperanza...
--Voy de prisa... Me he detenido mucho... Si quieres dos pesetas...
Y se puso á buscarlas en su portamonedas elegante.
Dos chispazos de codicia y enojo se asomaron al famélico rostro del
galán. Tartamudo y cobarde, profirió:
--Me tratas como á un pobre mendigo; no te molestes, no...
Pero tendía con avidez su mano avillanada.
Puso en ella Rosita la limosna, y con mucho donaire y garabato le dijo
adiós, subiendo á todo escape, para ahorrarle el sonrojo de su dádiva.
En dos brincos _Nenúfar_ se plantó en la taberna de la esquina, y más
hambriento que enamorado, se consoló de las ironías de la muchacha,
gastando su moneda alegremente...
Ya Rosita no supo del bohemio desde aquel punto y hora...