XVII

Y era cierto que el poeta había recobrado su libertad.

Las palabras imprudentes de Eva fueron como un hachazo decisivo que

cortase á cercén la última raíz, ya enferma, de aquel amor hecho sólo

de humano deleite.

Al sentirse redimido de su cautiverio, gozó el artista una exaltación

triunfante y reparadora, el dulce halago interior de una paz profunda.

Su espíritu, atrofiado en la cárcel de la pasión sensual, se bañó de

gracia pura y libre, y desatóse ligero de la tierra, asunto y glorioso,

como antaño volara.

Tuvo un anhelo infantil aquella alma liberta; quiso volver á los

abiertos caminos donde sufrió cantando y amó idealmente; añoró su

primera musa, la casta ilusión de ojos azules y cándida sonrisa...

Vestida con ropajes pulcros y nuevos, fuése á buscarla, peregrinante

por los invisibles surcos que los grandes amores han dejado en la

inmensidad.

Pero ¡ay! que el alma curiosa del poeta desconoció los amigos vergeles

de otros días; y hallólos abandonados y mudos... Solitaria entonces,

meditó.

Y no se puede meditar en las nubes sin grave peligro de caída... Allá

por las altas veredas del ensueño, es preciso viajar, vuela que te

vuela, sin detenerse un punto...

La cavilación del artista dió en tierra con sus afanes; y en la

realidad de la vida, Diego hizo memoria...

La aldeana musa de su mocedad, rubia y sonriente como un arcángel,

tuvo un corazoncito enamorado que se prendó de un hombre; y á la sazón

aquel primer sueño del poeta, era una dama muy bella, un poco triste,

festejada y poderosa, puesta por el destino á una enorme distancia del

artista...

Ya tentado á reflexionar en las cosas irremediables y trágicas del

mundo, Diego recordó que una vez, una sola vez en mucho tiempo, se

acercó á la amada ilusión de su adolescencia, convertida en señora

gentil, reina de salones; y la miró á los ojos tanto, tanto, que ella

se ruborizó mientras él se asustaba de haber descubierto en las azules

pupilas ideales un secreto dolorido.

Villamor se sorprendía de que al despertar él, sano y libre á la vida

del arte bello y del sentimiento puro, despertase con tenacidad en su

mente la dormida memoria de aquel suceso.

Y como los poetas tienen á menudo ideas muy extravagantes, quiso

Diego festejar la asunción de su espíritu encarcelado, con un voto

solemne que adunase su nueva existencia artística con aquel recuerdo

punzante y las otras remotas añoranzas. Así juró, que ya para siempre

su inspiración tendría la forma ideal de una dama esbelta de pensativos

ojos zarcos y cabellera de oro; una criatura á quien se le pudiese

llamar callandito: _¿María?..._ y que con seráfica voz sin sonidos,

respondiera: _¿qué quieres?_; una mujer que mostrase la firmeza

escultural de su carne bañada en beato resplandor de santidad; un ángel

que llorar supiera los santos dolores del amor, con lágrimas llenas de

aromas y rumores...

Y era lo extraño, que Diego hacía aquellos votos singulares y se

recreaba serenamente en aquellas sutiles maquinaciones, velando el

sueño doliente de su hijo en noche de vigilia y de pobreza.

Tenía apoyados los codos sobre su mesa de labor, la cara entre las

manos, cerrados los ojos, y en torno desparramadas las últimas páginas

de su novela _Caminos de dolor_.

El manuscrito, que era un primor de estilo y originalidad, una obra

intensa y emocionante, dolorosa como la vida, estaba ya vendido á un

editor afortunado que daba por él la suma precisa para que Tristanito

fuése á pedir el milagro de la salud á las tónicas brisas de las

montañas.

Diego esperaría que se decidiese la suerte de su hijo, y, salvándole

ó perdiéndole, partiría á lueñes tierras americanas, errante y soñador

con su lira y su arte, acompañado por aquella imagen dulce y hermosa á

quien había jurado fidelidad romántica.

Despertar Para Morir (Novela) · 第 39 / 69 题