Con el pretexto de preguntar por la salud de Tristanito, Gracián hizo
una visita á la calle de Vicálvaro, escogiendo la hora en que solía
Diego estar fuera de casa.
Eva le recibió con sobresalto; mas él, habilidoso y precavido, le
habló muy finamente, sin descubrir del todo sus intentos; sólo se
vislumbraban un poquito, como si el manto de razón y prudencia que los
envolvía fuése alzado en descuido inconsciente por un soplo violento de
pasión.
Pero, inquieta, luchando con el orgullo de su limpio linaje y sus
instintos ambiciosos, tenía la hermosa todo el aspecto de una
delincuente; y la culpa, ya esquiciada en su indefenso corazón, se le
asomó á los ojos hechiceros con un fuego sombrío.
Como el nene seguía mucho mejor y estaba ya resuelto su traslado á
la Montaña, se habló de este propósito con el tácito acuerdo de una
deliciosa temporada de intimidad en el remoto valle.
La visita, que pudo bien pasar por una correcta fórmula de cumplido,
tomó el aire malsano de furtiva confidencia, que dejó en el ánimo de
Eva un estimulante amargor de aventura prohibida.
Aliviada en la pena de ver enfermo al niño, y disfrutando aquellos días
de cierta holgura con el producto que Diego le entregó de la novela, se
iluminó la vida, toda exterior, de aquella mujer, y un desatado anhelo
de placeres la llevó á consentir en la idea del pecado.
La actitud indiferente y despreciativa de su marido la tenía suspensa.
Revelábase su vanidad ante el sumo desdén que en él veía, y un vago
sentimiento indefinible la obligaba á bajar los ojos y la voz en su
presencia.
Por primera vez desde su matrimonio tuvo Diego paz en su casa; pero
la triste paz del desamor, una calma penosa y desabrida de hogar
abandonado.
Para que Eva, á costa de todo, se lanzase al placer de la abundancia,
con libertad y gusto, era preciso que su esposo partiese cuanto antes.
Ya Villamor había recibido de América ventajosos ofrecimientos como
fruto de sus gestiones de literato emigrante. Desde Buenos Aires,
un gran periódico español le prometía sueldo cuantioso, y otras
publicaciones americanas solicitaban su firma que, mediante una lenta
labor de periodismo, se iba haciendo un envidiable puesto en la prensa
mundial.
Y al recobrar su confianza en el escritor, Eva creía muy prudente no
romper en absoluto con el marido. Pero era menester que fuése Diego
quien se humillase á ella.
A pesar del continente grave del esposo y del desdén supremo con que
la trataba por la vez primera, ella suponía que aun el poder de su
hermosura le pudiera rendir embelesado y dócil á todos sus designios...
Sólo las imprescindibles palabras cambiaban los esposos; cosas
referentes al niño ó al viaje trazado á la montaña; pero Eva procuraba
que aquellas frases suyas fuesen tanto comedidas y dulces como Diego
las pudiera querer para mediadoras de una convencional avenencia. Su
primera medida salvadora, en tan rara ocasión, fué empujar á Tristán
hacia su padre y conseguir que el niño depusiera algo de la pasiva
hostilidad que, por instigación de ella, le había manifestado siempre.
Diego, que adoraba á su hijo, al ver que el nene le demostraba afecto
como nunca, sentíase abrumado por el terror de perderle, tal vez en
breves días, y quedarse solo en el mundo, solo y triste en la cumbre
lozana de la vida, sin ver colmado el insaciable anhelo de su alma
sedienta de ternuras.
Entonces era cuando, velando el sueño de Tristán, ponía su
atormentada frente entre las manos y cerraba los ojos para mirar su
existencia interior llena de afanes, para jurar fidelidad y amores á
una musa hecha con añoranzas, toda bella, un conjunto de arcángel y
mujer.